Algunos recuerdos sobre el POUM
de los años sesenta
Pepe Gutiérrez-Álvarez:
Allá por la segunda mitad de los años
sesenta, cuando el autor de estas líneas rondaba los veinte años,
el franquismo parecía algo interminable.
Entre los mayores los había qué,
después de tantos años de “trágala”, hasta dudaban
que a Franco le llegara su día. con su régimen no se podían
hacer bromas, sino ahí estaba, y todo el mundo lo sabía, el
reciente fusilamiento de Julián Grimau. No menos seguro parecía
el capitalismo que al que entonces se le añadía el prefijo
neo, y al que se le atribuía toda clase de “milagros”, el más
famoso de todo era el alemán, pero también se hablaba del “español”
aunque fuese como parte de un chiste, aunque lo cierto es que el desarrollismo
estaba allí. luego, cuando “te metías en política”,
y por la vía de las lecturas accedías a los textos de los más
inquietos representantes de la izquierda intelectual europea, aprendías
que gracias a la fórmula keynesiana del “estado benefactor”, el capitalismo
había logrado regular sus crisis cíclicas, y sobre todo, había
conseguido “integrar” a la clase trabajadora.
Uno de los propagandistas de las glorias de
esta “integración” era Jaume Miratvilles, un antiguo bloquista, luego
ministro con ERC, que firmaba unas tribunas con el seudónimo de Espectator.
Éste era muy dado a glosar la situación proletaria en los Estados
Unidos, a contar como obreros emigrantes que llegaron a la “tierra prometida”
sin más capital que sus manos, y que, como culminación de sus
esfuerzos, se habían hecho un lugar en la sociedad norteamericana.
No era otra cosa lo que veíamos en muchas películas, y algo
de verdad tenía que haber para que los primeros de mayo fueran cualquier
cosa menos manifestaciones reivindicativas, para que los sindicatos apoyaran
a su gobierno en atrocidades como las perpetradas en Vietnam, y que muchos
de ellos abroncaran a los jóvenes pacifistas cuando se manifestaban.
Aquí todavía no habíamos llegado a tal extremo, este
siempre había sido un país atrasado, nos lo recordaban los
mayores con frases consabidas como aquella de que África comenzaba
en los Pirineos, pero había trabajo, incluso facilidades de pluriempleo,
y muchas familias emigrantes que apenas acababan de instalarse se mostraban
ostentosa cambiando en poco tiempo el mobiliario, o comprándose un
coche. Los republicanos ya no reconocían a la clase obrera de sus
tiempos, cuando cualquier mitin llenaba las plazas de toros, y en los locales
del movimiento había que echar a la gente para que dejaran espacios
para las reuniones.
Nuestros papas, a pesar de los agobios, no
habían tenido más remedio que ser muy conservadoras. Pero los
jóvenes, a los que según nos decían, no nos había
faltado de nada, al menos en comparación con ellos, comenzábamos
-paradójicamente- a pensar en revolucionario. No nos gustaba
la sumisión, su cine convencional, su sexualidad reprimida, su creencia
de “haber llegado” porque, aunque fuese trabajosamente, a lo mejor habían
conseguido su primera vivienda, su primer coche o sus primeras vacaciones.
La “política”, que hasta entonces había sido más bien
propio de los medios universitarios, se fue extendiendo entre la juventud
obrera, hasta entonces mayormente obnubilada por el vano sueño de
que siempre fuera domingo con el fútbol o el baile, a lo que más
tarde escuché que llamaban discoteca.
Cuando dabas un paso en la ilegalidad
te encontrabas de pleno con los comunistas que tenían una historia,
y con muestras concretas, sabían organizarse, y tenían el apoyo
del movimiento comunista internacional. Su impulso se visualizaba claramente
en una intelectualidad hastiada del franquismo, hasta el punto que, por decirlo
con palabras de Manuel Vázquez Montalbán, dejaba las críticas
al estalinismo al Arriba, un ejemplo duro de prensa adicta al régimen.
En este ámbito, todo resultaba mucho más claro. pero a pesar
de aquella irrupción de las heterodoxias, lo cierto era que cuando
apuntabas contra la burocracia y el estalinismo, podías suscitar reacciones
airadas, primero entre los “del partido”, naturalmente también –y
a veces, incluso más- entre los maoístas que criticaban el
“revisionismo” en nombre de la ortodoxia estalinista más o menos reinterpretada,
e incluso entre muchos republicanos de buena fe que se tiraban de los pelos
ante las críticas a Juan Negrín porque eso podía dividirnos
más todavía de lo que estábamos. Había lo que
podemos llamar un optimismo prosoviético. La URSS, con el sonriente
Jruschev al frente, se planteaba nada menos que “adelantar” económicamente
al imperialismo, y para ellos necesitaban afianzar la “coexistencia pacifica”,
un planteamiento que aquí tenía su correlato con la “reconciliación
nacional”. Más allá, la socialdemocracia carecía de
temple para organizarse clandestinamente, y además se encontraba demasiado
ligada al “mundo libre”, hasta líderes como Willy Brandt (tan ligado
por cierto a la historia del POUM), apoyaban la guerra contra el pueblo del
Vietnam. mis conocidos “músicos” (MSC), avergonzados de cosas así,
tomaban el referente italiano de Pietro Nenni, el socialista más prosoviético
de aquellos años.
Así pues, el escenario estaba
ocupado por el PCE-PSUC, pieza importante del movimiento comunista internacional,
era el reconocido por Cuba, por los países socialistas, y si éstos
tenían problemas con la China popular, esto no era cosa nuestra, ante
todo porque al dividirnos obstaculizábamos, aunque fuese involuntariamente,
la lucha por las libertades. “El partido” ofrecía el prestigio de
sus héroes, unas estructuras de participación amplia, escuelas
de formación con intelectuales de renombre, la garantía de
una solidaridad “si caías”, una explicación sobre nuestra guerra
y una alternativa al régimen que pasaba por la unión entre
las fuerzas del trabajo y la cultura, de todos los demócratas. Se
trataba pues –así me lo explicó Jordi Solé Tura en clave
de amonestación- de sumar, no de dividir. su potencial era tal que
ejercían una atracción indiscutible sobre el resto del antifranquismo,
de manera que muchos católicos se convirtieron, al decir del emblemático
Alfonso Carlos Comín en su obra Cristianos en el partido, y marxistas
en la iglesia, y algo por el estilo ocurrió con un amplio sector
del “felipe”, pero también aquí los disconformes teníamos
más reticencias críticas.
Sin embargo, a pesar de todo este
entramado de poder, lo cierto es que el movimiento comunista sufrió
su propio tropiezo con la marcha de la historia, y las polémicas estallaban
por doquier. Estaba el FLP que era crítico, también la memoria
cenetista. Ciertamente, la revolución cubana había tenido que
pactar con la URSS por necesidades obvias, pero siguió apoyando las
propuestas insurrectas por encima de las parlamentarias, y el ejemplo de
Ernesto “Che” Guevara iba en este sentido, y sus textos también ofrecía
una crítica abierta a la falta de solidaridad con el Vietnam, y
de la burocratización “socialista”, incluyendo la que se estaba gestando
en Cuba. La llamada “revolución cultural” china, tan mítica
y lejana, aparecía como un llamamiento a la juventud para cambiar
el mundo en oposición al modelo “gerentocrático” de la URSS
que estaba aceptando métodos mercantiles ajenos al socialismo. Por
otro lado, el PC francés era sospechoso de no haber combatido el colonialismo
francés en Argelia, y ahora aparecía como la última
barricada del sistema durante los acontecimientos de mayo del 68. Así
es que, desde entonces no se podía hablar del movimiento comunista
internacional sin emplear la palabra “crisis”, y en el centro de dicha crisis
había una palabra maldita que la sintetizaba; estalinismo. El
estalinismo cada vez tenía más mala prensa. Para mí
esta idea estaba asociada a la imagen más emblemática de la
revolución de los consejos obreros en Hungría en 1956, con
la cabeza de una odiosa estatua de Stalin, tirada por tierra y destinada
al basurero de la historia, a la leyenda de Trotsky, y al POUM
Pero estas eran referencias que
quedaban lejos, y a la hora de la acción política, los
más jóvenes teníamos que aprender improvisando, con
una bisoñez que contrastaba con las intensas experiencias de la resistencia
republicana. Sin embargo, aunque fuese por la pasión, habían
muchas cosas que nos distanciaban. De entrada el reconocimiento de lo inmediato,
de los notables cambios que estaba sufriendo el país. Había
un sentimiento de que a los mayores era difícil sacarles de las evocaciones
sobre porqué se perdió la guerra, tema apasionante, pero que
no resolvía la cuestión primordial, a saber como avanzar ahora
en el antifranquismo. También se daba otra sensibilidad en las conversaciones
de crecimiento. Se hablaba de los poetas, de feminismo, de cine, psicología,
sexualidad, y de toda clase de herejías.
Aunque lo más propio era organizarse
siguiendo el camino más seguro, y rehuir los debates que nos podían
dividir, pero el que esto escribe era de aquellos que no se conformaban,
y quería discutirlo todo. En esta inclinación pesaron diversas
influencias, una seguramente fue el regusto por la polémica, forjada
en los cine-clubs, y en las ávidas lecturas de los clásicos
populares, otra llegó por la relación con Francecs Pedra, un
vecino anarcosindicalista de la mejor tradición socrática del
librepensamiento y la libre discusión. Pedra se empeñó
en que antes de optar por una organización, conociera todas las ideas,
todos los pensadores, al tiempo que se ocupó de inocularme la desconfianza
en una estancia, el partido, en la que en nombre de un ideal superior tenías
que abjurar del libre albedrío. Fue allá por 1965 y en
su casa donde conocí a un pequeño industrial llamado Joan Rocabert,
antiguo militante de un partido cuyo nombre sonaba como un disparo Pum o
Pun, lo que me resultó extraño. No fue hasta después
de algunas discusiones más que supe con precisión que se trataba
del partido obrero de unificación marxista, POUM
Mi primer poumista no era tan entusiasta y
brillante como Pedra. Según éste, Rocabert había montado
un pequeño negocio, aunque él creía que seguía
firme en sus ideales. Lo caracterizaba como una de aquellas personas a las
que podía recurrir para que te facilitara un local, o dinero para
los presos. y en estro no era ningún tacaño, todo lo contrario.
luego, cuando comencé a leer sobre el POUM, me venían a la
memoria las vicisitudes que Rocabert contaba en aquella minúscula
casa de los Pedra en la calle Simancas del barrio de Pubilla Casas, un espacio
en el que la discusión era poco menos que inevitable y vociferante,
lo cual no dejaba de ser un riesgo ya que el comedor daba a una pasillo,
primero de tierra, luego a una escalera, y nunca se sabía quien podía
pasar. Es evidente que si bien no consiguió convencerme de nada, si
contribuyó a que el POUM comenzara a serme a familiar, y por supuesto
a no aceptar lo que el estalinismo acostumbraba a decir, algo que por aquel
entonces no tenía porque ser calumnioso, creo que bastaba la simple
constatación de que era un partido de antes y que ahora simplemente
no existía. El mero hecho de que alguien lo introdujera en una conversación
política, ya sonaba como muy extraño.
Empero, inmerso en un denso ambiente de discusiones
interminables, servidor permanecía abierto a toda clase de aportaciones
fuera del régimen, comenzando por la de los católicos progresistas
(cada semana leía a Miret Magdalena en el Triunfo, y recibía
la revista juventud obrera, de la JOC). También llevaba los grandes
dilemas a los encuentros con mis numerosos amigos de las juventudes comunistas
y en la entrevista que mantenía con un sastre judío que era
una pequeña leyenda comunista, Moisés Hueso, un veterano
cofundador de las JSU que conocía a carrillo, Claudín y todos
esos “como te conozco ahora a ti” (me decía). Hueso era muy asequible
porque se había instalado su sastrería en el barrio, y ahora
estaba más por estas discusiones que por la acción. “has de
saber –me decía- que yo, como Stalin, nunca me exilié. Así
es que, después de la guerra le tocó la posguerra, que fue
mucho peor porque ya no había nada, solo una minoría de camaradas,
y la lucha a veces era con las armas en las manos. ¿qué te
has creído?”.
También discutía con los felipes,
y los que conocía me parecía de un pensamiento más débil.
A través suyo me llegaron los primeros libros de controversias sobre
el “socialismo de nuestro tiempo”, todos ellos publicados en la avanzada
editorial Nova Terra (Andre Gorz, Jean-Marie Vincent, Pierre Naville, Ernest
Mandel, etcétera), así como a las voces del tercermundismo
como Frantz Fanon, etc. En este tiempo (1966-1967-1968), fuera de Rocabert,
nunca me encontré con nadie que dijera pertenecer al POUM, así
es que la continuidad de mi relación se desenvolvió,
ante todo a través de la lecturas de los libros que encontraba sobre
la República y la guerra civil, un terreno en el que los comunistas
más formados contaban con argumentos de peso. ellos –repetían-
habían defendido la unidad antifascista, la URSS había sido
la única potencia que había ayudado a la República.
Personas con su capacidad de desafiar el franquismo, me mostraban las virtudes
de la disciplina partidaria. Un mérito que oí reconocer
a los propios anarquistas y felipistas, sin duda desalentados por todas aquellas
caídas que habían reducido las siglas a una mínima expresión
organizativa.
Sin embargo, a pesar de que me resultaba
muy difícil resistir un influjo tan fuerte y al mismo tiempo tan llano,
entre la influencia de Pedra y la suma de lecturas se tuvo que forjar algo
sólido para resistir la tentación comunista oficial, reiterar
argumentaciones y objeciones, a los que ellos respondían facilitándome
algunas de las historias oficialistas publicadas por ellos en las que el
POUM, y en menor grado la CNT, eran tratados de “quinta columnista”. Pero
ya entonces podía aplicar mi modesta artillería como un látigo.
mucho más “intelectual”, y Moisés Hueso no tenía más
remedio. “Se hacía cargo de mis dudas y confusiones”, y me prestó
o me llevó a adquirir monografías ya clásicas de los
historiadores como Hugh Thomas, Grabiel Jackson, o Manuel Tuñón
de Lara. Autores que hacían pasar la línea de demarcación
entre la legitimidad republicana, y el fascismo. En este escenario principal,
la revolución aparecía si acaso como un hecho sin relevancia,
y todo pues conducía a, la única vía organizativa con
cara y ojos era la comunista, y llegó un momento en que pareció
que iban a ocupar todo el espacio a la izquierda ya que se le adhirieron
sectores del FLP, atraídos por la eficacia del entusiasmo acrílico
organizado.
En uno de mis empleos, concretamente
en Fresquerías Pedret (1966-1968, no tuve dificultad en encontrar
las huellas humanas de la destrucción de las tentativas de reconstrucción
cenetista. Del POUM no había ni eso. Sin embargo, me fueron llegando
folletos de Nin y Gorkin, el libro de Maurín Revolución y contrarrevolución
en España, así como ejemplares de La Batalla amén de
algunos folletos igualmente editados desde el exilio parisino, entre ellos
el discurso de Jruschev en el XX Congreso del PCUS con un prólogo
de Wilebaldo Solano, y el debate reapareció entre los grupos de jóvenes
relacionados pero no integrados en las juventudes comunistas, a cuyos líderes
obligamos a definiciones sobre temas que desconocían, y para los que
tenían que recurrir a sus mayores que repetían sin titubear
viejas leyendas, por ejemplo atribuyendo a Lenin gran parte de lo que había
tenido lugar años después, acusaciones contra el POUM en las
que la novedad radicaba en la matización “objetivamente”, lo que significaba
que “colaboró” con el franquismo al margen de las buenas o malas intenciones
de sus componentes, y como coletilla la consideración de que todas
estas cosas ya estaban superadas.
Un paso más allá,
entre los camaradas leídos, resurgían las viejas acusaciones
de “trotskismo” se le habían añadido otras nuevas relacionadas
con las actividades anticomunistas de los abanderados de aquel “mundo libre”
que tan buenas relaciones tenía con Franco, y que negaba otra libertad
que no fuera la suya. se citaban diversos nombres de antiguos trotskistas
como James Burham o de exbujarinistas como Jay Lovestone o Bertram D. Wolfe,
pero entre los de ahora y aquí sonaba Jaume Miratvilles, y poumistas
como Julián Gorkín, acusado de haber tomado parte en unos de
los “tinglados” culturales de la CIA. El mismo baremo se empleó contra
expoumistas como Enrique Adroher Gironella, y contra Victor Alba que no tardaría
en publicar dos revolucionarios: Maurín y Nin. Por entonces llegó
la famosa elocución de Fidel Castro contra el trotskismo (más
concretamente contra j. posadas que lo acusó de ser el Stalin del
“Che”), y de paso contra el POUM, con acusaciones facilitadas por los sectores
más estalinistas del viejo PC cubano. El de la CIA era obviamente
un juego perverso que no dudaba en utilizar cualquier vía, y en este
sentido recuerdo haber escuchado una conversación entre antiguos exiliados
confederales que admitían que la Compañía se había
podido “infiltrar” en el grupo libertario de Cuba, revistiendo su descalificación
de la revolución con referencias a la pureza del ideal ácrata.
En la propia prensa conservadora no era ya entonces de extrañar encontrar
tribunalistas especializados en utilizar contra el “comunismo” toda clase
de argumentaciones combinadas, incluyendo las trotskistas y las anarquistas,
incluso había una revista índice cuya orientación era
de todos contra el PCE.
Semejante acusaciones no dejaron de preocupar
al grupo de afines entre los que me contaba, sobre todo considerando que
éramos apenas unos muchachos “enterados”, y a la hora de las polémicas
teníamos delante comunistas con terribles pasajes por los infiernos
de las cárceles de Franco, donde –como pudieron comprobar los felipes
encarcelados- los de “el partido” eran peor tratados que los demás
presos políticos.
Pero a pesar de las dudas y del respeto por
aquellos militantes abnegados nos provocaban, el colectivo al que pertenecía
se había ido afirmando en el reconocimiento de la existencia de otra
gente de estirpe no inferior, de una profunda revolución social en
la crisis española de los años treinta, culminación
de un largo proceso de lucha de clases cuyos hitos más importantes
habían sido la frustración liberal en que desembocó
la guerra de guerrillas contra Napoleón, la primera república,
la semana trágica de 1909, y la huelga general de agosto de 1917,
episodios nacionales de luchas de clases sobre los que habíamos aprendido
algunas cuestiones fundamentales en diversas monografías. En ellas
se apuntaba en la siguiente dirección: mientras que el pueblo, y sobre
todo la clase obrera había estado en su lugar, la burguesía
liberal había acabado traicionando sus propios dioses, sellando un
“compromiso histórico” con el Antiguo Régimen y sus castas,
y éste fue el huevo donde creció la serpiente militar-fascista.
Veíamos todo esto claro
cuando Pedra nos narraba como las mimas autoridades republicanas que no había
dudado en reprimir a los trabajadores y a la CNT, se habían mostrado
ridículas a la hora de castigar a la “sanjurjada” ante la cual el
pueblo trabajador de Sevilla respondió con tanta energía, y
en atajar la telaraña golpista, y como en las jornadas de julio, esas
mismas autoridades republicanas se habían negado a armar a los trabajadores.
la guerra contra franco la habían llevado, sobre todo los trabajadores
y los campesinos mientras daban vida a una revolución.
Eran criterios que venían
favorecidos por una nueva serie de monografías sobre la guerra civil
en las que la revolución cobraba su carácter de explicación
fundamental, algunas con la potencia literaria de Orwell, del
que Homenaje a Cataluña había aparecido en buenos aires y era
muy asequible, otros eran obras concienzudas, producto de historiadores de
altura tal como Pierre Broué-Emile Témine, José Peirats,
Burnett Bolloten, o Carlos M” Rama, que establecieron las bases de unas nuevas
coordenadas que, a su vez, daban sentido a los escritos de nuestros clásicos
socialistas que comenzaban a aparecer como hongos, a las que habría
que añadir las pródigas aportaciones libertarias o de signo
trotskista, con lo que la diversidad se ampliaba en varias controversias
más, las propias entre anarquistas y marxistas y la desarrollada entre
poumistas y los partidarios de León Trotsky
Esta visión crítica
y alternativa sería ulteriormente ampliada con trabajos sobre las
colectivizaciones, los acontecimientos de mayo del 37, el asesinato de Andreu
Nin, y un largo etcétera, motivos que fueron cobrando cada vez mayor
resonancia en los años siguientes como pruebas fehacientes de que
entre nosotros existió otro comunismo, una disidencia antiestalinista
que en la posguerra se ampliaría con resistentes que en un momento
u otro habían colisionado con la dirección del partido, comunistas
como Quiñones, Monzón, Trilla, el propio Joan Comorera que
se había distinguido en la campaña contra el POUM. la última
disidencia la protagonizaron Jorge Semprún y Fernando Claudín,
en un principio por la derecha, aunque éste, animado por el ambiente
de radicalización, acabó ofreciendo su propio testimonio de
la crisis comunista y de las miserias del estalinismo en el PCE-PSUC en una
obra importante: La crisis del movimiento comunista internacional. 1. Desde
el KOMINTERN al Kominform, aparecido en la mítica editorial Ruedo
Ibérico, cuya sede parisina (5 rue Aubriot) era colindante con la
del POUM, aunque durante la semana, nunca encontrabas a nadie en ninguna
de las dos. Ruedo publicaría a Andreu Nin, Joaquín Maurín,
Ignacio Iglesias, y una serie de obras de León Trotsky, un proyecto
en el que contribuyeron Claudín, Juan Andrade y el historiador José
Álvarez Junco.
Así es que, al menos desde la
segunda mitad de los años sesenta, aún sin contar con una presencia
organizada en el interior, la sombra del POUM se mostraba alargada en el
proceso de reconstrucción de la izquierda contra el franquismo, y
proyectaba sus cartas de dolencias sobre la historia comunista, y desde
el ángulo del debate, sobre el trotskismo. esto explica que, mientras
que sobre el conjunto de la izquierda radical, no llegaría a publicarse
ni un solo libro (y todavía tardarían mucho en llegar), sobre
el POUM pronto se forjó una imponente bibliografía, muy destacada
en la segunda mitad de los años setenta en los catálogos de
editoriales como Júcar (en particular en la colección Crónica
General de España), y Fontamara. su espacio sería ocupado años
más tarde, ya en los ochenta, por Laertes, sobre todo a través
del incansable Víctor Alba.
En medio de apogeo de una restauración
conservadora cuya marcha triunfal cada día aparece más agrietada,
los ecos de la historia del POUM sufrieron como era propio, una drástica
reducción en la que había que inscribir excepciones como relacionada
con la obra de Orwell (aunque la idea primordial era llevar a este al terreno
del anticomunismo). Como es sabido, décadas después llegaron
aportaciones tan populares como el soberbio documental Operación Nikolai,
y sobre todo Tierra y libertad, de Ken Loach que, al margen de sus defectos
o virtudes, tuvo una repercusión extrafílmica extraordinaria,
muestra evidente de que ofrecía una imagen de la guerra y la revolución
que llamó la atención a personas de todas las edades.
En cierta coherencia, Loach la podía dado un titulo orwelliano como
homenaje al POUM, no de otra manera fue sentido por la mayoría, incluso
por los que, aunque ligados a las tradiciones oficialistas, se vieron obligados
a hablar de ella, por lo general tratando de quitarle hierro a sus lecciones,
por ejemplo, un antiguo estalinista, Antonio Elorza llegó a escribir
que Loach describía una Disneylandia revolucionaria.
Por entonces, un nuevo meridiano
historiográfico estaba intentado borrar otra vez la revolución
de un nuevo enfoque, el determinado por las exigencias de una nueva historia
oficial que tenía como centro la “razón del Estado” emergente,
de la monarquía constitucional afincada historiográficamente
con el llamado “pacto entre caballeros”, constituido por un punto medio en
el que los extremos -el fascismo y la revolución- aparecían
como culpables de una historia que no había que dejar en manos de
la gente y de los “amateurs”, sino de los especialistas debidamente homologados.
y en este punto nos encontrábamos cuando el ciclo conservador iniciado
a finales de los años setenta comenzó a entrar en crisis. A
finales de los años noventa emergía una nueva “contestación”,
que se expresaba principalmente en las manifestaciones “monstruos”, pero
que, entre otras cosas, está auspiciando una recuperación de
la iniciativa social, un rearme crítico poderoso, y también
reanimando nuevos debates sobre el drama revolucionario del siglo XX y la
cuestión comunista, y en los cuales la historia de este pequeño
partido, viene a ser como un relámpago que alumbra la noche oscura,
y que representa el mayor desafío al estalinismo que desde posiciones
marxistas haya conocido el mundo en su tiempo.