Bertram D. Wolfe, un amigo norteamericano
del POUM
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Nota del autor: Buena parte de los datos de este artículo
están tomados del Diccionario biográfico de La internacional
Comunista y América Latina (1919-1943), obra de Lazar Jeifets, Víctor
Jeifets y Peter Huber
Es más que probable que
a los más jóvenes el nombre de Bertram D(avid) Wolfe
(Brooklyn, Nueva York, 1896–Stanford, California, 1977), no diga hoy
nada ni siquiera a los jóvenes más al tanto de la historia
del comunismo, sin embargo, por la mitad de los años sesenta aparecía
como una de pocos historiadores del destino de la revolución rusa
por los que tenías que pasar si querías “pasar” por encima
de la “leyenda negra” sobre la que se sostenía el régimen franquista,
y de la “leyenda blanca” que era la que ofrecía el PCE-PSUC, y con
la que los activistas más disconformes queríamos polemizar
ya que, obviamente, la historiografía franquista únicamente
nos merecía un total desprecio. Cierto es que, inmerso en esta prolongación
de la guerra, la voluminosa (652 pgs) obra de Wolfe, Tres que hicieron
la revolución: Lenin, Trotsky y Stalin, no estaba fuera
de sospecha por el simple hecho de haber gozado del visado de censura, y
de estar patrocinada por la editorial más popular (y avanzada en aquel
contexto) del momento, la Plaza&Janés de Barcelona, en una fecha
en que todavía no se hablaba de “apertura” (1964). En la misma situación
se encontraban el en parte apócrifo Stalin, de León
Trotsky, o El asesinato de Trotsky, de Julián Gorkín.
También en el caso de Wolfe se hablaba de la CIA, pero lo cierto es
que la suya era una obra exhaustiva y seria, y era, junto con los libros
que se podían repescar de alguna biblioteca pública, un material
inapreciable para los que queríamos saber más.
Aunque esto quizás puede parecer
una tontería en nuestros días, en la medida en que la
única crítica que se nos ocurría de una gente como los
comunistas que nos podían dar diez vueltas en entrega y militancia,
la sospecha nos provocaba discusión tras discusión. Recuerdo
que a mí me servía la referencia cinéfila, decían
que John Ford era fascista pero yo no veía el fascismo por ninguna
parte en sus películas, y además, el posible hecho de serlo
no le impedía ser uno de los más grandes. También encontramos
ejemplos recurrentes en la literatura, Camilo José Cela o Knut Hamsun
sin ir más lejos. En estas discusiones tomó parte Javier, un
muchacho granadino que le habían dejado salir de la cárcel
de Burgos por una tuberculosis para la que, al decir de su madre y su tía,
dos republicanas que no querían hablar “de aquello”, para morir. Javier
fue detenido en la “mili” con propaganda del PCE, y aprovecho la prisión
para leerlo todo, y en aquel momento “su libro” era el de Gorkín que
yo desconocía. Después de escucharle me apliqué más
en lo que apartaba el texto que en las “tonterías” que según
Andrade tenía, cosas propias de un Diego Rivera, y que en el curso
de un mitin en un pueblo de Extremadura era capaz de narrar a los lugareños
unas fantásticas aventuras revolucionarias, y concluir diciendo que
si alguien tenían duda, que le preguntara a su camarada (Andrade),
quien se quitaba de en medio para, según sus propias palabras, no
estrangularlo.
Nuestro camarada universitario,
que se hacía llamar “Germinal Vidal”, que nos brindó “el Wolfe”
nos contó que, entre otras cosas, se trataba de un escritor que había
tomado parte tanto en la fundación del partido norteamericano como
en el mexicano, y luego, tirando aquí y allá del hilo supe
que, durante un tiempo, fue todo un profesional de la revolución,
y que empeló alias tan diversos como Arthur Albright, Arthur Wallace
(“Wallas”), Arthur Albrecht, “Lobo”, “Audifaz”, Luis Vargas y Brown, Albert
Ward, Elbert Lowell.
Nacido en el seno de una familia pequeña-burguesa
judía, su vida está muy ligada a la de Jay Lovestone,
con el que estudió en el City College (Nueva York), y con el que ingresó
en el Partido Socialista en 1916; aunque su verdadero “alter
ego” sería su esposa Ella Golberg Wolfe (Jerson, Rusia, 1897, Nueva
York, 2000). Será uno de los componentes ala izquierda socialista
de la capital en el ajetreado tiempo abierto por la revolución rusa,
y será uno de los firmantes -junto con John. Reed- del Manifiesto
del Consejo Nacional en apoyo a los bolcheviques. Huyendo de la policía
se trasladó a California donde fundó el Colegio Obrero de San
Francisco y la revista Labour Unity. En Boston, donde vivió
en la clandestinidad; creó la organización del partido comunista
de Nueva Inglaterra. En 1922 se encuentra en México dando clases
de inglés. Y tomó parte del primer Partido Comunista Mexicano
(1923), colaborando en el mítico periódico El Machete
(1924), junto con los pintores Rivera, Orozco y Siqueiros, y representó
a este partido en el V congreso del Komintern en 1924, igualmente actuó
como miembro de diversas comisiones como las de política, organización,
movimiento sindical comunista y sobre la cuestión nacional y colonial.
Luego participó en el III congreso de la Profintern, en la que
ocupó cargos ejecutivos con relación a América Latina;
en este tiempo labró amistad con el comunista asturiano Isidoro Acevedo.
En este mismo año tiene su primera aparición una oposición
de izquierdas norteamericana inspirada por el ensayista Max Eastman, el compañero
de John Reed que en la película Reds interpreta Edward Harrman
y tiene ocasión de decir algunas frases importantes. Eastman publica
este año uno de los primeros alegatos contra la burocracia aparecidos
fuera de la URSS: Después de la muerte de Lenin.
Wolfe siguió manteniendo dos pies en
el continente, en México participa en la fundación de la revista
El Libertador (1925). el órgano de la Liga Antiimperialista
de las Américas publicado bajo la dirección del Komintern,
y siguió ocupando cargos de responsabilidad hasta que en junio de
1925 sería expulsado de México como “extranjero pernicioso”,
y a su regresó a los EEUU será secretario del Comité
de la Liga en Nueva York , y candidato al puesto de concejal en el distrito
23 de Nueva York. En estos años la lista de sus actividades se hacía
ardua: miembro suplente del Central por la minoría; director del departamento
de agitprop de la organización newyorkina del partido comunista;
director de la Escuela Obrera de Nueva York (dio clases de marxismo y de
leninismo, 1925,1927); editor de Communist (1927-1928); delegado estadounidense
en el VI congreso del Komintern (1928), tomando parte en las prolijas discusiones
sobre los problemas del movimiento revolucionario en los países coloniales
y semicoloniales. En este punto, Wolfe subrayó la necesidad de fortalecer
el trabajo en la Liga Antiimperialista (LAI) y se refirió también
a la campaña de solidaridad con Nicaragua. También se opuso
a las críticas de la tendencia liderada por su amigo J. Lovestone,
y aunque siguió ocupando cargos de responsabilidad, fue finalmente
apartado por su apoyo a Lovestone. Acabó como éste, expulsado
del partido en 1929. A continuación, Wolfe será
uno de los animadores del PCE EUU.–grupo bolchevique (desde 1932), Oposición
desde 1937, y finalmente Liga Obrera Comunista Independiente, siendo uno
de los componentes del Buró de Londres, y aliado del POUM.
Wolfe es también conocido como
amigo y biógrafo de Diego Rivera. Un ejemplar de esta biografía
(Diego Rivera: su vida y tiempo) editada en Chile, llegó a
mis manos a través de Mª Teresa García para probar una
tentativa editora en Serbal, pero no prosperó. Wolfe colaboró
con Rivera en momentos claves como con ocasión del escándalo
del Lenin que pintó éste en el Rockefeller Center desafiando
al hoy santificado magnate (episodio sobre el que se ofrece una hermosa evocación
Tim Robbins, en su estupenda película Abajo el telón),
y contribuyó a su alejamiento del Partido Comunista Mexicano, y luego
a tomar la decisión de facilitar el alojamiento de Trotsky en México.
Wolfe rompió con el movimiento comunista después de los procesos
de Moscú (1936-1938), y de la guerra civil española durante,
y un escrito suyo sobre el asesinato de Andreu Nin, causó una honda
impresión en George Orwell. Hasta aquí, Wolfe siguió
siendo un profesional de la revolución, y alguien consecuente con
su idea del comunismo, tal como la aprendió en los primeros años
de la revolución rusa y del Komintern.
Sin embargo, en la segunda mitad de
los años cuarenta, y sobre todo en los cincuenta, esta idea
cambió. Y Wolfe convirtió interesadamente su antiestalinismo
en un anticomunismo que le llevó a actuar incluso en clave macarthysta,
o sea arremetiendo contra cualquier sospecha de que el comunismo era el enemigo
principal. No obstante, mantuvo una óptica de historiador que no se
deja llevar por el mero propagandismo. Trabajó en la emisora de radio
“La Voz de América” y en el Instituto Ruso de la Universidad de Columbia.
Dio clases de historia rusa en las Universidades de California y Washington.
Desde 1965 trabajó en el Instituto de la Fundación Hoover (Stanford,
California) y fue autor de los varios libros como A Life in Two
Centuries, Six Keys to the Soviet System, Khruschev and Stalin’s
Ghost, Marxism: 100 years in the Life of a Doctrine, The Strange
Communists I Have Known, pero aquí solamente nos llegó
The Three Who Made the Revolution, que, a pesar de toda las reservas,
nos sirvió a uno cuantos como una densa introducción a otros
lecturas.
Recuerdo que al leer la anécdota
con la que Wolfe inicia su obra, según la cual cuando el padre confesor
preguntó al general Narváez en su lecho de muerte sin perdonaba
a sus enemigos, “No puedo. Todo están fusilados”, nosotros pensábamos
antes en Franco que en Stalin. Por cierto, hoy el detalle me puede recordar
perfectamente a Suharto, Pinochet, y a muchos otros “gorilas” auspiciados
desde la CIA y la tristemente célebre Escuela de Panamá. Pero
seguramente, cuando alguien le comentó a Wolfe detalles como estos,
él tenía la mirada puesta en otro sitio por más que
en sus escritos citara a Rosa Luxemburgo para desautorizar el leninismo de
Trotsky, un personaje con el que, por cierto, mantuvo más de una polémica
en los años treinta, cuando Wolfe todavía era un revolucionario.
Luego dejó de serlo y sobre
cual fue su campo podemos verlo en el prólogo de Isaac Deutscher a
su Stalin. Una biografía política, pero no por
ello algunos sus libros dejaron de ser serios e interesantes.