FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Bertram D. Wolfe, un amigo norteamericano del POUM

Pepe Gutiérrez-Álvarez


Nota del autor:  Buena parte de los datos de este artículo están tomados del Diccionario biográfico de La internacional Comunista y América Latina (1919-1943), obra de Lazar Jeifets, Víctor Jeifets y Peter Huber

              
        Es más que probable que a los más jóvenes el nombre de Bertram D(avid) Wolfe  (Brooklyn, Nueva York,  1896–Stanford, California, 1977), no diga hoy nada ni siquiera a los jóvenes más al tanto de la historia del comunismo, sin embargo, por la mitad de los años sesenta aparecía como una de pocos historiadores del destino de la revolución rusa por los que tenías que pasar si querías “pasar” por encima de la “leyenda negra” sobre la que se sostenía el régimen franquista, y de la “leyenda blanca” que era la que ofrecía el PCE-PSUC, y con la que los activistas más disconformes queríamos polemizar ya que, obviamente, la historiografía franquista únicamente nos merecía un total desprecio. Cierto es que, inmerso en esta prolongación de la guerra, la voluminosa (652 pgs) obra de Wolfe, Tres que hicieron la revolución: Lenin, Trotsky y Stalin,  no estaba fuera de sospecha por el simple hecho de haber gozado del visado de censura, y de estar patrocinada por la editorial más popular (y avanzada en aquel contexto) del momento, la Plaza&Janés de Barcelona, en una fecha en que todavía no se hablaba de “apertura” (1964). En la misma situación se encontraban  el en parte apócrifo Stalin, de León Trotsky, o El asesinato de Trotsky, de Julián Gorkín. También en el caso de Wolfe se hablaba de la CIA, pero lo cierto es que la suya era una obra exhaustiva y seria, y era, junto con los libros que se podían repescar de alguna biblioteca pública, un material inapreciable para los que queríamos saber más.

       Aunque esto quizás puede parecer una tontería  en nuestros días, en la medida en que la única crítica que se nos ocurría de una gente como los comunistas que nos podían dar diez vueltas en entrega y militancia, la sospecha nos provocaba discusión tras discusión. Recuerdo que a mí me servía la referencia cinéfila, decían que John Ford  era fascista pero yo no veía el fascismo por ninguna parte en sus películas, y además, el posible hecho de serlo no le impedía ser uno de los más grandes. También encontramos  ejemplos recurrentes en la literatura, Camilo José Cela o Knut Hamsun sin ir más lejos. En estas discusiones tomó parte Javier, un muchacho granadino que le habían dejado salir de la cárcel de Burgos por una tuberculosis para la que, al decir de su madre y su tía, dos republicanas que no querían hablar “de aquello”, para morir. Javier fue detenido en la “mili” con propaganda del PCE, y aprovecho la prisión para leerlo todo, y en aquel momento “su libro” era el de Gorkín que yo desconocía. Después de escucharle me apliqué más en lo que apartaba el texto que en las “tonterías” que según  Andrade tenía, cosas propias de un Diego Rivera, y que en el curso de un mitin en un pueblo de Extremadura era capaz de narrar a los lugareños unas fantásticas aventuras revolucionarias, y concluir diciendo que si alguien tenían duda, que le preguntara a su camarada (Andrade), quien se quitaba de en medio para, según sus propias palabras, no estrangularlo.
     
        Nuestro camarada universitario, que se hacía llamar “Germinal Vidal”, que nos brindó “el Wolfe” nos contó que, entre otras cosas, se trataba de un escritor que había tomado parte tanto en la fundación del partido norteamericano como en el mexicano, y luego, tirando aquí y allá del hilo supe que, durante un tiempo, fue todo un profesional de la revolución, y que empeló alias tan diversos como Arthur Albright, Arthur Wallace (“Wallas”), Arthur Albrecht, “Lobo”, “Audifaz”, Luis Vargas y Brown, Albert Ward, Elbert Lowell.

       Nacido en el seno de una familia pequeña-burguesa judía, su vida está muy ligada a la de  Jay Lovestone, con el que estudió en el City College (Nueva York), y con el que ingresó en el  Partido Socialista  en 1916; aunque su  verdadero “alter ego” sería su esposa Ella Golberg Wolfe (Jerson, Rusia, 1897, Nueva York, 2000). Será uno de los componentes ala izquierda  socialista de la capital en el ajetreado tiempo abierto por la revolución rusa, y será uno de los firmantes -junto con John. Reed-  del Manifiesto del Consejo Nacional en apoyo a los bolcheviques. Huyendo de la policía se trasladó a California donde fundó el Colegio Obrero de San Francisco y la revista Labour Unity. En Boston, donde vivió en la clandestinidad; creó la organización del partido comunista de Nueva Inglaterra. En 1922 se encuentra en México  dando clases de inglés. Y tomó parte del primer Partido Comunista Mexicano (1923), colaborando en el mítico periódico El Machete (1924), junto con los pintores Rivera, Orozco y Siqueiros, y representó a este partido en el V congreso del Komintern  en 1924, igualmente actuó como miembro de diversas comisiones como las de política, organización,  movimiento sindical comunista y sobre la cuestión nacional y colonial. Luego participó en el III congreso de la Profintern,  en la que ocupó cargos ejecutivos con relación a América Latina; en este tiempo labró amistad con el comunista asturiano Isidoro Acevedo. En este mismo año  tiene su primera aparición una oposición de izquierdas norteamericana inspirada por el ensayista Max Eastman, el compañero de John Reed que en la película Reds interpreta Edward Harrman y tiene ocasión de decir algunas frases importantes. Eastman publica este año uno de los primeros alegatos contra la burocracia aparecidos fuera de la URSS:  Después de la muerte de Lenin.

      Wolfe siguió manteniendo dos pies en el continente, en México participa en la fundación de la revista El Libertador (1925). el órgano de la Liga Antiimperialista de las Américas publicado bajo la dirección del Komintern, y siguió ocupando cargos de responsabilidad hasta que en junio de 1925 sería  expulsado de México como “extranjero pernicioso”, y a su regresó a los EEUU será secretario del Comité de la Liga en Nueva York , y candidato al puesto de concejal en el distrito 23 de Nueva York. En estos años la lista de sus actividades se hacía ardua: miembro suplente del Central por la minoría; director del departamento de agitprop de la organización newyorkina del partido comunista; director de la Escuela Obrera de Nueva York (dio clases de marxismo y de leninismo, 1925,1927); editor de Communist (1927-1928); delegado estadounidense en el VI congreso del Komintern (1928), tomando parte en las prolijas discusiones sobre los problemas del movimiento revolucionario en los países coloniales y semicoloniales. En este punto, Wolfe subrayó la necesidad de fortalecer el trabajo en la Liga Antiimperialista (LAI) y se refirió también a la campaña de solidaridad con Nicaragua. También se opuso a las críticas de la tendencia liderada por su amigo J. Lovestone, y aunque siguió ocupando cargos de responsabilidad, fue finalmente apartado por su apoyo a Lovestone. Acabó como éste,  expulsado del partido en 1929.   A continuación, Wolfe será uno de los animadores del PCE EUU.–grupo bolchevique (desde 1932), Oposición desde 1937, y finalmente Liga Obrera Comunista Independiente, siendo uno de los componentes del Buró de Londres, y aliado del POUM.

       Wolfe es también conocido como amigo y biógrafo de  Diego Rivera. Un ejemplar de esta biografía (Diego Rivera: su vida y tiempo) editada en Chile, llegó a mis manos a través de Mª Teresa García para probar una tentativa editora en Serbal, pero no prosperó. Wolfe colaboró con Rivera en momentos claves como con ocasión del escándalo del Lenin que pintó éste en el Rockefeller Center desafiando al hoy santificado magnate (episodio sobre el que se ofrece una hermosa evocación Tim Robbins, en su estupenda película Abajo el telón), y contribuyó a su alejamiento del Partido Comunista Mexicano, y luego a tomar la decisión de facilitar el alojamiento de Trotsky en México. Wolfe rompió con el movimiento comunista después de los procesos de Moscú (1936-1938), y de la guerra civil española durante, y un escrito suyo sobre el asesinato de Andreu Nin, causó una honda impresión en George Orwell. Hasta aquí, Wolfe siguió siendo un profesional de la revolución, y alguien consecuente con su idea del comunismo, tal como la aprendió en los primeros años de la revolución rusa y del Komintern.

       Sin embargo, en la segunda mitad de los  años cuarenta, y sobre todo en los cincuenta, esta idea cambió. Y Wolfe convirtió interesadamente su antiestalinismo en un anticomunismo que le llevó a actuar incluso en clave macarthysta, o sea arremetiendo contra cualquier sospecha de que el comunismo era el enemigo principal. No obstante, mantuvo una óptica de historiador que no se deja llevar por el mero propagandismo. Trabajó en la emisora de radio “La Voz de América” y en el Instituto Ruso de la Universidad de Columbia. Dio clases de historia rusa en las Universidades de California y Washington. Desde 1965 trabajó en el Instituto de la Fundación Hoover (Stanford, California) y fue autor de los varios libros como  A Life in Two Centuries, Six Keys to the Soviet System, Khruschev and Stalin’s Ghost, Marxism: 100 years in the Life of a Doctrine, The Strange Communists I Have Known, pero aquí solamente nos llegó The Three Who Made the Revolution, que, a pesar de toda las reservas,  nos sirvió a uno cuantos como una densa introducción a otros lecturas.  

        Recuerdo que al leer la anécdota con la que Wolfe inicia su obra, según la cual cuando el padre confesor preguntó al general Narváez en su lecho de muerte sin perdonaba a sus enemigos, “No puedo. Todo están fusilados”, nosotros pensábamos antes en Franco que en Stalin. Por cierto, hoy el detalle me puede recordar perfectamente a Suharto, Pinochet, y a muchos otros “gorilas” auspiciados desde la CIA y la tristemente célebre Escuela de Panamá. Pero seguramente, cuando alguien le comentó a Wolfe detalles como estos, él tenía la mirada puesta en otro sitio por más que en sus escritos citara a Rosa Luxemburgo para desautorizar el leninismo de Trotsky, un personaje con el que, por cierto, mantuvo más de una polémica en los años treinta, cuando Wolfe todavía era un revolucionario.

        Luego dejó de serlo y sobre cual fue su campo podemos verlo en el prólogo de Isaac Deutscher a su Stalin. Una biografía política,  pero no por ello algunos sus  libros dejaron de ser serios e interesantes.

  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, noviembre 2005

 
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