Cinco notas sobre Ken Loach, el
cineasta de la clase obrera
Pepe Gutiérrez-Álvarez
En memoria de Emma Roca, miliciana
del POUM
"Estoy orgulloso de haber influido para que se reconociera
que el obrero era un personaje adecuado para el drama y no solamente un recurso
cómico de las obras sobre las costumbres de la clase media" (Ken
Loach)
Nota 1
Los críticos que pretenden estar
de vuelta de los grandes debates sociales y de los compromisos de su juventud,
cuando se encuentra con un alegato social en el cine, suelen echar mano a
una cita de un ya descreído Godard según la cual estas películas
únicamente convencen ya a los convencidos...
De este tipo de declaraciones se desprenden varias lecturas.
La primera es que el “problema” que aborda la película (por ejemplo
la situación de la mayoría negra sudafricana bajo el régimen
del “apartheid” o la precariedad laboral), le queda lo suficientemente lejos
como para enfocarlo como un vago problema ético, su implicación
suele ser mínima, más indiferente de lo que pretende. Ante la
misma película un negro sudafricano con sólidos criterios cinematográficos,
declararía que a pesar de sus posibles limitaciones estéticas,
se trata de un filme urgente y muy necesario... Segundo, se trata de alguien
que aplica el prejuicio de “político” al alegato hecho desde abajo,
desde la gente, cuando por lo general, cuando las soflamas conservadoras
van envueltas en cine de acción o en una comedia (Loach declaró
que para cine “político” de verdad está la serie
Arma letal,
protagonizada por el fascistoíde de Mel Gibson). Tercero, suele olvidar
que algunas de las mejores películas de todos los tiempos han sido
alegatos sociales, y los ejemplos son innumerables.
El que este escribe recuerda haber leído
como Jesús Franco mostraba su mayor desprecio al cine “comprometido”,
y cuando en una entrevista le pregunté cuál era su película
favorita, respondió que
Las uvas de la ira, de John Ford...
El cine de Loach se inscribe en esa misma tradición,
una tradición en la que coincide el gran cine soviético, el
neorrealismo, el
free cinema, Renoir, etcétera, etcétera.
Un cine que sigue siendo un paradigma, un ejemplo en oposición al cine
impuesto desde las
majors hollywoodienses, a todo el cine basura que
inunda las pantallas.
Un ejemplo lo tenemos en uno de los filmes más
corrosivos de Robert Altman,
El juego de Hollywood, donde uno productores
ávidos de éxitos comerciales (Tim Robbins), asesinaba involuntariamente
a un guionista que despreciaba su cine al que oponía otro ejemplificado
por un título legendario:
Ladrón de bicicletas, de Vittorio
de Sica. Como es sabido por cualquier buen aficionado, esta fue una de las
películas más representativas del neorrealismo, tan reconocida
en su tiempo que el franquismo no tuvo el valor de prohibirla, aunque si modificó
el título y cortó algunas escenas. Tenía el mérito
añadido de demostrar la equivocación de quienes aseguran que
la clase obrera carece de
gancho cinematográfico porque su
vida es muy aburrida y carece del brillo de la aventura o la delincuencia.
De Sica y Zavattini demostraban que la aventura
podía vivirse cada día, y que los problemas del
cine negro
plantean problemas mucho mayores que encontrar al culpable. Loach es un digno
continuador de esta tradición que ha enriquecido con un tratamiento
mucho más duro, con menos concesiones al gran público. De hecho
su cine es el testimonio de una derrota, la derrota de la clase obrera frente
al neoliberalismo. Pero no cree que las premisas neoliberales (“la sociedad
no existe, únicamente existe el individuo”, o el “no hay alternativa”,
palabras claves del devocionario de la Sra. Thatcher) sean irreversibles.
Su principal mérito radicó en que partiendo
de este criterio de resistencia, se anticipó en muy buena medida al
torrente de títulos producidos contra el neoliberalismo y sus nefastas
consecuencias. Loach proclamó cuando muy pocos lo hacían que
seguía siendo posible y necesario luchar. Hoy en día, su propia
odisea es un ejemplo fehaciente de que además es posible cambiar la
situación.
En cuanto al alcance de su influencia tan cinematográfica
como en la vida social, en los días que precedieron la huelga general
del 20-J del 2002, “El Roto” realizó en el diario
El País
una de sus agudas viñetas. Se trataba de un dibujo muy característico
en el que aparecían tres obreros inequívocos que en forma de
piquete blandían un televisor, y decían: "¡Queremos que
los informativos sobre la huelga general los filme Ken Loach!". Con pocas
palabras se decía, entre otras cosas, que los trabajadores estaban
hartos de que los informativos estuvieran en manos de las patronales, así
como que Loach era ya un símbolo para la clase obrera, que su cine
era un testimonio serio y riguroso a favor de la que Saint-Simon llamó
la clase mayoritaria y más oprimida.
La viñeta daba en el clavo.
Se suele evocar a Loach en contexto de insubordinación social, de
contrainformación. Un ejemplo entre muchos otros lo tuvimos en el
marco de los encuentros de la Campaña contra la Europa del Capital
y la Guerra en Barcelona cuyo objetivo fue organizar una respuesta masiva
a la cima de los responsables políticos de los negocios de la UE (Unión
Europea). En una de sus actividades se acordó presentar la que entonces
era su última película,
La cuadrilla (
The Navigator,
Reino Unido, 2002), que venía como “anillo al dedo” para debatir sobre
las privatizaciones de empresas públicas. Aunque la copia dejaba mucho
que desear, el éxito fue impresionante. La asistencia fue masiva y
el debate que facilitó, muy participativo.
La recuperación de esta perspectiva
realista-comprometida (claramente “obrerista”), dejó en su momento
bastante descolocada a la crítica especializada. No es otra cosa lo
que expresa en su ensayo sobre el cineasta británico, Carlos García
Brusco. Éste hacía suyo "un texto delicioso por su ironía"
del crítico italiano Alberto Crespi que subrayaba "el carácter
atípico, anacrónico y casi exótico" del autor de
Riff-Raff.
Su cine "en los años sesenta podía casi parecer una moda. Hoy
es lo más contracorriente que se pueda imaginar. Ser cineasta "político",
de izquierdas, marxistas, quizás (¿se puede decir aún?)
comunistas en el sentido que tenía el nombre en Italia hasta hace unos
años", era el colmo. Y añadía: "Kenneth Loach debe estar
loco". Para García Brusco "Loach quedaría reducido a ser algo
así como un irreductible ideológico, uno de los "últimos
de Filipinas" en versión de cineasta comprometido" (
Ken Loach,
Ed. JC, Madrid, 1996, págs, 9-10). Así pues, Loach parecía
tan "romántico" como extraviado. como aquel obrero
brasileiro
en huelga que, según pude leer, se dirigió inocentemente a su
patrón para decirle, "¿Es que Vd, no sabe que existe la lucha
de clases?. A lo que éste le respondió con la sabiduría
del Sr. Cuevas: "¡Y tanto que lo sé. Por cierto, la hemos ganados
nosotros!".
Estas líneas resultan bastante representativas
de las reseñas aparecidas a lo largo de la década. El “colmo”
desde este ángulo fue ya
Tierra y Libertad, que para los guardianes
de la nueva historia oficial, resucitaba una revolución que creían
totalmente sepultada.
Loach era por lo tanto uno de aquellos “últimos
románticos”. Alguien que no se había enterado que el muro de
Berlín había caído, y que bajo sus piedras habían
quedado “finiquitados” no solamente el comunismo, sino también la socialdemocracia
reformista que -apoyándose en el miedo a la revolución
o sea en el “comunismo”- había sido el "alma mater" del "Estado del
Bienestar", esto sin olvidar los "populismos" del Tercer Mundo. Llegados
aquí o sea a la ausencia de alternativas, incluso se podrían
efectuar toda clase de lamentos como con los dantescos informes de la ONU
sobre el hambre, el deterioro ecológico, o el empobrecimiento de los
antiguos países (mal) llamados socialistas. El neoliberalismo lo tenía
todo tan atado y bien atado que nada -ni tan siquiera el hecho de que el
hambre y la miseria hubieran crecido al compás de su triunfo político
y social-, permitía ni siquiera pensar que se podía abogar
por una propuesta social alternativa. Cuando alguien ha tratado de hacer,
el Ministerio de la Verdad orwelliano y mercantil ha funcionado para descalificarlo,
por ejemplo como “populista” en el caso de Chávez en Venezuela. A
Loach al que se atribuía una actitud tan “arcaica” como la de “trotskista”,
lo más propio era decirle aquello “¿De qué vas?”, y
mostrarle que su empecinamiento estaba abocado al fracaso y al ostracismo,
y los ejemplos en este sentido abundaban.
Obviamente, en semejante contexto el cine
político -entendiendo como tal el de izquierdas, como el que representó
sobre todo Costa-Gravas desde el éxito de
Z en el emblemático
año 1968- estaba abocado a descapitalizar a sus productores. No obstante,
el cine de Loach se amortizaba. Es más, después de haber perdido
algunas batallas -como la que le implicó en la solidaridad con los
mineros británicos en pulso con la Sra. Thatcher-, se puede hablar
de una “resurrección”. Así, después de su experiencia
en el documental militante -que por cierto, también acabaría
“resucitando”- de los años noventa, su filmografía desde
Agenda
oculta era premiada en los festivales y se estrenaban (casi) en todas
partes provocando atención y debates, sobre todo entre las generaciones
más recientes. Pasado cierto tiempo, los comentarios de García
Brusco carecen de sentido. Sin embargo allá por la segunda mitad de
años noventa, se habló mucho de “los hijos de Loach”, en referencia
a la emergencia de un cine contra el neoliberalismo en la línea abierta
por él, y en un arco que iba desde los más radicales hasta los
más moderados..
Hoy, se puede comprobar que la recuperación
del cine “comprometido” ha llegado hasta el mismo corazón de Hollywood.
Es más, se plantea como una exigencia cuando un cine nacional “no se
moja” en historia que molestan. Sin ir más lejos, esta ha sido una
acusación constante contra el adocenado cine español aunque
en los últimos tiempos cineastas como Leon de Arenoa (
Barrio,
Los lunes al sol), Javier Maqua (
Carne de gallina) o Icíar
Bollaín (
Flores de otro mundo,
Dame tus ojos), pueden
considerarse en la estela de Loach, tan presente por lo demás en trabajos
colectivos como
Hay motivo que demuestran que a algunos de nuestros
cineastas todavía le corre la sangre por las venas.
Ahora Loach es visto más justamente
como un precursor. Ha abierto un sendero en contra de la corriente, y ha contribuido
a que la corriente cambiara su curso. Cuando empezó, pocos críticos
pensaba que fuera algo más que un Quijote, alguien que persistía
en levantar la bandera de tantas derrotas. Pero no era así, Loach
tenía -por decirlo así- un mapa ideológico, una conciencia
que venía de lejos, no en vano ya había protagonizado una resistencia
directa contra el ascenso neoliberal en Gran Bretaña. Tenía
la convicción de que la llamada “revolución conservadora” (¡como
utilizan el neolenguaje!), no era más que una mera coyuntura reaccionaria,
por muy fuerte que fuera, o por muy mal que hubiera quedado las izquierdas.
Su nombre ya era el de un “trotskista” irredento con la absurda pretensión
de querer cambiar el mundo, sino un cineasta sobre el que había que
razonar, de manera que después del tono empleado por García
Brusco surgió otro en el que se solía criticar tal o cual película
al tiempo que el comentarista dejaba sentado que no tenía nada que
objetar en el apartado de las intenciones. Intenciones -decían- inobjetables.
Loach siempre tuvo clara su finalidad, y
al lado de quien estaba. En su trayectoria nunca se había identificado
con la izquierda tradicional, ahora en ruinas. Es más, había
denunciando sin embages a socialdemócratas (sus pullas contra el laborismo
atraviesa todo su cine) y estalinistas (en
Fatherland, una fábula
sobre el “socialismo real” que no se ha estrenado aquí). Había
puesto los dedos en las llagas provocadas de la burocracia sindical (tradeunionista).
Por otro lado, Loach nunca pretendió ofrecer una visión “progresista”
de sus historias, a la manera del cine de izquierdas convencional, sino plantear
problemas y apuntar alternativas que no estaban claras. A veces (
Ladybird,
Ladybird), ni quiera queda un respiro para la esperanza, pero su enfoque
da de pleno en la realidad. No hay más que ver casos cotidianos, señalemos
sin más el de la anciana judicialmente desahuciada de Sevilla por una
deuda de unos pocos euros con una poderosa inmobiliaria, o el del trabajador
impedido por un accidente al que le ha sustraído la indemnización.
Su concepción política (el trotskismo o sea el “otro comunismo”)
era un punto de partida, una concepción crítica en absoluto
apriorística. Más bien representaba una actitud insobornable,
amén de una concepción del mundo en el que el socialismo y la
revolución no están sujetas a ninguna fatalidad negativa, sino
que se trata de un curso abierto, vivo.
El cine de Loach se ha hecho
con un público que ha asumido sus películas como vitaminas
para la acción. Se había convertido en un alimento crítico
en la línea de nuestro tiempo como de alguna manera lo pudieron ser
-por citar un ejemplo conocido- para el "proletariado militante" de la época
dorada de la CNT,
La conquista del pan o
El apoyo mutuo (ambos
de Pietr Kropotkin), por citar dos ejemplos conocidos. Loach se ha convertido
en uno de los principales exponente de la disidencia, y su proyección
llegó a ser en la segunda mitad de los años noventa, ciertamente
paradigmática. Por todo esto, se puede afirmar que Loach también
contribuyó a la reanudación del cine-forum. Películas
como
Tierra y Libertad han provocado un debate nacional. Su cine se
ha llevado a entidades y centros de enseñanza, se ha paseado por cine-clubs
de todo tipo. Además, la práctica totalidad de su filmografía
desde Agenda oculta resulta hoy asequible, lo que significa una oportunidad
para promover ciclos como éste, y como tantos otros que se pueden ordenar
con su filmografía. Lástima que no se pueda decir lo mismo
de su etapa anterior en la que brillan sus lejanos docudramas de la BBC y
títulos como
Family Life o
Kes únicamente están
al alcance por grabación en los canales de pago.
También señala García
Brusco que no se trata de exagerar sus méritos. Creo que es posible
establecer una cierta división entre lo propiamente fílmico
(y está claro que Loach no es John Ford, ni mucho menos), y sus valores
sociales. Personalmente creo que esta división es posible también
al revés, se puede apreciar
El nacimiento de la nación
y despreciar su contenido. Películas como
Tierra y Libertad,
La canción de Carla o
Pan y Rosas han llevado a muchos
críticos a establecer otra dualidad. De una lado estaría
el Loach bueno, que sería el que aborda una temática local,
próxima (recuperada con
Mi nombre es Joe). De otro, Loach el
malo, el internacionalista, o sea el de los tres títulos reseñados.
Pero este ya es otro debate que el del estupor. El hecho es que incluso el
que consideran malo (o menos bueno) también nos interesa, porque nos
dice cosas que nos apasionan. Cosas que necesitamos ver en la pantalla, y
en medio de la discusión cinéfila podemos entrar igualmente
en sus otros significados. Por supuesto, preferimos que el contenido sea también
buen cine, como lo es su evocación chilena sobre el 11-09-01, donde
su fragmento nos lo dice todo, y de la manera más sencilla. A los
que han visto esta película colectiva difícilmente podrán
olvidar que el “pinochetazo” fue el 11 de septiembre más trágico
y terrible que se recuerda.
Nota 2
Los datos sobre Ken Loach no presentan, al menos
a primera instancia, ninguna singularidad particular, aunque vista al compás
de la evolución histórica de su país, resulta sumamente
representativa.
Nació en el 17 de junio de 1936 en Nuneaton,
localidad de Warwickshire, un mes antes de que el partido militar africanista
provocará la insurrección que daría pie a la guerra y
la revolución civil española, que tuvo una repercusión
muy especial en la izquierda radical y en la cultura británica. De
origen proletario, su padre era un hombre convencional, "un electricista que
pasó a capataz de mantenimiento en la fábrica en la que trabajaba,
la Alfred Herbert Machine Tool Factory de Coventry; en su máximo apogeo
creo que fue la más grande del país". Según Loach, su
padre "en caso de hacerlo, habría votado a los conservadores, aunque
no hacia el final de su vida". Su madre fue siempre una mujer muy activa,
era una anciana, y todavía "le desbordaba" (1998). No tuvo grandes
conflictos familiares, aunque detalla "que cuando era estudiante me enfrenté
a mi padre por el hecho de no tener una conciencia política clara y
por leer el Daily Exprés. Fue entonces cuando desarrollé el
interés por ver las cosas desde otro punto de vista".
Su primera infancia coincide con la II Guerra
Mundial que tanta importancia tendrá en la historia británica,
ya que significa el final de su hegemonía imperialista, amén
de un cambio muy notable en la relación entre las clases sociales.
De la época de la guerra, Ken, dice que guarda "memoria de forma muy
clara los bombardeos aéreos. Nuneaton, donde vivía, no queda
lejos de Coventry; así que, cuando Coventry fue bombardeado, a nosotros
nos cayó parte de la lluvia encima. Pasamos muchas noches en el refugio
Anderson de los vecinos. Recuerdo que tomábamos tazas de té,
y cómo los que daban la alarma durante los bombardeos avisaban cada
dos por tres y me traían pedazos de metralla que, por supuesto, yo
coleccionaba". Todo aquello -dice- era muy emocionante para un niño
pequeño.
Finalmente, cuando los bombardeos empezaron
a ser más peligrosos, mi madre y yo (que era hijo único) nos
fuimos a vivir con una tía a Devonshire. Pero en la calle de Exeter
en la que estábamos cayeron algunas bombas y murieron varias personas.
Fuimos muy afortunados al salir ilesos de aquello; las ventanas de nuestra
casa estallaron y hubo daños terribles. Obviamente, no había
una razón especial para quedarse en Devonshire, así que volvimos
a casa después de una semana o dos. Recuerdo que viajamos de noche
de Devonshire a Somerset para escapar a los bombardeos, y todo aquello resultaba
fascinante para un niño de seis años de edad". Cuando acaba
la contienda, asiste a la aplicación de las conquistas del "Estado
del Bienestar" con el que una mayoría laborista sueña crear
un sistema intermedio entre el capitalismo liberal (que había
hecho aguas en los años treinta), y un Estado socialista.
Gracias a las profundas reformas educativas
a favor de la escuela pública introducidas por los laboristas, Ken
accederá a estudiar una cartera universitaria, de manera que tras pasar
por la escuela King Edward VI en Nuneaton, iniciará sus estudios de
Derecho en St. Peters Hall de Oxford. Sus inquietudes le llevaran, a
despecho de la seriedad de unos estudios como los de Derecho, a interesarse
por el teatro universitario, aunque cumplirá la interrupción
obligatoria del servicio militar ejerciendo como dactilógrafo en la
Royal Air Force.
Una vez en Oxford, será nombrado
presidente del Oxford University Dramatic Society y será también
secretario del Experimental Theatre Club. Al concluir el servicio militar,
accederá a su primer oficio como actor profesional en Birmingham para
convertirse más tarde en director teatral. Ante la sugerencia hecha
por críticos bienintencionados de que su trabajo en el ámbito
teatral era conscientemente antinaturalita, Loach contesta que "probablemente
fuese un eufemismo para no decir que era malo". Sus ganancias económicas
como profesional en el teatro fueron muy escasas: "En el teatro yo tenía
muy poco trabajo y en televisión tenía la posibilidad de recibir
un sueldo de verdad. Así, pues, abandoné mi sueño de
salvación del teatro inglés". Con relación a esta fase
educativa, Crespi comenta: "Loach es un intelectual por formación y
por profundidad especulativa: ha estudiado en Oxford (Derecho), ha hecho su
servicio militar (dactilógrafo en la Royal Air Force), ha tenido en
suma el currículum burgués común a casi todos los cineastas
británicos", o sea que se trata de un proletario que ha accedido a
los estudios superiores".
Sobre su pasaje por la Universidad y el ejército
cuenta él mismo: "Hubo un momento en que viví ilegalmente fuera
del campo militar durante tres meses, en los que cogía el autobús
todas las mañanas; el toque de diana era a las seis. Fue una pérdida
de tiempo. Una vez que entré en Oxford a estudiar Derecho, tardé
mucho en adaptarme al ritmo de estudio por culpa del paréntesis de
aquellos dos años. De hecho tenía una idea muy extravagante
del Derecho. Quería convertirme en una de aquellas lumbreras' que no
salían del bar, como, por ejemplo, Marshall Hall. Pronto me di cuenta
de que nunca sería abogado, así que no tardé mucho en
desviar mi atención hacia el teatro (…) En Oxford viví un tiempo
sencillamente maravilloso. Me pasaba el día actuando en algunas obras
y dirigiendo otras, quizá demasiadas. Me angustiaba el hecho de ser
expulsado de la escena, y con razón. Después de dos años
en el servicio militar me sentía alejado de la universidad. De repente
me encontré en esta ciudad magnífica que ofrece todas esas
oportunidades. Pero el servicio militar también me enseñó
que, como estudiante de Oxford, era enormemente privilegiado. Estar en aquel
lugar en ese momento me recordaba que tenía muchísima suerte,
y le saqué el máximo partido posible. de enorme importancia.
Creo que habría tenido una vida más satisfactoria si hubiese
sido abogado, porque entonces, por lo menos, habría tenido alguna relación
con gente a la que podría haber influido en el curso de sus vidas.
En comparación con otras, la del cineasta es una actividad ineficaz".
Loach pues, forma parte de una generación
en la que los hijos de los trabajadores comienzan a acceder a la Universidad,
y se puede decir que fue gracias a la universidad que consigue poseer una
conciencia de clase, no en vano coincide con una época en la que los
"jóvenes airados" revalorizan a la clase obrera. Él dice que
fue en Oxford, donde "descubrió" las obras del airado John Osborne
(
Mirando hacia atrás con ira). Sin embargo, no conocerá
a los novelistas de su generación "hasta después de dejar la
universidad; de hecho, en realidad cuando estaba en Oxford no leía
mucho. Es muy común el caso de que, desde el momento en que ya no
te lo piden más, no vuelves a leer. Sin embargo, y como Brecht estaba
en boga, llegué a conocer un poco su obra". En cuento al cine, aunque
había sido un espectador asiduo del cine desde su infancia, no lo
"descubrió" hasta que se puso a trabajar para la televisión,
entonces no se le "pasaba por la cabeza que fuera a tener relación
con el cine, ni me imaginaba que yo fuese a formar parte del mundo de las
películas. Para mí eran sólo un modo de llenar dos horas
libres".
Después de su graduación trabajó
"en varios oficios. Intenté formar un grupo de teatro en Bedford junto
a un amigo llamado Bill Hays, que más tarde se hizo director de televisión.
Teníamos la, loca idea de que aquello iba a funcionar, pero no funcionó,
y acabamos dando clases en una escuela de primaria". En Oxford, coincidió
con el hoy olvidado Dudley Moore cuyo trabajo en Hollywood más celebrado
y popular fue con Blake Edward en 10, la mujer perfecta). Moore sería
ocasionalmente socio de Loach, y que escribió la música de algunas
de las piezas que montaron en la época. En 1961 le surgió la
posibilidad de entrar en el Northampton Repertory Theatre, y de montar en
escena obras de crimen y misterio.
Se trataba de un curso de prácticas para seis
ayudantes de dirección patrocinado por la BBC que recuerda como sigue:
"En el Northampton Rep, la mayoría de las obras las dirigía
Lionel Hamilton, pero como a él no le gustaba mucho hacer estas piezas
de crimen y misterio empecé a dirigirlas yo", Y subraya que se trató
de "algo muy útil porque estuve en compañía de actores
profesionales durante un año. Descubrí en qué condiciones
trabajaban bien o cuáles eran sus miedos y sus preocupaciones. Aprendí
mucho sobre el proceso de interpretar y qué hace que funcione, qué
es lo que facilita una buena actuación, y sobre los favores o faenas
que los actores se pueden hacer los unos a los otros. Un buen actor se alimenta
de los que actúan junto a él; un mal actor actúa de forma
aislada. Un buen actor da respaldo a los demás actores en escena; un
mal actor no aporta nada. Esa generosidad es vital. Por esta razón
precisamente nunca debes hacer una prueba a un actor aislado y decirle: «Lee
esto», porque así se niega el principio básico de la interpretación,
que es la respuesta. No es mi ideal tener a un actor al que se le ha hecho
una prueba a base de leer o declamar para sí mismo. Casi todo lo que
decimos es en respuesta a lo que otros han dicho".
Dos años más tarde, Loach entra
en la BBC donde antes solicitado trabajo como ayudante de regidor pero
no se lo concedieron. Sin embargo, cuando luego solicitó la plaza de
director sí se la dieron, por una "una extraña lógica".
Cuenta que hizo "un curso de prácticas de seis semanas, en el que lo
único que nos enseñaron fue cómo trabajaba Ia BBC, cuáles
eran sus valores, y qué formulario tenías que rellenar para
que el departamento de vestuario te entregase los vestidos " tiempo. Hubo
una clase titulada «Qué hacer con la cámara»,
eso fue todo lo que duró el aprendizaje técnico (…) Después
de eso, me encargaron la realización de una producción televisiva
de media hora, Catherine (1964) en la que por casualidad, seleccioné
a un actor llamado Tony Garnett.
Nos volveríamos a encontrar más tarde,
casi por azar, cuando él trabajaba como guionista. Yo no sabía
nada de cine o televisión, y de lo primero de lo que se trataba era
de no hacer demasiado el idiota, algo bastante difícil. Adquirí
experiencia con Z Cars, que tenía muy buena reputación. En la
serie había grandes actores que se conocían muy bien y que eran
capaces de hacer un trabajo muy bueno. Así que cuando un director joven
que realmente no sabía nada llegaba allí, bueno, pues era para
que le explotaran. Por lo general eran muy generosos, pero para mí
era sólo cuestión de pasar al programa siguiente"…
Loach es un hijo de los años sesenta.
No fue hasta entonces que se empezó a interesar en la política.
Fue seguramente de los que, como tantos otros, confió en un cambio
político como el prometido por la victoria electoral laborista con
el rostro de laborismo "renovado" de Harold Wilson (proveniente de las filas
bevanistas, y con acento popular), pero, en su opinión, este "gobierno
laborista, social-demócrata, que, como el que han sufrido en España,
prometió mucho y cumplió poco. y la gente empezó a preguntarse
por qué este partido que llegó al poder con tantas esperanzas
y que parecía representar a la gran mayoría, al cabo de pocos
años se comportaba igual que el partido anterior".
Como tanto otros jóvenes de la época.
Loach se volvió hacia "la izquierda en busca de respuestas", y empezó
a leer, a tener relaciones con la militancia marxista, y asiste esperanzado
a los acontecimientos de mayo del 68 en Francia, al tiempo, "los estalinistas
invaden Checoslovaquia... La gente se volvió hacia la izquierda, pero
se volvieron antiestalinistas", la suya era una izquierda que buscaba la transformación
socialista del sistema capitalista, que asumió la necesidad de un
proceso revolucionario en el Tercer mundo, pero que al mismo tiempo abogó
por una cambio radical en los regímenes del mal llamado socialismo
"realmente existente", unos países en los que, por repetir la soberbia
observación de Rudi Dustcke, existían muchas realidades aunque
ninguna de ellas era el socialismo.
A la pregunta sobre qué opinaba sobre
las etiquetas (sectario, marxista ortodoxo, trotskista, etc), que le habían
atribuido, respondió. " En realidad esas etiquetas se emplean
para sacudirle a uno. ¿Por dónde empezar? A principios de los
sesenta, todos estábamos ansiosos por ver a los laboristas de nuevo
en el poder, tras tan largo período de gobierno conservador. Harold
Wilson era una figura bastante carismática. Tenía acento de
provincia y parecía que hablaba la lengua de la clase trabajadora.
Había una expectación general ante su campaña para las
elecciones generales de 1964, mucho más de la que hubo con Tony Blair
en 1997. Pero, por supuesto, pronto se hizo evidente que, como primer ministro,
Wilson no estaba dispuesto a cambiar el mundo, ni siquiera estaba dispuesto
a cambiar demasiado algunas cosas, como había hecho Clement Attlee
en 1945".
Sin embargo, estas expectativas de izquierdas
"razonables" se desvanecieron muy pronto, Wilson descubrió -según
declaraciones propias- que el gobierno trataba de hacer una cosa, pero que
la City le imponía otra. Como parte de la izquierda radical, Loach
necesitó desarrollar un "análisis alternativo". Éste
era "el análisis marxista. Leí todos los libros que te puedas
imaginar, de gente como Christopher Hill y Eric Hobsbawm, y empecé
a entender la historia de otro modo, con el fin de ver cómo se producían
y desarrollaban los fenómenos políticos...Nos dábamos
cuenta de que los socialdemócratas y los políticos laboristas
no hacían más que actuar a favor de la clase dirigente y proteger
los intereses del capital. Una vez que uno hace este tipo de análisis,
todo encaja en su sitio y lo más curioso es que, desde ese momento,
ya nunca deja de encajar".
Aunque Loach resulta bastante parco a la hora de
informar sobre sus compromisos políticos de la época, subraya
que se trata de gente "que se declaraban antiestalinistas". Se identificó
"con esta posición porque así uno podía defender la idea
de socialismo sin tener que defender el comunismo que se había impuesto
bajo el gobierno de Stalin, que había destruido la oposición
de izquierda y asesinado a quienes se oponían a su Partido, y cuyo
modo de gobernar era, claramente una atroz dictadura responsable de los horrores
más espeluznantes. Una vez que entendías eso, ya no tenías
que cargar sobre los hombros el peso de los crímenes de Stalin cada
vez que hablabas del socialismo como una alternativa política en Gran
Bretaña. Esto fue vital". Tanto es así, que esta opción
persistirá como "una línea divisoria en la izquierda británica
de los noventa". Una línea que separa a "los que trazan su linaje socialista
desde la oposición izquierdista a Stalin", y "los que emergieron del
grupo o partido socialista, que han prometido una serie de compromisos y
que se han unido a Tony Blair o a los socialdemócratas", para acabar
tratando de superar a la derecha haciéndolo mejor que ella, como ha
teorizado, Anthony Giddens, el "cerebro" de la llamada "tercera vía"
(una "vía" que encanta a gente como Aznar y Jordi Pujol).
Habría que añadir que Loach mantiene
un compromiso militante que raramente trasciende más allá de
la Gran Bretaña. Su nombre no solamente está asociado a toda
clase de manifiestos, sino que también contribuye con documentos y
“pequeñas películas” a las diversas campañas de la izquierda
militante de su país.
Nota 3
Se ha escrito que si ha existido un
Renoir o un Rossellini británico, éste ha sido Loach. Sobre
esta semejanza se puede discutir todo lo que se quiera, aunque resulta innegable
que, desde que Loach se encaminó hacia un estilo naturalista y realista
que, desde entonces, ha intentado mostrar la vida desde posiciones "marxistas",
existen no pocas semejanzas con el Renoir de los años treinta, y con
el Rossellini de los cuarenta, y a los que Loach siempre ha evocado con admiración…También
se ha evocado para explicar su obra de las cualidades propias del cinema
verité, su voluntad por captar la realidad desde una óptica
no idealista sino desde la conflictividad cotidiana.
Pero estas referencias sirven como eso, como expresión
de una voluntad de desarrollar un enfoque estilístico reconocible por
los espectadores, y una actitud moral "militante de la vida", como si
se tratara de aplicar al cine la divisa gramsciana según la cual «la
verdad es revolucionaria». De hecho, cuando se trata de identificar
el cine de Loach el abanico de referentes resulta muy amplio, se habla de
una tradición fílmica que se remonta a la escuela británica
de John Grierson, pasando por la "nouvelle vague" hasta llegar a la hoy injustamente
olvidada Nueva Ola Checa que alcanzó su cenit en la "primavera
de Praga" para desintegrarse después a causa de la represión
estalinista, y llega hasta experiencias más recientes como la expresada
en los noventa por el Zhang Yimou de Qiu-Ju, una mujer china. Pero más
allá de todas estas aportaciones y escuelas, Loach aparece como un
maestro que ha marcado una época del cine, y cuya implicaciones conviene
insertar en su propio momento, en un tiempo de rearme crítico contra
el neoliberalismo, dentro del cual se ha expresado en lo que la crítica
británica Deborah Knight ha dado en llamar el «realismo
crítico", o sea de un naturalismo experimental puesto al servicio de
]a crítica social, tal y como se proponía en el manifiesto del
naturalismo literario de Émile Zola, el primer escritor de primera
magnitud que aborda en toda su amplitud y crudeza la condición obrera
.
En la obra de Loach, este realismo toma
forma a través de una puesta en escena transparente que deja ver el
deterioro y el malestar social, y a través de una serie de historias
nada sentimentales protagonizadas por trabajadores de la calle, por personajes
que carecen de carácter heroico, que luchan para llegar a fin de mes
y para hacer su vida llevadera. Son seres que se enfrentan diariamente a la
anónima opresión capitalista e institucional: esa sociedad indiferente
de la Gran Bretaña del período de Thatcher y del período
posterior a Thatcher de
Miradas y sonrisas,
Rilf-Raff,
Lloviendo
piedras y
Ladybird, Ladybird, que retrocede hasta la Inglaterra
y la Irlanda de la Primera Guerra Mundial en Days al Hope, que avanza hasta
las zonas urbanas más problemas de Glasgow de la Gran Bretaña
de Tony Blair en
Mi nombre es Joe, y que todavía va más
allá, hasta los disparos del ejército popular que traicionan
a una miliciana en
Tierra y libertad, y hasta las atrocidades de la
"contra" y de la intervención norteamericana en la Nicaragua de
La
canción de Carla.
Desde el momento en que Loach toma la
decisión ética de pintar la vida tal como es y rechaza la seducción
de la estilización y las panaceas de los finales felices, el mundo
descrito en sus películas deja de ser hermoso y de prometer conclusiones
claras. Dicha decisión supone el sacrificio de una aceptación
comercial más amplia. En su mundo, la lucha continúa. Sin embargo,
quienes creen que las películas de Loach deprimen al espectador y que
son en última instancia desesperanzadoras, cometen un error fundamental
de interpretación.
Aunque a menudo sea traicionada, la esperanza
tiene la manía de reaparecer, quizá porque Loach también
sea, aunque de forma silenciosa, un indagador de la realidad psicológica.
Joy, en
Poor Cow, se aleja de sus líos para poder ver cómo
su hijo crece, por lo menos hasta que sea lo suficientemente mayor como para
apuntarse a la lista del subsidio del paro. Bob acaba comprándole a
su hija el vestido de comunión en
Lloviendo piedras. Maggie
y Jorge en
Ladybird, Ladybird siguen luchando hasta formar una familia.
En
Tierra y libertad, la nieta de David hace posible que la antorcha
encendida en la España prefranquista siga viva en el Liverpool actual;
y los estibadores de la misma ciudad de
The Big Flame continúan
luchando por la misma causa en
The Flickering Flame (sólo nos
deprime ver a los hijos de los seguidores del Everton en
The Golden Visian)
.
Cuando algunos de sus protagonistas pierden
la esperanza (como Billy en
Kes o Janice en
Family Life) Loach
nos recuerda, precisamente a través de esa pérdida, que la
sociedad debe empezar a asumir responsabilidades por los males y las desigualdades
que ocasiona. "si bien la lucha y el sacrificio de sus personajes parecen
interminables, también existen, como en la vida misma, momentos de
alivio en forma de ritos comunitarios y de autorrealización: la enérgica
vida de coqueteo en el pub y la camaradería de las obreras de la fábrica
en
Up the Junction;]oy y su amante nave escapándose de las
barriadas para pasar unos días por la comarca; Janice y su novio dando
paseos por la ciudad; Billy ganándose el respeto de su clase al describir
cómo entrena a su halcón; Maggie cantando en un pub (y Susan
intentándolo en
Riff-Raff) ; o Bob y su compañero Tommy
persiguiendo una oveja en un páramo de Lancashire y robando césped
del campo de bawls* del Partido Conservador en
Lloviendo piedras.
El entusiasmo de un pueblo que lucha por mejorar su forma de vida es captado
en los debates de los trabajadores que se movilizan en
The Big Flame
y en
The Rank and File, y en los de los campesinos que discuten sobre
la colectivización en
Tierra y libertad y
La canción
de Carla. Además de centrarse en los problemas particulares de
los que no tienen derechos, muchas de las películas de Loach son también
celebraciones del ejercicio de vivir. Por eso su humanismo es incombustible.
Aunque con
Tierra y libertad
y
La canción de Carla su obra haya pasado a abarcar temas de
interés internacional, el principal legado de Loach ha sido el de
reflejar la Gran Bretaña que va desde 1965 hasta el final del siglo
(si bien es cierto que éste es un juicio un tanto apurado, ya que
Loach todavía está ahí en activo, trabajando) . Realmente,
ningún otro cineasta ha documentado este período de forma más
rigurosa, apasionada y prolífica. Censuradas o reconocidas, sus películas
han llamado la atención sobre un abanico de males sociales como las
campañas contra el aborto, la abundancia de indigentes, la falta de
seguridad de los trabajadores, el desempleo, los salarios injustos o la ineficacia
de los servicios sociales y de la sanidad mental. y también de males
políticos como el imperialismo, el fascismo (la brutalidad de la policía
que abate a los mineros en huelga en
Which Side Are You On? recuerda
a la supresión del POUM (en
Tierra y libertad) y la erosión
polimórfica de la democracia.
La teoría del guión cinematográfico
asegura que nuestro mayores adversarios son aquellos que se encuentran más
cerca de nuestra realidad. Una y otra vez, los dramas de Loach, ya sean verdaderos
o ficticios, muestran esta fórmula en toda su complejidad trágica.
Nota 4
Recuerdo que cuando,
con ocasión de una entrevista en TV, le preguntaron al "marxista" Alfonso
Guerra sobre su cuál era su opinión por la Sra Thatcher, éste
salió por la tangente recordando unos funerales compartidos con ella
en un Moscú helado, y su gallarda actitud al no mostrar la menor debilidad.
Guerra no quería hablar del "thatcherismo", sobre todo porque, tal
como ocurre actualmente con las idílicas relaciones entre Aznar y
Blair, el gobierno "socialista" que presidía Felipe González
mantenía una estrecha sintonía con la llamada Dama de Hierro
cuyas excelencias políticas eran exaltadas por nuestros medias, No
solamente por los más tradicionalmente de derechas, sino también,
y muy especialmente a través de plumas tan reputadas como la de Mario
Vargas Llosa que casi cada domingo aprovechaba su privilegiada tribuna desde
El País (el periódico de la "única izquierda posible"),
en loor del "libre mercado", contra la "dictadura de los sindicatos", contra
las "patrañas" del "tercermundismo" que trataba de atribuir a las
potencias "democráticas" sus propios desastres, contra el "estatismo"
de la socialdemocracia.
Esta exaltación
podía resumirse estas palabras que el travestido autor de La ciudad
y los perros le dedicó a la célebre señora: "Lo que usted
ha hecho por la libertad, no tiene nombre". Estas palabras adquirirían
su verdadero significado cuando durante la "detención" del general
Pinochet en Londres, la Sra Thatcher se convirtió en su mano derecha.
Y es que el reconocimiento de las "libertades" que evocaba Vargas Llosa le
correspondían en justicia al dictador chileno que había acabado
con una tentativa de transformación social en un sentido no muy diferente
del que habían desarrollado las socialdemocracias europeas desde el
final de la II Guerra Mundial, y con el respaldo de una mayoría electoral.
La alternativa económica pinochetista no fue otra que la llamada "neoliberal"
siguiendo los esquemas de la Escuela de Chicago, presidida por Milton
Friedman. El propio Vargas Llosa tampoco dejó de reconocer estos méritos
cuando describió con embeleso las palabras de un empresario chileno
al expresar su tranquilidad porque "ahora" (después de Pinochet y todo
lo demás) ya no habría que temer más "experimentos sociales".
La libertad pues significaba ante todo garantía de que la política
(y menos la de izquierdas) ya no afectaría más a la economía.
Durante las tres
legislaturas (de 1979 hasta 1990), que Margaret Thatcher estuvo en el poder
introdujo una política de liberalización que acabó descomponiendo
las garantías sociales establecidas desde la posguerra por el modelo
de protección social del welfare state, inspiradas en las teorías
de Keynes, pero fruto de una situación histórica en la que
coincidían las crisis del capitalismo liberal, el miedo a la crisis
revolucionarias (Gran Bretaña conoció una en 1926, la que aborda
Loach en Days of Hope), más la atracción que sobre los trabajadores
había ejercido durante años el modelo de "socialismo" soviético.
La acción política de los conservadores, coincidente con la
inspirada desde los Estados Unidos por Reagan, sirvieron para construir un
nuevo sistema político y social cuya lógica privatizadora atentaba
de pleno contra las conquistas sociales logradas por más de un siglo
de luchas sociales, y desviaban el papel "nivelador" del estado "servidor
de la colectividad", para ponerse íntegramente al servicio de las
grandes empresas y legislar a favor de la multiplicación de los beneficios
. Las multinacionales, los empresarios,
y una nueva élite neoliberal ocupaban ahora el escenario social, político
y cultural mientras que la sociademocracia se reconvertía, el otraora
poderoso movimiento comunista internacional se desintegraba, los nacionalismos
populistas del Tercer Mundo entraban en abierta crisis, y las "nuevas izquierdas"
de los años sesenta sufría la natural perplejidad, y sufría
un difícil proceso de recomposición. De alguna manera,
lo que ofrecía el cine de Loach era una aproximación descarnada
a la magnitud del desastre, y apuntaba sobre las diferentes responsabilidades.
Se trataba
de un proceso político complementario en el que las clases dominantes
aprendieron el concepto marxista de "clase para sí" con la ayuda inapreciable
de antiguos marxistas arrepentidos. Era una apuesta estratégica que
buscó, y logró, el soñado descoyutamiento del sistema
"soviético", y que, al menos durante una primera época, llegó
a aparecer como una "liberación", e incluso como una "revolución"
para la mayoría de las poblaciones que pensaba así superar las
agobiantes estrecheses económicas y el odioso control policiaco impuesto
por el estalinismo. La Sra Thatcher y el presidente Reagan formaron una pareja
a cuyas directrices acabaron sumándose hasta los socialistas "marxistas"
franceses bajo la dirección del maquiavélico Miterrand. Esta
alianza Reagan-Thatcher se evidenció en la política de ayuda
americana en la guerra de las Malvinas y en la ayuda británica en
el conflicto de Estados Unidos contra Libia, en un proceso que acabó
imponiendo el "ultraimperialismo" norteamericano, un mundo bajo el dominio
unilateral de una sola potencia ebria de "patriotismo".
A la sombra del
Imperio por excelencia, Gran Bretaña se fue apartando de los postulados
del modelo europeísta keynesiano y de la "resistencia" alentada por
los demás países integrantes del Mercado Común, abriendo
paso a una política que acabaría imponiéndose en el viejo
continente con Aznar, Berlusconi, y Blair. Con Thtacher el país se
situó en los márgenes de las discusiones de la CEE, para convertirse
en una prolongación de la política exterior norteamericana.
La política neoconservadora sirvió para transformar los principios
"estatistas" keynesianos que habían regido una economía marcada
por la intervención del estado en los asuntos sociales, para someterse
a los dictados del entidades como el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial que consagraban el dominio absoluto del poder del gran dinero sobre
cualquier otro.
Fracasada la tentativa auspiciada
por una revolución (la soviética, concebida por Lenin y Trotsky
como “preludio” de una revolución internacional) el capitalismo recuperaba
toda la iniciativa, y se reconstruía siguiendo sus propios criterios
deshaciendo todos los compromisos establecidos. Bajo la dirección de
la derecha norteamericana, la ley del más fuerte se imponía
en todas y cada una de las cuestiones políticas del momento, incluyendo
los tratados jurídicos, ecológicos, de cooperación con
el "Tercer Mundo", etcétera.
Socialmente,
la política neoconservadora vendida como la única vía
de reflotar la "competitividad" perdida, se caracterizó por imponer
un cierto neo-darwinismo consistente en afirmar que los bienes sociales derivan
del conflicto de intereses entre diferentes grupos, Thatcher promovió
una política emprendedora en la que la adquisición de riqueza
y el consumo de los bienes fueron los principales valores de un mundo en el
que la ética y la responsabilidad social entraban en crisis. Su política
fomentó la desigualdad, incrementó las posibilidades de la
clase media y perjudicó notablemente a la clase obrera. La crisis inflacionista
tuvo su punto culminante en el conflicto surgido entre 1984 y 1985, provocado
por el cierre de las factorías mineras del norte y seguido de una
larga huelga convocada por los sindicatos que crispó los ánimos
de los trabajadores. La pobreza aumentó considerablemente, hasta el
punto de que a finales de la década se calculaba que el número
de gente sin hogar- rondaba el millón de personas, de las cuales 150.000
tenían menos de 25 años, La delincuencia y la inseguridad alcanzaron
cotas muy altas y Gran Bretaña pasó a ser el país de
la Comunidad europea con la cifra per capita más alta de ciudadanos
en régin1en penitenciario,
El conservadurismo
también fomentó la división territorial. Erflorte -tradicionalmente
más cercano a los postulados laboristas-, se encontró sumido
en una fuerte crisis económica, sobre todo a raíz de que el
paisaje de las grandes explotaciones mineras y de las fábricas de acero
empezara a resquebrajarse produciendo un alto grado de malestar social. Mientras
que el sur, donde era más fácil afianzar los votos conservadores,
se consolidaba como el espacio de una nueva y próspera clase social,
orientada hacia la creación de industrias de alta tecnología
ya los servicios financieros.
La política
conservadora de Margaret Thatcher, mediante una fuerte proyección populista
de reminiscencias neo-gaullistas, guió a Gran Bretaña durante
toda la década de los ochenta, un período en el que, en la
esfera internacional, se sentaron las bases de la uniformización económica
e ideológica. En el ámbito de las costumbres, la Dama de Hierro
quiso imponer, siguiendo la tradición Tory, un cierto retorno a los
valores de la época victoriana:.lucha individual, defensa de la familia,
patriotismo, respeto por las tradiciones reaccionarias. Sin embargo, el mandato
de Margaret Thatcher coincidió con el triunfo del posmodernismo que
puso en crisis la hegemonía de las grandes verdades de la modernidad
para introducir un cierto relativismo en un pensamiento débil que
acabó dando paso, tal como ha sugerido Frederic Jameson, a la lógica
cultural de ese capitalismo avanzado basado en los principios del eclecticismo
que ha acabado transformando el mundo occidental en una auténtica
jungla, sin puntos de referencia.
El sistema de libre mercado tuvo una
clara repercusión en el ámbito cultural, ya que la Dama de Hierro
detestaba las diferentes formas de intervención estatal en el terreno
de la cultura o del arte. Thatcher consideraba que la cultura y el arte sólo
eran útiles cuando tenían una clara repercusión en el
terreno económico. Estas ideas tuvieron diferentes consecuencias en
el campo universitario donde la política educativa estuvo orientada
hacia las enseñanzas científico-tecnológicas y marginó
el desarrollo de las disciplina" humanísticas, pero también
afectó ruinosamente al campo de las infraestructuras culturales en
el que se produjo la sucesiva privatización de determinadas empresas.
Los únicos valores intocables eran las grandes instituciones -como
la Royal Shakespeare Company o el Royal College- que se establecieron como
el legado de una intocable tradición cultural de raíces aristocráticas.
Nota 5
En Europa, la película que recuperó
a Loach más allá de
Family Life, o de los circuitos
minoritarios que admiraron por ejemplo
Kes, que algunos consideran
como su mejor película fue el thriller político
Agenda oculta.
Se trata de una película densa y trepidante
cuya estructura narrativa de
Agenda oculta está en la línea
de otros títulos clásicos del cine "político" del
tipo
Z o
Missing, los títulos más representativos
del mejor Costa-Gravas. Su argumentación está concebida para
confirmar los hilos que mueven el terrorismo de Estado, aunque su complejidad
y su alternativa abierta, la hacen diferente. Cuando se estrenó, la
prensa conservadora británica se movilizó airadamente y trató
de contrarrestar su buena acogida incidiendo en este aspecto de cine "político",
viniendo a decir que más que de un cine comprometido con una realidad
(que no querían reconocer, ninguno entraba en los interrogantes de
la situación irlandesa, simplemente distribuían los papeles),
se trata de un cine "demagógico"; de una manera más bien sibilina,
esta argumentación ha sido bastante repetida entre nosotros por lo
que la artillería neoliberal vadeó la cuestión del rigor
histórico para enfocar el intento de descrédito del film diciendo
que se trataba de una apología indirecta del IRA. Naturalmente, este
argumento sólo convenció a los que no necesitaban converse porque
ya las cosas le debían de parecer bien. El fondo de la cuestión
es que, como declaró el académico David Johnston "Irlanda
es una herida en la psique de los británicos. Les resulta muy duro
aceptar su culpabilidad en la presente situación…" Superar esta campaña
no fue uno de los méritos menores del filme; no son pocas las películas
valiosas que se han quedado "embarrancadas" por lo mismo.
Loach que desde entonces, no
ha desaprovechado ninguna oportunidad para llegar a las revistas más
convencionales, señalaba en una de ellas que "cuando una película
es etiquetada como política es más difícil distribuirla
y la gente tiende a no verla"; ya que se creaba previamente un prejuicio,
de un lado podía ser lo que vulgarmente se llama "una comida de tarro"
(o sea afrontar algo que más bien se quiere ignorar), o bien se podía
repudiar por cansancio, es cuando se comenta aquello de "bastante problemas
tenemos ya en nuestra vida". Loach denunciaba también que con esta
clasificación se trataba de estigmatizar el cine de denuncia
social. Con ocasión de Lloviendo piedras, Loach respondió
que el cine comercial dominante era tanto o más "político" que
sus películas, y puso la serie Arma letal como ejemplo. La Sra.
Thatcher también tiene su cine (político) preferido, en
su momento se hizo una foto con Ronald Reagan asistiendo pletóricos
al estreno de una de aventuras de James Bond, el agente "con licencia
para matar", concretamente
Moonraker (Lewis Gilbert, 1979), con comunistas
surgidos del Museo de los Horrores. La lista de cine "comprometido" con los
valores reaccionarios sería interminable, en parte porque el cine es
una industria en la que los beneficios (y los intereses del Estado) tienen
mayor peso que el del espectador individualizado, y en parte también
porque las historia y por ende, las interpretaciones dominantes, es
los que corresponden a la clase dominante; aunque también es cierto
que, por lo general el cine ha estado más a la izquierda que sus productores,
y que la inteligencia de los grandes cineastas también se ha traducido
en saber llevar los argumentos hacia su terreno, parte del gran cine de Ford
dan testimonio de ello.
En realidad, semejante prejuicio (al
que no son ajenos muchos críticos que presumen estar, por supuesto,
estar a la izquierda) reproduce un estereotipo según el cual las películas
"políticas" son las de izquierda que critican esto o aquello, o sea
se señalan en un discurso antagónico al orden existente. En
realidad, se trata de algo en absoluto diferente a lo que ocurre en la vida
social donde una huelga obrera -o cualquier movilización de protesta-,
se significa según los empresarios y los medias como "política"
-"nuestras huelgas son políticas, vuestra política es negocio",
replicaba unos personajes de El Roto-, mientras que la -escandalosa- multiplicación
de los beneficios de las grandes empresas, es como la vida misma, "natural".
Así, una noticia que informe de estos beneficios tiene un tratamiento
muy diferente a otra que ofrezca detalles de una huelga, con piquetes, cortes
de tráfico. etc.
Con su éxito,
Agenda oculta
reabrió una vez más el debate sobre la eficacia de este cine
"político"; un debate que no se plantea en la otra orilla. No solamente
porque la derecha no se cuestiona la eficacia de "sus" películas,
sino porque, cuando un título como Agenda oculta, les molesta, tampoco
dudan en emplear la artillería. Sin embargo, resulta habitual encontrar
entre los críticos una suma de reservas. Primero desdeñando
películas como las citadas de Costa-Gravas, algunos además
con especial saña (sin dejar por ello en asegurar que se sitúan
a la izquierda), y después negando su eficacia. Una secuencia de este
debate acompañó durante los años ochenta toda la filmografía
de oposición al apartheid, cuando, al mismo tiempo, Pretoria trataba
de hacerle la vida imposible a estas películas, y desde la resistencia
que promovía una campaña internacional por el aislamiento del
régimen, las valoraba muy altamente por más que se orientaban
hacia la "mala conciencia" del blanco; la "mala conciencia" no era suficiente,
pero era mucho mejor que no tener ninguna conciencia.
Sería muy arduo entrar
de pleno en una cuestión que atraviesa la historia del cine, y en la
que persiste un hilo muy preciso, el que mueve a la industria y al poder hacer
todo lo posible para que no se repita el "escándalo" de Intolerancia,
donde el ambivalente Griffith tomaba partido a favor de unos huelguistas.
Otro hilo nos lleva a lo propiamente cinematográfico, una película
reaccionaria puede ser una maravilla, y viceversa, sin embargo, aún
así, ambas lo serán "a pesar de"…El nacimiento de una nación
es una maravilla a pesar de su repulsivo contenido; Parnell es una mala película
a pesar de la nobleza de sus intenciones. Se discute su eficacia, convence,
repiten los escépticos, a los ya convencidos.
Esta es una simplificación de "esteta".
Los ya convencidos son una minoría, y la convicción no le exonera
de una confrontación crítica. Agenda oculta llegó a miles,
sino a millones de personas, buena parte de las cuales tenían una
idea muy primaria o esquemática sobre la situación irlandesa
(y británica), y el singular "thriller" de Loach amplió considerablemente
sus puntos de mira, su percepción e información. Agenda oculta
no les enseña donde están los buenos y donde los malos, les
cuenta una historia que no les permite aburrirse, y les plantea una suma de
cuestiones, les deja con el interrogante en la boca. Loach toma partida, se
decanta, pero su opción respira autenticidad. Además, no niega
la existencia de otras razones, y debate con ellas.
Como es sabido, la relación entre
lo local y lo universal puede ser a veces apabullante. Y aunque Agenda oculta
no da un paso fuera de su contexto geográfico, no existe la menor duda
que existían importantes paralelismos con otros acontecimientos similares
como lo pudo ser el asesinato de Ben Barka, o más todavía, el
complot para asesinar a J.F. Kennedy en Dallas (Loach es un admirador del
Stone de
JFK). Su estreno coincidió en nuestros lares
con el escándalo del GAL en la época con el gobierno socialista
de Felipe González, y no está de más anotar de que a
pesar de su éxito festivalero -en San Sebastián inclusive-,
la película tardó en estrenarse. Dee hecho, la película
juzga a través de unos hechos verificados las consecuencias de
una concepción según la cual hay que «defender las democracias
en las cloacas». Esto no se interpretaba en la línea clásica
de "limpiar los establos de Augias", que fue una de los trabajos más
notable de Hércules, sino en sentido opuesto; en esconder los establos.
Asesinar a ciudadanos en Irlanda del Norte por la espalda, acusándole
-como en el célebre "caso de Almería"- falsamente de
terroristas, ofreciendo luego una versión oficial que en nada se ajusta
a lo ocurrido, sirviéndose para la faena de organizaciones paramilitares
o parapoliciales, es algo a lo que no cabe considerar más que como
terrorismo de Estado, y no como un gesto democrático "sucio".
Durante la crisis irlandesa, los servicios
de seguridad británica, concretamente el M 15, se mostraron
dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de conservar sus secretos…Siguiendo
la premisa de que antes de reconocer un error, mejor ampliarlo, el gobierno
británico "liberal" no dudó en emplear toda clase de medios
para conseguir estos objetivos, desde la calumnia a la intoxicación,
pasando por el chantaje y la intimidación, sin descartar siquiera el
asesinato.. Loach por el contrario, se afirmaba en el criterio de "que si
uno acepta que la gente pueda ser asesinada sin ser detenida, y se acepta
igualmente que la democracia pueda ser subvertida por los que teóricamente
están encargados de defenderla, eso podría ser el principio
del fascismo aunque es evidente que el fascismo necesita de otra serie de
características para desarrollarse", no obstante, añade, "asesinar
a la gente sin detenerla es una clarísima muestra de estado policíaco".
Cuando se asesina en nombre de la democracia no se hace democracia, precisamente
la democracia está, entre otras cosas, para evitar la impunidad de
los que se amparan en el Estado para cometer los más viles delitos.
Por todo lo que cuenta, no hay duda que entre nosotros fue muchas las personas
que vieron Agenda oculta en clave GAL. En su opinión, se trata de una
"película (que) trata de las diferencias entre la democracia formal
y la democracia real y visto desde otra vertiente, de las diferentes fórmulas
posibles de terrorismo de Estado".
Piensa que los servicios secretos "están
acostumbrados a trabajar bajo el paraguas de los llamados secretos de Estado
muchas veces son ellos mismos Ios que aconsejan a los políticos en
ese tema; que es preferible no hablar y que preferible que la gente ignore
cuantas más cosas mejor. Evidentemente la utilización de este
argumento contribuye a que los servicios secretos operen sin ningún
tipo de control, lo cual es efectivamente perjudicial para la democracia".
No está de acuerdo en hablar abstractamente de "fascismo", cree que
" habría que decir es que el Estado no es algo monolítico Existen
efectivamente las instituciones democráticas, pero también las
relaciones personales que existen en el poder, los servicios secretos, la
corona, el ejército, etc. El tema es que cuando van a acceder al gobierno
unas personas que no gustan a otro, o otros de los integrantes del Estado,
algunos elementos del Estado actúan defendiéndose, y éste
es el caso de
Agenda oculta…"