FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Cinco notas sobre Ken Loach, el cineasta de la clase obrera

Pepe Gutiérrez-Álvarez


En memoria de Emma Roca, miliciana del POUM


    "Estoy orgulloso de haber influido para que se reconociera que el obrero era un personaje adecuado para el drama y no solamente un recurso cómico de las obras sobre las costumbres de la clase media" (Ken Loach)
  
Nota 1

       Los críticos que pretenden estar de vuelta de los grandes debates sociales y de los compromisos de su juventud, cuando se encuentra con un alegato social en el cine, suelen echar mano a una cita de un ya descreído Godard según la cual estas películas únicamente convencen ya a los convencidos...
       
    De este tipo de declaraciones se desprenden varias lecturas. La primera es que el “problema” que aborda la película (por ejemplo la situación de la mayoría negra sudafricana bajo el régimen del “apartheid” o la precariedad laboral), le queda lo suficientemente lejos como para enfocarlo como un vago problema ético, su implicación  suele ser mínima, más indiferente de lo que pretende. Ante la misma película un negro sudafricano con sólidos criterios cinematográficos, declararía que a pesar de sus posibles limitaciones estéticas, se trata de un filme urgente y muy necesario... Segundo, se trata de alguien que aplica el prejuicio de “político” al alegato hecho desde abajo, desde la gente, cuando por lo general, cuando las soflamas conservadoras van  envueltas en cine de acción o en una comedia (Loach declaró que para cine “político” de verdad está la serie Arma letal, protagonizada por el fascistoíde de Mel Gibson). Tercero, suele olvidar que algunas de las mejores películas de todos los tiempos han sido alegatos sociales, y los ejemplos son innumerables.

      El que este escribe recuerda haber leído como Jesús Franco mostraba su mayor desprecio al cine “comprometido”, y cuando en una entrevista le pregunté cuál era su película favorita, respondió que Las uvas de la ira, de John Ford...

     El cine de Loach se inscribe en esa misma tradición, una tradición en la que coincide el gran cine soviético, el neorrealismo, el free cinema, Renoir, etcétera, etcétera. Un cine que sigue siendo un paradigma, un ejemplo en oposición al cine impuesto desde las majors hollywoodienses, a todo el cine basura que inunda las pantallas.
    
    Un ejemplo lo tenemos en uno de los filmes más corrosivos de Robert Altman, El juego de Hollywood, donde uno productores ávidos de éxitos comerciales (Tim Robbins), asesinaba involuntariamente a un guionista que despreciaba su cine al que oponía otro ejemplificado por un título legendario: Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica. Como es sabido por cualquier buen aficionado, esta fue una de las películas más representativas del neorrealismo, tan reconocida en su tiempo que el franquismo no tuvo el valor de prohibirla, aunque si modificó el título y cortó algunas escenas. Tenía el mérito añadido de demostrar la equivocación de quienes aseguran que la clase obrera carece de gancho cinematográfico porque su vida es muy aburrida y carece del brillo de la aventura o la delincuencia.

      De Sica y Zavattini demostraban que la aventura podía vivirse cada día, y que los problemas del cine negro plantean problemas mucho mayores que encontrar al culpable. Loach es un digno continuador de esta tradición que ha enriquecido con un tratamiento mucho más duro, con menos concesiones al gran público. De hecho su cine es el testimonio de una derrota, la derrota de la clase obrera frente al neoliberalismo. Pero no cree que las premisas neoliberales (“la sociedad no existe, únicamente existe el individuo”, o el “no hay alternativa”, palabras claves del devocionario de la Sra. Thatcher) sean irreversibles.

    Su principal mérito radicó en que partiendo de este criterio de resistencia, se anticipó en muy buena medida al torrente de títulos producidos contra el neoliberalismo y sus nefastas consecuencias. Loach proclamó cuando muy pocos lo hacían que seguía siendo posible y necesario luchar. Hoy en día, su propia odisea es un ejemplo fehaciente de que además es posible cambiar la situación. 

     En cuanto al alcance de su influencia tan cinematográfica como en la vida social, en los días que precedieron la huelga general del 20-J del 2002, “El Roto” realizó en el diario El País una de sus agudas viñetas. Se trataba de un dibujo muy característico en el que aparecían tres obreros inequívocos que en forma de piquete blandían un televisor, y decían: "¡Queremos que los informativos sobre la huelga general los filme Ken Loach!". Con pocas palabras se decía, entre otras cosas, que los trabajadores estaban hartos de que los informativos estuvieran en manos de las patronales, así como que Loach era ya un símbolo para la clase obrera, que su cine era un testimonio serio y riguroso a favor de la que Saint-Simon llamó la clase mayoritaria y más oprimida.  

       La viñeta daba en el clavo. Se suele evocar a Loach en contexto de insubordinación social, de contrainformación. Un ejemplo entre muchos otros lo tuvimos en el marco de los encuentros de la Campaña contra la Europa del Capital y la Guerra en Barcelona cuyo objetivo fue organizar una respuesta masiva a la cima de los responsables políticos de los negocios de la UE (Unión Europea). En una de sus actividades se acordó presentar la que entonces era su última película, La cuadrilla (The Navigator, Reino Unido, 2002), que venía como “anillo al dedo” para debatir sobre las privatizaciones de empresas públicas. Aunque la copia dejaba mucho que desear, el éxito fue impresionante. La asistencia fue masiva y el debate que facilitó, muy participativo.

      La recuperación de esta perspectiva realista-comprometida (claramente “obrerista”), dejó en su momento bastante descolocada a la crítica especializada. No es otra cosa lo que expresa en su ensayo sobre el cineasta británico, Carlos García Brusco. Éste hacía suyo "un texto delicioso por su ironía" del crítico italiano Alberto Crespi que subrayaba "el carácter atípico, anacrónico y casi exótico" del autor de Riff-Raff. Su cine "en los años sesenta podía casi parecer una moda. Hoy es lo más contracorriente que se pueda imaginar. Ser cineasta "político", de izquierdas, marxistas, quizás (¿se puede decir aún?) comunistas en el sentido que tenía el nombre en Italia hasta hace unos años", era el colmo. Y añadía: "Kenneth Loach debe estar loco". Para García Brusco "Loach quedaría reducido a ser algo así como un irreductible ideológico, uno de los "últimos de Filipinas" en versión de cineasta comprometido" (Ken Loach, Ed. JC, Madrid, 1996, págs, 9-10). Así pues, Loach parecía tan "romántico" como extraviado. como aquel obrero brasileiro en huelga que, según pude leer, se dirigió inocentemente a su patrón para decirle, "¿Es que Vd, no sabe que existe la lucha de clases?. A lo que éste le respondió con la sabiduría del Sr. Cuevas: "¡Y tanto que lo sé. Por cierto, la hemos ganados nosotros!". 

      Estas líneas resultan bastante representativas de las reseñas aparecidas a lo largo de la década. El “colmo” desde este ángulo fue ya Tierra y Libertad, que para los guardianes de la nueva historia oficial, resucitaba una revolución que creían totalmente sepultada.

      Loach era por lo tanto uno de aquellos “últimos románticos”. Alguien que no se había enterado que el muro de Berlín había caído, y que bajo sus piedras habían quedado “finiquitados” no solamente el comunismo, sino también la socialdemocracia reformista que  -apoyándose en el miedo a la revolución o sea en el “comunismo”- había sido el "alma mater" del "Estado del Bienestar", esto sin olvidar los "populismos" del Tercer Mundo. Llegados aquí o sea a la ausencia de alternativas, incluso se podrían efectuar toda clase de lamentos como con los dantescos informes de la ONU sobre el hambre, el deterioro ecológico, o el empobrecimiento de los antiguos países (mal) llamados socialistas. El neoliberalismo lo tenía todo tan atado y bien atado que nada -ni tan siquiera el hecho de que el hambre y la miseria hubieran crecido al compás de su triunfo político y social-, permitía ni siquiera pensar que se podía abogar por una propuesta social alternativa. Cuando alguien ha tratado de hacer, el Ministerio de la Verdad orwelliano y mercantil ha funcionado para descalificarlo, por ejemplo como “populista” en el caso de Chávez en Venezuela. A Loach al que se atribuía una actitud tan “arcaica” como la de “trotskista”, lo más propio era decirle aquello “¿De qué vas?”, y mostrarle que su empecinamiento estaba abocado al fracaso y al ostracismo, y los ejemplos en este sentido abundaban.

      Obviamente, en semejante contexto el cine político -entendiendo como tal el de izquierdas, como el que representó sobre todo Costa-Gravas desde el éxito de Z en el emblemático año 1968- estaba abocado a descapitalizar a sus productores. No obstante, el cine de Loach se amortizaba. Es más, después de haber perdido algunas batallas -como la que le implicó en la solidaridad con los mineros británicos en pulso con la Sra. Thatcher-, se puede hablar de una “resurrección”. Así, después de su experiencia en el documental militante -que por cierto, también acabaría “resucitando”- de los años noventa, su filmografía desde Agenda oculta era premiada en los festivales y se estrenaban (casi) en todas partes provocando atención y debates, sobre todo entre las generaciones más recientes. Pasado cierto tiempo, los comentarios de García Brusco carecen de sentido. Sin embargo allá por la segunda mitad de años noventa, se habló mucho de “los hijos de Loach”, en referencia  a la emergencia de un cine contra el neoliberalismo en la línea abierta por él, y en un arco que iba desde los más radicales hasta los más moderados..

       Hoy, se puede comprobar que la recuperación del cine “comprometido” ha llegado hasta el mismo corazón de Hollywood.  Es más, se plantea como una exigencia cuando un cine nacional “no se moja” en historia que molestan. Sin ir más lejos, esta ha sido una acusación constante contra el adocenado cine español aunque en los últimos tiempos cineastas como Leon de Arenoa (Barrio, Los lunes al sol), Javier Maqua (Carne de gallina) o Icíar Bollaín (Flores de otro mundo, Dame tus ojos), pueden considerarse en la estela de Loach, tan presente por lo demás en trabajos colectivos como Hay motivo que demuestran que a algunos de nuestros cineastas todavía le corre la sangre por las venas.

      Ahora Loach es visto más justamente como un precursor. Ha abierto un sendero en contra de la corriente, y ha contribuido a que la corriente cambiara su curso. Cuando empezó, pocos críticos pensaba que fuera algo más que un Quijote, alguien que persistía en levantar la bandera de tantas derrotas. Pero no era así, Loach tenía -por decirlo así- un mapa ideológico, una conciencia que venía de lejos, no en vano ya había protagonizado una resistencia directa contra el ascenso neoliberal en Gran Bretaña. Tenía la convicción de que la llamada “revolución conservadora” (¡como utilizan el neolenguaje!), no era más que una mera coyuntura reaccionaria, por muy fuerte que fuera, o por muy mal que hubiera quedado las izquierdas. Su nombre ya era el de un “trotskista” irredento con la absurda pretensión de querer cambiar el mundo, sino un cineasta sobre el que había que razonar, de manera que después del tono empleado por García Brusco surgió otro en el que se solía criticar tal o cual película al tiempo que el comentarista dejaba sentado que no tenía nada que objetar en el apartado de las intenciones. Intenciones -decían- inobjetables.

      Loach siempre tuvo clara su finalidad, y al lado de quien estaba. En su trayectoria nunca se había identificado con la izquierda tradicional, ahora en ruinas. Es más, había denunciando sin embages a socialdemócratas (sus pullas contra el laborismo atraviesa todo su cine) y estalinistas (en Fatherland, una fábula sobre el “socialismo real” que no se ha estrenado aquí). Había puesto los dedos en las llagas provocadas de la burocracia sindical (tradeunionista). Por otro lado, Loach nunca pretendió ofrecer una visión “progresista” de sus historias, a la manera del cine de izquierdas convencional, sino plantear problemas y apuntar alternativas que no estaban claras. A veces (Ladybird, Ladybird), ni quiera queda un respiro para la esperanza, pero su enfoque da de pleno en la realidad. No hay más que ver casos cotidianos, señalemos sin más el de la anciana judicialmente desahuciada de Sevilla por una deuda de unos pocos euros con una poderosa inmobiliaria, o el del trabajador impedido por un accidente al que le ha sustraído la indemnización. Su concepción política (el trotskismo o sea el “otro comunismo”) era un punto de partida, una concepción crítica en absoluto apriorística. Más bien representaba  una actitud insobornable, amén de una concepción del mundo en el que el socialismo y la revolución no están sujetas a ninguna fatalidad negativa, sino que se trata de un curso abierto, vivo.

       El cine de Loach  se ha hecho con un público que ha asumido sus películas como vitaminas para la acción. Se había convertido en un alimento crítico en la línea de nuestro tiempo como de alguna manera lo pudieron ser -por citar un ejemplo conocido- para el "proletariado militante" de la época dorada de la CNT, La conquista del pan o El apoyo mutuo (ambos de Pietr Kropotkin), por citar dos ejemplos conocidos. Loach se ha convertido en uno de los principales  exponente de la disidencia, y su proyección llegó a ser en la segunda mitad de los años noventa, ciertamente paradigmática.  Por todo esto, se puede afirmar que Loach también contribuyó a la reanudación del cine-forum. Películas como Tierra y Libertad han provocado un debate nacional. Su cine se ha llevado a entidades y centros de enseñanza, se ha paseado por cine-clubs de todo tipo. Además, la práctica totalidad de su filmografía desde Agenda oculta resulta hoy asequible, lo que significa una oportunidad para promover ciclos como éste, y como tantos otros que se pueden ordenar con su filmografía. Lástima que no se pueda decir lo mismo de su etapa anterior en la que brillan sus lejanos docudramas de la BBC y títulos como Family Life o Kes únicamente están al alcance por grabación en los canales de pago.

      También señala García Brusco que no se trata de exagerar sus méritos. Creo que es posible establecer una cierta división entre lo propiamente fílmico (y está claro que Loach no es John Ford, ni mucho menos), y sus valores sociales. Personalmente creo que esta división es posible también al revés, se puede apreciar El nacimiento de la nación y despreciar su contenido.  Películas como Tierra y Libertad, La canción de Carla o Pan y Rosas han llevado a muchos críticos a establecer otra  dualidad. De una lado estaría el Loach bueno, que sería el que aborda una temática local, próxima (recuperada con Mi nombre es Joe). De otro, Loach el malo, el internacionalista, o sea el de los tres títulos reseñados. Pero este ya es otro debate que el del estupor. El hecho es que incluso el que consideran malo (o menos bueno) también nos interesa, porque nos dice cosas que nos apasionan. Cosas que necesitamos ver en la pantalla, y en medio de la discusión cinéfila podemos entrar igualmente en sus otros significados. Por supuesto, preferimos que el contenido sea también buen cine, como lo es su evocación chilena sobre el 11-09-01, donde su fragmento nos lo dice todo, y de la manera más sencilla. A los que han visto esta película colectiva difícilmente podrán olvidar que el “pinochetazo” fue el 11 de septiembre más trágico y terrible que se recuerda.
       
Nota 2

     Los datos sobre Ken Loach no presentan, al menos a primera instancia, ninguna singularidad particular, aunque vista al compás de la evolución histórica de su país, resulta  sumamente representativa.

     Nació en el 17 de junio de 1936 en Nuneaton, localidad de Warwickshire, un mes antes de que el partido militar africanista provocará la insurrección que daría pie a la guerra y la revolución civil española, que tuvo una repercusión muy especial en la izquierda radical y en la cultura británica. De origen proletario, su padre era un hombre convencional, "un electricista que pasó a capataz de mantenimiento en la fábrica en la que trabajaba, la Alfred Herbert Machine Tool Factory de Coventry; en su máximo apogeo creo que fue la más grande del país". Según Loach, su padre "en caso de hacerlo, habría votado a los conservadores, aunque no hacia el final de su vida". Su madre fue siempre una mujer muy activa, era una anciana, y todavía "le desbordaba" (1998). No tuvo grandes conflictos familiares, aunque detalla "que cuando era estudiante me enfrenté a mi padre por el hecho de no tener una conciencia política clara y por leer el Daily Exprés. Fue entonces cuando desarrollé el interés por ver las cosas desde otro punto de vista".

      Su primera infancia coincide con la II Guerra Mundial que tanta importancia tendrá en la historia británica, ya que significa el final de su hegemonía imperialista, amén de un cambio muy notable en la relación entre las clases sociales. De la época de la guerra, Ken, dice que guarda "memoria de forma muy clara los bombardeos aéreos. Nuneaton, donde vivía, no queda lejos de Coventry; así que, cuando Coventry fue bombardeado, a nosotros nos cayó parte de la lluvia encima. Pasamos muchas noches en el refugio Anderson de los vecinos. Recuerdo que tomábamos tazas de té, y cómo los que daban la alarma durante los bombardeos avisaban cada dos por tres y me traían pedazos de metralla que, por supuesto, yo coleccionaba". Todo aquello -dice- era muy emocionante para un niño pequeño.

       Finalmente, cuando los bombardeos empezaron a ser más peligrosos, mi madre y yo (que era hijo único) nos fuimos a vivir con una tía a Devonshire. Pero en la calle de Exeter en la que estábamos cayeron algunas bombas y murieron varias personas. Fuimos muy afortunados al salir ilesos de aquello; las ventanas de nuestra casa estallaron y hubo daños terribles. Obviamente, no había una razón especial para quedarse en Devonshire, así que volvimos a casa después de una semana o dos. Recuerdo que viajamos de noche de Devonshire a Somerset para escapar a los bombardeos, y todo aquello resultaba fascinante para un niño de seis años de edad". Cuando acaba la contienda,  asiste a la aplicación de las conquistas del "Estado del Bienestar" con el que una mayoría laborista sueña crear un sistema intermedio entre el capitalismo liberal  (que había hecho aguas en los años treinta), y un Estado socialista.

       Gracias a las profundas reformas educativas a favor de la escuela pública introducidas por los laboristas, Ken accederá a estudiar una cartera universitaria, de manera que tras pasar por la escuela King Edward VI en Nuneaton, iniciará sus estudios de Derecho en St. Peters Hall de Oxford.  Sus inquietudes le llevaran, a despecho de la seriedad de unos estudios como los de Derecho, a interesarse por el teatro universitario, aunque cumplirá la interrupción  obligatoria del servicio militar ejerciendo como dactilógrafo en la Royal Air Force.

       Una vez en Oxford, será nombrado presidente del Oxford University Dramatic Society y será también secretario del Experimental Theatre Club. Al concluir el servicio militar, accederá a su primer oficio como actor profesional en Birmingham para convertirse más tarde en director teatral. Ante la sugerencia hecha por críticos bienintencionados de que su trabajo en el ámbito teatral era conscientemente antinaturalita, Loach contesta que "probablemente fuese un eufemismo para no decir que era malo". Sus ganancias económicas como profesional en el teatro fueron muy escasas: "En el teatro yo tenía muy poco trabajo y en televisión tenía la posibilidad de recibir un sueldo de verdad. Así, pues, abandoné mi sueño de salvación del teatro inglés". Con relación a esta fase educativa, Crespi comenta: "Loach es un intelectual por formación y por profundidad especulativa: ha estudiado en Oxford (Derecho), ha hecho su servicio militar (dactilógrafo en la Royal Air Force), ha tenido en suma el currículum burgués común a casi todos los cineastas británicos", o sea que se trata de un proletario que ha accedido a los estudios superiores".

      Sobre su pasaje por la Universidad y el ejército cuenta él mismo: "Hubo un momento en que viví ilegalmente fuera del campo militar durante tres meses, en los que cogía el autobús todas las mañanas; el toque de diana era a las seis. Fue una pérdida de tiempo. Una vez que entré en Oxford a estudiar Derecho, tardé mucho en adaptarme al ritmo de estudio por culpa del paréntesis de aquellos dos años. De hecho tenía una idea muy extravagante del Derecho. Quería convertirme en una de aquellas lumbreras' que no salían del bar, como, por ejemplo, Marshall Hall. Pronto me di cuenta de que nunca sería abogado, así que no tardé mucho en desviar mi atención hacia el teatro (…) En Oxford viví un tiempo sencillamente maravilloso. Me pasaba el día actuando en algunas obras y dirigiendo otras, quizá demasiadas. Me angustiaba el hecho de ser expulsado de la escena, y con razón. Después de dos años en el servicio militar me sentía alejado de la universidad. De repente me encontré en esta ciudad magnífica que ofrece todas esas oportunidades. Pero el servicio militar también me enseñó que, como estudiante de Oxford, era enormemente privilegiado. Estar en aquel lugar en ese momento me recordaba que tenía muchísima suerte, y le saqué el máximo partido posible. de enorme importancia. Creo que habría tenido una vida más satisfactoria si hubiese sido abogado, porque entonces, por lo menos, habría tenido alguna relación con gente a la que podría haber influido en el curso de sus vidas. En comparación con otras, la del cineasta es una actividad ineficaz".

      Loach pues, forma parte de una generación en la que los hijos de los trabajadores comienzan a acceder a la Universidad, y se puede decir que fue gracias a la universidad que consigue poseer una conciencia de clase, no en vano coincide con una época en la que los "jóvenes airados" revalorizan a la clase obrera. Él dice que fue en  Oxford, donde "descubrió" las obras del airado John Osborne (Mirando hacia atrás con ira). Sin embargo, no conocerá a los novelistas de su generación "hasta después de dejar la universidad; de hecho, en realidad cuando estaba en Oxford no leía mucho. Es muy común el caso de que, desde el momento en que ya no te lo piden más, no vuelves a leer. Sin embargo, y como Brecht estaba en boga, llegué a conocer un poco su obra". En cuento al cine, aunque había sido un espectador asiduo del cine desde su infancia, no lo "descubrió" hasta que se puso a trabajar para la televisión, entonces no se le "pasaba por la cabeza que fuera a tener relación con el cine, ni me imaginaba que yo fuese a formar parte del mundo de las películas. Para mí eran sólo un modo de llenar dos horas libres".

      Después de su graduación trabajó "en varios oficios. Intenté formar un grupo de teatro en Bedford junto a un amigo llamado Bill Hays, que más tarde se hizo director de televisión. Teníamos la, loca idea de que aquello iba a funcionar, pero no funcionó, y acabamos dando clases en una escuela de primaria". En Oxford, coincidió con el hoy olvidado Dudley Moore cuyo trabajo en Hollywood más celebrado y popular fue con Blake Edward en 10, la mujer perfecta). Moore sería ocasionalmente socio de Loach, y que escribió la música de algunas de las piezas que montaron en la época. En 1961 le surgió la posibilidad de entrar en el Northampton Repertory Theatre, y de montar en escena obras de crimen y misterio.

     Se trataba de un curso de prácticas para seis ayudantes de dirección patrocinado por la BBC que recuerda como sigue: "En el Northampton Rep, la mayoría de las obras las dirigía Lionel Hamilton, pero como a él no le gustaba mucho hacer estas piezas de crimen y misterio empecé a dirigirlas yo", Y subraya que se trató de "algo muy útil porque estuve en compañía de actores profesionales durante un año. Descubrí en qué condiciones trabajaban bien o cuáles eran sus miedos y sus preocupaciones. Aprendí mucho sobre el proceso de interpretar y qué hace que funcione, qué es lo que facilita una buena actuación, y sobre los favores o faenas que los actores se pueden hacer los unos a los otros. Un buen actor se alimenta de los que actúan junto a él; un mal actor actúa de forma aislada. Un buen actor da respaldo a los demás actores en escena; un mal actor no aporta nada. Esa generosidad es vital. Por esta razón precisamente nunca debes hacer una prueba a un actor aislado y decirle: «Lee esto», porque así se niega el principio básico de la interpretación, que es la respuesta. No es mi ideal tener a un actor al que se le ha hecho una prueba a base de leer o declamar para sí mismo. Casi todo lo que decimos es en respuesta a lo que otros han dicho".

      Dos años más tarde, Loach entra en la BBC donde antes solicitado trabajo como ayudante de regidor  pero no se lo concedieron. Sin embargo, cuando luego solicitó la plaza de director  sí se la dieron, por una "una extraña lógica". Cuenta que hizo "un curso de prácticas de seis semanas, en el que lo único que nos enseñaron fue cómo trabajaba Ia BBC, cuáles eran sus valores, y qué formulario tenías que rellenar para que el departamento de vestuario te entregase los vestidos " tiempo. Hubo una clase titulada «Qué hacer con la cámara»,  eso fue todo lo que duró el aprendizaje técnico (…) Después de eso, me encargaron la realización de una producción televisiva de media hora, Catherine (1964) en la que por casualidad, seleccioné a un actor llamado Tony Garnett.

     Nos volveríamos a encontrar más tarde, casi por azar, cuando él trabajaba como guionista. Yo no sabía nada de cine o televisión, y de lo primero de lo que se trataba era de no hacer demasiado el idiota, algo bastante difícil. Adquirí experiencia con Z Cars, que tenía muy buena reputación. En la serie había grandes actores que se conocían muy bien y que eran capaces de hacer un trabajo muy bueno. Así que cuando un director joven que realmente no sabía nada llegaba allí, bueno, pues era para que le explotaran. Por lo general eran muy generosos, pero para mí era sólo cuestión de pasar al programa siguiente"…

      Loach es un hijo de los años sesenta. No fue hasta entonces que se empezó a interesar en la política. Fue seguramente de los que, como tantos otros, confió en un cambio político como el prometido por la victoria electoral laborista con el rostro de laborismo "renovado" de Harold Wilson (proveniente de las filas bevanistas, y con acento popular), pero, en su opinión, este "gobierno laborista, social-demócrata, que, como el que han sufrido en España, prometió mucho y cumplió poco. y la gente empezó a preguntarse por qué este partido que llegó al poder con tantas esperanzas y que parecía representar a la gran mayoría, al cabo de pocos años se comportaba igual que el partido anterior".

     Como tanto otros jóvenes de la época. Loach se volvió hacia "la izquierda en busca de respuestas", y empezó a leer, a tener relaciones con la militancia marxista, y asiste esperanzado a los acontecimientos de mayo del 68 en Francia, al tiempo, "los estalinistas invaden Checoslovaquia... La gente se volvió hacia la izquierda, pero se volvieron antiestalinistas", la suya era una izquierda que buscaba la transformación socialista del sistema capitalista, que asumió la necesidad de un proceso revolucionario en el Tercer mundo, pero que al mismo tiempo abogó por una cambio radical en los regímenes del mal llamado socialismo "realmente existente", unos países en los que, por repetir la soberbia observación de Rudi Dustcke, existían muchas realidades aunque ninguna de ellas era el socialismo.

      A la pregunta sobre qué opinaba sobre las etiquetas (sectario, marxista ortodoxo, trotskista, etc), que le habían atribuido, respondió.  " En realidad esas etiquetas se emplean para sacudirle a uno. ¿Por dónde empezar? A principios de los sesenta, todos estábamos ansiosos por ver a los laboristas de nuevo en el poder, tras tan largo período de gobierno conservador. Harold Wilson era una figura bastante carismática. Tenía acento de provincia y parecía que hablaba la lengua de la clase trabajadora. Había una expectación general ante su campaña para las elecciones generales de 1964, mucho más de la que hubo con Tony Blair en 1997. Pero, por supuesto, pronto se hizo evidente que, como primer ministro, Wilson no estaba dispuesto a cambiar el mundo, ni siquiera estaba dispuesto a cambiar demasiado algunas cosas, como había hecho Clement Attlee en 1945".

      Sin embargo, estas expectativas de izquierdas "razonables" se desvanecieron muy pronto, Wilson descubrió -según declaraciones propias- que el gobierno trataba de hacer una cosa, pero que la City le imponía otra. Como parte de la izquierda radical, Loach necesitó desarrollar un "análisis alternativo". Éste era "el análisis marxista. Leí todos los libros que te puedas imaginar, de gente como Christopher Hill y Eric Hobsbawm, y empecé a entender la historia de otro modo, con el fin de ver cómo se producían y desarrollaban los fenómenos políticos...Nos dábamos cuenta de que los socialdemócratas y los políticos laboristas no hacían más que actuar a favor de la clase dirigente y proteger los intereses del capital. Una vez que uno hace este tipo de análisis, todo encaja en su sitio y lo más curioso es que, desde ese momento, ya nunca deja de encajar".

     Aunque Loach resulta bastante parco a la hora de informar sobre sus compromisos políticos de la época, subraya que se trata de gente "que se declaraban antiestalinistas". Se  identificó "con esta posición porque así uno podía defender la idea de socialismo sin tener que defender el comunismo que se había impuesto bajo el gobierno de Stalin, que había destruido la oposición de izquierda y asesinado a quienes se oponían a su Partido, y cuyo modo de gobernar era, claramente una atroz dictadura responsable de los horrores más espeluznantes. Una vez que entendías eso, ya no tenías que cargar sobre los hombros el peso de los crímenes de Stalin cada vez que hablabas del socialismo como una alternativa política en Gran Bretaña. Esto fue vital". Tanto es así, que esta opción persistirá como "una línea divisoria en la izquierda británica de los noventa". Una línea que separa a "los que trazan su linaje socialista desde la oposición izquierdista a Stalin", y "los que emergieron del grupo o partido socialista, que han prometido una serie de compromisos y que se han unido a Tony Blair o a los socialdemócratas", para acabar tratando de superar a la derecha haciéndolo mejor que ella, como ha teorizado, Anthony Giddens,  el "cerebro" de la llamada "tercera vía" (una "vía" que encanta a gente como Aznar y Jordi Pujol).

      Habría que añadir que Loach mantiene un compromiso militante que raramente trasciende más allá de la Gran Bretaña. Su nombre no solamente está asociado a toda clase de manifiestos, sino que también contribuye con documentos y “pequeñas películas” a las diversas campañas de la izquierda militante de su país.

Nota 3

       Se ha escrito que si ha existido un Renoir o un Rossellini británico, éste ha sido Loach. Sobre  esta semejanza se puede discutir todo lo que se quiera, aunque resulta innegable que, desde que Loach se encaminó hacia un estilo naturalista y realista que, desde entonces, ha intentado mostrar la vida desde posiciones "marxistas", existen no pocas semejanzas con el Renoir de los años treinta, y con el Rossellini de los cuarenta, y a los que Loach siempre ha evocado con admiración…También se ha evocado para explicar su obra de las cualidades  propias del cinema verité,  su voluntad por captar la realidad desde una óptica no idealista sino desde la conflictividad cotidiana.

     Pero estas referencias sirven como eso, como expresión de una voluntad de desarrollar un enfoque estilístico reconocible por los espectadores,  y una actitud moral "militante de la vida", como si se tratara de aplicar al cine la divisa gramsciana según la cual «la verdad es revolucionaria». De hecho, cuando se trata de identificar el cine de Loach el abanico de referentes resulta muy amplio, se habla de una tradición fílmica que se remonta a la escuela británica  de John Grierson, pasando por la "nouvelle vague" hasta llegar a la hoy injustamente olvidada  Nueva Ola Checa que alcanzó su cenit en la "primavera de Praga" para desintegrarse después a causa de la represión estalinista, y llega hasta experiencias más recientes como la expresada en los noventa por el Zhang Yimou de Qiu-Ju, una mujer china.  Pero más allá de todas estas aportaciones y escuelas, Loach aparece como un maestro que ha marcado una época del cine, y cuya implicaciones conviene insertar en su propio momento, en un tiempo de rearme crítico contra el neoliberalismo, dentro del cual se ha expresado en lo que la crítica británica Deborah Knight ha dado en llamar el  «realismo crítico", o sea de un naturalismo experimental puesto al servicio de ]a crítica social, tal y como se proponía en el manifiesto del naturalismo literario de Émile Zola, el primer escritor de primera magnitud que aborda en toda su amplitud y crudeza la condición obrera .

       En la obra de Loach, este realismo toma forma a través de una puesta en escena transparente que deja ver el deterioro y el malestar social, y a través de una serie de historias nada sentimentales protagonizadas por trabajadores de la calle, por personajes que carecen de carácter heroico, que luchan para llegar a fin de mes y para hacer su vida llevadera. Son seres que se enfrentan diariamente a la anónima opresión capitalista e institucional: esa sociedad indiferente de la Gran Bretaña del período de Thatcher y del período posterior a Thatcher de Miradas y sonrisas, Rilf-Raff, Lloviendo piedras y Ladybird, Ladybird, que retrocede hasta la Inglaterra y la Irlanda de la Primera Guerra Mundial en Days al Hope, que avanza hasta las zonas urbanas más problemas de Glasgow de la Gran Bretaña de Tony Blair en Mi nombre es Joe, y que todavía va más allá, hasta los disparos del ejército popular que traicionan a una miliciana en Tierra y libertad, y hasta las atrocidades de la "contra" y de la intervención norteamericana en la Nicaragua de La canción de Carla.

       Desde el momento en que Loach toma la decisión ética de pintar la vida tal como es y rechaza la seducción de la estilización y las panaceas de los finales felices, el mundo descrito en sus películas deja de ser hermoso y de prometer conclusiones claras. Dicha decisión supone el sacrificio de una aceptación comercial más amplia. En su mundo, la lucha continúa. Sin embargo, quienes creen que las películas de Loach deprimen al espectador y que son en última instancia desesperanzadoras, cometen un error fundamental de interpretación.

      Aunque a menudo sea traicionada, la esperanza tiene la manía de reaparecer, quizá porque Loach también sea, aunque de forma silenciosa, un indagador de la realidad psicológica. Joy, en Poor Cow, se aleja de sus líos para poder ver cómo su hijo crece, por lo menos hasta que sea lo suficientemente mayor como para apuntarse a la lista del subsidio del paro. Bob acaba comprándole a su hija el vestido de comunión en Lloviendo piedras. Maggie y Jorge en Ladybird, Ladybird siguen luchando hasta formar una familia. En Tierra y libertad, la nieta de David hace posible que la antorcha encendida en la España prefranquista siga viva en el Liverpool actual; y los estibadores de la misma ciudad de The Big Flame continúan luchando por la misma causa en The Flickering Flame (sólo nos deprime ver a los hijos de los seguidores del Everton en The Golden Visian) .

      Cuando algunos de sus protagonistas pierden la esperanza (como Billy en Kes o Janice en Family Life) Loach nos recuerda, precisamente a través de esa pérdida, que la sociedad debe empezar a asumir responsabilidades por los males y las desigualdades que ocasiona. "si bien la lucha y el sacrificio de sus personajes parecen interminables, también existen, como en la vida misma, momentos de alivio en forma de ritos comunitarios y de autorrealización: la enérgica vida de coqueteo en el pub y la camaradería de las obreras de la fábrica en Up the Junction;]oy y su amante nave escapándose de las barriadas para pasar unos días por la comarca; Janice y su novio dando paseos por la ciudad; Billy ganándose el respeto de su clase al describir cómo entrena a su halcón; Maggie cantando en un pub (y Susan intentándolo en Riff-Raff) ; o Bob y su compañero Tommy persiguiendo una oveja en un páramo de Lancashire y robando césped del campo de bawls* del Partido Conservador en Lloviendo piedras. El entusiasmo de un pueblo que lucha por mejorar su forma de vida es captado en los debates de los trabajadores que se movilizan en The Big Flame y en The Rank and File, y en los de los campesinos que discuten sobre la colectivización en Tierra y libertad y La canción de Carla. Además de centrarse en los problemas particulares de los que no tienen derechos, muchas de las películas de Loach son también celebraciones del ejercicio de vivir. Por eso su humanismo es incombustible.

       Aunque con Tierra y libertad y La canción de Carla su obra haya pasado a abarcar temas de interés internacional, el principal legado de Loach ha sido el de reflejar la Gran Bretaña que va desde 1965 hasta el final del siglo (si bien es cierto que éste es un juicio un tanto apurado, ya que Loach todavía está ahí en activo, trabajando) . Realmente, ningún otro cineasta ha documentado este período de forma más rigurosa, apasionada y prolífica. Censuradas o reconocidas, sus películas han llamado la atención sobre un abanico de males sociales como las campañas contra el aborto, la abundancia de indigentes, la falta de seguridad de los trabajadores, el desempleo, los salarios injustos o la ineficacia de los servicios sociales y de la sanidad mental. y también de males políticos como el imperialismo, el fascismo (la brutalidad de la policía que abate a los mineros en huelga en Which Side Are You On? recuerda a la supresión del POUM (en Tierra y libertad) y la erosión polimórfica de la democracia.

      La teoría del guión cinematográfico asegura que nuestro mayores adversarios son aquellos que se encuentran más cerca de nuestra realidad. Una y otra vez, los dramas de Loach, ya sean verdaderos o ficticios, muestran esta fórmula en toda su complejidad trágica.

Nota 4

          Recuerdo que cuando, con ocasión de una entrevista en TV, le preguntaron al "marxista" Alfonso Guerra sobre su cuál era su opinión por la Sra Thatcher, éste salió por la tangente recordando unos funerales compartidos con ella en un Moscú helado, y su gallarda actitud al no mostrar la menor debilidad. Guerra no quería hablar del "thatcherismo", sobre todo porque, tal como ocurre actualmente con las idílicas relaciones entre Aznar y Blair, el gobierno "socialista" que presidía Felipe González mantenía una estrecha sintonía con la llamada Dama de Hierro cuyas excelencias políticas eran exaltadas por nuestros medias, No solamente por los más tradicionalmente de derechas, sino también, y muy especialmente a través de plumas tan reputadas como la de Mario Vargas Llosa que casi cada domingo aprovechaba su privilegiada tribuna desde El País (el periódico de la "única izquierda posible"), en loor del "libre mercado", contra la "dictadura de los sindicatos", contra las "patrañas" del "tercermundismo" que trataba de atribuir a las potencias "democráticas" sus propios desastres, contra el "estatismo" de la socialdemocracia.

           Esta exaltación podía resumirse estas palabras que el travestido autor de La ciudad y los perros le dedicó a la célebre señora: "Lo que usted ha hecho por la libertad, no tiene nombre".  Estas palabras adquirirían su verdadero significado cuando durante la "detención" del general Pinochet en Londres, la Sra Thatcher se convirtió en su mano derecha. Y es que el reconocimiento de las "libertades" que evocaba Vargas Llosa le correspondían en justicia al dictador chileno que había acabado con una tentativa de transformación social en un sentido no muy diferente del que habían desarrollado las socialdemocracias europeas desde el final de la II Guerra Mundial, y con el respaldo de una mayoría electoral. La alternativa económica pinochetista no fue otra que la llamada "neoliberal" siguiendo los esquemas de la Escuela de Chicago,  presidida por Milton Friedman. El propio Vargas Llosa tampoco dejó de reconocer estos méritos cuando describió con embeleso las palabras de un empresario chileno al expresar su tranquilidad porque "ahora" (después de Pinochet y todo lo demás) ya no habría que temer más "experimentos sociales". La libertad pues significaba ante todo garantía de que la política (y menos la de izquierdas) ya no afectaría más a la economía.

           Durante las tres legislaturas (de 1979 hasta 1990), que Margaret Thatcher estuvo en el poder introdujo una política de liberalización que acabó descomponiendo las garantías sociales establecidas desde la posguerra por el modelo de protección social del welfare state, inspiradas en las teorías de Keynes, pero fruto de una situación histórica en la que coincidían las crisis del capitalismo liberal, el miedo a la crisis revolucionarias (Gran Bretaña conoció una en 1926, la que aborda Loach en Days of Hope), más la atracción que sobre los trabajadores había ejercido durante años el modelo de "socialismo" soviético. La acción política de los conservadores, coincidente con la inspirada desde los Estados Unidos por Reagan, sirvieron para construir un nuevo sistema político y social cuya lógica privatizadora atentaba de pleno contra las conquistas sociales logradas por más de un siglo de luchas sociales, y desviaban el papel "nivelador" del estado "servidor de la colectividad", para ponerse íntegramente al servicio de las grandes empresas y legislar a favor de la multiplicación de los beneficios

       . Las multinacionales, los empresarios, y una nueva élite neoliberal ocupaban ahora el escenario social, político y cultural mientras que la sociademocracia se reconvertía, el otraora poderoso movimiento comunista internacional se desintegraba, los nacionalismos populistas del Tercer Mundo entraban en abierta crisis, y las "nuevas izquierdas" de los años sesenta sufría la natural perplejidad, y sufría un difícil proceso de recomposición. De alguna manera,  lo que ofrecía el cine de Loach era una aproximación descarnada a la magnitud del desastre, y apuntaba sobre las diferentes responsabilidades.

           Se trataba de un proceso político complementario en el que las clases dominantes aprendieron el concepto marxista de "clase para sí" con la ayuda inapreciable de antiguos marxistas arrepentidos. Era una apuesta estratégica que buscó, y logró, el soñado descoyutamiento del sistema "soviético", y que, al menos durante una primera época, llegó a aparecer como una "liberación", e incluso como una "revolución" para la mayoría de las poblaciones que pensaba así superar las agobiantes estrecheses económicas y el odioso control policiaco impuesto por el estalinismo. La Sra Thatcher y el presidente Reagan formaron una pareja a cuyas directrices acabaron sumándose hasta los socialistas "marxistas" franceses bajo la dirección del maquiavélico Miterrand. Esta alianza Reagan-Thatcher se evidenció en la política de ayuda americana en la guerra de las Malvinas y en la ayuda británica en el conflicto de Estados Unidos contra Libia, en un proceso que acabó imponiendo el "ultraimperialismo" norteamericano, un mundo bajo el dominio unilateral de una sola potencia ebria de "patriotismo".

           A la sombra del Imperio por excelencia, Gran Bretaña se fue apartando de los postulados del modelo europeísta keynesiano y de la "resistencia" alentada por los demás países integrantes del Mercado Común, abriendo paso a una política que acabaría imponiéndose en el viejo continente con Aznar, Berlusconi, y Blair. Con Thtacher el país se situó en los márgenes de las discusiones de la CEE, para convertirse en una prolongación de la política exterior norteamericana. La política neoconservadora sirvió para transformar los principios "estatistas" keynesianos que habían regido una economía marcada por la intervención del estado en los asuntos sociales, para someterse a los dictados del entidades como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que consagraban el dominio absoluto del poder del gran dinero sobre  cualquier otro. 

         Fracasada la tentativa auspiciada por una revolución (la soviética, concebida por Lenin y Trotsky como “preludio” de una revolución internacional) el capitalismo recuperaba toda la iniciativa, y se reconstruía siguiendo sus propios criterios deshaciendo todos los compromisos establecidos. Bajo la dirección de la derecha norteamericana, la ley del más fuerte se imponía en todas y cada una de las cuestiones políticas del momento, incluyendo los tratados jurídicos, ecológicos, de cooperación con el "Tercer Mundo", etcétera.

           Socialmente, la política neoconservadora vendida como la única vía de reflotar la "competitividad" perdida,  se caracterizó por imponer un cierto neo-darwinismo consistente en afirmar que los bienes sociales derivan del conflicto de intereses entre diferentes grupos, Thatcher promovió una política emprendedora en la que la adquisición de riqueza y el consumo de los bienes fueron los principales valores de un mundo en el que la ética y la responsabilidad social entraban en crisis. Su política fomentó la desigualdad, incrementó las posibilidades de la clase media y perjudicó notablemente a la clase obrera. La crisis inflacionista tuvo su punto culminante en el conflicto surgido entre 1984 y 1985, provocado por el cierre de las factorías mineras del norte y seguido de una larga huelga convocada por los sindicatos que crispó los ánimos de los trabajadores. La pobreza aumentó considerablemente, hasta el punto de que a finales de la década se calculaba que el número de gente sin hogar- rondaba el millón de personas, de las cuales 150.000 tenían menos de 25 años, La delincuencia y la inseguridad alcanzaron cotas muy altas y Gran Bretaña pasó a ser el país de la Comunidad europea con la cifra per capita más alta de ciudadanos en régin1en penitenciario,

           El conservadurismo también fomentó la división territorial. Erflorte -tradicionalmente más cercano a los postulados laboristas-, se encontró sumido en una fuerte crisis económica, sobre todo a raíz de que el paisaje de las grandes explotaciones mineras y de las fábricas de acero empezara a resquebrajarse produciendo un alto grado de malestar social. Mientras que el sur, donde era más fácil afianzar los votos conservadores, se consolidaba como el espacio de una nueva y próspera clase social, orientada hacia la creación de industrias de alta tecnología ya los servicios financieros.

           La política conservadora de Margaret Thatcher, mediante una fuerte proyección populista de reminiscencias neo-gaullistas, guió a Gran Bretaña durante toda la década de los ochenta, un período en el que, en la esfera internacional, se sentaron las bases de la uniformización económica e ideológica. En el ámbito de las costumbres, la Dama de Hierro quiso imponer, siguiendo la tradición Tory, un cierto retorno a los valores de la época victoriana:.lucha individual, defensa de la familia, patriotismo, respeto por las tradiciones reaccionarias. Sin embargo, el mandato de Margaret Thatcher coincidió con el triunfo del posmodernismo que puso en crisis la hegemonía de las grandes verdades de la modernidad para introducir un cierto relativismo en un pensamiento débil que acabó dando paso, tal como ha sugerido Frederic Jameson, a la lógica cultural de ese capitalismo avanzado basado en los principios del eclecticismo que ha acabado transformando el mundo occidental en una auténtica jungla, sin puntos de referencia.

       El sistema de libre mercado tuvo una clara repercusión en el ámbito cultural, ya que la Dama de Hierro detestaba las diferentes formas de intervención estatal en el terreno de la cultura o del arte. Thatcher consideraba que la cultura y el arte sólo eran útiles cuando tenían una clara repercusión en el terreno económico. Estas ideas tuvieron diferentes consecuencias en el campo universitario donde la política educativa estuvo orientada hacia las enseñanzas científico-tecnológicas y marginó el desarrollo de las disciplina" humanísticas, pero también afectó ruinosamente al campo de las infraestructuras culturales en el que se produjo la sucesiva privatización de determinadas empresas. Los únicos valores intocables eran las grandes instituciones -como la Royal Shakespeare Company o el Royal College- que se establecieron como el legado de una intocable tradición cultural de raíces aristocráticas.

Nota 5

      En Europa, la película que recuperó a Loach más allá de Family Life, o de los circuitos minoritarios que admiraron por ejemplo Kes, que algunos consideran como su mejor película fue el thriller político Agenda oculta.

      Se trata de una película densa y trepidante cuya estructura narrativa de Agenda oculta está en la línea de otros títulos  clásicos del cine "político" del tipo  Z o Missing, los títulos más representativos del mejor Costa-Gravas. Su argumentación está concebida para confirmar los hilos que mueven el terrorismo de Estado, aunque su complejidad y su alternativa abierta, la hacen diferente. Cuando se estrenó, la prensa conservadora británica se movilizó airadamente y trató de contrarrestar su buena acogida incidiendo en este aspecto de cine "político", viniendo a decir que más que de un cine comprometido con una realidad (que no querían reconocer, ninguno entraba en los interrogantes de la situación irlandesa, simplemente distribuían los papeles), se trata de un cine "demagógico"; de una manera más bien sibilina, esta argumentación ha sido bastante repetida entre nosotros por lo que la artillería neoliberal vadeó la cuestión del rigor histórico para enfocar el intento de descrédito del film diciendo que se trataba de una apología indirecta del IRA. Naturalmente, este argumento sólo convenció a los que no necesitaban converse porque ya las cosas le debían de parecer bien. El fondo de la cuestión es que, como declaró el académico David Johnston  "Irlanda es una herida en la psique de los británicos. Les resulta muy duro aceptar su culpabilidad en la presente situación…" Superar esta campaña no fue uno de los méritos menores del filme; no son pocas las películas valiosas que se han quedado "embarrancadas" por lo mismo.

       Loach que desde entonces,  no ha desaprovechado ninguna oportunidad para llegar a las revistas más convencionales, señalaba  en una de ellas que "cuando una película es etiquetada como política es más difícil distribuirla y la gente tiende a no verla"; ya que se creaba previamente un prejuicio, de un lado podía ser lo que vulgarmente se llama "una comida de tarro" (o sea afrontar algo que más bien se quiere ignorar), o bien se podía repudiar por cansancio, es cuando se comenta aquello de "bastante problemas tenemos ya en nuestra vida". Loach denunciaba también que con esta clasificación se trataba de estigmatizar el cine  de denuncia social.  Con ocasión de Lloviendo piedras, Loach respondió que el cine comercial dominante era tanto o más "político" que sus películas, y puso la serie Arma letal  como ejemplo. La Sra. Thatcher también tiene su cine (político)  preferido, en su momento se hizo una  foto con Ronald Reagan asistiendo pletóricos al estreno de una de  aventuras de James Bond, el agente "con licencia para matar", concretamente Moonraker (Lewis Gilbert, 1979), con comunistas surgidos del Museo de los Horrores. La lista de cine "comprometido" con los valores reaccionarios sería interminable, en parte porque el cine es una industria en la que los beneficios (y los intereses del Estado) tienen mayor peso que el del espectador individualizado, y en parte también porque las historia  y por ende, las interpretaciones dominantes, es los que corresponden a la clase dominante; aunque también es cierto que, por lo general el cine ha estado más a la izquierda que sus productores, y que la inteligencia de los grandes cineastas también se ha traducido en saber llevar los argumentos hacia su terreno, parte del gran cine de Ford dan testimonio de ello.

       En realidad, semejante prejuicio (al que no son ajenos muchos críticos que presumen estar, por supuesto, estar a la izquierda) reproduce un estereotipo según el cual las películas "políticas" son las de izquierda que critican esto o aquello, o sea se señalan en un discurso antagónico al orden existente. En realidad, se trata de algo en absoluto diferente a lo que ocurre en la vida social donde una huelga obrera -o cualquier movilización de protesta-, se significa según los empresarios y los medias como "política" -"nuestras huelgas son políticas, vuestra política es negocio", replicaba unos personajes de El Roto-, mientras que la -escandalosa- multiplicación de los beneficios de las grandes empresas, es como la vida misma, "natural". Así, una noticia que informe de estos beneficios tiene un tratamiento muy diferente a otra que ofrezca detalles de una huelga, con piquetes, cortes de tráfico. etc.

       Con su éxito, Agenda oculta reabrió una vez más el debate sobre la eficacia de este cine "político"; un debate que no se plantea en la otra orilla. No solamente porque la derecha no se cuestiona la eficacia de "sus" películas, sino porque, cuando un título como Agenda oculta, les molesta, tampoco dudan en emplear la artillería. Sin embargo, resulta habitual encontrar entre los críticos una suma de reservas. Primero desdeñando películas como las citadas de Costa-Gravas, algunos además con especial saña (sin dejar por ello en asegurar que se sitúan a la izquierda), y después negando su eficacia. Una secuencia de este debate acompañó durante los años ochenta toda la filmografía de oposición al apartheid, cuando, al mismo tiempo, Pretoria trataba de hacerle la vida imposible a estas películas, y desde la resistencia que promovía una campaña internacional por el aislamiento del régimen, las valoraba muy altamente por más que se orientaban hacia la "mala conciencia" del blanco; la "mala conciencia" no era suficiente, pero era mucho mejor que no tener ninguna conciencia.

       Sería  muy arduo entrar de pleno en una cuestión que atraviesa la historia del cine, y en la que persiste un hilo muy preciso, el que mueve a la industria y al poder hacer todo lo posible para que no se repita el "escándalo" de Intolerancia, donde el ambivalente Griffith tomaba partido a favor de unos huelguistas. Otro hilo nos lleva a lo propiamente cinematográfico, una película reaccionaria puede ser una maravilla, y viceversa, sin embargo, aún así, ambas lo serán "a pesar de"…El nacimiento de una nación es una maravilla a pesar de su repulsivo contenido; Parnell es una mala película a pesar de la nobleza de sus intenciones. Se discute su eficacia, convence, repiten los escépticos, a los ya convencidos.

      Esta es una simplificación de "esteta". Los ya convencidos son una minoría, y la convicción no le exonera de una confrontación crítica. Agenda oculta llegó a miles, sino a millones de personas, buena parte de las cuales tenían una idea muy primaria o esquemática sobre la situación irlandesa (y británica), y el singular "thriller" de Loach amplió considerablemente sus puntos de mira, su percepción e información. Agenda oculta no les enseña donde están los buenos y donde los malos, les cuenta una historia que no les permite aburrirse, y les plantea una suma de cuestiones, les deja con el interrogante en la boca. Loach toma partida, se decanta, pero su opción respira autenticidad. Además, no niega la existencia de otras razones, y debate con ellas.
         
      Como es sabido, la relación entre lo local y lo universal puede ser a veces apabullante. Y aunque Agenda oculta no da un paso fuera de su contexto geográfico, no existe la menor duda que existían importantes paralelismos con otros acontecimientos similares como lo pudo ser el asesinato de Ben Barka, o más todavía, el complot para asesinar a J.F. Kennedy en Dallas (Loach es un admirador del Stone de JFK).  Su estreno coincidió en nuestros lares con el escándalo del GAL en la época con el gobierno socialista de Felipe González, y no está de más anotar de que a pesar de su éxito festivalero -en San Sebastián inclusive-, la película tardó en estrenarse. Dee hecho, la película juzga  a través de unos hechos verificados las consecuencias de una concepción según la cual hay que «defender las democracias en las cloacas». Esto no se interpretaba en la línea clásica de "limpiar los establos de Augias", que fue una de los trabajos más notable de Hércules, sino en sentido opuesto; en esconder los establos. Asesinar a ciudadanos en Irlanda del Norte por la espalda, acusándole -como en  el célebre "caso de Almería"- falsamente de terroristas, ofreciendo luego una versión oficial que en nada se ajusta a lo ocurrido, sirviéndose para la faena de organizaciones paramilitares o parapoliciales, es algo a lo que no cabe considerar más que como terrorismo de Estado, y no como un gesto democrático "sucio". 

       Durante la crisis irlandesa, los servicios de seguridad británica,  concretamente el M 15, se mostraron  dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de conservar sus secretos…Siguiendo la premisa de que antes de reconocer un error, mejor ampliarlo, el gobierno británico "liberal" no dudó en emplear toda clase de medios para conseguir estos objetivos, desde la calumnia a la intoxicación, pasando por el chantaje y la intimidación, sin descartar siquiera el asesinato.. Loach por el contrario, se afirmaba en el criterio de "que si uno acepta que la gente pueda ser asesinada sin ser detenida, y se acepta igualmente que la democracia pueda ser subvertida por los que teóricamente están encargados de defenderla, eso podría ser el principio del fascismo aunque es evidente que el fascismo necesita de otra serie de características para desarrollarse", no obstante, añade, "asesinar a la gente sin detenerla es una clarísima muestra de estado policíaco". Cuando se asesina en nombre de la democracia no se hace democracia, precisamente la democracia está, entre otras cosas, para evitar la impunidad de los que se amparan en el Estado para cometer los más viles delitos. Por todo lo que cuenta, no hay duda que entre nosotros fue muchas las personas que vieron Agenda oculta en clave GAL. En su opinión, se trata de una "película (que) trata de las diferencias entre la democracia formal y la democracia real y visto desde otra vertiente, de las diferentes fórmulas posibles de terrorismo de Estado".

       Piensa que los servicios secretos "están acostumbrados a trabajar bajo el paraguas de los llamados secretos de Estado muchas veces son ellos mismos Ios que aconsejan a los políticos en ese tema; que es preferible no hablar y que preferible que la gente ignore cuantas más cosas mejor. Evidentemente la utilización de este argumento contribuye a que los servicios secretos operen sin ningún tipo de control, lo cual es efectivamente perjudicial para la democracia".  No está de acuerdo en hablar abstractamente de "fascismo", cree que " habría que decir es que el Estado no es algo monolítico Existen efectivamente las instituciones democráticas, pero también las relaciones personales que existen en el poder, los servicios secretos, la corona, el ejército, etc. El tema es que cuando van a acceder al gobierno unas personas que no gustan a otro, o otros de los integrantes del Estado, algunos elementos del Estado actúan defendiéndose, y éste es el caso de Agenda oculta…"


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, febrero 2006

 
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