Debate, Madrid, 2006
A propósito de la reedición
de Mi vida, de León Trotsky
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Después de un periodo de “sequía”
editorial resulta grato reseñar la reedición de una obra
de las obras más valoradas de León Trotsky que ya había
conocido numerosas ediciones desde la primera en 1930 en Cenit, la editorial
más cercana al grupo trotskista liderado por Nin y Andrade.
Poseedor de una poderosa prosa que denotaba
su educación en los clásicos de la literatura rusa, con un
tono en el que el rigor con los datos se concilia con una escritura
apretada, el autor desgaja su historia, la historia del “Gran Negador” (Churchill)
llamado León Davidovich Bronstein, más conocido como
Trotsky (apodo tomado de un carcelero amable). Nació el 7 de noviembre
(el 26 de octubre, según el calendario juliano) en Yanovka (Ucrania),
proveniente de una familia de pequeños terratenientes judíos,
y fue un estudiante brillante e inconformista que opuso el romanticismo populista
a la «frialdad» del marxismo hasta que “convertido” por su primera
compañera, Trotsky fue tempranamente miembro del Partido Socialdemócrata.
Criticó ciertos aspectos del centralismo leninista (de sus escritos
de entonces sacarían “material” una legión de adversarios del
leninismo) y fue escritor y polemista, políglota. Internacionalista
durante la Gran Guerra, viajó por Europa y Estados Unidos.
Aunque sobre él se ha intentado
echar toda clase de “perros muertos”, sigue ahí, viviente, necesario.
Es alguien que, salvo cuando dirigió el Ejército Rojo, nunca
tuvo otras “armas” que sus ideas, su pluma y sus palabras. Quienes han tratado
infructuosamente de encontrar en su trayectoria, en plena guerra civil por
ejemplo, una muestra de crueldad, tienen que limitarse a señalar que
firmó tal o cual documento, cuyas consecuencias, a la larga, fueron
otras que las previstas, cosa que en el marco del drama de aquellos tiempos
puede entenderse. Sobresalió muy especialmente en las revoluciones
rusas de 1905 y la de octubre de 1917. Fue comisario del pueblo para Asuntos
Exteriores en 1918 y, a continuación, de Asuntos Militares y Navales,
de 1918 a 1925. Desde 1923 dirigió movimientos de oposición
a la deformación, y luego contra la traición de la revolución
llevada a cabo por la burocracia soviética. Expulsado de Rusia en
1929 por Stalin, creó, en plena «medianoche del siglo»,
la IV Internacional, que le sobrevivió con enormes dificultades. Criticó
la política del Komintern respecto al fascismo en la época
en que Hitler podía ser derrotado, así como a la socialdemocracia.
En esta época –años treinta- fue el «abuelo» de
un movimiento de “apestados”, y representó una tentativa de “enmienda
a la totalidad” del estalinismo en una “medianoche del siglo” cuando éste
aparecía como la mejor garantía del antifascismo.
Como teórico marxista, la aportación
más reconocida de Trotsky fue la teoría del “desarrollo desigual
y combinado y la doctrina acorde de la «revolución permanente”.
Con la teoría de la “revolución permanente” desafió
la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista
debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría
la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales
(por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros
y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en
las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones
(por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la
Revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del
Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y
Stalin…
Otra de las características del pensamiento
de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen del marxismo
un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas. Se
opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en la esferas
tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de
someter la investigación científica, la literatura y el arte
en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”.
Subrayó el papel de los factores no racionales en la política
(“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando
se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones
cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector
voraz y políglota, marxista de gran cultura en la tradición
de Marx y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista,
etc., Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo
combinaba la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear
exigencias fantásticas, revistió tales características
que hicieron exclamar a Marx: “No soy marxista”.
Su evolución desde finales del siglo
XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la Segunda Guerra Mundial
está marcada por continuas rectificaciones y audacias que a veces
entran en abierta tensión con sus esquemas militantes, obsesionados
por dar respuesta a una situación política trágica que
desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa del movimiento que
contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky: normalmente volaba
como un águila, pero en ocasiones lo hacía también mucho
más bajo, una diferencia que estaba muy determinada por la proximidad
o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente verificable
por sus torpezas y debilidades, por ejemplo en muchas partes de sus Escritos
sobre España (y en especial, en su descalificaciones del POUM), por
no hablar de América Latina, y por su profundidad y alcance en los
concernientes a Francia, Alemania, Gran Bretaña, e incluso sobre los
Estados Unidos.
De lo que no hay duda es que la personalidad
de Trotsky es tan fuera de lo común como su destino. Su trayectoria
fue y sigue siendo un campo de batalla. Él mismo necesitó ofrecer
su propia visión en Mi vida, una obra admirada y controvertida que
ha sido comparada en su género con la de san Agustín o la de
Rousseau o Casanova. Sobre su energía física e intelectual
se puede decir algo parecido a lo que él mismo escribió sobre
Jaurès y Lassalle (con quien Lukács le comparó por su
idéntico carácter prepotente): rigor e imaginación,
potencia del sueño y finura en el análisis, claridad en los
objetivos y sutileza en los métodos. Así pues, no es casualidad
que fuese admirado por algunos de los más célebres literatos
del siglo, comenzando por Isaak Babel y siguiendo por tantos otros que fueron
asesinados como trotskistas en los años del Gran Terror.
Resulta bastante espectacular la lista de
grandes nombres que fueron trotskistas a su manera y por un tiempo, o que
al menos en los momentos en que opusieron el legado que encarnaba Trotsky
al estalinismo. En un recuento al vuelo nos encontramos con André
Malraux, Panait Istrati, Ignazio Silone, James T. Farrell, Dwight MacDonald,
Víctor Serge, George Orwell, George Bataille, John Dos Passos, André
Breton, Roland Barthes, así como buena parte del movimiento surrealista,
pintores como Frida Kahlo, Diego Rivera o el poumista Eugenio Fernández
Granell, críticos de arte de la reputación de Meyer Shapiro,
así como por Edmund Wilson y Mary MacCarthy, Peter Weiss, José
Revueltas, Carlos Pellicer —también, aunque fuese parcialmente, por
Octavio Paz, Vargas Llosa, Cabrera Infante, cuando éstos todavía
miraban hacia los de abajo—, por el francés Jean Giono, los peruanos
José María Argüedas y Ciro Alegría, etc. Fue apreciado
por conservadores tan inteligentes como François Mauriac, Milan Kundera
o Joseph Roth (quien le dedicó una de sus obras, El profeta mudo),
y un largo etcétera, una fascinación que desdice la tentativa
denigratoria de neoliberales desde el siniestro pontífice neoliberal
Jean-Revel hasta Pilar Rahola la novia catalana de Sharon, que encuentran
a Trotsky y al trotskismo (la LCR francesa), insoportables (Revel llegaría
a ver “trotskismo” hasta en las editoriales de
Le Monde).
Tribuno comparado con Dantón y con Jaurès
sobre el que Reed y Sujanov dejaron cumplida cuenta de sus intervenciones
en las asambleas multitudinarias, Trotsky fue un escritor magnífico
cuya obra sobrepasa ampliamente la de muchos profesionales. Sus libros, artículos,
documentos políticos y cartas fueron editados —y se siguen editando—
en casi todas las lenguas, y sus selecciones específicas sobre Francia,
Alemania, China, Gran Bretaña, España, Estados Unidos, América
Latina, Italia, etcétera han ocupado gruesos volúmenes, inaugurando
así un poderoso aporte trotskiano a las diversas tradiciones teóricas
marxistas nacionales. Pero este jefe militar que leía Mallarmé
en el tren blindado de la guerra civil, fue también un intrépido
periodista en los Balcanes, el “cerebro” de la insurrección de Octubre,
el creador y el jefe del ejército más improvisado que se recuerde
-el Carnot bolchevique que superó las mayores adversidades bélicas-,
diplomático revolucionario, hombre de Estado…
Derrotado por el aparato burocrático
estalinista amasado por el atraso ruso y las derrotas revolucionarias de
principios de los años veinte, Trotsky se negó a utilizar el
Ejército Rojo para imponer sus poderosos argumentos. Una vez en el
exilio, fue víctima de la más formidable tentativa de denigración
que haya conocido la historia desde los tiempos de Catilina (según
palabras de Manuel Sacristán), y fue convertido en una «no persona»,
por utilizar una de las palabras del neolenguaje codificado por Orwell. Sin
embargo, sus ideas volvieron a interesar a las nuevas generaciones «contestatarias»
del 68, y lo volverán a hacer en nuevos epicentros de la recomposición
social como México, Francia, Italia o Brasil. Su peso en el movimiento
que lleva su nombre es obviamente descomunal. Sin embargo, Trotsky nunca
trató de imponer su “autoridad providencial”, sino mediante debates
abiertos; lo que impidió la tentación de hablar en su nombre
elevado a la categoría de canon, sustituyendo con la autoridad del
clásico las exigencias del análisis concreto de la realidad
concreta.
Su medida biográfica es la de un ”gigante”
(el último de la tradición marxista, al decir de Víctor
Serge). Por más que se puedan poner reparos a algunas de sus actitudes
(acuciadas por situaciones límite, por la medida de sus propias exigencias)
y reconocer cierta prepotencia e intolerancia, también es cierto que
los numerosos testimonios de quienes trabajaron con él (y que en no
pocos casos evolucionaron en otra dirección) dan fe de una poderosa
humanidad en la que se incluyen fuertes dosis de romanticismo.
¿Hasta qué punto este legado mantuvo
una actualidad en el curso de una historia tempestuosa en la que los poderosos
conseguirían ganar las principales batallas?.
El problema se plantea desde el momento en
que Trotsky levanta la bandera de una alternativa comunista al estalinismo,
y se hace mucho más ardua en el momento de su asesinato. De ello se
hará eco lúcido el escritor y abogado nicaragüense Adolfo
Zamora, quien en el prólogo de una edición popular mexicana
de los últimos escritos de Trotsky que, con el título de Los
gángster de Stalin, aparecido un mes después del asesinato
del fundador de la IV Internacional, escribió con evidente furor:
“[…] Stalin razona ahora: sin Trotsky, la Cuarta Internacional no podrá
emprender nada. Como buen burócrata antes y como buen déspota
ahora, Stalin se equivoca. Trotsky, en los días de su destierro, solo,
perseguido, poseía todo el poder de la idea revolucionaria, era el
principio de un nuevo impulso de la clase obrera. Stalin, con su inmenso
aparato, su poderío momentáneo y su GPU, sólo representaba
el reflujo histórico de efímera existencia. La nueva internacional,
creada por el genio de Trotsky, ha alcanzado ya una etapa de desarrollo que
la capacidad para hacer frente a las grandes tareas revolucionarias que le
reserva el próximo futuro de la humanidad […]”.
En los años cuarenta y cincuenta,
Sartre constataba que Stalin había ganado, mientras que la figura
de Trotsky podía ser comparada con de Aníbal. Sin embargo,
esta percepción comenzó a cambiar en los años sesenta;
en la actualidad Trotsky es uno de los mayores representantes del “otro comunismo”.
Durante su vida militante, Trotsky estuvo
en el primer plano de la historia. El alcance de su perfil biográfico
no permite comparaciones fáciles, como la efectuada por el mismo Sartre
cuando definió a Claude Lefort como “el Trotsky de Trotsky”. Aquí,
de entrada, el matiz es sustituido por la brocha gorda: nadie ha podido encontrar
en Trotsky ningún tipo de semejanza concreta con Stalin; si acaso
fue su negación más completa. Tampoco hay muchas cosas en la
biografía de Lefort que recuerden a la del fundador del Ejército
Rojo, ni tan siquiera en la brillantez de la pluma. Otros reconocen al “gigante”
para empequeñecer a sus discípulos. Es lo que decía
Jorge Semprún en su prólogo a la obra de Fernando Claudín
La crisis del movimiento comunista, por cierto, trufada de referencias trotskianas.
Un prepotente Semprún hacia una excepción
con Isaac Deutscher, quien, a su vez, ofrece una percepción de un
último Trotsky engrandecido cuando actúa como escritor y personaje,
y empequeñecido cuando desciende a la arena para trabajar y debatir
con grupos pequeños, muchas veces divididos. Las controversias, los
cismas y las descalificaciones agotan al historiador, y dan pie a la suficiencia
del prologuista. Sin embargo, esta percepción puede hacer olvidar
que el propio Deutscher describe con admiración a la hornada de personajes
tan impresionantes como Rakovsky, Smilga, Preobrazhenski, Serge, Rosmer,
Landau, Leonetti, Nin, Naville, Rivera, Breton, etcétera, etcétera.
Hoy no hay duda de que el trotskismo ha alumbrado otra historia del comunismo,
y ha efectuado aportaciones inexcusables allá donde logró sobrevivir.
Baste señalar por familiar el caso español, o citar acontecimientos
como la creación de la Alianza Obrera, un capítulo sobre el
que se proyecta la sombra del propio Trotsky, y que resulta sintomática
de cómo, en una situación propicia de movilización social,
una minoría puede influir en los hechos a través de la
acción, y sobre todo por su capacidad de análisis.
De hecho, estas aportaciones resultan
reconocidas e incluso magnificadas cuando se trata de extraer munición
a favor de una legitimación del anticomunismo. Cuando se trata de
negar cualquier razón de ser a la URSS se suele citar a Rakovsky,
Víctor Serge, Ignazio Silone, Boris Souvarine, Panait Istrati, André
Gide, Anton Ciliga, Edmund Wilson y sobre todo a Orwell, como ejemplos de
una crítica democrática al totalitarismo en el que quedaría
englobada toda la historia soviética desde 1917, incluso como precedentes
de la opción neoliberal en una manipulación desvergonzada pero
normalmente impune dada la falta total de escrúpulos que sobre esta
cuestión se ejerce en los medias. Se trata de una manipulación
que pone en evidencia que sus autores carecen de otros referentes dignos
de mención, no olvidemos que en el dilema Stalin-Trotsky, la derecha
liberal y la mayoría socialdemócrata tomaron “partido” por
el primero.
El sistema carece de escrúpulos
cuando trata de barrera para su lado todas las disidencias, o de incorporar
a su propio acervo las aportaciones de antiguo revolucionarios, sobre todo
cuando ya se han “arrepentido”. Estas tentativas fueron aplicables incluso
con Trotsky como teórico de la “revolución traicionada”, de
ahí que algunos de sus alegatos más antiestalinistas fueran
asimilados por los propagandistas del “mundo libre”, e incluso editados en
la España de Franco. Los propagandistas se volvieron mucho más
cautos cuando Trotsky volvió a aparecer como un clásico vivo
que era leído con entusiasmo por las nuevas generaciones, de ahí
que su nombre apareciera en todas las “listas negras” inherentes a los golpes
militares. Una anécdota reveladora de esta doble juego nos lo ofrece
una noticia aparecida en el diario francés
Le Monde cuyo corresponsal
en la capital tailandesa contaba que la junta militar que había auspiciado
el estreno de la película de Joseph Losey sobre
El asesinato de
Trotsky, con la obvia intención de contribuir al descrédito
del partido comunista, acabó retirándola de la cartelera cuando
comprobó que los estudiantes que habían ido a verla, comenzaban
a desarrollar una crítica al estalinismo.
Fuera de esta burda tentativa
de manipulación, normalmente se ha tendido a subestimar la cuestión
trotskista, tanto es así que mucha veces se cita a sus representantes
sin señalar su vinculación, o bien aparece en la letra pequeña
y en la que raramente se entra en los contenidos políticos, en tanto
que en la historiografía relacionada con los partidos comunistas se
trata de un apartado molesto. Esto explica la existencia de una “cultureta”
que se limita a abordar el tema desde su dimensión más “exótica”,
la de las tribus divididas y enfrentadas por el legado del profeta. Esta
era la medida que más pesaba en el tiempo que antecedió al
mayo del 68, donde los acontecimientos mostraron la existencia de una presencia
grupuscular, sino también de una cultura política y un
proyecto que, aunque contenido por la hegemonía comunista oficial
en el movimiento obrero, comenzaba a abrir una brecha en la que ha persistido
contra viento y marea.