Orwell, antes de la revolución
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Cuando
en el verano de 1927, Eric Blair regresó a Inglaterra e hizo saber
a sus padres su firme propósito de abandonar la policía y probar
fortuna en un oficio tan incierto como el de escritor, los Blair quedaron
literalmente horrorizados. La crispación con su familia fue tan fuerte
que Eric adelantó sus proyectos de marcharse del hogar familiar aunque
seguiría manteniendo unas relaciones cordiales pero distantes con
sus padres.
Fue entonces
cuando se trasladó a la .capital británica donde empezó
unas estrechas relaciones literarias con la escritora Ruth Pitter, una vieja
amiga de su familia y que en aquella época comenzaba a ser conocida
después de publicar varios libros de poemas. Gracias a ella consiguió
una habitación en el mismo barrio, concretamente en el número
10 de Portobello Road, en Notting Hill Gate. Allí vivió durante
un año en su soledad tradicional, aunque ahora no tenía a sus
padres, ni era tan importante para que nadie le odiara y tampoco recibía
órdenes de ningún mando superior escolar o militar. Por primera
vez en su vida gozaba de una total independencia y la apreció tanto
que nunca más la abandonaría por ningún concepto.
En aquella época su voluntad de ser escritor se confundía con
nuevos sentimientos propios de un joven «airado». Se sentía
bajo el peso de una tremenda culpabilidad por haber sido un esbirro del Imperio
y adoptó una firme posición antiimperialista que se dejó
entrever en sus primeros artículos publicados en diferentes revistas
de izquierdas, iniciando con ello una larga colaboración en este medio
que se prolongó hasta el final de su vida y de diversificó
sin importarle demasiado sí eran importantes o marginales. Como buen
«enragé» despreciaba el culto al «Dios Dinero»
(religión que nunca le importó demasiado. incluso cuando consiguió
ganar mucho dinero no abandonó su estilo de vida austero y sencillo).
Se sintió identificado con los derrotados, los fracasados. los perdedores.
con los últimos entre los últimos. Se consideró «un
evadido del campo de la victoria» , un desertor del orden social vigente
contra el cual empezó a lanzar sus primeros dardos aunque no era todavía
un socialista .
Sus comienzos
como escritor estuvieron muy lejos de ser brillantes. Durante esta época
recibió lecciones de Ruth Pitter. que fueron para él de gran
importancia. La poetisa reconocía su coraje y su constancia, pero
su opinión era muy desfavorable: " . . escribía mal. debía
de aprender a escribir. Era como un caballo con orejeras. Llegó a
ser un maestro en su lengua pero su aprendizaje fue muy difícil. Utilizaba
cierto número de palabras groseras y teníamos que corregirle
la ortografía. Yo había creído que un antiguo de Eton
conocía todas las palabras e incluso algunas de más. . " (1)
Por aquel
entonces. como se suele decir. no sabía por dónde empezar.
Quizá la señal de lo que tenía que hacer la encontró
en la obra maestra de Jack London El pueblo del abismo (2).
Para escribirla, London volvió a la «fosa social» en la
que se había criado y durante cierto tiempo convivió con los
miserables de East End, en Londres. Seguramente esta experiencia animó
a Eric a trazar su próximo camino. El momento parecía propicio.
el paro y la miseria creciente eran ya notorios.
Durante su período
londinense sólo publicó artículos sueltos en revistas.
antes de escribir quiso conocer directamente la situación de los miserables.
al igual que London. y lo hizo con una voluntad férrea que asombró
a Ruth Pitter: "...Era un día de invierno verdaderamente horrible,
con la nieve derretida por el sol y con un viento glacial. Orwell no tenía
un vestido adecuado. ni sombrero, ni guantes, ni bufanda. Yo estaba segura
de que se encontraba cerca de lo que se llama una fase de pretuberculosis.
Estaba allí, expuesto a las inclemencias del tiempo con ropas inapropiadas...Me
enfadé, tratando de aconsejarle de que se ocupara de su salud. Fue
en vano. No quería afrontar esta realidad de cara. Una vez, hizo un
examen para detectar la tuberculosis, pero el resultado fue negativo, al
menos sí creemos lo que me dijo. De hecho no siguió un tratamiento
adecuado hasta que fue demasiado tarde".(3)
Por algunos meses de invierno vivió en estas condiciones en el East
End. de Londres, malviviendo al Iado de los que Gorki llamó ex-hombres,
o sea de parados. alcohólicos. locos y gente desesperada en general.
Ciertamente, había mucho de mala conciencia en su actitud. pero también
es cierto que su paso por este infierno fue mucho más que eso. Junto
a la finalidad de encontrar material para sus escritos. coexistía
una gran capacidad de identificación con la gente que le tocó
vivir. en particular con los que mantenían su propia personalidad
en aquellas condiciones. Este método de utilizar el disfraz para investigar
y reunir datos para un libro había sido empleado por diversos escritores
británicos como Robert L. Stevenson. Conan Doyle y Oscar Wide. pero
ninguno estuvo tanto tiempo y mucho menos en las condiciones en que se desenvolvió
Orwell.
En la
primavera de 1928; Orwell. siguiendo el camino de numerosos escritores y
artistas del mundo. se marchó a París donde vivió durante
dieciocho meses en condiciones peores a las que había conocido en
Londres. La crisis económica estaba a punto de estallar y sus primeros
síntomas habían hecho que todos estos bohemios emprendieran
su retirada al hogar. En París su situación fue mucho más
grave, era un extranjero y no tenía posibilidades de una retirada
como en Londres. Allí. además. no fue un pobre disfrazado,
fue un auténtico miserable, en ocasiones sin ninguna otra clase de
recursos más que las migajas de la beneficencia. Se había convertido
en un verdadero clochard.
En febrero de
1929 cogió una neumonía y tuvo que pasar varias semanas en
un inmundo hospital para pobres, el Hospital Cochin. Allí pudo comprobar
«cómo mueren los pobres»; en uno de sus artículos
publicado con este título, escribió en las últimas líneas:
"El horror a los hospitales persiste probablemente entre los muy pobres,
y en los demás sólo hace poco tiempo que ha desaparecido. Es
una mancha negra casi en la superficie de nuestras mentes. He dicho antes
que cuando entré en la sala del hospital X noté algo que me
resultaba muy familiar. Lo que aquello me recordaba, por supuesto, era los
apestosos hospitales. empapados de dolor, del siglo diecinueve. Claro que
yo no los había visto pero tenía de ellos conocimiento a través
de la tradición. y algo, quizás el doctor vestido de negro
y con el sucio maletín negro, o quizá sólo el morboso
olor, logró el raro truco de evocar en mi memoria aquel poema de Tennyson,
«El hospital de niños" en el que no había pensado desde
hacía veinte años. y es que. de niño. me lo había
leído una enfermera que pudo haber empezado ya a trabajar cuando Tennyson
escribió el poema. Los sufrimientos y horrores en los hospitales de
viejo estilo palpitaban aún en ella. Nos habíamos estremecido
juntos con ese poema y luego, por lo visto, lo olvidé. Ni siquiera
el título me habría recordado algo, seguramente. Pero en cuanto
vi aquella sala mal iluminada y llena de murmullos, con las camas tan juntas,
hizo surgir de nuevo en mí el poema, y la noche siguiente recordé
todo el asunto del poema, su atmósfera, y muchos de sus versos enteros.
(4)
Eric después trabajó durante dos semanas como lavaplatos en
un hotel de lujo y siguió malviviendo hasta que al final del año
1929 regresó a Inglaterra con las alforjas llenas de proyectos. se
instaló en Southewold, en la casa de sus padres, aunque continuó
durante cierto tiempo frecuentando los bajos fondos y viviendo durante cortas
temporadas en los barrios obreros más pobres.
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Toda la
experiencia en los submundos de París y Londres sirvió como
material para varios proyectos. algunos de los cuales terminaron siendo pasto
de las llamas. Sólo se encontró un poco más satisfecho
con Down and Ou in Paris and London (Sin blanca en París
y Londres). que acabó de escribir en el mes de octubre de 1930.
Cuando trató de publicarlo se topó con toda clase de dificultades.
El libro fue rechazado. entre otros. por editores como Jonathan Cape y después
por T. S. Eliot. que trabajaba como asesor literario de Faber and Faber.
Completamente en la miseria y convencido de su fracaso literario. Eric escogió
un trabajo en una pequeña escuela privada a las afueras de Londres.
trabajo que le sirvió luego para dar una visión tétrica
de este tipo de escuela en su obra La hija del reverendo.
Había llegado a desesperar de la posibilidad de publicar su libro.
hasta que. por un golpe de suerte. entregó el original a su vieja
amiga Mabel Fierz, con la recomendación de quemarlo después
de leerlo. Ella, apreciando su valor, se empeñó en encontrar
un editor. y lo consiguió tras presentárselo a Víctor
Gollanz que lo publicó en 1933 e hizo una reedición poco tiempo
después. Una muestra del poco convencimiento de Eric en su novela
fue el hecho de firmar con seudónimo poniendo varios nombres al editor
(P. S. Bourton, Kenneth Miles, George Orwell y H. Lewis Allweys). que escogió
el tercero, con el que se haría famoso, primero en el Reino Unido
y después internacionalmente.
El libro cuenta detalladamente el «descenso a los infiernos»
del autor. sus diferentes vicisitudes, como las que le llevan a dormir en
un mísero hotel lleno de pulgas, a trabajar desde la madrugada hasta
medianoche para ganar unos pocos francos como lavaplatos, etc. No se trata
para Orwell de describir las dificultades de un individuo, sino la cotidianidad
de una gente que está condenada a vivir en un submundo en el que:
"Descubres qué es tener hambre. Con sólo pan y margarina en
el estómago. sales. te paras en los escaparates. Por todas partes
hay comida en grandes e inmensas pilas insultantes: cerdos enteros, cestas
de pan caliente. grandes bloques amarillos de mantequilla, ristras de salchichas,
montañas de patatas, inmensos quesos de Gruyere como ruedas de molino.
A la vista de tanta comida te entra una lacrimógena piedad hacia ti
mismo. Piensas robar una hogaza y echar a correr y tragártela antes
de que te pillen. y te contienes por puro miedo.
Descubres el aburrimiento. que es inseparable de la pobreza. Los ratos en
que no tienes nada que hacer, como estás subalimentado. eres capaz
de interesarte en nada. Durante medio día te quedas tumbado en cama,
con la misma sensación del "jeune esquelette" del poema de Beaudelaire.
Solamente la comida sería capaz de animarte. Descubres que un hombre
que ha pasado una semana sólo a base de pan y margarina, no es ya
un hombre, sino un estómago con algunos órganos accesorios".
Del París
de los clochards, la trama se traslada a Londres donde comparte durante cierto
tiempo la vida de los obreros parados. que erraban por miles durante aquel
tiempo por los caminos de Inglaterra. buscando un trabajo. un cobijo en los
asilos de noche donde no podían estar más de un día.
Las diferencias
entre Eric. que ha escogido voluntariamente y con una finalidad pasajera
esta forma de vida. y los que la viven porque no tienen otra opción.
es por supuesto notable. Él trató con gran esfuerzo de adaptarse
no sólo a las condiciones de vida. sino también a la psicología
particular de los vagabundos a los que trató muy sinceramente de comprender.
El libro se anima con este sentimiento y acerca imperceptiblemente al lector
a una realidad que. aunque próxima. puede parecer propia de otro planeta.
Toda la gente que sale en la obra tiene sus razones y sus valores. y Orwell
se siente identificado con ellos. porque en el fondo son todos unos individualistas.
El retrato que Orwell hace de ellos es sumamente interesante y nos lleva
al aspecto más importante de esta obra. nos ofrece el testimonio sobre
las consecuencias humanas para millones de personas indefensas ante la crisis
del sistema capitalista en los países ricos como Inglaterra y Francia
al comienzo de los años treinta. Orwell reconstruye con vigor y calor
humano los personajes miserables que ha conocido y nos muestra a través
de sólidos retratos, las verdaderas miserias de esa gente caída
en la indigencia, haciéndolo además con un notable humor, el
humor de un inglés que no llega a comprender por qué los franceses
tienen la manía de colocar esas tres palabras de «Libertad,
Igualdad, Fraternidad», «un poco por todas partes e incluyendo
la entrada de las comisarias».
La novela no es, aunque así lo parezca, totalmente autobiográfica.
En uno de los capítulos autobiográficos de El camino de
Wigan Pier dirá: «Aproximadamente todos los acontecimientos
descritos tuvieron lugar verdaderamente, incluso los que fueron arreglados».
y en la introducción de la edición francesa: «En cuanto
a la veracidad de mi relato, yo creo poder afirmar que no he exagerado nada,
sí acaso en la medida que todo escritor exagera, es decir seleccionando.
No me he creído obligado a relatar los hechos en el orden mismo donde
se desarrollaron, pero todo lo que se cuenta son hechos que tuvieron lugar
en un momento o en otro». En su selección hizo hincapié
en los individuos más representativos con la intención de formar
una galería de tipos a la manera dickensiana. Se remite a Dickens,
que tenía la costumbre de contar «pequeñas mentiras a
fin de reforzar lo que él considera como una gran verdad».
Después del relativo éxito de su primer libro, Orwell se convenció
de que podía ser un buen escritor sí lograba mejorar su estilo
periodístico-literario y decidi6 dedicarse otra vez de lleno a ser
escritor, después de un primer y último desaliento. Se trataba
de sobrevivir como fuera, evitando en lo posible convertirse en un asalariado
sin tiempo para trabajar en sus proyectos. De momento sus obras no le proporcionaron
más que muy pocos beneficios --de hecho, hasta después de la
publicación de Rebelión en la granja, su existencia como escritor
era bastante precaria--, y trató de sustentarse escribiendo críticas
de libros para algunas revistas, haciendo ocasionalmente de periodista en
diarios de poca monta y, sobre todo, dando nuevamente clases en pequeñas
escuelas privadas en las que los directores sólo se preocupaban de
someter a los niños.
En 1934 logró publicar Burmese Day (La marca) en la
editorial Harper de Nueva York, ya que no había encontrado ningún
editor en su país. La marca es una curiosa novela en la que se nota
la poderosa influencia de Kiplyng aunque moralmente invierta las concepciones
habituales de éste (5), denunciando la hipocresía y la brutalidad
de sus compatriotas. Naturalmente, los cinco años que pasó
en Birmania se traslucen en todas las páginas del libro. Publicado
posteriormente en una editorial conservadora con su título irónicamente
camp llevó a más de un anglo-indio a leerla ya sufrir el consiguiente
choque. Un crítico bastante conocido, V. S. Pritcher, dijo sobre ella:
"Su retrato del hombre blanco conjuga el desprecio y la piedad. Por otro
lado, los birmanos no están descritos como santos. Orwell no pertenece
de hecho a esa minoría clásica que se revuelve contra el imperio
y hace de los oprimidos unos héroes simplemente porque están
oprimidos. Es un verdadero moralista militante, un predicador que ve que
la opresión crea la hipocresía y que la hipocresía corrompe.
Presenta la decadencia de una civilización con un olfato casi fanático.
Se le nota la tristeza y la lasitud, una parte santa fatigada. Esta novela
birmana está escrita sobre lo vivo; su mundo es todo lo diferente
que es posible del de Kiplyng o del de E. M. Foster. Se dice, después
de la caída de Singapur, que las novelas de Somerset Maugham lo habían
anunciado indirectamente; Orwell va más lejos que Maugham; su profecía
es salvaje y directa. y sin embargo, se interesa constantemente por la tristeza
de la vida que describe y se encuentra además impregnado de ella.
Escribe con un humor amargo y una inteligencia punteada por súbitos
accesos de simpatía y piedad por los que ataca". (6)
Su siguiente
novela fue A Clergyman 's Daughter (La hija del reverendo),
y el propio Orwell la subestimó profundamente hasta el punto de considerarla
su peor obra. Por esta razón trató años más tarde
de borrarla de su lista de libros publicados, y en el momento de su edición
quemó todos los ejemplares que cayeron en sus manos. Parece ser que
esta desconfianza se la transmitió a su editor Víctor Gollanz
que dudó en publicarla a pesar de recibir las buenas impresiones de
sus consejeros literarios (para uno se trataba de una «obra extraordinaria»,
para otro, el subdirector editorial, «la más curiosa que jamás
había leído»). Gollanz, que años más tarde
reconoció haber subestimado a Orwell, no lo conocía bien y
vio en él un autor que había «atravesado el infierno»,
alguien que sería materia ideal para un psicoanalista, ya que reunía
«casi todas las desviaciones». De publicarla sería con
reformas. (7)
En 1934, Orwell se instaló en el número 225 de Booklover Corner,
Hampstead, un lugar también conocido como el «rincón
de los amantes de los libros» y en donde abundaban las librerías,
las tertulias literarias animadas por una bulliciosa bohemia que no cuadraba
excesivamente con su carácter retraído e independiente. No
obstante, consiguió hacerse respetar y apreciar a pesar de sus malos
humores que en una ocasión le llevaron a afirmar, ante gente que podía
darse por aludida, que todos aquellos que hablaban mucho de libros lo que
les ocurría en realidad era que no eran capaces de escribirlos.
Su siguiente novela fue Keep the Aspidistra Flyng (¡Venciste
Rosemary!). En ella Orwell trata de describir las amargas frustraciones
de Gordon Comstock, un personaje que representa bastante al Orwell de los
últimos cuatro o cinco años, con sus miserias y amarguras.
El protagonista se asemeja extraordinariamente al Jimmy Porter de la obra
de John Osborne Mirando hacia atrás con ira, se trata por lo tanto
de un «young angry» prematuro, pero con parecidas confusiones
políticas. Gordon es un solitario, apasionado por la literatura a
la que no se puede dedicar por falta de puesto de trabajo en una librería
de un lugar calcado al de Hampstead, no sin antes haber rechazado un puesto
más gratificante económicamente en una agencia de publicidad
(una de las fobias de Orwell). El sentimiento de fracaso y de pesimismo se
trasluce en líneas como éstas: "El primer efecto
de la pobreza es que mata el pensamiento. y comprendió súbitamente,
como sí se tratara de un descubrimiento, que uno no se libera del
dinero no teniéndolo... Vivir con dos libras por semana cesa de ser
un acto heroico y llega a ser una vieja rutina. El fracaso es algo tan falso
como el éxito...".
Por lo
demás, no había producido nada particular en dos años,
salvo un puñado de pequeños poemas -aproximadamente una veintena--.
Conseguía muy raramente esa tranquilidad de espíritu que es
necesaria para escribir poesía, o prosa. Los momentos en que él
«no pueden" trabajar llegaban a ser cada vez más frecuentes.
De todos los géneros humanos, sólo los artistas se permiten
decir que «no pueden”, trabajar. Pero es verdad; verdaderamente existen
momentos en los que no se puede trabajar ".(8)
Orwell
ironiza cruelmente sobre la necesidad y la falta de talento de su protagonista,
y la confusión que no puede superar. Finalmente, Gordon se enamora
de una muchacha, Rosemary, a la que intenta culpar de todos sus desafueros.
Ella queda preñada y deciden casarse. Entonces el joven inconformista
descubre los placeres de formar una familia y la seguridad que ofrece la
vida pequeñoburguesa. La aspidistra, una planta casi indestructible,
es el símbolo del hermetismo y la angustia de la clase media sobre
la cual Orwell mantenía un doble sentimiento de amor y de odio: "Nuestra
civilización está fundada sobre la codicia y el miedo, pero
en la vida de la mayoría de la gente la codicia y el miedo se transforman
misteriosamente en alguna cosa más noble. La gente de la clase media
aquí, detrás de sus cortinas de encaje, con sus niños,
sus viejos muebles y sus aspidistras, viven evidentemente bajo el código
del dinero. sin embargo, consiguen mantener cierta decencia. El código
del dinero tal como ellos lo interpretan no resulta verdaderamente cínico
o sucio. Tienen su escala de valores, sus intangibles puntos de honor. Se
«mantienen respetables» --manteniendo las aspidistras en flor--.
Es más, están vivientes. Están atados al paquete de
la vida. Traen niños al mundo, lo que los santos y los salvadores
del alma no tienen la posibilidad de hacer (9).
Como se verá, este cuadro no carecía de atractivos para él.
Por aquel entonces vuelve a reanudar su vieja amistad con Ciryl Connolly,
en el que admiraba su erudición, su saber y su sociabilidad, aunque
lo encontraba conformista con sus teorías del arte por el arte (aunque
Connolly era entonces un izquierdista, muestra de ello es su entusiasmo cuando
visitó la Barcelona revolucionaria sobre la que dejó un cumplido
testimonio). Por su parte, Connolly apreciaba en Orwell su integridad, su
autenticidad y su excentridad, y aunque eran muy distintos de carácter,
llegaban en cierta medida a complementarse. La diferencia entre uno y otro
la establecería Connolly años después al afirmar: «
y o era un rebelde de teatro, Orwell era un verdadero rebelde».
Fue por intermedio
de Connolly que Orwell conoció a Eileen Maud O' Shaughnessy , una
joven de origen irlandés nacida en 1905. Había logrado una
beca en el St. Hugh's College, en Oxford, estudió psicología
y ejerció de profesora y secretaria. Políticamente era de convicciones
socialistas, pero al igual que él desconfiaba de los partidos políticos.
Se trataba de una mujer «muy atractiva... inteligente. Le gustaba mucho
ser independiente, y aunque no se maquillaba ni llevaba consigo ninguna especie
de joyas, era muy bella y completamente digna de ser su mujer; él
por su parte estaba muy orgulloso». Estas palabras, escritas después
del compromiso entre ambos por Connolly, adelantaron en cierta medida el
espíritu de entendimiento que animó a la nueva pareja durante
bastante tiempo. Testigo también del primer encuentro, Connolly lo
recuerda así: "Al fin de nuestra agradable tarde, recuerdo que Eric
acompañaba a los invitados a las más próximas estaciones
de autobús o de tren abajo de la colina. Al regresar vino a mi salón.
Yo me había dado cuenta de que se había interesado mucho por
Eileen, y me dijo: «Este es verdaderamente el género de mujer
con la que me gustaría casarme», pues creía que ambos
tenían mucho que darse. Ella era encantadora, una irlandesa muy femenina,
llena de interés. con una risa feliz y contagiosa. Mi respuesta fue:
«Muy bien. la volveré a invitar para que os reencontréis,
tú me dices la tarde que conviene y os venís los dos a cenar
conmigo».(10)
El entendimiento
se estableció rápidamente ante la sorpresa de propios y extraños.
Orwell tenía un historial sentimental muy breve y se remitía
a la adolescencia casi en su totalidad. Tenía una fama bien cimentada
de solterón fiero y empedernido, de ser poco sociable, pero luego
se mostró sumamente tierno y capaz de corregir al menos sus actitudes
menos convenientes para vivir en pareja. Los amigos de ella se sorprendieron
de que una mujer tan . emancipada aceptara ocupar un lugar secundario junto
a un hombre tan individualista y tan preocupado por sus propios demonios.
Seguramente de los dos, fue Orwell el que salió más beneficiado,
y ya desde entonces mejoró notablemente su escritura, se encontró
más seguro de sí mismo y sus condiciones de vida se hicieron
más aceptables.
En un
principio la idea era la de vivir juntos sin atender al convencionalismo
matrimonial. Después, la situación familiar aconsejó
lo contrario y Orwell no tuvo ningún inconveniente en cumplir unos
requisitos en los que no creía. La boda tuvo lugar en el mes de junio
de 1936; días antes, dijo Orwell a un amigo, se había intentado
curar contra «todas las obscenidades de la ceremonia matrimonial»,
pero el caso es que a pesar de su manifiesta antirreligiosidad se casó
por la Iglesia anglicana; más tarde dejó escrito en su testamento
que lo enterraran según los ritos de ésta. Después de
la boda se fueron a vivir a Wallington y todo demuestra que ésta fue
una de las épocas más felices en la vida de Eric.
Durante el tiempo
anterior a la guerra civil española, la fama de Orwell descansaba
principalmente en ser un escritor testimonial y rebelde, interesado en los
ambientes de pobreza. Este carácter se habla profundizado con sus
artículos y reportajes que solían centrarse en casos de miseria
y opresión, consiguiendo por ello una reputación, todavía
limitada pero ya significativa, sobre todo en los medios culturales de la
izquierda. Los críticos laboristas y comunistas habían prestado
la debida atención a sus libros, y no es extraño por lo tanto
que Víctor Gollanz (que ya había editado La hija del reverendo
y que era, junto con Harold Laski, George Lansbury y G. H. Cole, uno
de los animadores del influyente Left Book Club que se preocupaba de distribuir
la literatura radical entre los medios de la izquierda) le hiciera un encargo
muy en consonancia con las actividades anteriores de Orwell. Se trataba de
hacer un libro de periodismo de investigación sobre las zonas más
depresivas de Inglaterra para denunciar todo lo injusto que encontrara en
su viaje. El resultado sería The road to Wigan Pier (El
camino de Wigan Pier).
El proyecto
le atrajo inmediatamente. Se trataba de repetir la experiencia de París
y Londres entre los vagabundos; aunque ahora estaría sólo dos
meses, febrero y marzo, en el norte, en Wigan, Barnsley y Sheffield. Tampoco
podía repetir una experiencia parecida a la primera por sus problemas
graves de salud, lo que no quiere decir que durante ese tiempo no conociera
directamente una miseria sin cuento. Podría, además, profundizar
su conocimiento sobre las clase obrera, a la que en realidad no conocía,
pese a sentirse atraído por ella.
La obra, que se encuentra a caballo entre el periodismo y la novela, se divide
en dos partes bien diferenciadas. En la primera Orwell describe crudamente
las condiciones de vida de los trabajadores, sobre todo de los mineros, con
los que a la manera tolstoniana intentó convivir estrechamente. La
segunda parte, que los críticos --en particular los militantes de
izquierdas- encontraron mucho más floja, cuenta con numerosos datos
autobiográficos, y constituye el primer intento de afirmación
política de.. Orwell, haciendo un ensayo sobre el sistema de clases
y el socialismo a la luz de lo que había estudiado en esta experiencia.
Una idea sobre
las condiciones en que se desenvuelve el mundo que conoció nos la
da una de las notas de su cuaderno: "Salí a las nueve de la
mañana y tomé el autobús para Hanley. Caminé
en torno a Hanley y parte de Burslem. Horrible frío, tremendo viento
y ha estado nevando toda la noche. Hanley y Burslem son casi los sitios más
espantosos que conozco. Laberintos de casitas ennegrecidas Y, entre ellas
unas como monstruosas botellas de borgoña medio enterradas eructando
humo. Signos de pobreza por todas partes y pobrísimas tiendas... Un
frío espantoso. Zona montañosa, espléndidas vistas;
especialmente, sí uno va más al este, en vez de vallas hay
muros de piedra. Los corderos parecen por aquí más retrasados
que hacia el sur. Anduve hasta el lago Rudyard (que en realidad es un depósito),
muy deprimente. En verano hay un lugar de diversiones. Cafés, barcos-casa
y botes a cada diez yardas, todo abandonado pues no es la temporada. Advertencias,
sobre la pesca, pero miré el agua y no me pareció ver en ella
peces. No hay ni un alma por aquí y el viento es fortísimo.
Todo el hielo roto ha sido empujado hacia el extremo sur y las olas se mecen
arriba y abajo haciendo clankclank, clank-clank, el ruido más melancólico
que he oído nunca..." (12).
Gracias a diversas cartas de presentación que le facilitaron representantes
de la izquierda, y en particular el Independent Labour Party con el que mantendrá
hasta la segunda guerra mundial unas relaciones privilegiadas, consiguió
convivir en diferentes familias obreras como uno más, rehuyendo por
lo tanto las comodidades que le podían ofrecer un hotel o una pensión
con una familia pequeñoburguesa. En una de las notas de su diario
describe con detalle a la pareja que le da albergue: "La familia.
Mr. H. , de 39 años de edad, ha trabajado de minero desde los trece.
Ahora lleva nueve meses parado. Es larguirucho, rubio, lento de movimientos
y de buenos modales. Lo piensa mucho antes de contestar cualquier pregunta
y al fin empieza: «A mi manera de ver». Tiene poco acento. Hace
diez años se metió en el ojo izquierdo un poco de carbón
y perdió casi totalmente la vista. Lo pusieron durante algún
tiempo a trabajar «arriba» pero volvió a las galerías
pues allí podía ganar más. Hace nueve meses se le estropeó
también el ojo derecho (por algo que los mineros llaman «nyastygmus»
o algo así) y sólo puede ver algunas yardas ante él.
Le vienen dando como «compensación>, 29 chelines por semana
pero dicen que le van a rebajar la pensión a 14 chelines la semana
(o sea, lo que se llama «compensación parcial»). Todo
dependerá de que el médico le dé como útil para
el trabajo aunque desde luego no le harían trabajar excepto quizás
en alguna leve ocupación «arriba», pero hay muy pocas
de ésas.
La señora
H es cuatro años mayor que su esposo. y muy bajita. Su figura parece
una jarrita. Fuerte acento de la región... ."(13).
Pronto
entra en contacto con las organizaciones obreras, a las que contempla siempre
desde un enfoque individualista. Uno de sus principales contactos fue Joe
Kennan, obrero socialista que desempeñaba un importante papel en los
sindicatos: "...Kennan también vive en una casa bastante decente,
pero es, más claramente que M., un obrero. Es muy bajo, grueso y fuerte,
con una sonrisa extraordinariamente amable, muy hospitalario y con muchos
deseos de ayudar . Su hijo mayor estaba acostado en el piso de arriba (se
suponía que tenía escarlatina) mientras el más pequeño
jugaba en el suelo con soldaditos y un cañón de juguete. Kennan
sonríe y dice: «Ya ve usted, se da por cierto que soy pacifista».
Me envió al albergue del movimiento obrero NUWM con una carta para
el secretario pidiéndole que me encontrase un alojamiento en Wigan.
Aquel albergue es un sitio horrible pero una bendición para aquéllos
sin trabajo, pues hace buena temperatura, hay periódicos, etcétera.
El secretario, Paddy Grady, es un minero sin trabajo. Un hombre alto y delgado,
de unos 35 años, inteligente y bien informado, muy servicial. Es soltero
y gana 17 chelines a la semana; se halla en muy malas condiciones a causa
de muchos años de mala alimentación y forzado ocio. Tiene casi
deshechos los dientes delanteros. Todos los hombres de NUWM, muy amistosos
y con ganas de facilitarme información en cuanto han sabido que soy
un escritor y que voy reuniendo datos sobre las condiciones de vida de la
clase obrera. Me llaman «señor," o «camarada» (14).
En sus indagaciones subsiste un horror hacia la pobreza --aunque piensa que
son muchas las ventajas que el movimiento obrero ha conseguido--, y admira
las cualidades y el valor de los trabajadores, en particular de los mineros.
, En un párrafo del libro llega a afirmar: «Si hay un hombre
ante el cual me siento realmente inferior, éste es un minero».
Descubre que ellos son la otra cara de la moneda de una sociedad ociosa y
opulenta. Tenían que trabajar: «Para que Hitler pueda marchar
al paso de oca, para que el papa pueda condenar el comunismo, para que el
gentío pueda reunirse los domingos en el cricket y para que los poetas
puedan rascarse mutuamente las espaldas; el carbón tiene que salir».
El libro
fue duramente criticado, en particular por los militantes de la izquierda,
incluidos los que Orwell trató directamente. El eje de todas las críticas
estriba en la incapacidad del autor en establecer un contacto estrecho y
real con la clase obrera. Naturalmente, muchas de las críticas provenían
de organizaciones que, como la laborista, eran (atacadas con dureza). Para
Mr. Hammond, un viejo militante comunista al que Orwell tuvo gran estimación,
la segunda parte era insultante y llena de ignorancia, mientras qué
la primera, quitando los pasajes sobre la suciedad --Orwell identificaba
desde su infancia a los obreros con la gente sucia--, constituía un
bello ejemplo de propaganda auténtica, bella e inteligente, con una
notable capacidad para narrar con claridad.
Hasta la víspera
de su viaje a Wigan, las relaciones de Orwell con el socialismo eran muy
superficiales. Vagamente socialista desde hacía tiempo, lo que le
definía era su actitud de rebelde y unas convicciones en las que se
combinaban el anticolonialismo, el pacifismo, el humanismo radical y el racionalismo
ateo. El ya citado Kennan dijo que no estaba seguro de que Orwell «fuera
un socialista convencido, aunque sí estaba persuadido de que era necesario
hacer unos cambios importantes».
Su posición
frente al Labour Party fue siempre inequívocamente crít1ca,
lo tachaba abiertamente de cómplice del colonialismo, aunque esta
crítica la hacía arbitrariamente extensiva a toda la izquierda.
"Todos los partidos izquierdistas de los países altamente industrializados
son en el fondo un camelo porque se dedican a luchar contra algo que en verdad
no desean destruir. Tienen objetivos internacionalistas, y al mismo tiempo
luchan para mantener un nivel de vida con el que son incompatibles sus fines.
Todos vivimos de robar a coolies asiáticos, y aquellos de nosotros
que somos «ilustrados» sostenemos que esos coolíes deben
ser liberados; pero nuestro nivel de vida, y por tanto nuestra «ilustración»,
exigen que ese robo continúe...
Nunca
aceptó el tímido reformismo del Labour Party. Ni siquiera en
la segunda mitad de los años cuarenta se sintió de acuerdo
con el "reformismo enérgico" de Aneurin Bevan.
No obstante,
sus críticas y sus descripciones del laborismo y el socialismo oficial
británicos fueron, cuanto menos, bastante superficiales. Para él,
el socialista típico era: "...el hombre anquilosado y pequeño
con la única faena de ir con cuello blanco, habitualmente abstemio
a escondidas y en ocasiones con debilidades vegetarianas (...) Un hombre
más bien delgado y pequeño, cara blanca y cabeza pelada, derecho
encima de una .plataforma, disparando consignas".(15).
Tampoco
distingue con claridad las diferentes tendencias, y se muestra lleno de prejuicios
cuando escribe: "En ocasiones tengo la impresión que las solas
palabras «socialismo» y «comunismo» atraen en Inglaterra,
con una fuerza magnética, a todos los bebedores del suco de fruta,
nudistas, sandalieros, maníacos sexuales, cuáqueros, curanderos
de medicina natural, pacifistas, feministas... (16)
Por su espíritu anárquico tampoco le resultó atractivo
el comunismo oficial, aunque esto no fue obstáculo --como en el caso
de los laboristas- para que mantuviese estrechas relaciones con diversos
intelectuales comunistas o procomunistas, y sintió un gran aprecio
por los militantes de base, incluso en España después de la
persecución del POUM. También por aquella época tuvo
estrechas relaciones con Red Groves, uno de los dirigentes del trotskismo
inglés, pero a pesar de todas las discusiones que sostuvo sobre la
cuestión obrera, su idea fue que el socialismo que deseaba Inglaterra
se parecía al anticapitalismo agrario y medievalista de Chesterton.
Todas las ilusiones de estas corrientes por atraerlo hacia sus filas fueron
destruidas por el «socialismo excéntrico» de Orwell.
Mayor
afinidad mostró hacia el Independent Labour Party, con el que mantuvo
una relación más continuada y estable, y con el que se sentía
más identificado por varios motivos. Este grupo, que tuvo una gran
importancia en la Inglaterra de los años treinta, representaba el
sector más radical del laborismo, con el que rompió por la
actitud complaciente de éste ante la Sociedad de Naciones. Combinaba
un radicalismo empírico, impregnado de evangelismo y de socialismo
tradicional inglés, era abiertamente anticolonialista y quería
la revolución «aquí y ahora». Era también
muy pacifista, y estaba por el desarme unilateral de Inglaterra. Al carecer
de una línea estratégica propia, sufría la influencia
del trotskismo --junto con la oposición trotskista y otros grupos
de izquierda discutió durante cierto tiempo la posibilidad de constituir
una Cuarta Internacional distinta y opuesta a la Segunda socialdemócrata
ya la Tercera estalinista--, pero su voluntad revolucionaria era más
limitada. Su lugar se encontraba entre el trotskismo y las organizaciones
de la izquierda tradicional. combinando radicalismo y moderación;
protagonizó junto al POUM y otros grupos comunistas y socialistas
de izquierda el Buró de Londres, una pequeña internacional
que duró poco tiempo y desapareció prácticamente con
la represión del POUM.
Orwell se convirtió
en «compañero de ruta» de este partido y participó
activamente en alguna de sus actividades culturales, en concreto, en la que
se realizó en la escuela donde trabajaba en el verano de 1936; allí
se enfrentó con los planteamientos más rigurosamente marxistas.
Para él, un marxista ortodoxo «. . .es como mirar a alguien
cortar a hachazos un pato asado», y critica el determinismo económico
que a su juicio no puede explicar «el esnobismo extraño, y en
ocasiones heroico, que se encuentra en la clase media inglesa. . . ni tiene
en cuenta las estratificaciones existentes en el interior mismo de la clase
media».
Su olfato político
le llevó a subestimar el peligro fascista al que contempló
en la versión inglesa de Leonard Mosley y que le pareció bastante
esperpéntica. No resulta evidente sí tuvo o no una conciencia
clara de lo que significó la victoria de Hitler sobre el movimiento
obrero más poderoso del mundo. El caso es que cuando estalló
en julio la sublevación militar fascista en España, todo cambió
para él. El socialista escéptico e individualista sintió
la llamada del antifascismo, de la revolución y de la lucha armada,
abandonando sus recién creadas condiciones de vida pequeñoburguesa.
Notas
----1). Bernard Crick, George Orwell, Una vie, Ed. Grasset,
París, p.159.
----2) Este libro, el más importante de London en opinión de
algunos especialistas, está editado en El Viejo Topo..
----3) Bernard Crick, o,c. P.164.
----4) A mi manera, p. 225
----5). Sin blanca en París y Londres. Barcelona, Destino,
1981. 6, Crick,o.c.,p.188.
----6) Bernarde Crick, o. c. p. 188.
----7) Idem, p, 195
----8) ¡Vencistes Rosemary! (Ed. Destino, Barcelona, 1980)
----9) Idem, p. 114
----10). Crick, o.c, p. 201.
----11). Ante la sorpresa de los asistentes a un programa de televisión
("La víspera de nuestro tiempo", del 17 de septiembre de 1983) dedicado
a «Las profecías negras de Orwell», el guión introductorio
concluía con un mensaje de fe que se atribuía --como se solía
hacer en los manuales franquistas con los escritores anticatólicos
que al final siempre se convertían- al testamento final de Orwell.
No han faltado intentos de convertir post-mortem a Orwell en un cristiano
--cf. , Christopher Hollis, A study of George Orwell--, pero todos
los intentos se han visto abocados al fracaso porque Orwell siempre fue ateo
y anticlerical.
----12). A mi manera. p. 60.
----13) Idem, p. 63.
----14). Por su parte, Kennan describe como sigue a Orwell: «Me contó
que había sido coronel en la policía militar birmana, que había
hecho sus estudios en Eton, y que jamás había visto una región
industrial en su vida. Recuerdo haberle oído decir que antes de su
viaje al norte, nunca había visto una gran chimenea de fábrica.
(...) Sobre el plan político, era sobre todo un joven cínico,
que parecía buscar una filosofía. Era visiblemente opuesto
al imperialismo británico tal como lo había visto. Quería
descubrir el espíritu y el pensamiento de los obreros. Sobre todo
de los mineros y de los obreros en paro». Crick. o.c. , p. 257.
----15). El camino de Wigan Pier, Barcelona, Destino, pp. 248-305.
----16) Idem, p.206.