FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Orwell, antes de la revolución

Pepe Gutiérrez-Álvarez


            Cuando en el verano de 1927, Eric Blair regresó a Inglaterra e hizo saber a sus padres su firme propósito de abandonar la policía y probar fortuna en un oficio tan incierto como el de escritor, los Blair quedaron literalmente horrorizados. La crispación con su familia fue tan fuerte que Eric adelantó sus proyectos de marcharse del hogar familiar aunque seguiría manteniendo unas relaciones cordiales pero distantes con sus padres.

            Fue entonces cuando se trasladó a la .capital británica donde empezó unas estrechas relaciones literarias con la escritora Ruth Pitter, una vieja amiga de su familia y que en aquella época comenzaba a ser conocida después de publicar varios libros de poemas. Gracias a ella consiguió una habitación en el mismo barrio, concretamente en el número 10 de Portobello Road, en Notting Hill Gate. Allí vivió durante un año en su soledad tradicional, aunque ahora no tenía a sus padres, ni era tan importante para que nadie le odiara y tampoco recibía órdenes de ningún mando superior escolar o militar. Por primera vez en su vida gozaba de una total independencia y la apreció tanto que nunca más la abandonaría por ningún concepto.

             En aquella época su voluntad de ser escritor se confundía con nuevos sentimientos propios de un joven «airado». Se sentía bajo el peso de una tremenda culpabilidad por haber sido un esbirro del Imperio y adoptó una firme posición antiimperialista que se dejó entrever en sus primeros artículos publicados en diferentes revistas de izquierdas, iniciando con ello una larga colaboración en este medio que se  prolongó hasta el final de su vida y de diversificó sin importarle demasiado sí eran importantes o marginales. Como buen «enragé» despreciaba el culto al «Dios Dinero» (religión que nunca le importó demasiado. incluso cuando consiguió ganar mucho dinero no abandonó su estilo de vida austero y sencillo). Se sintió identificado con los derrotados, los fracasados. los perdedores. con los últimos entre los últimos. Se consideró «un evadido del campo de la victoria» , un desertor del orden social vigente contra el cual empezó a lanzar sus primeros dardos aunque no era todavía un socialista .

            Sus comienzos como escritor estuvieron muy lejos de ser brillantes. Durante esta época recibió lecciones de Ruth Pitter. que fueron para él de gran importancia. La poetisa reconocía su coraje y su constancia, pero su opinión era muy desfavorable: " . . escribía mal. debía de aprender a escribir. Era como un caballo con orejeras. Llegó a ser un maestro en su lengua pero su aprendizaje fue muy difícil. Utilizaba cierto número de palabras groseras y teníamos que corregirle la ortografía. Yo había creído que un antiguo de Eton conocía todas las palabras e incluso algunas de más. . " (1)

            Por aquel entonces. como se suele decir. no sabía por dónde empezar. Quizá la señal de lo que tenía que hacer la encontró en la obra maestra de Jack London El pueblo del abismo (2).  Para escribirla, London volvió a la «fosa social» en la que se había criado y durante cierto tiempo convivió con los miserables de East End, en Londres. Seguramente esta experiencia animó a Eric a trazar su próximo camino. El momento parecía propicio. el paro y la miseria creciente eran ya notorios.

           Durante su período londinense sólo publicó artículos sueltos en revistas. antes de escribir quiso conocer directamente la situación de los miserables. al igual que London. y lo hizo con una voluntad férrea que asombró a Ruth Pitter: "...Era un día de invierno verdaderamente horrible, con la nieve derretida por el sol y con un viento glacial. Orwell no tenía un vestido adecuado. ni sombrero, ni guantes, ni bufanda. Yo estaba segura de que se encontraba cerca de lo que se llama una fase de pretuberculosis. Estaba allí, expuesto a las inclemencias del tiempo con ropas inapropiadas...Me enfadé, tratando de aconsejarle de que se ocupara de su salud. Fue en vano. No quería afrontar esta realidad de cara. Una vez, hizo un examen para detectar la tuberculosis, pero el resultado fue negativo, al menos sí creemos lo que me dijo. De hecho no siguió un tratamiento adecuado hasta que fue demasiado tarde".(3)

              Por algunos meses de invierno vivió en estas condiciones en el East End. de Londres, malviviendo al Iado de los que Gorki llamó ex-hombres, o sea de parados. alcohólicos. locos y gente desesperada en general. Ciertamente, había mucho de mala conciencia en su actitud. pero también es cierto que su paso por este infierno fue mucho más que eso. Junto a la finalidad de encontrar material para sus escritos. coexistía una gran capacidad de identificación con la gente que le tocó vivir. en particular con los que mantenían su propia personalidad en aquellas condiciones. Este método de utilizar el disfraz para investigar y reunir datos para un libro había sido empleado por diversos escritores británicos como Robert L. Stevenson. Conan Doyle y Oscar Wide. pero ninguno estuvo tanto tiempo y mucho menos en las condiciones en que se desenvolvió Orwell.

            En la primavera de 1928; Orwell. siguiendo el camino de numerosos escritores y artistas del mundo. se marchó a París donde vivió durante dieciocho meses en condiciones peores a las que había conocido en Londres. La crisis económica estaba a punto de estallar y sus primeros síntomas habían hecho que todos estos bohemios emprendieran su retirada al hogar. En París su situación fue mucho más grave, era un extranjero y no tenía posibilidades de una retirada como en Londres. Allí. además. no fue un pobre disfrazado, fue un auténtico miserable, en ocasiones sin ninguna otra clase de recursos más que las migajas de la beneficencia. Se había convertido en un verdadero clochard.          

           En febrero de 1929 cogió una neumonía y tuvo que pasar varias semanas en un inmundo hospital para pobres, el Hospital Cochin. Allí pudo comprobar «cómo mueren los pobres»; en uno de sus artículos publicado con este título, escribió en las últimas líneas: "El horror a los hospitales persiste probablemente entre los muy pobres, y en los demás sólo hace poco tiempo que ha desaparecido. Es una mancha negra casi en la superficie de nuestras mentes. He dicho antes que cuando entré en la sala del hospital X noté algo que me resultaba muy familiar. Lo que aquello me recordaba, por supuesto, era los apestosos hospitales. empapados de dolor, del siglo diecinueve. Claro que yo no los había visto pero tenía de ellos conocimiento a través de la tradición. y algo, quizás el doctor vestido de negro y con el sucio maletín negro, o quizá sólo el morboso olor, logró el raro truco de evocar en mi memoria aquel poema de Tennyson, «El hospital de niños" en el que no había pensado desde hacía veinte años. y es que. de niño. me lo había leído una enfermera que pudo haber empezado ya a trabajar cuando Tennyson escribió el poema. Los sufrimientos y horrores en los hospitales de viejo estilo palpitaban aún en ella. Nos habíamos estremecido juntos con ese poema y luego, por lo visto, lo olvidé. Ni siquiera el título me habría recordado algo, seguramente. Pero en cuanto vi aquella sala mal iluminada y llena de murmullos, con las camas tan juntas, hizo surgir de nuevo en mí el poema, y la noche siguiente recordé todo el asunto del poema, su atmósfera, y muchos de sus versos enteros. (4)

                Eric después trabajó durante dos semanas como lavaplatos en un hotel de lujo y siguió malviviendo hasta que al final del año 1929 regresó a Inglaterra con las alforjas llenas de proyectos. se instaló en Southewold, en la casa de sus padres, aunque continuó durante cierto tiempo frecuentando los bajos fondos y viviendo durante cortas temporadas en los barrios obreros más pobres.
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            Toda la experiencia en los submundos de París y Londres sirvió como material para varios proyectos. algunos de los cuales terminaron siendo pasto de las llamas. Sólo se encontró un poco más satisfecho con Down and Ou in Paris and London (Sin blanca en París y Londres). que acabó de escribir en el mes de octubre de 1930. Cuando trató de publicarlo se topó con toda clase de dificultades. El libro fue rechazado. entre otros. por editores como Jonathan Cape y después por T. S. Eliot. que trabajaba como asesor literario de Faber and Faber. Completamente en la miseria y convencido de su fracaso literario. Eric escogió un trabajo en una pequeña escuela privada a las afueras de Londres. trabajo que le sirvió luego para dar una visión tétrica de este tipo de escuela en su obra La hija del reverendo.

              Había llegado a desesperar de la posibilidad de publicar su libro. hasta que. por un golpe de suerte. entregó el original a su vieja amiga Mabel Fierz, con la recomendación de quemarlo después de leerlo. Ella, apreciando su valor, se empeñó en encontrar un editor. y lo consiguió tras presentárselo a Víctor Gollanz que lo publicó en 1933 e hizo una reedición poco tiempo después. Una muestra del poco convencimiento de Eric en su novela fue el hecho de firmar con seudónimo poniendo varios nombres al editor (P. S. Bourton, Kenneth Miles, George Orwell y H. Lewis Allweys). que escogió el tercero, con el que se haría famoso, primero en el Reino Unido y después internacionalmente.

             El libro cuenta detalladamente el «descenso a los infiernos» del autor. sus diferentes vicisitudes, como las que le llevan a dormir en un mísero hotel lleno de pulgas, a trabajar desde la madrugada hasta medianoche para ganar unos pocos francos como lavaplatos, etc. No se trata para Orwell de describir las dificultades de un individuo, sino la cotidianidad de una gente que está condenada a vivir en un submundo en el que:  "Descubres qué es tener hambre. Con sólo pan y margarina en el estómago. sales. te paras en los escaparates. Por todas partes hay comida en grandes e inmensas pilas insultantes: cerdos enteros, cestas de pan caliente. grandes bloques amarillos de mantequilla, ristras de salchichas, montañas de patatas, inmensos quesos de Gruyere como ruedas de molino. A la vista de tanta comida te entra una lacrimógena piedad hacia ti mismo. Piensas robar una hogaza y echar a correr y tragártela antes de que te pillen. y te contienes por puro miedo.

             Descubres el aburrimiento. que es inseparable de la pobreza. Los ratos en que no tienes nada que hacer, como estás subalimentado. eres capaz de interesarte en nada. Durante medio día te quedas tumbado en cama, con la misma sensación del "jeune esquelette" del poema de Beaudelaire. Solamente la comida sería capaz de animarte. Descubres que un hombre que ha pasado una semana sólo a base de pan y margarina, no es ya un hombre, sino un estómago con algunos órganos accesorios".

            Del París de los clochards, la trama se traslada a Londres donde comparte durante cierto tiempo la vida de los obreros parados. que erraban por miles durante aquel tiempo por los caminos de Inglaterra. buscando un trabajo. un cobijo en los asilos de noche donde no podían estar más de un día.

            Las diferencias entre Eric. que ha escogido voluntariamente y con una finalidad pasajera esta forma de vida. y los que la viven porque no tienen otra opción. es por supuesto notable. Él trató con gran esfuerzo de adaptarse no sólo a las condiciones de vida. sino también a la psicología particular de los vagabundos a los que trató muy sinceramente de comprender. El libro se anima con este sentimiento y acerca imperceptiblemente al lector a una realidad que. aunque próxima. puede parecer propia de otro planeta. Toda la gente que sale en la obra tiene sus razones y sus valores. y Orwell se siente identificado con ellos. porque en el fondo son todos unos individualistas. El retrato que Orwell hace de ellos es sumamente interesante y nos lleva al aspecto más importante de esta obra. nos ofrece el testimonio sobre las consecuencias humanas para millones de personas indefensas ante la crisis del sistema capitalista en los países ricos como Inglaterra y Francia al comienzo de los años treinta. Orwell reconstruye con vigor y calor humano los personajes miserables que ha conocido y nos muestra a través de sólidos retratos, las verdaderas miserias de esa gente caída en la indigencia, haciéndolo además con un notable humor, el humor de un inglés que no llega a comprender por qué los franceses tienen la manía de colocar esas tres palabras de «Libertad, Igualdad, Fraternidad», «un poco por todas partes e incluyendo la entrada de las comisarias».

             La novela no es, aunque así lo parezca, totalmente autobiográfica. En uno de los capítulos autobiográficos de El camino de Wigan Pier dirá: «Aproximadamente todos los acontecimientos descritos tuvieron lugar verdaderamente, incluso los que fueron arreglados». y en la introducción de la edición francesa: «En cuanto a la veracidad de mi relato, yo creo poder afirmar que no he exagerado nada, sí acaso en la medida que todo escritor exagera, es decir seleccionando. No me he creído obligado a relatar los hechos en el orden mismo donde se desarrollaron, pero todo lo que se cuenta son hechos que tuvieron lugar en un momento o en otro». En su selección hizo hincapié en los individuos más representativos con la intención de formar una galería de tipos a la manera dickensiana. Se remite a Dickens, que tenía la costumbre de contar «pequeñas mentiras a fin de reforzar lo que él considera como una gran verdad».

             Después del relativo éxito de su primer libro, Orwell se convenció de que podía ser un buen escritor sí lograba mejorar su estilo periodístico-literario y decidi6 dedicarse otra vez de lleno a ser escritor, después de un primer y último desaliento. Se trataba de sobrevivir como fuera, evitando en lo posible convertirse en un asalariado sin tiempo para trabajar en sus proyectos. De momento sus obras no le proporcionaron más que muy pocos beneficios --de hecho, hasta después de la publicación de Rebelión en la granja, su existencia como escritor era bastante precaria--, y trató de sustentarse escribiendo críticas de libros para algunas revistas, haciendo ocasionalmente de periodista en diarios de poca monta y, sobre todo, dando nuevamente clases en pequeñas escuelas privadas en las que los directores sólo se preocupaban de someter a los niños.

             En 1934 logró publicar Burmese Day (La marca) en la editorial Harper de Nueva York, ya que no había encontrado ningún editor en su país. La marca es una curiosa novela en la que se nota la poderosa influencia de Kiplyng aunque moralmente invierta las concepciones habituales de éste (5), denunciando la hipocresía y la brutalidad de sus compatriotas. Naturalmente, los cinco años que pasó en Birmania se traslucen en todas las páginas del libro. Publicado posteriormente en una editorial conservadora con su título irónicamente camp llevó a más de un anglo-indio a leerla ya sufrir el consiguiente choque. Un crítico bastante conocido, V. S. Pritcher, dijo sobre ella: "Su retrato del hombre blanco conjuga el desprecio y la piedad. Por otro lado, los birmanos no están descritos como santos. Orwell no pertenece de hecho a esa minoría clásica que se revuelve contra el imperio y hace de los oprimidos unos héroes simplemente porque están oprimidos. Es un verdadero moralista militante, un predicador que ve que la opresión crea la hipocresía y que la hipocresía corrompe. Presenta la decadencia de una civilización con un olfato casi fanático. Se le nota la tristeza y la lasitud, una parte santa fatigada. Esta novela birmana está escrita sobre lo vivo; su mundo es todo lo diferente que es posible del de Kiplyng o del de E. M. Foster. Se dice, después de la caída de Singapur, que las novelas de Somerset Maugham lo habían anunciado indirectamente; Orwell va más lejos que Maugham; su profecía es salvaje y directa. y sin embargo, se interesa constantemente por la tristeza de la vida que describe y se encuentra además impregnado de ella. Escribe con un humor amargo y una inteligencia punteada por súbitos accesos de simpatía y piedad por los que ataca". (6)

            Su siguiente novela fue A Clergyman 's Daughter (La hija del reverendo), y el propio Orwell la subestimó profundamente hasta el punto de considerarla su peor obra. Por esta razón trató años más tarde de borrarla de su lista de libros publicados, y en el momento de su edición quemó todos los ejemplares que cayeron en sus manos. Parece ser que esta desconfianza se la transmitió a su editor Víctor Gollanz que dudó en publicarla a pesar de recibir las buenas impresiones de sus consejeros literarios (para uno se trataba de una «obra extraordinaria», para otro, el subdirector editorial, «la más curiosa que jamás había leído»). Gollanz, que años más tarde reconoció haber subestimado a Orwell, no lo conocía bien y vio en él un autor que había «atravesado el infierno», alguien que sería materia ideal para un psicoanalista, ya que reunía «casi todas las desviaciones». De publicarla sería con reformas. (7)

             En 1934, Orwell se instaló en el número 225 de Booklover Corner, Hampstead, un lugar también conocido como el «rincón de los amantes de los libros» y en donde abundaban las librerías, las tertulias literarias animadas por una bulliciosa bohemia que no cuadraba excesivamente con su carácter retraído e independiente. No obstante, consiguió hacerse respetar y apreciar a pesar de sus malos humores que en una ocasión le llevaron a afirmar, ante gente que podía darse por aludida, que todos aquellos que hablaban mucho de libros lo que les ocurría en realidad era que no eran capaces de escribirlos.

              Su siguiente novela fue Keep the Aspidistra Flyng (¡Venciste Rosemary!). En ella Orwell trata de describir las amargas frustraciones de Gordon Comstock, un personaje que representa bastante al Orwell de los últimos cuatro o cinco años, con sus miserias y amarguras. El protagonista se asemeja extraordinariamente al Jimmy Porter de la obra de John Osborne Mirando hacia atrás con ira, se trata por lo tanto de un «young angry» prematuro, pero con parecidas confusiones políticas. Gordon es un solitario, apasionado por la literatura a la que no se puede dedicar por falta de puesto de trabajo en una librería de un lugar calcado al de Hampstead, no sin antes haber rechazado un puesto más gratificante económicamente en una agencia de publicidad (una de las fobias de Orwell). El sentimiento de fracaso y de pesimismo se trasluce en líneas como éstas:   "El primer efecto de la pobreza es que mata el pensamiento. y comprendió súbitamente, como sí se tratara de un descubrimiento, que uno no se libera del dinero no teniéndolo... Vivir con dos libras por semana cesa de ser un acto heroico y llega a ser una vieja rutina. El fracaso es algo tan falso como el éxito...".

            Por lo demás, no había producido nada particular en dos años, salvo un puñado de pequeños poemas -aproximadamente una veintena--. Conseguía muy raramente esa tranquilidad de espíritu que es necesaria para escribir poesía, o prosa. Los momentos en que él «no pueden" trabajar llegaban a ser cada vez más frecuentes. De todos los géneros humanos, sólo los artistas se permiten decir que «no pueden”, trabajar. Pero es verdad; verdaderamente existen momentos en los que no se puede trabajar ".(8)

            Orwell ironiza cruelmente sobre la necesidad y la falta de talento de su protagonista, y la confusión que no puede superar. Finalmente, Gordon se enamora de una muchacha, Rosemary, a la que intenta culpar de todos sus desafueros. Ella queda preñada y deciden casarse. Entonces el joven inconformista descubre los placeres de formar una familia y la seguridad que ofrece la vida pequeñoburguesa. La aspidistra, una planta casi indestructible, es el símbolo del hermetismo y la angustia de la clase media sobre la cual Orwell mantenía un doble sentimiento de amor y de odio: "Nuestra civilización está fundada sobre la codicia y el miedo, pero en la vida de la mayoría de la gente la codicia y el miedo se transforman misteriosamente en alguna cosa más noble. La gente de la clase media aquí, detrás de sus cortinas de encaje, con sus niños, sus viejos muebles y sus aspidistras, viven evidentemente bajo el código del dinero. sin embargo, consiguen mantener cierta decencia. El código del dinero tal como ellos lo interpretan no resulta verdaderamente cínico o sucio. Tienen su escala de valores, sus intangibles puntos de honor. Se «mantienen respetables» --manteniendo las aspidistras en flor--. Es más, están vivientes. Están atados al paquete de la vida. Traen niños al mundo, lo que los santos y los salvadores del alma no tienen la posibilidad de hacer (9).

             Como se verá, este cuadro no carecía de atractivos para él. Por aquel entonces vuelve a reanudar su vieja amistad con Ciryl  Connolly, en el que admiraba su erudición, su saber y su sociabilidad, aunque lo encontraba conformista con sus teorías del arte por el arte (aunque Connolly era entonces un izquierdista, muestra de ello es su entusiasmo cuando visitó la Barcelona revolucionaria sobre la que dejó un cumplido testimonio). Por su parte, Connolly apreciaba en Orwell su integridad, su autenticidad y su excentridad, y aunque eran muy distintos de carácter, llegaban en cierta medida a complementarse. La diferencia entre uno y otro la establecería Connolly años después al afirmar: « y o era un rebelde de teatro, Orwell era un verdadero rebelde».

           Fue por intermedio de Connolly que Orwell conoció a Eileen Maud O' Shaughnessy , una joven de origen irlandés nacida en 1905. Había logrado una beca en el St. Hugh's College, en Oxford, estudió psicología y ejerció de profesora y secretaria. Políticamente era de convicciones socialistas, pero al igual que él desconfiaba de los partidos políticos. Se trataba de una mujer «muy atractiva... inteligente. Le gustaba mucho ser independiente, y aunque no se maquillaba ni llevaba consigo ninguna especie de joyas, era muy bella y completamente digna de ser su mujer; él por su parte estaba muy orgulloso». Estas palabras, escritas después del compromiso entre ambos por Connolly, adelantaron en cierta medida el espíritu de entendimiento que animó a la nueva pareja durante bastante tiempo. Testigo también del primer encuentro, Connolly lo recuerda así: "Al fin de nuestra agradable tarde, recuerdo que Eric acompañaba a los invitados a las más próximas estaciones de autobús o de tren abajo de la colina. Al regresar vino a mi salón. Yo me había dado cuenta de que se había interesado mucho por Eileen, y me dijo: «Este es verdaderamente el género de mujer con la que me gustaría casarme», pues creía que ambos tenían mucho que darse. Ella era encantadora, una irlandesa muy femenina, llena de interés. con una risa feliz y contagiosa. Mi respuesta fue: «Muy bien. la volveré a invitar para que os reencontréis, tú me dices la tarde que conviene y os venís los dos a cenar conmigo».(10)

            El entendimiento se estableció rápidamente ante la sorpresa de propios y extraños. Orwell tenía un historial sentimental muy breve y se remitía a la adolescencia casi en su totalidad. Tenía una fama bien cimentada de solterón fiero y empedernido, de ser poco sociable, pero luego se mostró sumamente tierno y capaz de corregir al menos sus actitudes menos convenientes para vivir en pareja. Los amigos de ella se sorprendieron de que una mujer tan . emancipada aceptara ocupar un lugar secundario junto a un hombre tan individualista y tan preocupado por sus propios demonios. Seguramente de los dos, fue Orwell el que salió más beneficiado, y ya desde entonces mejoró notablemente su escritura, se encontró más seguro de sí mismo y sus condiciones de vida se hicieron más aceptables.

            En un principio la idea era la de vivir juntos sin atender al convencionalismo matrimonial. Después, la situación familiar aconsejó lo contrario y Orwell no tuvo ningún inconveniente en cumplir unos requisitos en los que no creía. La boda tuvo lugar en el mes de junio de 1936; días antes, dijo Orwell a un amigo, se había intentado curar contra «todas las obscenidades de la ceremonia matrimonial», pero el caso es que a pesar de su manifiesta antirreligiosidad se casó por la Iglesia anglicana; más tarde dejó escrito en su testamento que lo enterraran según los ritos de ésta. Después de la boda se fueron a vivir a Wallington y todo demuestra que ésta fue una de las épocas más felices en la vida de Eric.

           Durante el tiempo anterior a la guerra civil española, la fama de Orwell descansaba principalmente en ser un escritor testimonial y rebelde, interesado en los ambientes de pobreza. Este carácter se habla profundizado con sus artículos y reportajes que solían centrarse en casos de miseria y opresión, consiguiendo por ello una reputación, todavía limitada pero ya significativa, sobre todo en los medios culturales de la izquierda. Los críticos laboristas y comunistas habían prestado la debida atención a sus libros, y no es extraño por lo tanto que Víctor Gollanz (que ya había editado La hija del reverendo y que era, junto con Harold Laski, George Lansbury y G. H. Cole, uno de los animadores del influyente Left Book Club que se preocupaba de distribuir la literatura radical entre los medios de la izquierda) le hiciera un encargo muy en consonancia con las actividades anteriores de Orwell. Se trataba de hacer un libro de periodismo de investigación sobre las zonas más depresivas de Inglaterra para denunciar todo lo injusto que encontrara en su viaje. El resultado sería The road to Wigan Pier (El camino de Wigan Pier).

            El proyecto le atrajo inmediatamente. Se trataba de repetir la experiencia de París y Londres entre los vagabundos; aunque ahora estaría sólo dos meses, febrero y marzo, en el norte, en Wigan, Barnsley y Sheffield. Tampoco podía repetir una experiencia parecida a la primera por sus problemas graves de salud, lo que no quiere decir que durante ese tiempo no conociera directamente una miseria sin cuento. Podría, además, profundizar su conocimiento sobre  las clase obrera, a la que en realidad no conocía, pese a sentirse atraído por ella.

             La obra, que se encuentra a caballo entre el periodismo y la novela, se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera Orwell describe crudamente las condiciones de vida de los trabajadores, sobre todo de los mineros, con los que a la manera tolstoniana intentó convivir estrechamente. La segunda parte, que los críticos --en particular los militantes de izquierdas- encontraron mucho más floja, cuenta con numerosos datos autobiográficos, y constituye el primer intento de afirmación política de.. Orwell, haciendo un ensayo sobre el sistema de clases y el socialismo a la luz de lo que había estudiado en esta experiencia.

           Una idea sobre las condiciones en que se desenvuelve el mundo que conoció nos la da una de las notas de su cuaderno:  "Salí a las nueve de la mañana y tomé el autobús para Hanley. Caminé en torno a Hanley y parte de Burslem. Horrible frío, tremendo viento y ha estado nevando toda la noche. Hanley y Burslem son casi los sitios más espantosos que conozco. Laberintos de casitas ennegrecidas Y, entre ellas unas como monstruosas botellas de borgoña medio enterradas eructando humo. Signos de pobreza por todas partes y pobrísimas tiendas... Un frío espantoso. Zona montañosa, espléndidas vistas; especialmente, sí uno va más al este, en vez de vallas hay muros de piedra. Los corderos parecen por aquí más retrasados que hacia el sur. Anduve hasta el lago Rudyard (que en realidad es un depósito), muy deprimente. En verano hay un lugar de diversiones. Cafés, barcos-casa y botes a cada diez yardas, todo abandonado pues no es la temporada. Advertencias, sobre la pesca, pero miré el agua y no me pareció ver en ella peces. No hay ni un alma por aquí y el viento es fortísimo. Todo el hielo roto ha sido empujado hacia el extremo sur y las olas se mecen arriba y abajo haciendo clankclank, clank-clank, el ruido más melancólico que he oído nunca..." (12).

             Gracias a diversas cartas de presentación que le facilitaron representantes de la izquierda, y en particular el Independent Labour Party con el que mantendrá hasta la  segunda guerra mundial unas relaciones privilegiadas, consiguió convivir en diferentes familias obreras como uno más, rehuyendo por lo tanto las comodidades que le podían ofrecer un hotel o una pensión con una familia pequeñoburguesa. En una de las notas de su diario describe con detalle a la pareja que le da albergue:   "La familia. Mr. H. , de 39 años de edad, ha trabajado de minero desde los trece. Ahora lleva nueve meses parado. Es larguirucho, rubio, lento de movimientos y de buenos modales. Lo piensa mucho antes de contestar cualquier pregunta y al fin empieza: «A mi manera de ver». Tiene poco acento. Hace diez años se metió en el ojo izquierdo un poco de carbón y perdió casi totalmente la vista. Lo pusieron durante algún tiempo a trabajar «arriba» pero volvió a las galerías pues allí podía ganar más. Hace nueve meses se le estropeó también el ojo derecho (por algo que los mineros llaman «nyastygmus» o algo así) y sólo puede ver algunas yardas ante él. Le vienen dando como «compensación>, 29 chelines por semana pero dicen que le van a rebajar la pensión a 14 chelines la semana (o sea, lo que se llama «compensación parcial»). Todo dependerá de que el médico le dé como útil para el trabajo aunque desde luego no le harían trabajar excepto quizás en alguna leve ocupación «arriba», pero hay muy pocas de ésas.

            La señora H es cuatro años mayor que su esposo. y muy bajita. Su figura parece una jarrita. Fuerte acento de la región... ."(13).

            Pronto entra en contacto con las organizaciones obreras, a las que contempla siempre desde un enfoque individualista. Uno de sus principales contactos fue Joe Kennan, obrero socialista que desempeñaba un importante papel en los sindicatos: "...Kennan también vive en una casa bastante decente, pero es, más claramente que M., un obrero. Es muy bajo, grueso y fuerte, con una sonrisa extraordinariamente amable, muy hospitalario y con muchos deseos de ayudar . Su hijo mayor estaba acostado en el piso de arriba (se suponía que tenía escarlatina) mientras el más pequeño jugaba en el suelo con soldaditos y un cañón de juguete. Kennan sonríe y dice: «Ya ve usted, se da por cierto que soy pacifista». Me envió al albergue del movimiento obrero NUWM con una carta para el secretario pidiéndole que me encontrase un alojamiento en Wigan. Aquel albergue es un sitio horrible pero una bendición para aquéllos sin trabajo, pues hace buena temperatura, hay periódicos, etcétera. El secretario, Paddy Grady, es un minero sin trabajo. Un hombre alto y delgado, de unos 35 años, inteligente y bien informado, muy servicial. Es soltero y gana 17 chelines a la semana; se halla en muy malas condiciones a causa de muchos años de mala alimentación y forzado ocio. Tiene casi deshechos los dientes delanteros. Todos los hombres de NUWM, muy amistosos y con ganas de facilitarme información en cuanto han sabido que soy un escritor y que voy reuniendo datos sobre las condiciones de vida de la clase obrera. Me llaman «señor," o «camarada» (14).

             En sus indagaciones subsiste un horror hacia la pobreza --aunque piensa que son muchas las ventajas que el movimiento obrero ha conseguido--, y admira las cualidades y el valor de los trabajadores, en particular de los mineros. , En un párrafo del libro llega a afirmar: «Si hay un hombre ante el cual me siento realmente inferior, éste es un minero». Descubre que ellos son la otra cara de la moneda de una sociedad ociosa y opulenta. Tenían que trabajar: «Para que Hitler pueda marchar al paso de oca, para que el papa pueda condenar el comunismo, para que el gentío pueda reunirse los domingos en el cricket y para que los poetas puedan rascarse mutuamente las espaldas; el carbón tiene que salir».

            El libro fue duramente criticado, en particular por los militantes de la izquierda, incluidos los que Orwell trató directamente. El eje de todas las críticas estriba en la incapacidad del autor en establecer un contacto estrecho y real con la clase obrera. Naturalmente, muchas de las críticas provenían de organizaciones que, como la laborista, eran (atacadas con dureza). Para Mr. Hammond, un viejo militante comunista al que Orwell tuvo gran estimación, la segunda parte era insultante y llena de ignorancia, mientras qué la primera, quitando los pasajes sobre la suciedad --Orwell identificaba desde su infancia a los obreros con la gente sucia--, constituía un bello ejemplo de propaganda auténtica, bella e inteligente, con una notable capacidad para narrar con claridad.

           Hasta la víspera de su viaje a Wigan, las relaciones de Orwell con el socialismo eran muy superficiales. Vagamente socialista desde hacía tiempo, lo que le definía era su actitud de rebelde y unas convicciones en las que se combinaban el anticolonialismo, el pacifismo, el humanismo radical y el racionalismo ateo. El ya citado Kennan dijo que no estaba seguro de que Orwell «fuera un socialista convencido, aunque sí estaba persuadido de que era necesario hacer unos cambios importantes».

            Su posición frente al Labour Party fue siempre inequívocamente crít1ca, lo tachaba abiertamente de cómplice del colonialismo, aunque esta crítica la hacía arbitrariamente extensiva a toda la izquierda. "Todos los partidos izquierdistas de los países altamente industrializados son en el fondo un camelo porque se dedican a luchar contra algo que en verdad no desean destruir. Tienen objetivos internacionalistas, y al mismo tiempo luchan para mantener un nivel de vida con el que son incompatibles sus fines. Todos vivimos de robar a coolies asiáticos, y aquellos de nosotros que somos «ilustrados» sostenemos que esos coolíes deben ser liberados; pero nuestro nivel de vida, y por tanto nuestra «ilustración», exigen que ese robo continúe...

            Nunca aceptó el tímido reformismo del Labour Party. Ni siquiera en la segunda mitad de los años cuarenta se sintió de acuerdo con el "reformismo enérgico"  de Aneurin  Bevan.

            No obstante, sus críticas y sus descripciones del laborismo y el socialismo oficial británicos fueron, cuanto menos, bastante superficiales. Para él, el socialista típico era:  "...el hombre anquilosado y pequeño con la única faena de ir con cuello blanco, habitualmente abstemio a escondidas y en ocasiones con debilidades vegetarianas (...)  Un hombre más bien delgado y pequeño, cara blanca y cabeza pelada, derecho encima de una .plataforma, disparando consignas".(15).

            Tampoco distingue con claridad las diferentes tendencias, y se muestra lleno de prejuicios cuando escribe:  "En ocasiones tengo la impresión que las solas palabras «socialismo» y «comunismo» atraen en Inglaterra, con una fuerza magnética, a todos los bebedores del suco de fruta, nudistas, sandalieros, maníacos sexuales, cuáqueros, curanderos de medicina natural, pacifistas, feministas... (16)

             Por su espíritu anárquico tampoco le resultó atractivo el comunismo oficial, aunque esto no fue obstáculo --como en el caso de los laboristas- para que mantuviese estrechas relaciones con diversos intelectuales comunistas o procomunistas, y sintió un gran aprecio por los militantes de base, incluso en España después de la persecución del POUM. También por aquella época tuvo estrechas relaciones con Red Groves, uno de los dirigentes del trotskismo inglés, pero a pesar de todas las discusiones que sostuvo sobre la cuestión obrera, su idea fue que el socialismo que deseaba Inglaterra se parecía al anticapitalismo agrario y medievalista de Chesterton. Todas las ilusiones de estas corrientes por atraerlo hacia sus filas fueron destruidas por el «socialismo excéntrico» de Orwell.

            Mayor afinidad mostró hacia el Independent Labour Party, con el que mantuvo una relación más continuada y estable, y con el que se sentía más identificado por varios motivos. Este grupo, que tuvo una gran importancia en la Inglaterra de los años treinta, representaba el sector más radical del laborismo, con el que rompió por la actitud complaciente de éste ante la Sociedad de Naciones. Combinaba un radicalismo empírico, impregnado de evangelismo y de socialismo tradicional inglés, era abiertamente anticolonialista y quería la revolución «aquí y ahora». Era también muy pacifista, y estaba por el desarme unilateral de Inglaterra. Al carecer de una línea estratégica propia, sufría la influencia del trotskismo --junto con la oposición trotskista y otros grupos de izquierda discutió durante cierto tiempo la posibilidad de constituir una Cuarta Internacional distinta y opuesta a la Segunda socialdemócrata ya la Tercera estalinista--, pero su voluntad revolucionaria era más limitada. Su lugar se encontraba entre el trotskismo y las organizaciones de la izquierda tradicional. combinando radicalismo y moderación; protagonizó junto al POUM y otros grupos comunistas y socialistas de izquierda el Buró de Londres, una pequeña internacional que duró poco tiempo y desapareció prácticamente con la represión del POUM.

           Orwell se convirtió en «compañero de ruta» de este partido y participó activamente en alguna de sus actividades culturales, en concreto, en la que se realizó en la escuela donde trabajaba en el verano de 1936; allí se enfrentó con los planteamientos más rigurosamente marxistas. Para él, un marxista ortodoxo  «. . .es como mirar a alguien cortar a hachazos un pato asado», y critica el determinismo económico que a su juicio no puede explicar «el esnobismo extraño, y en ocasiones heroico, que se encuentra en la clase media inglesa. . . ni tiene en cuenta las estratificaciones existentes en el interior mismo de la clase media».

           Su olfato político le llevó a subestimar el peligro fascista al que contempló en la versión inglesa de Leonard Mosley y que le pareció bastante esperpéntica. No resulta evidente sí tuvo o no una conciencia clara de lo que significó la victoria de Hitler sobre el movimiento obrero más poderoso del mundo. El caso es que cuando estalló en julio la sublevación militar fascista en España, todo cambió para él. El socialista escéptico e individualista sintió la llamada del antifascismo, de la revolución y de la lucha armada, abandonando sus recién creadas condiciones de vida pequeñoburguesa.

       Notas

----1). Bernard Crick,  George Orwell, Una vie, Ed. Grasset, París, p.159.
----2) Este libro, el más importante de London en opinión de algunos especialistas, está editado en El Viejo Topo..
----3) Bernard Crick, o,c. P.164.
----4) A mi manera, p. 225
----5). Sin blanca en París y Londres. Barcelona, Destino, 1981. 6, Crick,o.c.,p.188.
----6) Bernarde Crick, o. c. p. 188.
----7) Idem, p, 195
----8) ¡Vencistes Rosemary! (Ed. Destino, Barcelona, 1980)
----9) Idem, p. 114
----10). Crick, o.c, p. 201.
----11). Ante la sorpresa de los asistentes a un programa de televisión ("La víspera de nuestro tiempo", del 17 de septiembre de 1983) dedicado a «Las profecías negras de Orwell», el guión introductorio concluía con un mensaje de fe que se atribuía --como se solía hacer en los manuales franquistas con los escritores anticatólicos que al final siempre se convertían- al testamento final de Orwell. No han faltado intentos de convertir post-mortem a Orwell en un cristiano --cf. , Christopher Hollis, A study of George Orwell--, pero todos los intentos se han visto abocados al fracaso porque Orwell siempre fue ateo y anticlerical.
----12). A mi manera. p. 60.
----13)  Idem, p. 63.
----14). Por su parte, Kennan describe como sigue a Orwell: «Me contó que había sido coronel en la policía militar birmana, que había hecho sus estudios en Eton, y que jamás había visto una región industrial en su vida. Recuerdo haberle oído decir que antes de su viaje al norte, nunca había visto una gran chimenea de fábrica. (...) Sobre el plan político, era sobre todo un joven cínico, que parecía buscar una filosofía. Era visiblemente opuesto al imperialismo británico tal como lo había visto. Quería descubrir el espíritu y el pensamiento de los obreros. Sobre todo de los mineros y de los obreros en paro». Crick. o.c. , p. 257.
----15). El camino de Wigan Pier, Barcelona, Destino, pp. 248-305.
----16)  Idem, p.206.

  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, mayo 2006 

 
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