Hungría, octubre 1956: socialismo
y libertad
Pepe Gutiérrez-Álvarez
El estalinismo, que había salido reforzado
con la victoria sobre el nazismo, y que se había extendido su poder
en toda Europa del Este y China (1949), parecía haber llegado un punto
de no retorno, a inaugurar una nueva era “socialista” que, entre otras cosas,
reafirmaba su victoria histórica contra el “viejo” socialismo revolucionario
y pluralista...Era una época en la que figuras como Trotsky llegó
a parecer casi una figura arqueológica tanto como lo podía
ser Aníbal, que había llegado hasta las puertas de Roma para
retroceder hacia una muerte trágica y aislada. Sin embargo, ya a finales
de los años cuarenta algo comenzó a cambiar. Con la “desviación
titoista” tuvo lugar una primera ruptura, en países como Francia o
Italia, el debate sobre los campos de concentración y la represión
de la disidencia ya se habían hecho estables y movilizaban a un sector
cada vez mayor de la intelligentzia de la izquierda, en 1953, tras la muerte
de Stalin, tuvieron lugar las revueltas obreras de Alemania del Este, tres
años más tarde, el movimiento comunista se conmovía
de pies a cabeza con las “revelaciones del XX Congreso del PCUS, y en Octubre
de 1956 estallaba la revolución en Hungría, un país
que en 1919 había vivido intensamente una repetición frustrada
de la revolución de Octubre bajo la iniciativa de los consejos obreros...
Una historia qua quizás pueda parecer
lejana pero cuya importancia no puede ser desmerecida, de entrada porque
contribuye a comprender mucho mejor el “fracaso del socialismo”, un ideal
que, al decir de los obreros polacos, había sido un buen invento pero
que había sido mal aplicado. El socialismo es inherente a la libertad,
y esto lo tuvieron claro los trabajadores, los estudiantes y los intelectuales
obreros húngaros que en pleno fervor revolucionario descabezaron las
odiosas estatuas de Stalin, momento que quedó inmortalizado en unas
fotos que nos hablaban de la víspera de nuestro tiempo: de la crisis
irreversible del estalinismo. Un desastre o un desvío de una revolución
que podía haber sido muy diferente...
La conmoción provocada por el XX Congreso
del PCUS, con el inaudito “Informe Kruschev” sobre los crímenes de
Stalin, a pesar de sus contradicciones y limitaciones, sirvieron para
legitimar en cierta medida el movimiento de protesta que, en el verano de
1956, afectaba en Hungría a todos los grupos sociales y en especial
a estudiantes e intelectuales Las voces más numerosas reclamaban medidas
urgentes para corregir el modelo socialista. Decía Bela Kovacs, el
secretario del Partido de los Pequeños Propietarios liberado en abril,
que nadie pensaba entonces en volver a la situación anterior a 1945.
La frase probablemente fuera exagerada. En la manifestación del 56
se confundieron distintas corrientes, desde comunistas, anticomunistas, demócratas,
liberales, socialdemócratas, hasta nostálgicos horthystas,
y confluyeron las insatisfacciones materiales derivadas de la industrialización
acelerada y la crítica al sistema de poder responsable de la anterior.
El denominador común de los manifestantes radicaba en la defensa de
un patriotismo independiente y soberano.
Ya en julio de 1956, Moscú, consciente
del malestar existente en el partido húngaro, envió a Budapest
a dos eminentes jerarcas, Mikoyan y Suslov, para arbitrar una solución.
Esta no fue otra que la de hacer dimitir de la dirección al odiado
Rakosi, nombrando en su lugar a E. Geröe (igualmente poco popular por
su identificación con el sistema del anterior), e incorporar a la
ejecutiva a Janos Kadar y otros de los llamados comunistas nacionales (que
habían pertenecido a la Resistencia), representantes de una línea
centrista y moderada. La nueva dirección anunció un programa
con determinadas concesiones, que fueron consideradas insuficientes por la
oposición. Entre las resoluciones adoptadas, estaban la de rehabilitar
a las víctimas del rakosismo, celebrándose honras fúnebres
en su recuerdo (el 6 de octubre tuvo lugar el funeral por Rajk), que congregaron
a mucha gente; readmitir a Imre Nagy en el Partido (13 de octubre); y mejorar
las relaciones diplomáticas con Yugoslavia, siguiendo el ejemplo de
Moscú. En este sentido, en septiembre se firmó un protocolo
de cooperación económica, y el 15 de octubre salió para
Belgrado una delegación húngara encabezada por Geröe y
Hegedüs -presidente del Consejo- con objeto de proseguir las negociaciones.
El regreso de la delegación a Budapest coincidió con la manifestación
preparada por intelectuales y estudiantes para ese día, 23 de octubre.
Los manifestantes se congregaron ante
la estatua del poeta Petöfi, recitándose un poema simbólico
-Talpra Magyar- que recordaba los inicios de la revolución antihabsbúrgica
de 1848. El Gobierno, desconcertado e indeciso, terminó por consentir
la manifestación que en un principio había prohibido. La multitud
-formada por intelectuales, estudiantes, empleados, obreros, campesinos,
e incluso soldados de uniforme-, que portaba banderas nacionales sin el emblema
comunista, mostró después su solidaridad con el pueblo polaco
en la plaza de Joseph Bern -un general polaco que luchó con los húngaros
en 1848-49-. Se leyó allí el comunicado elaborado por la Unión
de Escritores, que, en la misma línea reformista y moderada de las
propuestas del Círculo Petöfi, pedía la reunión
del Comité Central del partido y la incorporación de Imre Nagy
al Gobierno. También se dio lectura al manifiesto reivindicativo de
los estudiantes, más radical y mucho más aplaudido que el texto
anterior. Era una carta de 16 puntos en la que, entre otras exigencias, se
formulaba la necesidad de evacuación de las tropas soviéticas,
la reconstitución del Gobierno bajo la dirección de Imre Nagy
y la expulsión de los estalinianos, elecciones generales con sufragio
universal y secreto y participación plural de partidos, derecho de
huelga para los trabajadores, revisión de los tratados soviéticohúngaros,
de los procesos político y económico, y rehabilitación
de las víctimas del rakosismo además, por supuesto, de proclamar
la solidaridad con el pueblo polaco.
A continuación, el grito de ¡Nagy
al poder! se convirtió en el lema más repetido por la multitud.
¿Qué hacía entretanto el personaje cuyo nombre se invocaba
con intenciones mesiánicas? Nagy no participó en la manifestación,
pero se vio obligado por la tarde a dirigir unas palabras a la muchedumbre.
Habló desde la sede del Parlamento con un lenguaje gubernamental,
racional más que sentimental, sobre la solución de los problemas
y divergencias a través de la discusión y la negociación,
animando a la gente ante todo a preservar el orden constitucional y la disciplina.
A la misma hora aproximadamente, el primer secretario del partido, E. Geröe,
emitió un comunicado por radio en el que defendió el poder
de la clase obrera y concluyó por condenar una manifestación
que calificaba de nacionalista. ¿Se trató de una provocación
deliberada? Lo cierto fue que el comunicado del secretario decepcionó
profundamente a los manifestantes, ya raíz del mismo los acontecimientos
se precipitaron en una espiral de violencia, en el edificio de la Radio,
en la sede del periódico oficial del partido, y en otros barrios de
la ciudad. La AVH protegió los puntos neurálgicos de la población,
pero la calle fue tomada por los insurgentes.
Los límites de la solución Nagy
Llegó un momento en el que la situación
para el Gobierno era en extremo difícil, ya que carecía de
autoridad moral, no disponía de fuerzas suficientes para reprimir
la insurrección, y además dudaba de su lealtad, caso de producirse
un enfrentamiento popular. El Comité Central del partido, reunido
urgentemente en la noche del 23 a124, adoptó dos decisiones trascendentales:
nombrar a Imre Nagy presidente del Consejo de Ministros, y solicitar la ayuda
de las tropas soviéticas para restablecer el orden. En relación
al segundo acuerdo, se hizo creer que la petición de ayuda soviética
fue refrendada por Nagy, pero –presume, François Fejtö, el más
reconocido historiador de esta época, basándose en diversos
testimonios- semejante imputación podía formar parte de una
maniobra política para desprestigiar y aislar al personaje, haciéndole
responsable de la invasión. De partida, parece difícil que
Nagy mediara en una decisión cuando aún no había tenido
prácticamente tiempo de tomar posesión del cargo, si se tiene
en cuenta que los tanques soviéticos aparecieron en las calles de
la capital en las primeras horas del día 24 de octubre. El asunto,
no obstante, permanece oscuro, aunque quizás los húngaros de
hoy lo conozcan mejor. En efecto, el The Budapest Post comunicaba en febrero
de 1993 la publicación de dos libros, El expediente Yeltsin y Las
páginas que faltaban, con documentos de origen soviético sobre
la revolución de 1956, que Boris Yeltsin había regalado durante
su visita a Budapest en noviembre de 1992 al presidente húngaro Arpad
Göncz.
Cuando fue interrogado por un periodista del
citado semanario, el presidente del Consejo de Ministros húngaro el
23 de octubre de 1956, Andras Hegedüs, declaró su satisfacción
por la entrega de estos documentos, y, aunque aún no los había
leído, no dudaba de su interés para explicar su propia actuación
en aquellos dramáticos días, señalando al respecto que
él no actuó solo y que lo hizo por sentido de responsabilidad
política. Los documentos parecen revelar que la carta de los dirigentes
húngaros pidiendo la intervención armada soviética fue
firmada después del 23 de octubre, y fue utilizada sólo más
tarde para justificar la invasión de cara a la comunidad internacional.
En todo caso, lo que está claro es que los dirigentes húngaros
se comportaron entonces de manera muy distinta a como lo habían hecho
sus homónimos polacos. En lugar de hacer causa común con el
pueblo, llamaron a las tropas soviéticas, comprometiendo en alto grado
a Nagy, cuya presidencia se verá inmediatamente hipotecada por la
invasión militar. De poco servirá que el día 25 Mikoyan
y Suslov sustituyan a Geröe por Janos Kadar en el cargo de primer secretario
del partido, y que autoricen -¿era sincera la autorización?
- días más tarde a Nagy ya! nuevo equipo a ensayar la vía
nacional hacia el socialismo, dándoles las mismas concesiones que
a la Polonia de Gomulka. Tres factores neutralizarán esta solución:
la radicalización de la insurrección en la capital, como consecuencia
del luctuoso suceso ante el Parlamento el 25 de octubre, a resultas del cual
murieron varios centenares de personas; la extensión del movimiento
a provincias, particularmente a las occidentales; y, finalmente, el desacuerdo
creciente entre Nagy y el grupo “centrista” de Janos Kadar.
La hora de los comités y consejos
obreros
Los trabajadores se pusieron en pie y la huelga
general empezó espontáneamente en Budapest el día 24
tras la intervención militar, y en los días siguientes se propagó
al resto del país. En casi todas las ciudades y pueblos de Hungría
se constituyeron, a veces de modo violento pero las más de forma pacífica,
comités y consejos revolucionarios que asumieron el poder llevados
por un irresistible espíritu de antiautoritarismo (Feher-Heller).
Fueron capaces de implantar una libertad de prensa, que permitió publicar
y emitir toda clase de propaganda, salvo la de los nazis húngaros,
cuyo periódico Aurora fue vetado. Entre estas instituciones, surgidas
de modo espontáneo, sobresalieron los Consejos Obreros, elegidos en
el plazo de sólo dos días (26-28 de octubre) en todas las fábricas
del país. El día 31 de octubre se reunió en Budapest
un Parlamento de los Consejos Obreros, en el que estuvieron presentes delegados
de las fábricas más importantes del país, que aprobó
una declaración de los derechos y deberes de los nuevos organismos.
Aquella carta transformaba radicalmente la organización de la fábrica
impuesta por el régimen rakosista. En la misma se afirmaba, en efecto,
que la fábrica pertenecía a los trabajadores, y que su control
estaría en manos de un Consejo Obrero elegido democráticamente
por éstos.
No obstante, la acción revolucionaria de
los Consejos y Comités no iba contra el Estado, sino contra la forma
totalitaria del Estado y su sumisión a la Unión Soviética.
La aceptación del Gobierno Nagy por parte de las instituciones revolucionarias
quedó condicionada al grado de cumplimiento que aquel hiciera respecto
a sus aspiraciones nacionales y sociales. De todas partes llegaban a Budapest
delegados con las reclamaciones de los Comités y Consejos Obreros
para ser discutidas con Nagy, quien se encontraba en aquellos primeros días
en una posición algo rezagada respecto a la presión popular,
pero también algo adelantada respecto al resto del equipo dirigente.
Pero también es cierto que el programa aprobado por el Consejo Obrero
y el Parlamento de estudiantes de Miskolc alcanzó un cierto carácter
representativo. Se pedía en él la formación de un gobierno
provisional, democrático, soberano e independiente, con exclusión
total de los rakosistas, y fundamentado en el Partido Comunista Húngaro
y en el Frente Popular; elecciones generales, libres, y con participación
plural de partidos; retirada inmediata de las tropas soviéticas; reconocimiento
de las reivindicaciones formuladas por los Consejos Obreros y Parlamentos
de estudiantes de todo el país; abolición de la policía
de seguridad del Estado (AVH), y reorganización de las fuerzas armadas
(milicia y ejército regular); en fin, la amnistía completa
para los patriotas que habían participado en la revolución.
En esta situación, el proceso
de constitución de los nuevos órganos de representación
alcanzó en los últimos días de octubre un ritmo muy
vivo. En los pueblos, en las fábricas, en los sectores profesionales
y de servicios, en los cuadros de la administración, hasta en las
fuerzas militares (Comité revolucionario de la Defensa Nacional, formado
el día 29 por el general Bela Kiraly y el coronel Pal Maleter), por
todas partes surgieron de modo espontáneo Consejos y Comités.
Con estas nuevas instituciones, la revolución se encaminaba hacia
una forma de Estado que garantizara el libre desarrollo del pueblo húngaro,
decía Radio Miskolc el 30 de octubre; hacia una Hungría libre,
independiente, democrática y socialista, emitía por su parte
Radio Budapest el mismo día.
Semejante propuestas, aunque finalmente
fueron plenamente asumidos por Nagy, no los compartieron, sin embargo, ni
el Kremlin, ni aquellos húngaros partidarios de un nacionalismo radical,
antisemita y conservador , que dominaban en el Consejo Nacional Transdanubiano,
de Györ, y en Budapest giraban en torno a Jozsef Dudas, militar y editor
del periódico Hungría Independiente. En esta línea,
el papel desarrollado por Radio Europa (que se emitía en húngaro
desde Munich por refugiados al servicio de la CIA, y era muy oída
en Hungría, en particular en su parte occidental) fue en alto grado
desestabilizador al concentrar sus acusaciones en los que denominaba estalinistas
ocultos, y en especial en Imre Nagy, a quien presentaban como un traidor
y un asesino del pueblo (27 de octubre).
Aquí entra la poderosa Iglesia
católica, y en su emisión del 31 de octubre, Radio Europa Libre
se refería al cardenal Jozsef Mindszenty como el más legítimo
jefe del movimiento nacionalista húngaro. El mencionado cardenal acababa
de ser liberado por Nagy , que esperó alcanzar del primado de la Iglesia
católica el mismo apoyo hacia el gobierno de unidad nacional que ya
había acordado con los jefes de las comunidades calvinista, luterana
y judía. En sus Memorias, el cardenal señala que, después
de su famosa alocución radiofónica del día 3 de noviembre,
fue felicitado por Zoltan Tildy por la gran ayuda que acababa de prestar
con mis palabras al nuevo Gobierno nacional. Sin embargo, ni una sola voz
de aliento y simpatía hacia Nagy pronunció expresamente Mindszenty
en aquel discurso. Cierto, hizo algunos llamamientos en la misma línea
que el Gobierno, como la petición de la vuelta al trabajo, la aprobación
de la neutralidad y la condena de las venganzas privadas.
Sin embargo, estos contenidos quedaban muy
diluidos en el conjunto de un mensaje donde también se negaba legitimidad
al Gobierno democrático de 1945; se pedían elecciones bajo
control internacional, situándose el primado al margen de los partidos
y por encima de ellos; se defendía el derecho de propiedad equitativamente
limitado por los intereses sociales, y la preocupación por preciadas
instituciones con un gran pasado, concluyendo el cardenal con la petición
del restablecimiento inmediato de la libertad de enseñanza religiosa,
así como la restitución de las instituciones y asociaciones
de la Iglesia católica, incluida su prensa. El primado habló,
en definitiva, sin tener en cuenta que durante su encierro se habían
firmado en 1950 unos acuerdos que regulaban las relaciones entre la Iglesia
y el Estado. Pocos días más tarde, sin embargo, en la primera
entrevista que concedió a los periodistas en la embajada de EE.UU.
donde se refugió, Mindszenty declaró que Sólo el Gobierno
de Imre Nagy es el legal húngaro. Kadar ha sido impuesto por el extranjero.
Rechazo su Gobierno como ilegal.
En el momento en que en 1955 Nagy cayó
en desgracia, preparó unos “Memorandums” para el Comité Central
y para Andropov, entonces embajador de la Unión Soviética en
Hungría, con objeto de justificar su actuación anterior. Las
ideas reformistas que allí se defendían alertaron a sus adversarios
estalinistas, que vieron la amenaza que aquéllas representaban para
el sistema de partido único, tal vez en mayor medida que el propio
autor. Nagy se refería, en efecto, a un régimen de democracia
popular que tuviera en cuenta los ideales de la clase obrera, en el cual
la vida pública se basaría en fundamentos éticos, y
en los cuatro principios políticos siguientes: la separación
de los poderes del Estado y del partido; la reorganización de la administración
del Estado con un criterio descentralizador; la potenciación del Parlamento
y del Gobierno, con menoscabo del poder del partido; y, finalmente, la reorganización
del Frente Popular en la línea que apuntó en 1954. No menos
heterodoxo se manifestó Nagy en política exterior: Nuestro
país -decía debe evitar la participación activa en el
conflicto entre bloques.
Dichos Memorandums encerraban
toda una teoría política que Nagy aplicará hasta sus
últimas consecuencias cuando opte abiertamente por la Hungría
real. Según Feher y Heller, Nagy había firmado la solicitud
de ayuda al ejército soviético, y su primer comunicado al país
(24 de octubre), aunque sin incurrir en las amenazas pronunciadas por Geröe
y Kadar, calificaba a los trágicos sucesos de contrarrevolucionarios.
Muy probablemente fuera esa la reacción instintiva de un viejo bolchevique
con casi cuarenta años de militancia. Pero a partir de entonces, Imre
Nagy decidió frenar desde el poder la solución estalinista
de aplastar violentamente el movimiento, legitimando su gobierno en la manifestación
del 23 de octubre (base de la nueva situación, dirá Kadar el
1 de noviembre), que había acabado con el sistema impuesto y legalizado
en la Constitución de 1949. Así pues, la composición
del Gobierno del 26 de octubre demostró el afán que todavía
animaba a Nagy de apaciguar a los insurgentes sin intranquilizar al Kremlin.
Así, aunque excluyó a algunos rakosistas, mantuvo a otros en
puestos clave de la administración e hizo entrar en el gabinete a
personalidades de destacada significación, como a los comunistas F.
Münnich y G. Lukács, ya algunos de los líderes de la política
anterior a 1948, como Z. Tildy, Bela Kovacs y F. Erdei. Tal composición
no presagiaba el anuncio de las reformas que se hicieron públicas
en el comunicado del día siguiente. Aparte de que ya el movimiento
popular dejaba de ser considerado como una contrarrevolución, el Gobierno
prometía discutir las reivindicaciones elaboradas por los Comités
revolucionarios y Consejos Obreros, cuya existencia era reconocida en el
nuevo marco político.
A partir de esta fecha, y hasta
su caída, la solidaridad de Nagy con el pueblo fue en aumento, a pesar
de algunas manifestaciones de violencia indiscriminada hechas por las masas,
cuyo exponente más trágico fue la masacre ante el Centro del
Partido Comunista de Budapest ocurrida el 30 de octubre, en la que resultó
muerto, entre otros, el nagysta Imre Mezö. Ese mismo día, Nagy
reconoció lo que venía siendo un hecho desde el 23 de octubre,
el final del partido Único, y anunció un Gobierno de coalición,
semejante al de 1945, y el inicio de conversaciones con la Unión Soviética
para la evacuación de sus tropas.
Finalmente, los últimos
tanques soviéticos salieron de la capital el 31 de octubre, pero no
del país, ya que -según explicaron Mikoyan y Suslov- su presencia
no era un asunto bilateral entre Hungría y la URSS, sino que concernía
a todos los signatarios del Pacto de Varsovia. Los pasos siguientes fueron
declarar la neutralidad de Hungría, acordada por el Gobierno y la
directiva del Partido el 1 de noviembre (Kadar abandonó la capital
a las pocas horas con rumbo desconocido), y denunciar el Pacto. Mientras
sucedían estos acontecimientos en la capital, nuevas tropas soviéticas
empezaron a entrar en el país sin haber mediado en esta ocasión
petición alguna por parte del Gobierno nacional. No obstante, aún
quedaban dos días durante los cuales Hungría vivió el
sueño de ser un país libre, independiente y neutral, pareció
que se recobraba la normalidad, y los partidos políticos de 1945 comenzaron
a reorganizarse .
Esta segunda invasión soviética
de Hungría se vio facilitada en el contexto internacional al coincidir
con la acción francobritánica contra Suez, que suscitó
graves divergencias entre Washington y sus principales aliados en Europa.
A pesar de las declaraciones del presidente Eisenhower en favor de la causa
húngara, y de la propaganda norteamericana que sembró la esperanza
en los ánimos de los revolucionarios de una ayuda de Occidente, los
EE.UU. no hicieron nada más que plantear, sin mucha convicción,
el problema en el Consejo de Seguridad de la ONU, y facilitar la acogida
de refugiados. Los acuerdos de Yalta estaban vigentes y limitaban su esfera
de acción al ser Hungría un asunto del bloque oriental. Y ninguna
de las grandes potencias estaba dispuesta a correr riesgos innecesarios sometiendo
a revisión el statu quo surgido de la Segunda Guerra Mundial.
Ante tales circunstancias, el inoportuno
ataque anglo-francés contra Egipto a partir del 31 de octubre con
el pretexto de la nacionalización del canal de Suez, proclamada por
Nasser a finales de julio, esfumó las esperanzas de una ayuda occidental
a Hungría al romper la unidad de los países de la OTAN, situar
a la URSS y EE.UU. en el mismo bando de defensa de la paz mundial, y desacreditar
en adelante cualquier manifestación prohúngara proveniente
de las agresoras Gran Bretaña y Francia. La invasión militar
soviética de Hungría fue también apoyada por la casi
totalidad de los partidos comunistas de los países occidentales, incluyendo
el PCE que acababa de diseñar su política de “reconciliación
nacional”. Pero provocó una gran indignación en muchos de sus
militantes, especialmente entre los intelectuales franceses que dedicaron
un número extraordinario de la revista Les Temps Modernes (1956-57)
a la revolución de Hungría. En él se afirmó sin
ambages que octubre del 56 no fue un levantamiento de la chusma ni un motín
contrarrevolucionario, sino un acontecimiento profundamente enraizado en
la política estaliniana. Por entonces, grupos minoritarios pero muy
activos de filiación trotskista y anarquista, ya habían desarrollado
una amplia campaña de solidaridad con los consejos obreros.
De Imre Nagy a Kadar
Consciente de lo que estaba en
juego, el último gobierno de coalición formado por Nagy hizo
público el 3 de noviembre su firme propósito de impedir la
restauración del capitalismo en Hungría, pero también
de defender con el mismo ahínco las conquistas de la revolución,
en particular la independencia nacional, la neutralidad y la construcción
del socialismo sobre una base democrática. En aquel gabinete, los
comunistas disidentes estuvieron representados por Losonczy, Maleter y el
propio Nagy; los Pequeños Propietarios por Tildy, Kovacs y Szabo;
los Socialdemócratas por Anne Kethly, Kelemn y Fischer; y los Nacional
Campesinos (reconvertidos en Partido Petöfi) por Bibo y B. Farkas. La
inclusión en el Gobierno del nombre de Kadar era totalmente ilusoria,
porque para entonces ya se conocía su salida de Budapest, junto con
Apro, Münnich, y otros. Pocas horas antes de formar este
Gobierno, Nagy había comunicado al secretario general de la ONU la
entrada de las tropas soviéticas en Hungría, y solicitó
su mediación para negociar con la URSS, con la que trataba inútilmente
de llegar a un acuerdo a través de su embajador, Andropov. La delegación
húngara -F. Erdey, P. Maleter, I. Kovacs y M. Szücs-, que finalmente
se desplazó a Tököl el 3 de noviembre para negociar con
los soviéticos, fue detenida allí mismo, apenas comenzada la
entrevista.
Esta segunda y definitiva invasión
militar se puso en marcha, y en las primeras horas del 4 de noviembre los
tanques soviéticos entraron en Budapest. Imre Nagy y algunos de sus
colaboradores se refugiaron, en vano, en la embajada de Yugoslavia, mientras
en el edificio del Parlamento quedó István Bibo como único
representante del gobierno legítimo húngaro. A él le
correspondió formular en la madrugada del día de la intervención
la última declaración de que Hungría no pretendía
seguir una política antisoviética sino coexistir en una comunidad
de naciones libres del Este de Europa cuyo objetivo sea fundar sus vidas
sobre la base de los principios de libertad, de justicia y de una sociedad
libre de explotación.
Nagy concluyó con una desesperante
petición de ayuda a las grandes potencias y a las Naciones Unidas
en favor de la libertad del pueblo húngaro. Antes de terminar aquel
día, las emisoras del este de Hungría difundieron comunicados
de Münnich y de Kadar, anunciando su ruptura con Nagy y la fundación
de un gobierno revolucionario obrero y campesino en la ciudad de Szolnok
que, además de solicitar la ayuda soviética, incluía
en su programa casi todos los puntos del Gobierno anterior, salvo lo referente
a las elecciones libres, pluripartidismo y neutralidad. El 23 de noviembre
de 1956 Imre Nagy y sus allegados fueron sacados de la embajada yugoslava
y deportados a Rumania, no obstante haber prometido Kadar a Tito su liberación:
En un proceso secreto, Nagy fue acusado de alta traición por conspiración,
complicidad con los crímenes contrarrevolucionarios y abrogación
del Tratado de Varsovia. El 16 de junio de 1958 fue ejecutado, junto a Pal
Maleter, Jozsef Szilagyi y Miklos Gimes (Geza Losonczy había muerto
ya en la cárcel). Yugoslavia volvió a protestar contra la violación
de las garantías que Kadar había dado de forma solemne, y muchos
intelectuales de todas las tendencias militantes socialistas y comunistas
expresa ron igualmente su indignación en Europa occidental.
El régimen neoestalinista de
Kadar, después de una primera etapa de brutal represión, se
fue consolidando en los años siguientes. El partido -ahora llamado
Socialista y Obrero- recuperó su papel de control sobre el Estado
y la sociedad, y los húngaros se vieron obligados a aceptar con resignación,
una ve: más en su historia, el fracaso de una revolución. Gracias
a la coyuntura mundial favorable de los años sesenta, a la ayuda económica
de la Unión Soviética, ya la flexibilidad introducida en el
sistema de planificación, el Gobierno fue capaz de mejorar sustancialmente
el nivel de vida de las gentes, sobre todo en comparación con los
otros países de la Europa del Este. La estabilidad del régimen
quedó asegurada por un sistema de opresión que abandonó
el estalinismo más duro, y se aplicó únicamente a los
que desobedecieran las órdenes del Gobierno. La divisa kadarista,
según la cual quienes no están contra nosotros están
con nosotros permitió ensanchar la base social del sistema, y hacer
emerger un consenso basado en parte en la templanza de las fuerzas revolucionarias,
y en parte en la mejora material de las masas despolitizadas. Dentro del
bloque oriental, la Hungría de Kadar se convirtió en un país
relativamente “liberal”, pero la crisis no se hizo esperar, y cuando la burocracia
soviética hizo quiebra, el “kadarismo” tuvo los días contados.
Pero esta es ya otra historia.