En torno a la película sobre
Salvador Puig Antich
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Han tenido que transcurrir tres décadas para que
una de las páginas más negras del final del franquismo/inicio
de la Transición (dos tiempos que se confunden), concretamente la del
asesinato legal de un muchacho idealista como tantos otros, Salvador Puig
Antich (Barcelona, 1947-Ib.1974), haya podido ser abordada. En a lo largo
de todo este tiempo, fueron muy pocas las aportaciones dignas de reseña,
y este fue el caso del libro colectivo La torna de la torna (Empúries,
Barcelona, 1985), firmado por el colectivo Carlota Tolosa detrás del
cual se reunía un grupo de periodistas, entre ellos un “outsider”
como Ramón Barnils. Fue un éxito considerable, pero su repercusión
mediática fue muy limitada, además aquellos fueron unos años
en los que todavía no nos habíamos recuperado de la derrota
del Referéndum sobre la OTAN, y a la restauración conservadora
le quedaban bastantes años de marcha triunfal.
Tuvieron que pasar más de quince años para
ver un libro con bastante similitudes: Francesc Escribano,
Compte enrera.
La historia de Salvador Puig Antich (Edicions 62, Barcelona, 2001; en
castellano,
Cuenta atrás en Península). Escribano, que
acababa de escribir la “biografía oficial” del obispo más emblemático
de la Teología de Liberación, Pere Casaldáliga, también
escribirá el guión de un intenso documental sobre Salvador que
se incluía en la serie Dies de Transició, que, entre otros capítulos,
abordaba la huelga de la Forsa o la detención de los 113 miembros
de la Asamblea de Cataluña, episodio que de alguna manera conecta
con el “caso de Salvador” con el que coinciden en la cárcel Modelo.
Por más que resulte más que justificable una profunda desconfianza
hacia un medio tan institucionalizado como la Televisión, no creo
que se puedan meter todos los programas en el mismo saco como un todo reaccionario,
y no distinguir algunos programas como La Noche Temática en la 2,
o Documentos TV de Pedro Erquicia, programas cuyo discurso a veces refrendan
la “demagogia de los hechos” que hablaba un antiguo, y que bien podrían
servir de base a propuestas subversivas, algo que también suele suceder
con muchos de los informes de la ONU o la OMS. Quizás lo puedan ser
justamente porque (todavía) no existen fuerzas organizadas capaces
de darles una traducción práctica. Algo similar se puede decir
de TV3, en particular de muchos 30 y/o 60 Minuts, baste recordar trabajos
tan valiosos como
Operación Nikolai (un documental de investigación
modélico), o testimonios tan impresionantes como
Las fosas del
silencio o
Los niños perdidos del franquismo, por mencionar
los ejemplos más conocidos. Trabajos que han significado una aportación
de primera magnitud al fenómeno de lo que se ha convenido en llamar
la “memoria histórica”.
Un terreno en el que el “caso” de Puig Antich tiene
su natural trascendencia, sobre todo para una generación, la misma
que resulta exaltada en voz en off al inicio de la película, cuando
se dice que en un país que vivía de rodilla surgió una
juventud que plantó cara a un régimen detestable.
Ni el colectivo Carlota Tolosa ni Francesc Escribano
pretendían ofrecer una versión “definitiva” sobre este episodio
que, si bien se centra en la persona de Salvador Puig Antich, y por lo tanto
concede una amplia atención a sus propias vivencias y a las de su entorno
familiar más próximo, sin excluir sus relaciones más
íntimas, todo queda envuelto bajo el mismo manto de la tragedia. Esto
es lo que sucedió con el caso Saco y Vanzetti, que al tiempo que anarquistas
(ideal que reafirmaron en espera de la muerte y a la que sirvieron con su
actitud lúcida e intachable), y en el que se inscriben las notas sobre
un padre tan derrotado que no puede reaccionar ni ante el cerco de muerte
de su hijo, o el de las hermanas, convertidas evidentemente en protagonistas.
Tanto Tolosa como Escribano tiran del hilo del activismo político,
ofrecen un retrato de la fracción militante en la que estaba implicado
Salvador en la que, ni que decir tiene, aparecen dudas y contradicciones.
O páginas descabelladas como la tentativa de lectura de un manifiesto
por parte de Oriol Solé Amigó en el primer atraco, o el caso
de “el Legionario”, un delincuente que se les enreda por medio. Tolosa ofrece
algunos ejemplos de oposición en el propio seno del régimen
(un procurador que protesta contra la pena de muerte, Camilo José Cela
que se niega a aceptar la presidencia del Ateneo de Madrid por lo de Salvador),
y Escribano reconstruye la evolución del carcelero Jesús Irruren,
que acabará haciendo amistad con Salvador. El franquismo nunca fue,
no pudo ser, tan monolítico, y mucho menos en su fase final. Cualquiera
que haya estado en sus cárceles ha aprendido a distinguir entre guardianes
que merecían ser de Fuerza Nueva, y los de otro tipo, sin duda
menos, que les quitaron a los presos muchos golpes y malos tragos. Cosas
así también sucedían en el Ejército.
Ni Tolosa ni Escribano dedican una atención
permenorizada a la historia del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación)
y de hecho, se puede afirmar sin miedo al error que sin la muerte de Salvador,
y sin la añadida del casi legendario Oriol Soler i Sugranyes, es más
que posible que ningún historiador le hubiera dedicado su atención.
Y esto por una razón muy sencilla, porque su incidencia real fue muy
minoritaria (lo que no es obstáculo para que algunos de sus antiguos
miembros hablen de una influencia que ya habría querido el Labour Party),
de hecho ya se había disuelto cuando detuvieron a Salvador. En un
libro y otro se percibe la dificultad de establecer con precisión su
contenido ideológico. Escribano da la sensación de haberse agobiado
pronto sobre este punto, de manera que se limita a efectuar cuatro trazos
sin preocuparse mucho por su verificación. Pero en esta dificultad
no está solo, y muestra de ello es que en buena parte de los medias,
incluyendo los de raigambre libertaria, se da por buena la filiación
anarquista de Salvador, cuando, en realidad, las inclinaciones del MIL eran
de carácter comunista consejista, la variación izquierdista
surgida de los dos primeros congresos de la Internacional Comunista. Una corriente
en la que tomaron parte históricamente personalidades como Amadeo
Bordhiga, Anton Pannekoeck y Hermann Gorter, el Lukács de Lenin e
Historia y conciencia de clase. A este detalle quizás convendría
añadirle otro más, a saber que el MIL expresaba el sentimiento
de búsqueda del izquierdismo de la época, una época que
–conviene no olvidarlo si se quiere entender algo-, se empezaba de nuevo,
se recomponían los movimientos, y al calor de los mayos del 68 y del
libro de bolsillo deudor de esta fiebre, se había abierto un debate
en el que el sectarismo y los debates abiertos se daban la mano.
Afortunadamente existe un trabajo de campo,
el de Sergi Rosés,
El MIL: una historia política (Alikornio,
Barcelona), que precisa bastante estas cosas. No obstante, a mi juicio se
trata de una investigación ciertamente minuciosa, pero a “vaso cerrado”
sobre los contenidos ideológicos del grupo sobre el que el autor proyecta
y reitera una singular caracterización: no se trataba de un grupo antifranquista.
Es la primera vez que me encuentro con semejante distinción. Hasta
ahora la izquierda revolucionaria que yo he conocido (que no es poca desde
mitad de los años sesenta), lo que sí hacía era insistir
que ser antifranquista consecuente significaba ser al mismo tiempo anticapitalista
y antimperialista. Rosés insiste en las fuentes consejistas del grupo,
pero las restringe a su expresión última, concretamente a las
relaciones de Solé Amigó con Jean Barrot, un autor ultraizquierdista
que fue –juntos con muchos otros de la misma onda como el socialbárbaro
Castoriadis- bastante editado por Zero-ZYX, una editorial proveniente
de la Iglesia católica cuyo grupo militante se llamaría Liberación
y se identificaba igualmente con esta corriente, y en ningún momento
la sitúa en la historia de su procedencia. Por ejemplo, se refiere
con admiración a la figura de Otto Rühle, pero en ningún
momento precisa que éste fue el compañero de Karl Liebknecht
en el “No” a los créditos de guerra en el Reistag el 4 de agosto de
1914, que fue uno de los líderes del Partido Comunista alemán,
o que tomó parte en la Comisión Dewey que juzgó a León
Trotsky por las imputaciones que le hacían en los “procesos de Moscú”.
Rühle preparó una edición abreviada de El Capital que prologó
Trotsky, y de la cual hay una traducción castellana en Losada de principios
de los años cuarenta, luego varias veces reeditada. Rosés (al
igual que Tolosa) dedica especial atención al grupo Acción
Comunista (AC) en el que se inició Solé Amigó, pero
al entrar en su historia su extravío no es muy diferente al de Escribano.
Dos detalles: Solé Amigo afirma que en AC se daba una corriente del
trotskismo lambertista, cuando en realidad es que el grupo rector de AC se
distanciaba del trotskismo justamente por sus componentes más “fundamentalistas”,
y el furor “bolchevique” de Lambert les producía tiricia; Escribano
por su parte afirma que AC publicó un número sobre el mayo
del 68 bastante anarquista y nihilista, conceptos que no cuadran con el texto
Las lecciones de mayo del 68, obra de Ernest Mandel, con el que el grupo
mantenía una relaciones bastante amistosas. La vindicación asamblearia,
consejista, de la acción directa en el sentido de participación
desde abajo, etc, no eran ninguna exclusiva ni del anarquismo ni del consejismo.
Como el lector puede comprobar, el programa y el
libro de Escribano, más ahora la película de Jaume Roures-Manuel
Huerga, han contribuido a crear un ambiente de debate que posiblemente se
dispare con el estreno de ésta previsto para la segunda quincena de
septiembre. La conexión viene de lejos ya que el productor Jaume Roures
como “jefe” de Mediapro ya tenía puesto el ojo en el tema. Quizás
no esté de más anotar que Mediapro ha asumido en el cine un
perfil de “compromiso” que la liga con la trayectoria de Querejeta, y que,
entre otras cosas, ha producido títulos como
Los lunes al sol,
las películas-entrevistas de Oliver Stone con Fidel Castro, así
como los arriesgados y soberbios documentales de Javier Corcuera (
La espalda
del mundo,
La guerrilla de la memoria), que, en el primer caso
no tiene un pelo de comercial (es una de esas películas que verlas
“hace daño”), y en el segundo entre de pleno en una apuesta de recuperación
que solamente se casa con la verdad histórica.
El origen de la opción por una película
como Salvador no es un secreto para lo que lo conocemos del año catapún
como el camarada “Melan” de la LCR. En su momento, la Liga, al igual
que otros grupos a la izquierda del PSUC se rompieron los cuernos para arrancar
la misma línea de movilizaciones que había detenido la mano
criminal del Caudillo cuando los juicios de Burgos. Esta actitud rabiosa
se manifestaba básicamente de dos maneras, una fue realizando manifestaciones-relámpago
que acababan con la destrucción de algunas cristaleras significadas,
otra tomando parte en todas las plataformas posibles para denunciar la inhibición
de la dirección del PSUC, cuya línea pasó por confiar
en la presión de las "personalidades". Adolfo Castaño, un compañero
libertario nos ha contado como un grupo solidario con Salvador pidió
la palabra en una reunión de la Assemblea de Catalunya, en la que Antoni
Gutiérrez Díaz se cubrió de gloria cuando cortó
el embite por lo sano diciendo: "Esto no toca hoy. No está en el orden
del día". Pero aparte de eso, Melan pasó también entonces
por la Modelo, y por lo tanto, pudo sentir la misma indignación que
todos nosotros, y además desde la proximidad.
La reconstrucción de la historia de Salvador
a partir de su fase final, que ofrece la obra de Escribano facilitaba su adecuación
a un guión cinematográfico que se divide en dos tiempos, una
primera parte en la que Salvador explica el como y el porqué de la
opción armada, y una segunda que se centra en la cuenta atrás.
Entre sus novedades, la película retoma una diversidad lingüística
que recuerda la utilizada en películas como
Tierra y libertad.
La lengua catalana está presente en un 25% del film, al decir de Roures
"básicamente en las relaciones familiares y con los compañeros,
porque era imposible hacer la película sin visualizar que había
una represión de la dictadura contra la lengua catalana". Aunque el
hilo conductor pasa por Salvador (que está interpretado por el actor
germano-catalán Daniel Brühl, el celebredo protagonista de Good
bye Lenin), pero otros pasan por su abogado Oriol Arau (Tristán
Ulloa) que de alguna manera es el que establece la conexión entre
Salvador con su propia aventura (contada en diversos flah back), y con otros
personajes. También representa un antifranquista honesto que quiere
entender los por qué de Salvador, y que trata (desesperadamente) de
encontrar una base de apoyo, una base de la que carecía el MIL. Otro
personaje es uno de sus carceleros, Jesús Irurren (Leonardo Srabaglia),
y resulta más controvertido comenzando como un auténtico fascista
que maltrata a los presos, pero que, finalmente, tras el trato cotidiano con
Salvador, conoce una identificación con éste como persona.
Los adversarios de la película han encontrado
en este personaje una de las “evidencias” de su voluntad edulcoradora. Más
arriba ya he dejado constancia de las fisuras en el propio régimen,
y de las diversas actitudes de los carceleros. Los datos que ofrecen Tolosa
y Escribano confirman esta evolución, ahora bien, su reacción
final ante la ejecución de Salvador parece una “licencia” del guión.
Con todo, vale la pena precisar, primero, dicho final está explicado
cinematográficamente, y no va en dirección edulcoradora
sino que estalla como expresión de una descripción detallada
del carácter fascista del régimen, y del equipo de policía,
de los captores de Salvador, que aparecen como cuervos en el momento final,
babeando venganza, molestando a la hermana mayor de Salvador... Estamos muy
lejos de otras aproximaciones que el cine español ha realizado a otras
páginas negras de la Transición como Siete días de enero
o La noche más larga, en las que se manifiesta una voluntad de separar
los “ultras” del franquismo más “razonable”. En Salvador no se percibe
la menor complacencia con los cuerpos de Estado, el caso de Jesús tiene
el valor de la excepción que confirma la regla; tampoco se exonera
a la Asamblea de Cataluña de su pusilanimidad.
Esta es una película ante todo de productor,
y así queda indicado desde el principio. Su director es Manuel Huerga
ha hecho una obra de encargo, y ha puesto todo su oficio de la misma manera
que lo han hecho tantos otros directores en la historia, en el caso y dado
que aquí no existe una industria del cine. Huerga había hecho
para Mediapro un documental publicitario del Forum (money is money). De hecho,
hasta Salvador sólo había dirigido
Antártida (1995),
una historia de autodestrucción de una pareja a través de las
drogas cuyo toque esteticista y difuso no convenció demasiado. Sin
embargo, ahora no se trataba de algo “neutro” sino de un proyecto que él
mismo definió en una de sus declaraciones, con el que se trataba de
reconocer "una deuda con la historia y con una generación, la última
que luchó no sólo contra el franquismo sino por unos ideales,
y que ha sido eclipsada por una transición incompleta y un poco chapucera".
Y tan chapucera. No hay más que ver las declaraciones de Maragall
y Zapatero repitiendo como papagayos aquello de para qué si tenemos
la suerte de gozar de un rey que es "el primer republicano".
Salvador es un producto industrial
y popular bastante ambicioso, no será pues una película “maldita”
como, por citar un ejemplo, aquella Casas Viejas, realizada por la mitad de
los años ochenta y que nadie parece haber podido ver (y no creo que
fuese por el afán de pureza de sus autores). Cuenta con un reparto
“de lujo” para ser una película de aquí, y aparte de los actores
ya mencionados, hay que registrar la presencia de profesionales como Leonor
Watling (Montse Plaza, compañera sentimental de Puig Antich) e Ingrid
Rubio (Margalida, la última novia de Puig Antich). También participan
actores como Celso Bugallo, Joaquín Climent, Joel Joan, Antonio Dechent,
Biel Durán, Aida Folch o Carlota Olcina...La música corre a
cargo de alguien tan adecuado como Lluís Llach con cuya canción
dedicada a Puig Antich, se cierra dramáticamente la película.
Es muy posible que a uno le pueda más la sentimentalidad que la razón,
pero desde que sentí a Mahalia Jackson en la versión de Douglas
Sirk de
Imitación a la vida, no me había emocionado tanto.
El emblemático cantante catalán -tan identificado con causas
“incorrectas”- declaró que su participación en
la película venía a ser "una especie de ofrecimiento de venganza
histórica, aprovechando la oportunidad que me da la vida de poder
participar con mi música en la reivindicación de una generación
que entendió la lucha de una forma determinada, que hoy a veces es
difícil de entender, en unos momentos en los que ante unas dictaduras
tan cerradas la violencia era una de las salidas tan legítimas como
cualquier otra".
Con todos estos elementos, resulta bastante extraña
la obsesión de los que quieren ver en Salvador una mera maniobra integradora
que convertiría en un “mero” antifranquista, en un buen chico asimilable...
Estas cosas no resultan tan sencillas. La
política de la amnesia histórica ha pasado ante todo, por no
tocar los hechos que ponían en evidencia la barbarie franquista. No
había que hablar de las víctimas para no molestar los verdugos.
Cuando estos persistían en quitar hierro al franquismo siguiendo las
pautas del pensamiento del Ministerio de la Verdad made in USA que distingue
entre “totalitarismo” (los que no comulgan con su política exterior),
y “autoritarismo” (las dictaduras “amigas”), o canonizando beatos del bando
franquista, la izquierda institucional otorgaba. Hasta Felipe realizó
sus declaraciones en este sentido y no adoptó el “Azor” porque fue
demasiado fuerte.
En este orden de cosas, ni tan siquiera se ha aceptado
una revisión del caso de Julián Grimau al que -por cierto- algunos
quieren ver exclusivamente en su vertiente de policía al servicio del
estalinismo. Fueron tantos los olvidos y las claudicaciones que llegó
un momento en que tuvo lugar una reacción. Por supuesto, en el momento
en el que se impone un movimiento vindicativo, la izquierda institucional
con el PSOE al frente, trata de sacar su tajada. Pero en este terreno su vuelo
es tan corto como el que se trasluce en esas penosas declaraciones de Zapatero
según la cual en la guerra todos fueron víctimas. Son tan penosas
que sin quererlo revelan que el miedo a la derecha sigue siendo algo determinante
en nuestra vida política nacional.
Si Salvador respondiera a este canon integrador, yo no
sé que se podría pensar entonces de títulos como
Missing,
Sacco y Vanzetti,
Tierra y Libertad (tan maldecida por los historiadores
oficialistas actuales) o
Amén, todas ellas producidas por grandes
empresas.
En realidad, Salvador se trata de una muestra apasionada
y concentrada de cine de popular que nos permite y nos permitirá hablar
de aquella tragedia que comenzó cuando el 25 de septiembre de 1973
Salvador Puig Antich fue detenido, y llevar el debate a un público
muy amplio, lejos de los círculos cerrados en los que el “caso” ha
estado encerrado hasta ahora. Acababa de tener un forcejeo con la policía
a resultas del cual cayó muerto el agente Francisco Jesús Anguas
Barragán, subinspector del Cuerpo General de Policía del régimen,
que sería debidamente exaltado por la prensa adicta. El propio
Puig Antich también resultó gravemente herido y, después
de pasar por el hospital, ingresó en la cárcel Modelo de Barcelona
a la espera de un consejo de guerra; durante su estancia en la prisión
fue torturado en diversas ocasiones. Nunca se mostró ni se quiso ofrecer
la prueba balística que evidenciara que el disparo proviniera del arma
que llevaba Salvador como militante del MIL. La película presenta un
Salvador que asume plenamente la razón de sus actos, y lo hace remitiéndose
a un caso que parece extraído de la célebre obra de Dario Fo,
la defenestración de Enrique Ruano. que motiva una violentísima
manifestación estudiantil
Salvador había sido el tercero de seis hermanos
en una familia de clase media, estudió en La Salle Bonanova donde tuvo
un altercado con un religioso que maltrataba a un compañero más
débil. Por su carácter generoso fue calificado como un amigo
de "las causas perdidas". Comenzó a estudiar Económicas, carrera
que abandonó para dedicarse a la militancia revolucionaria. Al concluir
el servicio militar entró en relación con algunos militantes
anarquistas con los que forma el (MIL), un grupo que quería conectar
con los sectores más radicalizados del emergente movimiento obrero
(las olvidadas “Plataformas”), pero que nunca sobrepasó la docena de
militantes (lo que no impide a algunos de sus antiguos componentes hablar
despectivamente de los “grupúsculos marxistas”). Con la intención
de ayudar a los obreros en huelga el grupo cometió una serie de atracos
a entidades bancarias hasta que Salvador extravió un bolso que atrajo
la atención de la policía.
El MIL fue creado siguiendo las huellas del "maquis"
urbano anarquista del tipo Sabaté y Facerías, verdaderas leyendas
para el pueblo de izquierdas en Cataluña, aunque no tenía ni
de lejos el bagaje de estos. También las circunstancias eran diferentes,
al principio de los setenta ya existía un movimiento muy amplio. Los
objetivos básicos del grupo pasaban por atracar bancos con la finalidad
de conseguir dinero para apoyar a los sectores más combativos del movimiento
obrero. Hijo genuino de aquel mayo del 68 que fue el horizonte de su generación,
Salvador reunía en su ideario elementos muy diversos y referentes
ideológicos tan amplios como “Dany” Cohn Bendit (el joven), Wilhem
Reich de El combate sexual de la juventud y por supuesto el “Che” Guevara,
todo ello desde una perspectiva “anarquista” muy apartada de lo que se había
convertido la tradicional CNT, dominada entonces por su franja más
“arqueo”. Como era habitual, el régimen lo presentó como un
mero bandido. Cuando ETA hizo saltar por los aires a Carrero Blanco, Salvador
intuyó clarividentemente que el régimen se vengaría
en él y así ocurrió, y de qué manera, algo que
la película presenta como eso. En ningún momento se pretende
“culpar” a ETA (y “disculpar” a Franco).
Se hablaba mucho de que corrían diversas
peticiones de clemencia --desde la del Vaticano hasta la de Willy Brandt--,
pero como también era habitual, a Franco no le tembló el pulso,
es más, obligó en cierta manera a "mojarse" a otros personajes
del régimen, luego consagrados "demócratas" como Pío
Cabanillas, Martín Villa (quien todavía se atreve a justificar
públicamente su actuación en aquellos tiempos como se ha podido
ver en una reciente debate sobre la obra de Albert Boadella,
La torna de
la torna), y por supuesto Fraga Iribarne. Todos participaron en un montaje
cruel y esperpéntico en el que los jueces militares parecen
extraídos de la obra inmortal de Don Ramón Mª del Valle-Inclán,
Los cuernos de don Friolera, y alguna influencia de esta obra se manifiesta
en Salvador, sobre todo al presentar los sables que van a juzgar a Puig Antich.
Desdichadamente, no sería hasta que se cumplió
la ejecución que se llegó a una respuesta tardía que
esta vez englobó por igual a la extrema izquierda y a las Juventudes
Comunistas así como a mucha gente independiente. Aquella fue una de
las mayores manifestaciones celebradas en Barcelona mientras el Caudillo
aún mataba. Fueron necesarios grandes refuerzos de “grises” de
los llamados “especiales” que aporrearon a diestro y siniestro a cualquiera
que se le puso a tiro. También se hizo notar un amplio despliegue de
“secretas” que convenientemente disfrazados provocaron diversas encerronas
que causaron numerosas detenciones. Tal como nos han contado los obreros de
Miniwatt (cf.
Miniwatt-Philips. La memoria obrera, Ed. El Viejo Topo),
todavía un año más tarde uno de sus compañeros
sindicalistas, Lamela, que fue torturado y trasladado por la noche al pie
de la tumba de Puig Antich, donde le pusieron una pistola en la cabeza amenazándolo
con matarlo allí mismo. Aquel lugar era identificado por la policía
como un buen "ejemplo" de lo que era capaz de perpetrar en la más absoluta
impunidad.
Cuando la ejecución se vio como inevitable,
la conmoción fue extraordinaria. Un testigo del momento de su muerte
dirá: "Muy pocas veces una ciudad como esta se ha identificado tanto
con un hecho". Salvador Puig Antich aquel muchacho cuyo final tanto nos conmovió,
fue el último que sufrió garrote vil en el Estado español
junto con un presunto Heinz Chenz, también presunto polaco que había
matado a un policía en una reyerta en un bar de Tarragona y que fue
"la torna", algo así como el contrapeso con el que completó
el asesinato político legal de Salvador; hecho que motivó la
famosa obra de Els Joglars que se convirtió en uno de los "escándalos"
políticos más apasionantes de la "transición" cuando
desde el Ejército se provocó su prohibición y la cárcel
para los autores. Esta obra nos llevaba a descubrir otra página complementaria,
la del “añadido” de un don nadie para desfigurar el carácter
político del crimen, una monstruosidad que ya ha dado lugar a
un libro de investigación y a un documental apasionante titulado,
La
muerte de nadie...
Estoy convencido que el estreno de Salvador dará
al traste con las críticas sectarias que se le han hecho por no ser
“justa” con el MIL (sobre lo que no dice nada incierto, es verdad que ametrallaron
a la desesperada el consulado español de Toulouse), o porque no refleja
el mayo del 68. Lo que no evitará serán las críticas
cinematográficas, tema sobre el que cada escuela podrá tener
su propia opinión, aunque no está de más añadir
que, salvo excepciones, muchos de nuestros críticos parecen situados
más allá del bien y del mal y nos quieren justificar que la
importancia del tema tratado no importa, que lo que importa es el tratamiento,
con lo que vuelven a la premisa del arte por el arte. Salvador –como
tampoco las películas arriba mencionadas-, no pasará a la historia
del cine por sus valores fílmicos, ni lo pretende.
Lo suyo es un trabajo eficiente y bien hecho
para contar una historia, hacerla asimilable, y hacer público lo que
nadie se atrevía a contar. Y hacerlo en el cine, en salas para miles
de personas, aquí y en Sudáfrica o Trieste, llevando la discusión
a hogares, institutos, entidades, etc, a través del DVD, o sea ampliando
el ámbito de conocimiento a quienes antes no lo tenían, con
todo lo que esto tiene de bueno, pero también, obviamente de riesgos.
Pero esto ocurre con todo producto, incluyendo los libros. El miedo de los
apocalípticos a ser integrados es razonable; no lo es cuando lo que
se trata en círculo no rebasa el círculo. No obstante, desde
el momento en que se han lanzado para denunciar todas las presuntas traiciones
de la obra de Escriba, y por extensión, de la película, no hacen
otra cosa que dar codazos para formar parte del mismo espectáculo que
pretenden denunciar.
No hay miedo de que Zapatero asista
a su estreno como lo hizo (con mi aplauso) al de
Mar adentro, tampoco
que se utilice para demostrar que esta democracia ya permite estas cosas,
porque el mismo hecho de que haya tenido que ser el cine el que saque a la
calle un tema “tabú" es una evidencia de que muchas cosas no funcionan.
Y para acabar: o mucho me equivoco o su impacto será entre las nuevas
generaciones muy superior al que tuvo, por ejemplo,
Tierra y Libertad,
“una película” discutible que, con todos sus defectos, contribuyó
poderosamente a la recuperación de la memoria popular (y desde abajo).