Bensaid y los trotskismos
Pepe Gutiérrez-Álvarez
La reciente edición del intenso y rico
breviario Trotskismos, de Daniel Bensaïd (El Viejo Topo, Barcelona,
2007), con dos epílogos “nacionales” (de Miguel Romero y del autor
de estas líneas), nos invita de una historia en las que los problemas
serios han formado parte de la vida cotidiana, comenzando por la propia definición
(de hecho, una amputación estaliniana), siguiendo con sus propias
crisis y divisiones, y concluyendo con su lugar en un mundo en el que el
estalinismo no es ni sombra de lo que llegó a ser.
Nos parecía una definición restrictiva,
primero porque fueron muchos los personajes, de antes y de después
de Trotsky que nos parecían igualmente subyugantes, segundo porque
la historia había sufrido numerosos “trastornos” (sobre todo con la
Segunda Guerra Mundial que no fue atravesada por la “revolución”),
y estábamos descubriendo nuevos continentes geográficos (el
“Tercer Mundo”), y de “problemáticas” tan inconmensurables como el
feminismo o la ecología que cobraban otra dimensión, y tercero
porque el propio legado de Trotsky no siempre nos resultaba satisfactorio.
Su palabra no nos convencía por igual en 1917 que pongamos, en 1921,
sus escritos sobre España no nos convencía igual que los dedicado
al desastre anunciado de Alemania. Por otro lado, se trataba de una opción
contra las corrientes mayoritarias en el movimiento obrero, y esto nos situaba
en un terreno en el que las propuestas para la acción aparecían
a veces desconectada. También nos causaba una profunda desazón
lo que algunos grupos llamaban trotskismo “verdadero”, algo así como
un asiento “programático” desde el cual dictaminar lo que era correcto
o era revisionismo o traición. No serían pocas las ocasiones
en la que las inclinaciones sectarias acabaron por destruir una sección
con historia, el caso boliviano habla por sí mismo.
Pero a pesar de todas estas reticencias y
dificultades, lo cierto es que un sector significativo de nuestra generación
(la que resulta definida por el “espíritu” de los mayos del 68), acabó
asumiendo el legado que personificaba Trotsky, y lo hizo por una suma de
consideraciones que resulta muy importante tener en cuenta. Aunque se trataba
de una generación que se reiniciaba en el activismo político
después de la derrota devastadora de la guerra y todo lo que vino
después (el “reconocimiento” de Franco por las democracias sin la
oposición de la socialdemocracia), ya teníamos una memoria,
más lejana, la de los años treinta que se sintetiza en el POUM,
y en los años sesenta con el Frente de Liberación Popular,
el “Felipe”. Aquellos fueron años de tanteos y controversias de todo
tipo, y en ellas irrumpieron la trilogía de Deutscher sobre Trotsky,
los análisis de Mandel sobre el capitalismo tardío o neocapitalismo,
sin olvidar las experiencias guerrilleras en América Latina o la emergencia
de nuevas vanguardias en los países capitalistas avanzados, amén
del creciente rechazo a lo que se llamaba “socialismo real”.
Entre 1966 y 1968 se dieron unos primeros
brotes sin continuidad, pero desde el 68, se crean las condiciones parta
un salto cualitativo. Se comienza a escribir una segunda página en
la historia del trotskismo entre nosotros con la LCR, que a su vez, dará
lugar a una suma de fracciones y subfracciones que aunque minoritarias, contribuyen
a fijar una foto del ismo en la que la división (y el mareo) llegan
a ofrecer una nota que, con todo, no conseguirá empañar en
lo fundamental un combate por el desbordamiento de las premisas reformistas
y pactistas cuyas consecuencias se traducirán en la derrota “dulce”
que comporta la Transición y cuyas desastrosas consecuencias resultan
cada vez más patentes...Ahora, desde la visión que permite
una perspectiva histórica, está claro que pagamos muy caro
el tajo histórico que se fue superando a través de una experiencia
que, con todas sus limitaciones, creemos importante y fructífera,
digna de ser contada.
En el prólogo que abre este libro,
Daniel Bensaïd nos advierte que está abordando un tema no muy
poco conocido en Francia.
Se está refiriendo a un país
clave para la historia que cuenta. Aunque en Francia, la cuestión
trotskista es la misma que en cualquier parte, se da una continuidad incluso
durante la Segunda Guerra Mundial hasta el presente, cuando hasta el PCF
crítica su historial estaliniano. Hasta cabe hablar de un prólogo
relacionado con la presencia de Trotsky durante la Primera Guerra Mundial
y de sus relaciones con la izquierda internacionalista de la CGT (Alfred
Rosmer, Pierre Monatte, etc), conexión que prosigue desde los primeros
pasos del PCF, cuando se trataba de oponer la extracción sindicalista
a la socialdemócrata. Es verdad, se dan crisis y divisiones, pero
el hilo organizativo se mantiene. Es más, en los últimos años,
cuando en algunos diarios españoles se evoca el trotskismo, el motivo
proviene sobre todo de Francia donde la tradición ha logrado una influencia
muy significativa en la izquierda sindical, entre la juventud escolarizada,
en los nuevos movimientos, y por supuesto en los medios culturales. Luego
vienen Italia y Portugal (donde se distingue una presencia parlamentaria
bastante molesta para la izquierda transformada, véase sino el “caso
Turigliatto con la que fue “Refundazione”), peso que se amplifica en países
de América Latina como Brasil (con una amplia participación
en el debate sobre la alternativa al curso “gestionador” del actual del PT),
Argentina o Venezuela, con un “ministro” en el último gobierno, y
presencia en todo el continente, incluyendo Estados Unidos y Canadá
.
Aparte de las grandes batallas de la historia
social francesa (en junio del 36, la resistencia, la solidaridad activaron
la revolución argelina, con Vietnam, contra el ascenso neofascista,
etc), el trotskismo galo ha tenido una incidencia nada desdeñable
entre los intelectuales Son numerosas las personalidades del mundo cultural
que han tenido en un momento dado una conexión más o menos
amplia con Trotsky y el trotskismo (cito al vuelo: André Malraux,
André Gide, André Breton, Benjamin Péret, Pierre Naville,
Gerard Rosenthal, Maurice Nadeau, Daniel Guerin, Pierre Broué, Michel
Lequenne, Michael Lowy, y un largo etcétera). Y lo que parecía
imposible, además de militante, ahora también incluye una expresión
en las elecciones que hace años rebasa en su conjunto el 10%. Por
lo demás, la militancia que se la encuentra en primera línea
de los diversos Foros Sociales desde su primera plataforma en Porto Alegre
(en su día una alcaldía de signo “cuartista”). En todos ellos
se reconoce el peso que tienen la participación y las propuestas de
la LCR (y de la IV Internacional). Esto sucede cuando el movimiento comunista
“oficial” sufre la mayor crisis de su historia, y sus espíritus críticos
no pueden por menos que tener muy presente una corriente que desde hace mucho
tiempo, dejó de estar sola contra las burocracias y el estalinismo.
La obra de Bensaïd deja constancia
de todo lo que, fundamentalmente, contiene esta tradición que se ha
tendido a caracterizar como la defensora del período bolchevique leninista,
o sea la épica de 1917, la guerra, los cuatro primeros congresos de
la Internacional Comunista, etc. Siendo esto cierto, aunque no sin matices,
también lo que es que el trotskismo de los tiempos de Trotsky se mantuvo
gracias a una nueva época de aportaciones complementarias que comprendía
los análisis de los diversos momentos del estalinismo, del significado
del fascismo, de la nueva fase histórica que se abría con la
derrota de la revolución española y con la Segunda Guerra Mundial,
así como diversas rectificaciones en relación al discurso de
Octubre, por ejemplo la defensa del pluralismo socialista...Lo mismo ocurrirá
sobre todo en los años sesenta, con todas las aportaciones teóricas
sobre el período abierto, y es lo que estamos viviendo en el actual
ya que, abusos y errores aparte, Trotsky siempre fue plenamente consciente
de que toda teoría que no avanza, retrocede.
Una buena muestra de este in crescendo de
la Internacional (¿hay alguien que dude de la neecsidad del internacionalismo
organizado?), como parte de los sectores más vivos e inquietos de
los que se ha venido a altermundialismo. Algo tiene que ver con la recuperación
parcial del movimiento obrero y juvenil, valor que se manifiesta aunque sea
por el repelús y el odio indisimulado que suscita entre los
mandarines neoliberales, como sería el caso del endiosado Jean-François
Revel, quien en sus peores pesadillas veía la mano del trotskismo
hasta en editoriales de Le Monde (1).
Con todo, a pesar de lo dicho sobre
el trotskismo francés, no le falta razón a nuestro “Bensa”
para pensar los problemas que comporta un trabajo de estas características.
Sobre todo cuando la edición gala estaba concebido para una
difusión mucho más amplia que la propia de los círculos
de “enterados”. Más allá, se puede afirmar que el trotskismo
no forma parte de los temas conocidos, sobre todo con lo que le ha caído
encima, ayer con la denigración estaliniana, y en los últimos
tiempos con la denigración neoliberal. A mi parecer, no deja de resultar
indicativo que su principal referencia sea Tierra y libertad, película
que resultó un hito militante en la segunda mitad de los años
noventa, aunque dada la vertiginosa aceleración del período
histórico quizá esté ya un tanto olvidada. Esto por
más que en nuestro caso su amplio significado corresponda al terreno
de lo que se ha venido a llamar la recuperación de la “memoria histórica”,
un terreno en recobra pleno sentido la revolución española.
De ahí que suscitara tantos resquemores entre los guardianes de la
historia oficial impuesta con la Transición. Aquí cabría
señalar la enorme aportación del ciclo antithatcheriano de
Ken Loach, impulsado por un discurso alternativo por el que poca gente apostaba
en los tiempos de Riff -Raff.
Aquí pues. estamos en una
onda bastante más atrasada, de ahí que su lectura pueda representar
mayor dificultad, y de ahí también todo el trabajo complementario,
dentro del cual se incluyen estas notas
Dicho atraso tiene motivaciones
muy amplias, pero en el caso específico de la tradición
hay que remitirse a dos grandes cortes, el de la postguerra, y el que sigue
la desaparición de la LCR. El primero fue precedido por la Izquierda
Comunista de Nin y Andrade. Su proyección histórica es
la de haber sido uno de los pilares del POUM. Comienza cuando todavía
no está descartada la posibilidad de una “reforma” del Komintern y
del PCE, entonces más bien diezmado y enfermo, imbuido en un izquierdismo
sectario duramente criticado por la Izquierda Comunista (“) Este “primer
trotskismo” concluye una primera fase, todo ello a continuación del
abismo que se abre con la victoria del nazismo en Alemania (1933) y Austria
(1934) Es medianoche en el siglo, los años el “gran terror” estalinista
que proyecta su oscura sombra sobre la República española,
especialmente en el curso que sigue los acontecmentos de mayo de 1937 en
Bacelona. Como es sabido, este “gran terror” alcanzará al POUM, y
con Nin y Trotsky asesinados por el mismo cuadro de sicarios, entre los que
–tremenda ironía de la historia- se contaban comunistas que anteriormente
habían sido unos jóvenes idealistas y que acabaron convertidos
en criminales sin sin escrúpulos, tema por cierto de otra película
popular, Asaltar los cielos (España, 1996), obra de Javier Rioyo
y José Luis López Linares dos lcr que habían dejado
de serlo.
Hay que hablar de una historia marcada
por una tragedia entre comunistas de proporciones “bíblicas”, lo que
distorsionara la historia hasta alcanzar el mayor de los absurdos, muy especialmente
de la española. En este marco las relaciones de Trotsky y de
la IV Internacional con Nin, Maurín y el POUM contienen no pocos
contrasentidos. Las desavencias políticas se expresan no por medio
del debate, sino de las más rudas descalificaciones. El mismo Trotsky
que considera que el POUM es el “partido más honrado” de la izquierda
española, lo estigmatiza como “centrista” (o sea como “martoviano”,
el de Yuri Martov, el más izquierdista de los mencheviques). Esto
ocurre en medio de una guerra provocada por una contrarrevolución
militar-fascista que avanza, y sin a la izquierda del POUM exista nada
que no sea su propia izquierda interior (“Pep” Rebull). Esto empero no impide
que el POUM fuese y siga siendo catalogado como “trotskista”. Y es que a
pesar de lo dicho por y contra Trotsky, el POUM era igualmente heredero de
la tradición de Octubre, de la línea de frente único
desarrollada en el tercer y cuarto congresos de la l, y de la lucha contra
la burocracia (3)
Y añadir que la española
fue una clase trabajadora más culta y organizada que la rusa, sin
embargo no tiene un partido revolucionario, por ende, hay que crearlo en
un momento en el que la palabra “trotskismo” se asocia con la “Quinta columna”,
y hasta los soldados que siguen a la capitana Mitra Etchebéhère,
no saben qué pensar. Las condiciones concretas pues, no pueden ser
más adversas. Hay una guerra del fascismo contra la libertad y el
socialismo, hay una corriente mayoritaria que quiere hacer la revolución
por abajo pero no por arriba, hay una única potencia aliada, la URSS,
y un partido comunista que por abajo lucha por una primera etapa, la republicana,
y que por arriba se erige en los “sabuesos” para combatir y reprimir la revolución.
La única carta que tiene el Trotsky “resucitado” en México
es un “grupúsculo” bolchevique-leninista compuesto por jóvenes
entusiastas, en su mayoría voluntarios extranjeros. Tendrán
su “momento” al calor de los acontecimientos de mayo de 1937, con una convergencia
puntual con “Los Amigos de Durruti”, el sector “enragé” del anarcosindicalismo,
para acabar devorados por el curso que lleva al desastre sin paliativos.
Uno de sus animadores, G. Munis adoptará en su ecuación política
este momento como un referente primordial para la crítica al estalinismo,
e iniciar una evolución rupturista que le llevará fuera de
la internacional para crear su propia fracción. Su último acto
será una tentativa de reconstrucción en la segunda mitad de
los años setenta que no logrará ni tan siquiera una audiencia
“grupuscular” (4).
Lo dicho: durante aproximadamente un
cuarto de siglo, el trotskismo desaparece por nuestros lares, para resurgir
con muchas dificultades en los años sesenta mediante un prólogo
posadista cuya historia se ha perdido (5).
Al calor de mayo del 68 sobre todo, resurge
un airado lector de Isaac Deutscher, Ernest Mandel, Pierre Broué y
tantos otros. Es parte de lo que se llamó “nueva izquierda”. Aunque
tiene sus propios criterios sobre porqué se perdió la guerra
(la respuesta sería porqué antes se perdió la revolución),
está igual o más interesado en los nuevos factores que están
provocando el rápido deterioro del franquismo y en los debates del
momento. Su base militante la extraerá de los estudiantes y los jóvenes
obreros críticos con el PCE-PSUC, y con las variantes maoístas
que capitalizan las disidencias de izquierdas. Su escalón previo será
el Frente de Liberación Popular (ESBA en Euzkadi, FOC en Cataluña),
el grupo más avanzado e implantado de la “nueva izquierda”, una página
de la historia de la izquierda revolucionaria sobre la que solo muy recientemente
se ha comenzado a escribir (6).
El capítulo que sigue se inserta en la tentativa
de “las Ligas” que nos cuenta Bensaïd como algo muy propio con sus alcance
y sus limites. La nuestra se llamará también LCR, y su
periplo comienza afinales de los sesenta para concluir abruptamente a principios
de los noventa, en opinión de muchos y muchas, cuando más
falta hacía o sea cuando el espacio de una izquierda con un mapa sobre
todo lo que estaba ocurriendo, se ampliaba. El desconcierto fue tan mayúsculo
que ni tan siquiera permitió uno de aquellos debates los que
estábamos tan habituados, pero como el Guadiana, la corriente volvió
a reaparecer al calor de las esperanzas suscitadas por el altermundialismo.
Quizás sea ya momento de ofrecer unas primeras aproximaciones históricas,
para analizar nuestras propias tribus, el alcance de unas aportaciones especialmente
activas en los setenta y de resistencia en los ochenta, y el sentido que
de recuperar el “hilo rojo” de la continuidad histórica que hablaba
Trotsky.
Sus inicios fueron fulgurantes, apareciendo como
una ruptura frente al paternalismo de los partidos tradicionales, como un
desafío abierto. Decir Liga era decir un proyecto para crear el “instrumento
de la revolución” desde la periferia juvenil al centro proletario.
La Liga despliega un impresionante élan militantista y divulgativo
coincidente con una fase de incorporación masiva de una juventud al
antifranquismo, y que refleja todos sus sueños liberadores, como el
feminismo, la libertad sexual, el psicoanálisis, el rechazo del consumismo,
etc. Todo ello como parte del reforzamiento de las expectativas socialistas
alimentadas por los mayos, las crisis latinoamericanas, la revolución
de los claveles, el cine político y militante, la irrupción
del libro de bolsillo, etc. En este impulso, el desbordamiento de las apuestas
reformistas llegó a parecer perfectamente posible. Hubo momentos en
que las huelgas y las movilizaciones, animadas por la suma de las corrientes
más combativas así como por sectores de las bases del PCE-PSUC,
sobrepasaron los propósitos pactistas y causaron un importante desbordamiento
de los planes de reformas, fueron mucho más allá de lo deseado
por las burocracias sindicales y los aparatos de los partidos.
En los ochenta, los plazos de la historia
cambiaron, la revolución quedaba muy lejos, ahora se trataba de otra
travesía del desierto de la que parecen que tendrá una salida
a caballo de la revolución en Centroamérica, o la vuelta a
la turca en el Referéndum sobre la OTAN...Derrotas tras derrotas
que acabaron por quebrantar seriamente a una generación que ya comenzaba
a peinar calvas o canas, mientras que las nuevas hornadas de militantes que
aparecen son bastante minoritarias e inmersas en un contexto de declive,
y no están, salvo contadas excepciones, por hacer de la militancia
su manera de vida, y las comparten con otras exigencias más personales
animando tal o cual sector en ebullición. El agotamiento generacional
era evidente, el relevo fue francamente exiguo. Por entonces, la restauración
conservadora parecía invencible...
Después la historia se complica, y
en donde antes se daban amplios debates, el análisis del momento final
será –como en mi caso- fruto de criterios compartido por nos pocos.
La solución parecía pasar por
una “convergencia revolucionaria” con el MC -último reducto parcialmente
reconvertido del ya extinto maoísmo-, y acuerdos más
o menos similares habían funcionado, por ejemplo en Portugal...Sin
embargo, aquí pronto quedó claro que, si bien la LCR estaba
hecha a la pluralidad, para trabajar lealmente como minoría, la dirección
del MC era la “dueña” de “los suyos”, un criterio ante el que se estrellaban
los argumentos. El desastre fue rápido y letal, de una sola crisis
se llevó toda la izquierda radical que había animado en su
mejor momento contra la OTAN. A partir de ahí, la quiebra fue inexorable,
y para colmo, se habían aceptado las condiciones uniformistas del
“caucus” del MC, y se había dejado de lado la propuesta de una minoría
de mantener la sección de la Internacional. La disolución afectó
muy gravemente a muchos colectivos insumisos, algunos hasta desaparecieron.
El ciclo se cerraba nuevamente. Una mayoría se metió en su
vida privada, pensando que el mundo que querían cambiar los había
vencido. Una minoría aprovechó la formación militante
para sumarse a los que ya se habían instalados en las instituciones,
especialmente en la burocracia sindical. Otra minoría siguió
caminando, pero ya en un tiempo de desaliento obviamente acentuado por la
coyuntura histórica.
En los noventa, el mundo parecía cambiar
de base pero en sentido muy diferente al que promete la letra de La Internacional.
Se imponía pues un suma de replanteamientos. Los pilares ya
no parecían tan firmes, todo dependía. Ya sabíamos que
la historia podía acabar mal, que la clase obrera podía
ser corrompida, y que las grandes teorías revolucionarias tenían
serias limitaciones, pero aún y así la militancia más
incombustible persistió, y se fraguaron las condiciones para que la
tradición pudiera seguir aportando unas adquisiciones que se creían
primordiales para comprender lo ocurrido, sobre todo para saber que el fin
del estalinismo no tenía porque ser el final de la revolución
y de los ideales emancipatorios, es más, los desafueros del
triunfal-capitalismo nos convencían de aquello de ahora más
necesario que nunca.
Ahora teníamos que empezar de
nuevo después de la caída del maldito muro (después
vendrían otros muros no menos odiosos pero perfectamente consentidos),
pero un cierto escepticismo era poco menos que inevitable, no ya en la crítica
al desorden establecido –no había que tomar notas de los datos sobre
el hambre y la miseria que suministra la ONU, por ejemplo-, sino en el capítulo
de qué alternativa, la pasión militante reportaba mucha vida,
llenaba, pero también causaba desgastes, tensiones personales, y no
pocas veces el ensimismamientos sectarios.
Estaba claro que la magnitud de la derrota
no se podía entender sin los errores y los horrores del estalinismo.
Ahora parecía que todo el arsenal de crítica suministrado por
el trotskismo era insuficiente, y se detectaban errores graves en cierto
bolchevismo. En aquel Trotsky que tardó demasiado en bajarse del tren
blindado del Ejército Rojo, en concepciones por arriba compartidas
por Lenin, el ascenso del “aparato” que en 1924 ya era “el partido”
y ni que decir tiene, en nuestra propia historia, lo del POUM era un buen
ejemplo. Trotsky estaba demasiado lejos para apreciar lo que ocurría,
en sus diatribas la falta de análisis concretos se suplía con
exigencias que no eran aplicables, con un programa “correcto” no se
opera el milagro de construir un partido revolucionario, un instrumento sujeto
por lo demás, a no pocos inconvenientes cuando el curso de la historia
pasa lejos.
Se nos decía que todo eso era la historia
de un fracaso, pero lo cierto era que sin la revolución, sin el “fantasma
del comunismo”, no habrían tenido lugar las independencias de las
colonias, las revoluciones en el Tercer Mundo, las conquistas de las libertades
y de los derechos sociales, etcétera. Lo cierto era que sin
el miedo a la clase obrera y a la revolución, el Capital estaba arruinando
el la naturaleza, al mundo mayoritario, está cercenando los derechos
sociales, vaciando de contenido las libertades, desactivando las conciencias...
Después de retroceso de los ochenta-noventa, de la victoria del neoliberalismo
sobre el principio esperanza, todo comenzaba de nuevo a cobrar un sentido.
Entonces nos volvimos a encontrar, con la tradición y con las nuevas
aportaciones, las lecciones de las derrotas y las propuestas para dejar de
correr, y cambiar nuevamente el curso de los acontecimientos.
Por este tiempo, los restos del naufragio
se refugiaron en grupos como el Espacio Alternativo, Izquierda Alternativa,
el Col·lectiu per una Esquerra Alternativa en Cataluña o la
Plataforma de Izquierdas en Madrid, y luego aparecieron grupos juveniles
como Batzac, como parte de un conglomerado trotskiano afín ahora delimitado
no tanto por la historia, sino por qué hacer frente a la globalización
neoliberal, para llegar a un proceso de reunificación que ha dado
lugar a Revolta Global, al tiempo que está insuflado nuevos alientos
en el resto del Estado. Entre los primeros, algo estaba claro: tenían
que vincular su apuesta de recomposición con el proyecto “transformador”
de IU como el “tercer partido” o sea, como una opción alternativa
a la obsoleta “casa común” de la socialdemocracia light. Cabría
anotar que IU, con todas sus contradicciones, permitía unos grados
de democracia interna que al viejo PCE (y también al MCE) le habrían
parecido excesivas, y ello a pesar de la línea quebradiza que representaba
Julio Anguita, todo un debate que de entrar, alargaría en demasía
este atropellado prólogo.
Se puede hablar de una larga travesía contra
corriente. De un largo tiempo en el que el trotskista era al decir de Deutscher
como el apestado el medioevo, una experiencia de la que otros “malditos”
como los anarquistas tienen amplios conocimientos (7). En esta travesía,
con las circunstancias tan adversas, a veces se buscan refugios. La cuesta
arriba y los círculos minoritarios comportan normalmente crisis
y divisiones. Cuesta menos crear partidos con nombres altisonantes que hacerse
un lugar en las luchas diarias. Se crea un ambiente en el que debates perfectamente
legítimos se pueden convertir en dilemas entre lo correcto y la traición,
las diferencias más sencillas, en dilemas que pueden llevar a verdaderos
espejismos históricos enconados por líderes que prefieren ser
cabeza de ratón antes que cola de gato, y buscan su razón de
ser en la demostración de los desafueros del “revisionismo” ajeno,
y situar este “principio auténtico” por encima de cualquier otra consideración,
incluso la más obvia como la inserción social (8). Esta es
una parte de la historia especialmente alambicada sobre la que Bensaïd
sabe utilizar el bisturí, y ante todo situarla en los años
de la resistencia perpleja, en los cuarenta y cincuenta, tiempo primordial
para la dispersión de las tribus y para el desarrollo de sus características
específicas. Pero si bien las crisis son bastante comunes en todas
las escuelas políticas en los tiempos de vacas flacas, en el caso
trotskista adquieren unos ribetes especiales. Sobre todo porque suelen marchar
de la mano de elaboraciones especialmente depuradas, nos encontramos con
una explicación de unas dinámicas disgregadoras que rizan el
rizo, cuando no se extravían en limbos tan dudosos como el que encarnó
Gerry Healy, sin duda el más perturbador de todos los nombres de los
trotskismo (9).
Este evidente dislate crea unas dinámicas
que atraviesan las coyunturas políticas, y que se justifican por su
propia inercia como sección de tal internacional o fracción
de internacional. A la mayoría las encuentras en lugares tan ajenos
a la tradición como las papeletas electorales. Grupos o subgrupos
que permanecen apartados de “lo que se mueve”, sacan la cabeza en periodo
electorales, o sus Webs correspondientes para destilar las excelencias doctrinarias,
ajenos a todo lo que pueda crearles problema con la realidad que, en principio,
deberían tratar de transformar. A veces se les puede sentir evocar
sus mitos, Trotsky por supuesto, el primero. No hay duda de que el personaje
abarca tanta historia, tanta que Deutscher se quedó corto con su tres
volúmenes. Sin embargo, Trotsky no se sentó en los “principios
fundamentales”, ni nada parecido. De hecho, es tal en la medida en que se
movió, trato de conquistar una y otra vez las almenas de la realidad.
Y es que si el trotskismo tiene un sentido no es como la gran solución,
es ni más ni menos una aportación. Desde la construcción
de puede mirar a las demás corrientes desde una superioridad teórica
o programática que no puede existir preconcebida. Aportará
a las alternativas desde la acción y el debate.
Las generaciones a las que va destinada este libro
se encuentran con un bagaje de formación y lecturas más atrasada
que las anteriores que sacaron músculo en este terreno. Es más
que probable que muchos de los acontecimientos, personajes y debates
que cita Bensaïd, le resulten poco o nada conocidos. Pero cabe esperar
que libros como este le ayuden a restablecer con el máximo detalle
un mapa que conecte el pasado con el presente, para una lucha que -hay que
repetir todas la veces que sean necesarias- Ahora es más necesaria
que nunca.
Notas
---1) En uno de sus dictámenes el “gran” Jean-François Revel
(Le Point nº 1501, 22/6/01), con ocasión del “escándalo”
provocado alrededor del pasado trotskista de Lionel Jospin, decía
sobre Trotsky: a) que el hecho de que fuera expulsado del partido, de la
URSS y finalmente asesinado, se explica porque el "exterminio de unos jefes
por otros es inherente a los regímenes totalitarios", b) que
a él corresponde la "orden del 4 de junio de 1918, que establece los
campos de concentración en la URSS", y por supuesto, "las ejecuciones
y las deportaciones masivas de los marineros de Kronstadt"; y c) amén
de una frase de la sentencia que entiende la restauración de la "democracia
en el partido" como un "derecho del núcleo auténticamente proletario
del partido", y de otra en que habla de "dar libertad al arte, a la literatura
y a la filosofía destruyendo sin piedad todo lo que se dirija contra
las tareas revolucionarias del proletariado". La fórmula empleada
por Revel es muy sencilla: ofrecer citas sin indicación alguna de
tiempo y de lugar. Nada se dice de una guerra mundial, de una guerra civil
en que 21 naciones apoyaban a los zaristas, etc.
---2) El trotskismo libró una de sus mayores batallas contra el izquierdismo
del “tercer período”, cuyas consecuencias más desastrosas tuvieron
lugar en Alemania al principio de los años treinta. Pero esto no impide
que la crítica de Elorza & Bizcarrondo (Queridos camaradas.
La Internacional Comunista y España: 1919-1939, Barcelona, Planeta,
1999), esté literalmente construida sobre una suerte de simetría
extremista derivada de la tentativa de aplicación mimética
de la revolución de Octubre, en tanto que Stalin-Togliatti sirvieron
“casi perfectamente” a la República, que era lo único de que
se trataba.
---3) Está visto que no hay manera de disociar al POUM de la definición
de “trotskista”, incierta si nos atenemos a la áspera controversia
Trotsky-Nin. Con todo, no deja de ser curioso que Víctor Alba, uno
de los poumistas más furiosamente antitrotskistas, defina al POUM
en Operació Nikolai en virtud de dos criterios básicos:
1) la revolución democrática será asumida por la revolución
socialista; y 2) el estalinismo había traicionado a la revolución
y había que ofrecer una alternativa socialista y democrática...
Si esto no es trotskismo, se le parece mucho.
---4) Sobre el “munismo” ver, Guillamón (Agustín), Documentación
histórica del trotsquismo español (1936-1948), Madrid, Ediciones
de la Torre, 1996; para un mayor análisis me remito a mi reseña
sobre el libro aparecida en www.fundanin.org.
---5) La fracción posadista representó al trotskismo antes
del mayo del 68 y de la emergencia de grupos como Acción Comunista,
después su trayectoria se hizo cada vez más errática
hasta desaparecer. Sus fuentes de propaganda provenían de América
Latina, y se apoyaba sobre todo en los textos y discursos de J. Posadas,
cuyo ideario político se fue haciendo cada vez más desaforado.
Fue una primera escuela para algunos cuadros de la LCR, entre otros Diosdado
Toledano, Jordi Dauder, Antonio Gil y Lucía González.
---6) Gracias dos trabajos, la crónica periodística de Eduardo
García Rico, Queríamos la revolución. Crónicas
del Felipe (Flor del Viento, Madrid, 1998, con prólogo de Leguina),
todo un modelo de historia “periodística”, muy inferior al trabajo
de campo de Julio Antonio García Alcalá Historia del Felipe
(FLP, FOC y ESBA). De Julio Cerón a la Liga comunista Revolucionaria
en una edición del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales
(Madrid, 2001). La mayor parte de la “vieja guardia” de la Liga (Mari Causa,
Miguel Romero, Jaime Pastor, Manolo Gari, Joan Font, etc) provenían
del FLP.
---7) No deja de ser curioso que a pesar de sus múltiples coincidencias
entre trotskismo y anarquismo en las barricadas desde julio del 36 hasta
mayo del 68, siguiendo con las “movidas” contra la globalización y
sin olvidar mayo del 37, no haya permitido una relación “amistosa”,
en buena medida porque los segundo siguen considerando a los primeros
con trazos no muy diferentes a los de Revel aunque desde sea desde una óptica
opuesta...Esto explica que no fue hasta después del asesinato de Nin
que algunos (Camillo Berneri sobe todo) empezaron a reaccionar, subrayando
por primera vez que no todos los “comunistas” eran los mismos perros aunque
con diferente collar como repetían en Solidaridad Obrera.
---8) El lector de algunos manuales del historiador de filiación “lambertista”,
Jean-Jacques Marie como El trotskismo (Ed. Península, Barcelona,
1975), o Trotsky, le trotskysme et la IVª Internationale (PUF, París,
1980), podrá creer que la mayoría de la Cuarta ostentaba el
“Guinnes” en lo que se refiere a revisiones y traiciones políticas,
todas ellas tan evidente que bastan unas pocas líneas para saldar
cuestiones cuanto menos bastante complejas...La “cuestión de las cuestiones”
para Marie-Lambert radica en la total vigencia de El programa de Transición,
escrito en 1938...En una aportación más reciente, El trotskismo
y los trotskistas (traducido y editado por el POSI), Marie se muestra
mucho más comedido. Centrado en Francia, en la triade LCR, Lutte Ouvriére
y lambertismo, en ningún momento informa sobre las enormes diferencias
en la implantación entre estos y los dos primeros, y entre oras cosas,
convierte los Foros Sociales en montajes financiados por filántropos
como Bill Gates al tiempo que se escandaliza por el escaso significado social
de luchas como la de gais-lesbianas...
---9) Fecundada desde Gran Bretaña, los “healystas” crearon allá
por mitad de los años setenta la Liga Obrera Comunista, y trataron
por igual de fundar un diario, Prensa Obrera. Lo voceaban jóvenes
militantes en las puertas de los metros, y gritaban proclamaban las pruebas
que demostraban la “infiltración” en el trotskismo, acusación
centrada en dos antiguos líderes del SWP norteamericano, Josep Hansen
y George Novack (filósofo muy traducido en Fontamara)....Broué
contaba que en el momento de la apertura de los archivos de Harvard de Trotsky,
aparecieron dos investigadores afines al grupo para encontrar las “pruebas”
que tanto habían enunciado, “pruebas” que existían pero que
inculpaban al mismísimo Trotsky. El asunto radicaba en el hecho de
Hansen y Novack con el aprobado de Trotsky tantearon la posibilidad
de que el FBI les pudiera servir ocasionalmente ante la presión asesina
que se cernía sobre la casa de Coyoacán.