Pepe Gutiérrez
Murió el 25 de mayo,
a los 87 años, Eduardo Pons Prades, combatiente, escritor e historiador
anarquista.
Encuentro muy curioso el que lo que más se haya destacado en las diversas
reseñas periodísticas recogidas del 29 de mayo, es que fue
fundador de la editorial Alfaguara, precisamente. El hecho no tiene ninguna
significación especial en una trayectoria militante que ya existía
al estallar la sublevación militar-fascista, y que luego fue ininterrumpida.
Nos remiten a un tiempo en el que Eduardo trabajó junto con Camilo
José Cela –el verdadero fundador de esta editorial auténticamente
liberal para aquellos tiempos-, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo,
así como el poumista Ignacio Iglesias. Sin embargo, el detalle sí
resulta indicativo tanto de las innumerables batallas de Eduardo como de
su carencia de reflejos doctrinarios y sectarios. Siendo un anarquista de
vieja escuela, y admirador entusiasta de la “obra constructiva” de la revolución
española sobre la que ofrecía –como con todo- sus propias vivencias
y detalles, también fue un republicano en el sentido más pleno
de la palabra. Semejante sincretismo o amplitud de miras explica que nunca,
en ninguna conversación personal, entrevista, artículo o debate,
escuché de su boca un reproche con tal o cual corriente política
implicada en la defensa de la República. Es más, el único
rifirrafe que recuerdo haber tenido con él mientras trabajábamos
en las páginas de cultura del lejano Brusi de inicios de los años
ochenta, junto con la malograda Dolos Pala, fue con motivo de un artículo
mío especialmente crítico con el estalinismo y con Juan Negrín.
No obstante, en los últimos tiempos, Eduardo tomó parte con
entusiasmo en actos de homenaje a Víctor Alba, a Joaquín Maurín
(al que conoció si no recuerdo mal en un pasaje carcelario), en el
70 aniversario del POUM, ya con una actitud más firme sobre esta controvertida
cuestión. Siendo libertario, autogestionario, miembro activo de la
CNT en los años más duros, en aquellos años cuarenta
y cincuenta en el “te jugabas la vida y la libertad”, y de haber participado
en los duros debates entre los “fundis” y los “realos” del anarcosindicalismo,
nunca le sentí ningún reproche, y eso que, como partidario
de Ángel Pestaña, y por lo tanto de la conformación
del anarquismo como “partido” (en la línea de Horacio Prieto), lo
suyo era tratar de ampliar la resistencia contra el franquismo, de hacer
converger el máximo número de oposiciones. Luego, ya se arreglarían
las cuentas contra el capitalismo... Esta característica de amplitud
de miras (siempre con el indudable sello libertario), hace que la obra de
Eduardo adquiera un significado diferenciado de otros grandes escritores
e historiadores autodidactas surgidos del seno de la CNT, como pudo serlo
José Peirats y lo sigue siendo su amigo Abel Paz. Él no fue
autor de una escuela, no tenía límites doctrinarios, y si tenía
un punto de vista, era el de la izquierda vista desde abajo. Su abc doctrinario
fue por lo tanto muy ecléctico; tomaba lo que necesitaba para servir
a su entender a una causa mayor que la de la CNT. De ahí que hablara
con el mismo afecto de combatientes socialistas, comunistas, poumistas o
anarquistas. A lo sumo, se podía leer entre líneas un mayor
grado de complicidad, pero había que saberlo. Claro que sus citas
procedían de Eliseo Reclús, Ferrer i Guardia –su máximo
ídolo: Eduardo fue un historiador y un periodista de la Escuela Moderna—,
o Durruti, pero también citaba a Pi i Margall o a Azaña. Esta
falta de prejuicio o de rigorismo político fue lo que le llevó
a jugar un papel de primera línea en la resistencia francesa, parte
de una gesta por la Libertad que las autoridades vecinas serían bastante
rácanas en reconocer. Y es que cuando llegó la hora de la resistencia,
Eduardo era ya un antiguo combatiente. Leyendo algunas de sus cosas, que
tan pródigamente publicaba en los setenta en revistas como Tiempo
de Historia, Historia y Vida, Historia 16 –en donde aparecieron unas memorias
suyas por entregas— o Nueva Historia, uno también se imaginaba que
había nacido por lo menos diez años antes. Pero no, Eduardo
solamente tenía dieciséis años el 18 de julio, y tuvo
que falsificar su documentación para ingresar como voluntario en el
ejército republicano. El que Sí que hizo la guerra, y modestamente,
como un soldado de la República, como subraya humildemente en dos
de sus muchos libros. En este terreno, Eduardo es de la estirpe de Eduardo
Guzmán, el gran periodista libertario. Tenía 20 años
cuando ingresó en la resistencia, y 25, cuando empezó de nuevo
la lucha contra el franquismo con las armas y con la organización.
Treinta, cuando cogió la pluma. Tenía una alma de historiador
a lo Herodoto; carecía de formación intelectual académica,
su universidad fue la lucha, y sus letras, las de la prensa obrera. Pero
poseía una memoria portentosa, o quizá, simplemente, sentía
una pasión inagotable por lo que había visto. Una pasión
que le llevó a no dar cuartel al franquismo, y dudo que haya alguien
que pueda competir con Eduardo en las tareas de divulgación de lo
que él mismo llamaba “la memoria popular”. Su labor en este terreno
fue inagotable, no hay más que darse una vuelta por las revistas citadas
o por los periódicos de los setenta-ochenta. Luego, todo se hizo muchísimo
más cuesta arriba, las nuevas autoridades se crearon una nueva historia
oficial –la de la Santa Transición a imitar por todas las dictaduras
cuyas autoridades quiesiran reciclarse victoriosamente—, y los temas que
había publicado Eduardo pasaron a las editoriales más marginales.
Y ahí siguió, hasta que, desde finales de los noventa, comenzó
a editar nuevamente. Por medio quedaron muchas cosas, reflexiones mucho más
críticas sobre lo que había sido la República y las
izquierdas en la guerra, la observación de que, a fin de cuentas,
la Segunda Guerra Mundial fue un enfrentamiento entre lo Malo –los Aliados—
y lo Peor –el Eje—, aventuras solidarias como la de Nicaragua. Eso sin olvidar
algún que otro sueño que sorprendería a los que conocen
al Eduardo obrerista, sindicalista, historiador de los de abajo, caminante
renqueante con sus piernas zambas que atraviesa grandes espacios del país
para conocer todos los rincones y todos los testimonios de nuestras “guerrillas”,
o de Francia, su segundo patria, la que le permitió ir tirando, porque
“esto de los libros, tú ya sabes”. Para mí, amigo y compañero
más bien ocasional, esta imagen de Eduardo es indisociable de Antonina,
de una casa en la que los libros ocupaban los asientos, de Eddie Pons que
también hizo sus pinitos como dibujante en El Diario de Barcelona.
La obra de Antonina es personal e intransferible, pero también es
cierto que entre ambos había, aparte de una montaña de ternura
y un mar de curiosidad social e intelectual, numerosos vasos comunicantes.
Eduardo ya sería importante con sólo haber sido emblemático
símbolo de los soldados de la República y de la CNT, como ejemplo
de una trayectoria que mantuvo vivo su amor por la verdad, la justicia y
la reparación, que siguió vibrando de dolor y furia al recordar
a las mujeres de los maquis (espero que antes de morir haya visto El laberinto
del fauno, seguro que disfrutó de lo lindo), o a esos niños
de los que nadie hablaba, y sobre los que Eduardo prestó el primer
hilo a Montse Armengou para que realizará su imperecedero documental
sobre Els nens perduts de la República... El mismo que siguió
indignado frente a las tergiversaciones de un Pío Moa, autor al que
desmontó en una tarea que ningún derechista le agradecerá,
y el mismo que convirtió sus trabajos y sus días en la labor
de restituir en toda su plenitud lo que ahora se llama “memoria histórica”.
El historiador que un día tire de ese hilo y pase por todos sus momentos
–incluyendo ese inmenso osario de Valencia que el PP quiere reservar a una
doble especulación, moral y urbanística—, tendrá a su
disposición unas páginas testimonio de que tal vez, antes que
nadie y más que nadie, hubo un militante con el cabello rizado, el
rostro y la nariz afilada, que fue reuniendo datos, entrevistando, escribiendo,
hablando... Tenemos que volver a hablar de Eduardo Pons Prades, que fue tan
nuestro.