Diego Rivera, Frida Kahlo y Siqueiros:
revolución y artes plásticas
Pepe Gutiérrez-Álvarez
1. Grandezas y mezquindades de Diego
Rivera.
La "vieja guardia" del POUM nos ha contado
una y otra vez los esfuerzos de Andreu Nin por encontrar asilo a Trotsky
en Cataluña nada más inaugurada la II República. utilizando
sus relaciones -que databan de un viaje a Moscú con el idealista presidente
de la Generalitat catalana, Francecs Maciá. Entonces, Maciá
adujo la "falta de competencias” para su gobierno en materia de visados como
justificación, y como ulteriormente. en vísperas de la
guerra civil. a pesar de las agrias diferencias que le separaban, Juan Andrade
y otros poumistas, se movilizaron por ofrecerle asilo incluso llegaron
a prepararle una hermosa vivienda en El Vendrell, Tarragona, el pueblo natal
de Andreu Nin. Cabe imaginar que de haberse cumplido esta alternativa, el
plazo de su asesinato se habría cumplido presumiblemente mucho antes
que en México, lugar donde, no obstante, se puede hablar de una “resurrección”
del viejo revolucionario que había sido condenado a vivir en
un “planeta sin visado”.
En su minuciosa biografía de
Trotsky (Ed, Fayard, París, 1989), Pierre Broué habla de "resurrección"
al referirse al pasaje de éste por la luz y el paisaje de México,
donde fue acogido a principios de 1937 por Diego Rivera y Frida Kahlo con
el beneplácito de Lázaro Cárdenas. El calor humano,
la amistad y las facilidades que encontró allí, nada tenían
que ver con la fría y amarga experiencia de Francia o Noruega. Se
puede asegurar que el famoso pasaje de su Testamento, en el que proclama
que “la vida es bella” (1), se entiende desde dicha "resurrección",
incluso más allá de la inconmensurable tragedia que estaba
diezmando a toda su familia, a sus camaradas y amigos dentro pero también
fuera de la URSS. Sobre todo en el marco de la guerra de España por
donde pasó el equipo de expertos que tenían como misión
su asesinato.
Se ha dicho que en la generosidad de Lázaro
Cárdenas -mostrada previa y ampliamente en su actuación beligerante
a favor de la República española sin que puedan deducirse motivos
egoístas-, coincidía con sus intereses estratégicos,
porque, al albergar a Trotsky podía remarcar sus distancias de la
URSS en un momento en que su actuación reformista enérgica
daba pie a la derecha a atribuirle intenciones criptocomunistas. Sin embargo,
aún y así, está claro que en el gesto de Cárdenas
había una corriente de simpatía que acabaría siendo
mutua. Mientras que Cárdenas facilitó a Trotsky una conexión
discreta pero directa con la presidencia, y se mostró en disposición
de ayudarle prudentemente, permitiéndole una libertad más que
suficiente, sin la cual, por citar un ejemplo, no habrían podido tener
lugar las sesiones del Tribunal Dewey, la contundente y detallada réplica
liberal-marxista a los "procesos de Moscú". Por su parte, en su comprensión
hacia Cárdenas, Trotsky 11egó no sólo a escribir varios
al1ículos en su defensa, sino hasta el extremo de enfrentarse al propio
Rivera.
Rivera había sido, al lado de
Orozco y Siqueiros, y del que luego sería su biógrafo, el intelectual
mexicanista norteamericano Bertram D. Wolfe (2), uno de los fundadores y
animadores del partido comunista mexicano hasta su exclusión en 1929.
El mismo año en que se declaró abiertamente simpatizante de
la Oposición de Izquierdas. Aparte de pertenecer -como Nin y Andrade
y tantos otros líderes de la Oposición- a la estirpe de los
fundadores, Rivera reunía en su peculiar trayectoria un doble enfrentamiento:
con el gran capital en el caso del Rockefeller Center (3), y con la burocracia
de las artes plásticas en Moscú, esto sin olvidar otras actividades
radicales. O sea que desde su doble ámbito de militante y artista
debía de sentirse -aunque a su manera- en la línea que preconizaba
Trotsky en Literatura y revolución.
Consciente de esta afinidad, éste
le hizo llegar en junio de 1933 una carta desde Buyuk Ada en la que le decía:
“....Conozco su pincel sólo mediante reproducciones, naturalmente.
En 1928, cuando me encontraba en Alma-Ata, Asia Central, me topé por
vez primera con algunas fotografías de sus obras en un suplemento
ilustrado de una publicación americana cualquiera. Sus frescos me
impresionaron por su mezcla de virilidad y calma, casi ternura, por su dinámica
interna y el tranquilo equilibrio de las formas. y con todo ello, esa frescura
magnífica para abordar el hombre y al animal. Jamás imaginé
que el autor de esas obras fuera un revolucionario que se halla bajo la bandera
de Marx y Lenin. Apenas recientemente supe que el maestro Diego Rivera y
el otro Diego Rivera, el amigo cercano de la Oposición de izquierdas,
Son una sola y la misma persona. Ello me agradó infinitamente, porque
la fuerza de las grandes ideas se verifica también en el hecho de
que ellas atraen hacia sí todo lo que hay de mejor en los diversos
ámbitos de la creación humana (...) Mantengo aún viva
la esperanza de visitar América, de ver los originales de sus obras
y de conversar personalmente con usted. ¿O quizá en un futuro
cercano visitará Europa vía Estambul o Prinkipo?...(4).
Que se trataba de dos personalidades
que difícilmente podían coexistir no tardó mucho tiempo
en demostrarse. Trotsky no solamente estaba altamente agradecido, también
apreciaba muy altamente el universo pictórico de Rivera como lo muestra
en su artículo El arte y la revolución. También en el
ámbito político estimaba la calurosa actuación del pintor
por más que, en no pocas ocasiones, su imaginación y su arbitrariedad
llegaran a exasperarle. De hecho, Trotsky habría preferido que Diego
sé mantuviera, a la manera de Marx Con el exuberante poeta Ferdinand
Freiligrath, en la Liga de los Comunistas, es decir Como un simpatizante
sin implicarse en lo organizativo. Esto de hecho era lo que hacía
Frida, mucho más elemental en cuanto sus criterios, que se ceñían
ante todo en la ayuda a los artistas jóvenes o a campañas como
la emprendida a favor de la República española sin entrar en
mayores detalles sobre la revolución o el POUM. Curiosamente, a pesar
de esta evidente distancia, Siqueiros atribuirá a Frida una mayor
responsabilidad en la acogida de Trotsky, aunque no dice porqué. Los
encuentros entre ambos fueron para Trotsky más importantes, que cualquier
otra actividad, una excepción sumamente particular, y durante un primer
tiempo sus relaciones fueron muy calurosas.
Se ha afirmado que la aportación
de Rivera al Manifiesto por un arte revolucionario e independiente que acabó
firmando junto Con Breton, fue nula y que Trotsky y Breton fueron los verdaderos
autores del texto. No obstante, es justo añadir que Rivera tomó
-aunque fuese más modestamente- parte en las conversaciones preliminares
y que tuvo ocasión de enmendar o añadir alguna que otra línea.
De lo que no hay duda es que compartía sus líneas generales,
y de que Trotsky valoró muy positivamente que tácticamente
suplantara su firma. Algunos de los textos que aportamos revelan claramente
las implicaciones de Rivera en el debate contra el estalinismo, en el punto
del POUM, y su papel determinante en la visita de Breton que, además,
acabaría siendo sumamente importante para el reconocimiento internacional
de la pintura de Frida Kahlo. Un reconocimiento que, hay que decirlo, él
mismo había efectuado Con anterioridad cuando a los ojos de los demás
no era mucho más que su singular compañera.
A finales de 1938, las relaciones entre
Trotsky y Rivera entraron en su recta final. A pesar del empeño del
viejo revolucionario, de su indiscutible estima, nunca consiguió aproximarse
a una amistad comparable a la que tuvo con Rakovsky o Joffe, con los que
compartió dos décadas de luchas. Le separaban muchas cosas,
entre ellas el "lado errático" del carácter del artista, y
su singular versatilidad. Sin duda, el aspecto más conflictivo entre
los dos estuvo relacionado con la actitud de Rivera en el debate entre las
dos tendencias del pequeño grupo trotskista mexicano. Consciente del
sobrepeso y de la ambivalencia de la actitud de Diego, Trotsky trató
de mantenerlo apartado del conflicto:
"Rivera -escribió- es una gloria nacional,
la venta de sus cuadros le aporta grandes sumas, y es él quien costea
la mayoría de veces las necesidades financieras del grupo. Cuando
se plantea un problema, por ejemplo la impresión de un cartel o la
organización de un mitin, él puede, bien contribuir amplia
y suficientemente si está de acuerdo, bien, haciendo caso omiso, imponer
su voluntad. Semejante situación conduce inevitablemente a crear tensiones
internas dentro del grupo. Sería preferible que Rivera se mantuviera
al margen de la actividad cotidiana y que no fuera más que un simpatizante
generoso. Pero no es así y se empeña en participar en la vida
interior del grupo"(5).
Este conflicto creó ya un mal
ambiente que se agravó cuando un artículo del pintor fue incluido
como carta en la revista Clave. Tribuna Marxista. Luego alcanzó un
grado mucho más duro con la destrucción del mural de O' Gorman.
Cuando a fines de diciembre del mismo año, Natalia encontró
en el despacho de Van Heijenoort una carta de Diego a Breton -al que Trotsky
trataba de mantener total mente al margen del conflicto-, la tensión
aumentó considerablemente. En enero de 1939, Rivera emprende su última
cabriola anunciando desde la Casa del Pueblo y desde el Partido Revolucionario
Obrero y Campesino su apoyo a la candidatura de Múgica y Ávila
Camacho, a los que denunciaba en las vísperas. Un mes más tarde
Rivera iniciaba su separación, y el intento de Trotsky a través
de Frida Kahlo no provocará ningún esfuerzo por parte de ésta,
más acorde con la actuación de su compañero que con
las razones de Trotsky.
Aquí nos encontramos con un "Trotsky
acorralado y muy humano frente a una Rivera susceptible, fantasioso, torpe
(...) con valentía -la cual no excluye el capricho y la visceralidad--
decide renunciar a la internacional trotskista" (6). En todo este proceso,
Rivera va olvidando su actitud solidaria, hasta que Trotsky renuncia a ella.
El 14 de abril, tres meses después de la ruptura, Rivera declara a
un periodista del New York Times: "El incidente entre Trotsky y yo no es
una querella. Se trata de un lamentable malentendido que, al llegar demasiado
lejos, ha provocado lo irreparable. Esto me ha obligado a romper con un gran
hombre por el que siempre he tenido y continuo teniendo la mayor admiración
y el más grande respeto" (7). Sigue tratando positivamente la IV Internacional
(a la que había homenajeado en uno de sus murales), y habla del trabajo
militante de Trotsky, de los golpes terribles que Stalin ha dado a su familia.
Define a Stalin "y su GPU" como "el organizador de derrotas". Sin embargo,
a pesar de este tono, Rivera detalla lo que le parece "irreparable": las
opiniones de Trotsky sobre su carta a Breton, y el ofrecimiento "injusto
e insultante" de un alquiler por la "Casa Azul".
Ulteriormente, entre 1952 y 1954,
cuando Rivera concluyó un largo viaje de retorno al PCM, fechó
el inicio de su encuentro con Trotsky en 1937 para minimizar sus relaciones.
No fue esto lo más indigno de su actuación. Un exmiembro del
CC del Partido Comunista Mexicano y más tarde fundador y líder
del disidente Partido Mexicano del Proletariado, exiliado en París
a finales de los años sesenta donde permaneció muy relacionado
con los restos del POUM, me contó con todo lujo de detalle las argumentaciones
de Diego en sus reuniones con la dirección del Partido Comunista Mexicano.
Dichas argumentaciones tenían todo el regusto de las "autocríticas"
a las que era tan aficionado el estalinismo en los años más
oscuros. Rivera llegó a decir que, a fin de cuentas, fue gracias a
que él trajo a Trotsky que lo pudieron matar. Este testimonio -efectuado
por una persona que me causó una gran impresión pero de la
que he olvidado un nombre que, desde luego, en París no era el auténtico-,
resulta relativamente contradictorio con otro que me ofreció Hugo
González Moscoso, uno de los líderes históricos del
trotskismo boliviano, que contaba que estando Rivera en Bolivia, coincidiendo
con la revolución de 1953, intervino en algunas tertulias con intelectuales
y artistas rememorando calurosamente su etapa trotskista, cabe pensar que
en función del ambiente.
2. Frida Kahlo o el surrealismo inherente.
Las opiniones políticas de Frida no
eran muy diferentes de las Diego, aunque las vivía de otra manera.
Ella compartía la idea de que Zapata y Villa tendrían que haber
sido complementados por una revolución socialista, y siempre estuvo
abierta a tareas de solidaridad, pero su panorama era más pequeño,
más personal, y como la pintura, seguramente mucho más auténtico.
Está claro que asistió con fervor y cariño a la acogida
de los Trotsky en México. Los atendió siempre con toda la delicadeza
y solicitud de que era capaz. Trotsky jamás olvidaría a la
persona que lo recibía en aquel país en el que revolución
seguía siendo una palabra viva, y en el que su presidente ponía
un tren especial a su disposición (lo que habría hecho por
Azaña, por ejemplo). y es evidente que en la "resurrección"
de la que nos hablaba Pierre Broué, bullía una renovación
en el ardor romántico e inconscientemente galante de aquel viejo revolucionario
que no era tan viejo ni tan puritano como podía dar a pensar con detalles
como los que cuenta su secretario más eficaz y duradero, Jean Van
Heijenoort en sus espléndidas y modélicamente breves memorias.
Heijenoort cuenta detalles tan contradictorios
como la retirada de un inocente calendario con un desnudo pictórico,
y la vodevilesca historia de una escalera que Trotsky quería fijar
en una pared determinada como precaución acertada de cara a un eventual
ataque, y cómo luego resultó que la escalera daba a la casa
contigua de una joven camarada, a la que él trataba de visitar aprovechando
el pretexto. Esta contradicción sigue presente en la historia de su
romance (posiblemente "blanco") con Frida Kahlo, y también en las
cartas de amor, insinuaciones eróticas y de reproches que cruza con
"su Natalia", "su víctima". Cabe señalar que esta contradicción
fue una de las tantas de una revolución en la que las alegrías
sexuales liberales fueron flor de un día (entre otras cosas por el
estado de guerra y de penuria, pero también por el puritanismo, manifiesto
en Lenin por ejemplo en su correspondencia con Inés Armand, y en la
que predominó un fuerte componente "machista" (denunciado por el propio
Lenin que bramaba contra el intrépido obrero comunista que no dejaba
que su mujer dejara la casa), y homófobo.
Trotsky no tardó en quedar deslumbrado
por aquella mujer, e imperceptiblemente el coqueteo mutuo fue deslizándose
a una historia que permaneció tan oculta que, hasta Rivera, que tenía
el adulterio como parte de su naturaleza, se fue a la tumba ignorándola.
Trotsky aprovechaba cualquier circunstancia: los pasillos, las puertas, los
libros recomendados con notas dentro que paseaban por delante del resto de
los presentes. El trato exquisito, la cortesía desmedida al menos
para un hombre que había hablado a cajas destempladas en los actos
diplomáticos (el presidente de la República francesa Eduard
Herriot cuenta en sus memorias que cuando fue recibido por Trotsky como jefe
supremo del Ejército haciendo tocar a las tropas "La Marselleise",
él le dijo diplomáticamente, "Esto es lo que queremos hacer
nosotros", a lo que Trotsky le respondió con malos modales: "¡Sí,
pero nosotros lo hemos hecho!"), debieron de deslumbrar a Diego y a Frida,
conscientes de que tenían en su casa a un personaje absolutamente
excepcional. Trotsky se encontraba "como un cadete", ardía por tener
una "aventura", y Frida, que nunca tuvo ningún problema en este terreno,
consintió un juego que no podía dar mucho más de sí,
bien por las diferencias entre ambos, bien -y sobre todo- por los sólidos
vínculos que tenían con sus respectivas parejas.
Cuando Natalia ató cabos se separó
de Trotsky durante la mayor parte del mes de octubre de 1937, y la ruptura
se impuso. Trotsky pidió a Frida que quemara su correspondencia, y
le escribió una carta "muy linda" de despedida a la que tuvo acceso
Elia Wolfe, la compañera de Bertram, que la leyó antes de destruir
a Trotsky temía que la historia pudiera ser utilizada por unos enemigos
que no se detendrían ante nada. Ulteriormente, siendo ya Frida la
pintora más reconocida de toda América Latina, una figura de
leyenda objeto de multitud de biografías, antologías, ensayos,
novelas y películas", la noticia del romance ha llegado hasta las
revistas (mal llamadas) del corazón como una puntuación en
un "curriculum" excepcional, sobre la que raramente se introducen elementos
de análisis y de reflexión (8). En su evolución política
ulterior, tan determinada por el cambio de época que significó
la II Guerra Mundial, Frida se sintió más identificada con
el dilema de bloques más simple: mundo comunista lejano, idealizado,
con padres adorados) o "mundo libre" (donde funcionaba la ley del más
fuerte).
Fue cuando reingresó en
el Partido Comunista sin los traumas de Diego, pintó a Stalin como
un icono, y su último acto público fue tomar parte en una manifestación
de protesta contra el golpe de Estado contra el gobierno de Jacobo Arbenz
en Guatemala, y en una foto histórica aparece inválida acompañada
por Diego y Siqueiros. El mismo año (1954) falleció, y en la
foto de su entierro los dos pintores aparecen acompañados por Lázaro
Cárdenas... El hilo de Guatemala nos lleva al "Che" Guevara, que fue
testigo de como el "monstruo" del Norte no dejaba que el Sur hiciera su propia
revolución. Otro testigo trotsko-surrealista, el pintor gallego Eugenio
Fernández Granell, antiguo compañero de Andreu Nin, conoció
otro ángulo -bastante oscuro- de esta historia, la de un PC estaliniano
que no soportaba a los "trotskistas". El hilo de Cárdenas nos lleva
al Tribunal Russell. Allí se sentó al lado de Isaac Deutscher
y de Peter Weiss, que trató de "atrapar" en una obra de teatro, Trotsky
en el exilio, toda esta historia para la que Deutscher reclamaba un Eurípides
moderno (9)...
El último ovillo de este apartado
lo representa Natalia. Su ruptura temporal provocó como una "catarsis"
en su relación amorosa con Trotsky. Normalmente olvidada en toda la
bibliografía "trotskiana", Natalia fue una mujer absolutamente excepcional.
Fue ella la que introdujo a Trotsky en el interés por el mundo del
arte. Su agradecimiento a Lázaro Cárdenas fue enorme, y lo
manifestó en una carta personal escrita a raíz de la visita
que el general le rindió (el 24 de agosto) poco después del
entierro de Trotsky, durante la cual expresó su apoyo a que Natalia
permaneciera en México. Le agradece las atenciones en febrero de 1938
con ocasión de la muerte de León Sedov, y por el apoyo mostrado
a continuación del atentado perpetrado por el grupo de Siqueiros.
Natalia dice: "Desdichadamente mi marido no le pudo conocer personalmente,
aunque nuestra vida se relacionaba con la suya por los ligámenes de
su generosa disposición, y su ayuda en los días difíciles
que hemos atravesado. En Noruega nos encontrábamos bajo la amenaza
de muerte inminente y no hubo un solo país en el mundo que osara ayudarnos.
La excepción llegó del legendario México con su pueblo
generoso, comprensivo e independiente. Vd. ha prolongado cuarenta y tres
meses la vida de León Trotsky. Yo guardo en mi corazón mi gratitud
por ese tiempo. No solamente yo, sino centenares de miles de combatientes,
que luchan por la renovación de la humanidad" (10).
3. Siqueiros o el estalinismo irredento.
Otros hilos, uno pequeño, nos
lleva a una entrevista de Trotsky con Orozco. Éste, a pesar de su
interés no salió de su escepticismo militante y no firmó
el Manifiesto aunque coincidía con él (11). Otro más
grueso nos lleva a David Alfaro Siqueiros que, desde la perspectiva del encuentro,
complementa Oscuramente la trinidad muralista, representando en primer plano
la trama conspiratoria que culmina en el asesinato de Trotsky.
Esta trama, elaborada fríamente por profesionales,
resulta especialmente "exótica" cuando es explicada por un ya anciano
Diego Siqueiros en el capítulo XVII de sus memorias, "Por qué
el 'atentado' contra Trotsky"' (12), del que se puede decir que no tiene
desperdicio. Ya en un capítulo anterior (el Décimo), titulado
"Mis controversias con Diego Rivera", relaciona la ruptura de éste
con el estalinismo desde tres aspectos. Primero se refiere a una entrevista
con Stalin en la que tomaron parte tanto Rivera como Siqueiros, con Maiakovski
como intérprete. Según Siqueiros, "Maiakovski y Rivera, sobre
todo el primero, salieron manifiestamente disgustados de la entrevista".
Como es sabido, Maiakovski no tardó en suicidarse. Este disgusto fue
lo que asegura Siqueiros que llevó a Rivera a simpatizar con el -último-
discurso "trotskista" de Andreu Nin en el IV Congreso de la Internacional
Sindical Roja en 1927. Finalmente se pregunta: "¿Fue auténtica,
sincera teóricamente, la actitud de Rivera? En su nueva posición,
¿no había un oportunismo futurista frente al desarrollo reaccionario
de la vida política de México?”. En ningún lado explica
la relación entre ambas cosas.
En cuanto a la "nueva posición"
la describe así: "Trotsky sostenía un punto de vista ortodoxo
e indudablemente sectario frente a la opinión representada por Stalin
y otros altos dirigentes soviéticos, en lo que respecta a la posibilidad
o imposibilidad de que el socialismo pudiera establecer(se) definitivamente
en un solo país. La frase de Marx: El socialismo será internacional
o no será, constituía uno de los puntos fundamentales de su
doctrina. De ese principio partía para afirmar que la única
manera de sostener en definitiva el socialismo en la Unión Soviética
era conducir al Ejército Rojo, en combinación con el proletariado
de los diversos países, por una parte a la conquista del mundo occidental
y por la otra a la conquista de los grandes países del Extremo Oriente,
como también de los Balcanes".
La cuestión del "atentado"-dice-
"empieza en España", en plena guerra civil, donde Siqueiros es teniente
coronel, jefe de la 82ª Brigada de Teruel. En España "se produjo
un tremendo movimiento de repulsa" contra el asilo a Trotsky, una "repulsa
que los mexicanos éramos los primeros en padecer". Tanto fue así
que al asistir al Congreso Nacional del PCE, que se celebraba en Valencia,
ocurrió que en el discurso de la Pasionaria, ésta, a la hora
de enumerar la "ayuda al pueblo español", después de mencionar
"naturalmente, el primer país donde el socialismo ha triunfado", pasó
a hacerlo con Checoslovaquia. Siqueiros dice: "La impresión general
no es fácil de describir. Una tremenda interrogación había
en todos los semblantes". A la salida, la famosa socialista y feminista Margarita
Nelken le dijo: "Siqueiros, !que ignominia¡". En el tiempo que sigue,
"no terminaron las recriminaciones esporádicas por la actitud de México
en el caso de Trotsky".
Nadie "se explica que el general Lázaro
Cárdenas, ese amigo de la República, ese gran hombre de México,
haya podido dar refugio a Trotsky y esté favoreciendo las actividades
de hecho contrarrevolucionarias suyas contra la Unión Soviética,
que es la única fuerza internacional que realmente puede salvar nuestra
situación contra los reaccionarios del mundo entero". Más adelante,
Siqueiros trata de "comprender" a Cárdenas que "en el fondo debía
de haber pensado que la lucha de Trotsky contra Stalin era una lucha entre
familia (...) no veía lo que el trotskismo podía significar
al estallar la guerra contra el nazifascismo". Tanto Hitler como el imperialismo
yanqui, "concebían a Trotsky y al trotskismo como un peón de
reserva de inevitable valor cuando llegara el momento...".
Entonces fue cuando "se produjo la puñalada
por la espalda más artera que por su magnitud se haya producido en
país alguno contra un pueblo que ha tomado las armas para defender
sus instituciones democráticas..." Siqueiros sé refiere a la
"sublevación trotskista (que) produjo cerca de cinco mil muertos solamente
en la ciudad de Barcelona y distrajo más de cincuenta mil hombres
del frente, para reprimirla". La sublevación la "atribuye sin titubeo
al POUM, al que caracteriza como "el partido trotskista de España,
que respondía a la dirección internacional de la cuarta internacional,
con cuartel general en México, precisamente en la casa de Trotsky,
donde se celebraban congresos internacionales, y todo" (13). A consecuencia
de esto, resultaba claro que "la protección (...) era aún más
grave de lo que podía imaginarse", por lo que la "pregunta normal
que nos hacíamos unos a otros era la siguiente: "¿ Vamos a
permitir que Trotsky continúe en México... ?" Finalmente se
hizo la evidencia: "Cueste lo que cueste -nos dijimos todos- el cuartel general
de Trotsky en México debe ser clausurado, aunque tengamos que encontrar
una fórmula violenta".
Esta fórmula planteaba un problema
de "principios", ya que: "Como es bien sabido, los actos de fuerza, tales
como el putch y desde luego toda forma de atentado personal, aunque relativo,
como tendría que ser el nuestro, no corresponden de ninguna manera
a la doctrina del marxismo y de hecho menos aún a la del marxismo-leninismo
(cuya) fuerza radica en la acción de masas organizadas, que puede
ir, naturalmente, desde la protesta pública, pacífica, hasta
la revolución armada, si las circunstancias lo exigen, pero nada más.
Los actos individuales o minoritarios, al margen de toda disciplina, de carácter
heroico, son totalmente excluidos". En este sentido justifica las campañas
(como la magnificada de Vicente Lombardo Toledano), y las presiones en torno
a Cárdenas para "agotar todas las posibilidades de solución
político-amistosa, de solución político-pacífica".
Pero los acontecimientos se sucedían, mientras "que Trotsky y su equipo
penetraban cada vez más profundamente en las actividades políticas
concretas de México", por lo cual se hizo "necesario, pues, acelerar
el encuentro de la meta que nos habíamos propuesto, esto es, la supresión
del cuartel general de Trotsky en nuestro país...". La descripción
de la meta es la siguiente: "...tenía como objeto desarmar a la policía
mexicana", y una vez conseguido el "objetivo, nos retiraríamos antes
de matar o herir a alguien.
En una elipse final que escamotea el relato
del "atentado", reconoce: "Nunca negué y no niego ahora mi participación
en el asalto a la casa de Trotsky el día 24 de mayo de 1940, objetivamente,
conforme a la ley imperante, constituyó un delito (por) el que he
pasado largos periodos de cárcel, más de 3 años de exilio:
la pérdida de fuertes cantidades depositadas por concepto de caución
y una ofensiva infamante a escala internacional" (14). Luego cita el título
de una película "superlativamente cursi", Lo que un hombre puede sufrir,
para describir sus penalidades resultantes. Entre ellas cita -con la verbosidad
que caracteriza su texto- las "lágrimas" que ulteriormente, ya de
regreso a México, le ocasionaron los "marxistas de la línea
de Trotsky, que se movían a impulsos de la nueva ola estética,
como Vlady, el hijo de Víctor Serge", que con sus ideas de "que el
arte llamado de vanguardia no podía florecer en una colonia económico-intelectual,
por corresponder, precisamente a clases directoras culturalmente más
adelantadas".
El hilo de Siqueiros nos lleva
a un reconocido escritor y científico soviético, Yosif Grigulévich,
que ejerció numerosos papeles como agente de la GPU, a veces actuando
como diplomáticol5 y que en sus ratos libres fue también "un
escritor soviético, historiador de la literatura, autor de obras literarias
dedicadas a figuras insignes de la cultura española y latinoamericana
(Pablo Neruda, 1961, García Lorca, 1965), así como de trabajos
científicos sobre literatura latinoamericana", y por lo tanto de las
ediciones soviéticas en lengua castellana. Diversas revelaciones ulteriores
a la "perestroika" sitúan a Grigulévich en el centro de la
trama como el hombre X que nunca pudo ser identificado (15). Entre otras
cosas se sabe que fue la persona que se ganó la amistad del bisoño
guardaespaldas de Trotsky, Brett Sheldon Harte. Consiguió que éste
le abriera confiadamente la puerta por la que pasó sin dificultades
el grupo capitaneado por Siqueiros. Harte apareció ulteriormente asesinado,
horriblemente desfigurado y sobre él cayó un interrogante de
complicidad confirmada ulteriormente por Pavel Sudoplatov. Parece obvio que
su contacto era Grigulévich, aunque no se acaba de entender porqué
lo mataron.
Grigulévich firmó
sus obras con diversos seudónimos. Uno de ellos fue Leo Ospovat, que
es como firma Diego Rivera (16), obra sobre "uno de los fundadores y corifeos
de la pintura mexicana monumental". En ella ofrece sobre este punto una versión
no muy alejada de la de Siqueiros cuyo testimonio considera, justamente,
"digno de confianza". Llega a decir que la estancia de Trotsky (el "Bonaparte
soviético", le llama) en México, "constituye el enigma más
oscuro, contradictorio y no aclarado hasta hoy de la vida de Diego Rivera".
y para mostrar la dificultad de aclarar el asunto saca a colación
algunas de las anécdotas que Neruda dijo que le había contado
Rivera. En la primera cuenta que "en cierto tiempo, estando en París
(Rivera), practicó la antropofagia (...) y aconsejaba comer carne
humana como dieta higiénica y de paladar exquisito. Incluso daba recetas
para cocinar gente de todas las edades."
Nuevos hilos nos podían
llevar por ejemplo hasta los escritores y artistas que estaban desapareciendo
en aquellos momentos en la URSS acusados de "trotskistas"... y al final del
ovillo, extraemos una conclusión simple, a saber, mientras que poco
o nada interesa -a no sea desde el punto de vista sociológico, o desde
el ángulo de alguien muy especial el arte y la cultura oficial de
la Rusia estalinista de la época, todos los personajes que componen
este cuadro, incluso en sus partes más oscuras, representan un momento
excepcional en la historia de las ideas y del arte.
Notas
---1 El actor y cineasta italiano Roberto Benigni utilizaría la frase
en su célebre película, La vida es bella (Italia, 1998) que
narra en clave tragicómica las peripecias de un padre judío
que trata de salvaguardar a su hijo de los horrores en un campo de exterminio
nazi. Así lo hizo constar en unas declaraciones: "Trotsky es el padre
del título: escribió esta frase, al ver a su mujer en el jardín,
mientras esperaba a los asesinos enviados por Stalin (en El País,
26-5-98), aunque en el texto del diario se dice "Lenin", un lapsus
no exento de significación. Total, una amputación más.
---2 ver nota 5.
---3. Véase: Diego Rivera. Paraíso perdido en Rockefeller Center,
edición de Irene Hemer Herrera, Edicupes, México, 1986; Diego
Rivera, Arte y política (ed. de Raquel Tibol, Ed. Enlace-Grijalbo,
México-Barcelona-Buenos Aires, 1978).
---4 Citado en el trabajo de Xavier Guzmán Urbiola, León Trotsky,
Frida Kahlo, Diego Rivera y André Breton. Amores y desamores, en Culturas,
Diario 16 (8-9-1990
---5 Citado en Trotsky, de Pierre Broué, Ed. Fayard, París,
1988, 899 p..
---6. Guzmán Urbiola, Diario 16.
---7 .Broué, op. cit. 890.
---8. Su biografía escrita por Rauda Jamis (Ed. Circe, Barcelona,
1988), fue un "best seller", mientras que la de Hayden Herrera, Frida: Una
biografía de Frida Kahlo (Ed. Diana, México, 1985) que puede
considerarse la más completa. J.M.G. Clézio escribió
una evocación novelada de Diego y Frida (Ed. Temas de hoy, Madrid,
1994).
---9. Peter Weiss dedica parte de su Trotsky en el exilio (Grijalbo, México-Barcelona,
1977, tr. de Alfonso Sastre) a la estancia en México y al encuentro
con Breton y Rivera. La representación de esta obra le significó
la prohibición de la obra de Weiss en la URSS, donde hasta entonces
había sido muy considerado.
---10 La Correspondencia (1933-39) entre Trotsky y Natalia (Nueva Imagen,
México, 1981) fue preparada por Heijenoort utilizando la apertura
de los "Archivos Trotsky" en Harvard. A su fallecimiento sus amigos, le dedicaron
un libro-homenaje colectivo (París, 1962) en el que tomaron parte,
entre otros, Bretón y Deutscher. E] apartado más completo,
de Marguerite Bonnet apareció en El asesinato de Trotsky: antes y
después (Ed. Hacer-F. Andreu Nin) y se encuentra en esta Webb.
---11. Jean Van Heijenoort Con Trotsky. De Prinkipo a Coyoacán (Ed.
Nueva Imagen, México, 1934). Dice que Trotsky definió a Orozco
como "un Dostoyevski”.
---12. Me llamaban el Coronelazo (Ed. Grijalbo, México, 1977). Las
citas sobre el "atentado" están extraídas del capítulo
XVII. Parte de estos escritos los emplea Paul Leduc para representar una
discusión entre los tres pintores en su película, Frida. Naturaleza
viva (México, 1985).
---13. Parece evidente que Siqueiros se refiere al Contra-proceso de Moscú
presidido por el filósofo liberal norteamericano John Dewey que pudo
celebrarse en México y que fue, en cierta manera, un precedente del
Tribunal Russell.
---14. Uno de los firmantes de pliegos a favor de Siqueiros fue Pablo Neruda,
al que Octavio Paz hace partícipe del grupo vigilante contra cualquier
"infiltración trotskista" en el Congreso de Intelectuales Antifascistas
de Valencia. Neruda tuvo que justificar (o mejor dicho, relativizar) esta
relación en Confieso que he vivido. La "conexión" volvió
a ser empleada por algunas fundaciones anticomunistas norteamericanas -una
de ellas presidida por un antiguo trotskista (luego munista, de Munis llamado
Stephen Schwartz- en una campaña contra la adaptación de la
novela de Antonio Skarmeta Ardiente paciencia, aquí titulada El cartero
(y Pablo Neruda) (Italia, 1994), con ocasión de su nominación
al Oscar a la Mejor Película Extranjera. Como si Neruda pudiera ser
juzgado exclusivamente por este dudoso gesto.
---15. Cf. Pavel Sudoplatov&Anatoli Sudoplatov, Operaciones especiales
(Plaza&Janés, Barcelona, 1994).
---16 Editorial Progreso, Moscú, 1989, trad. de Ángel Pozo
Sandoval de una edición original de 1969. .