FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Mayo del 37: historia y debate

Pepe Gutiérrez-Álvarez

Este artículo es un primer borrador de un trabajo que tendría que haber sido incluido en el número 93 de VIENTO SUR pero que no pude preparar a tiempo por problemas oculares afortunadamente superados. Éste número previsto para septiembre será –excepcionalmente- un número monográfico que tiene como eje al POUM y como referencia fundamental, pero no única, Mayo de 1937. 
      
Introducción

       Como los lectores de esta página han podido saber, a lo largo de la primavera de este año, la Fundació Andreu Nin ha desarrollado una ingente actividad  relacionada con los acontecimientos de mayo de 1937 en Cataluña. Dichas actividades han consistido especialmente en la organización de diversas jornadas, una de ellas en el Colegio de Periodistas, con una amplísima asistencia, y un alto nivel en las ponencias. En la misma línea se sitúa el homenaje a Andreu Nin y a Camillo Berneri en el Palau de la Virreina, efectuado el 16 de junio, justo el día en que se cumplía el 70 aniversario de la desaparición de nuestro Andreu.
       Pero también conviene anotar que varios de los libros publicados son en mayor o menor grado coincidente con la línea general del POUM; el de Pelai, Guerra y revolución en Cataluña aparecido en Renacimiento, así como el de Ferran Aïsa, tanto es así que la Fundació ha facilitado el entendimiento para una traducción al castellano en Txalaparta. Otros libros como el de Guillamón y el colectivo de Alikornio, contienen críticas interesantes. Igualmente afín ha siso el extenso folleto que Andy Durgan a dedicado a las relaciones entre Trotsky y el POUM. La lista sigue, y para pronto tendremos en la calle una edición de los escritos de Andreu Nin, La revolución española 1930-1937, con un prólogo de Pelai Pagès.
       Algunos de los miembros de la Fundació como Pelai Pagès, Andy Durgan y yo mismo tomamos parte en diversos debates, siendo el más importante de todos en el Ateneo barcelonés. Entre estas actividades se inscriben estos artículos aparecido en la Web alternativa Kaosenlared, con un intensa y apasionada discusión a través de los diversos “blog”, debate que también se han reproducido en artículos de otros autores como Andy Durgan, y de otros situados en la izquierda comunista como Agustín Guillamón y Javier Méndez-Vigo. En todos los casos se han dado intervenciones  provenientes de los restos del naufragio político (y moral) del estalinismo. Salvo excepciones, estas notas en defensa del estalinismo apenas fueron más allá del insulto más repulsivo, insultos repetidos en otros trabajos sobre el POUM y algunos de sus representantes. En su mayoría han tenido que ser borrados ya que, además del tono impresentable, carecían del más mínimo nivel analítico.
        Otro tipo de debates sería el que encrespó la tarde-noche del Ateneo, y más especialmente la que provocaría el libro de Ferran Gallego, y sobre todo algunas de sus declaraciones en diarios como El País, y también presente en el acto. Sobre los primeros se habla en el apartado dedicado a la crónica del acto…con Ferran la controversia estalló en el “blog” de Guillamón en el Ferran también me implicó un poco porque el Pisuerga pasaba por Valladolid. Una enfermedad –afortunadamente- pasajera ha dejado en el ordenador mis notas para un artículo polémico con sus declaraciones en las páginas de El Viejo Topo en las que soy un colaborador habitual, y la ocasión pasó. El paso del tiempo había desgravado una polémica sobre la que cual ya no se manifestaba el mismo interés.
        Brevemente. Creo que la obra de Ferran sobre el fenómeno fascista es del mayor interés, otra cuestión sería como se sitúa ante el paralelo fenómeno estalinista sobre el que tiende a hacer malabarismos…Su obra sobre el mayo del 37 es un esfuerzo de envergadura, densa, pero francamente irregular, y en buena medida representa un esfuerzo por justificar posiciones como las que podía encarnar Palmiro Togliatti. En mi opinión náufraga en  este punto. Nos viene a decir que el estalinismo  representó otra opción política, que no conecta con el marco soviético e internacional. Denuncia la campaña contra el POUM y el asesinato de Andreu Nin, pero…Primero, la diluye en un conflicto mayor entre la derecha y la izquierda en el campo republicano, subraya y exagera las diferencias entre la CNT y el POUM, una relación que analiza por arriba, o sea lo mezcla todo…
       Segundo, trata la posición del POUM como si se tratara de una cierta reproducción de la política estalinista del “tercer período” (es lo que hace igualmente Elorza en Queridos Camaradas), y nos viene a decir que el POUM actuaba de la misma manera, insultando al PSUC llamándolo “reformista” y “contrarrevolucionario”, y trata de establecer una simetría en el tema represivo, insistiendo en que también los “izquierdista” mataron a Antonio Sesé, hecho sobre el que se extiende como ningún otro  autor lo había hecho anteriormente, como si buscara un contra-ejemplo del asesinato de Nin...
       Su punto de mira es el propio de un “psuquero” de los años setenta, aunque combina esta filiación con la historiografía “republicanista”, la que insiste en que solamente la República tal como era podía ser una alternativa “democrática” al militar-fascismo. No deja de resultar curioso que en su prolija bibliografía no mencione dos obras primordiales de la historiografía comunista oficial, la trilogía que publicó editorial  Ebro en los años sesenta titulada Guerra  y revolución en España, cuya redacción aparece como fruto de una comisión presidida por Dolores Ibárruri pero que según diversas indicaciones, el redactor no fue otro que Ramón Mercader, ni tampoco el apretado y sugestivo capítulo que Fernando Claudín dedica a “La revolución inoportuna” en su importantísimo trabajo sobre La crisis del movimiento comunista…
        Hay que decir que la teorización de Ferran no cuenta actualmente con respaldo organizativo. En lo que  ahora queda del PSUC. Una parte, el Partido Comunista de Catalunya actúa más al margen, o sea siguen básicamente defendiendo su legado, pero  al tiempo rehúsa entrar en cualquier controversia. Por su parte, el PSUC viua es mucho más contundente en la denuncia del estalinismo,  y a la hora de asumir sus responsabilidades históricas, todo lo cual ha permitido unas relaciones abiertas en las que las discrepancias se llevan con rigor y con respeto.
       Lo que sigue es una recopilación más o menos ordenada de mis artículos sobre la cuestión. Con ello pretende facilitar una lectura conjunta a los visitantes habituales de la página de la Fundación.  Al margen de errores y repeticiones, creo que en general suponen un esfuerzo tanto para ofrecer una visión de conjunto como de algunos aspectos particulares. 

      El interrogante es trágico y doloroso, y se encuentra un poco en boca de todos y todas los que estuvieron o habríamos estado con la República: porqué perdió la República. Aquí hubo un desastre, los peores ganaron a los mejores (lo dice hasta J. R. y lo que sigue es: pues bueno hay lo que hay), el sueño fue derrotado por la pesadilla, la vida y la esperanza por la muerte y la depresión, la liberación por la barbarie, la libertad por una dictadura que -y esto es lo más importante- todavía hipoteca claramente presente y futuro. El precio fue la mayor tragedia que recuerden los tiempos, y el alcance del mal social se hará otra durante siglos. Sus repercusiones internacionales fueron desastrosas comenzando, reforzó la dictadura en Portugal, el colonialismo en el Magreb, fue un referente primordial para monstruos como Pinochet o Videla, etcétera, etcétera.
    Se ha hablado del retroceso de la ciencia, en la cultura García Lorca fue sustituido por José Mª Pemán, Max Aub por Alfonso Paso, Luís Buñuel por Rafael Gil, los maestros laicos y cultos por los la letra con sangre entra, pero sobre todo fue una auténtica hecatombe para el pueblo llano, para la cultura popular, para las mujeres y los niños que ganaron en derechos más que en siglos, el cristianismo volvió a ser el de siempre, el del beaterio y la hipocresía...en resumen, un desastre total, absoluto, y por lo tanto, la pregunta que ya se hacía en el ámbito más cercano, cuando surgía la necesidad de “hablar de todo aquello”, De una historia que se puede resumir como sigue: Aquí ganaron los de República, cuando “el Alzamiento” (1), aquí no se mató a nadie, pero cuando llegaron “esta gente”, mataron a todos los “rojos” que pudieron, a las mujeres las pelaron, le dieron aceite de ricino y la pasearon con carteles...Luego, para y los titos tuvieron que hacer la guerra, y esto fue, sin la menor duda, lo peor que les pudo pasar en la vida. Tanto era así que convertía en relativo todo lo demás...
    Para los abuelos, gente de otros tiempos, la República fue muy incauta, creyó que las cosas de siempre se podrían cambiar así como así, y los desórdenes lo acabaron por estropear todo. En el círculo de papá,  que eran apenas unos muchachos que acababan de dejar los pantalones cortos en 1936, cuando apenas si se habían enterado de las ideas y los movimientos, el “quid” de la cuestión estaba en  la división, idea que el hombre reforzaría con el tiempo escuchando a sus compañeros de trabajo de Barcelona. “Esta gente” tenía un solo mando, no se detenían ante nada mientras que aquellos infelices (los republicanos del pueblo), se quedaron esperando porque decían que ellos no tenían nada que temer, pues no habían hecho nada. Yo ya había sentido en la escuela el significado de aquella premisa militar romana de “Divide et impera”, y todo lo que sentí por entonces me pareció razonable por mucho tiempo.   
     Cuando se publicó Por qué perdimos la guerra, el famoso libro de Carlos Rojas en 1970, y cuando leímos su contenido hacía ya tiempo que se estaba dando un debate en los medios más o menos clandestinos. Tanto Francecs Pedra, el patriarca anarquista, como los compañeros comunistas de las reuniones estaban básicamente desacuerdo en que la causa principal de la derrota fue internacional. Mientras que  el franquismo contó con el apoyo de las potencias fascistas, de “los moros”, Portugal, y Pedra subrayaba: “y del capitalismo internacional”, la República se quedó aislada. Ni tan siquiera le vendían armas. Solamente la URSS, México, y la Brigadas Internacionales ayudaron de verdad.
     Pero aquí acababan las coincidencias. En tanto que los amigos comunistas insistían en que “no se daban las condiciones objetivas y subjetivas” para una revolución, Pedra nos contaba que la República se había mostrado más dura con el movimiento obrero -o sea la CNT- que con Juan March y los que conspiraban. Que había apoyado a los empresarios que hacían “lock-aut” (palabra que nos tuvo que explicar medio centenar de veces, era la “huelga de los patrones”, sobre todo de los terratenientes que decían a los jornaleros: “! Ahora comed República)¡”. Que había habido insurrecciones, y que, en definitiva fue la revolución, el pueblo armado, el que contrarrestó la sublevación    El pueblo organizó el campo y las industrias en un sistema de “autogestión” que asombró el mundo...
      Sobre esta discrepancia se construyó una variación entre los jóvenes. Los  de las juventudes persistían en el esquema de sus mayores, otros ampliamos encontramos nuevos argumentos a los razonamientos empíricos de Pedra, de entrada porque entonces comenzaron a aparecer  estudios y aportaciones (las de Broué-Témine, Peirats) que profundizaban, y ampliaban lo que nos contaba. Por otro lado, el desprestigio del estalinismo crecía casi por día, al menos en su variante digamos “clásica”, lo del maoísmo era una variación que se justificaba por lo que se creía ver en la “Gran Revolución Cultural Proletaria” (ahora resulta sorprendente que una “revolución” que parecía la más participativa y deslumbrante de la historia, haya quedado tan desmitificada. Y es que en realidad no se trataba de una revolución).
    No nos gustaban sus normas jerarquizadas de organización, su repudio a los debates, a la libertad de crítica. Después del optimismo de Kruschev aparecieron los oscuros Breznev y Kosyguin, y la entrada de los tanques soviéticos en Praga en agosto de 1968, conmovió hasta el PSUC. Ya nada fue igual, por lo demás, en el gran referente de mayo del 68, la actuación del partido comunista francés (justificada por el “gran jefe” Carrillo), nos pareció inadmisible. A las cuentas del presente se les añadía las del pasado. La Rusia de Stalin se había negado en un principio a “tomar partido” por la República, y cuando lo hizo, fue, primero, para atenerse a sus propias exigencias geoestratégica (las mismas que aceptaban de pleno la actuación de las democracias occidentales, incluyendo sus exigencias imperialistas), y segundo, para aplicar y extender sus métodos policíacos. Por supuesto, esto no contradecía el hecho de que millares de comunistas que creían antes en “el partido” que en las ideas y en los análisis, dieran lo mejor de sí mismos o de sí mismas como Matilde Landa o Juana Doña.
       Por supuesto, el debate sigue vivo y ha inspirado nuevas ediciones, ahora con más razón ya que se tienen más datos, más reflexiones y perspectivas. Algunos de ellos retoman el hilo del pasado como la obra de Carlos Rojas recopila 63 testimonios que vuelven a plantear los debates abiertos sobre las razones de la derrota del bando republicano, y vuelve al principio más elemental: ¿hasta qué punto fueron importantes sus luchas internas? Y a la consiguiente, ¿cuáles fueron las razones de dichas divisiones?, divisiones que, por cierto, ya existían. También existieron en mayor o menos grado en la derecha, pero ésta tenía un referente en “la tradición”, un modelo de actuación claro, la Alemania nazi, y un medio contundente: el ejército (previamente depurado de elementos republicanos, y por supuesto de cualquier elemento de piedad, o humanidad. La victoria lo justificaría todo...
   Conviene recordar que el libro de Rojas causó en aquel  un considerable impacto (2), Reproducía abiertamente la versión de los vencidos de manera directa o indirecta, a través de sus propios respuestas o de trabajos que lo habían hecho, Tenía la virtud de empezar pro el final, reproducía fragmentos de testimonios, opiniones y vivencias que hasta el momento habían resulta inasequibles y que ahora recupera de manera ampliada Planeta, Ofrece nuevamente una amplia selección de textos breves y gráficos de 63 hombres y mujeres de distintas escuelas y oficios (militares, políticos, intelectuales). Un relato poliédrico que se cierra significativamente con el discurso "Venceréis pero no convenceréis", de Miguel de Unamuno, que sentencia una verdad bíblica en el lado de los llamados “nacionales” (concepto solamente admisible si se acepta que España era suya), y que deja un terrible mal gusto de boca porque habían tantos motivos para que la República ganara esta guerra que los que pudieron haber para que los aliados ganaran al Eje. Por cierto, cuando lo hicieron en 1945, reeditaron la misma traición a la República, y Stalin volvió a hacer lo propio, Franco fue reconocido con el contubernio de la socialdemocracia europea
     En una onda muy semejante se sitúa la obra de Josep Sánchez Cervelló, ¿Por qué hemos sido derrotados? que trata de explicar la suma de causas militares y políticas (sobre todo internas), que contribuyeron a la derrota de la República, y divide la respuesta en dos partes, más un prólogo  donde Sánchez Cervelló expone su condición de miembro de una familia de rojos al tiempo que proclama su intención de evitar una historia maniquea, intentando comprender y explicar una realidad que André Gide matizó diciendo que el dilema entre República y franquismo era lo más parecido que podía haber entre el bien y el mal. Evidentemente,  como ya ocurre entre las personas, siempre encontraremos una objeción en las personas que más admiramos y un punto de humanidad en la que más odiamos, y no fue por casualidad que más tarde o más tempranos mucha gente proveniente del franquismo acabó engrosando la lucha contra la dictadura. Gente mala que anda la hubo en la República, por supuesto, pero nadie comparable a Franco, Mola, Queipo o de aquel capitán Rojas de Casas Viejas   
    En este caso el autor ha trabajado con abundancia diversas fuentes primarias (especialmente de archivos, pero también orales), algo de agradecer en obras de voluntad didáctica. El autor entra de pleno en los episodios menos complacientes del campo republicano. las maniobras del Gobierno del PNV que llevaron al Pacto de Santoña,  las de Acció Catalana en la misma línea, los episodios menos líricos  de las colectivizaciones, deteniéndose en resistencias campesinas como la de La Faterella, ya estudiada por Josep Temes, sobre la actuación del estalinismo en los acontecimientos de mayo de 1937, así como en  las debilidades y contradicciones militares del bando republicano. El repaso tiene la virtud de ofrecer un repaso que ayuda a situar las cosas y a reanimar un debate  que no se cerrará ni en este ni en ningún otro aniversario. Quizás por eso el autor resulta tan parco en las conclusiones finales de una obra que resalta la serie que está publicando Flor del viento de Barcelona, que junto con la de España en armas de Espuela de Plata (Renacimiento, Sevilla), están cubriendo una vasta y apasionada aproximación a la historia (y de los debates) interminables sobre la crisis española de los años treinta, una clave inexcusable para entender nuestro propio tiempo.
      La voluntad de abarcar todas las escuelas no llega en el autor de estas líneas hasta el extremo de dilapidar sus dispendios en otra obra más del hispanista “nixoniano” Stanley G. Payne, presente en las librerías con 40 preguntas fundamentales sobre la  Guerra Civil, tanto por una natural antipatía moral, como  por el hecho de que  ya son excesivos los libros sobre la guerra y la revolución que se agolpan en casa, y que me están impidiendo abordar otros temas no menos vigentes y apasionantes.      . 
 
---1) El amigo Antonio Cruz  de DESPAGE tuvo el acierto de llamarme la atención sobre este concepto, otro más de los tantos manipulados por los golpistas. Alzarse tiene en castellano unas connotaciones de superación, de rebeldía, que solamente puede corresponder a cuando los de abajo se “alzan” contra los señores y la tiranía, dejan el sometimiento para elevarse a la categoría de insumisos. Por lo tanto, nada que ver con la horda “africanista” que ocuparon su propio país imponiendo desde el primer día la medida del terror, tanto para exterminar cualquier vestigio de resistencia como para marcar a las tropas el terreno a las tropas involuntarias que arrastraban  tras de sí.
---2) En un reciente debate en Ateneo de Barcelona (30-03-07), Francecs Bonamusa aludió al hecho de que por aquella época ya se había editado el Homenatge a Catalunya, de Orwell, en tanto que él sufría los arañazos del régimen por haber publicado un artículo sobre los comunistas...Ciertamente, el régimen ya había aprendido a jugar las cartas de la “guerra fría”, y trataba de oponer las demás izquierdas a los comunistas y a la URSS, no solamente con la poumista. La “apertura” tenía también malas intenciones contra editoriales del exilio como Ruedo Ibérico o Losada, y abarcó a autores ligados al PCE como el inolvidable Manuel Sacristán. 

Las revoluciones tienen mala prensa

Si no recuerdo mal, lo primero que leí sobre “las revoluciones” fue un desvencijada edición de la Historia de las revoluciones antiguas, de René de Chautebriand, allá a principios de los años sesenta. Tendría que repasar sus páginas, pero por lo que puedo rememorar, su diagnóstico era bastante simple: las revoluciones siempre acababan empeorando lo que pretendían mejorar. Aunque Chautebriand evocaba historias muy lejanas, no hay duda que estaba hablando de la Revolución Francesa. No en vano fue uno de los portavoces de una importante corriente contrarrevolucionaria que nutriría la tradición reaccionaria desde principios del siglo XIX hasta Le Pen pasando por el “caso Dreyfus” (un ejercicio de fascismo avant la lettre) y por Vichy.
No hace mucho, la edición de una biografía de Chautebriand conllevaba una reivindicación de “su actualidad”, y lo cierto es que conclusiones similares a las suyas sobre la revolución se pueden leer diariamente en la prensa diaria, en no pocos casos escritas por “arrepentidos”. Simbólicamente, es discursos obtuvo una especial resonancia con ocasión del Bicentenario de 1789. Había sido retomado por la prepotente historiografía neoliberal (François Furet,  Pierre Chanu, etc), que enfocaba la 17889 desde el punto de mira del Terror jacobino, y éste como un mero anticipo del Gulag. Desde la izquierda establecida disentía en nombre de una ambivalencia: aparte del Terror, 1789 fue al mismo tiempo la proclamación de los Derechos del Hombre...
Y es que, salvo en las fases sociales ascendentes, las revoluciones siempre tuvieron –por así decirlo- muy mala prensa. Creaban un enorme pánico social entre las clases dominantes, y sus historiadores la representan desde sus excesos (muiltiplicados), no hay más que repasar la filmografía sobre la Revolución francesa. Espartaco tuvo que esperar hasta el siglo XVIII para que su lucha contra la esclavismo comenzara a ser reconocida. Contaba Thomas Carlyle que cuando se acercó a la revolución inglesa de Cromwell, tuvo que rescatarlo debajo de una montaña de perros muertos Jaurés tuvo que rescatar a Robespierre de un lugar semejante y causó escándalo cuando proclamó que de buen grado se habría sentado a su izquierda. No hay pues nada de extraño que en una época tan reaccionaria como la presente, todo lo referente a la revolución de Octubre  tenga una imagen tan fatal que acaba por  hace buena cualquier  historia de las clases dominantes  No es otra lógica la que se trasluce cuando los mismos tribunalistas que amalgaman Lenin con Stalin y a éste con Hitler, pasan de puntillas delante los océanos de sangre que sintetizan entidades como la Trilateral o personajes de la catadura de Kissinger
No hay que decirlo. Las últimas décadas del siglo pasado fueron rabiosamente antirrevolucionarios, y lo fueron con muy poca resistencia. Buscando el sol que más calienta, la mayoría de la intelligentzia antifranquista se subió al carro de los vencedores. Los ejemplos llegan hasta los despachos de la FAES, bien nutrido también de “arrepentidos”. Más moderado, un admirador de Bakunin en las vísperas como Fernando Savater dictaminaba que la monarquía juancarlista podía tener sus defectos, pero al lado de las alternativas revolucionarias (en la que confería unos tintes siniestros partiendo de Stalin, Ceaucescu, Pol Pot, etc), y un antiguo castrista como Vargas Llosa se emocionaba escuchando a un empresario chileno que le contaba que afortunadamente ya no tenían temer más “aventuras sociales”. Al lado de la democracia liberal, el socialismo se convertía en “el problema” incluso para la socialdemocracia tanto es así que algunos de sus representantes ingresaban en la Trilateral, además sin miedo a que nadie les señalara. El mercado –declararía el Jorge Semprún bushiano remedando al Garaudy marxista-- era el horizonte histórico de nuestro tiempo.  Los que disentía de estos criterios, podían ser acusados de cualquier cosa.
Esta democracia liberal limitada a la gestión venía impuesta como el menos malo de las formas de gobierno, según la manida cita de Churchill, el mismo que sería escogido como la figura política más admirada de la Europa de finales de siglo. Se había llegado al final de la historia, fuera de ella no existían alternativas, algo se podía ilustrar perfectamente con el fin de la revolución nicaragüense con la “contra” como correctora. En pleno apogeo de lo que se ha venido a llamar “pensamiento único” (en el que  cabían matices pero no enmiendas), podían haber revoluciones “buenas” cuya principal característica era un cambio de poder que reforzaban la “libre empresa” y el reconocimiento de los Estados Unidos. Lejos pues quedaban las revoluciones democráticas de antaño protagonizadas por el bajo  pueblo, que provocaron verdaderos cataclismos. Ejecutaron monarcas, rompieron el espinazo de las viejas castas, sometieron la Iglesia al Estado, transformaron las relaciones de propiedad, contribuyeron poderosamente a superar las monarquías absolutistas.
Dichas revoluciones, llevadas a cabo por auténticos “frentes populares” y liderados por la burguesía  democrática conocieron numerosos enfrentamientos entre la tendencia conservadora que llevaba hacia y la tendencia popular que tiraba hacia delante...Fue ante la movilizaciones populares que tuvieron que ceder ante exigencias como el sufragio femenino, o la libertad de las colonias expoliadas e hipotecadas. Finalmente, después de numerosos sobresaltos revolucionarios, y tras la IIª Guerra Mundial, temerosas que las nuevas crisis económicas dieron lugar  a lo que se vino a llamar el “Estado del Bienestar.  Una fórmula que desde la izquierda liberal (o socialdemócrata) se sigue considerando como un estado superador tanto del capitalismo salvaje como del “comunismo”, entendiendo como éste en su versión estaliniana.
Sin embargo, lo cierto es que desde comienzos de los años ochenta asistimos a un proceso de “contrarreforma” de dicho Estado...Por otro lado, incluso en sus ejemplos más avanzados, estas democracias mostraron sus contradicciones en cuestiones tan fundamentales como el  colonialismo o el neocolonialismo (no habría más que estudiar un poco la actuación de Gran Bretaña o Francia en el continente africano o de los Estados Unidos en su “patio trasero”), por no hablar de la “cuestión social”.
Igualmente se suele hablar de “democracia” sin considerar su historia (que ha hecho dichas democracias), en tanto que estas sus graves contradicciones se sitúan por lo general al margen de toda sospecha para establecer la medida de lo correcto, de lo más apropiado. Una medida que es la que la que predomina entre los historiadores profesionales que han ampliado considerablemente las aportaciones sobre la crisis española de los años treinta, y a los que no se les puede desdeñar sin tener en cuenta sus trabajos, trabajos que por lo demás suscitan la furia del “caucus” neoliberal. Por ejemplo, la vehemencia antirrevolucionaria de un Julián Casanova (antiguo MCE), no cuestiona el valor de trabajos como el que ha realizado sobre la Iglesia.  El sentido de esta opción mayoritaria lo ha  explicado muy bien uno de ellos, Enrique Moradiellos en una lejano artículo aparecido en El País: si hay que escoger un paradigma, el más razonable es el de la democracia liberal.
La historia no es algo tan diferente del cine o la literatura donde una posición avanzada o reaccionaria no siempre tiene que ver con la calidad final del producto. Por lo tanto, pueden haber historiadores reaccionarios que aportan conocimientos, y avanzados que pueden caer en los mayores simplismos, sobre todo si parte de una mitificación ideológica. Normalmente, los buenos historiadores de izquierdas son los que sitúan la investigación (la búsqueda de la verdad a través del análisis de los hechos) por delante de sus esquemas y convicciones. Entre otras cosas porque las propuestas ideológicas no sirven por sí mismas. Se justifican en la medida en que responden a los hechos, a los problemas
Pero también está claro que la rigurosidad en el conocimiento y en la búsqueda de los datos no implica –mecánicamente- una interpretación justa o apropiada. Pero el historiador no puede obviar un cierto sistema de valores, una construcción, a la hora de ordenar e interpretar lo que tienen entre manos, y en el caso de la crisis española (que no acaba con la guerra),  el más correcto sería según Moradiellos, el de la democracia liberal, y en el caso de la historia, la República democrática. A partir de este “parti pris”, es natural que la opción primordial se plantee entre la República y el franquismo, entre la historia democrática y antifascista y la llamada “revisionista” producto del matrimonio entre el neoliberalismo y el neofranquismo. En este esquema republicano se otorgue el protagonismo a las instituciones y a los líderes republicanos en detrimento del movimiento obrero, condenado a un papel subalterno (PSOE-UGT) o díscolo (CNT, aunque se suele distinguir entre una buena y otra mala). Por lo mismo, la revolución es tratada como inoportuna, como un obstáculo.
Dicho apriorismo no es cuestionado ni tan siquiera cuando se coincide en la traición de las democracias a la República, recordemos que lo de la guerra primero y la revolución después, comprendía un después, un “aparcamiento” que en realidad no existía (lo dejo muy claro José Díaz en una carta famosa para “que quedara lo más claro posible” que no se pretendía ningún cambio social)...Se insistía que lo fundamental era buscar el apoyo de Francia (gobernada por un Frente Popular presidido por León Blum que “prohibió” al gobierno de Valencia conceder una “autonomía a Marruecos), de Gran Bretaña (cuyos gobernantes apoyaron de hecho a Franco) o los Estados Unidos (cuyo presidente “simpatizó” con la República sin efectos prácticos, las grandes magnates empero no tuvieron problema en ayudar a los sublevados).  Ninguna de estas potencias sentían la menor simpatía por una República “popular” con una omnipresencia comunista, pero esta y no otra era la política exterior soviética desde el último giro estaliniano.
O sea que de hecho, la hipótesis de la “ayuda” de las democracias resultaba mucho más utópica que las idílicas colectividades anarquistas satirizadas por el inefable Antonio Elorza como una “Disneylandia revolucionaria” cada vez que tiene que maldecir Tierra y Libertad.
La revolución española no fue lo que se dice un asunto particular de la II República.  Su fase “democrática”, atraviesa todo el siglo XIX, durante el cual no llegó a consolidarse una burguesía democrática digna de tal nombre. En España las castas del Antiguo Régimen se habían mantenido por el peso del pasado imperial, aquí triunfó la Iglesia de Trento. Nuestra burguesía, optó –como explica muy bien Pierre Vilar- por un “compromiso histórico con dichas castas por miedo a la revolución. La I República acabó en buena medida por el miedo que proyectaba la sombra de la Comuna de Paris. Esto se explica por un dato: mediante el desarrollo combinado, el capitalismo se fue imponiendo como dinámica dominante, y al mismo compás, un  movimiento obrero ascendente que se hacía adulto con la Primera Internacional..
El “compromiso” se mantuvo durante los años de la Restauración. Sucede que cuando un movilización popular cita a la burguesía democrática para ganar las libertades, dicha burguesía no aparece. Es lo que sucedió en la Barcelona de 1909, y con  la huelga general de 1917. Tampoco reaccionó “democráticamente” en ocasiones claves como lo fue el escándalo de Annual, que acabó siendo la primera gran victoria del “partido africanista”. Situada al frente de la República con el apoyo electoral del primer partido obrero (PSOE), su principal preocupación fue la del orden público, el demostrar que era una República de “orden”.
La República de abril fue la fiesta democrática. Era al fin, el comienzo de  todas las reformas y de las mejoras sociales por  las que el pueblo había venido soñando desde hacía mucho tiempo. Todas las cuestiones aplazadas emergía, la propias de la revolución democrática  (separación entre la Iglesia y el Estado, libertades de las nacionalidades,  educación pública. Pero ante todo desactivar un ejército y unos cuerpos represivos que con la sanjurjada de 1932  puso en evidencia algo que  ya vio con claridad Azaña: “O la República acaba con sus enemigos, o sus enemigos acaban con la República”. Otras cuestiones  eran exigencias como la reforma agraria que aparecía razonablemente como la primera medida para superar la miseria y el hambre de millones de jornaleros. Había que contar también con la situación de una clase trabajadora que soportaba condiciones infames de vida y de trabajo, condiciones que atizaban el impulso de la afiliación y la radicalización sindical.
Normalmente se enfoca la actuación de esta burguesía republicana a través de sus líderes más presentable, o del ejercicio de unas actividades (en la enseñanza)  que representa su parte más “utópica”, o por el esplendor de una actividad cultural francamente radicalizada. Pero se oculta que ducha burguesía carecía de una alternativa propia, que no podía gobernar sin el apoyo del primer partido obrero: el PSOE. Dicho de otra manera, la República tenía que cumplir sus promesas, y parar los pies a sus enemigos. Lo cierto es que el primer bienio republicano-socialista concluyó –simbólicamente- con los acontecimientos de Casas Viejas.
Un “caso” que -entre otras cosas- demostró la ingenuidad de la “gimnasia revolucionaria” de la FAI, el cinismo ilimitado de la derecha (que bramó porque los guardias de Asalto hicieron lo que a ellos les hubieran ordenado), y que si bien Azaña no tuvo una responsabilidad directa, sí la tuvo su ministro, un tal Menéndez, al que volveremos a encontrar  al lado de Negrín. Algo no muy diferente ocurre en Catalunya entre la CNT y ERC, sin duda el partido burgués más implantado y moderno del Estado, pero no menos obsesionado por el “Orden”, y con sectores (Badía y Dencás), tentados por el fascismo. Como señala muy bien Chris Ealham, ni tan siquiera ERC tenía un esbozo de algo parecido a un Estado “social”, otra cosa era –claro está- su base social, bastante popular, ampliada  por lo demás con el voto preferente de la base cenetista.

Una vez puesto en evidencia que  la débil burguesía republicana no era capaz de asumir los grandes desafíos, lo más consecuente era unificar a la clase trabajadora organizada en una alternativa que unificara las tareas democráticas con las sociales, que arrastrara tras de sí a la pequeña burguesía, y que asumiera la tarea de pararle los pies al fascismo que desde el triunfo de Hitler redobló la atracción por la solución de la “contrarrevolución preventiva”. Esto era lo que venía a proponer la pequeña Falange, y era asumido como la hipótesis alternativa por parte de la CEDA  No fue otra idea la  esta alternativa obra que presidió la constitución del UHP, y el poderoso desarrollo inicial de la Alianza Obrera creada a finales de 1933 en Barcelona a iniciativa del BOC y de la pequeña ICE.
En principio, su propuesta básica no estaba en contradicción  con los propósitos fundamentales de la CNT que estaba tratando de ensayar la revolución por su cuenta y riesgo, al margen del resto del movimiento obrero, sin embargo la FAI respetaba tan poco las demás corrientes socialista como a sus propios opositores dentro de la CNT, de hecho su posición política no era muy diferente a la del PCE-tercer periodo.
Igualmente cuadraba en un principio  con la radicalización de la base social de la UGT-PSOE, y en especial con las juventudes; con una izquierda socialista frustrada por la experiencia republicano.-socialista, y alarmada al ver como los mayores partidos socialdemócratas habían acabado guillotinados en Alemania y en Austria. En un periodo en el PCE acusaba a todo el mundo de contrarrevolucionario (era la hora de los soviets y de las insurrecciones), el partido tuvo que aparcar sus furores sectarios e ingresar en la Alianza. También convencía a los sindicaos de oposición de la CNT (“trentistas”), pero en especial a la disidencia comunista, la única que tenía una propuesta estratégica desarrollada, una conciencia clara de los que realmente significaba el fascismo, una  asignatura a la  que los socialistas (exceptuando Araquistain), apenas si le dedicaron atención, y que los anarcosindicalistas minimizaron grotescamente (la Soli atribuyó el triunfo de Hinderburg meramente al espíritu “autoritario” de los alemanes) que con  excepciones como la de Valeriano Fernández Orobón, fallecido a principios de 1936...
El UHP resonó en todo el Estado pero sin una línea unificadora.
Únicamente funcionó al 100 por 100 en Asturias, donde  todos sin discusión se la jugaron por una República democrática, y socialista. Pero sí por abajo la predisposición revolucionaria existía, por arriba se daban muchos peros...Para la FAI (Federica Montseny) no había nada que hablar con los marxistas, y menos con la republicanos catalanas, de ahí que llamaron al boicot a la huelga general en Cataluña. Para la derecha del PSOE (Prieto) se trataba de una mera demostración de fuerza, para Caballero lo fundamental parecía ser evitar un desbordamiento como el que en 1921-1922 dio lugar al PCE.  El caso es que Asturias quedó “trágicamente sola”. En Cataluña, ERC se quedó en la antesala, y su reflexión fue que había ido demasiado lejos, lo que justificará su pasividad en julio del 36  Esta experiencia se realizó en clave de “revolución socialista”, de “democracia obrera”, pero también de unidad con la pequeña burguesía republicana en función de objetivos concretos como podía ser las libertades nacionales de Cataluña.
En esta coyuntura, ya algunos sectores de la derecha republicana barajaron la “hipótesis Thiers”, o sea descabezar al movimiento obrero con una represión como la de 1871. José Antonio escribía a Franco conminándole a encabezar el golpe, asegurándole que Trotsky había estado detrás de la “Comuna” de Asturias, y Juan March se hizo eco del propósito de la carta garantizando a Franco un buen retiro de fracasar el golpe. Como narra la película Dragon Rapide, Carmencito puso mucho énfasis en esta garantía

Mientras que la derecha tomó esta nota de la crisis, la izquierda social derrotada  (con todo lo que esto significaba en número de muertos, presos, y en retrocesos legales como la abolición del estatut de Cataluña) desvió su línea dominante para reeditar la coalición republicano-socialista algunas variantes y con el nombre de Frente Popular.
Para ello, el PSOE de Largo Caballero aceptó pero sin comprometerse con el gobierno, la CNT archivó su abstencionismo, el PCE se sumaba incondicionalmente haciendo una lectura de derechas de los acuerdos proclamados en el VII Congreso de la Internacional Comunista...El  POUM optó por un apoyo táctico para no quedar aislado. La victoria electoral del Frente Popular fue interpretada por la derecha como el fin de la vía posibilista, y Calvo Sotelo y José Antonio se daban de la mano. Por su lado, las masas trabajadoras lo interpretaron como el principio de todos los cambios aplazados. La derecha aumentó la crispación social, los obreros las huelgas y las ocupaciones de tierras  Un mes antes (junio), Francia había vivido una huelga general con ocupaciones de empresas que siguió tras la victoria en las urnas. Por cierto, este es un capítulo histórico que raramente se le relaciona con la crisis española
En su argumentación sobre la inviabilidad de la revolución (La guerra de España, Ed. Turner, Madrid, 2007), Edward Malefakis trata de demostrar que Ésta no era ni inmediata ni inevitable en 1936. Es evidente que los golpistas mentían, como lo seguirían haciendo en todo (baste decir que en el momento de los “juicios de Nüremberg” llegaron a pedir que se incluyeran...las autoridades republicanas). Malefakis dice que también se dieron tentativas revolucionarias en Alemania, Austria (1918-1919), e Italia (1921), y que estas acabaron siendo integradas. Además, “era mucho más probable que Azaña reaccionara como un Giolitti o un Ebert que como Kerensky”  Pero lo cierto es Mola y Franco (o Juan March), no necesitaban que existiera ninguna amenaza revolucionaria, Tampoco las había en la Alemania de 1933 o en Austria un año después (no más que Pinochet y Videla tres décadas más tarde).
No hay que olvidar que el fascismo fue una “contrarrevolución preventiva”, se trataba de barrer tanto la amenaza revolucionaria como una presión social “excesiva”. La opción golpista descartaba totalmente el modelo de “golpe de baja intensidad” de Primo de Rivera, querían cortar de raíz toda contestación, regresar a la España “eterna”  El éxito alemán pues era un libro abierto para los golpistas. Por otro lado, los países citados por Malefakis acabaron a posteriori con una contrarrevolución, Italia inmediatamente después de la  crisis revolucionaria de 1920, Alemania y Austria una década más tarde.
Fue la revolución la que respondió a la sublevación, por el contrario, el gobierno del Frente Popular sabía que se estaba fraguando un trama golpista, tenía información de primera mano de quienes, como y cuando, pero no movió un dedo para detener a los golpistas. En parte por la “bonachería” tan cabalmente expresada por Casares Quirogas  con lo de “¿Qué  los militares se han levantado?, pues yo me voy a dormir”, frase que –cierta o incierta- expresa a la perfección la actitud de los tantos gobernadores civiles que temían más a las “turbas” que a los militares. En los lugares donde el movimiento obrero no desconfió lo suficiente de las autoridades (Sevilla, Zaragoza –donde el jefe golpista y el líder cenetista eran masones, y el primero engañó vilmente al segundo-, Oviedo, Granada...), ganaron los golpistas; y donde supieron reaccionar al margen de las autoridades, se impusieron. Lo hicieron por crearon “su propia República”

Ahora ya casi nadie niega que hubo una revolución, simplemente se le niega la viabilidad.
En las dos décadas siguientes a la guerra fue  ocultada  por la historiografía (Thomas, Jackson, Tuñón de Lara, etc). Primero: el argumento de que existía una revolución como parte de  “plan comunista” fue el arma favorita de la propaganda franquista de cara a la derecha europea (y norteamericana, lo mismo que la represión antieclesiástica lo fue de cara a la Iglesia y a la opinión pública católica, pero esa no puede ser una razón histórica. Segundo: se la trató de encuadrar como un mero prólogo de la IIª Guerra Mundial. De esta manera, el dilema entre militar-fascismo y la República aparecían como variantes del enfrentamiento entre el Eje y los Aliados.
Este sería sí acaso fue más el punto de mira coincidente con la fase Negrín, pero la anterior se inscribe como broche final del ciclo revolucionario (obrerista y pluralista) iniciado por la revolución de Octubre de 1917.También influyó el hecho de que sus principales protagonistas –anarcosindicalistas- fueran muy minoritarios fuera de España, que los socialistas caballeristas se desintegraran, y que el POUM y el trotskismo resultaran muy minorizados en el contexto de la guerra fría.  No obstante, los fueron apareciendo poco a poco los testimonios más vivos de su existencia lo ofrecieran escritores que fueron testigos como George Orwell (Homenaje a Cataluña), Frank Borkenau (El reñidero español), Kaminski (Los de Barcelona), Mary Low (Cuadernos rojos de Barcelona), etcétera.
Igualmente se sostiene que una revolución aislada carecía de oportunidad frente al ejército africanista de Franco ampliado por más los 80.000 soldados de Mussolini más el armamento alemán sin olvidar  el petróleo y los camiones de EEUU.
Se trató indudablemente de una revolución “inoportuna” como diría Claudín  en un capítulo apretado y valioso (La revolución inoportuna) que se puede encontrar en www.espaimarx.org Fue una revolución redescubierta en los años sesenta, y fue ampliamente estudiada en los años siguientes. Buena parte de sus historiadores fueron “amateurs” como el ladrillero anarcosindicalista José Peirats (LA CNT en la revolución española), o jóvenes historiadores marxistas como Pierre Broué (La guerra y la revolución en España).
Lo cierto es que paso a ser bandera de la izquierda antiestalinista, y su revalorización fue una de las señas de identidad de editoriales como la emblemática Ruedo Ibérico, pero también de otras editoriales en ciernes que estaban ganando “espacios de libertad”. En esta primera fase, la tentación doctrinaria (anarquista, poumista, trotskista) fue más importante que la seriedad historiográfica, confirmaba criterios políticos que iluminaban la crítica radical del estalinismo cuya naturaleza se vería ampliamente confirmada en otros acontecimientos internacionales; en Grecia por ejemplo, una situación que guarda numerosos paralelismos con la española, una historia que aquí es muy poco conocida.
. Mirando en perspectiva, resulta evidente que la suma de obstáculo fue enorme, y por lo tanto no se puede afirmar que con una política revolucionaria consecuente hubiera sido suficiente para vencer, de entrada porque la revolución española partía de graves limitaciones.
La primera de toda es la derivada de la incorrespondencia existente entre un movimiento social amplísimo, con miles de hombres y mujeres entusiastas  sin los cuales resulta imposible entender la República, la revolución y la guerra, pero con unas orientaciones políticas que cuando fueron determinantes (CNT-FAI, PSOE, UGT), fueron un modelo de desorientación, de carencia de alternativas...Incluso las que no fueron como fue el caso del POUM, su actuación resulta muy controvertida. En este cuadro, tal como explica muy bien Fernando Claudín, la evolución del PCE de izquierda a derecha, y las imposiciones que conllevó la intervención de la URSS, desnivelaron la correlación de fuerzas en contra la revolución, influyendo decisivamente en el desplazamiento hacia la derecha de sectores decisivos de los caballeristas, sobre todo de las juventudes gracias a la intervención del equipo dirigente (que acabará siendo la “plana mayor” de la dirección del PCE en el exilio).
No creo que nadie se atreva a asegurar que con la revolución se habría ganado la guerra. Si acaso que se habría hecho mejor o  de manera más consecuente, pero lo cierto es que la derrota de la revolución no redondeó precisamente en beneficio del frente militar, y que la guerra se perdió después de un doble enfrentamiento entre la coalición liderada por el PCE, primero contra la izquierda revolucionaria, luego con la derecha republicana y parte de la CNT (Mera), episodios que (sobre todo el primero) constituyen la parte más oscura de la zona republicana.
Otra cuestión es que la revolución tenía que pasar por la guerra, y por lo tanto, tendría que haber adoptado los criterios de disciplina y de eficacia militar, criterios que fueron empleados por el estalinismo con propósitos contrapuestos a los que se emplearon en la guerra civil rusa, una guerra en la que el mando revolucionario nunca olvidó que el Ejército Blanco estaba plagado de contradicciones sociales, como lo estaba indudablemente el que mandaba Franco. A esto hay que añadir que esta política de restauración de la República de antes de la guerra conllevaba una opción de guerra convencional.
En ningún momento se planteó en serio una guerra irregular que pudiera incidir en la retaguardia de los mal  llamados “nacionales”, de un ejército impuesto cuyas tropas de respuesto estaban formadas por gente del pueblo. En esta zona conviene considerar el asunto de Marruecos, normalmente minimizado por  los historiadores y que no obstante, revela la actitud  conservadora de la Republica ante el tema colonial (ni lo tocó), y la inconsecuencia de una lucha por la libertad que no reconocía la libertad de una nación subyugada, aparte de un potencial que los militares fascistas no subestimaron en ningún momento. Seguramente Largo Caballero aceptó sin rechistar el “No” de León Blum con la esperanza de que éste librara las armas que le debía a la República...
No hay ningún precedente en la historia social que recuerde el de primero la guerra para deshacer una revolución que ya existía, que la había impuesto el pueblo allí donde se impuso. Por el contrario, dicha historia está repleta de revoluciones que, partiendo siempre de una fuerte desventaja militar, acababa imponiéndose gracias al valor añadido de la guerra revolucionaria, insistiendo en la posible irradiación de las medidas de liberación social en unas tropas que eran carne de cañón bajo un régimen cuyo principal soporte era el terror. No fue otra cosa lo que sucedió con Cromwell, en 1776 en los Estados Unidos, en la revolución francesa, en Rusia, China, Vietnam, Nicaragua, etc.

Recapitulando: la revolución democrática planteada desde la invasión napoleónica fue traicionada una y otra vez por una burguesía “liberal” que acabó optando por un “compromiso histórico” con las antiguas castas (terratenientes, Iglesia, ejército). Aunque liderada por los elementos más avanzados de este burguesía, el principal soporte de  la República fue el movimiento obrero, sobre todo el PSOE. El ascenso del movimiento social se fue radicalizando al compás que esta burguesía iba aplazando las grandes reformas democráticas, sobre todo la de la tierra. Dicho ascenso produjo la natural alarma en la burguesía reaccionaria que después de apoyar la vía contrarrevolucionaria “posibilista” (CEDA), acabó optando por una iniciativa en forma de contrarrevolución armada que se activa después de la derrota electoral de febrero de 1936, y que está animada por los éxitos del fascismo (Hitler).
La clase obrera tuvo el cuerpo pero no tuvo el cerebro, y aunque en 1934 sus fracciones más avanzadas trataron de componer una alianza socialista para detener el fascismo y ofrecer una alternativa a la fracasada coalición republicano-socialista. Su derrota (fruto ante todo del boicot faista y de la indecisión caballerista), fue seguida por una brutal represión que, junto con los acontecimientos de Casas Viejas, anuncian hasta donde está dispuesta a llegar la derecha reaccionaria. Derrota, represión, y la nueva línea “antifascista” del Kominterm dan lugar a una variación de la anterior coalición  republicano-socialista que gana las elecciones en un contexto de re-movilización obrero-campesina. El gobierno del Frente Popular que no descarta la represión del movimiento obrero, se inhibe ante las informaciones de una tentativa golpista que subestima la casi totalidad de las izquierdas. El golpe da lugar a una reacción militante que fracasa en los lugares donde confían en las autoridades republicanas (Oviedo, Zaragoza, Sevilla), y triunfa allá donde confía en sus propias capacidades (Barcelona, Madrid, Valencia).
El movimiento obrero es la República por abajo –revolución social- pero deja que por arriba se impongan las autoridades republicanas que ponen a la revolución una restauración democrática que aparece como la condición de la ayuda soviética, y como la promesa de una hipotética ayuda de unas potencias democráticas que temen la revolución, pero también la creciente influencia comunista. Esta vía convierten al PCE-PSUC que habían ganado a la mayoría de la antigua izquierda socialista (a las potentes juventudes, y a sectores del caballerismo como Álvarez del Vayo, Margarita Nelken, Rafael Vidiella, etc), en el partido más fuerte. El PCE liderara una coalición contra la izquierda revolucionaria neutralizando a caballerista y al cenetismo ministerialista. La guerra pasa a ser un conflicto político (fascismo o democracia). La vía de la disciplina militar necesaria se orienta hacia la guerra convencional, un terreno en el que el militar-fascismo goza de todas las ventajas. El numantismo comunista con la creciente implantación de los métodos estalinianos (hegemonismo sectario, represión disidentes, aceleración de su influencia en el ejército y la administración, etc) acaban fraccionando el campo republicano que ya tenía ilegalizada la izquierda revolucionaria (POUM), y tiene lugar otra pequeña guerra dentro de la guerra.
La derrota llega en vísperas de la Segunda Mundial, el mayor desastre humanitario de la historia, y en el que la alternativa ha dejado de ser capitalismo o socialismo. En Italia y Francia, los partidos comunistas apuestan por la restauración burguesa “nacional”, Europa del Este queda bajo la “protección” soviética, en Yugoeslavia la resistencia impone su revolución. En Grecia, el estalinismo reprime a los “partisanos” que no aceptan los acuerdos de Postdam...No será hasta los años sesenta que todas estas cuestiones se vuelven a discutir con la recomposición parcial de las corrientes socialistas que casi habían desaparecido:  anarquismo, poumismo, trotskismo, socialismo de izquierdas, intelectuales en ruptura con el estalinismo...


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