Mayo del 37: historia y
debate
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Este artículo es un primer borrador de un trabajo que tendría
que haber sido incluido en el número 93 de VIENTO SUR pero que no
pude preparar a tiempo por problemas oculares afortunadamente superados.
Éste número previsto para septiembre será –excepcionalmente-
un número monográfico que tiene como eje al POUM y como referencia
fundamental, pero no única, Mayo de 1937.
Introducción
Como los lectores de esta página
han podido saber, a lo largo de la primavera de este año, la Fundació
Andreu Nin ha desarrollado una ingente actividad relacionada con los
acontecimientos de mayo de 1937 en Cataluña. Dichas actividades han
consistido especialmente en la organización de diversas jornadas,
una de ellas en el Colegio de Periodistas, con una amplísima asistencia,
y un alto nivel en las ponencias. En la misma línea se sitúa
el homenaje a Andreu Nin y a Camillo Berneri en el Palau de la Virreina,
efectuado el 16 de junio, justo el día en que se cumplía el
70 aniversario de la desaparición de nuestro Andreu.
Pero también conviene anotar
que varios de los libros publicados son en mayor o menor grado coincidente
con la línea general del POUM; el de Pelai, Guerra y revolución
en Cataluña aparecido en Renacimiento, así como el de Ferran
Aïsa, tanto es así que la Fundació ha facilitado el entendimiento
para una traducción al castellano en Txalaparta. Otros libros como
el de Guillamón y el colectivo de Alikornio, contienen críticas
interesantes. Igualmente afín ha siso el extenso folleto que Andy
Durgan a dedicado a las relaciones entre Trotsky y el POUM. La lista sigue,
y para pronto tendremos en la calle una edición de los escritos de
Andreu Nin, La revolución española 1930-1937, con un prólogo
de Pelai Pagès.
Algunos de los miembros de la Fundació
como Pelai Pagès, Andy Durgan y yo mismo tomamos parte en diversos
debates, siendo el más importante de todos en el Ateneo barcelonés.
Entre estas actividades se inscriben estos artículos aparecido en
la Web alternativa Kaosenlared, con un intensa y apasionada discusión
a través de los diversos “blog”, debate que también se han
reproducido en artículos de otros autores como Andy Durgan, y de otros
situados en la izquierda comunista como Agustín Guillamón y
Javier Méndez-Vigo. En todos los casos se han dado intervenciones
provenientes de los restos del naufragio político (y moral) del estalinismo.
Salvo excepciones, estas notas en defensa del estalinismo apenas fueron más
allá del insulto más repulsivo, insultos repetidos en otros
trabajos sobre el POUM y algunos de sus representantes. En su mayoría
han tenido que ser borrados ya que, además del tono impresentable,
carecían del más mínimo nivel analítico.
Otro tipo de debates sería
el que encrespó la tarde-noche del Ateneo, y más especialmente
la que provocaría el libro de Ferran Gallego, y sobre todo algunas
de sus declaraciones en diarios como El País, y también presente
en el acto. Sobre los primeros se habla en el apartado dedicado a la crónica
del acto…con Ferran la controversia estalló en el “blog” de Guillamón
en el Ferran también me implicó un poco porque el Pisuerga
pasaba por Valladolid. Una enfermedad –afortunadamente- pasajera ha dejado
en el ordenador mis notas para un artículo polémico con sus
declaraciones en las páginas de El Viejo Topo en las que soy un colaborador
habitual, y la ocasión pasó. El paso del tiempo había
desgravado una polémica sobre la que cual ya no se manifestaba el
mismo interés.
Brevemente. Creo que la obra de
Ferran sobre el fenómeno fascista es del mayor interés, otra
cuestión sería como se sitúa ante el paralelo fenómeno
estalinista sobre el que tiende a hacer malabarismos…Su obra sobre el mayo
del 37 es un esfuerzo de envergadura, densa, pero francamente irregular,
y en buena medida representa un esfuerzo por justificar posiciones como las
que podía encarnar Palmiro Togliatti. En mi opinión náufraga
en este punto. Nos viene a decir que el estalinismo representó
otra opción política, que no conecta con el marco soviético
e internacional. Denuncia la campaña contra el POUM y el asesinato
de Andreu Nin, pero…Primero, la diluye en un conflicto mayor entre la derecha
y la izquierda en el campo republicano, subraya y exagera las diferencias
entre la CNT y el POUM, una relación que analiza por arriba, o sea
lo mezcla todo…
Segundo, trata la posición del
POUM como si se tratara de una cierta reproducción de la política
estalinista del “tercer período” (es lo que hace igualmente Elorza
en Queridos Camaradas), y nos viene a decir que el POUM actuaba de la misma
manera, insultando al PSUC llamándolo “reformista” y “contrarrevolucionario”,
y trata de establecer una simetría en el tema represivo, insistiendo
en que también los “izquierdista” mataron a Antonio Sesé, hecho
sobre el que se extiende como ningún otro autor lo había
hecho anteriormente, como si buscara un contra-ejemplo del asesinato de Nin...
Su punto de mira es el propio de un
“psuquero” de los años setenta, aunque combina esta filiación
con la historiografía “republicanista”, la que insiste en que solamente
la República tal como era podía ser una alternativa “democrática”
al militar-fascismo. No deja de resultar curioso que en su prolija bibliografía
no mencione dos obras primordiales de la historiografía comunista
oficial, la trilogía que publicó editorial Ebro en los
años sesenta titulada Guerra y revolución en España,
cuya redacción aparece como fruto de una comisión presidida
por Dolores Ibárruri pero que según diversas indicaciones,
el redactor no fue otro que Ramón Mercader, ni tampoco el apretado
y sugestivo capítulo que Fernando Claudín dedica a “La revolución
inoportuna” en su importantísimo trabajo sobre La crisis del movimiento
comunista…
Hay que decir que la teorización
de Ferran no cuenta actualmente con respaldo organizativo. En lo que
ahora queda del PSUC. Una parte, el Partido Comunista de Catalunya actúa
más al margen, o sea siguen básicamente defendiendo su legado,
pero al tiempo rehúsa entrar en cualquier controversia. Por
su parte, el PSUC viua es mucho más contundente en la denuncia del
estalinismo, y a la hora de asumir sus responsabilidades históricas,
todo lo cual ha permitido unas relaciones abiertas en las que las discrepancias
se llevan con rigor y con respeto.
Lo que sigue es una recopilación
más o menos ordenada de mis artículos sobre la cuestión.
Con ello pretende facilitar una lectura conjunta a los visitantes habituales
de la página de la Fundación. Al margen de errores y
repeticiones, creo que en general suponen un esfuerzo tanto para ofrecer
una visión de conjunto como de algunos aspectos particulares.
El interrogante es trágico y doloroso,
y se encuentra un poco en boca de todos y todas los que estuvieron o habríamos
estado con la República: porqué perdió la República.
Aquí hubo un desastre, los peores ganaron a los mejores (lo dice hasta
J. R. y lo que sigue es: pues bueno hay lo que hay), el sueño fue
derrotado por la pesadilla, la vida y la esperanza por la muerte y la depresión,
la liberación por la barbarie, la libertad por una dictadura que -y
esto es lo más importante- todavía hipoteca claramente presente
y futuro. El precio fue la mayor tragedia que recuerden los tiempos, y el
alcance del mal social se hará otra durante siglos. Sus repercusiones
internacionales fueron desastrosas comenzando, reforzó la dictadura
en Portugal, el colonialismo en el Magreb, fue un referente primordial para
monstruos como Pinochet o Videla, etcétera, etcétera.
Se ha hablado del retroceso de la ciencia, en la cultura
García Lorca fue sustituido por José Mª Pemán,
Max Aub por Alfonso Paso, Luís Buñuel por Rafael Gil, los maestros
laicos y cultos por los la letra con sangre entra, pero sobre todo fue una
auténtica hecatombe para el pueblo llano, para la cultura popular,
para las mujeres y los niños que ganaron en derechos más que
en siglos, el cristianismo volvió a ser el de siempre, el del beaterio
y la hipocresía...en resumen, un desastre total, absoluto, y por lo
tanto, la pregunta que ya se hacía en el ámbito más
cercano, cuando surgía la necesidad de “hablar de todo aquello”, De
una historia que se puede resumir como sigue: Aquí ganaron los de
República, cuando “el Alzamiento” (1), aquí no se mató
a nadie, pero cuando llegaron “esta gente”, mataron a todos los “rojos” que
pudieron, a las mujeres las pelaron, le dieron aceite de ricino y la pasearon
con carteles...Luego, para y los titos tuvieron que hacer la guerra, y esto
fue, sin la menor duda, lo peor que les pudo pasar en la vida. Tanto era
así que convertía en relativo todo lo demás...
Para los abuelos, gente de otros tiempos, la República
fue muy incauta, creyó que las cosas de siempre se podrían
cambiar así como así, y los desórdenes lo acabaron por
estropear todo. En el círculo de papá, que eran apenas
unos muchachos que acababan de dejar los pantalones cortos en 1936, cuando
apenas si se habían enterado de las ideas y los movimientos, el “quid”
de la cuestión estaba en la división, idea que el hombre
reforzaría con el tiempo escuchando a sus compañeros de trabajo
de Barcelona. “Esta gente” tenía un solo mando, no se detenían
ante nada mientras que aquellos infelices (los republicanos del pueblo),
se quedaron esperando porque decían que ellos no tenían nada
que temer, pues no habían hecho nada. Yo ya había sentido en
la escuela el significado de aquella premisa militar romana de “Divide et
impera”, y todo lo que sentí por entonces me pareció razonable
por mucho tiempo.
Cuando se publicó Por qué perdimos
la guerra, el famoso libro de Carlos Rojas en 1970, y cuando leímos
su contenido hacía ya tiempo que se estaba dando un debate en los
medios más o menos clandestinos. Tanto Francecs Pedra, el patriarca
anarquista, como los compañeros comunistas de las reuniones estaban
básicamente desacuerdo en que la causa principal de la derrota fue
internacional. Mientras que el franquismo contó con el apoyo
de las potencias fascistas, de “los moros”, Portugal, y Pedra subrayaba:
“y del capitalismo internacional”, la República se quedó aislada.
Ni tan siquiera le vendían armas. Solamente la URSS, México,
y la Brigadas Internacionales ayudaron de verdad.
Pero aquí acababan las coincidencias. En
tanto que los amigos comunistas insistían en que “no se daban las
condiciones objetivas y subjetivas” para una revolución, Pedra nos
contaba que la República se había mostrado más dura
con el movimiento obrero -o sea la CNT- que con Juan March y los que conspiraban.
Que había apoyado a los empresarios que hacían “lock-aut” (palabra
que nos tuvo que explicar medio centenar de veces, era la “huelga de los
patrones”, sobre todo de los terratenientes que decían a los jornaleros:
“! Ahora comed República)¡”. Que había habido insurrecciones,
y que, en definitiva fue la revolución, el pueblo armado, el que contrarrestó
la sublevación El pueblo organizó el campo
y las industrias en un sistema de “autogestión” que asombró
el mundo...
Sobre esta discrepancia se construyó
una variación entre los jóvenes. Los de las juventudes
persistían en el esquema de sus mayores, otros ampliamos encontramos
nuevos argumentos a los razonamientos empíricos de Pedra, de entrada
porque entonces comenzaron a aparecer estudios y aportaciones (las
de Broué-Témine, Peirats) que profundizaban, y ampliaban lo
que nos contaba. Por otro lado, el desprestigio del estalinismo crecía
casi por día, al menos en su variante digamos “clásica”, lo
del maoísmo era una variación que se justificaba por lo que
se creía ver en la “Gran Revolución Cultural Proletaria” (ahora
resulta sorprendente que una “revolución” que parecía la más
participativa y deslumbrante de la historia, haya quedado tan desmitificada.
Y es que en realidad no se trataba de una revolución).
No nos gustaban sus normas jerarquizadas de organización,
su repudio a los debates, a la libertad de crítica. Después
del optimismo de Kruschev aparecieron los oscuros Breznev y Kosyguin, y la
entrada de los tanques soviéticos en Praga en agosto de 1968, conmovió
hasta el PSUC. Ya nada fue igual, por lo demás, en el gran referente
de mayo del 68, la actuación del partido comunista francés
(justificada por el “gran jefe” Carrillo), nos pareció inadmisible.
A las cuentas del presente se les añadía las del pasado. La
Rusia de Stalin se había negado en un principio a “tomar partido”
por la República, y cuando lo hizo, fue, primero, para atenerse a
sus propias exigencias geoestratégica (las mismas que aceptaban de
pleno la actuación de las democracias occidentales, incluyendo sus
exigencias imperialistas), y segundo, para aplicar y extender sus métodos
policíacos. Por supuesto, esto no contradecía el hecho de que
millares de comunistas que creían antes en “el partido” que en las
ideas y en los análisis, dieran lo mejor de sí mismos o de
sí mismas como Matilde Landa o Juana Doña.
Por supuesto, el debate sigue vivo y
ha inspirado nuevas ediciones, ahora con más razón ya que se
tienen más datos, más reflexiones y perspectivas. Algunos de
ellos retoman el hilo del pasado como la obra de Carlos Rojas recopila 63
testimonios que vuelven a plantear los debates abiertos sobre las razones
de la derrota del bando republicano, y vuelve al principio más elemental:
¿hasta qué punto fueron importantes sus luchas internas? Y
a la consiguiente, ¿cuáles fueron las razones de dichas divisiones?,
divisiones que, por cierto, ya existían. También existieron
en mayor o menos grado en la derecha, pero ésta tenía un referente
en “la tradición”, un modelo de actuación claro, la Alemania
nazi, y un medio contundente: el ejército (previamente depurado de
elementos republicanos, y por supuesto de cualquier elemento de piedad, o
humanidad. La victoria lo justificaría todo...
Conviene recordar que el libro de Rojas causó en aquel
un considerable impacto (2), Reproducía abiertamente la versión
de los vencidos de manera directa o indirecta, a través de sus propios
respuestas o de trabajos que lo habían hecho, Tenía la virtud
de empezar pro el final, reproducía fragmentos de testimonios, opiniones
y vivencias que hasta el momento habían resulta inasequibles y que
ahora recupera de manera ampliada Planeta, Ofrece nuevamente una amplia selección
de textos breves y gráficos de 63 hombres y mujeres de distintas escuelas
y oficios (militares, políticos, intelectuales). Un relato poliédrico
que se cierra significativamente con el discurso "Venceréis pero no
convenceréis", de Miguel de Unamuno, que sentencia una verdad bíblica
en el lado de los llamados “nacionales” (concepto solamente admisible si
se acepta que España era suya), y que deja un terrible mal gusto de
boca porque habían tantos motivos para que la República ganara
esta guerra que los que pudieron haber para que los aliados ganaran al Eje.
Por cierto, cuando lo hicieron en 1945, reeditaron la misma traición
a la República, y Stalin volvió a hacer lo propio, Franco fue
reconocido con el contubernio de la socialdemocracia europea
En una onda muy semejante se sitúa la obra
de Josep Sánchez Cervelló, ¿Por qué hemos sido
derrotados? que trata de explicar la suma de causas militares y políticas
(sobre todo internas), que contribuyeron a la derrota de la República,
y divide la respuesta en dos partes, más un prólogo donde
Sánchez Cervelló expone su condición de miembro de una
familia de rojos al tiempo que proclama su intención de evitar una
historia maniquea, intentando comprender y explicar una realidad que André
Gide matizó diciendo que el dilema entre República y franquismo
era lo más parecido que podía haber entre el bien y el mal.
Evidentemente, como ya ocurre entre las personas, siempre encontraremos
una objeción en las personas que más admiramos y un punto de
humanidad en la que más odiamos, y no fue por casualidad que más
tarde o más tempranos mucha gente proveniente del franquismo acabó
engrosando la lucha contra la dictadura. Gente mala que anda la hubo en la
República, por supuesto, pero nadie comparable a Franco, Mola, Queipo
o de aquel capitán Rojas de Casas Viejas
En este caso el autor ha trabajado con abundancia diversas
fuentes primarias (especialmente de archivos, pero también orales),
algo de agradecer en obras de voluntad didáctica. El autor entra de
pleno en los episodios menos complacientes del campo republicano. las maniobras
del Gobierno del PNV que llevaron al Pacto de Santoña, las de
Acció Catalana en la misma línea, los episodios menos líricos
de las colectivizaciones, deteniéndose en resistencias campesinas
como la de La Faterella, ya estudiada por Josep Temes, sobre la actuación
del estalinismo en los acontecimientos de mayo de 1937, así como en
las debilidades y contradicciones militares del bando republicano. El repaso
tiene la virtud de ofrecer un repaso que ayuda a situar las cosas y a reanimar
un debate que no se cerrará ni en este ni en ningún otro
aniversario. Quizás por eso el autor resulta tan parco en las conclusiones
finales de una obra que resalta la serie que está publicando Flor
del viento de Barcelona, que junto con la de España en armas de Espuela
de Plata (Renacimiento, Sevilla), están cubriendo una vasta y apasionada
aproximación a la historia (y de los debates) interminables sobre
la crisis española de los años treinta, una clave inexcusable
para entender nuestro propio tiempo.
La voluntad de abarcar todas las escuelas
no llega en el autor de estas líneas hasta el extremo de dilapidar
sus dispendios en otra obra más del hispanista “nixoniano” Stanley
G. Payne, presente en las librerías con 40 preguntas fundamentales
sobre la Guerra Civil, tanto por una natural antipatía moral,
como por el hecho de que ya son excesivos los libros sobre la
guerra y la revolución que se agolpan en casa, y que me están
impidiendo abordar otros temas no menos vigentes y apasionantes.
.
---1) El amigo Antonio Cruz de DESPAGE tuvo el acierto de llamarme
la atención sobre este concepto, otro más de los tantos manipulados
por los golpistas. Alzarse tiene en castellano unas connotaciones de superación,
de rebeldía, que solamente puede corresponder a cuando los de abajo
se “alzan” contra los señores y la tiranía, dejan el sometimiento
para elevarse a la categoría de insumisos. Por lo tanto, nada que
ver con la horda “africanista” que ocuparon su propio país imponiendo
desde el primer día la medida del terror, tanto para exterminar cualquier
vestigio de resistencia como para marcar a las tropas el terreno a las tropas
involuntarias que arrastraban tras de sí.
---2) En un reciente debate en Ateneo de Barcelona (30-03-07), Francecs Bonamusa
aludió al hecho de que por aquella época ya se había
editado el Homenatge a Catalunya, de Orwell, en tanto que él sufría
los arañazos del régimen por haber publicado un artículo
sobre los comunistas...Ciertamente, el régimen ya había aprendido
a jugar las cartas de la “guerra fría”, y trataba de oponer las demás
izquierdas a los comunistas y a la URSS, no solamente con la poumista. La
“apertura” tenía también malas intenciones contra editoriales
del exilio como Ruedo Ibérico o Losada, y abarcó a autores
ligados al PCE como el inolvidable Manuel Sacristán.
Las revoluciones tienen mala prensa
Si no recuerdo mal, lo primero que leí sobre “las revoluciones” fue
un desvencijada edición de la Historia de las revoluciones antiguas,
de René de Chautebriand, allá a principios de los años
sesenta. Tendría que repasar sus páginas, pero por lo que puedo
rememorar, su diagnóstico era bastante simple: las revoluciones siempre
acababan empeorando lo que pretendían mejorar. Aunque Chautebriand
evocaba historias muy lejanas, no hay duda que estaba hablando de la Revolución
Francesa. No en vano fue uno de los portavoces de una importante corriente
contrarrevolucionaria que nutriría la tradición reaccionaria
desde principios del siglo XIX hasta Le Pen pasando por el “caso Dreyfus”
(un ejercicio de fascismo avant la lettre) y por Vichy.
No hace mucho, la edición de una biografía de Chautebriand
conllevaba una reivindicación de “su actualidad”, y lo cierto es que
conclusiones similares a las suyas sobre la revolución se pueden leer
diariamente en la prensa diaria, en no pocos casos escritas por “arrepentidos”.
Simbólicamente, es discursos obtuvo una especial resonancia con ocasión
del Bicentenario de 1789. Había sido retomado por la prepotente historiografía
neoliberal (François Furet, Pierre Chanu, etc), que enfocaba
la 17889 desde el punto de mira del Terror jacobino, y éste como un
mero anticipo del Gulag. Desde la izquierda establecida disentía en
nombre de una ambivalencia: aparte del Terror, 1789 fue al mismo tiempo la
proclamación de los Derechos del Hombre...
Y es que, salvo en las fases sociales ascendentes, las revoluciones siempre
tuvieron –por así decirlo- muy mala prensa. Creaban un enorme pánico
social entre las clases dominantes, y sus historiadores la representan desde
sus excesos (muiltiplicados), no hay más que repasar la filmografía
sobre la Revolución francesa. Espartaco tuvo que esperar hasta el
siglo XVIII para que su lucha contra la esclavismo comenzara a ser reconocida.
Contaba Thomas Carlyle que cuando se acercó a la revolución
inglesa de Cromwell, tuvo que rescatarlo debajo de una montaña de
perros muertos Jaurés tuvo que rescatar a Robespierre de un lugar
semejante y causó escándalo cuando proclamó que de buen
grado se habría sentado a su izquierda. No hay pues nada de extraño
que en una época tan reaccionaria como la presente, todo lo referente
a la revolución de Octubre tenga una imagen tan fatal que acaba
por hace buena cualquier historia de las clases dominantes
No es otra lógica la que se trasluce cuando los mismos tribunalistas
que amalgaman Lenin con Stalin y a éste con Hitler, pasan de puntillas
delante los océanos de sangre que sintetizan entidades como la Trilateral
o personajes de la catadura de Kissinger
No hay que decirlo. Las últimas décadas del siglo pasado fueron
rabiosamente antirrevolucionarios, y lo fueron con muy poca resistencia.
Buscando el sol que más calienta, la mayoría de la intelligentzia
antifranquista se subió al carro de los vencedores. Los ejemplos llegan
hasta los despachos de la FAES, bien nutrido también de “arrepentidos”.
Más moderado, un admirador de Bakunin en las vísperas como
Fernando Savater dictaminaba que la monarquía juancarlista podía
tener sus defectos, pero al lado de las alternativas revolucionarias (en
la que confería unos tintes siniestros partiendo de Stalin, Ceaucescu,
Pol Pot, etc), y un antiguo castrista como Vargas Llosa se emocionaba escuchando
a un empresario chileno que le contaba que afortunadamente ya no tenían
temer más “aventuras sociales”. Al lado de la democracia liberal,
el socialismo se convertía en “el problema” incluso para la socialdemocracia
tanto es así que algunos de sus representantes ingresaban en la Trilateral,
además sin miedo a que nadie les señalara. El mercado –declararía
el Jorge Semprún bushiano remedando al Garaudy marxista-- era el horizonte
histórico de nuestro tiempo. Los que disentía de estos
criterios, podían ser acusados de cualquier cosa.
Esta democracia liberal limitada a la gestión venía impuesta
como el menos malo de las formas de gobierno, según la manida cita
de Churchill, el mismo que sería escogido como la figura política
más admirada de la Europa de finales de siglo. Se había llegado
al final de la historia, fuera de ella no existían alternativas, algo
se podía ilustrar perfectamente con el fin de la revolución
nicaragüense con la “contra” como correctora. En pleno apogeo de lo
que se ha venido a llamar “pensamiento único” (en el que cabían
matices pero no enmiendas), podían haber revoluciones “buenas” cuya
principal característica era un cambio de poder que reforzaban la
“libre empresa” y el reconocimiento de los Estados Unidos. Lejos pues quedaban
las revoluciones democráticas de antaño protagonizadas por
el bajo pueblo, que provocaron verdaderos cataclismos. Ejecutaron monarcas,
rompieron el espinazo de las viejas castas, sometieron la Iglesia al Estado,
transformaron las relaciones de propiedad, contribuyeron poderosamente a
superar las monarquías absolutistas.
Dichas revoluciones, llevadas a cabo por auténticos “frentes populares”
y liderados por la burguesía democrática conocieron numerosos
enfrentamientos entre la tendencia conservadora que llevaba hacia y la tendencia
popular que tiraba hacia delante...Fue ante la movilizaciones populares que
tuvieron que ceder ante exigencias como el sufragio femenino, o la libertad
de las colonias expoliadas e hipotecadas. Finalmente, después de numerosos
sobresaltos revolucionarios, y tras la IIª Guerra Mundial, temerosas
que las nuevas crisis económicas dieron lugar a lo que se vino
a llamar el “Estado del Bienestar. Una fórmula que desde la
izquierda liberal (o socialdemócrata) se sigue considerando como un
estado superador tanto del capitalismo salvaje como del “comunismo”, entendiendo
como éste en su versión estaliniana.
Sin embargo, lo cierto es que desde comienzos de los años ochenta
asistimos a un proceso de “contrarreforma” de dicho Estado...Por otro lado,
incluso en sus ejemplos más avanzados, estas democracias mostraron
sus contradicciones en cuestiones tan fundamentales como el colonialismo
o el neocolonialismo (no habría más que estudiar un poco la
actuación de Gran Bretaña o Francia en el continente africano
o de los Estados Unidos en su “patio trasero”), por no hablar de la “cuestión
social”.
Igualmente se suele hablar de “democracia” sin considerar su historia (que
ha hecho dichas democracias), en tanto que estas sus graves contradicciones
se sitúan por lo general al margen de toda sospecha para establecer
la medida de lo correcto, de lo más apropiado. Una medida que es la
que la que predomina entre los historiadores profesionales que han ampliado
considerablemente las aportaciones sobre la crisis española de los
años treinta, y a los que no se les puede desdeñar sin tener
en cuenta sus trabajos, trabajos que por lo demás suscitan la furia
del “caucus” neoliberal. Por ejemplo, la vehemencia antirrevolucionaria de
un Julián Casanova (antiguo MCE), no cuestiona el valor de trabajos
como el que ha realizado sobre la Iglesia. El sentido de esta opción
mayoritaria lo ha explicado muy bien uno de ellos, Enrique Moradiellos
en una lejano artículo aparecido en El País: si hay que escoger
un paradigma, el más razonable es el de la democracia liberal.
La historia no es algo tan diferente del cine o la literatura donde una posición
avanzada o reaccionaria no siempre tiene que ver con la calidad final del
producto. Por lo tanto, pueden haber historiadores reaccionarios que aportan
conocimientos, y avanzados que pueden caer en los mayores simplismos, sobre
todo si parte de una mitificación ideológica. Normalmente,
los buenos historiadores de izquierdas son los que sitúan la investigación
(la búsqueda de la verdad a través del análisis de los
hechos) por delante de sus esquemas y convicciones. Entre otras cosas porque
las propuestas ideológicas no sirven por sí mismas. Se justifican
en la medida en que responden a los hechos, a los problemas
Pero también está claro que la rigurosidad en el conocimiento
y en la búsqueda de los datos no implica –mecánicamente- una
interpretación justa o apropiada. Pero el historiador no puede obviar
un cierto sistema de valores, una construcción, a la hora de ordenar
e interpretar lo que tienen entre manos, y en el caso de la crisis española
(que no acaba con la guerra), el más correcto sería según
Moradiellos, el de la democracia liberal, y en el caso de la historia, la
República democrática. A partir de este “parti pris”, es natural
que la opción primordial se plantee entre la República y el
franquismo, entre la historia democrática y antifascista y la llamada
“revisionista” producto del matrimonio entre el neoliberalismo y el neofranquismo.
En este esquema republicano se otorgue el protagonismo a las instituciones
y a los líderes republicanos en detrimento del movimiento obrero,
condenado a un papel subalterno (PSOE-UGT) o díscolo (CNT, aunque
se suele distinguir entre una buena y otra mala). Por lo mismo, la revolución
es tratada como inoportuna, como un obstáculo.
Dicho apriorismo no es cuestionado ni tan siquiera cuando se coincide en
la traición de las democracias a la República, recordemos que
lo de la guerra primero y la revolución después, comprendía
un después, un “aparcamiento” que en realidad no existía (lo
dejo muy claro José Díaz en una carta famosa para “que quedara
lo más claro posible” que no se pretendía ningún cambio
social)...Se insistía que lo fundamental era buscar el apoyo de Francia
(gobernada por un Frente Popular presidido por León Blum que “prohibió”
al gobierno de Valencia conceder una “autonomía a Marruecos), de Gran
Bretaña (cuyos gobernantes apoyaron de hecho a Franco) o los Estados
Unidos (cuyo presidente “simpatizó” con la República sin efectos
prácticos, las grandes magnates empero no tuvieron problema en ayudar
a los sublevados). Ninguna de estas potencias sentían la menor
simpatía por una República “popular” con una omnipresencia
comunista, pero esta y no otra era la política exterior soviética
desde el último giro estaliniano.
O sea que de hecho, la hipótesis de la “ayuda” de las democracias
resultaba mucho más utópica que las idílicas colectividades
anarquistas satirizadas por el inefable Antonio Elorza como una “Disneylandia
revolucionaria” cada vez que tiene que maldecir Tierra y Libertad.
La revolución española no fue lo que se dice un asunto particular
de la II República. Su fase “democrática”, atraviesa
todo el siglo XIX, durante el cual no llegó a consolidarse una burguesía
democrática digna de tal nombre. En España las castas del Antiguo
Régimen se habían mantenido por el peso del pasado imperial,
aquí triunfó la Iglesia de Trento. Nuestra burguesía,
optó –como explica muy bien Pierre Vilar- por un “compromiso histórico
con dichas castas por miedo a la revolución. La I República
acabó en buena medida por el miedo que proyectaba la sombra de la
Comuna de Paris. Esto se explica por un dato: mediante el desarrollo combinado,
el capitalismo se fue imponiendo como dinámica dominante, y al mismo
compás, un movimiento obrero ascendente que se hacía
adulto con la Primera Internacional..
El “compromiso” se mantuvo durante los años de la Restauración.
Sucede que cuando un movilización popular cita a la burguesía
democrática para ganar las libertades, dicha burguesía no aparece.
Es lo que sucedió en la Barcelona de 1909, y con la huelga general
de 1917. Tampoco reaccionó “democráticamente” en ocasiones
claves como lo fue el escándalo de Annual, que acabó siendo
la primera gran victoria del “partido africanista”. Situada al frente de
la República con el apoyo electoral del primer partido obrero (PSOE),
su principal preocupación fue la del orden público, el demostrar
que era una República de “orden”.
La República de abril fue la fiesta democrática. Era al fin,
el comienzo de todas las reformas y de las mejoras sociales por
las que el pueblo había venido soñando desde hacía mucho
tiempo. Todas las cuestiones aplazadas emergía, la propias de la revolución
democrática (separación entre la Iglesia y el Estado,
libertades de las nacionalidades, educación pública.
Pero ante todo desactivar un ejército y unos cuerpos represivos que
con la sanjurjada de 1932 puso en evidencia algo que ya vio con
claridad Azaña: “O la República acaba con sus enemigos, o sus
enemigos acaban con la República”. Otras cuestiones eran exigencias
como la reforma agraria que aparecía razonablemente como la primera
medida para superar la miseria y el hambre de millones de jornaleros. Había
que contar también con la situación de una clase trabajadora
que soportaba condiciones infames de vida y de trabajo, condiciones que atizaban
el impulso de la afiliación y la radicalización sindical.
Normalmente se enfoca la actuación de esta burguesía republicana
a través de sus líderes más presentable, o del ejercicio
de unas actividades (en la enseñanza) que representa su parte
más “utópica”, o por el esplendor de una actividad cultural
francamente radicalizada. Pero se oculta que ducha burguesía carecía
de una alternativa propia, que no podía gobernar sin el apoyo del
primer partido obrero: el PSOE. Dicho de otra manera, la República
tenía que cumplir sus promesas, y parar los pies a sus enemigos. Lo
cierto es que el primer bienio republicano-socialista concluyó –simbólicamente-
con los acontecimientos de Casas Viejas.
Un “caso” que -entre otras cosas- demostró la ingenuidad de la “gimnasia
revolucionaria” de la FAI, el cinismo ilimitado de la derecha (que bramó
porque los guardias de Asalto hicieron lo que a ellos les hubieran ordenado),
y que si bien Azaña no tuvo una responsabilidad directa, sí
la tuvo su ministro, un tal Menéndez, al que volveremos a encontrar
al lado de Negrín. Algo no muy diferente ocurre en Catalunya entre
la CNT y ERC, sin duda el partido burgués más implantado y
moderno del Estado, pero no menos obsesionado por el “Orden”, y con sectores
(Badía y Dencás), tentados por el fascismo. Como señala
muy bien Chris Ealham, ni tan siquiera ERC tenía un esbozo de algo
parecido a un Estado “social”, otra cosa era –claro está- su base
social, bastante popular, ampliada por lo demás con el voto
preferente de la base cenetista.
Una vez puesto en evidencia que la débil burguesía republicana
no era capaz de asumir los grandes desafíos, lo más consecuente
era unificar a la clase trabajadora organizada en una alternativa que unificara
las tareas democráticas con las sociales, que arrastrara tras de sí
a la pequeña burguesía, y que asumiera la tarea de pararle
los pies al fascismo que desde el triunfo de Hitler redobló la atracción
por la solución de la “contrarrevolución preventiva”. Esto
era lo que venía a proponer la pequeña Falange, y era asumido
como la hipótesis alternativa por parte de la CEDA No fue otra
idea la esta alternativa obra que presidió la constitución
del UHP, y el poderoso desarrollo inicial de la Alianza Obrera creada a finales
de 1933 en Barcelona a iniciativa del BOC y de la pequeña ICE.
En principio, su propuesta básica no estaba en contradicción
con los propósitos fundamentales de la CNT que estaba tratando de
ensayar la revolución por su cuenta y riesgo, al margen del resto
del movimiento obrero, sin embargo la FAI respetaba tan poco las demás
corrientes socialista como a sus propios opositores dentro de la CNT, de
hecho su posición política no era muy diferente a la del PCE-tercer
periodo.
Igualmente cuadraba en un principio con la radicalización de
la base social de la UGT-PSOE, y en especial con las juventudes; con una
izquierda socialista frustrada por la experiencia republicano.-socialista,
y alarmada al ver como los mayores partidos socialdemócratas habían
acabado guillotinados en Alemania y en Austria. En un periodo en el PCE acusaba
a todo el mundo de contrarrevolucionario (era la hora de los soviets y de
las insurrecciones), el partido tuvo que aparcar sus furores sectarios e
ingresar en la Alianza. También convencía a los sindicaos de
oposición de la CNT (“trentistas”), pero en especial a la disidencia
comunista, la única que tenía una propuesta estratégica
desarrollada, una conciencia clara de los que realmente significaba el fascismo,
una asignatura a la que los socialistas (exceptuando Araquistain),
apenas si le dedicaron atención, y que los anarcosindicalistas minimizaron
grotescamente (la Soli atribuyó el triunfo de Hinderburg meramente
al espíritu “autoritario” de los alemanes) que con excepciones
como la de Valeriano Fernández Orobón, fallecido a principios
de 1936...
El UHP resonó en todo el Estado pero sin una línea unificadora.
Únicamente funcionó al 100 por 100 en Asturias, donde
todos sin discusión se la jugaron por una República democrática,
y socialista. Pero sí por abajo la predisposición revolucionaria
existía, por arriba se daban muchos peros...Para la FAI (Federica
Montseny) no había nada que hablar con los marxistas, y menos con
la republicanos catalanas, de ahí que llamaron al boicot a la huelga
general en Cataluña. Para la derecha del PSOE (Prieto) se trataba
de una mera demostración de fuerza, para Caballero lo fundamental
parecía ser evitar un desbordamiento como el que en 1921-1922 dio
lugar al PCE. El caso es que Asturias quedó “trágicamente
sola”. En Cataluña, ERC se quedó en la antesala, y su reflexión
fue que había ido demasiado lejos, lo que justificará su pasividad
en julio del 36 Esta experiencia se realizó en clave de “revolución
socialista”, de “democracia obrera”, pero también de unidad con la
pequeña burguesía republicana en función de objetivos
concretos como podía ser las libertades nacionales de Cataluña.
En esta coyuntura, ya algunos sectores de la derecha republicana barajaron
la “hipótesis Thiers”, o sea descabezar al movimiento obrero con una
represión como la de 1871. José Antonio escribía a Franco
conminándole a encabezar el golpe, asegurándole que Trotsky
había estado detrás de la “Comuna” de Asturias, y Juan March
se hizo eco del propósito de la carta garantizando a Franco un buen
retiro de fracasar el golpe. Como narra la película Dragon Rapide,
Carmencito puso mucho énfasis en esta garantía
Mientras que la derecha tomó esta nota de la crisis, la izquierda
social derrotada (con todo lo que esto significaba en número
de muertos, presos, y en retrocesos legales como la abolición del
estatut de Cataluña) desvió su línea dominante para
reeditar la coalición republicano-socialista algunas variantes y con
el nombre de Frente Popular.
Para ello, el PSOE de Largo Caballero aceptó pero sin comprometerse
con el gobierno, la CNT archivó su abstencionismo, el PCE se sumaba
incondicionalmente haciendo una lectura de derechas de los acuerdos proclamados
en el VII Congreso de la Internacional Comunista...El POUM optó
por un apoyo táctico para no quedar aislado. La victoria electoral
del Frente Popular fue interpretada por la derecha como el fin de la vía
posibilista, y Calvo Sotelo y José Antonio se daban de la mano. Por
su lado, las masas trabajadoras lo interpretaron como el principio de todos
los cambios aplazados. La derecha aumentó la crispación social,
los obreros las huelgas y las ocupaciones de tierras Un mes antes (junio),
Francia había vivido una huelga general con ocupaciones de empresas
que siguió tras la victoria en las urnas. Por cierto, este es un capítulo
histórico que raramente se le relaciona con la crisis española
En su argumentación sobre la inviabilidad de la revolución
(La guerra de España, Ed. Turner, Madrid, 2007), Edward Malefakis
trata de demostrar que Ésta no era ni inmediata ni inevitable en 1936.
Es evidente que los golpistas mentían, como lo seguirían haciendo
en todo (baste decir que en el momento de los “juicios de Nüremberg”
llegaron a pedir que se incluyeran...las autoridades republicanas). Malefakis
dice que también se dieron tentativas revolucionarias en Alemania,
Austria (1918-1919), e Italia (1921), y que estas acabaron siendo integradas.
Además, “era mucho más probable que Azaña reaccionara
como un Giolitti o un Ebert que como Kerensky” Pero lo cierto es Mola
y Franco (o Juan March), no necesitaban que existiera ninguna amenaza revolucionaria,
Tampoco las había en la Alemania de 1933 o en Austria un año
después (no más que Pinochet y Videla tres décadas más
tarde).
No hay que olvidar que el fascismo fue una “contrarrevolución preventiva”,
se trataba de barrer tanto la amenaza revolucionaria como una presión
social “excesiva”. La opción golpista descartaba totalmente el modelo
de “golpe de baja intensidad” de Primo de Rivera, querían cortar de
raíz toda contestación, regresar a la España “eterna”
El éxito alemán pues era un libro abierto para los golpistas.
Por otro lado, los países citados por Malefakis acabaron a posteriori
con una contrarrevolución, Italia inmediatamente después de
la crisis revolucionaria de 1920, Alemania y Austria una década
más tarde.
Fue la revolución la que respondió a la sublevación,
por el contrario, el gobierno del Frente Popular sabía que se estaba
fraguando un trama golpista, tenía información de primera mano
de quienes, como y cuando, pero no movió un dedo para detener a los
golpistas. En parte por la “bonachería” tan cabalmente expresada por
Casares Quirogas con lo de “¿Qué los militares
se han levantado?, pues yo me voy a dormir”, frase que –cierta o incierta-
expresa a la perfección la actitud de los tantos gobernadores civiles
que temían más a las “turbas” que a los militares. En los lugares
donde el movimiento obrero no desconfió lo suficiente de las autoridades
(Sevilla, Zaragoza –donde el jefe golpista y el líder cenetista eran
masones, y el primero engañó vilmente al segundo-, Oviedo,
Granada...), ganaron los golpistas; y donde supieron reaccionar al margen
de las autoridades, se impusieron. Lo hicieron por crearon “su propia República”
Ahora ya casi nadie niega que hubo una revolución, simplemente se
le niega la viabilidad.
En las dos décadas siguientes a la guerra fue ocultada
por la historiografía (Thomas, Jackson, Tuñón de Lara,
etc). Primero: el argumento de que existía una revolución como
parte de “plan comunista” fue el arma favorita de la propaganda franquista
de cara a la derecha europea (y norteamericana, lo mismo que la represión
antieclesiástica lo fue de cara a la Iglesia y a la opinión
pública católica, pero esa no puede ser una razón histórica.
Segundo: se la trató de encuadrar como un mero prólogo de la
IIª Guerra Mundial. De esta manera, el dilema entre militar-fascismo
y la República aparecían como variantes del enfrentamiento
entre el Eje y los Aliados.
Este sería sí acaso fue más el punto de mira coincidente
con la fase Negrín, pero la anterior se inscribe como broche final
del ciclo revolucionario (obrerista y pluralista) iniciado por la revolución
de Octubre de 1917.También influyó el hecho de que sus principales
protagonistas –anarcosindicalistas- fueran muy minoritarios fuera de España,
que los socialistas caballeristas se desintegraran, y que el POUM y el trotskismo
resultaran muy minorizados en el contexto de la guerra fría.
No obstante, los fueron apareciendo poco a poco los testimonios más
vivos de su existencia lo ofrecieran escritores que fueron testigos como
George Orwell (Homenaje a Cataluña), Frank Borkenau (El reñidero
español), Kaminski (Los de Barcelona), Mary Low (Cuadernos rojos de
Barcelona), etcétera.
Igualmente se sostiene que una revolución aislada carecía de
oportunidad frente al ejército africanista de Franco ampliado por
más los 80.000 soldados de Mussolini más el armamento alemán
sin olvidar el petróleo y los camiones de EEUU.
Se trató indudablemente de una revolución “inoportuna” como
diría Claudín en un capítulo apretado y valioso
(La revolución inoportuna) que se puede encontrar en www.espaimarx.org
Fue una revolución redescubierta en los años sesenta, y fue
ampliamente estudiada en los años siguientes. Buena parte de sus historiadores
fueron “amateurs” como el ladrillero anarcosindicalista José Peirats
(LA CNT en la revolución española), o jóvenes historiadores
marxistas como Pierre Broué (La guerra y la revolución en España).
Lo cierto es que paso a ser bandera de la izquierda antiestalinista, y su
revalorización fue una de las señas de identidad de editoriales
como la emblemática Ruedo Ibérico, pero también de otras
editoriales en ciernes que estaban ganando “espacios de libertad”. En esta
primera fase, la tentación doctrinaria (anarquista, poumista, trotskista)
fue más importante que la seriedad historiográfica, confirmaba
criterios políticos que iluminaban la crítica radical del estalinismo
cuya naturaleza se vería ampliamente confirmada en otros acontecimientos
internacionales; en Grecia por ejemplo, una situación que guarda numerosos
paralelismos con la española, una historia que aquí es muy
poco conocida.
. Mirando en perspectiva, resulta evidente que la suma de obstáculo
fue enorme, y por lo tanto no se puede afirmar que con una política
revolucionaria consecuente hubiera sido suficiente para vencer, de entrada
porque la revolución española partía de graves limitaciones.
La primera de toda es la derivada de la incorrespondencia existente entre
un movimiento social amplísimo, con miles de hombres y mujeres entusiastas
sin los cuales resulta imposible entender la República, la revolución
y la guerra, pero con unas orientaciones políticas que cuando fueron
determinantes (CNT-FAI, PSOE, UGT), fueron un modelo de desorientación,
de carencia de alternativas...Incluso las que no fueron como fue el caso
del POUM, su actuación resulta muy controvertida. En este cuadro,
tal como explica muy bien Fernando Claudín, la evolución del
PCE de izquierda a derecha, y las imposiciones que conllevó la intervención
de la URSS, desnivelaron la correlación de fuerzas en contra la revolución,
influyendo decisivamente en el desplazamiento hacia la derecha de sectores
decisivos de los caballeristas, sobre todo de las juventudes gracias a la
intervención del equipo dirigente (que acabará siendo la “plana
mayor” de la dirección del PCE en el exilio).
No creo que nadie se atreva a asegurar que con la revolución se habría
ganado la guerra. Si acaso que se habría hecho mejor o de manera
más consecuente, pero lo cierto es que la derrota de la revolución
no redondeó precisamente en beneficio del frente militar, y que la
guerra se perdió después de un doble enfrentamiento entre la
coalición liderada por el PCE, primero contra la izquierda revolucionaria,
luego con la derecha republicana y parte de la CNT (Mera), episodios que
(sobre todo el primero) constituyen la parte más oscura de la zona
republicana.
Otra cuestión es que la revolución tenía que pasar por
la guerra, y por lo tanto, tendría que haber adoptado los criterios
de disciplina y de eficacia militar, criterios que fueron empleados por el
estalinismo con propósitos contrapuestos a los que se emplearon en
la guerra civil rusa, una guerra en la que el mando revolucionario nunca
olvidó que el Ejército Blanco estaba plagado de contradicciones
sociales, como lo estaba indudablemente el que mandaba Franco. A esto hay
que añadir que esta política de restauración de la República
de antes de la guerra conllevaba una opción de guerra convencional.
En ningún momento se planteó en serio una guerra irregular
que pudiera incidir en la retaguardia de los mal llamados “nacionales”,
de un ejército impuesto cuyas tropas de respuesto estaban formadas
por gente del pueblo. En esta zona conviene considerar el asunto de Marruecos,
normalmente minimizado por los historiadores y que no obstante, revela
la actitud conservadora de la Republica ante el tema colonial (ni lo
tocó), y la inconsecuencia de una lucha por la libertad que no reconocía
la libertad de una nación subyugada, aparte de un potencial que los
militares fascistas no subestimaron en ningún momento. Seguramente
Largo Caballero aceptó sin rechistar el “No” de León Blum con
la esperanza de que éste librara las armas que le debía a la
República...
No hay ningún precedente en la historia social que recuerde el de
primero la guerra para deshacer una revolución que ya existía,
que la había impuesto el pueblo allí donde se impuso. Por el
contrario, dicha historia está repleta de revoluciones que, partiendo
siempre de una fuerte desventaja militar, acababa imponiéndose gracias
al valor añadido de la guerra revolucionaria, insistiendo en la posible
irradiación de las medidas de liberación social en unas tropas
que eran carne de cañón bajo un régimen cuyo principal
soporte era el terror. No fue otra cosa lo que sucedió con Cromwell,
en 1776 en los Estados Unidos, en la revolución francesa, en Rusia,
China, Vietnam, Nicaragua, etc.
Recapitulando: la revolución democrática planteada desde la
invasión napoleónica fue traicionada una y otra vez por una
burguesía “liberal” que acabó optando por un “compromiso histórico”
con las antiguas castas (terratenientes, Iglesia, ejército). Aunque
liderada por los elementos más avanzados de este burguesía,
el principal soporte de la República fue el movimiento obrero,
sobre todo el PSOE. El ascenso del movimiento social se fue radicalizando
al compás que esta burguesía iba aplazando las grandes reformas
democráticas, sobre todo la de la tierra. Dicho ascenso produjo la
natural alarma en la burguesía reaccionaria que después de
apoyar la vía contrarrevolucionaria “posibilista” (CEDA), acabó
optando por una iniciativa en forma de contrarrevolución armada que
se activa después de la derrota electoral de febrero de 1936, y que
está animada por los éxitos del fascismo (Hitler).
La clase obrera tuvo el cuerpo pero no tuvo el cerebro, y aunque en 1934
sus fracciones más avanzadas trataron de componer una alianza socialista
para detener el fascismo y ofrecer una alternativa a la fracasada coalición
republicano-socialista. Su derrota (fruto ante todo del boicot faista y de
la indecisión caballerista), fue seguida por una brutal represión
que, junto con los acontecimientos de Casas Viejas, anuncian hasta donde
está dispuesta a llegar la derecha reaccionaria. Derrota, represión,
y la nueva línea “antifascista” del Kominterm dan lugar a una variación
de la anterior coalición republicano-socialista que gana las
elecciones en un contexto de re-movilización obrero-campesina. El
gobierno del Frente Popular que no descarta la represión del movimiento
obrero, se inhibe ante las informaciones de una tentativa golpista que subestima
la casi totalidad de las izquierdas. El golpe da lugar a una reacción
militante que fracasa en los lugares donde confían en las autoridades
republicanas (Oviedo, Zaragoza, Sevilla), y triunfa allá donde confía
en sus propias capacidades (Barcelona, Madrid, Valencia).
El movimiento obrero es la República por abajo –revolución
social- pero deja que por arriba se impongan las autoridades republicanas
que ponen a la revolución una restauración democrática
que aparece como la condición de la ayuda soviética, y como
la promesa de una hipotética ayuda de unas potencias democráticas
que temen la revolución, pero también la creciente influencia
comunista. Esta vía convierten al PCE-PSUC que habían ganado
a la mayoría de la antigua izquierda socialista (a las potentes juventudes,
y a sectores del caballerismo como Álvarez del Vayo, Margarita Nelken,
Rafael Vidiella, etc), en el partido más fuerte. El PCE liderara una
coalición contra la izquierda revolucionaria neutralizando a caballerista
y al cenetismo ministerialista. La guerra pasa a ser un conflicto político
(fascismo o democracia). La vía de la disciplina militar necesaria
se orienta hacia la guerra convencional, un terreno en el que el militar-fascismo
goza de todas las ventajas. El numantismo comunista con la creciente implantación
de los métodos estalinianos (hegemonismo sectario, represión
disidentes, aceleración de su influencia en el ejército y la
administración, etc) acaban fraccionando el campo republicano que
ya tenía ilegalizada la izquierda revolucionaria (POUM), y tiene lugar
otra pequeña guerra dentro de la guerra.
La derrota llega en vísperas de la Segunda Mundial, el mayor desastre
humanitario de la historia, y en el que la alternativa ha dejado de ser capitalismo
o socialismo. En Italia y Francia, los partidos comunistas apuestan por la
restauración burguesa “nacional”, Europa del Este queda bajo la “protección”
soviética, en Yugoeslavia la resistencia impone su revolución.
En Grecia, el estalinismo reprime a los “partisanos” que no aceptan los acuerdos
de Postdam...No será hasta los años sesenta que todas estas
cuestiones se vuelven a discutir con la recomposición parcial de las
corrientes socialistas que casi habían desaparecido: anarquismo,
poumismo, trotskismo, socialismo de izquierdas, intelectuales en ruptura
con el estalinismo...