Pepe Gutiérrez Álvarez
Al fin, después de muchos años de esperas –y de tentativas-,
contamos con una edición de El caso Tuláyev, una de las obras
capitales de Víctor Serge, alguien sobre el que escribió atinadamente
John Berger: “No conozco a ningún otro escritor que pueda en verdad
compararse con Víctor Serge. La esencia del hombre y de sus libros
está en la postura frente a la verdad. Para Serge el valor de a verdad
se entendía mucho más allá de la narración simple
(o compleja)”.
Recuerdo que por allá 1966 o 1967 uno de mis amigos universitarios
llegó a una de nuestras reuniones con uno libro de Víctor Serge,
y además publicado legalmente, algo que siempre suscitaba el comentario
de alguien que decía algo así como: “Vaya usted a saber”.
Sin embargo, nuestro grupo de lectores ávidos, ya un tanto distanciados
de los jóvenes comunistas, tan entusiastas como ajenos a aquel afán
por leerlo, se había aclarado sobre la cuestión. La habíamos
tenido con una revista igualmente legal llamada Índice que no nos
ofrecía precisamente confianza a pesar de que algunos de sus artículos,
como los que Juan Gómez Casas sobre el sindicalismo revolucionario,
nos había servido para debatir de lo lindo, e incluso habíamos
hecho copias a máquina y en papel cebolla. Ya sabíamos que
el régimen había aprendido de la derecha internacional en general,
y de sus colegas norteamericanos, a instrumentalizar autores revolucionarios
contra el “comunismo” donde nosotros ya habíamos establecido una férrea
distinción con el “estalinismo” que según y cómo, podía
ser justo lo contrario. A veces decíamos cosas muy fuerte, tales como
“!Stalin ha matado más comunistas que Hitler y Franco juntos¡”,
que dejaba bocabierto a nuestros amigos del partido.
Aquel ejemplar no era otro que
El caso Tuláyev, obra escrita
por Víctor Serge poco antes de su muerte (1947) y editada por la no
menos equívoca editorial Luis de Caralt en 1954 (en traducción
de Jesús Ruíz), y mi amigo universitario aseguraba que era
mucho mejor que
El cero y el infinito, de Arthur Koestler, y con esta
recomendación me quede con ella unas semanas durante las cuales pude
percibir que Serge tenía más claro que nosotros la diferencia
entre “comunismo” y “estalinismo”. En líneas generales, mantengo la
memoria de que Serge ofrecía una panorámica de Rusia de finales
de los años treinta, rememora con detalle las trágicas consecuencias
de las “purgas” de la que se había librado en 1936 gracias a las gestiones
de André Gide y de una potente campaña internacional ya que
Serge, aunque ciudadano del mundo, era medio francés y escribía
en esta lengua. También sabíamos que había escrito un
potente testimonio de la huelga general española de agosto de 1917
en El nacimiento de nuestra fuerza de la que existía una edición
de 1931 que alguien tenía por algún sitio.
También recuerdo un largo capítulo sobre la derrota de la revolución
española y las implicaciones del aparato estalinista en la Barcelona
que había sido obrera, y como se pasa a un ambiente que preludia los
prolegómenos de la IIª Guerra Mundial. En éste contexto
es donde tiene lugar el asesinato de Tulaev, émulo de Serguei Kirov,
que había sido uno de los hombres de Stalin, y que sirve de pretexto
para un alud de detenciones, destierros y ejecuciones, de un monstruoso agujero
negro que acabará con toda la generación revolucionaria. No
había una sola línea del libro que no estuviese escrita desde
la perspectiva de un antiguo anarquista nacido en el seno de una familia
de emigrados rusos ferviente antizaristas.
No hace apenas unos meses que requería a Juan Manuel Vera, de la Fundación
Andrés Nin madrileña un ejemplar de la novela que figuraba
en su catálogo (pero que ya no tenía), y menos todavía
cuando conversaba con Andy Durgan las posibilidades de editar
Ciudad sitiada
en la magnífica traducción del poeta republicano Tomás
Segovia, y Andy que la había leído en fechas más recientes,
me aseguraba que
El caso Tuláyev, con toda probabilidad, era
la mejor novela que se había escrito sobre el “gran terror” estaliniano.
Lejos quedaban los tiempos que la Fundación había publicado
al menos un par de “dossier” sobre Víctor Serge que, entre los primeros
compañeros de Trotsky y de Nin en la Oposición de Izquierdas
rusa e internacional, el mejor amigo del POUM. De ahí que todos los
poumistas fueran del maíz que fueran, hablaran con entusiasmo de él
y con él ya que mantuvo una extensa correspondencia con algunos de
ellos..
Esperemos que esta edición sea algo así como la señala
para otros libros, al igual que sucedió en los años sesenta-setenta
con parte de su obra, entre ellas El año 1 de la revolución
rusa (Siglo XXI, Madrid, 1972), uno de los mejores libros sobre Octubre;
Los años sin perdón (Planeta, Barcelona, 1977), que
abunda en la misma materia, sin olvidar
Medianoche en el siglo (Ayuso,
Madrid, 1976), dedicado a los líderes del POUM asesinados o encarcelados...Como
no podía ser menos, Fontamara editó
Literatura y revolución,
y
Todo lo que un revolucionario debe saber sobre la represión,
un breve estudio sobre los métodos de la policía zarista sobre
el que la LCR hizo un uso de manual como lo habían hecho los camaradas
galos. Lástima que no se hiciera de sus
Memorias de un revolucionario,
igualmente traducida por Tomás Segovia, y sobre la que Siglo XXI de
México ha hecho una reedición reciente ilustrada con dibujos
de Vlady Serge. Estas memorias son tan impresionantes que habrá que
hablar de ellas otro día.
Dada la infame sequía editorial que ha conocido su obra en los últimos
treinta años, no debe de haber muchos jóvenes que conozcan
a este singular escritor exiliado de nacimiento, ligado a la subversión
prácticamente desde su más temprana infancia, alguien sobre
el que Susan Sontang dicen su discutible prólogo: “Serge fue para
mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia
moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí
que la política no es sólo acción...” Y yo añado:
del que también podría haber aprendido que puede (y deber ser)
acción colectiva, debatida e ilustrada, amante de la verdad, algo
a lo que la muy individualista escritora norteamericana no siempre resulta
fiel, no hay más que leer algunos de sus totalmente injusto y falsos
comentarios sobre Trotsky.
Nacido en 1890 en Rusia, criado en Bélgica, militó a comienzos
del siglo XX en la radicalizada Joven Guardia socialista de Bruselas, pero
no tardó en ligarse con los anarquistas franceses, concretamente con
los llamados “ilegalistas”, allí conoció al padre de Jean Vigo,
y conoció la cárcel durante 5 años por sus no probadas
implicaciones con la audaz banda de Bonnot. Escritor militante desde que
nada más salir denunció el sistema penal francés en
Los hombres en la cárcel, y se vinculó con los internacionalistas
que se oponían a la “Unión Sagrada”, época en la que
colaboró con grandes del sindicalismo revolucionario galo como Alfred
Rosmer y Pierre Monatte, y con un tal Trotsky. Viajero incansable vivió
en la Rosa de Fuego donde se hizo amigo de Salvador Seguí. Sería
en Barcelona donde nació como Víctor Serge ya que adoptó
el seudónimo para escribir en el semanario
Tierra y Libertad
y como tal firmó
El nacimiento de nuestra fuerza, obra que
está esperando su reedición (y nueva traducción) a gritos.
Conmocionado con la Revolución rusa como tantos otros, Serge se incorporó
a las tareas revolucionarias en Rusia aprovechando tanto su carácter
de políglota como sus variadas relaciones con el anarcosindicalismo
y el sindicalismo revolucionario, fracciones que desde la naciente Internacional
Comunista se consideraban capitales para contrarrestar la previsible influencia
socialdemócrata En Moscú trató nuevamente con Alfred
Rosmer (que escribió uno de los testimonios más fehacientes
de aquellos primeros años: Moscú en tiempos de Lenin), con
Nin y con Joaquín Maurín, que años después, escribió
que "Víctor Serge era claro y sincero; señalaba los defectos
y las virtudes, los errores y los aciertos".
Con tales actitudes y con un entusiasmo a toda prueba, Víctor Serge
desarrolló una intensa actividad en la Internacional, de entrada fue
el principal animador de La Correspondencia Internacional (Imprecor), revista
prestigiosa en su tiempo. Por entonces, Zinoviev le confió misiones
importantes en Berlín y en Viena, ciudades que vivían una notable
efervescencia revolucionaria. Sacando tiempo del sueño, escribió
obras como
El año I de la Revolución rusa,
Petrogrado
en peligro (1919), amén de toda clase de ensayos, por ejemplo
sobre la revolución china de 1927, una faceta sobre la que se ha hablado
poco pero sobre la que existe un hermoso libro publicado en Italia. Su nombre
figuraba también entre los artistas y poetas y fue amigo de poetas
Esenin y Mayakovsky, así como de escritores como Pasternak y Mandelstan.
Años más tarde, su testimonio sería fundamental para
mantener la memoria de lo que había sido la literatura rusa de los
primeros años de la revolución.
Fue abogado de anarquistas y anarcosindicalistas que no le perdonaron su
adhesión al bolchevismo, su apreciación de figuras como Lenin
y Trotsky, pero su impronta libertaria se hizo notar como militante de la
Oposición de izquierdas rusa desde el primer momento. Luego, ya en
los años 1927-1930, cuando Stalin comenzaba a deportar a los oposicionistas
rusos, pero que no se atrevía aún a perseguir a los revolucionarios
extranjeros conocidos, Víctor Serge y Andrés Nin, amigos fraternales
desde 1921, constituyeron, con Alejandra Bronstein (primera esposa de Trotsky),
uno de los escasos núcleos de resistencia organizada al despotismo
burocrático. Sobre estos años, Víctor será, después
de Trotsky, el más infatigable e informado opositor. Obras como las
de Panait Istrati (Vers l´autre flame), o el Regreso de la URSS, de
Gide, por no hablar de la temprana biografía de Stalin que escribió
Boris Souvarine, le deben mucho a su consejo e influencia.
Nuevamente liberado, Serge asumió con una voluntad de hierro y una
energía sorprendente una labor excepcional de desmitificación
del estalinismo y la defensa de sus compañeros, militantes e intelectuales
perseguidos, deportados y asesinados. Poco antes de su deportación,
Serge había logrado enviar una carta-testamento a la entonces trotskista,
la escritora Madeleine Paz, en la que decía que era "un resistente
absoluto en tres principios: defensa del hombre, defensa de la verdad y defensa
del pensamiento". Tanto es así, que en cuanto se produjo el primer
proceso de Moscú, Serge creó el "Comité de defensa de
la libertad de opinión en la Revolución" y publicó Dieciséis
fusilados. El proceso Zinoviev-Kamenev-Smirrnov, el primer análisis
serio y preciso sobre el terror estalinista y los procesos de brujería
que organizó la GPU y contra los que sólo se levantaron el
POUM en España y pequeñas minorías del movimiento obrero
y algunos pocos intelectuales de izquierda, sobre todo los surrealistas con
los que Serge tuvo una poderosa afinidad a pesar de que su escritura es más
deudora de Balzac y de Zola que del fantástico.
Muy poco tiempo después, ese mismo Comité tuvo que promover
una fuerte campaña internacional en solidaridad con el POUM, para
exigir una investigación sobre el paradero de Andreu Nin. En aquella
época, Serge mantuvo una intensa correspondencia y un arduo debate
con Trotsky en el que sobresalieron dos puntos: la cuestión del POUM,
al que Serge apoyaba sin condiciones, y las condiciones para crear una nueva
internacional, proyecto que Serge estimaba como precipitado y estrecho. Víctor
Serge prosiguió incansablemente su actividad en defensa de sus camaradas
de la URSS y de España. "Fue verdaderamente -escribió Serge
años después- la lucha de un puñado de conciencias contra
el aplastamiento completo de la verdad, en presencia de crímenes que
decapitaban a la URSS y preparaban para pronto la derrota de la República
española".
Al mismo tiempo, Serge siguió trabajando como escritor, traduciendo
a Trotsky al francés, suya es la mejor versión que se conoce
de La revolución traicionada. También hizo obra propia, títulos
como los ya mencionados, y otros como De Lenin a Stalin, Retrato de Stalin,
Destino de una Revolución...La ocupación alemana le llevó
al México de Lázaro Cárdenas donde falleció en
1947 después de una última fase en la que reconsideró
algunas de sus concepciones marxistas para adoptar otras de mayor vocación
humanista. Es evidente que la experiencia estaliniana le marcó profundamente,
sin embargo, en sus novelas no se aportó ni un milímetro de
las ideas ni de la gente con las que había combatido. Nunca habría
aceptado esa frívola amalgama entre verdugos y víctimas que
plumas como la de Susana Sontang (y no digamos otras todavía menos
rigurosas), pueden llegar a decir o a casidecir.
Antes escribió junto con Natalia Sedova, un libro fundamental:
La
vida y la muerte de León Trotsky...Un pequeño dato que
desdice algunas de las opiniones aventuradas que Susan Sontang destila en
su brillante pero a veces extrañamente mal informado prólogo
de esta edición de
El caso Tuláyev en traducción
de David Huerta, y que recomiendo con el mismo entusiasmo con que lo leí
hace añora cerca de cuarenta años..