FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Literatura y revolución: El caso Tuláyev

Pepe Gutiérrez Álvarez


Al fin, después de muchos años de esperas –y de tentativas-, contamos con una edición de El caso Tuláyev, una de las obras capitales de Víctor Serge, alguien sobre el que escribió atinadamente John Berger: “No conozco a ningún otro escritor que pueda en verdad compararse con Víctor Serge. La esencia del hombre y de sus libros está en la postura frente a la verdad. Para Serge el valor de a verdad se entendía mucho más allá de la narración simple (o compleja)”.

Recuerdo que por allá 1966 o 1967 uno de mis amigos universitarios llegó a una de nuestras reuniones con uno libro de Víctor Serge, y además publicado legalmente, algo que siempre suscitaba el comentario de alguien que decía algo así como: “Vaya usted a saber”.

Sin embargo, nuestro grupo de lectores ávidos, ya un tanto distanciados de los jóvenes comunistas, tan entusiastas como ajenos a aquel afán por leerlo, se había aclarado sobre la cuestión. La habíamos tenido con una revista igualmente legal llamada Índice que no nos ofrecía precisamente confianza a pesar de que algunos de sus artículos, como los que Juan Gómez Casas sobre el sindicalismo revolucionario, nos había servido para debatir de lo lindo, e incluso habíamos hecho copias a máquina y en papel cebolla. Ya sabíamos que el régimen había aprendido de la derecha internacional en general, y de sus colegas norteamericanos, a instrumentalizar autores revolucionarios contra el “comunismo” donde nosotros ya habíamos establecido una férrea distinción con el “estalinismo” que según y cómo, podía ser justo lo contrario. A veces decíamos cosas muy fuerte, tales como “!Stalin ha matado más comunistas que Hitler y Franco juntos¡”, que dejaba bocabierto a nuestros amigos del partido.

Aquel ejemplar no era otro que El caso Tuláyev, obra escrita por Víctor Serge poco antes de su muerte (1947) y editada por la no menos equívoca editorial Luis de Caralt en 1954 (en traducción de Jesús Ruíz), y mi amigo universitario aseguraba que era mucho mejor que El cero y el infinito, de Arthur Koestler, y con esta recomendación me quede con ella unas semanas durante las cuales pude percibir que Serge tenía más claro que nosotros la diferencia entre “comunismo” y “estalinismo”. En líneas generales, mantengo la memoria de que Serge ofrecía una panorámica de Rusia de finales de los años treinta, rememora con detalle las trágicas consecuencias de las “purgas” de la que se había librado en 1936 gracias a las gestiones de André Gide y de una potente campaña internacional ya que Serge, aunque ciudadano del mundo, era medio francés y escribía en esta lengua. También sabíamos que había escrito un potente testimonio de la huelga general española de agosto de 1917 en El nacimiento de nuestra fuerza de la que existía una edición de 1931 que alguien tenía por algún sitio.

También recuerdo un largo capítulo sobre la derrota de la revolución española y las implicaciones del aparato estalinista en la Barcelona que había sido obrera, y como se pasa a un ambiente que preludia los prolegómenos de la IIª Guerra Mundial. En éste contexto es donde tiene lugar el asesinato de Tulaev, émulo de Serguei Kirov, que había sido uno de los hombres de Stalin, y que sirve de pretexto para un alud de detenciones, destierros y ejecuciones, de un monstruoso agujero negro que acabará con toda la generación revolucionaria. No había una sola línea del libro que no estuviese escrita desde la perspectiva de un antiguo anarquista nacido en el seno de una familia de emigrados rusos ferviente antizaristas.

No hace apenas unos meses que requería a Juan Manuel Vera, de la Fundación Andrés Nin madrileña un ejemplar de la novela que figuraba en su catálogo (pero que ya no tenía), y menos todavía cuando conversaba con Andy Durgan las posibilidades de editar Ciudad sitiada en la magnífica traducción del poeta republicano Tomás Segovia, y Andy que la había leído en fechas más recientes, me aseguraba que El caso Tuláyev, con toda probabilidad, era la mejor novela que se había escrito sobre el “gran terror” estaliniano. Lejos quedaban los tiempos que la Fundación había publicado al menos un par de “dossier” sobre Víctor Serge que, entre los primeros compañeros de Trotsky y de Nin en la Oposición de Izquierdas rusa e internacional, el mejor amigo del POUM. De ahí que todos los poumistas fueran del maíz que fueran, hablaran con entusiasmo de él y con él ya que mantuvo una extensa correspondencia con algunos de ellos..

Esperemos que esta edición sea algo así como la señala para otros libros, al igual que sucedió en los años sesenta-setenta con parte de su obra, entre ellas El año 1 de la revolución rusa (Siglo XXI, Madrid, 1972), uno de los mejores libros sobre Octubre; Los años sin perdón (Planeta, Barcelona, 1977), que abunda en la misma materia, sin olvidar Medianoche en el siglo (Ayuso, Madrid, 1976), dedicado a los líderes del POUM asesinados o encarcelados...Como no podía ser menos, Fontamara editó Literatura y revolución, y Todo lo que un revolucionario debe saber sobre la represión, un breve estudio sobre los métodos de la policía zarista sobre el que la LCR hizo un uso de manual como lo habían hecho los camaradas galos. Lástima que no se hiciera de sus Memorias de un revolucionario, igualmente traducida por Tomás Segovia, y sobre la que Siglo XXI de México ha hecho una reedición reciente ilustrada con dibujos de Vlady Serge. Estas memorias son tan impresionantes que habrá que hablar de ellas otro día.

Dada la infame sequía editorial que ha conocido su obra en los últimos treinta años, no debe de haber muchos jóvenes que conozcan a este singular escritor exiliado de nacimiento, ligado a la subversión prácticamente desde su más temprana infancia, alguien sobre el que Susan Sontang dicen su discutible prólogo: “Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción...” Y yo añado: del que también podría haber aprendido que puede (y deber ser) acción colectiva, debatida e ilustrada, amante de la verdad, algo a lo que la muy individualista escritora norteamericana no siempre resulta fiel, no hay más que leer algunos de sus totalmente injusto y falsos comentarios sobre Trotsky.

Nacido en 1890 en Rusia, criado en Bélgica, militó a comienzos del siglo XX en la radicalizada Joven Guardia socialista de Bruselas, pero no tardó en ligarse con los anarquistas franceses, concretamente con los llamados “ilegalistas”, allí conoció al padre de Jean Vigo, y conoció la cárcel durante 5 años por sus no probadas implicaciones con la audaz banda de Bonnot. Escritor militante desde que nada más salir denunció el sistema penal francés en Los hombres en la cárcel, y se vinculó con los internacionalistas que se oponían a la “Unión Sagrada”, época en la que colaboró con grandes del sindicalismo revolucionario galo como Alfred Rosmer y Pierre Monatte, y con un tal Trotsky. Viajero incansable vivió en la Rosa de Fuego donde se hizo amigo de Salvador Seguí. Sería en Barcelona donde nació como Víctor Serge ya que adoptó el seudónimo para escribir en el semanario Tierra y Libertad y como tal firmó El nacimiento de nuestra fuerza, obra que está esperando su reedición (y nueva traducción) a gritos.

Conmocionado con la Revolución rusa como tantos otros, Serge se incorporó a las tareas revolucionarias en Rusia aprovechando tanto su carácter de políglota como sus variadas relaciones con el anarcosindicalismo y el sindicalismo revolucionario, fracciones que desde la naciente Internacional Comunista se consideraban capitales para contrarrestar la previsible influencia socialdemócrata En Moscú trató nuevamente con Alfred Rosmer (que escribió uno de los testimonios más fehacientes de aquellos primeros años: Moscú en tiempos de Lenin), con Nin y con Joaquín Maurín, que años después, escribió que "Víctor Serge era claro y sincero; señalaba los defectos y las virtudes, los errores y los aciertos".

Con tales actitudes y con un entusiasmo a toda prueba, Víctor Serge desarrolló una intensa actividad en la Internacional, de entrada fue el principal animador de La Correspondencia Internacional (Imprecor), revista prestigiosa en su tiempo. Por entonces, Zinoviev le confió misiones importantes en Berlín y en Viena, ciudades que vivían una notable efervescencia revolucionaria. Sacando tiempo del sueño, escribió obras como El año I de la Revolución rusa, Petrogrado en peligro (1919), amén de toda clase de ensayos, por ejemplo sobre la revolución china de 1927, una faceta sobre la que se ha hablado poco pero sobre la que existe un hermoso libro publicado en Italia. Su nombre figuraba también entre los artistas y poetas y fue amigo de poetas Esenin y Mayakovsky, así como de escritores como Pasternak y Mandelstan. Años más tarde, su testimonio sería fundamental para mantener la memoria de lo que había sido la literatura rusa de los primeros años de la revolución.

Fue abogado de anarquistas y anarcosindicalistas que no le perdonaron su adhesión al bolchevismo, su apreciación de figuras como Lenin y Trotsky, pero su impronta libertaria se hizo notar como militante de la Oposición de izquierdas rusa desde el primer momento. Luego, ya en los años 1927-1930, cuando Stalin comenzaba a deportar a los oposicionistas rusos, pero que no se atrevía aún a perseguir a los revolucionarios extranjeros conocidos, Víctor Serge y Andrés Nin, amigos fraternales desde 1921, constituyeron, con Alejandra Bronstein (primera esposa de Trotsky), uno de los escasos núcleos de resistencia organizada al despotismo burocrático. Sobre estos años, Víctor será, después de Trotsky, el más infatigable e informado opositor. Obras como las de Panait Istrati (Vers l´autre flame), o el Regreso de la URSS, de Gide, por no hablar de la temprana biografía de Stalin que escribió Boris Souvarine, le deben mucho a su consejo e influencia.

Nuevamente liberado, Serge asumió con una voluntad de hierro y una energía sorprendente una labor excepcional de desmitificación del estalinismo y la defensa de sus compañeros, militantes e intelectuales perseguidos, deportados y asesinados. Poco antes de su deportación, Serge había logrado enviar una carta-testamento a la entonces trotskista, la escritora Madeleine Paz, en la que decía que era "un resistente absoluto en tres principios: defensa del hombre, defensa de la verdad y defensa del pensamiento". Tanto es así, que en cuanto se produjo el primer proceso de Moscú, Serge creó el "Comité de defensa de la libertad de opinión en la Revolución" y publicó Dieciséis fusilados. El proceso Zinoviev-Kamenev-Smirrnov, el primer análisis serio y preciso sobre el terror estalinista y los procesos de brujería que organizó la GPU y contra los que sólo se levantaron el POUM en España y pequeñas minorías del movimiento obrero y algunos pocos intelectuales de izquierda, sobre todo los surrealistas con los que Serge tuvo una poderosa afinidad a pesar de que su escritura es más deudora de Balzac y de Zola que del fantástico.

Muy poco tiempo después, ese mismo Comité tuvo que promover una fuerte campaña internacional en solidaridad con el POUM, para exigir una investigación sobre el paradero de Andreu Nin. En aquella época, Serge mantuvo una intensa correspondencia y un arduo debate con Trotsky en el que sobresalieron dos puntos: la cuestión del POUM, al que Serge apoyaba sin condiciones, y las condiciones para crear una nueva internacional, proyecto que Serge estimaba como precipitado y estrecho. Víctor Serge prosiguió incansablemente su actividad en defensa de sus camaradas de la URSS y de España. "Fue verdaderamente -escribió Serge años después- la lucha de un puñado de conciencias contra el aplastamiento completo de la verdad, en presencia de crímenes que decapitaban a la URSS y preparaban para pronto la derrota de la República española".

Al mismo tiempo, Serge siguió trabajando como escritor, traduciendo a Trotsky al francés, suya es la mejor versión que se conoce de La revolución traicionada. También hizo obra propia, títulos como los ya mencionados, y otros como De Lenin a Stalin, Retrato de Stalin, Destino de una Revolución...La ocupación alemana le llevó al México de Lázaro Cárdenas donde falleció en 1947 después de una última fase en la que reconsideró algunas de sus concepciones marxistas para adoptar otras de mayor vocación humanista. Es evidente que la experiencia estaliniana le marcó profundamente, sin embargo, en sus novelas no se aportó ni un milímetro de las ideas ni de la gente con las que había combatido. Nunca habría aceptado esa frívola amalgama entre verdugos y víctimas que plumas como la de Susana Sontang (y no digamos otras todavía menos rigurosas), pueden llegar a decir o a casidecir.

Antes escribió junto con Natalia Sedova, un libro fundamental: La vida y la muerte de León Trotsky...Un pequeño dato que desdice algunas de las opiniones aventuradas que Susan Sontang destila en su brillante pero a veces extrañamente mal informado prólogo de esta edición de El caso Tuláyev en traducción de David Huerta, y que recomiendo con el mismo entusiasmo con que lo leí hace añora cerca de cuarenta años.. 

 Edición digital de la Fundación Andreu Nin, enero 2008

 
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