Visiones sobre Trotsky en los años
30
Pepe Gutiérrez-Álvarez
En los años treinta, nadie como Trotsky
encarna la revolución, sobre todo entre la gente ilustrada de la derecha
que teme que su destierro sea una mera treta, un reparto en la faena entre
él y Stalin.
Como el propio Trotsky se encarga de
dejar bien claro en su descomunal lucha por la verdad histórica, sigue
siendo uno de los nombres de la revolución rusa, de 1905 y 1917,
el compañero de Lenin y creador del Ejército Rojo, una tarea
ciclópea exaltada entre otros, por el socialista Julio Álvarez
del Vayo, que escribe que esta tarea “es una de las grandes empresas de nuestro
siglo e indiscutiblemente su mayor timbre de gloria. Sólo su genio
puede explicar el que un desterrado, semita por añadidura, un literato,
ponga cima en medio de las mayores dificultades de todo orden a la magna labor
de crear un ejército disciplinado de entre los restos de una soldadesca
desmoralizada, asombrando al viejo generalato -como confesó en Leningrado
un general zarista- y suscitando comentarios elogiosos de sus mismos adversarios...
Ya uno de sus biógrafos
no bolcheviques, Oscar Blun, dijo de él "que acaso sea el primer ministro,
de la Guerra que Rusia ha tenido. Pero de mas peso aun, por tratarse de un
técnico en cuestiones militares, es la opinión del famoso coronel
Max Bauer, antiguo jefe en el Alto Mando alemán y uno de los directores
del golpe de Estado de von Kapp. Bauer, que pasa por ser el verdadero espíritu
rector del movimiento ultranacionalista alemán, acaba de reunir en
un libro, Das Land der roten Zaren (El país de los zares rojos),
sus impresiones de un viaje por Rusia. He aquí cómo lo juzga:
"León Davidovitch Trotsky es el organizador militar y el caudillo innato.
La forma en que creó un ejercito de la nada, organizándolo e
instruyéndolo en momentos de dura lucha, es absolutamente napoleónica”...
Aunque Stalin lo deja marchar creyéndole
un “caballo muerto”, la leyenda lo acompaña y su sombra se proyecta
mucho más allá de la restringida influencia de la corriente
que encabeza. En un trabajo (reeditado en el volumen Inside Europa) con el
titulo “napoleónico” Trotsky en Elba, el famoso periodista norteamericano
John Gunther, combina por igual la admiración por la persona y la
advertencia a los gobernantes, señala: “Trotsky, una persona extraordinariamente
magnética podría reunir a su lado a los cinco millones de comunistas
alemanes en un par de años si viviera en Alemania; así se lo
he oído decir. Lunacharski dijo una vez "Trotsky se paseaba por el
mundo como una batería eléctrica y que cada contacto con él
produce una descarga". Aún tiene esa cualidad, además de su
sorprendente encanto personal. Dejen a Trotsky que transite libremente por
un país, dejen que se le vea, déjenle hablar, y su natural
hará el resto”. Se pregunta además, ¿qué pesaría
si muriera Stalin?.
Gunther, después de conversar
animadamente con españoles sobre “...Trotsky. De la revolución.
Nuevamente de Trotsky. Todo parece muy inútil y bastante irreal. Sin
embargo, no habían pasado muchos años desde que Lenin y Plejanov,
Zinoviev, Radeck y Bujarin revoloteaban en grupos, cerrados y tensos, por
mesas de café iguales a ésta, hablando, hablando, hablando;
y, probablemente, a la policía del zar le resultaba demasiado divertido”,
añade más adelante: “En ningún país los trotskistas
son lo suficientemente fuertes como para desafiar directamente a la organización
estalinista pero en Grecia, Checoslovaquia, Alemania y, especialmente en España,
su poder va en aumento”.
Esto no son meras reflexiones, es algo
que ha calado en la reacción que tiene claro que no a permitir la “inocencia”
de Nicolás II, ni mucho menos la de un débil Alexander Kerensky.
Otro analista de primera de la
época, el muy interesante liberal-socialista italiano Carlos Rosselli
(voluntario en España y asesinado como su hermano por los esbirros
de Mussolini), escribirá por su parte: “¿Ha existido alguna
vez en la historia un exiliado más victorioso?. Una después
de otra se cierran a su paso todas las fronteras, sean proletarias o burguesas.
Las clases gobernantes están dominadas por un profundo espanto debido
a esa victoria que Trotsky lleva consigo: la Revolución de Octubre,
donde su nombre será recordado en los siglos junto al de Lenin. Es
sorprendente que la frontera más severa sea la que impone su revolución.
El héroe de Octubre es demasiado dinámico. Durante los momentos
de quietud, en Rusia no hay lugar para él. Es un genio que debe admirársele
en secreto y a la distancia; de cerca es demasiado incómodo y peligroso...
Trotsky es infinitamente más grande que Stalin; pero este último
ha logrado administrar sabiamente la revolución, aunque para ello haya
tenido que empequeñecerla y embalsamarla, mientras que Trotsky la
habría arrojado a la destrucción con una iniciativa napoleónica.
Si para Rusia llegaran días difíciles, quizás Trotsky
seria invitado a regresar. Entonces será la apoteosis. y Trotsky espera
subordinando su pensamiento y su actividad a ese regreso”.
Después de
una entrevista con el personaje, Rosselli, escribe: “¿Impresiones?.
Un cerebro admirablemente organizado, cristalino. Sus argumentos, como en
sus libros y en ese macizo trabajo que es la Historia de la Revolución,
surgen apretados, en cascadas, con desarrollos elegantes y con el concurso
de un estilo muy personal. Su voluntad es imperiosa; su personalidad potente,
¿y el hombre?. El hombre ha desaparecido en el personaje. El hombre
es poco humano, La naturaleza ha dotado a Trotsky de todos los dones de una
manera inaudita, con excepción del socrático. Está demasiado
seguro, fuerte y perfecto, para poder comprender a los demás. Mientras
su yo interior: por la juventud, de su espíritu, se encuentra en continua
transformación, su yo social se presenta rígido...Trotsky es
prisionero de su pasado, de la historia polémica con Stalin”.
Y concluye su retrato con las
siguientes pinceladas: “Trotsky es la revolución victoriosa. De la
misma manera que las revoluciones devoran sin piedad a sus hombres, Trotsky
se vale fríamente de todo y de todos para alcanzar la meta, Dispensa
su interés y sus simpatías en exacta relación con la
utilidad que puede obtener...El mejor biógrafo de Trotsky, Max Eastman,
en su libro que es una joya de penetración psicológica y una
justa exaltación de su genio, observa que lo que le ha impedido llegar
a ser un gran jefe (más exacto sería decir "un conductor de
pueblos", porque Trotsky es un gran jefe), es su excesiva confianza en sí
mismo, o más bien dicho, la suficiente percepción del sentimiento
ajeno, ese sentido inmediato, inconsciente, en que consiste la misteriosa
seducción del jefe...Esta limitación suya no es, como pretenden
sus detractores, el fruto de una desenfrenada ambición. Trotsky sacrificó
toda su vida a la revolución; la juvenil rebelión al padre rico
-que a los ochenta años, expropiado de sus numerosos bienes por los
soldados del hijo, se convierte al comunismo-, es magnífica; su nuevo
estilo, soberbiamente soportado, revela en él un carácter de
acero...La limitación es debida más bien a la extraordinaria
fuerza de abstracción de un pensamiento que se desarrolla en su interior
de manera tan coherente y completa como para no tener necesidad de contribución
ajena...En una palabra Trotsky por sus ideas su técnica su voluntad,
no tiene necesidad de los demás hombres considerados individualmente.
tiene necesidad de un pueblo, de un drama social, de una revolución.
Pero dudamos que los pueblos de Occidente encuentren en él a su hombre”.
Décadas después,
al debatir sobre la guerra y la revolución española, era muy
común oír decir que aquí “no tuvimos un Lenin y un Trotsky”.
Con mayo seriedad, autores como Perry Anderson veían una profunda incorrespondencia
entre la capacidad y la cultura del movimiento obrero, y la debilidad teórica
y programática de sus “Estados mayores”. Un detalle que explica que
la iniciativa en la crisis española correspondiera a su franja más
brutal y corrupta, pero también más “consecuente” y despiadadamente
decidida, como ya había ocurrido en Italia en 1920-1924 y en Alemania.
En su artículo,
John Gunther define a Trotsky como “un aportador permanente de la historia”,
o sea alguien que no se queda detenido desde el momento que entiende que
la revolución de Octubre, con ser el ejemplo más fehaciente
de cómo lograr que una crisis social pase a ser una revolución
victoriosa –la primera en la historia en una historia socialista ya soñada
por los griegos-, no por ello olvida que se trata del “primer eslabón”
de la cadena imperialista.
Como “aportador” marxista,
la contribución más reconocida de Trotsky fue sin duda la teoría
del “desarrollo desigual y combinado y la doctrina acorde de la «revolución
permanente”. Con la teoría de la “revolución permanente” desafió
la opinión de que un prolongado período de desarrollo capitalista
debe seguir a una revolución antifeudal, durante la cual gobernaría
la burguesía o cualquier otra combinación de fuerzas sociales
(por ejemplo, la “dictadura revolucionaria y democrática de los obreros
y campesinos”) como sustitutivo. Por otros caminos, Lenin adoptó en
las Tesis de abril de 1917 una línea semejante a estas concepciones
(por eso fue tildado de “trotskista”) y las puso en práctica en la
Revolución de Octubre en contra de la línea tradicional del
Partido Bolchevique, defendida en la época por Kamenev, Zinoviev y
Stalin…Este esquema tendría una lectura ampliada en el exilio, en el
sentido que la conquista del poder solo es el comienzo de un proceso revolucionario
que únicamente podrá abordar con seriedad la instalación
del socialismo desde la acción combinada de al menos algunos países
avanzados.
Otra de las características
del pensamiento de Trotsky es el rechazo de las falsas pretensiones que hacen
del marxismo un sistema universal que proporciona la clave de todos los problemas.
Se opuso a los charlatanes que adoptaban el disfraz de marxismo en las esferas
tan complejas como la “ciencia militar”, y combatió los intentos de
someter la investigación científica, la literatura y el arte
en nombre del marxismo, ridiculizando el concepto de “cultura proletaria”.
Subrayó el papel de los factores no racionales en la política
(“En la política no hay que pensar de forma racional, sobre todo cuando
se trata de la cuestión nacional”) y desechó las grandes generalizaciones
cuando se olvidaban de lo más concreto, de los individuos. Lector voraz
y políglota, marxista de gran cultura en la tradición de Marx
y Engels, ensayista, crítico literario, historiador, economista, etc.,
Trotsky se granjeó muchos enemigos entre aquellos cuyo marxismo combinaba
la estrechez y la ignorancia con una propensión a plantear exigencias
fantásticas, revestió tales características que hicieron
exclamar a Marx: “No soy marxista”.
Su evolución personal
desde finales del siglo XIX hasta sus últimas aportaciones sobre la
Segunda Guerra Mundial está marcada por continuas rectificaciones
y audacias que a veces entran en abierta tensión con sus esquemas
militantes, obsesionados por dar respuesta a una situación política
trágica que desborda, con mucho, la extrema debilidad organizativa
del movimiento que contribuyó a crear. Hay múltiples Trotsky:
normalmente volaba como un águila, pero en ocasiones lo hacía
también mucho más bajo, una diferencia que estaba muy determinada
por la proximidad o la lejanía del tema que abordaba, un factor perfectamente
verificable por sus torpezas y debilidades, manifiestas claramente en sus
escritos españoles, por lo general, muy poco conocido en su época.
Esto explica que el que sigue siendo su más reconocido biógrafo,
Isaac Deutscher, apenas dedique unas pocas líneas –relacionadas sobre
todo con la proyección española de los “Procesos de Moscú”-
a la guerra española en el último volumen de la célebre
trilogía, el titulado, Trotsky, el profeta desterrado.
Tribuno comparado con Danton
y con Jaurès sobre el que John Reed (Diez días que conmovieron
el mundo) y Nikolai Sujanov (Historia de la revolución rusa)
dejaron cumplida cuenta de sus intervenciones en las asambleas multitudinarias,
Trotsky fue un escritor magnífico cuya obra sobrepasa ampliamente la
de muchos profesionales. Sus libros, artículos, documentos políticos
y cartas fueron editados —y se siguen editando— en casi todas las lenguas,
y sus selecciones específicas sobre Francia, Alemania, China, Gran
Bretaña, España, Estados Unidos, América Latina, Italia,
etcétera han ocupado gruesos volúmenes, inaugurando así
un poderoso aporte trotskiano a las diversas tradiciones teóricas marxistas
nacionales. Pero este jefe militar que leía Mallarmé en el
tren blindado de la guerra civil, fue también un intrépido periodista
en los Balcanes...
Derrotado por el aparato
burocrático amasado por el acentuado atraso ruso (a continaución
de una suma de guerras y del cerco internacional), y las dramáticas
derrotas revolucionarias de principios de los años veinte (Alemania,
1918-1923, sobre todo), Trotsky se negó a utilizar el Ejército
Rojo para imponer sus poderosos argumentos. Una vez en el exilio, fue víctima
de la más formidable tentativa de denigración que al decir de
Manuel Sacristán desde los tiempos de Catilina (Trotsky habría
apreciado la famosa frase de éste en el Senado, cuando le dijo a Cicerón
que mientras los patricios tenían una cabeza sin cuerpo, la plebe tenía
un cuerpo sin cabeza). Sobre todo desde su asesinato, Trotsky fue convertido
en una «no persona», por utilizar una de las palabras del neolenguaje
codificado por Orwell. Sin embargo, porgresivamente su ejemplo y sus ideas
volvieron a interesar a las nuevas generaciones «contestatarias»
del 68, y lo volverán a hacer en nuevos epicentros de la recomposición
social como México, Francia, Italia o Brasil. Su peso en el movimiento
que lleva su nombre es obviamente descomunal. Sin embargo, Trotsky nunca trató
de imponer su “autoridad providencial”, sino mediante debates abiertos; lo
que impedió la tentació de hablar en su nombre elevado a la
categoría de canon, sustituyendo con la autoridad del clásico
las exigencias del análisis concreto de la realidad concreta.
Su medida biográfica
es la de un ”gigante” (el último de la tradición marxista, al
decir de Víctor Serge, uno de los muchos anarquistas o semianarquistas
que lo admiraron, y criticaron). Por más que se puedan poner reparos
a algunas de sus actitudes (acuciadas por situaciones límite, por la
medida de sus propias exigencias) y reconocer cierta prepotencia e intolerancia,
también es cierto que los numerosos testimonios de quienes trabajaron
con él (y que en no pocos casos evolucionaron en otra dirección)
dan fe de una poderosa humanidad en la que se incluyen fuertes dosis de romanticismo.
¿Hasta qué punto
este legado mantuvo una actualidad en el curso de una historia tempestuosa
en la que los poderosos conseguirían ganar las principales batallas?.
El problema se plantea
desde el momento en que Trotsky levanta la bandera de una alternativa comunista
al estalinismo, y se hace mucho más ardua en el momento de su asesinato.
De ello se hará eco lúcido el escritor y abogado nicaragüense
Adolfo Zamora, quien en el prólogo de una edición popular mexicana
de los últimos escritos de Trotsky que, con el título de Los
gángster de Stalin, aparecido un mes después del asesinato
del fundador de la IV Internacional, escribió con evidente furor: “[…]
Stalin razona ahora: sin Trotsky, la Cuarta Internacional no podrá
emprender nada. Como buen burócrata antes y como buen déspota
ahora, Stalin se equivoca. Trotsky, en los días de su destierro, solo,
perseguido, poseía todo el poder de la idea revolucionaria, era el
principio de un nuevo impulso de la clase obrera. Stalin, con su inmenso aparato,
su poderío momentáneo y su GPU, sólo representaba el
reflujo histórico de efímera existencia. La nueva internacional,
creada por el genio de Trotsky, ha alcanzado ya una etapa de desarrollo que
la capacidad para hacer frente a las grandes tareas revolucionarias que le
reserva el próximo futuro de la humanidad […]”.
Al acabar la
IIª Guerra Mundial, Trotsky pudo ser recordado como una suerte de Aníbal
por un pletórico Jean-Paul Sartre, mientras que Stalin victorioso,
gozaba de un prestigio casi ilimitado. Tanto es así que no fueron pocos
los antiguos cenetistas que se aproximaron al PCE, y no faltaron poumistas
que empezaron a creer que al fin de cuentas habían sido los métodos
de Stalin los que habían logrado vencer al fascismo. Todo fue cambiando
hasta el extremo de que Stalin es actualmente execrado por todas partes, y
el nombre de Trotsky va asociado a todos los grandes debates sobre el socialismo,
incluyendo los pocos que han tenido lugar en China, los que se están
desarrollando en Rusia o en los países antes llamados socialistas,
en Cuba, y por supuesto, en Venezuela. Trotsky nunca fue un “hombre providencial”
(aunque algunos adictos lo hayan querido para refrendar su propia autoridad
como “verdadero intérprete”), pero sí un clásico en el
sentido más genuino del término, alguien sobre el que hay que
volver una y otra vez para analizar y comprender algunos de los grandes temas
del siglo pasado...