Un tal
Vicenç Ferrer
Pepe Gutiérrez-Álvarez
No hace mucho que un amigo me comentó, ¿Sabes
quien fue del POUM?. Hombres pues… ¡Ese Vicente Ferrer de la India,
lo dice en un libro sobre él!”… Lo cierto es que la nota llamó
mi atención, pero no demasiado.
Lo había visto en un programa de TV3 y desde luego no
me recordaba a otra figura del cristianismo de base del tipo de Casaldàliga,
que tenía la virtud de decir las cosas claras, y que daba gusto escuchar
diciendo las verdades más dolorosas como cuando declaró que
el capitalismo no solamente era malo de verdad, es que además estaba
loco.
Mientras que la periodista remarcaba palabras del tipo “catalán
universal”, “sabio” y otras maravillas, a Ferrer todo lo parecía bien,
todo el mundo le parecía bueno. Parecía instalado en
aquello “No juzga y no seréis juzgados”. Cuando le preguntaron que
pasó cuando fue a ver a Franco, respondió vagamente, y contó
con un asomo de ironía que el Caudillo le dijo “El dinero corrompe
a los pueblos”, lo que demostraba por sí hacía falta que el
cinismo puede no tener límites, amén de una cierta sorna siniestra
ya probada en otra ocasiones, como cuando le dijo a uno de sus ministros
que “él no se metía en política”. Tuvo palabras amables
aunque ambiguas con el último papa. Lo dicho todo estaba en el orden
de las cosas.
Reaccionaba con más energía cuando el tema
era la pobreza, estaba claro que no la soportaba, sin embargo para que no
hubiera ninguna duda, declaró que los amos del mundo no tenían
que ser los malos, y uno no pudo por menos que recordar el akelarre que siguió
a la muerte de la madre Teresa con el desfile de algunos de los jefes de
gobierno de las grades potencias. Cierto es que con Vicenç esto no
ha pasado, sobre todo porque él ya estaba apartado de la Iglesia oficial
y lo suyo no se orientó a paliar los casos más dolorosos de
la terrible cara de la extrema miseria, la otra cara de las riquezas extremas
como diría muy bien Mahatma Gandhi.
No obstante, la entrevistadora estaba feliz, Vicenç también
veía en ella la huella de la luz y del bien, aunque cualquiera que
la escuchara podría deducir de sus palabras que, al fin de cuentas
la miseria tenía la virtud de demostrar que habían hombres
como Vicenç que habían movido Roma con santiago para conseguir
que un sector significado de un lugar, de un reducto determinado que antes
estaba hundido en los abismos del hambre y del menosprecio, ahora era una
comunidad prospera que mandaba parte de sus hijos a la universidad. Aquella
historia comenzó en la guerra civil, pero la entrevistadora apenas
si pasó por este tramo.
Luego lo han contado en sus necrológicas de alabanzas
los diarios. Ferrer había nacido en Barcelona el 9 de abril
de 1920, y debió ser un joven muy inquieto ya que a los 16 años,
pidió el carné del POUM (Partido Obrero de Unificación
Marxista) sobre el que declaró que le pareció el más
abierto y avanzado, que unía la eficacia del comunismo militante con
el idealismo anarquista. Coger el carnet y coger el fusil fue casi
una misma cosa, y Vicenç como tantos otros muchachos de su generación
se encontró con n fusil en las manos, y en medio de batallas como
la del Ebro en la que la muerte sonaba por todas partes. El mismo contaba
con su tono ya un tanto senil y místico que en un momento dado distinguió
una luz que brillaba en la más atroz oscuridad. Esa luz, dijo, era
Dios, lo contrario que las tinieblas, una imagen que a mí me recordó
el comienzo de la película Sansón y Dalila, de Cecil
B. DeMille, cuyo cristianismo se manifestaba en los grandes beneficios. En
la retirada del ejército vencido, tras la caída del frente
de Cataluña, Ferrer marchó a Francia donde, como todos
los demás combatientes, fue internado en el campo de concentración
de Argelès-sur-Mer.
Leo en un diario: “No había cometido delito alguno,
salvo el ser joven y revolucionario, pero fue entregado por las autoridades
francesas a las franquistas en Hendaya, e internado en el campo de concentración
de Betanzos”. En aquel momento, y aún mucho tiempo después,
el franquismo fusilaba por los motivos más irrisorios. Eso sí,
en nombre de dios y de España porque esas cosas requieren grandes
palabras. Está claro que en aquella situación, Vicenç
no siguió el camino de la militancia, de los que trataron de recomponer
el tejido social brutalmente destruido. Regresó y aún le tocó
efectuar de nuevo el servicio militar: en total siete años de movilización
contando los años de guerra, la reclusión en los campos de
castigo y de nuevo el servicio militar. Ahora le guiaba otra estrella, y
tenía ganas de luchar. En 1944 abandonó sus estudios de Derecho
y se hizo jesuita, con la idea de “ayudar a los demás”.
Esta inquietud le llevó hasta los pobres
de solemnidad a los que ayudó de todas las maneras posibles en Anantapur,
una zona rural en los desiertos del sur de la India. Fue para cambiar
la situación de esta gente por o que llamó a todas las puertas
incluidas las de sonados programas de TVE, e incluso el Pardo animado por
“unos amigos”. Él tenía sus propósito y no dijo nunca
nada que fuese en otro sentido. Está claro que su prestigio no se
basa en ninguna prédica, es más Ferrer abandonó los
jesuitas porque ya no servían a sus propósitos, se casó,
tuvo tres hijos, y día a día aplicó su fervor
a una empresa que es su obra. Ahí está: hospitales, escuelas,
casas, pozos, caminos, todo menos un hospital psiquiátrico, “un manicomio
en palabras suyas, como remarcó ante la sonriente periodista empeñada
en demostrar que estaba entrevistando a un hombre excepcional para el que
se ha pedido el Nobel. Nadie le podrá negar que estas cosas la decía
con absoluta sinceridad, la misma sinceridad que demostraba sonriendo hablando
de una obra en la que parecía el autor junto con su compañera,
Anna Ferrer se llama Anna Perry, nacida en 1947 en Essex, al sureste de Gran
Bretaña. Reportera de la revista Current, un día le encargaron
un reportaje sobre el jesuita cooperante español. Meses después
decidió volver a su lado, como una trabajadora más. Una obra
de la que queda una Fundación al frente de la cual siguen ana y uno
de sus hijos.
A uno se le ocurren luces y sombras. Entre las últimas,
pues en la entrevista aparecieron algunas personas del lugar para expresar
su agradecimiento, y cabe suponer que sin su trabajo y su empeño,
“la obra” de Ferrer nunca se habría podido realizar. También
resulta un tanto inquietante que los personajes y medios que cada día
rezan por los amos del mundo, que cada mañana publican sus alabanzas
a la competitividad y al afán de lucro, se muestren tan entusiastas
ante alguien que benditamente ha dedicado su ida a los desposeídos.
Hay en esta conexión alo especialmente siniestro. En cuanto a la luz…
La luz está ahí, en la obra. No importa
demasiado que Ferrer la impulsara con una mística tan ingenua al menos
en apariencia, lo cierto es que mientras otras zonas de historial parecido
sigue en lucha por la vida en los pozos de la miseria o en los abismos
del poder y la corrupción, todo indica que en el lugar que escogió
no hay una guerra por los puestos y por los beneficios, y que las palabra
se corresponde con hechos. En realidad, sí una acción vale
más que il palabras, la acción de Ferrer merece ser respetada
y considerada. Primero porque ha servido para miles y miles de personas de
las castas más expoliadas de la India, segundo porque ha creado un
modelo de ayuda mutua y de sociedad constructiva, tercero porque ha obligado
a muchas personas a trabajar y a ayudar para ser mejor.
Además, se ha hecho desde abajo y con
la entrega, y eso, se haga en nombre de lo que se aga, vale la pena. No son
cosas fáciles, y la verdad es que no abundan los ejemplos. Es un camino
que no es el nuestro porque, a nuestro parecer, la emancipación debe
de venir de los propios trabajadores, pero está ahí. Lo demás
se puede discutir, y desde luego la buena fe de Ferrer con los “amos del
mundo” suena a incongruente, a mero idealismo místico. En este punto
yo prefiero con mucho, declaraciones como las del Casaldàliga…Otra
cuestión que me parece sumamente importante -y que es la que motiva
que escriba este artículo-, es que no podemos dejar a gente como Ferrer
a las personas de orden. El cristianismo que práctica el amor al prójimo
como a sí mismo, y que ve a dios entre los pobres, ha sido siempre
uno de los componentes más importantes del socialismo militante.
Un componente al que debemos criticar como
criticamos todo, y del que también debemos de aprender cosas como
la de trabajar bajo las más duras condiciones ayudar a la gente a
salir del pozo social. Y hacerlo desde el respeto a las personas, en contra
de la violencia gratuita y vengativa que nada tienen que ver ni con el socialismo
ni con la libertad.
En cuanto a su pertenencia al POUM, pues la
verdad es que demuestra una filiación auténtica e idealista
por más que Ferrer olvidara los métodos que defendió,
siguió defendiendo un compromiso con los últimos, y lo llevó
a cabo desde donde creyó que sus capacidades eran más necesarias
y su trabajo más posible, muy lejos de donde nació y donde
se había formado.