Pepe Gutiérrez-Álvarez
Estas notas forman parte de un capítulo
que aparece más desarrollado en mi libro La cuestión Orwell
(Ed. Sepha, Málaga, 2008), así como en otros trabajos suplementarios
aparecidos en Web como Kaos y/o Rebelión…
El lector que sigue mis modestos artículos
en Kaos encontrara un tanto sorprendente la cantidad de insultos y descalificaciones
que me suelen caer, todo por criticar al estalinismo, y detallar las razones
de su ascenso, apogeo, crisis, decadencia y descomposición. Lo más
curioso de esta tentativa de lapidación es que raramente se ofrecen
más argumentos que lo de “hacer el juego” al enemigo o el sempiterno
de “agente de la CIA”, y los recursos a Gorkin, y poco más.
Se trata de una reacción totalmente a la defensiva,
muy lejana a la que pudo existir en otros tiempos, incluyendo en los años
setenta cuando el maoísmo ocupó buena parte de la franja militante
a la izquierda del PCE. Con todo, parece “natural” que, a pesar de su descomposición,
cierto estalinismo continúe teniendo una cierta audiencia, lo que
se justifica al menos por tres razones:
1. Porque sin duda tuvo una importancia central en el movimiento
obrero hasta fechas recientes, para grandes sectores de trabajadores e intelectuales
representaba la URSS y el “mundo socialista” frente al imperialismo;
2. Se apoyaba y se apoya en una estructura mental muy propia
de la tradición religiosa en la que el bien y el mal se reparte por
una gestión de fe, sí el imperialismo y el capitalismo son
el mal social por excelencia, en consecuencia;
3. No existía ni existe todavía una alternativa
social lo suficientemente implantada para que estos restos del naufragio
puedan pensar que se trata de una historia que no se puede explicar, al menos
no socialmente, por la capacidad negativa de la reacción, y que en
su hundimiento pesaron igual o más sus propia barbarie, sus enormes
contradicciones
Entre los comunistas digamos de “la vieja escuela”
que creen que el balance a desarrollar sobre la URSS y el estalinismo resulta
“”primordialmente positivo”, Orwell aparece como alguien que no merece para
nada el reconocimiento que goza. El posible lector interesado no tiene más
que darse una vuelta por algunos de los artículos publicados Kaosenlared,
una de las más abiertas y visitadas, y buscar los referidos a Orwell,
y podrá comprobar hasta que grado alcanza el rechazo. Se podría
decir que describen Orwell como una suerte de émulo de Louis-Ferdinand
Céline: anticomunista, chivato, agente de la CIA, machista, antisemita,
cuando no cosas peores (1).
Aunque esta furia linchadora raramente coincide con trabajos
razonados, los que existen resultan profusamente y éste es el caso
de dos en particular, de Del modelo orwelliano o paradigma totalitario, de
Eduardo Núñez, pero sobre todo de ¿Quién fue
realmente George Orwell?, con un impresionante subtítulo de añadido:
Los mitos orwellianos: de la Guerra Civil española al holocausto soviético,
de Albert Escusa, y en que me centraré es el que aborda más
directamente la “cuestión Orwell”. Según mis noticias, Escusa
forma parte del Partit Comunista de Catalunya (PCC), corriente de origen
“prosoviético” actualmente integrada en EUiA y que actúa en
coalición con Iniciativa pe Catalunya, y por lo tanto con el gobierno
de gestión izquierdas de la Generalitat…(2) Se trata de un trabajo
con pretensiones de un ajuste de cuentas intelectual contra Orwell y sus
admiradores de una vez por todas, un trabajo prolijo que se ilustra con un
abundante aparato crítico de 76 notas a pie de páginas, y once
referencias bibliográficas (3). Después de una lectura acotada,
se puede desprender del texto las siguientes afirmaciones:
a) El caso Orwell se “ha construido de manera considerablemente
dogmática” un “mito” “establecido como la antítesis de los
valores negativos que para muchos izquierdistas y progresistas tenía
el modelo socialista soviético”, modelo que el autor define una y
otra vez como socialista sin titubeo. Objeta que la “vida de Orwell ha sido
poco estudiada (...) de manera interesada por la fuerza anticomunista que
tuvieron sus obras”. Dicho de otro modo: ha importado más como anticomunista
que como escritor. Escusa asegura que “no se conocen o se conocen poco”
sus cartas, pero con estas el misterio queda desvelado: “Orwell fue bastante
diferente a la biografía comúnmente divulgada”, hasta nos desvela
un caso de doble personalidad: “Orwell era un seudónimo y como han
revelado sus cartas recientemente publicadas, Eric Blair era muy distinto
–y mucho menos admirable que el literato George Orwell”
b) No se trata pues de un “escritor independiente comprometido
socialmente”, ni que “mantuvo sus convicciones”. Lo único que hizo
fue rechazar “el modelo marxista de la URSS”; “nunca estuvo en la órbita
de lo que se llamó “comunismo oficial”, y que escribió Animal
Farm “para satirizar la Revolución rusa de 1917 y su desarrollo posterior”;
rechaza a los “que se dejan arrastrar” (suponemos que por el anticomunismo),
y efectúan “un análisis superficial” de Orwell al pasar por
alto “el contexto histórico”. Con el contexto en la mano afirma que
“Orwell no es, ciertamente, un caso aislado de contradicciones políticas:
algunos escritores con una dilatada trayectoria progresista, considerados
brillantes, pasan al cabo de un tiempo a repudiar sus antiguas creencias
y a defender activamente al imperialismo, como Mario Vargas Llosa”;
c) Orwell no padeció una “supuesta censura de la
burguesía inglesa”, una mentira que le daría un “certificado
de garantía” anticapitalista y de izquierdas…Todo lo contrario, ya
que lejos de ser así, simplemente Animal Farm simplemente “sufrió
un aplazamiento” (además “beneficioso”), y después fue catapultado
por “esta misma burguesía inglesa (y también la norteamericana)”.
Este aplazamiento por el “contexto” de la guerra que justificaba el
“atraso”, esta y no otra “fue la verdadera razón del retraso
en la publicación de Rebelión en la granja. Orwell, naturalmente,
durante la guerra antifascista no pudo ver publicada su obra antisoviética
hasta el fin del conflicto, puesto que hubiera sido bastante torpe por parte
los Gobiernos occidentales aliados a la URSS, que se jugaban la vida contra
los nazis, criminalizar de esa manera a un Gobierno amigo”;
d) 1984 “fue un plagio consciente, ya que él mismo lo
explicó en otro de sus trabajos. La trama argumental, los principales
personajes, los símbolos y el clima de su narración, pertenecieron
a un escritor ruso de principios de siglo, totalmente olvidado: Evgeni Zamiatin.
En su libro Nosotros, el ruso desilusionado del socialismo después
del fracaso de la revolución de 1905, dedicó sus esfuerzos
a anatematizar al partido socialdemócrata obrero fundado por Jorge
Plejanov. Cuando sobrevino la revolución de Octubre –en 1917–, Zamiatin
se exilió en París, donde escribió su obra póstuma
anticomunista.”;
e) Orwell fue alguien obsesionado por “ser un miembro
de la clase “opresora”. Esto le llevó a simpatizar con los “oprimidos”
e incluso ─al volver a Europa─ a considerar la sociedad inglesa desde esta
perspectiva, es decir, veía a la clase trabajadora como la “oprimida”
y a los poseedores de capital como “opresores”. Es importante hacerse eco
de esta visión colonialista y simplista del problema de las clases
sociales para comprender bien los derroteros de su evolución posterior,
caracterizada por su falta de conocimiento profundo de la política
y su carencia de ideología concreta. Lo que lo mueve es ese sentimiento
humanitario de “opresor” que quiere ponerse de parte del “oprimido”; un redentorista
con “una actitud más parecida a la de un Cristo que quiere redimir
a los pobres, que a la de un científico social que busca conocer
la realidad para transformarla. Por ello, decide irse a vivir como vagabundo
a un barrio popular londinense para tener un contacto directo con los estratos
más desarraigados”:
f) Los orwellianos se dividen entre los le atribuían
la denuncia contra “toda forma de lo que él llamaba totalitarismo
que atentara a la verdad y a la libertad, tanto el fascismo como el comunismo”,
y lo que interpretan que “el enemigo principal de Orwell era el socialismo
de la Unión Soviética”, pero en definitiva, acabó siendo
más que un pilar del anticomunismo de la guerra fría, un personaje
que contribuyó a solidificar el Imperio inglés de postguerra
y al que sirvió con gusto”.
Escusa nos reserva su diatriba más furiosa en lo
que llama el modelo orwelliano sobre la guerra española, entorno a
la cual ofrece las siguientes acusaciones:
1) Únicamente “desde un espíritu de provocación,
o cuando menos de contradicción perpetua” puede explicar la actitud
de Orwell de situarse al lado del POUM. En un párrafo que no
se entiende, asegura que ambos condenaban “─la revolución proletaria
“pura” y el enfrentamiento con las clases medias y la pequeña burguesía─”
en oposición al PSUC y el PCE “que buscaban una alianza de clases
con la pequeña burguesía con el objetivo de construir un bloque
antifascista para ganar la guerra de manera prioritaria”. Orwell (y
el POUM) le daban al “socialismo” una “dimensión sentimental, alejándose
definitivamente de una concepción científica y analítica
de la sociedad”...;
2) Aunque sí bien Orwell “no publicó
sobre el conflicto español trabajos tan “teóricos” como Animal
farm o 1984, sus impresiones sobre nuestra guerra han generado una especie
de modelo orwelliano, que ha inspirado, con sus respectivas variaciones y
aportaciones, a sectores anarquistas, poumistas, trotskistas y otros”. Se
trata de un modelo creado por alguien de “elevado” nivel teórico –dice
Escusa con ironía-, en el “inactivo y estéril frente de Huesca”.
Igualmente es producto de sus “percepciones superficiales, sentimentales
y moralistas”. Orwell “construye una imagen idealizada y victimista del POUM”,
todo con la finalidad de “desprestigiar la política comunista y la
estrategia de frente antifascista para ganar la guerra”. A su parecer “los
comunistas tenían como único objetivo aplastar la supuesta
revolución y devolverle el poder a la burguesía siguiendo instrucciones
de la URSS y para ello no dudaron en destruir al POUM, un partido supuestamente
inocente que no molestaba a nadie”, atribuyendo “una supuesta traición
por parte de los “comunistas estalinistas” teledirigidos a miles de kilómetros
desde Moscú”, detalles que deja aquí para desde otro trabajo
“analizar tanto las falsificaciones de Orwell como las maquinaciones del
POUM, que perseguía el hundimiento de la retaguardia republicana”.
3) Se citan a tres personajes sobre los que recae un papel central
en la composición de este modelo orwelliano sobre España: Víctor
Alba, Julián Gorkin y Burnett Bolloten. Con el primero tiene suficiente
con la cita de un elogio de Federico Jiménez Losantos. A Gorkin lo
define como “un intrigante, oscuro y siniestro personaje”, al que relaciona
con otro viejo bolchevique (el subrayado es suyo) Jacques Doriot, base de
una antigua acusación contra el POUM. Alba, Gorkin, son pilares de
una “conexión catalana” con Orwell que “se cierra en las oficinas
de la CIA”. Bolloten es descrito como “un periodista que estuvo en
la Guerra Civil, comprometiéndose con la causa republicana; había
sido también simpatizante y amigo de los comunistas. Tras el conflicto,
fue variando su postura conforme las cosas se ponían difíciles
en el mundo libre, deslizándose progresivamente hacia el anticomunismo”.
En la misma lógica sitúa a Arthur Koestler que queda retratado
por su amistad “Hemos demostrado, pues, que España fue la víctima
de un vasto “complot” comunista, inspirado y controlado por los francmasones
europeos, judíos en su mayoría, y agitadores internacionales”;
4) Entre “las manipulaciones más groseras del orwelliano
Gorkin”, Escusa cita “la colección de artículos publicados
bajo el título España, primer ensayo de democracia popular,
donde se incluían 30 páginas del libro de Jesús Hernández
(ex-ministro comunista durante la guerra, que rompió con el PCE) Yo
fui ministro de Stalin, que había sido reelaborado por órdenes
de Gorkin”, todo ello como e objetivo de “exagerar la importancia del asesinato
del dirigente del POUM Andreu Nin, para colocarlo como el suceso más
importante de la Guerra Civil”, de esta manera “elevar artificialmente, de
esta manera, la importancia política del POUM y del propio Gorkin
durante el conflicto bélico”;
5) Por sí había alguna duda, insiste en
que al comienzo de la guerra mundial, Orwell “no fue un sincero, limpio y
honesto revolucionario, sino un personaje individualista, un intelectual
pequeño-burgués radicalizado que vomitó toda su frustración
y su odio contra lo que él creía que debería de haber
sido puro y perfecto – mientras que él como progresista dejaba mucho
que desear– llegando al punto de traficar con los servicios de inteligencia
del Imperio británico. Así, por paradojas del destino, Orwell,
que había luchado supuestamente a favor de la República española,
decidió colaborar con el país occidental que, tras Alemania
e Italia, más hizo por la victoria de Franco. Por ello, una vez conocida
la faceta delatora de Orwell, la derecha británica, heredera de aquella
que impidió que llegaran armas para la defensa de la República,
se apresuró a descubrir sus virtudes, como: “su amor por Inglaterra
y las virtudes típicamente inglesas, la gentileza, la seriedad, el
respeto a la ley y la antipatía hacia los uniformes”.
Pero más allá de la guerra fría,
Escusa atribuye al modelo orwelliano le corresponde otra responsabilidad
más: su papel central en la caía de la URSS.
Sobre este extremo, su compañero Núñez
el más específico al escribir: “El modelo totalitario, igualmente,
se apoya en creaciones literarias contenidas en libros (...) de George Orwell.
Estas obras, desde principios de los años 60, servirán a un
gran número de académicos e intelectuales occidentales como
modelo del paradigma totalitario: el gran hermano (Stalin), la policía
del pensamiento (NKVD), doblepensamiento (distorsiones de la verdad por los
“estalinistas”), agujeros en la historia (manipulaciones fotográficas
y modificación de los libros en la sociedad soviética), una
sociedad de nulos mentales con el cerebro lavado, estructura piramidal en
cuya cúspide se haya el poder omnímodo, etc. Es una realidad
que lejos de construir el modelo totalitario sobre la base de la realidad
soviética, los intelectuales y académicos operaron a la inversa,
es decir, utilizaron el modelo orwelliano para “entender” y “explicar” la
sociedad soviética que ellos querían que existiese realmente”.
Escusa explica que “se está produciendo un genocidio
silencioso, un siniestro y oculto holocausto contra los pueblos ex–soviéticos”,
y a su favor administra una serie de datos estadísticos al respecto,
para llegar a la conclusión siguiente: “ Este es el mundo que Orwell,
Gorkin y sus seguidores han ayudado a crear. Son los resultados prácticos
de la victoria póstuma de Orwell sobre el “Gran Hermano”.
De ahí que: “Mediante sus publicaciones, no solamente
estaban ayudando a destruir una parte del mundo. Estaban ayudando a la CIA
a levantar otra realidad, la constituida por los “escuadrones de la muerte”,
las dictaduras militares, las guerras “sucias”, los desaparecidos... Este
es uno de los grandes éxitos de estos intelectuales. Pero su mayor
éxito, no hay duda de que es el espantoso holocausto que están
viviendo los pueblos ex–soviéticos, su particular y masivo 1984, esta
vez auténtico y real. ¿Dónde están ahora los
lamentos de los orwellianos por el genocidio del pueblo ex–soviético?
De todos estos millones de víctimas prefiere olvidarse la intelectualidad
orwelliana, una intelectualidad que esconde su cabeza eludiendo su cuota
de responsabilidad en la tragedia, una intelectualidad que es bien considerada
en el mundo libre y que, mientras derrocha ríos de tinta especulando
sobre fantásticos y puros modelos de socialismo, considera indigno
escribir acerca del sufrimiento de los millones y millones que mueren y agonizan
en los gulags capitalistas de Rusia y de Europa Oriental” (4).
Resulta bastante curioso que un trabajo con pretensiones
de demostrar la existencia “otro Orwell” diferente al que se encuentra en
las librerías, al que describen toda clase de biógrafos y ensayistas,
al que se estudia en las universidades, pase por alto lo fundamental de su
biografía, así como el “contexto” nacional e internacional
que le rodeó. Todo merece ser enfocado bajo el signo de la sospecha
ya que se trata de trabajos que esconden el “verdadero Orwell”. El Orwell
de Escusa deberá ser el “auténtico”. En su trayecto, el autor
pasa de puntillas sobre lo que realmente se ha dicho sobre Orwell. Tamaña
omisión le permite escamotear todo el “contexto” al que se remite
la obra de Orwell. Así, el presunto “anticomunismo” orwelliano cuelga
como una realidad externa al estalinismo, un concepto que no figura
en su léxico. Orwell es por lo mismo un obsesivo que inventa unas
“fantasías”. Su prestigio depende exclusivamente del interés
que las clases dominantes prestaron a su obra.
Y por lo visto se la siguen prestando aunque ya no lo
necesiten.
Lo dicho: la relación de Orwell con el estalinismo
es de las más singulares de la historia de la literatura (y del “comunismo”),
pero no se aislar. Históricamente la relación estalinismo-cultura
presentó muchas caras, aunque actualmente solamente tiene una: la
del rechazo radical. En su momento existieron dos, la incondicional (cerrada,
el estalinismo podría incluso culpar a lo fieles de desviacionismo)
y la oposición, sumamente plural. En la época del apogeo del
estalinismo, la disidencia permaneció reducida a algunos autores muy
especiales como Panait Istrati, André Gide, Ignacio Silone, por supuesto,
Víctor Serge, Gustav Regler, John Dos Passos y los surrealistas, amén
de los que dieron su apoyo a la tentativa de crear una Federación
de Artista Revolucionarios e Independientes (FIARI), que resultó frustrada
con el estallido de la guerra mundial, esto por no hablar del “frente interno”,
donde buena parte de la flor y nata de los escritores rusos o que vivían
en la URSS, desaparecen en la noche oscura de una represión estalinista
sobre la que Albert Escusa no parece tener noticias.
Orwell lo ignoraba todo o casi todo de la historia soviética
hasta 1936-1937. Pertenecía a una generación que nació
a la vida política entre finales de los años veinte y la primera
mitad de los años treinta, o sea en una coyuntura política
de crisis abierta del sistema capitalista, y por lo mismo, de revalorización
de la revolución rusa, un inmenso país en el que proyectar
los sueños sobre la “ciudad ideal”, un país que había
quedado al margen de la gran depresión, y que se erigía como
un baluarte ante al nazi-fascismo en oposición a la actitud cómplice
de la burguesía liberal (y la socialdemocracia parlamentarista). La
derecha que había creído que los nazis se contentaría
con llevar sus exigencias expansionistas hacia la URSS, se vio obligada
a aceptar una alianza antifascista con la que –además- se reconciliaban
con sus propios pueblos. En esta trágica coyuntura, el estalinismo
pasó a ser sinónimo de comunismo, y alcanzó un prestigio
enorme que se manifestó por el auge extraordinario de los partidos
comunistas. Fallecido en 1950, Orwell apenas sí tuvo ocasión
de conocer el inicio de una quiebra que tendría su primer acto en
el cisma titoísta.
Tampoco tuvo oportunidad más que de asistir a los
prolegómenos de la “guerra fría”, y desde luego no se le puede
considerar responsable de cómo los verdaderos vencedores de la Guerra
Mundial, los norteamericanos con todo su potencial, utilizaron sus obras,
marcadas por su obsesión crítica sobre el curso que había
tomado la URSS desde los “procesos de Moscú”, escritas a partir de
su experiencia en la tentativa de reproducir dichos procesos en el campo
republicano, y por lo tanto, situadas a contracorriente. La actitud de Orwell
no fue demasiado diferente al que acabarían tomando artistas e intelectuales
de procedencia izquierdista como lo fueron, entre otros, Bertrand Russell,
Ignazio Silone, André Malraux, Edmund Wilson, Arthur Koestler,
Stephen Auden, Richard Wright, James T. Farrell, John Dos Passos, que
más tarde se dividirían, sobre todo ante la guerra del Vietnam.
Algunos como nuestro exanarquista, excomunista, Ramón J. Sender, apoyó
al gobierno norteamericano, aunque no por eso dejó de ser el autor
de Crónica del alba o de Réquiem por un campesino español.
En cuanto al apoyo incondicional, se puede hablar de una
primera ruptura con el pacto nazi-soviético (Malraux, Koestler, Auden,
Julien Graq), otro mucho más importante se dará con la revolución
húngara. Entre los que protestan se encuentran Halldór Laxness,
Sartre, Beauvoir, Camus, Calvino, Howard Fast, Jorge Amado, Aimé Cesaire,
entre muchos otros. George Lukács será ministro de cultura
con Nagy. En 1956, Ylya Ehrenbourg escribe El deshielo, obra que dará
título a la época kruscheviana. En 1968, cuando tiene lugar
la ocupación de Checoslovaquia, la protesta es ya totalmente generalizada
hasta alcanzar a la mayoría de los partidos comunistas europeos (incluido
el español): Louis Aragón, Arthur London publica La confesión,
con situaciones (de torturas) que parecen extraídas de 1984, Roger
Garaudy, Manuel Sacristán, tratado de “ultrarevisionista” en las mismas
paginas en la que publican a Eduardo Núñez y Albert Escusa.
Hay que estar muy ciego para reducir toda esta perdida
de un inmenso capital cultural a la conspiración, o a la traición.
Por todo lo dicho, resulta curiosa la referencia de Escusa
al “contexto” (5) cuando de toda la historia de la Rusia soviética
únicamente hace referencia a la fase que va desde Stalingrado hasta
la “guerra fría”, lo cual no deja de resultar harto significativo
ya que enfoca a Orwell exclusivamente desde este momento crucial. En su trabajo
citado, Núñez atribuye el desprestigio del estalinismo estrictamente
a su derrota, ya se sabe, la historia la escribe los vencedores, una generalización
que no ayuda a explicar nada, entre otras cosas porque no explica el porqué
de la derrota (6). De la misma manera que la derecha insiste en un canon
según el cual la revolución rusa fue intrínsecamente
perversa, y en que no hay diferencias entre el período de Lenin y
el de Stalin (ni por supuesto en el tiempo de éste), nuestros autores
nos aseguran por su parte que historia de la URSS está fuera de todo
cuestionamiento. A su parecer existe un perfecta sintonía entre 1917
y lo que viene después...hasta el XX Congreso del PCUS en 1956.
Semejante escamoteo -tan similar al que se podía
dar en un texto oficialista en una país del “socialismo real”- queda
justificado por diversas referencias al socialismo, el marxismo, o unas concepciones
“científicas” que no requieren demostración, al mismo tiempo
que permite una lectura paradójica: Escusa no “entra” en la historia
de la Rusia estalinista porque teme que se le trate justamente de lo que
es, un estalinista convencido, algo constatable por el propio escrito que,
empero, no quiere asumir abiertamente. Antes de defender con argumentos,
cuando trata cuestiones concretas, prefiere unas irrisibles toscas
ironías sobre los estalinistas “malos”, la “revolución pura”
y argucias diversas como sí estuviese tratando de un debate infantil
o de una vulgar película reaccionaria del tipo Murió hace quince
años. Por la misma reglas mágicas, el autor distribuye atributos
positivos o negativos a su antojo, así el “gobierno amigo” de Wiston
Churchill se convierte cuando rompe la alianza con la URSS, en un gobierno
imperialista y represor, ¡cómo si antes lo hubiera dejado de
ser!...También sobre este detalle, Escusa pasa como sobre ascuas.
Quizás porque no debe de ignorar que tal represión en la inmediata
postguerra la llevaron los laboristas que hasta poco antes habían
sido “prosoviéticos”, y que en el caso francés, tal represión
(brutal en Vietnam, Argelia, Túnez y Madagascar), la llevó
a cabo un gobierno con ministros comunistas (7).
Evidentemente, esta relación de Orwell con
la izquierda militante no estuvo exenta de conflictos y contradicciones.
No ha sido de otra forma que se ha desarrollado dicha relación desde
siempre, basta recordar las relaciones de Máximo Gorki con los bolcheviques,
y tantos otros casos. Por lo mismo, no hay escritor que no pueda ser tachado
de varias cosas. Escusa debía de saber toda la campaña que
se realizó en los años ochenta contra Marx por el trato que
tuvo con su compañera, y por el hijo “bastardo” que le hizo a la criada.
En cuanto al antisemitismo, se dice como sí Orwell fuese un partidario
de la “raza aria”, cuando en realidad fue acusado de “antisionista”. Por
cierto, Stalin no fue antisionista pero sí antisemita (8).
En su afán de negarle el pan y la sal, Escusa llega a
celebrar a autor un desconocido (Emilio J. Corbiere) para dictaminar que
1984 es un plagio de Zamiatin, y no tiene problemas en citar a un trotskista
–heterodoxo- como Deutscher para reforzar su aseveración. Por supuesto,
no citará a Deutscher en otros terreno. Pero como aquí le vale,
da por buena una apreciación precipitada que desde luego, no
será avalada por ningún especialista. Vuelve a citar
al célebre biógrafo de Trotsky cuando éste escribe sobre
“un miserable ciego vendedor de periódicos” que le recomendó
1984 para que supiera “por qué tenemos que lanzar la bomba atómica
contra los bolcheviques”, cuando es evidente que Deutscher no culpa a Orwell
de la manipulación que sufrió su obra.
El capítulo sobre la guerra española nos lleva
a los mejores tiempos. En resumidas cuentas, los orwellianos y el POUM
buscaban el hundimiento de la retaguardia republicana, por ende formaban
parte de la “quinta columna”; una afirmación que, de resultar coherentemente
asumida, reproduciría las mismas acusaciones contra Andreu Nin en
vez de dar el requiebro irónico sobre sí que fue el muerto
más importante de la guerra. El tono se mantiene en el montaje que
organiza sobre el modelo orwelliana cuya lógica le lleva a la CIA.
No necesitan mayores pruebas que sentar en el banquillo a tres acusados,
lástima que con ese misma argumento García Zapatero o Carod
Rovira podrían ser definidos como extremistas de izquierdas. Lo de
“viejo bolchevique” al referirse a Gorkin contiene una segunda lectura bastante
siniestra: nos remite a los “viejos bolcheviques” destruidos en las “purgas”
que siguieron al asesinato de Kirov...La conexión con Jacques Doriot
no puede ser más infame y se basa únicamente en una burda maniobra
cronológica. Su trato con Jesús Hernández es de la misma
categoría, Escusa no distingue entre la disidencia y la traición,
y desde luego parece desconocer que una parte del PCE-PSUC optó por
disidencia en un momento u otro de la postguerra (9)
Su explicación sobre Burnett Bolloten tiene la
misma matriz: sustituye el análisis por la denigración. Es
cierto que Bolloten evolucionó desde un socialismo más o menos
en la línea de Indalecio Prieto con fuertes simpatías por el
comunismo oficial hacia la derecha. Preston dice que fue a raíz del
impacto que le causó el asesinato de Trotsky en México, aunque
lo cierto es que en su obra Trotsky queda más bien malparado. El caso
es que como profesional de la historia, Bolloten dedicó más
de cuarenta años a profundizar en una documentación que, empero,
no se rebate; se va a por él en la misma lógica que se va a
por Orwell. Alguien tan opuesto a su obra como Gabriel Jackson, no tendrá
reparos en escribir lo siguiente: “...Yo mismo no interpreto el papel de
Juan Negrín en la forma en que lo hace Bolloten, pero puedo confiar
planamente en la meticulosidad con la cual éste documenta sus aseveraciones.
Dicha meticulosidad es la obligación más importante de un historiador
y es precisamente este sentido de honradez profesional el que a menudo se
echa en falta en las referencias de otros autores a su obra” (La revolución
española, Grijalbo, Barcelona, 1980, p.17).
Por supuesto, se podrá discrepar en el capítulo
de las interpretaciones, pero lo cierto es que desde los años sesenta
(época en la que se editan además las obras de Orwell, Peirats,
Kaminski, Borkenau, Broué, Rama, y tantos otros autores), se recupera
la historia de una revolución que en la olvidada historia oficial
del PCE escrita bajo la dirección de Dolores Ibárruri, se recoge
pero se le atribuye una (auto)contención: no sobrepasaba la etapa
democrático-liberal.
En realidad, todo radica en el presunto “antisovietismo”
de Orwell, y en las virtudes mágicas de sus maléficos libros.
No es otra cosa lo que le convierta en una suma de taras cuando de haber
sido “prosoviético” todo se habrían entendido en sentido
opuesto.
Al final va resultar que en principio que el verbo y no
la acción. Que en la descomposición de la URSS y de los países
del llamado “socialismo real”, todo fue obra del imperialismo y de los que
criticaron al estalinismo: o sea todas las demás corrientes del movimiento
obrero, y finalmente, casi todo el movimiento comunista internacional desde
1956. Al parecer, no hay nada que objetar a los gobernantes. Tampoco fueron
las contradicciones sociales, que las tuvo que haber desde el momento en
que dicha descomposición se da sin una resistencia social digna de
mención, más bien al contrario, con un pueblo que se hace ilusiones
con los modelos del capitalismo a la europea o a la norteamericana. Fue el
diablo vestido de intelectuales que adoptaron el “modelo orwelliano” los
responsables de una labor de zapa cultural complementaria a la del imperialismo.
Esto supera todos los milagros conocidos, todas las interpretaciones sobre
el diablo con tal de no molestar a Stalin, Beria, Pol Pot, Mao, Ceaucescu,
y otros tantos que deberán estar en los cielos totalmente ajenos a
que su “socialismo” se derrumbara sin oposición digna de mención.
Deberán de estar maldiciendo a Orwell, Trotsky y todos los culpables
de que verdaderos profesionales del marxismo leninismo queden arrumbados
entre los míseros restos del naufragio.
Y es que pesar de todos los recursos a la “ciencia”, Escusa
y sus amigos no pueden explicarnos como es que años después
de que la guerra fría haya pasado a la historia, un vulgar plagiario
manteniendo un reconocimiento tan amplio y duradero. Y que siga siendo definido
“como un hombre honrado, sincero, luchador incansable en pro de los desposeídos
y de las clases oprimidas. (...) Es la honradez típicamente orwelliana
lo que le impide la asociación a cualquier dogmatismo, o a cualquier
interés que no sirva a la verdad. Orwell está en todo momento
en una continua revisión de sus planteamientos, para no verse atrapado
en sus propias ideas, que podrían llevarlo a caer en el engaño
e impedirle el acceso a la verdad. Más que un hombre de pensamiento
es, sobre todo, un hombre de acción. Nunca se conforma con pensar
y decir, sino que su profundo sentido de la responsabilidad humana, lo lleva
a hacer (10).
Notas
---(1) Entre las notas insertas en mi artículo para Kaosenlared: George
Orwell, un “trotskista fanático”, que evoca los informes de la policía
estalinista en España, cito al vuelo estas dos:
“..."escritor" de cabecera del anticomunismo más repugnante, delator
de comunistas (entre ellos Chaplin) al M-16 y la CIA, integrante de las plataformas
"culturales" lanzadas por la CIA para "combatir el comunismo", simpatizante
¡como no! del POUM anticomunista, verdadera quintacolumna del franquismo
ibérico...¡pónganle un monumento señores de KAOS!
un tipo con este currículum debe ser integrado de inmediato a la "izquierda
plural" ¿Izquierda?. Comunistas totalitarios, caca, pis, pedo, ¡¡viva
el mal, viva el capital y viva George, alias el "anticomunista"! ¡y
viva Kaos enlared)!... que a este paso un día nos va a colgar
algún interesante "escrito" alguna oda biográfica de...Sholetnishin
(¿se escribe así colectivo editorial?), o del mismísimo
Mas Canosa...¡es la "izquierda plural"!, esa que como los fascistas,
odia el comunismo y a los comunistas. Este personaje es
tan deleznable como s fuente de inspiración, Trotsky. (...) Aliado
de los imperialistas para combatir el comunismo, menudo revolucionario, sí,
sí (…) De boquilla tan revolucionario como todos los trotskistas
De hecho tan traidor y oportunista como todos los trotskistas.
“¡Pobre Orwell! Había denunciado el estalinismo como un sistema
perverso en el que los hijos eran capaces de denunciar a los padres por motivos
políticos, y él mismo acabó siendo un denunciante, un
mísero delator. Pasó del antiestalinismo al anticomunismo primario,
como les ocurrió a tantos otros que se convirtieron en instrumentos,
a veces inconscientemente, de los servicios secretos estadounidenses, tal
como ha revelado F.Stonor Saunders en su libro “La CIA y la guerra fría
cultural” en el que documenta minuciosamente cómo la CIA organizó
una campaña secreta para infiltrarse en el mundo cultural occidental
a través de la financiación de revistas, libros, fundaciones
filantrópicas, etc. Los fustigadores de Stalin, que tanto criticaron
a esos "compañeros de viaje" que se dejaron deslumbrar por la Unión
Soviética en los años treinta, terminaron por convertirse ellos
mismos en compañeros de viaje del imperialismo norteamericano. Para
quien quiera profundizar en el tema, recomiendo el excelente trabajo de Albert
Escusa que podréis encontrar en rebelión: http://www.rebelion.org/docs/6220.pdf”;
y que el lector lo encontrará resumido en estas páginas).
---(2) El PCC surgió como una fracción que rechazaba la deriva
“eurocomunista” del PSUC a principios de los años ochenta. Curiosamente,
en el curso del debate, ambas fracciones se tacharon mutuamente de “estalinista”.
Los “euros” entendían como tal la fidelidad a la URSS (en plena guerra
de Afganistán, de ahí que llamaran a su rivales “afganos”),
y estos entendían como tal los procedimientos poco democráticos,
de imposición por el poder del “aparato”...Iniciativa haría
una renuncia del comunismo “a la italiana”, el PCC persiste en ciertas tradiciones,
pero rehuye cualquier gesto en este sentido, por ejemplo, ha permanecido
callado delante las diversas conmemoraciones como la de la revolución
de Octubre o la guerra civil española, el mayo del 37 y cualquier
otra cosa que afecte su pasado ...
---(3) Aunque solamente se citan dos títulos citados en este libro.
Las referencias sirven exclusivamente para registrar citas que abundan en
las tesis del autor, y también para certificar la abundancia
de una documentación que omite casi todas las fuentes.
---(4) Cita está extraída del libro de Antonio Fernández
Ortiz, Chechenia versus Rusia. El caos como tecnología de la contrarrevolución,
libro aparecido en El Viejo Topo (1973), una revista de la que servidor (PG-A)
es un colaborador habitual, y que desde su constitución ha apostado
por un enfoque radicalmente crítico con el estalinismo, la antigua
URSS y el “socialismo real”, y que por lo tanto, parte de esa misma “conexión”
cómplice y desintegradora.
---(5) Escusa ha tenido a bien citar algunas líneas de un artículo
mío sobre Orwell y la revolución rusa en que me hace decir
que Orwell fue un escritor de izquierdas...porque fue censurado. Ecuación
“absurda” ya que no consideraba un “contexto” restringido a la lucha del
pueblo ruso contra el nazismo. Como el lector habrá podido apreciar
a lo largo de las páginas de este libro, la apreciación general
sobre Orwell como escritor de izquierdas o de extrema izquierda se deriva
de una larga trayectoria, y no del hecho puntual. Por lo demás, tal
como se explica en el capítulo 5, el “contexto” tenía muchas
más caras tanto en la URSS como entre los Aliados.
---(6) El deslizamiento “proamericano” de muchos intelectuales al inicio
de la guerra fría no se puede entender sin tener en cuenta el rechazo
que provocaron algunos momentos del historial estaliniano del que Escusa
celebra su momento de mayor prestigio (al final de la guerra mundial, tema
que sobre el que el lector encontrará una aproximación insuperable
en la obra de Vasili Grossman, Vida y destino), olvidando que después
todo fue una marcha atrás. El comunismo estalinista no permitía
la menor disidencia, y a veces las inventaba (el lector no tiene que recurrir
a 1984 para saber como las gastaban, lo puede hacer con La confesión,
obra de Arthur London, estalinista convencido que cayó en desgracia
y sufrió las consecuencias como “enemigo del pueblo”), en tanto
que los británicos y norteamericanos no tenían problemas en
jugar las cartas con disidentes siempre que estuvieran de acuerdo en lo fundamenta...Para
los más auténticos, todo empezó a cambiar con Corea,
Joe MacCarthy y sobre todo con el Vietnam, y el libro de Frances Stonor Saunders
ofrece numerosos ejemplos. Naturalmente, la historiadora británica
juzga muy severamente las colaboraciones con la CIA, pero en ningún
momento muestra la menor complacencia con el estalinismo. Éste comenzó
a perder la batalla cultural cuando todavía estaba en su apogeo.
---(7) Sobre la actuación de los ministros comunistas franceses en
la represión de los movimientos anticolonialistas al acabar la guerra
mundial en Vietnam, Argelia y otros lugares, ver la obra de Fernando Claudín,
La crisis del movimiento comunista internacional, editada por Ruedo Ibérico.
En Grecia, la “luna de miel” entre Stalin y Churchill motivó que el
primero obligara a “sus” comunistas a reprimir ellos mismos la fracción
trotskista de la Resistencia.
---(8) El estudioso Peter Davison escribe que Orwell era tremendamente an¬tisionista,
y creía que “Los judíos sionistas de todo el mundo nos odian
y consideran a Gran Bretaña el enemigo, más, incluso, que a
Alemania”, lo cual, ni que decir tiene, era más que suficiente para
que los sionistas lo tildaran de antisemita. Al igual que la mayoría
de la izquierda militante, Orwell denunció el antisemitismo nazi,
pero no apoyó la creación de Estado sionista, lo que sí
hizo Stalin.
---(9) Jacques Doriot (1898-1945), metalúrgico en el barrio obrero
de St-Denis, soldado insumiso en el ejército de Oriente, secretario
general de las juventudes comunistas en 1923. fue uno de los lideres del
partido comunista francés hasta 1934, año en el que fue excluido
por haber llevado una campaña a favor del frente único, época
en la que coincide con Julián Gorkin. No será hasta 1936 que
evoluciona muy rápidamente hacia el fascismo al que Gorkin combatió
con las armas. La misma “lógica” se puede entrever en relación
a Arthur Koestler, novelista comunista autor de Espartaco y combatiente en
España, y al que le atribuye afinidades últimas con el franquismo
que afectarían por igual...a Orwell. En cuanto a la sumeria referencia
a Jesús Hernández –condenado sin juicio-, nos ayuda a vislumbrar
como Albert Escusa sigue atado a la historia estaliniana que convierte cualquier
disidente en una traidor que no merece la menor consideración. Recordemos
que fueron muchos los lideres del PCE que acabaron apartándose de
la línea oficial (Joan Comorera, José del Barrio, Fernando
Claudin, etc.), esto sin olvidar los que fueron liquidados por el propio
aparato del partido (Quiñónez, Monzón, Trilla). Exceptuando
Enrique Lister y unos pocos más, la mayor parte de los líderes
del PCE siguieron la línea “revisionista” de Jruschev, y más
tarde se apuntaron al “eurocomunismo”. Eso significa que posiciones como
la de Escusa está hoy asumidas en rigurosa exclusiva por grupos como
el PCOE, PCE-ml, GRAPO, y su artículo sobre Orwell ha encontrado un
cobijo entusiasta en la páginas Web de todos ellos.
---(10) Galván Reula, Juan Fernando, George Orwell y España
(1984; 51) citado por Escusa.