Edición definitiva del “Homenaje a Cataluña”
de G.Orwell
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Desde la primera (y muy deficiente edición de 1970), diversas generaciones
de lectores han tenido la oportunidad y la fortuna de descubrir y leer
Homenaje a Cataluña que ahora acaba de de editar de una manera
completa y completada Editorial Debate (Barcelona, 2011). Se trata de una
versión integral cuidadosamente traducida por Miquel Temprano García,
que cuenta con el beneficio de un erudito prólogo de Miquel Berga,
en el que éste analiza en detalle el curso de las diversas ediciones
en castellano y catalán. Se cierra con unas notas de Fernando Casal,
responsable del cuidado capítulo de las ilustraciones, y también
de la presente edición después de sus peripecias como profesor
y guía de un encuentro entre los alumnos de una escuela con la obra,
el personaje y el paisaje que en la edición queda complementado por
el conocimientos de nuevas fotografías sobre una cosa y otra. Toda
una aventura que Fernando tuvo a bien detallarnos en las jornadas organizadas
en la FAN en el curso de la Exposición sobre el POUM, y que después
de pasar por el Museo de historia de Cataluña en Barcelona, se abrirá
el próximo 11/11/11 en Lleida. Este “homenaje a todos nosotros” como
dice Casal, ha resistido todos los vientos y mareas, el olvido inicial y
las campañas de desprestigio que acompañaron y suelen acompañar
su edición, y que pese a todo se ha erigido en el libro sobre la guerra
de España más editado y traducido.
Recordemos que, aunque ignoraba la trama política española,
Orwell había estado atento a lo que ocurría en España
desde 1931, y siguió con interés el triunfo del Frente Popular
en las elecciones de febrero de 1936. Cuando estalló la sublevación
militar-fascista, con el burdo pretexto de contrarrestar un descabellado
“complot comunista”, la conmoción internacional que causó le
afectó muchísimo y desde los primeros días de la guerra
se convenció tan firmemente de que su sitio estaba en las trincheras
antifascistas que nada ni nadie lo pudo contener.
El golpe militar-fascista se inició con el convencimiento para sus
mandos de que sería un simple paseo militar. Su primera actuación
fue contundente, utilizando una cínica maniobra logró cribar
dentro del ejército a los militares antifascistas y planeó la
conquista de los principales centros vitales del Estado a cualquier precio.
Pero a pesar del desconcierto inicial (por la total falta de previsión
de una izquierda que no supo sacar conclusiones de unos preparativos golpistas
que eran un secreto a voces), los trabajadores, a veces sin más armas
que su propio entusiasmo, lograron arrebatar a los sublevados las principales
capitales del Estado y las zonas más industrializadas. La primera
batalla de la guerra había sido ganada por las masas obreras organizadas.
Así lo entendió Orwell que escribió: “En los primeros
meses de la guerra, el verdadero enemigo de Franco no fue el gobierno, sino
los sindicatos. Apenas se produjo el alzamiento, los organizadores obreros
de las ciudades replicaron primero con una huelga general, luego exigiendo
y, tras un cierto forcejeo, apoderándose de las armas de los arsenales.
De no haber obrado espontáneamente y de un modo más o menos
independiente, es muy posible que Franco no hubiera encontrado resistencia.
(...) El gobierno había hecho muy poco o nada para impedir el alzamiento,
que algunos habían previsto con bastante anticipación, y cuando
empezó la lucha su actitud fue débil y vacilante, hasta el
punto de que España tuvo nada menos que tres primeros ministros en
un solo día.
Además, la única decisión que podía salvar del
peligro inmediato, armar a los obreros, sólo se tomó muy en
contra de su voluntad y para aplacar los violentos clamores populares. Sin
embargo, se
distribuyeron armas y, en las grandes ciudades del este de España,
los franquistas fueron derrotados a costa de un grandioso esfuerzo, principalmente
por parte de la clase obrera, ayudada por las fuerzas armadas (guardias de
asalto, etc.) que habían permanecido fieles al gobierno. Este esfuerzo
probablemente sólo lo podían hacer quienes luchaban con unos
propósitos revolucionarios, es decir, creyendo que luchaban por algo
mejor que el statu quo...” La derrota inicial obligó a los sublevados
a emplear mejor la ayuda que Mussolini --vía J. A. Primo de Rivera,
su agente en España- venía prestando desde los inicios de la
conjura, lo que permitió unir los focos africanos con los de la península.
La internacionalización del conflicto se planteó pues desde
los primeros días, pero la República sólo recibió
el apoyo de los voluntarios de todo el mundo que se alistaron en las milicias
o los que formaron las Brigadas Internacionales. Unirse a éstas fue
según su propia confesión, el impulso inicial de Orwell que
siempre lamentó no haberse encontrado en el frente de Madrid, centro
de la guerra civil. Para ir a España tuvo que empeñar objetos
de valor y quedó en la peor situación económica que
había conocido.
Se ha discutido mucho sobre las razones íntimas que impulsaron a
Orwell a emprender, con tanto empeño, su aventura española.
Se han barajado diversas hipótesis, pero su biógrafo Bernard
Crick dictamina que Orwell se había quedado “seco” literariamente
y que buscaba en España una fuente de inspiración. El hecho
más verosímil, a mi juicio, es que se trató de una combinación
de factores entre los que la voluntad de combatir por la libertad no fue
el último, aunque el literario fuera el primero. Durante su estancia
en España, Orwell no mostró ninguna voluntad por parecer y
ser escritor; pudo haber muerto muchas veces antes de que, después
de mayo de 1937, se le ocurriera escribir su propio homenaje a la Catalunya
revolucionaria. Su camino en España también se hizo al andar,
descubrió el socialismo y la dignidad humana entre sus compañeros
que serían luego acusados por el aparato estalinista de “agents provocateurs”.
Orwell abandonó Londres el 22 de diciembre y llegó a Barcelona
el 26 del mismo, dos semanas antes que el contingente del ILP. En la víspera
de su viaje había mantenido una entrevista con Harry Pollit, a través
de John Strachey, a la sazón secretario general del PC británico.
Éste, contó, Orwell, “después de haberme planteado varias
cuestiones, decide evidentemente que yo era políticamente poco seguro
y rechaza ayudarme; para quitarme la idea de partir trata de espantarme insistiendo
sobre el terrorismo anarquista”. Pollit le aconseja que pase por la embajada
española en París, ciudad donde Orwell tendrá un breve
encuentro con el individualista Henry Miller, situado más allá
del bien y del mal. Camino de Barcelona, Orwell se siente conmovido por los
campesinos franceses que saludan a los expedicionarios con los puños
en alto. En su bagaje llevaba “Ios conceptos normales del ejército
británico”, que se convertirán en los valores de un experto
ante una tropa con tanto entusiasmo como ignorancia militar. Fue comprendiendo
que "Ios buenos militantes eran los mejores soldados", pero para ello era
imprescindible una preparación previa.
Escandalizado ante la falta de disciplina, se empeñó en enseñar
a sus compañeros. En las trincheras descubre “el socialismo” en su
significación más profunda, como acción revolucionaria
de las masas. En un medio sucio, sin medicinas, sin apenas instrucción,
conoció la igualdad en las trincheras, la democracia sin jerarquía,
la fraternidad sin hipocresías, la fidelidad de clase, la generosidad
ilimitada....Está enrolado en la 29ª División Rovira,
perteneciente al POUM, pero ello es fruto de la casualidad. El equipaje de
Orwell no incluía ninguna postura partidista y, tal como entendía
las cosas, el Partido Comunista le pareció entonces el más
conveniente.
Para muchos obreros el Frente Popular era un aplazamiento táctico
de la revolución. Pero no lo veían así muchos intelectuales
que anteriormente se habían opuesto radicalmente a la revolución
rasa, y que ahora se sentían identificados aunque fuera parcialmente,
con un estalinismo que perseguía la revolución. Este fue el
caso de Beatriz y Sydney Webb, de Shaw y Wells. Algo parecido ocurrió
con las mentiras del estalinismo; mientras los obreros se mantenían
al margen del asunto --como hizo notar Orwell en sus escritos anteriores--,
los intelectuales como Barbusse, Rolland, Aragon, Eluard, etc., no podían
ignorar las barbaridades dichas, pero todos se prestaron desde los más
altos a los más bajos, a la campaña de desprestigio del POUM
y de los “trotskistas” en España, apoyando desde la prensa de París,
Londres o Nueva York, una reedición hispana de los fraudulentos juicios
de Vichinski-Stalin. Con el tiempo, la mayoría de estos intelectuales
se desplazaron hacia posiciones anticomunistas vulgares mientras que Orwell,
siempre a su manera, se mantuvo fiel a sus concepciones éticas y socialistas.
Durante este período, Orwell compartió también una
“luna de miel” con los comunistas oficiales. Mantenía excelentes relaciones
con muchos de ellos y aunque sintió repugnancia por los procesos de
Moscú, pensó que los comunistas que se encontraban fuera de
la URSS no tenían por qué estar implicados en el asunto. Carente
de una coherencia doctrinaria, no tenía prejuicios frente a ellos,
que le parecían además mucho más eficaces. "No es difícil
comprender por qué en esta época --inicial de la guerra- yo
prefería el punto de vista comunista al del POUM. Los comunistas seguían
una política concreta y práctica, una política que era
evidentemente mejor desde el punto de vista del sentido común, que
sólo presta atención a los meses inmediatos. Y, desde luego,
la política improvisada del POUM, su propaganda y todo lo demás,
era algo indeciblemente malo; así tenía que ser, ya que de
los contrario hubieran atraído a un número mucho mayor de seguidores,
y lo que acababa de remachar el clavo era que los comunistas --o así
me lo parecía- estaban llevando adelante la guerra, mientras que nosotros
y los anarquistas no adelantábamos ni un paso. Ésta era la
opinión general en esa época. Los comunistas habían aumentado
su poder e incrementado de un modo enorme los efectivos de su partido apelando
a las clases medias contra los revolucionarios, pero en parte también
porque eran los únicos que parecían capaces de ganar la guerra.
El armamento ruso y la magnífica defensa de Madrid, realizada por
tropas que en su mayor parte dependían de los comunistas, los habían
convertido en héroes de España. Como alguien dijo, cada avión
ruso que volaba sobre nuestras cabezas era propaganda comunista. El purismo
revolucionario del POUM me parecía lógico, pero también
más fútil. En definitiva, lo único que
importaba era ganar la guerra".
De entrada, no tenía más vínculo con el POUM que el
establecido accidentalmente a través del ILP. En una de sus cartas
escribe: “Casi por accidente me afilié a las milicias del POUM, en
lugar de a la
Brigada Internacional, lo que ha sido en parte una lástima pues significa
que nunca veré el frente de Madrid”. No entendía muy bien el
interés de los poumistas en justificar su razón revolucionaria
con citas de Lenin ad nauseaum, y de hecho se sintió también
más identificado con la manera de ser y actuar de los anarquistas
por los que experimentó una gran simpatía :.--limitada por
su desconfianza en el utopismo de éstos--, pero al fin sus compañeros
de las trincheras lo fascinaron y cuando descubrió que eran tachados
de “quintacolumnistas” y perseguidos, no se replegó, sino que por
el contrario, sintió avivada su identificación, y cuando el
POUM fue ilegalizado lamentó con dolor no haberse afiliado antes a
este partido.
Su estado de “virginidad” política no podía durar mucho tiempo.
En un principio, cuando sus compañeros de trinchera le presentaban
a alguien de otra tendencia obrerista, no salía de su estupor: “¿es
qué no somos todos socialistas? “. Pero la cuestión era mucho
más compleja y así acabó entendiéndolo: "Me parecía
idiota que unos hombres que luchaban por sus vidas militaran en partidos
separados; mi actitud era la actitud ‘antifascista’ más ejemplar, cuidadosamente
difundida por los periódicos ingleses, sobre todo con el objeto de
que la gente comprendiese la verdadera naturaleza de la lucha. Pero en España,
y especialmente en Catalunya, ésta era una posición que nadie
podía mantener indefinidamente. Gradualmente o por la fuerza todo
el mundo acaba por tomar partido. Porque, incluso sí a uno le eran
completamente indiferentes los partidos políticos y sus respectivas
“líneas” en pugna, era obvio que el destino personal de cada cual
dependía también de estas cuestiones. Un miliciano era un soldado
que luchaba contra Franco, pero también era un peón de una
gigantesca batalla que se estaba librando entre dos teorías políticas…”
Con el tiempo Orwell fue madurando, aplicando su inteligencia natural al
estudio de los datos más importantes. Para ello no se dejó
llevar por ninguna labor de adoctrinamiento y proselitismo, ni dejó
que le pusieran unas anteojeras doctrinales con las que sólo podría
ver la verdad de un aparato determinado... Le sirvió su experiencia
concreta, su conocimiento nada desdeñable de todas las opciones que
conoció sin prejuicios, y leyó todo lo que le cayó entre
manos sobre la guerra y. sobre las polémicas políticas que
marchaban paralelas. Cuando en 1937 volvió a verle, el dirigente del
ILP Fenner Brockway que ya lo había tratado antes de su llegada a
Barcelona y durante los primeros tiempos de la guerra, quedó sorprendido
por su madurez.
Lo primero a destacar es sin duda su identificación natural y profunda
con la revolución. Comprendió que se encontraba “en el corazón
de la sección más revolucionaria de la clase obrera española”.
En una carta, a Cyril Connolly, escrita desde el hospital donde yacía
herido en una mano --y donde por primera vez fue visitado por su compañera
Eileen--, decía: "He visto cosas maravillosas y, finalmente, creo
realmente en el socialismo, lo que no me había ocurrido nunca”. Lo
segundo a destacar es quizá su amor por la gente que luchaba, su aprecio
por los que había conocido en las trincheras. Se sentía conmovido
por la “amistad que nos demostraban los campesinos”, que tradicionalmente
temían la proximidad de unas tropas y que sin embargo a ellos les
“ponían siempre muy buena cara... supongo que porque pensaban que,
por muy molestos que fuéramos, gracias a nosotros no volvían
los terratenientes de antes”.
En el primer párrafo de
Homenaje a Catalunya simboliza en
un miliciano italiano desconocido el sentimiento de fraternidad que le había
cautivado: “Era un joven de veinticinco o veintiséis años,
de aspecto vigoroso, pelo rojizo, amarillento y hombros anchos. Llevaba una
gorra de piel, de visera puntiaguda, provocadoramente ladeada sobre un ojo.
Yo le veía de perfil, con la barbilla hundida sobre el pecho, contemplando
con ceño fruncido y expresión de perplejidad el mapa que uno
de los oficiales había desplegado sobre la mesa. Había algo
en su cara que me emocionó profundamente. Era la cara de un hombre
capaz de cometer un asesinato o de dar la vida por un amigo, la clase de
cara que uno hubiera supuesto que correspondería a un anarquista, aunque
existían las mismas probabilidades de que fuera comunista. En ella
había a un tiempo algo de candor y ferocidad; y también la
conmovedora reverencia que las personas incultas tienen por las que suponen
superiores. Evidentemente, no entendía ni jota de aquel mapa; y evidentemente
consideraba que saber interpretar mapas era una prodigiosa hazaña
intelectual. No sé muy bien por qué, pero en pocas ocasiones
he conocido a alguien --me refiero a un hombre- por quien haya sentido una
simpatía tan inmediata..."
Otro factor sobresaliente en su formación fue su insaciable voluntad
dé conocer los hechos, de comprenderlos. Dos poumistas que lo trataron
en la 29ª División subrayaron este aspecto al escribir: "Se podía
ver inmediatamente que sentía el mismo placer que un niño al
observar. Su mirada fija de introvertido no constituía un obstáculo,
ya que podía establecer pronto una calurosa relación. La mayoría
de los milicianos eran jóvenes y alegres, como los describió
él mismo, y ninguno de ellos pudo imaginar que aquel extranjero de
piernas largas, que debía de andar a gatas en las trincheras mientras
los demás andaban normalmente, era un intelectual, un escritor que
notaba todos los detalles de su entorno, y notablemente los trazos psicológicos
de los seres humanos con los que compartía su vida con toda camaradería.
. .”
Contrariamente a otros voluntarios extranjeros presentes en las milicias,,
Orwell había venido a tomar parte en los combates, sin querer significarse.
No era un aventurero en busca de honores y decoraciones, y no trató
nunca dar a conocer su fama como escritor ni de buscar un lugar privilegiado
en las trincheras. Durante todo el tiempo que pasó en el frente, no
dejó nunca las trincheras, salvo una vez que fue herido y otra por
un corto permiso --por lo que se entiende que nunca buscó entrar en
contacto con la jerarquía militar, con los hombres políticos
o con los periodistas, que se podían encontrar en las divisiones más
o menos alejadas de las primeras líneas.
Su papel en las trincheras fue modesto –de haber muerto nadie habría
sabido quien ni qué era- y valerosa al mismo tiempo. Curiosamente,
temía más a las ratas que a las balas. Una noche en que el
campamento estaba durmiendo, una rata le había estado fastidiando reiteradamente.
Orwell, bastante nervioso, sacó su fusil y disparó contra el
animal, ocasionando un gran revuelo. Los dos frentes se pusieron a disparar,
la artillería rugió y algunos destacamentos salieron a patrullar.
Sus otras preocupaciones no eran mucho más heroicas, se trataba del
sueño, el frío o los cigarrillos, y no de un adversario entre
los que adivinaba a muchos infelices obligados a luchar contra sus propios
intereses. En una ocasión se negó a disparar sobre un “fascista”
que tenía caídos los pantalones porque un hombre en dicha circunstancia
no podía ser un fascista. Esta posición antiheróica
es uno de los encantos imperecederos de
Homenaje a Cataluña
. Durante su estancia en el frente no escribió nada relevante. Había
llegado a España como corresponsal del órgano del ILP,
New
Leader, y lo fue también de otros diarios y revistas, pero escribió
muy poco. Lo poco que hizo lo firmó como E. A. Blair, su nombre auténtico,
pero con el que era absolutamente desconocido.
En el orden de factores que dieron forma y cuerpo a sus posiciones políticas
hay que contar, finalmente, el de su incorruptible sinceridad y amor a la
verdad. Temía las trampas ideológicas, y creyó pura
y simplemente en lo que como santo Tomás pudo tocar directamente con
las manos. Desarrolló individualmente una investigación que
le llevó a comprender que se encontraba en una situación muy
compleja, pero ante la cual no podía permanecer neutral y menos indiferente.
Cuando llegaba a unas conclusiones, nunca pretendía haber llegado
a una verdad definitiva y lo que creía lo intentaba contrastar con
otras fuentes escritas, fuesen españolas o extranjeras. Hasta mayo
de 1937, las controversias sobre el curso político de la guerra habían
tenido un lugar más bien secundario en sus preocupaciones que se centraban
en el campo de batalla, pero no tardó en plantearse una serie de cuestiones
que comenzaba a ver claras y que le enfrentaban con la línea gubernamental,
cada vez más abiertamente pro burguesa, y con su vanguardia que era,
suprema ironía de la historia, el Partido Comunista. Éste había
realizado un giro de 180° desde que en la primera etapa de la República
había defendido descabelladamente el derrocamiento de ésta
por “reaccionaria” y la alternativa de unos “soviet” totalmente inexistentes.
Orwell nunca puso en duda que la “auténtica lucha es la que se da
entre la revolución y la contrarrevolución”. Y esta apreciación
no la deducía de ningún esquema teórico sino de la atmósfera
que pudo observar: "Generales y soldados rasos, campesinos y milicianos se
trataban aún de igual a igual; todo el mundo cobraba la misma paga,
llevaba las mismas ropas, comía el mismo rancho y llamaba a todos
’tú’ y ’camarada’; no había amos ni criados, ni mendigos, ni
prostitutas, ni abogados, ni curas, ni había que lamer las botas a
nadie, ni hacer ningún saludo reglamentario."
Había advertido el valor militar y revolucionario de las milicias,
que se basaban “en la lealtad de clase”, mientras que la disciplina “de un
ejército de reclutas burgués se basa en último término
en el miedo”; y aunque, siguiendo los planteamientos del POUM que eran deudores
de los escritos de Trotsky sobre el ejército rojo ruso, Orwell no
era contrario a una mayor militarización de aquéllas, Comprendió
que lo que se pretendía con su disolución era acabar con la
revolución y restaurar un ejército burgués. Se lamentaba
de que no existiera ningún movimiento regular en la retaguardia franquista,
algo que había sido una de las “armas secretas” de toda guerra revolucionaria
y que, en España era perfectamente posible, no en vano las tropas
franquistas estaban repletas de gente de extracción popular a la que
la República no había conseguido entusiasmar con sus proyectos
timoratos de reforma agraria. También se lamentaba de que los republicanos
no intentaran que los marroquíes se volvieran contra Franco; pero
para eso había que conceder la independencia a su país, algo
que el gobierno “amigo” de París no quiso consentir, aunque sí
aceptó la farsa de la “no intervención”. Orwell no esperó
nunca que los burgueses ingleses o franceses ayudaran a la República
por más respetable que ésta tratara de se. Sabía o intuía
que, por el contrario, gente como su odiado Winston Churchill sentía
más agrado por Franco --no en vano éste mismo había
mostrado abiertas simpatías por los mussolinis y hitlers de los primeros
tiempos.
En el fragor de las luchas, Orwell fue identificándose cada vez más
con las posiciones del POUM. Este partido ha sido caracterizado de muy diferentes
maneras, pero se puede afirmar que a pesar de sus contradicciones –las propias
de un partido pequeño en medio de una enorme tormenta social- y limitaciones,
el POUM fue el único partido más consecuente y honrado en el
campo republicano, y fue esto lo que convenció a Orwell. Una primera
herida --la segunda lesionó su garganta y significó el final
de su estancia en España--, le llevó al sanatorio Maurín
de Lérida; desde allí se trasladó a Barcelona donde
presenció y vivió los acontecimientos de mayo de 1937, y también
allí descubrió “no solamente la distorsión de la verdad
(…) sino la mera invención de la historia. Un aspecto de 1984 estaba
ya ocurriendo” (Crick). Igual que otras veces, lo que le llevó a tomar
partido en un sentido revolucionario no fue una concepción política
estricta sino los hechos mismos que de por sí tenían ya una
gran fuerza.
Orwell se sintió fascinado por la situación revolucionaria
que encontró en Barcelona en 1936, pero en mayo del 37 la impresión
fue exactamente la contraria. Ya le había llamado la atención
el aburguesamiento de Tarragona, pero lo que vio en Barcelona fue para él
mucho más revelador: "El cambio que se había operado en el
aspecto de la gente era asombroso. El uniforme de la milicia y los monos
azules casi habían desaparecido por completo; todo el mundo parecía
llevar los elegantes trajes veraniegos que son la especialidad de los sastres
españoles. Por todas partes se veían hombres prósperos
y obesos, mujeres elegantes y coches de lujo. (Parece ser que aún
había coches particulares; sin embargo, todo el mundo que era ‘alguien’
parecía poder disponer de un coche) Los oficiales del nuevo Ejército
Popular, un tipo casi inexistente cuando yo me fui de Barcelona, ahora abundaban
de un modo sorprendente. En el Ejército Popular había al menos
un oficial por cada diez hombres. Parte de estos oficiales habían
servido en la milicia y habían sido retirados del frente para recibir
instrucción técnica, pero la mayoría eran jóvenes
que habían preferido ir a la Academia Militar en vez de incorporarse
a la milicia. Su relación con los soldados no era la misma que en
un ejército burgués, pero había una diferencia social
clarísima, manifestada en las desigualdades en la paga y en el uniforme
(...). Mientras andaba por la calle, observé que la gente volvía
la cabeza para mirar nuestro desastrado aspecto. (...) En la ciudad se había
producido un profundo cambio. Pasaban dos cosas; la primera era que la gente.
La población civil, había perdido buena parte de su interés
por la guerra; la segunda, que la habitual división de la sociedad
en ricos y pobres, en clases altas y bajas, estaba volviendo a reaparecer”.
Esté ambiente reflejaba la poderosa contraofensiva conservadora,
contraria a las conquistas de la revolución, y tal como se estaba
haciendo en la URSS, las ideas revolucionarias fueron consideradas como expresión
del…trotskismo. Para Orwell esto era demencial: "¿y qué es
un trotskista? Esta terrible palabra --en España se le puede encarcelar
a uno en estos momentos y tenerle allí indefinidamente, sin proceso,
sólo sí se oye decir que se es trotskista-- está sólo
empezando a agitarse en Inglaterra. Pero ya la oiremos con el paso del tiempo.
La palabra ’trotskista’ (o ’trotskofascista’), se suele emplear refiriéndose
a un fascista disfrazado que quiere aparecer como ultrarrevolucionario para
dividir las fuerzas izquierdistas. Pero su poder tan especial se debe al
hecho de significar tres cosas distintas. Puede referirse a uno que, como
Trotsky, deseaba la revolución mundial; o al miembro de una organización
encabezada por el propio Trotsky (el único uso legítimo de
la palabra); o por último, al fascista disfrazado que ya he mencionado.
Esos tres significados pueden englobarse en uno solo sí se quiere.
El primer significado puede llevar implícito el segundo, y el segundo
significado casi invariablemente lleva implícito el tercero. Así:
’Fulano ha hablado favorablemente de la revolución mundial; por lo
tanto es un trotskista; por lo tanto es un fascista'). En España,
y en cierta medida también en Inglaterra, cualquiera que profese
el socialismo revolucionario (es decir, cualquier partidario de las ideas
que profesaba el Partido Comunista hace sólo unos pocos años)
cae bajo las sospechas de ser un trotskista pagado por Franco o Hitler”.
El enfrentamiento comenzó con el intento por parte de las fuerzas
gubernamentales y del PSUC de tomar la central telefónica de Barcelona,
en manos de la mayoría anarcosindicalista. El rechazo de los trabajadores
se extendió a toda la capital que se llenó de barricadas. Orwell
se vio metido en medio del embrollo. Cuando los combates se intensificaron,
no pudo subir por las Ramblas --centro de la contienda- para ir hasta el
Hotel Continental donde se albergaba Eileen que había ido otra vez
preocupada por sus heridas. El hotel se encontraba en las proximidades de
la Central Telefónica. Entonces se dirigió al otro extremo
de las Ramblas, al Hotel Falcón, donde se encontraba la sede poumista
en la que reinaba la mayor confusión; no se sabía muy bien
lo que había ocurrido pero los militantes ocuparon su lugar en las
barricadas junto a los cenetistas.
El 4 de mayo Orwell , armado de un fusil y con tabaco suficiente, consiguió
llegar hasta el Hotel Continental donde encontró a Eileen ya George
Kopp, un rico soldado de fortuna belga que se había convertido en
una auténtica “bête noire” para los estalinistas. Kopp trató
de evitar un baño de sangre e intentó hacerse una idea clara
de la situación. Consiguió una tregua ya Orwell le tocó
vigilar desde los techos del Teatro Poliorama. Allí permaneció
durante tres días y tres noches sin demasiados problemas. En varias
ocasiones oyó ráfagas de ametralladoras, diversos tiroteos,
etcétera, pero él sólo tiró una vez. La “tranquilidad”
se impuso con la medida gubernamental de enviar refuerzos a Barcelona y los
anarcosindicalistas se replegaron a los ruegos de sus mandos ministeriales.
Orwell pudo descubrir entonces que la prensa de izquierdas podía
mentir casi tanto como la de derechas, y que desde los comunistas hasta los
liberales coincidían en atribuir los acontecimientos de mayo de 1937
a una “provocación” fascista con la complicidad directa del POUM,
que se convirtió en el partido de la “quinta columna”. El mismo Orwell
fue acusado de “fanático trotskista” y tuvo que pasar a la clandestinidad,
finalmente pudo ocultarse y llegar a Inglaterra. Allí inició
una cruzada personal para rebatir las brutales tergiversaciones que encontraba
en la prensa y en la literatura.
En julio de 1937, comenzó a redactar
Homenaje a Catalunya, en
donde explica sus vivencias con un afán eminentemente vindicativo
frente a las deformaciones que se han divulgado entre la izquierda. Esta
obra se publicó el 25 de abril de 1938, pero fue un rotundo fracaso
comercial. No volvió a ser reeditado hasta 1951. En 1952 se publicó
en Estados Unidos con un prólogo del trotskista arrepentido Lionel
Trilling que reprodujo la edición de Ariel de 1970. En esta la que
la censura franquista cortó y modificó numerosos párrafos,
aspectos que en la actual edición detalla Miquel Berga. También
hubo otra traducción (completa) en la editorial anarquista argentina
Proyección que fue utilizada por Virus en su edición del 2000…
Sería una verdadera pena que esta nueva edición no sea adoptada
por las nuevas generaciones que tratan de situarse en el mapa de la historia,
y que encontraran en este libro un referente de la categoría de
Diez días que conmovieron el mundo, de John Reed, cuya influencia
sobre Orwell está más que demostrada.