Santiago Carrillo: otra vuelta a la “Tuerka”
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Si hubiese sido inglés, la Corona habría nombrado Lord a Santiago
Carrillo (Gijón, 1915), seguramente en la misma ceremonia que a Fraga
Iribarne, por cierto, ambos protagonistas de "Últimos testigos: Fraga
Iribarne - Carrillo, comunista"
(1)
. Es una obra cinematográfica formada por dos documentales diferentes
basados en un mismo concepto, realizados sobre y con la participación
de quienes los autores señalan como los dos líderes políticos
más significativos de la segunda mitad del siglo XX: Manuel Fraga
y Santiago Carrillo. Estas presuntas “vidas paralelas”, sin embargo, pierden
cualquier similitud a finales de los años setenta, tiempo en el que
Fraga culmina su proyecto de reconstruir el partido conservador de Cánovas
del Castillo que se alternaba con el partido liberal de Sagasta, lugar que
ocupará el PSOE en la actualidad en un diseño bipartidista
y social casi perfecto. En este diseño, el PCE ha pasado de ser “el
Partido” a rozar la marginalidad y a la clase obrera se le ha asignado un
lugar en el servicio, en franco retroceso, con una capacidad de respuesta
incluso inferior a la que le pudo tocar en aquellos lejanos tiempos en los
que el Rey no gobernaba, pero mandaba.
Desde este lugar en el reparto, Carrillo cuenta al menos con el respeto
de la élite política agradecida y se le permite figurar como
el “comunista”, en entrevistas que ya no son como las que se escenificaron
en los años setenta; cuando desde TVE se planificaron diversos encuentros
que, en realidad, resultaron ser juicios en los que Carrillo tuvo una y otra
vez que justificar su oscuro pasado estaliniano, respondiendo a las preguntas
de comisarios del orden establecido como Bernard Henri-Levy, Fernando Arrabal,
etc. Ahora Carrillo es muy libre de seleccionar sus entrevistas, no le abre
la puerta a cualquier historiador, y cuando se deja entrevistar está
claro que no tendrá enfrente a nadie que le apriete las tuercas. Tan
evidente en la parte de “Últimos testigos”, como en la entrevista que
le realizó Pablo Iglesias Turrión en el programa de “La Tuerka”.
De esta manera, sin debate posible, Carrillo puede hablar como un testigo
privilegiado, como un anciano de salud envidiable y dictaminar las cosas a
su gusto al tiempo que la cronología sufre curiosos saltos. Él
sabe lo que tiene que decir, no le faltan lo que se dice tablas, nunca ha
carecido de desparpajo. Al respecto, baste como muestra la anécdota
que cuenta Pelai Pagès; reconocido historiador de la revolución
española, del POUM y biógrafo de Andreu Nin
(2)
. Hace unos cuantos años, Pelai se vio obligado a cenar con Carrillo
como parte de las funciones de un Foro sobre la Transición organizado
por Eliseu Climent en la revista valenciana de orientación catalanista
El Temps. En medio de la cena, salió a relucir Ramón Mercader,
al parecer sin mala intención; pero faltó tiempo para que Carrillo
saliera al paso y declarara que él ya había denunciado estas
cosas en su tiempo. Lo mismo ocurre en la entrevista citada.
Así, por ejemplo, Carrillo habla de su fase como líder de
las juventudes socialistas, las mismas que desde la segunda mitad de 1933
se situaron en la avanzadilla de un proceso de radicalización motivado
por la frustración reformadora del primer bienio republicano y por
el ascenso del nazismo, lo que en España se traducía en el de
la CEDA, un partido que se proclamaba dispuesto a seguir el camino de Hitler;
o sea acabar con el movimiento obrero. Esta corriente izquierdista era contraria
a la socialista de derechas que en Alemania había optado por liderar
la alianza obrera con unos comunistas enloquecidos por el virus estaliniano,
que afirmaban que la socialdemocracia era su enemigo principal y que la victoria
de los nazis sería el prólogo de la suya propia. Aquella táctica
llevaría al movimiento obrero alemán al matadero. La radicalización
era internacional y se orientaba hacia las posiciones de Trotsky; al que
todavía reconocían como el compañero de Lenin, pero
sobre todo como el gran defensor del frente único obrero contra el
fascismo. En esta época, las JJSS cortejaron a Trotsky y al “trotskismo”
y, hasta bien entrado 1936, insistían en que los comunistas que habían
formado el POUM
(3)
se integrasen en el PSOE para ganar la mayoría para el marxismo.
El propio Carrillo, en su polémica con Joaquín Maurín
en
La Batalla, defiende esta posición: “Los disidentes acaudillados
por el infatigable revolucionario (Trotsky), sin representar a amplios sectores,
personifican una tendencia del proletariado.” Carrillo pues, combatió
con los “trotskistas” en esta batalla, participó con ellos en las
luchas de octubre del 34 y mantuvo una relación fraternal; sobre todo
con Wilebaldo Solano y Maurín (a quien se refiere en dicha polémica
como “mi cordial contradictor” y “querido camarada”). Todo cambió
tras su viaje a Moscú a finales de 1935, donde todo allá le
pareció perfecto.
Encuentro muy curiosa la pervivencia de este Santiago Carrillo que habla
de la revolución como la conquista del poder por la “democracia obrera”
(términos que solamente figuraban en el programa del POUM) y que no
lo relacionase, como sería de recibo, con los problemas tácticos
y estratégicos de un proceso revolucionario abierto; de la importancia
de unificar a la mayoría trabajadora y de pactar con los sectores de
la clase media radicalizados. Identifica la revolución con el liderazgo
de la Rusia soviética que le recibió como un personaje relevante.
Lo cuenta Claudín en su biografía; los anfitriones sabían
de las “veleidades trotskistas” del invitado, pero no se equivocaban cuando
confiaban en que iba a cambiar. Se le ofreció liderar la unificación
de las juventudes socialistas y comunistas bajo la égida de la Internacional
Comunista, cuyo VII Congreso se presentaba como una propuesta revolucionaria
en la que la unificación proletaria era condición previa para
liderar la “democracia”. Esta no será la interpretación que
se dará después, ni en la Francia de la no-intervención
ni en la España del Frente Popular. Sin embargo, Carrillo sigue hablando
de una revolución, aunque se olvida que para el Komintern y para el
PCE los que querían hacer la “revolución social” eran aquellos
que, lisa y llanamente, "hacían el juego a los enemigos de la República".
Esta claro que Carrillo se sintió deslumbrado en su visita a la URSS
por el protagonismo que le reconocieron y por la oportunidad que le ofrecieron
de liderar unas juventudes que serían determinantes en la metamorfosis
del PCE. No fue el único, ni mucho menos. Algo parecido sucedió
en la izquierda del PSOE y en otros partidos socialistas, aunque también
los hubo que se mantuvieron en la idea de que estaban en la misma revolución
que en octubre de 1934 y se opusieron a la estalinización. Hasta ahí
se trata de una explicación personal que encaja con el viento que soplaba
en la época. Otra cosa es cuando habla del “putsch” de mayo del 37
como lo que le llevó a creer que los “trotskistas”
(4)
estaban relacionas con la “Quinta Columna”, punto sobre el que Iglesias
Turrión suelta casi una invitación y sobre el que, en otro
programa de “La Tuerka” (el dedicado al 75 aniversario de la defensa de Madrid),
Mirtha Núñez llega a decir que, en el fondo, era un dilema
entre centralización y los enemigos de la centralización; entre
los que defendían un ejército popular y los que defendían
las milicias, y cita al POUM. Uno tiene la impresión de que Mirtha
no ha leído mucho sobre esta historia y desde luego desconoce que
el POUM defendió desde el primer día el modelo del Ejército
Rojo de 1919-1921 y su “Mando Único”; lo cual no significaba que lo
ejerciesen “únicamente” los mismos.
Otra nota curiosa son las declaraciones de Carrillo –aparentemente con el
visto bueno de Iglesias Turrión- según las cuales la película
“Tierra y Libertad” presenta al ejército que liquida las “comunas de
Aragón” y desarma la 29ª División del POUM como si se
tratase del ejército franquista. No sé que película vieron
ellos, pero entre las muchas objeciones que se hicieron al film no recuerdo
que se empleara ésta. En todo caso, la campaña de linchamiento
y persecución del POUM y del fantasma “trotskista” fue algo totalmente
inclasificable, lo más sucio e indigno de todo el historial de la
resistencia contra la reacción militar-fascista. En cierta ocasión,
Teresa Pàmies escribió que Ramón Mercader no podía
ser considerado como un Dillinger
(5)
, una matización a la que se le podía dar la vuelta: Dillinger
nunca habló en nombre del socialismo. No pisoteó un ideal.
Pero volviendo a Carrillo. Desde su regreso de la URSS (1935) tuvo que dejar
claro ante sus jefes del Kremlin que no le quedaba el menor vestigio de “trotskismo”.
Desde que ingresó en el PCE en noviembre de 1936, Carrillo fue insistiendo
desde las diversas tribunas en esta equiparación de trotskismo=Quinta
Columna, y ahí están los documentos. Con los Hechos de Mayo
del 37 Carrillo pretende “confirmar” lo que los estalinistas ya venían
diciendo desde que, a finales de 1936, Stalin dictó que el “trotskismo”
ya no era una corriente del movimiento obrero sino un grupo de infiltrados
al servicio de Hitler (o de las potencias imperialistas aliadas a la Alemania
nazi). No cabía esperar otra cosa de alguien que no afronta su responsabilidad
como lo han hecho honestamente muchos comunistas que entonces no supieron
ver los hechos. Como harían, sin ir más lejos, Lise London
(6)
o Miguel Núñez
(7)
en sus respectivas memorias. Carrillo pasa por encima de un montón
de páginas históricas, ignora las acusaciones vertidas contra
él por autores como Paul Preston, que no es ni “revisionista”, ni
mucho menos “trotskista”, y, para colmo, declara que si alguien tuvo alguna
responsabilidad, ese fue su camarada Segundo Serrano Poncela
(8)
, al que destituyó personalmente. Driblando los hechos, nos encontramos
que nuestro hombre se dio cuenta de todo… ¡en 1956! gracias a las revelaciones
de Arthur London, el autor de “La Confesión”. Curiosamente, en una
reseña firmada –creo- por Federico Melchor
(9)
en un número de
Mundo Obrero de finales de los años
sesenta, se hacía una defensa de London argumentando que las acusaciones
contra él eran falsas. O sea que no era “trotskista” ni del POUM,
lo que para buen entendedor significa: ”Sí lo hubiese sido…”
Y es que la historia no termina aquí. Dialogar sobre la vida y milagros
de Santiago Carrillo, de piel casi centenaria, es hacerlo de muchas cosas
más: de Trilla, Monzón, Quiñones, de los “maquis”, de
la Transición, etcétera, etcétera, por lo que se puede
decir que, a pesar de su amplitud, estas entrevistas enlazadas no llegan a
resultar ni un “trailer”.
En el debate sobre el 75 aniversario de la defensa de Madrid, en “La Tuerka”,
Pablo Iglesias se pregunta, un tanto ingenuamente, sobre la extraña
vigencia del debate del papel del “trotskismo” en la Guerra Civil. Se trata
de un debate que atraviesa el siglo y todo el historial del “comunismo”, en
1989, sin resistencia digna de mención. Llegó un momento en
el que mucha gente se preguntaba si la burocracia moldeada por el estalinismo
había acabado también con el ideal socialista. Hoy está
claro que no, pero también lo está que dicho ideal debe comenzar
a caminar en una nueva lucha. Se hace imprescindible ajustar las cuentas con
el estalinismo en todas sus vertientes: ¡Nunca más! Que nunca
más un “secretario general” llegue a tener los poderes que llegó
a manejar alguien como Santiago Carrillo. En el documental de Martín
Cuenca, se ve al comienzo un gentío extraordinario de militantes que
gritan exaltados: “¡Aquí se ve la fuerza del PCE!”. A continuación,
sale Carrillo hablando desde una tribuna diciendo: “Nosotros no tenemos dinero
para la campaña pero os tenemos a vosotros…” Lo tenían, en efecto,
militantes disciplinados, entregados, sacrificados, sin apenas formación
política, dispuestos a creer que “el Partido” por el que se habían
jugado tantas cosas estaba en buenas manos. Estaban muy equivocados.
Notas
(1)
Últimos testigos: Fraga Iribarne - Carrillo, comunista.
Dirección: José Luís López-Linares (Fraga Iribarne)
y Manuel Martín Cuenca (Carrillo, comunista) País: España.
Año: 2008. Duración: 163 min. Género: Documental.
Intervenciones: Manuel Fraga, Santiago Carrillo. Guión: Manuel Millán
Mesure, Ignacio Gutiérrez-Solana y Manuel Martín Cuenca.
(2) Pelai Pagès. Historiador e investigador cuya producción
sobre estos temas es ampliamente reconocida. Acaba de publicar una edición
ampliada de la biografía de Nin,
Andreu Nin, una vida al servicio
de la clase obrera (Laertes, Barcelona, 2010), y de participar en una
obra colectiva,
Barbarie fascista y revolución social (Salvador
Trallero Editorial, Sariñena, 2011). Anteriormente había dedicado
un amplio volumen a la revolución en Catalunya. Anoto estos detalles
porque si nos atenemos a ciertos autores, parece ser que el único historiador
que ha investigado el hecho revolucionario en España fuese Burnett
Bolloten.
(3) Poca gente sabe que en el proyecto de “unificación marxista”
iniciado después de Octubre de 1934 figuraban socialistas caballeristas,
juventudes socialistas y comunistas, tanto oficiales como disidentes (BOC,
ICE), amén de otros grupos, y que en un principio no hubo problemas
en los principios programáticos. Todos aceptaban que la revolución
que se estaba forjando en España era la revolución socialista
y que debería abarcar a todas las tendencias obreras en un proyecto
de hegemonía y de alianza con las clases medias radicalizadas.
(4) En el debate sobre el 75 aniversario de la defensa de Madrid,
en La Tuerka, se dice que Trotsky preconizaba el “entrismo del POUM” en el
PSOE, lo cual es un disparate. Primero, era la izquierda socialista la que
invitaba a los “trotskistas” a ingresar en el PSOE, segundo, Trotsky preconizó
esta línea para la ICE, no para el POUM. En cuanto al concepto “trotskista”,
durante la guerra se llega a emplear de una manera tan abusiva que alcanza
el absurdo total, luego se aplicó a cualquier disidente del propio
PCE. Para Stalin, el “trotskismo” era un comodín que le sirvió
para controlar cualquier disidencia. El POUM no estaba de acuerdo con Trotsky
en todo, pero sí lo estaba en la idea de la revolución permanente
y en la necesidad de crear una democracia socialista en la URSS.
(5) John Herbert Dillinger (22 de junio de 1903 – 22 de julio de 1934) fue
un asaltante de bancos de Estados Unidos, considerado como uno de tantos iconos
de la cultura popular en ese país.
Su fama se debe a la idealización que se ha hecho de sus procedimientos
como ladrón y a la manera fácil en que escapaba de la policía.
Sus hazañas, junto con las de otros asaltantes de la época,
como Bonnie & Clyde o Kate "Ma" Baker, llamaron la atención de
la prensa estadounidense y sus lectores durante la década de 1930.
Su popularidad lo ha convertido en leyenda, a pesar de haber sido uno de los
ladrones más buscados de su tiempo.
(6) Lise London (nacida Elisa Ricol) era hija de emigrantes españoles
en Francia, obligados a abandonar las tierras de Aragón en que nacieron
en busca de un porvenir mejor. A los quince años ya militaba en las
Juventudes Comunistas francesas y a los dieciocho comenzó a trabajar
en el Komintern, en Moscú, donde conoció a Arthur London. Desde
entonces, sus itinerarios ya no se separaron. Ambos acudieron en ayuda de
la España republicana, participaron en la Resistencia y conocieron
las cárceles y los campos de concentración nazis y, más
tarde, la represión estalinista. Tras haber participado en las Brigadas
Internacionales, Lise London luchó en la resistencia francesa hasta
su detención en agosto de 1942, mientras tomaba la palabra en un mitin
contra los ocupantes nazis. Este acto de Resistencia le supondría una
condena a trabajos forzados a perpetuidad y la deportación por los
alemanes al campo de concentración de Ravensbrück.
Roja primavera
es el primero de los dos volúmenes de memorias en que, con el título
común de
La madeja del tiempo, Lise London narra su vida, la
de Arthur London; el autor de
La confesión (el libro que reveló
al mundo los criminales engranajes de la maquinaria estalinista), y la de
una generación que entregó su vida en aras de un ideal que,
como Saturno, acabó en muchos casos devorando a sus hijos. El segundo
volumen, Memoria de la Resistencia, recoge el período que va desde
la derrota de la II República hasta su regreso de los campos de concentración
nazis. Jean Ferrat la cita en su canción "Le bilan", y Simone Signoret
la representó en
La confesión (1970), la película
de Costa Gavras basada en las memorias de Arthur London.
(7) Miguel Núñez González (Madrid, 12 de agosto de
1920 - Barcelona, 12 de noviembre de 2008) histórico militante del
PCE y fundador del PSUC, cuya biografía política, y torturas
sufridas, ha sido relatada por Antoni Batista en su novela
La Carta: Historia
de un comisario franquista.
(8) Segundo Serrano Poncela (Madrid, 1912 - Caracas, 9 de diciembre de 1976).
Político, escritor, crítico literario y ensayista. Durante su
etapa de estudiante (cursó la carrera de Filosofía y Letras
y posteriormente se licenció en Derecho) ingresó en la Federación
de Juventudes Socialistas (FJS). Pertenecía, como la mayor parte de
las juventudes, al ala caballerista, enfrentada a besteiristas y prietistas
y formó parte de la redacción de Renovación, el órgano
de las FJS, ingresando en la comisión ejecutiva en 1934, como vocal.
Tomó parte en las conversaciones de unificación con las Juventudes
Comunistas y tras la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas
(JSU), formó parte de su ejecutiva. Junto con la mayor parte de los
dirigentes de las JSU procedentes de la FJS, ingresó en el Partido
Comunista el 6 de noviembre de 1936. Tras su ingreso en el partido, y al constituirse
el 7 de noviembre la Junta de Defensa de Madrid, fue nombrado Delegado de
Orden Público, cargo equivalente al de Director General de Seguridad
a las órdenes de Santiago Carrillo, también proveniente de
la FJS. Permaneció en el cargo hasta el 27 de noviembre de 1936, fecha
en la que, dependiendo de las fuentes, dimitió o fue cesado por Carrillo.
Como presidente del Consejo de la Dirección General de Seguridad de
la Consejería de Orden Público, su firma avalaba las extracciones
de presos que tuvieron lugar en las cárceles madrileñas durante
los meses de noviembre y diciembre de 1936, la mayor parte de las cuales
terminaron en el fusilamiento de sus integrantes (Paracuellos). Serrano Poncela
siguió formando parte de la ejecutiva de la JSU durante la guerra.
Exiliado al finalizar la Guerra Civil Española, abandonó cualquier
relación con la política. Fue profesor de Literatura Española
en las universidades de Santo Domingo, Puerto Rico y Central y Simón
Bolívar de Venezuela, convirtiéndose en un reputado crítico
de la literatura española.
(9) Federico Melchor (Madrid, 1915 - 1985). Militó en las JJ SS y
el PSOE. Redactor del semanario
Renovación. Secretario de las
JJSS de Madrid y miembro de su ejecutiva nacional. Redactor de
Claridad
. Contribuyó a la unificación de las juventudes socialistas
y comunistas, tras la cual fue nombrado miembro de la Comisión Ejecutiva
de la JSU. Capitán del Batallón Octubre. Delegado de las Fuerzas
de Seguridad en la Junta de Defensa de Madrid. Pasó del PSOE al PCE
en noviembre de 1936. Director general de la Subsecretaría de Estado
para la Información y propaganda del gobierno de Negrín. Secretario
de Milicias de la JSU. Colaboró en el diario
Ahora. Director
del diario
Trincheras. Exiliado en París, editó
Juventud
, de la JSU. Al comienzo de la segunda Guerra Mundial es expulsado de Francia,
embarcándose hacia México. Redactor de
España Popular
y del
Boletín de Información Sindical de UGT. Director
de
Juventud de España de la JSU en México. Tras el final
de la segunda Guerra Mundial volvió a Europa y se incorporó
a la dirección de la JSU. Redactor de Radio España Independiente
(La Pirenaica) en Bucarest. En París, de nuevo, dirigió una
oficina de información del PCE y el semanario Información Española.
Director de
Mundo Obrero en la clandestinidad en París y en
la transición en Madrid. Director de
Mundo Obrero Diario. Responsable
de la política nacional de la revista semanal
Ahora.