Una lectura inexcusable. La noche quedó
atrás, de Jan Valtin
Pepe Gutiérrez-Álvarez
La primera edición en castellano (1941) fue
de Editorial Claridad, Buenos Aires. La más reciente (2008) es de
Editorial Seix Barral, Barcelona.
Su autor, Jan Valtin, se llamaba en realidad Richard Krebs, fue miembro activo
del Partido Comunista Alemán, en los años previos a Hitler,
un revolucionario de estirpe espartaquista al servicio del estalinismo y
agente doble, después de haber conocido las prisiones nazis y sus
torturas. Valtin se inició pronto en la lucha obrera. Y describe,
como activista, especialmente como organizador de huelgas entre los marinos,
la estrategia de los comunistas en los años previos a la victoria
de Hitler, y fue un fiel miembro del Komintern, sin embargo, a medida que
avanza el relato, que está escrito como una verdadera novela, se va
notando su perplejidad ante el comportamiento del "partido" alemán
que ni tan siquiera se había cuestionado el desastre de la política
de "socialfascismo". Valtin vuelve a Alemania en un misión partidaria,
allí es capturado y sufre horrorosas torturas (sus descripciones de
los campos nazis y del trato dado a los presos pone los pelos de punta).
Para salvarse acepta ser agente doble aunque su idea es, claro está,
muy otra.
Capítulo tras capítulo, Valtin va desgranando sus terribles
episodios biográficos sin la menor vanagloria, como parte del precio
que tiene que pagar por la opción que ha tomado, así por citar
un ejemplo entre muchos: los tres años que Valtin pasó en la
cárcel de San Quintin, California, ocupan nada más que una
página. Lo que se explica porque, en comparación con los horrores
que conocería el autor después en una cárcel nazi, ésas
fueron unas vacaciones.
Pero si hay algo que domina toda la obra, y el itinerario del personaje,
es la entrega política al "partido" que encarna la marcha de la historia.
En un momento dado le dice su primera mujer: "No me engaño a mí
misma. Sé dónde estoy. Somos presos, espiritual y físicamente.
Nuestros cerebros y nuestros cuerpos están confiados en una avenida
estrecha por altos muros sin ventanas a ambos lados. La avenida tiene un
nombre. Se llama Disciplina de Partido. Es la cosa más bestial que
jamás haya sido inventada". Lo que nos indica bastante cual ha sido
la cuestión de tanta y tanta gente que acabó "quemada" después
de confiar, o mejor de "entregar" al "partido" su ideal y su pensamiento
propio. Esta aberración implica querer disciplinar el pensamiento
que es libre, cuando lo único que se puede disciplinar es la acción,
sobre todo cuando es aceptada y puede ser debatida.
Hay un capítulo en el que Valtin narra su estancia en la Unión
Soviética, para recibir formación, y en el que escribe: "Nosotros
éramos los prisioneros resueltos de una grandiosa ficción que
nos reconocíamos como materialistas extremos. Cerrábamos los
ojos frente a la tristeza de hoy, al naufragio humano que nos rodeaba por
todas partes, al terror y al militarismo que predominaban en el país,
poseídos del credo estereotipado de que estábamos marchando
hacia delante a pasos agigantados". Este es un libro escrito "en carne viva",
contado en primera persona, detallando como llegó a ser agente clandestino
al servicio de los soviéticos en la Alemania de Hitler, sus aventuras
por el mundo agitando a las masas con las ideas del comunismo de Lenin en
Perú, Estados Unidos, Reino Unido y China.La parte más lacerante,
a la que constantemente se vuelve entre relatos de misiones secretas y peligrosísimas
que tienen lugar en el Berlín nazi, o en Leningrado y en Murmansk,
trayectos que tiene que ver con la mujer de la que se enamora locamente,
la madre de su hijo, y la terrible elección que se ve forzado a hacer
entre el deseo y el deber; entre su amor por su familia y su lealtad a la
revolución del proletariado que cree ver en la Rusia de Stalin, y
en nombre del cual acepta todos los riesgos.
Su compañera es una artista con una relación ambigua hacia
la causa de su marido. Un día, unos meses después de iniciarse
la relación, ella le espeta, "Te has convertido en un esclavo. En
un fanático esclavo... ¡La Causa, siempre la Causa!... ¿Por
qué no podemos tomarnos unas vacaciones y pasear por los campos?".
Él le responde: "¿No entiendes que yo sigo el camino más
sublime que puede seguir un hombre? Yo pertenezco a la Causa".
No hay que decir que su instrumentalización por parte de la derecha
intelectual "olvida" -por supuesto- el sentimiento revolucionario genuino
del autor, su entrega como militante espartaquista, y comunista de buena
fe inmerso en un engranaje terrible. Todo lo que hace es luchar por la revolución,
contra el capitalismo. Su denuncia del estalinismo está hecha desde
un entusiasmo revolucionario enajenado en un tiempo de trágicos eclipses
ideológicos. Por lo demás, se trata de una obra que una vez
se comienza a leer, resulta difícil de abandonar.