FUNDACIÓN

ANDREU NIN


En defensa de Orwell. A propósito de unas líneas de Fontana en Por el bien del Imperio

Pepe Gutiérrez-Álvarez


No me parecen justas las indicaciones que Josep Fontana ofrece sobre Orwell en su obra Por el bien del Imperio (Ed. Pasado&Presente, Barcelona, 2012), a la que, por otro lado, considero inexcusable para una reflexión sobre lo que está sucediendo en los últimos tiempos.

Fontana hace que el autor de Homenaje a Cataluña, entre en escena al lado de Robert Conquest, que, como profesor en Stanford, ganaría más adelante una reputación como “sovietólogo”, ambos señalados como personajes de importancia en Information Research Department (IRD), creado en 1948 para ‘combatir la propaganda comunista y defender los ideales del socialismo democrático’, una entidad que se convertiría en una fuente importante de contrainformación del imperialismo británico en la guerra fría. Fontana añade que “Orwell tuvo el 29 de marzo de 1949, mientras estaba en un sanatorio, grave¬mente enfermo de tuberculosis, una entrevista con Celia Kirwan, del IRD, en que, según informaba ella misma, «discutimos algunos aspec¬tos de nuestro trabajo con gran confianza”. Le envió una lista de “criptocomunistas” —con nombres como  Graham  Greene, Priestley, AJ.P. Taylor, Spender, Colé, etc.—, diciendo «no es mala idea tener una lista de la gente que no es de fiar». Estas listas, que contenían comentarios más bien indecentes sobre raza, costumbres sexuales o deficiencias físicas, son todavía parcialmente secretas”. Cita una autoridad como Perry Anderson, que dice: “Las convicciones políticas que llevaron a Orwell a colaborar  con los servicios secretos británicos no son ningún misterio: estaba buscando de conseguir que "La voz de América" y el ejército norteamericano de ocupación en Alemania financiasen al mismo tiempo la difusión de su obra”. Esta constatación –de la que no dudamos- lleva a Fontana a concluir con una apreciación a nuestro parecer, temeraria: “la compleja y decepcionante historia de izquierda heterodoxa en la guerra civil española tiene también mucho que ver en este giro final del escritor (p. 129).

En la misma red, caza a Orwell, y a la “izquierda heterodoxa en la guerra civil española”, con la que ha tenido sus propios litigios. No sé muy bien que abarca dicha heterodoxia, pero parece obvio que se refiere a las aventuras de algunos expoumistas, sobre todo de Julián Gorkin, y posiblemente  también a John dos Passos o Frank Borkenau, autores de sendos testimonios sobre el destino de la revolución, así como  sobre la intervención soviética. Esta pincelada sin un antes y un después efectúa la siguiente carambola: liga a Orwell con Robert Conquest, y después con “la compleja y decepcionante” historia de ¿toda? la izquierda heterodoxa. 

Si vamos por parte, Robert Conquest nunca tuvo nada que ver con dicha izquierda, y su biografía no es la de “un desertor del campo de la victoria”, que fue una buena definición de Orwell. Conquest fue un anticomunista sin complejos,  dicho de otra manera, aplaudió la intervención norteamericana en el Vietnam, el golpe militar en Chile en 1973. Como “cold warrior” profesional, su enfoque no ofrece dudas: el estalinismo es la consecuencia lógica de la revolución de Octubre. Trotsky era igual que ra igual que Stalin, y por lo mismo,  el POUM no era menos totalitario que los que lo persiguieron, ya se sabe, es el canon establecido desde la derecha reaccionaria.

Por otro lado, la izquierda heterodoxa de la guerra española abarca mucho más que Orwell y los expoumistas que acabaron escogiendo el “mundo libre”. Estaba todo el anarcosindicalismo internacional, sectores muy amplios de la izquierda socialista como la representada por el ILP o el PSOIP francés, liderado por Marceau Pivert, los trotskistas, los surrealistas, y un largo etcétera. Cierto es que algunos de ellos, se hicieron anticomunistas –padecieron lo que en los medios trotskistas se llamaba “stalinofobia”-, y algunos tuvieron un asiento en los montajes culturales del imperio. Cierto, lo mismo que numerosos comunistas que habían ejercido como estalinianos, todo lo describió Isaac Deutscher en un texto célebre, Herejes y renegados. Dicho de otra manera, el cupo de los renegados fue mucho más amplio.

Verdad es que los acontecimientos que rodearon la intervención soviética en el campo republicano, fue un factor muy importante. Tanto es así que el exilio republicano casi podía dividirse entre los comunistas y los anticomunistas. Pero también influyeron otros eventos como el pacto nazi-soviético, el cisma yugoslavo (muy importante en el seno del PCE), la revolución húngara de 1956, el XX Congreso del PCUS, sin olvidar el cisma chino-soviético, piedra de toque de la disidencia maoísta  en una época en la que China llegó a considerar la URSS como el “enemigo principal”. Así, por citar un ejemplo, cuando el PTE trató de ser reconocido por el “partido hermano” de China, una de las exigencias de este fue que apoyaran la entrada de España en la OTAN como vía de contrapesar la influencia rusa. En el caso de Orwell, se dio además la particularidad de haber vivido un viaje que comenzó en la órbita de la política oficial comunista, y tratando de incorporarse a las Brigadas Internacionales, pero que acabó tras los sucesos de mayo, el secuestro y la muerte de Nin con toda la campaña contra la presunta “Quinta Columna”, y el mismo amenazado como “trotskista fanático”.

Se ofrecía por lo menos un mayor matiz. No lo da Fontana eN este punto. Tampoco lo hace con otro personaje de la izquierda heterodoxa como Bertrand Russell que es mencionado primero, entre los que dieron su apoyo en 1950 al Congreso para la Libertad de la Cultura (p. 1269, y al que  después se resalta su presencia en el CND (Campaign for Nuclear Disarmement). Un detalle que podría ser ampliado con el último Russell, el que creó el Tribunal para juzgar los crímenes de guerra norteamericanos en el Vietnam. Así pues, como todos lo que en un primer momento apoyaron el Imperio, lo siguieron haciendo. Lo hicieron en un momento en que creyeron que la URSS de Stalin era la mayor amenaza para la paz mundial, un error que. Para los que no habían olvidados sus ideales democráticos y socialistas, fue incubado por las atrocidades estalinianas (que Fontana no se olvida en enumerar), y también por un falta de perspectiva como la que mostró Isaac Deutscher. Este no fue el caso exclusivo de Russell, otros como Dwigth MacDonald, Mary McCarhy o Stephen Spender, también lo hicieron.

Nadie sabe como habría acabado Orwell, y la hipótesis de un giro final hacia la derecha no está descartada. Desde luego, no habría sido desde el único, y mucho menos el último.  Fueron muchos entonces, y lo serían muchos más después, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado, cuando partidos comunistas enteros se mudaron de ideales. Pero con Orwell  hay al menos dos cosas que son ciertas, primero, que sus repugnantes notas escritas para Celia Kirwan (por cierto, una laborista de izquierda, una corriente que en 1936 fue frentepopulista y que en 1945 era intensamente “prosoviética”), datan de cuando ya estaba prácticamente terminal, profundamente enfermo. Segundo, que dichas notas ensucian toda su trayectoria hasta aquel momento.

Hasta aquel momento, Orwell  destacó como uno de los principales promotores de una organización alternativa, la Freedom Defence Committee, en reacción contra la actitud del NCCL. Ocupó la vicepre-sidencia al lado del crítico de arte anarquista Herbert Read (el presidente), y de otras personalidades como E. M. Forster, Bertrand Russell, Ciryl Connolly, Arthur Koestler, Victor Gollanz, etc. De aquí surgió otro intento más amplio, por iniciativa de Koestler, Russell y Gollanz, que debía llamarse “League for Dignity and Rights of Man;” fue Orwell quien escribió los fines de la nueva organización que tenía un doble objetivo: primero la clarificación teó¬rica y luego la acción práctica. Desde su punto de vista se trataba de clarificar qué significaba la palabra democra¬cia después de todo lo que había ocurrido en el mundo desde que se conoció su primera definición. Entre los nuevos principios que defendía había cuatro muy intere¬santes y que definían las principales funciones del Estado:

--1. Garantizar al ciudadano una igualdad de oportuni¬dades desde su nacimiento.
--2. Protegerle contra la explotación económica, sea por individuos o por grupos.
--3. Protegerle contra las trabas u obstáculos a su crea¬tividad.
--4. Cumplir sus fines con un máximo de eficacia y un mínimo de contrariedades.

Entre las acciones prácticas que se planteaba,  figuraba la de fundar una revista dedicada a denunciar todas las leyes represivas ya exigir la libertad de los prisioneros por opiniones políticas. Sus concepciones democráticas socialistas radicales - siguieron sin tener una traducción práctica y le llevaron a distanciarse del laborismo, incluso del sector más izquier¬dista encarnado en Aneurin Bevan, en el que concibió ciertas ilusiones y al que describió como «el más extremista y el más internacionalista» , amén del más obrerista de los diputados laboristas, pero que se había perdido «en toda esa administración de viviendas y hospitales» sin plantear¬se seriamente una perspectiva socialista. Criticó en un principio al gobierno laborista por no haber abolido:

-- 1 ) Las escuelas privadas,
--2) La Cámara de los Lores y;
-- 3) Los títulos nobiliarios. En un balance posterior, escrito en un artículo que dejó inconcluso, volvió a insistir en su actitud desa¬probatoria, pero en esta ocasión de una forma mucho más amarga, desengañado tras tres años de un gobierno laborista que no había logrado realizar ningún cambio fundamental en la sociedad británica, ni siquiera había sido capaz de defender a los trabajadores frente a la crisis económica, y mucho menos apoyar la independencia de la India en cuyo subdesarrollo estaba interesado el mundo occidental, ya que conseguía gran parte de sus riquezas gracias a la opresión de las colonias .

Durante bastante tiempo, Eric Blair colaboró con el National Council for Civil Liberties (Consejo Nacional para las libertades cívicas), hasta que descubrió que, desde que los comunistas se habían apoderado de su organización, las causas en las que los perseguidos eran miembros anarquistas o de la izquierda antiestalinista, eran abiertamente desatendidas. Esto fue lo que ocurrió cuando Scotland Yard efectuó un «raid» en las oficinas del periódico ácrata War Commentary (que había sucedido a Freedom) y se llevó la lista de abonados. La acusación era la de atentar «contra la moral de las tropas de Su Majestad». Orwell vio en este hecho un intento de recortar el derecho de expresión y firmó un manifiesto en contra, junto a Herbert Read, T. S. Eliot, E. M. Foster y Stephen Spender.

Parece como si Fontana hubiera querido excomulgar a Orwell por haber perpetrado  un grave pecado al punto de fallecer,  y que con el quisiera ajustar las cuentas a toda la izquierda heterodoxa de la guerra civil española que fue entonces perseguida nada menos que por formar parte de la “Quinta Columna”. Desde luego, el haber conocido en directo este horror, tuvo mucho que ver con el complejo camino de algunos de los antiguos componentes de la izquierda heterodoxa. Sólo de algunos.


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