En defensa de Orwell. A propósito de unas
líneas de Fontana en Por el bien del Imperio
Pepe Gutiérrez-Álvarez
No me parecen justas las indicaciones que Josep Fontana ofrece sobre Orwell
en su obra
Por el bien del Imperio (Ed. Pasado&Presente, Barcelona,
2012), a la que, por otro lado, considero inexcusable para una reflexión
sobre lo que está sucediendo en los últimos tiempos.
Fontana hace que el autor de
Homenaje a Cataluña, entre en
escena al lado de Robert Conquest, que, como profesor en Stanford, ganaría
más adelante una reputación como “sovietólogo”, ambos
señalados como personajes de importancia en Information Research Department
(IRD), creado en 1948 para ‘combatir la propaganda comunista y defender los
ideales del socialismo democrático’, una entidad que se convertiría
en una fuente importante de contrainformación del imperialismo británico
en la guerra fría. Fontana añade que “Orwell tuvo el 29 de
marzo de 1949, mientras estaba en un sanatorio, grave¬mente enfermo de
tuberculosis, una entrevista con Celia Kirwan, del IRD, en que, según
informaba ella misma, «discutimos algunos aspec¬tos de nuestro
trabajo con gran confianza”. Le envió una lista de “criptocomunistas”
—con nombres como Graham Greene, Priestley, AJ.P. Taylor, Spender,
Colé, etc.—, diciendo «no es mala idea tener una lista de la
gente que no es de fiar». Estas listas, que contenían comentarios
más bien indecentes sobre raza, costumbres sexuales o deficiencias
físicas, son todavía parcialmente secretas”. Cita una autoridad
como Perry Anderson, que dice: “Las convicciones políticas que llevaron
a Orwell a colaborar con los servicios secretos británicos no
son ningún misterio: estaba buscando de conseguir que "La voz de América"
y el ejército norteamericano de ocupación en Alemania financiasen
al mismo tiempo la difusión de su obra”. Esta constatación
–de la que no dudamos- lleva a Fontana a concluir con una apreciación
a nuestro parecer, temeraria: “la compleja y decepcionante historia de izquierda
heterodoxa en la guerra civil española tiene también mucho
que ver en este giro final del escritor (p. 129).
En la misma red, caza a Orwell, y a la “izquierda heterodoxa en la guerra
civil española”, con la que ha tenido sus propios litigios. No sé
muy bien que abarca dicha heterodoxia, pero parece obvio que se refiere a
las aventuras de algunos expoumistas, sobre todo de Julián Gorkin,
y posiblemente también a John dos Passos o Frank Borkenau, autores
de sendos testimonios sobre el destino de la revolución, así
como sobre la intervención soviética. Esta pincelada
sin un antes y un después efectúa la siguiente carambola: liga
a Orwell con Robert Conquest, y después con “la compleja y decepcionante”
historia de ¿toda? la izquierda heterodoxa.
Si vamos por parte, Robert Conquest nunca tuvo nada que ver con dicha izquierda,
y su biografía no es la de “un desertor del campo de la victoria”,
que fue una buena definición de Orwell. Conquest fue un anticomunista
sin complejos, dicho de otra manera, aplaudió la intervención
norteamericana en el Vietnam, el golpe militar en Chile en 1973. Como “cold
warrior” profesional, su enfoque no ofrece dudas: el estalinismo es la consecuencia
lógica de la revolución de Octubre. Trotsky era igual que ra
igual que Stalin, y por lo mismo, el POUM no era menos totalitario
que los que lo persiguieron, ya se sabe, es el canon establecido desde la
derecha reaccionaria.
Por otro lado, la izquierda heterodoxa de la guerra española abarca
mucho más que Orwell y los expoumistas que acabaron escogiendo el
“mundo libre”. Estaba todo el anarcosindicalismo internacional, sectores
muy amplios de la izquierda socialista como la representada por el ILP o
el PSOIP francés, liderado por Marceau Pivert, los trotskistas, los
surrealistas, y un largo etcétera. Cierto es que algunos de ellos,
se hicieron anticomunistas –padecieron lo que en los medios trotskistas se
llamaba “stalinofobia”-, y algunos tuvieron un asiento en los montajes culturales
del imperio. Cierto, lo mismo que numerosos comunistas que habían
ejercido como estalinianos, todo lo describió Isaac Deutscher en un
texto célebre, Herejes y renegados. Dicho de otra manera, el cupo
de los renegados fue mucho más amplio.
Verdad es que los acontecimientos que rodearon la intervención soviética
en el campo republicano, fue un factor muy importante. Tanto es así
que el exilio republicano casi podía dividirse entre los comunistas
y los anticomunistas. Pero también influyeron otros eventos como el
pacto nazi-soviético, el cisma yugoslavo (muy importante en el seno
del PCE), la revolución húngara de 1956, el XX Congreso del
PCUS, sin olvidar el cisma chino-soviético, piedra de toque de la
disidencia maoísta en una época en la que China llegó
a considerar la URSS como el “enemigo principal”. Así, por citar un
ejemplo, cuando el PTE trató de ser reconocido por el “partido hermano”
de China, una de las exigencias de este fue que apoyaran la entrada de España
en la OTAN como vía de contrapesar la influencia rusa. En el caso
de Orwell, se dio además la particularidad de haber vivido un viaje
que comenzó en la órbita de la política oficial comunista,
y tratando de incorporarse a las Brigadas Internacionales, pero que acabó
tras los sucesos de mayo, el secuestro y la muerte de Nin con toda la campaña
contra la presunta “Quinta Columna”, y el mismo amenazado como “trotskista
fanático”.
Se ofrecía por lo menos un mayor matiz. No lo da Fontana eN este punto.
Tampoco lo hace con otro personaje de la izquierda heterodoxa como Bertrand
Russell que es mencionado primero, entre los que dieron su apoyo en 1950
al Congreso para la Libertad de la Cultura (p. 1269, y al que después
se resalta su presencia en el CND (Campaign for Nuclear Disarmement). Un
detalle que podría ser ampliado con el último Russell, el que
creó el Tribunal para juzgar los crímenes de guerra norteamericanos
en el Vietnam. Así pues, como todos lo que en un primer momento apoyaron
el Imperio, lo siguieron haciendo. Lo hicieron en un momento en que creyeron
que la URSS de Stalin era la mayor amenaza para la paz mundial, un error
que. Para los que no habían olvidados sus ideales democráticos
y socialistas, fue incubado por las atrocidades estalinianas (que Fontana
no se olvida en enumerar), y también por un falta de perspectiva como
la que mostró Isaac Deutscher. Este no fue el caso exclusivo de Russell,
otros como Dwigth MacDonald, Mary McCarhy o Stephen Spender, también
lo hicieron.
Nadie sabe como habría acabado Orwell, y la hipótesis de un
giro final hacia la derecha no está descartada. Desde luego, no habría
sido desde el único, y mucho menos el último. Fueron
muchos entonces, y lo serían muchos más después, sobre
todo en las últimas décadas del siglo pasado, cuando partidos
comunistas enteros se mudaron de ideales. Pero con Orwell hay al menos
dos cosas que son ciertas, primero, que sus repugnantes notas escritas para
Celia Kirwan (por cierto, una laborista de izquierda, una corriente que en
1936 fue frentepopulista y que en 1945 era intensamente “prosoviética”),
datan de cuando ya estaba prácticamente terminal, profundamente enfermo.
Segundo, que dichas notas ensucian toda su trayectoria hasta aquel momento.
Hasta aquel momento, Orwell destacó como uno de los principales
promotores de una organización alternativa, la Freedom Defence Committee,
en reacción contra la actitud del NCCL. Ocupó la vicepre-sidencia
al lado del crítico de arte anarquista Herbert Read (el presidente),
y de otras personalidades como E. M. Forster, Bertrand Russell, Ciryl Connolly,
Arthur Koestler, Victor Gollanz, etc. De aquí surgió otro intento
más amplio, por iniciativa de Koestler, Russell y Gollanz, que debía
llamarse “League for Dignity and Rights of Man;” fue Orwell quien escribió
los fines de la nueva organización que tenía un doble objetivo:
primero la clarificación teó¬rica y luego la acción
práctica. Desde su punto de vista se trataba de clarificar qué
significaba la palabra democra¬cia después de todo lo que había
ocurrido en el mundo desde que se conoció su primera definición.
Entre los nuevos principios que defendía había cuatro muy intere¬santes
y que definían las principales funciones del Estado:
--1. Garantizar al ciudadano una igualdad de oportuni¬dades desde su
nacimiento.
--2. Protegerle contra la explotación económica, sea por individuos
o por grupos.
--3. Protegerle contra las trabas u obstáculos a su crea¬tividad.
--4. Cumplir sus fines con un máximo de eficacia y un mínimo
de contrariedades.
Entre las acciones prácticas que se planteaba, figuraba la de
fundar una revista dedicada a denunciar todas las leyes represivas ya exigir
la libertad de los prisioneros por opiniones políticas. Sus concepciones
democráticas socialistas radicales - siguieron sin tener una traducción
práctica y le llevaron a distanciarse del laborismo, incluso del sector
más izquier¬dista encarnado en Aneurin Bevan, en el que concibió
ciertas ilusiones y al que describió como «el más extremista
y el más internacionalista» , amén del más obrerista
de los diputados laboristas, pero que se había perdido «en toda
esa administración de viviendas y hospitales» sin plantear¬se
seriamente una perspectiva socialista. Criticó en un principio al
gobierno laborista por no haber abolido:
-- 1 ) Las escuelas privadas,
--2) La Cámara de los Lores y;
-- 3) Los títulos nobiliarios. En un balance posterior, escrito en
un artículo que dejó inconcluso, volvió a insistir en
su actitud desa¬probatoria, pero en esta ocasión de una forma
mucho más amarga, desengañado tras tres años de un gobierno
laborista que no había logrado realizar ningún cambio fundamental
en la sociedad británica, ni siquiera había sido capaz de defender
a los trabajadores frente a la crisis económica, y mucho menos apoyar
la independencia de la India en cuyo subdesarrollo estaba interesado el mundo
occidental, ya que conseguía gran parte de sus riquezas gracias a
la opresión de las colonias .
Durante bastante tiempo, Eric Blair colaboró con el National Council
for Civil Liberties (Consejo Nacional para las libertades cívicas),
hasta que descubrió que, desde que los comunistas se habían
apoderado de su organización, las causas en las que los perseguidos
eran miembros anarquistas o de la izquierda antiestalinista, eran abiertamente
desatendidas. Esto fue lo que ocurrió cuando Scotland Yard efectuó
un «raid» en las oficinas del periódico ácrata
War Commentary (que había sucedido a Freedom) y se llevó la
lista de abonados. La acusación era la de atentar «contra la
moral de las tropas de Su Majestad». Orwell vio en este hecho un intento
de recortar el derecho de expresión y firmó un manifiesto en
contra, junto a Herbert Read, T. S. Eliot, E. M. Foster y Stephen Spender.
Parece como si Fontana hubiera querido excomulgar a Orwell por haber perpetrado
un grave pecado al punto de fallecer, y que con el quisiera ajustar
las cuentas a toda la izquierda heterodoxa de la guerra civil española
que fue entonces perseguida nada menos que por formar parte de la “Quinta
Columna”. Desde luego, el haber conocido en directo este horror, tuvo mucho
que ver con el complejo camino de algunos de los antiguos componentes de
la izquierda heterodoxa. Sólo de algunos.