La columna de los ocho mil: una
tragedia olvidada
Ángel Hernández García
El 5 de agosto de 2005, en el marco de la semana cultural de las fiestas
patronales de Llerena, se estrenó la versión definitiva del
documental
La columna de los Ocoo mil. Atrás quedaban casi
dos años de trabajo por parte de los miembros de la
Asociación Cultural Mórrimer
y de una legión de desinteresados pero imprescindibles colaboradores.
La tarea no era fácil. Por un lado teníamos que poner en pié
una emotiva y desconocida tragedia de la Guerra Civil Española, para
contarla de manera audiovisual; con todas las virtudes y limitaciones de
este medio. Y por otra, hacer frente a los infinitos problemas técnicos
que un proyecto de esta magnitud plantea a una organización tan humilde
como la nuestra. Pero la historia lo merecía. Y las víctimas.
Y sus familiares, muchos de los cuales han pasado casi 70 años sin
saber lo que ocurrió, ni el lugar donde está enterrado su padre,
o su abuelo, o su tío. Para ello también teníamos que
hacer frente a nuestros propios fantasmas y a los de la sociedad española,
que todavía no ha digerido convenientemente los sucesos derivados
de la Guerra Civil y la posterior represión franquista. El resultado
es un documental de 68 minutos de duración en el que han participado
o colaborado desinteresadamente casi cien personas, producido por una asociación
cultural sin ánimo de lucro de Llerena. A otra productora le hubiese
costado muchos millones de las antiguas pesetas.
Desde el punto de vista de la documentación, la inmensa mayoría
de los libros que abordan la Guerra Civil en Extremadura no hablan de esta
historia. Parece difícil de creer que una tragedia que afectó
a miles de personas de unos 50 pueblos diferentes de las provincias de Badajoz,
Huelva y Sevilla fuese desconocida por tantos y tantos especialistas en la
materia, pero es así. Se pueden contar con los dedos de la mano los
artículos que hablan de la columna. Autores como Pons Prades, Justo
Vila Izquierdo, José R. Vázquez Domínguez y Vitorio
C. Rafael Quintana la mencionan en sus escritos. Sin olvidar el comentario
de Miguel Hernández en uno de sus relatos y la versión de los
sucesos que el escritor Manuel Vilches hace en una de sus obras. Recientemente,
Francisco Espinosa y José María Lama; y en menor medida Manuel
Martín Burgueño, han tratado el tema más profundamente.
El trabajo de estos tres autores fue nuestro punto de partida. Y la colaboración
desde el principio, sobre todo de los dos primeros, ha sido vital en la elaboración
del documental. Pero sería deseable la aparición de nuevas
investigaciones sobre algunos aspectos un tanto difusos de la historia y
de estudios a nivel local de algunos de los pueblos con personas afectadas
por la tragedia.
Para la correcta realización del documental era imprescindible que
aparecieran testimonios orales de personas que vivieron los hechos. Uno de
los principales objetivos que nos planteamos desde el principio era minimizar
la voz en off y que estas personas aparecieran narrando lo ocurrido. Así
que nuestra principal labor fue la localización de testigos directos
de la tragedia que estuvieran dispuestos a colaborar con sus testimonios.
Por un lado le darían validez a la historia y por el otro nos ayudarían
a recomponer algunas partes que no estaban muy claras. La estrategia que
utilizamos fue contactar con historiadores locales de algunos de los pueblos
afectados y con diversas personas interesadas en colaborar en la búsqueda.
Entre ellos podemos destacar a Andrés Oyola, Cayetano Ibarra, Andrés
Serrano, José Ignacio Jiménez, Antonio González, Luis
Garraín y Manuel Lima. Ellos nos ayudaron contactar con las 18 personas
que aparecen en el documental contando sus vivencias. Estos 18 testimonios
son el alma del documental, y no es plato de buen gusto ponerse delante de
una cámara y contar algo tan doloroso. Hay que tener mucho valor.
Otros no quisieron, o no pudieron.
El 18 de julio de 1936 una parte del ejército español se subleva
contra la autoridad legalmente establecida del gobierno de la II República.
El alzamiento triunfa en buena parte de España, pero fracasa en lugares
tan importantes como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao. Ante esta situación,
los militares golpistas deciden conquistar por la fuerza los territorios
que no controlan, comenzando por la capital: Madrid. Para ello, y ayudados
por aviones alemanes, transportan a la península el contingente militar
del norte de África. Estas tropas eran las más preparadas de
todo el ejército español y estaban al mando del general Franco.
En ese momento el papel de Sevilla, controlada días atrás
por Queipo de Llano, será determinante para el desarrollo de los acontecimientos
en estas primeras fases de la Guerra Civil.
El 2 de agosto, tan sólo 15 días después del alzamiento,
salen de Sevilla las primeras columnas hacia Madrid al mando del comandante
Castejón y el teniente coronel Asensio. La ruta elegida es a través
de Extremadura utilizando la Vía de la Plata. Su objetivo es conquistar
la capital y unir los territorios controlados por los militares golpistas
del norte y sur peninsular. Estas tropas son las que toman todas las poblaciones
sobre las que discurre la Vía de la Plata; así como otros puntos
estratégicos como Llerena. También serán las que avancen
sobre Badajoz, ya con Yagüe y Tella en escena. Llevan la consigna de
proceder a la ejecución sistemática y organizada de todos aquellos
implicados con la República y con partidos, sindicatos y organizaciones
de izquierda en los pueblos tomados. Los sangrientos sucesos de Badajoz tras
la toma fueron el ejemplo más conocido de las prácticas represivas
por parte de estas tropas. Estos hechos generaron el éxodo de miles
de republicanos que intentaban escapar del horror y la muerte huyendo hacia
el suroeste de la provincia de Badajoz, aún territorio bajo control
del gobierno de la República.
Una situación similar se estaba desarrollando en el norte de la provincia
de Huelva. Durante la república, la zona minera de Riotinto y Nerva
estaba muy poblada por mineros venidos de toda España y era un foco
importante de partidos y organizaciones de izquierda. El 15 de agosto, tras
la conquista de Badajoz, salen de Sevilla y de Huelva importantes fuerzas
hacia la zona. Localidades como Aracena, Cortegana, Zalamea la Real, Nerva
y Riotinto caen bajo el poder de las tropas golpistas. Esto provoca el exilio
y la huida de miles de personas, primero hacia el todavía republicano
sur de Badajoz y después hacia Madrid. En este éxodo destacaron
varias columnas de mineros bien pertrechadas. Entre ellas la llamada Columna
Espartaco. Estas columnas van haciendo escala a finales de agosto y principios
de septiembre en localidades como Fregenal de la Sierra y Valencia del Ventoso,
donde se aprovisionan principalmente de comida. Al paso de las columnas,
muchos extremeños se unen a ellas intentando escapar. Un ejemplo de
ello es el testimonio de Francisco García Girol, antiguo miliciano
de Fuente de Cantos. Se une a una de ellas en Valencia del Ventoso cuando
la columna avanzaba en dirección a Castuera a través de Llera
y la zona del río Matachel. Consiguieron llegar, pero fueron
duramente hostigados en el camino por fuerzas golpistas. Eran unas dos mil
personas bien pertrechadas.
En la segunda quincena de agosto son conquistados un buen número de
pueblos al sur de Badajoz capital como Santa Marta, Feria, Almendral, Bancarrota
y Villanueva del Fresno. De esta manera, a finales de agosto la bolsa republicana
se limita a las comarcas de Jerez de los Caballeros y Fregenal de la Sierra.
Todos los pueblos cercados se ven desbordados ante la llegada de miles de
personas en desbandada. Alojar y alimentar a tanta gente se convierte en
un serio problema.
Otra ruta de escape era Portugal, obviando la afinidad del régimen
portugués con los sublevados. Durante la toma de Badajoz, el ejército
portugués había entregado a las tropas golpistas a todos aquellos
republicanos que se habían aventurado a cruzar la frontera. A pesar
de estos antecedentes, un importante grupo acabó en Portugal. Primero
se les confinó en un campo de refugiados y después, gracias
a la intervención del teniente Augusto Seixas fueron embarcados en
el buque Niassa y llevados a Tarragona. Con su actuación, el militar
portugués salvo la vida de 1.435 personas, arriesgando su propia carrera
militar.
El 14 de septiembre caen Segura de León y Burguillos del Cerro. La
suerte estaba echada para el resto de pueblos de la bolsa. Sólo de
Segura de León huyen más de quinientas personas. Los desplazados
de Burguillos llegan a Jerez de los Caballeros, donde se unen a otro gran
contingente de huidos. Todos acaban concentrándose en Fregenal de
la Sierra. La situación de esta localidad, que duplica o triplica
su población es caótica. El día 15 de septiembre amanece
con miles de personas acampadas en la estación de trenes desesperadas
por encontrar una salida de la ratonera.
La ruta a seguir estaba ya decidida. Intentarían llegar al enclave
republicano de Azuaga aventurándose a cruzar la Vía de la Plata
cerca de Fuente de Cantos. La idea era utilizar vías de comunicación
secundarias para intentar pasar inadvertidos, recorriendo unos 100 Km. de
caminos. Una vez en Azuaga, llegarían a zona republicana segura y
el camino hacia Madrid estaría abierto. Había un gran riesgo
en esta operación porque toda esta zona estaba en poder de los militares
golpistas.
El primer grupo del que tengamos noticias que utiliza esa ruta es el formado
por unos setecientos hombres a caballo bien pertrechados. Hay testimonios
de vecinos de Fuente del Arco y de personas que vivían en los cortijos
de la zona que los ven pasar en torno al 15 de septiembre. Este grupo no
fue atacado, quizá debido a la rapidez con que se movían.
Todo lo relativo a la columna de los ocho mil fue organizado por dirigentes
socialistas de la provincia de Badajoz. Las decisiones más importantes
sobre el futuro de la columna se tomaron en una asamblea celebrada en Valencia
del Ventoso a principios de septiembre. En la reunión participaron
figuras republicanas y socialistas de cierta relevancia como el diputado
en Cortes Sosa Hormigo, el alcalde de Zafra José González Barrero,
el alcalde de Fuente de Cantos Lorenzana; o José Francisco Gómez,
secretario del ayuntamiento de Almendralejo. Algunos de ellos formarían
parte días después de la columna.
La columna sale el 15 de septiembre por la mañana de la estación
de tren de Fregenal de la Sierra. El papel de los guías era clave
en el recorrido por caminos en territorio enemigo. Cualquier decisión
equivocada podría significar una catástrofe. Uno de ellos era
un práctico de la estación llamado Comas. Otro era un vecino
de Fuente de Cantos llamado Peñas que había trabajado de medidor
de tierras y conocía la zona.
El número total de integrantes de la columna nunca lo sabremos. Francisco
Espinosa y José María Lama hablan de unas ocho mil personas.
Este número da nombre a la expedición: La columna de los ocho
mil. La mayoría de sus miembros eran personas sencillas, que huían
de sus pueblos por miedo o por sus ideas políticas. También
mujeres y niños. Familias enteras que llevaban en bestias de cargas
los pocos enseres a los que no habían querido renunciar.
Algunos autores señalan que avanzaban dos columnas por separado. La
primera de ellas se movía más rápidamente y estaba formada
por unas dos mil personas.
Detrás le seguía la gran columna de unos seis mil componentes.
Este tema está sujeto a nuevas investigaciones. Nuestros testimonios
no lo dejan claro y simplemente hablan de "la columna". Sea como fuere, nuestra
opinión es que marchaban de manera compactada y organizadamente. La
red de caminos de la zona es enorme y no creemos que los grupos descolgados
hubieran podido seguir avanzando por la ruta correcta.
Entre Fregenal de la Sierra y Segura de León, la columna utiliza el
camino conocido como camino viejo de Fregenal. Tras pasar Segura de León,
la columna se interna en la Cañada Real Leonesa Occidental, en dirección
a Fuente de Cantos. En un principio, se barajó la idea de intentar
tomar Segura de León, pero se desecha y se sigue adelante. Un problema
importante era cruzar la Vía de la Plata. El lugar elegido está
a unos tres Kilómetros al sur de Fuente de Cantos. En este punto,
la columna abandona la cañada real y se dirige campo a través
hacia la carretera. Cruzaron de noche para evitar posibles refriegas con
los sublevados. Francisco Gato nos cuenta que incluso pasaron tres o cuatro
vehículos por la carretera mientras cruzaba la columna.
Tras cruzar la Vía de la Plata, la columna se interna en la Senda,
un conocido camino que atraviesa de oeste a este los términos de Montemolín,
Puebla del Maestre y Llerena, a través de un paisaje de dehesas. El
efecto visual que producirían miles de personas avanzando por el camino
debería de ser impactante. Lo primero que se veía de la columna
era una gran nube de polvo provocada por la sequedad del terreno en época
estival. El avance estuvo marcado por las tremendas dificultades padecidas.
El principal problema era la falta de agua. Había sido un verano caluroso
y los arroyos y charcas estaban secos. Cada familia llevaba sus propias provisiones.
Atravesaron varios cortijos importantes como Gallicanta o el Puerto del Águila,
donde consiguieron víveres; a veces de manera violenta. A pesar de
las dificultades, se avanzaba a marchas forzadas. Sabían el peligro
que corrían. Para hacer frente a posibles ataques, la vanguardia estaba
compuesta por milicianos armados. Un armamento irrisorio. Escopetas de caza,
fusiles y alguna bomba de mano de fabricación casera. Varios testimonios
nos hablan de una mujer a caballo que iba continuamente arengando y animando
a los miembros de la columna para que continuaran avanzando.
Era conocido por los mandos nacionales de Sevilla, encabezados por Queipo
de Llano. Tenían informadores en la zona. Incluso enviaron un avión
de reconocimiento para ver los movimientos de la columna. A pesar de que
sabían perfectamente que era una columna de fugitivos, decidieron
atacarla como si de un ejército regular se tratase. Tenían
conocimiento hasta del limitado armamento que llevaban. Simplemente debían
elegir el momento y el lugar donde atacarla.
Las fuerzas nacionales encargadas del ataque estaban compuestas por una compañía
del regimiento Granada, reforzados con guardias civiles y falangistas. El
contingente era parte del destinado en Llerena bajo las órdenes del
comandante Gómez Cobián. En total unos quinientos hombres bien
pertrechados. Antonio Perozo nos contó como vio pasar parte de estas
tropas cuando se dirigían hacia Reina, desde la huerta de su familia
situada a las afueras de Llerena. También los vecinos de Reina las
vieron atravesar el pueblo en dirección al lugar del ataque. Por estas
fechas se encontraba acantonado en Llerena un contingente de tropas cercano
a los mil efectivos. Tres semanas atrás, el 31 de agosto, un importante
grupo de milicianos republicanos conocido como "Columna Sediles" salió
de Azuaga con intenciones de tomar Llerena. A pesar de que Llerena se encontraba
bastante desguarnecida, el ataque fue rechazado. Pero hizo concienciar al
mando sublevado de la delicada situación de Llerena en relación
a la estratégica línea de ferrocarril que une Sevilla y Mérida.
Este hecho provoca que se concentren tropas en esta localidad con el propósito
de conquistar Azuaga, asunto que se llevaría a cabo el 24 de septiembre.
Parte de estas tropas participarían en el ataque a la columna de los
ocho mil. No creemos que los miembros de la columna fueran conscientes del
aumento de efectivos militares en torno a Llerena. De ser así, seguramente
hubieran cambiado su ruta de escape.
Al caer la tarde del 17 de septiembre, la columna dejó la senda y
se internó en la cañada real del Pencón. Estaban ya
muy cerca de la vía del tren y con ello de la llegada a zona republicana.
No sabían que a pocos kilómetros el ejército sublevado
les esperaba. El lugar elegido para la emboscada fue el Cerro de la Alcornocosa,
junto a la Cañada Real del Pencón. Un paraje cercano a los
pueblos de Reina y Fuente del Arco, y a pocos kilómetros de la vía
del tren. Seguramente se eligió este lugar por las facilidades de
comunicación que ofrecía. Los sublevados montaron estratégicamente
varias ametralladoras en la parte alta del cerro. En cuanto la columna estuvo
a tiro iniciaron el ataque. Desde una posición privilegiada, las tropas
golpistas masacraron a milicianos y civiles, superiores en número,
pero prácticamente desarmados.
En medio de la confusión y el horror, la columna se partió.
Unos lograron pasar. Otros, los más retrasados, pudieron dar marcha
atrás. Muchos salieron huyendo en desbandada, aterrados, hacia las
sierras vecinas sin saber a donde ir. Amigos y familiares que se separaron
en ese momento no se volverían a encontrar en la vida. Durante la
noche, en medio de la confusión y el pánico, hubo sucesos violentos
de todo tipo. Muertes, terror, desconcierto. Incluso ardieron algunas sierras
de la zona. El resultado, según las cifras oficiales fue de ochenta
muertos y treinta heridos, aunque nunca sabremos el número exacto
de bajas. En la confusión del ataque y de la noche, hubo milicianos
que fueron asesinados por sus propios compañeros para impedir su huida.
La suerte para los que sobrevivieron al ataque fue dispar. Quienes consiguieron
pasar tenían como objetivo cruzar la vía del tren, situada
a dos o tres kilómetros del lugar de la emboscada. Aquellos que lo
lograban llegaban a zona republicana y acababa el peligro. Sin embargo los
militares golpistas les reservaban una última sorpresa. En la vía
estaba emplazada una máquina de tren y dos vagones con soldados disparando
contra todo aquel que intentaba cruzarla. Seguramente, sería parte
del dispositivo utilizado para transportar las tropas. A pesar de ello, un
goteo constante de personas consiguió pasar y llegar durante esa noche
y los días siguientes a Valverde de Llerena y Azuaga. Algunos heridos
en mal estado y todos agotados. Azuaga en esas fechas era un autentico hervidero
de gente. Algunos de los que lograron llegar, como Miguel Santana, nos describieron
la situación y nos contaron como salían continuamente trenes
llenos de personas hacia Madrid a través de Peñarroya. Estos
trenes pertenecían a la línea de ferrocarril de vía
estrecha que unía Fuente del Arco, Azuaga y Peñarroya. Muchos
de estos milicianos acabaron recibiendo formación militar en Madrid,
ciudad que preparaba su defensa. Algunos batallones se formaron casi enteramente
con milicianos extremeños. Entre ellos destacó el llamado "Batallón
de los Castúos".
Diferente destino corrieron todos aquellos que retrocedieron tras el ataque.
Durante la noche, en medio de una desorganización generalizada, muchos
se desperdigaron por las sierras vecinas sin conocer el terreno y sin saber
a dónde ir. Su futuro era incierto. Si regresaban a sus pueblos, en
la mayoría de los casos les esperaba la muerte. Un ejemplo de ello
fue lo que le ocurrió a Lorenzana, alcalde de Fuente de Cantos. Fue
apresado cerca de esta localidad, torturado y ejecutado. Comas, uno de los
guías de la columna, sufrió una suerte similar cuando volvió
a Fregenal.
Algunos miembros de la columna estuvieron meses vagando sin rumbo fijo. Avanzaban
de noche y se escondían durante el día de las partidas de guardias
civiles y miliares que les acosaban incansablemente. Como resultado de continuas
refriegas muchos perdieron la vida y otros cayeron presos. Quizá la
más notable de estas escaramuzas fue la protagonizada por el teniente
de la guardia civil Antonio Miranda Vega. Francisco Espinosa y José
María Lama hablan de veinticinco muertos y cincuenta detenidos, entre
ellos diez mujeres. Martín Bargueño la sitúa en el paraje
conocido como Zanje y cuenta como enterraron a los muertos en el mismo lugar
de la refriega.
Días después del ataque, muchos cadáveres permanecían
sin enterrar. Para paliar esta situación, los habitantes de los cortijos
más cercanos procedieron a incinerarlos en una pequeña era
situada junto al lugar de la encerrona. Los restos que quedaron fueron arrojados
al pozo de San Antonio, un lugar de extracciones mineras situado a poca distancia.
Algunos vecinos de Reina fueron requeridos para ayudar en las tareas de enterramiento
de los numerosos cadáveres. Miguel Muñoz y Juan Moreno, nos
mostraron varias de estas sepulturas anónimas. La familia de Miguel
Muñoz es propietaria de una parte de La Alcornocosa. En el transcurso
de una jornada de caza con un tío suyo en 1941, Miguel Muñoz
encontró escondida bajo una piedra una petaca con 375 pesetas en dinero
republicano y un vale de pan de Valverde de Burguillos. Su alegría
inicial duró poco, ya que era dinero sin validez legal. Todavía
conserva el dinero y lo mostró ante nuestra cámara.
Otro vestigio de la tragedia es una encina situada junto a la Senda. Dos
cruces permanecen grabadas en su tronco. Quizá señalando algún
enterramiento cercano. Los lugareños también recuerdan un macabro
suceso ocurrido en el cortijo de las Malpicas. Al parecer, en una refriega
murieron seis o siete personas y fueron enterradas apresuradamente en ese
lugar. En el cortijo vivía un porquero que huyó aterrorizado.
Los cerdos, acosados por el hambre y la sed, escaparon de la zahúrda
y se alimentaron con los cadáveres a medio enterrar.
Otro de los sucesos importantes derivados del ataque fue la captura, sin
utilizar medios violentos, de un gran número de prisioneros por un
reducido grupo de militares y falangistas dirigidos por el capitán
Gabriel Tassara. Este punto es uno de los más desconocidos de toda
la historia y esta sujeto a la aparición de nuevos estudios sobre
el particular. Al parecer, el capitán Tassara, destinado en Fuente
del Arco, se disfrazó de miliciano y utilizando una bandera republicana
y un megáfono consiguió engañar a un numeroso grupo
de miembros de la columna; haciéndoles creer que les iba a ayudar.
Martín Burgueño sitúa estos hechos a cuatro o cinco
kilómetros del lugar del ataque, en un paraje ubicado en la cañada
real del Pencón, junto al Cerro de la Guedija y el Entalle. Algunos
no creyeron al capitán Tassara y continuaron su camino. Sin embargo,
unas dos mil personas cayeron en la trampa y fueron conducidas hasta Fuente
del Arco. De camino, junto al cortijo de La Castora, consiguieron desarmarlos
con la promesa de darles mejores armas. Días más tarde, aquellas
armas abandonadas serían llevadas a Fuente del Arco en fardos a lomos
de burros. Algunas de ellas han llegado a nuestros días.
Así que engañados y desarmados son llevados a Fuente del Arco
a través del camino de Calaguera. Entran en el pueblo por el barrio
de las Erillas. Todo está preparado para darles la bienvenida. Tropas
de regulares aparecen apostadas en lugares estratégicos cerrándoles
el paso ante posibles fugas. Muchos vecinos del pueblo los ven pasar desde
sus casas. Al llegar a la plaza son rodeados y se descubre el engaño
al cambiar la bandera republicana que ondeaba en el ayuntamiento por otra
nacional. Podemos imaginar la desesperación de aquellas personas al
saberse presas. Algunos reaccionaron arrojando al suelo el dinero republicano
que llevaban. Allí mismo, en un rincón de la plaza fueron ejecutadas
varias personas. Algunos prisioneros intentaron escapar a través de
los tejados de las casas, pero fueron detenidos y fusilados. El grupo fue
conducido después hasta la estación de ferrocarril donde les
esperaba un tren para ser transportados a Llerena. El convoy, repleto de
prisioneros, tuvo que avanzar lentamente al paso de las caballerías
de los presos que lo escoltaba.
En el documental situamos el engaño en la mañana posterior
al ataque. El grupo afectado estaría compuesto por personas que se
vuelven atrás, huyendo de la violencia de la noche anterior. Aunque
también es posible que los hechos se desarrollaran un día antes,
en la mañana anterior al ataque. De esta manera, el grupo que el capitán
Tassara engaña tuvo que ser el supuesto primer grupo de dos mil personas
que avanzaba delante de la gran columna de seis mil personas. Todo esto suponiendo
que la columna avanzara partida, claro. Pero nosotros no hemos encontrado
evidencias de que avanzaran dos columnas diferentes. Ni de los antiguos integrantes
de la columna, ni de los habitantes de cortijos de la zona, ni de los vecinos
de Fuente del Arco. Y una de nuestras mejores fuentes para este particular
es Miguel Santana, que formaba parte de la vanguardia de la columna junto
a otros hombres armados. De todas formas, tendremos que esperar nuevas investigaciones
para saber con detalle como se desarrollaron los hechos de este sorprendente
suceso.
La tragedia tuvo repercusión en diversos medios de comunicación.
El mismo día 18 por la noche, el general Queipo de Llano lo menciona
en una de sus típicas soflamas radiofónicas. Al día
siguiente, en la edición del ABC de Sevilla aparece la noticia. El
tratamiento de la información es propio del ABC de la época.
A los refugiados los llama marxistas fugitivos y la cruel encerrona la convierte
en victoriosa batalla. El mismo día 19, el diario Hoy abre también
con la noticia en portada. Su discurso es similar al del ABC.
Una vez en Llerena, las autoridades se enfrentan al problema de encontrar
lugares donde custodiar a semejante número de personas y a sus caballerías.
Se decide utilizar la Plaza de Toros y un almacén conocido como la
Maltería, situado en la Avenida de la Estación. Este almacén
tenía entonces mayores dimensiones que las actuales. Era utilizado
por la fábrica de cerveza de la localidad. De ahí su nombre.
A las mujeres y los niños los separaron de los hombres. Miembros de
la guardia cívica de Llerena participaron en la custodia de los presos.
Los animales de carga se recogieron en un antiguo almacén de maderas
en la calle de la Aurora.
Como era preceptivo, el primer paso consistía en identificar a los
detenidos. Una vez superado este trámite, se pedían informes
a los ayuntamientos de origen. Algunos rastros de estas peticiones de informes
quedaron reflejados en el Libro de Registro de salida de correspondencia
del Ayuntamiento de Llerena. De este modo, la vida o la muerte de la gran
mayoría de los presos dependió de lo que quisieron contar sobre
ellos sus propios paisanos, convertidos ahora en autoridades locales por
los militares golpistas. No sólo fueron cartas y llamadas de teléfono.
Numerosos alcaldes y personas influyentes del nuevo régimen se desplazaron
a Llerena con el fin liberar a unos y acusar a otros.
Algunos presos se trasladaron a sus pueblos de origen para darles muerte.
Un ejemplo de esto fue lo ocurrido en Zafra. Como señala José
María Lama, veintitrés presos de la columna fueron trasladados
a esa localidad y fueron fusilados en los días sucesivos a su llegada.
Años más tarde, la viuda de uno de ellos consiguió abrir
la fosa donde estaban enterrados y les dio una sepultura digna. Una lápida
del cementerio de Zafra da fe de ello.
Tal como señala Francisco Espinosa, muchos presos andaluces y algunos
otros de especial relevancia fueron trasladados al barco prisión Cabo
Carboeiro, anclado en el puerto de Sevilla. Lo poco que sabemos de este barco-prisión
es que era fácil entrar pero difícil salir.
Todo aquel que no tuvo a alguien que intercediera favorablemente a su favor
fue eliminado. No hubo favoritismos por razones de sexo. Todas las madrugadas,
antes del amanecer, un camión lleno de presos partía con destino
al cementerio de Llerena. Al paso del camión, los vecinos de las casas
cercanas a la Maltería escuchaban los lamentos de los condenados,
que veían cerca su final.
Dentro del cementerio eran fusilados con una ametralladora manejada por un
soldado. Antonio Perozo oyó a este soldado como se vanagloriaba de
lo que hacía. El repique de los disparos se escuchaba en todo el pueblo.
El ritual se repitió obstinadamente durante un mes, más o menos.
A los presos se les obligaba a cavar sus propias tumbas, y muchos de los
cadáveres fueron quemados porque ya no cabían en las fosas.
Nunca sabremos el número exacto de los componentes de la columna que
perdieron la vida en Llerena. Apenas se dejó constancia de ellos en
el registro civil. Varios cientos, quizá más de mil, quien
sabe.... Incluso el poeta Miguel Hernández menciona la matanza en
una de sus obras. Tampoco debemos dejar atrás a todos aquellos ejecutados
en sus pueblos de origen a medida que volvían de su desdichada aventura.
¿Quién fue el responsable de estas acciones? El jefe militar
que había en Llerena en ese momento era Gómez Cobián.
Pero sabemos que recibía órdenes desde Sevilla y que estas
acciones represoras estaban perfectamente planificadas por los generales
golpistas. En una escala inferior estaban personajes como el teniente Miranda
y el capitán Tassara, que recibió la medalla al mérito
militar por tan honorable acción de guerra. Y por supuesto las autoridades
locales, los falangistas, la guardia civil, etc.
Esperamos que el esclarecimiento y difusión de barbaridades como esta
sirva para que valoraremos como un bien preciado los últimos treinta
años de pacifica convivencia y democracia vividos en este país,
y tomemos conciencia del horror que producen las guerras, sobre todo las
guerras civiles.
Bibliografía
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--, La amargura de la memoria: República y Guerra en Zafra (1931-1936),
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