FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 

In memoriam de Pere Pagès (Víctor Alba)

Ignacio Iglesias


La noticia del fallecimiento de Víctor Alba me llegó de esa manera brutal que suelen adoptar las malas nuevas referentes a familiares próximos o a los buenos amigos. No hace mucho que desapareció un viejo amigo y compañero: Eugenio Granell; ahora es otro compañero y asimismo viejo amigo: Víctor Alba. Compruebo con pena que me sobran los dedos de una mano para contar los compañeros que me quedan de aquellos tiempos de lucha en las filas del POUM.

Conocí a Pagès -yo siempre le llamé por su verdadero apellido y no por el seudónimo que adoptó y por el que era conocido- hace ya muchísimos años, allá por enero de 1937, cuando pude llegar a Barcelona, después de no pocas peripecias, de mi Asturias natal, para ingresar como redactor político de La Batalla, entonces diario, de cuya redacción ya formaba parte Pagès. Era muy joven –casi todos éramos jóvenes- pero ya hacía tiempo que había iniciado sus actividades periodísticas, siendo aún estudiante en la Universidad de Barcelona, primero en El Día gráfico y luego en Última Hora, para pasar luego a La Batalla cuando el órgano principal del POUM vio la luz como diario a finales de julio de 1936.

Pagès era un periodista de pies a la cabeza, con curiosidad por y para todo, capaz de forzar todas las puertas y de meter la nariz allí donde acontecía algo interesante y digno de comentar. Puede decirse que llevaba el periodismo de investigación en la sangre, por decirlo así, si bien con los años se fue aplacando a medida que se convertía en un escritor que se dedicaba más al análisis sereno de los acontecimientos y hechos históricos. Fue un trabajador infatigable hasta los últimos días de su existencia y prueba indiscutible es la cantidad de libros que publicó, amén de sus artículos en numerosos diarios y revistas. Salvo poesía -la musa Polimnia no le otorgó sus favores, como me sucedió a mí, dicho sea de paso- escribió sobre todo lo divino y humano. Se le deben, además de dos novelas aceptables, una historia del POUM en cuatro volúmenes, otra del Partido Comunista de España, otra de la segunda República, varios libros sobre la transición española, otros respecto a América Latina, etc.

Nos separó el final de la guerra civil: él cayó preso en Valencia y yo me fui al exilio en Francia. Años más tarde pasó clandestinamente la frontera pirenaica y llegó a Paris, donde volvimos a encontrarnos, creo que a comienzos de 1946. Permaneció en la capital francesa poco más de un año, donde siguió escribiendo y publicando artículos en periódicos y revistas parisinos, además de casarse con una chica francesa, “la Loute” como él la llamaba, simpática e inteligente que le ayudó no poco. Se trasladó luego a Méjico, donde podía tener más amplio campo para sus actividades periodísticas puesto que allí ya residía una gran parte del exilio republicano en el que figuraban bastantes compañeros y conocidos suyos. Y así sucedió, ya que pronto pudo ingresar en la redacción de Excelsior, el diario mejicano de mayor difusión, publicando al mismo tiempo varios libros sobre temas latinoamericanos y sobre Cataluña.

En 1957 se marchó, con su esposa y la hija que habían tenido, a Washington, para ocuparse de las publicaciones de la OEA (Organización de los Estados Americanos) entre las que figuraba Panoramas, una interesante revista de cuestiones sociales. Mas años después, en 1965, se instaló en Kansas, en cuya Universidad inició Víctor Alba su nueva andadura como profesor de ciencias políticas y de historia del movimiento obrero, temas que prosiguió explicando dos años después en la Universidad de Kent, en el Ohio, de cuyo profesorado formó parte hasta finales de los años ochenta en que se jubiló, así como su esposa Loute, que daba clases de lengua y literatura francesas en la misma universidad. Ya jubilados ambos regresaron a España, instalándose en San Pedro de Ribas y luego en Sitges, en las cercan{as de Barcelona, a donde habían trasladado previamente su inmensa biblioteca de mas de veinte mil volúmenes y su importante archivo, donados años mas tarde al Archivo Nacional de Cataluña, al Centro de Estudios Históricos Contemporáneos de la Universidad de Barcelona, a la Biblioteca de Cataluña y al Ateneo barcelonés.

Instalado, pues, en tierras catalanas tropezó con los estalinistas y sus amiguetes, que no perdonaron jamás a los antiguos militantes del POUM de haberles desenmascarado ante los trabajadores, los cuales susurraban por todas partes que Víctor Alba era un agente de la CIA. (Aclaremos que para ellos siempre fuimos agentes de alguien: durante nuestra guerra civil lo éramos de Franco, luego de Hitler y finalmente de la CIA norteamericana.) Nuestro amigo escribió a este respecto: “Dicen que soy pronorteamericano y antiruso, yo, que no soy pro ningún país, ni siquiera del mío. Rechazo el sistema soviético porque se ha apropiado y ha corrompido todos los términos que me son caros. Rechazo el sistema americano porque se pone como modelo. Y no acepto a los que me dicen que si critico a los comunistas hago el juego a McCarthy, ni a los que repiten que si critico a McCarthy hago el juego a los comunistas.” Víctor Alba prosiguió impetérrimo escribiendo sus artículos, publicando sus libros y dando conferencias por todas partes. Era la mejor respuesta a los difamadores.

Fue igualmente un viajero infatigable, puesto que conoció medio mundo. Siempre me he preguntado, asombrado, cómo se las arreglaba para hallar tiempo para sus múltiples actividades. Mantuvimos una correspondencia continua, sobre todo desde su instalación en Kent, hasta hace un par de años en que, sin duda fruto de la edad, remplazamos las cartas por el teléfono. Hablábamos de todo, salvo de las enfermedades que nos aquejaban. En sus Memorias, tituladas Sísifo y su tiempo”, escribió: “No me da miedo morir, pero me cabrea la idea de dejar de vivir y de no ver el desenlace de lo que ahora empieza [...) Me aterra la idea de convertirme en un vegetal envuelto en sábanas”. No ocurrió así, puesto que hasta un par de días antes de su muerte contó con todas sus facultades y su vitalismo, no obstante la enfermedad que le roía el cuerpo. Su recuerdo perdurará en todos los que fuimos sus amigos.
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, marzo 2003



 
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