Libertad y libertades
Ibérica, Nueva York,
15 de abril de 1960
Yo me esfuerzo en ser uno de esos españoles -pocos o muchos- empeñados
casi tercamente en ver las cosas tal como son, con la máxima claridad,
incluso sin imaginación para evitar que las desdibujen nuestros recónditos
deseos. Por eso no puedo ni quiero silenciar esa especie de invitación
al error que se desprende de ciertos artículos publicados en el curso
de estos últimos meses en la revista madrileña
Indice.
Precisamente en una revista que afirma -¡en la España franquista!-
tener por móvil de su lucha nada menos que los objetivos siguientes:
“Poner al descubierto la trampa liberal-capitalista”, “asumir las conquistas
y hallazgos técnicos del socialismo, derivados de la revolución
marxista” y “conseguir un sindicalismo ibérico, de raíz clara
y netamente popular, que ampare a los desposeídos...”
Como no tengo porque poner en duda la buena fe y hasta el sano idealismo
de los autores de tales artículos, me siento verdaderamente en situación
un tanto incómoda. Añadiré, incluso, que no es fácil
decir en España ciertas cosas, sobre todo cuando se dicen con sinceridad:
quienes lo hacen corren riesgo indudable, riesgo que no se me escapa y que
amenaza cortar las alas a toda crítica; En principio, pues, todos esos
críticos de la sociedad burguesa cuentan con nuestra simpa-
tía. Pero... a
micus Plato, sed magis amica veritas. Sí,
la verdad tiene que estar muy por encima de toda amistad y simpatía.
No podemos aceptar que so capa de defender unas actitudes maximalistas, extremosas
en grado sumo e inimaginables en la España de hoy, se condene de hecho,
como se insinúa, todo cambio inmediato de régimen político.
Veamos, por ejemplo, uno de esos artículos: el titulado “Breve crítica
de la libertad burguesa”, aparecido en el nº 128 de la mentada revista.
En el mismo se afirma lo que sigue: “No existe la menor duda –para todo el
que quiera verlo- que la libertad que preconiza el liberalismo burgués
es una libertad abstracta, exclusivamente teórica... Para nadie es
un secreto que, en una sociedad burguesa-capitalista, el grado de libertad
posible depende del dinero, se rige por él, y nunca, por supuesto,
a través de unas formulaciones abstractas más o menos -idealmente-
bien preconizadas”. Y a continuación puede leerse: “Por lo tanto, es
hoy absurdamente utópico hablar de libertad, en tanto que no se ofrezcan
unos medios proporcionalmente iguales a cada uno, para poder realmente ejercerla.
O lo que es igual, no se puede hablar de libertad en tanto que existan unas
diferencias tan abismales entre unas y otras clases sociales”.
Considero que es éste un ejemplo típico de puro nihilismo,
de una especie de iconoclastia contra todo, de agresiva postura que enseña,
más que nada, la oreja
de la precipitación. Es indudable -¿quién lo discute?,
¿quién lo niega?- que el individuo que cuenta con medios económicos
puede sacar en todo momento mayor partido de la libertad que se le ofrece;
este estado de hecho se presenta no sólo en la sociedad “burguesa-capitalista”
a que alude el autor del artículo que comentamos, sino asimismo, lo
cual ya resulta bastante más sorprendente y paradójico, en esa
sociedad “socialista” cuyo máximo exponente es la Unión Soviética.
Mas no lo es, de ninguna de las maneras, afirmar que es absurdamente utópico
hablar de libertad mientras la igualdad social no exista. ¿Es que
nadie, con un mínimo de sentido común, puede decir que el obrero
inglés, el escandinavo, el norteamericano, el de muchos otros países,
sólo goza de una libertad exclusivamente teórica, y que su
respectiva situación a este respecto es idéntica a la del obrero
español, pongamos por caso?
Ese artículo termina así: “El problema de la libertad exige,
pues, que sea replanteado. y como paso previo, buscar solución a las
siguientes preguntas: libertad para qué, para quién y bajo qué
condiciones sociales.” Son las mismas preguntas, poco más o menos,
que hace una cuarentena de años lanzó Lenin a Fernando de los
Ríos, cuando éste se inquietaba de las tendencias dictatoriales
de los bolcheviques. Si Lenin hubiese vivido unos años más,
hubiese encontrado en la realidad soviética las consiguientes respuestas
a sus preguntas. Pero ahora no se trata de Lenin, sino del autor que nos ocupa.
Y a este podemos y debemos responderle a su “¿Libertad para qué?”;
pues para poder luchar por la libertad para todos y en las mejores condiciones
sociales posibles.
En otro escrito publicado en el n° 132 de la revista en cuestión,
dedicado a comentar un libro aparecido recientemente en Madrid con el título
Teoría sobre la revolución [Ignacio Fernández
de Castro, Madrid, Taurus, 1959], se lanzan afirmaciones de la misma o
pareja naturaleza, dignas del mejor coturno nihilista. Hay, entre otras muchas,
una que se nos antoja sumamente falsa y hasta peligrosa, sobre todo refiriéndose
a España y a los españoles. Es ésta: “mientras el orden
burgués permanezca inalterable, serán inútiles cuantas
transformaciones políticas se realicen”. Señalemos que tal
es, asimismo, la conclusión del libro
Teoría sobre la revolución,
escrito por un joven católico rebosante de buenos propósitos,
mas que parece decirnos: “Como nuestro reino no es de este mundo, todas las
transformaciones políticas resultan Vanas”. Sin embargo, toda la experiencia
histórica desmiente tan osado aserto.
Me pregunto, asombrado, si el autor de esas líneas tan erróneas
como desafortunadas se da cuenta del significado de las mismas en el caso
concreto de España. Es como si se dijera al pueblo español:
Soportemos con indiferencia el régimen actual hasta que podamos establecer
en nuestro país el reino de la igualdad; no perdamos el tiempo en luchar
por un cambio político; desechemos toda aspiración republicana,
puesto que “mientras el orden burgués permanezca inalterable, serán
inútiles cuantas transformaciones políticas se realicen”. ¡Y
pensar que por esta cuestión de régimen España se escindió
en dos, hubo más de un millón de muertos y otro medio millón
prefirió irse en busca del amargo pan del exilio! ¿Cómo
es posible tamaña aberración en una cabeza bien sentada sobre
los hombros? o menos que puede afirmarse es que esa seudoideología
con pretensiones revolucionarias es, en el fondo, pese a las buenas intenciones
y mejor fe de quienes la defienden, profundamente reaccionaria.
Creo que esa especie de nihilismo sólo es comprensible, a fin de
cuentas, en quienes se han criado y crecido en un régimen dictatorial,
sin vida política, sin luchas sociales, incluso sin derechos humanos.
Entonces, a los que habitan en esa especie de penumbra, mejor aún,
de opacidad, todo se les antoja igual, pues no llegan ni siquiera a vislumbrar
los contornos de las cosas. En cambio, los que viven en plena luz, en regímenes
más o menos democráticos, donde la vida social no es una farsa,
ni las luchas sociales una ficción, saben distinguir claramente entre
los diferentes regímenes políticos. Los articulistas a que me
vengo refiriendo argüirán, tal vez : “Sí, pero el dinero
sigue siendo todopoderoso”. En efecto, el que cuenta con medios puede editar,
por ejemplo, un periódico, siendo así que quien no tiene el
dinero suficiente no lo podrá hacer, lo cual supone un beneficio distinto
de la libertad. Pero, existe otro aspecto de la libertad, este general: el
de poder adquirir el periódico que uno se le antoje. En Francia, por
ejemplo, el comunista puede leer y lee
L'Humanité, diario del
Partido Comunista; el socialista,
Le Populaire, cotidiano del Partido
Socialista, etc., etc. ¿Es este hecho despreciable, intrascendente,
baladí? Que se lo pregunten al español, obligado a leer la prensa
del régimen, toda ella cortada por el mismo patrón no obstante
los múltiples títulos.
Indudablemente, resulta simpático en grado sumo, incluso alentador,
que en esa España de nuestros días, políticamente desnutrida,
surjan unos cuantos jóvenes con ímpetu hostil hacia las estructuras
sociales dominantes, máxime si esos jóvenes son católicos,
precisamente por lo que el catolicismo español tiene de retrógrado.
Mas tengan cuidado en que ese ímpetu no resulte precipitación
que socave el futuro inmediato del país, que, desde luego, será
de sociales hervores; y pongan atención en que su hostilidad no se
transforme en morbo grave. No hace mucho me correspondió reflexionar
sobre estas palabras de Ortega y Gasset, pronunciadas en el año 1933
-año casi crucial para España -y recogidas luego en su libro
En torno a Galileo- : “Todo extremismo fracasa inevitablemente porque
consiste en excluir, en negar menos un punto todo el resto de la realidad
vital. Pero ese resto, como no deja de ser real porque lo neguemos, vuelve,
vuelve siempre y se nos impone, queramos o no. La historia de todo extremismo
es de una monotonía verdaderamente triste: consiste en tener que ir
pactando con todo lo que había pretendido eliminar”.
Finalicemos con esta rotunda afirmación: esa Libertad -con mayúscula-
de que se nos habla no existe, y uno se pregunta si de veras existirá
algún día; pero sí existen toda una serie de libertades
con minúscula, mas de valor incalculable- que son algo así como
el oxígeno que permite la respiración pública de los
pueblos. Esas libertades son la de expresión, la de conciencia, la
de organización, la de pensamiento, etc. Unos regímenes políticos
las soportan y otros no. Las transformaciones políticas en aquellos
pueblos que perdieron dichas libertades resultan, pues, de una importancia
capital. España es uno de esos pueblos.