Trabajo inédito. 2003
Me parece que ya va siendo hora de que algún joven historiador español
lleve a cabo una rigurosa anatomía del estalinismo -como ha ocurrido
y ocurre en Francia, Alemania, Gran Bretaña, los Estados Unidos y
hasta en Rusia, la heredera de la antigua Unión Soviética-,
puesto que han transcurrido nada menos que cuarenta y siete años desde
que se conoció el llamado
Informe secreto de Jruschev, entonces
primer secretario del Partido Comunista de la URSS y luego jefe del Gobierno,
presentado a los 1.600 delegados al XX Congreso, que tuvo lugar los días
24 y 25 de febrero de 1956, en la sala del gran palacio del Kremlin; y asimismo
pronto se cumplirán los catorce de lo que pasó a la historia
como
la caída del muro de Berlín, acontecimiento del
que arrancó a velocidad casi vertiginosa el estrepitoso derrumbamiento
de la Unión Soviética, que arrastró, primero a Gorbachov
y luego a Boris Eltsin, hasta finalizar, por ahora, en Putin, un antiguo
teniente coronel de la tenebrosa KGB, convertido en la actualidad, como la
totalidad de los miembros de la
nomenklatura del régimen estalinista,
en defensor del capitalismo.
Se dispone, pues, de la perspectiva necesaria y además de la documentación
-aún no toda- procedente de los archivos oficiales de la antigua URSS,
hasta hace pocos años cerrada a cal y canto. Se publicaron asimismo
en francés, alemán, inglés y ruso diversos libros, algunos
muy interesantes, que pusieron de manifiesto lo nefasto de la política
estalinista. Por lo que concierne a la guerra civil española, últimamente
salió a la luz
España traicionada. Stalin y la guerra civil,
basada en documentos oficiales soviéticos y por tanto irrefutable;
y poco antes
Le livre noir du communisme -París, 2000-, que
se refiere al aspecto terriblemente represivo del régimen de Stalin.
Tienen esa dos obras, junto con otras más, que no cito para no alargar
este breve comentario, una dimensión casi única que no es otra
que la hoy reconocida criminalidad del estalinismo, ya que Stalin estableció
su hegemonía, primero en el partido bolchevique y luego en todo el
vasto país sirviéndose de la intriga, de la mentira, del terror
y del consiguiente miedo generalizado, incluso entre sus más próximos
colaboradores, según confesaron Jruschev y otros dirigentes soviéticos.
Ahora bien, esta nueva forma de barbarie no fue otra cosa que uno de los
varios aspectos que ofrece el estalinismo, si bien no cabe duda que resulta
el más visible y horroroso, puesto que el número de víctimas,
directas e indirectas, sumaron varias decenas de millones de seres humanos,
cifra jamás alcanzada en la historia por régimen alguno. Ni
en los tiempos de los faraones, con sus miles de esclavos dedicados a la
construcción de las pirámides, ni en los de los aztecas e incas
con sus sacrificios humanos, ni siquiera el capitalismo con la colonización
de continentes enteros, llegaron a alcanzar las víctimas del estalinismo.
Cuesta no poco trabajo llegar a comprender tanto horror, debido las más
de las ocasiones al capricho del sátrapa del Kremlin o a su enfermiza
obsesión de ver conspiraciones contra él en todas partes, incluso
en los que le rodeaban y mejor le servían. Únicamente una mente
enferma puede obrar como obró Stalin. Boris Souvarine, el autor de
la gran obra
Staline. Aperçu historique du bolchevisme (Paris,
1935), uno de los fundadores del P.C. francés y dirigente del Komintern
en el pasado, fue el primero en señalar que Stalin presentaba todos
los síntomas de padecer una psicosis patológica, basándose
en los estudios del psiquiatra E. Baruk, que describió, entre los
síndromes paranoicos, la necesidad imperiosa de dominio, el odio patológico,
la conciencia moral anestesiada, la desconfianza, etc-, conduciendo todo
ello a reacciones criminales. Aunque con algunos prudentes circunloquios,
no dijo otra cosa Jruschev en su
Informe secreto.
¿Cómo surgió el estalinismo, como Stalin pudo erigirse
en único jefe del partido y del Estado? Ni que decir tiene que el
estalinismo no cayó del cielo, como un fenómeno metereológico
inesperado, ni tampoco por arte de birlibirloque. Tuvo sus raíces
en la forma de organización adoptada por los bolcheviques, con Lenin
a su cabeza, sumamente centralizada y con una disciplina cuartelera, gracias
a lo cual el núcleo dirigente podía imponer su política
a los militantes
manu militari, o sea sin el menor atisbo de democracia
interna. Desde sus inicios, pues, los bolcheviques crearon un partido totalitario,
en el sentido moderno de la palabra, ya que no se limitó a asumir
una dirección férrea, militar, de su movimiento o partido,
sino que agregó la proclamación de su supremacía ideológica
negando a la clase obrera toda capacidad de actuar por su cuenta. Esta concepción
del bolchevismo fue teorizada por Lenin en su folleto ¿Qué
hacer?, publicado en 1902, en el que afirmó que sólo su partido
poseía una conciencia revolucionaria que debía inculcar a las
masas obreras, puesto que éstas, por sí mismas, únicamente
podían llegar a posiciones
tradeunionistas, sindicalistas.
La importancia de ese folleto consiste en que se convirtió en la Biblia
de los bolcheviques. A decir verdad, todo su texto resulta una mezcolanza
de jacobinismo, hegelismo y blanquismo.
Esas concepciones de Lenin, en particular su estricto centralismo, fueron
criticados entonces, entre otros, por Plejanov, el introductor del marxismo
en Rusia zarista, el cual escribió en 1904 lo siguiente: “
Al final,
todo girará en torno a un hombre solo, que ex providentia
tendrá en sus manos todos los poderes”. Poco más o menos
fue lo que también dijo Kautsky, el teórico de la socialdemocracia
alemana. Axelrod, el dirigente menchevique ruso mostró la contradicción
existente entre el objetivo emancipador de la socialdemocracia y el método
leninista, que califica de “
absolutismo burocrático”. Y Trotski,
en su folleto
Nuestras tareas políticas, dado a la luz en Ginebra
en 1904, escribió “
La organización del partido sustituye
al partido, el Comité Central sustituye a la organización y
por último el dictador sustituye al Comité Central”. No
cabe duda de que resultó una verdadera profecía, pues fue lo
que aconteció años más tarde bajo la férula de
Stalin. Asimismo el jacobinismo leninista fue vigorosamente criticado por
Rosa Luxemburgo, que en su folleto La revolución rusa, escrito en
la cárcel de Breslau, en 1918, afirmó categóricamente:
“
Sin elecciones generales, sin libertad de prensa y reunión, sin
contraste libre entre las diversas opiniones, la vida muere en todas las
instituciones públicas. se convierte en algo aparente donde la burocracia
es el único elemento que permanece activo. Es una ley a la que nadie
puede escapar. La vida pública se adormece poco a poco; unas docenas
de jefes del partido, con una energía inagotable y un idealismo sin
límites, dirigen y gobiernan; entre ellos, en realidad, la dirección
se halla en manos de unos pocos (...) y una élite de la clase obrera
es convocada, de vez en cuando, a reunirse para aplaudir los discursos de
los jefes y votar por unanimidad las resoluciones que se les presentan. Es,
por tanto, el gobierno de un grupito; una dictadura, es cierto, pero no la
dictadura del proletariado”.
Y así aconteció. La profecía de Trotski se convirtió
en realidad, sobre todo después de la muerte de Lenin y la entronización
de Stalin en 1927, tras la liquidación política -la física
llegará más tarde- de las distintas oposiciones de los viejos
bolcheviques. Con el estalinismo imperante, se formó una especie de
casta sacerdotal en la que Stalin oficiaba de suma pontífice. Incluso
reemplazó a Ra, el gran dios solar del antiguo Egipto: uno de sus
lacayos, Anastas Mikoyan, afirmó que Stalin era “e
l sol de la historia”;
en otra ocasión, escribió: “
El camarada Stalin ilumina nuestra
vida con la viva luz de la ciencia”. Otro turiferario, Malenkov exclamó
extasiado: “
El capitán genial y el organizador de las históricas
victorias del pueblo soviético en la gran guerra patriótica,
el camarada Stalin, ha creado la ciencia militar soviética de vanguardia
y gracias a él nuestro ejército adquirió el arte de
vencer al enemigo”. Stalin fue, según sus innumerables tartufos,
un gran hombre de ciencia, un genial estratega militar, un incomparable lingüista
-él, que por lo que se sabe, no conocía otra lengua que el
ruso, que además hablaba con un inconfundible acento georgiano-, un
excelso agrónomo, etc. Lo que más tarde Jruschev denominó,
con cierto eufemismo, “
culto de la personalidad” aplicado a Stalin,
tomó a partir de 1929, cuando éste cumplió los cincuenta
años, unas características histéricas que se prolongaron
hasta su muerte, en 1953.
Con motivo de ese aniversario, hubo tácitamente una competición
en todos los partidos comunistas, para ver quién se llevaba la palma
en su pleitesía y adulación al gran jefe. El P.C. español
no quedó a la zaga.
Mundo Obrero escribió, jubiloso:
“
Se ha enviado a Stalin regalos de los más variados: cuadros y
dibujos, pergaminos y orlas, álbumes y cofres, estuches, banderas
y banderines, condecoraciones, pañuelos pintados y bordados, carpetas
y pisapapeles, relojes, anillos, artísticas botijas, pipas, palomas,
muñecos vestidos con trajes regionales españoles, lámparas
de mineros y otros instrumentos de trabajo”. Y añadió
“
En todas las organizaciones del partido se recogieron y redactaron cartas
al hombre más grande que tuvo la tierra.”. En París, una
española empezaba su epístola al camarada Stalin con este patético
contraste: “
Cada vez que veo a mi niña durmiendo en su cunita mi
pensamiento se vuelve hacia usted.”. Y así cada, según
su función, dio lo que pudo. Pasionaria envió una carta a Stalin,
en la que entre otras cosas decía: “
Stalin, maestro; Stalin, jefe;
Stalin liberador; Stalin, camarada y amigo; Stalin, guía y orientador”
Ni que decir tiene que todos los demás compinches de la devota Pasionaria
no se quedaron atrás en sus muestras de sumisión. Para Uribe,
“
Stalin es el más grande de todos los grandes hombres que ha producido
la humanidad”; Carrillo le llamó “
genial estratega y adalid”;
para Mije era “
un jefe y maestro amado”. Y así sucesivamente.
Tanta devoción, tanta pleitesía, ha llevado a comparar al estalinismo
con una religión, con una Iglesia, con sus fieles, sus dogmas, su
incompatibilidad con toda heterodoxia, sus excomuniones, Moscú en
lugar de Roma, Stalin en lugar del Papa, sus permanentes oficiando de sacerdotes,
los camaradas militantes remplazando a los beatos; el marxismo-leninismo-estalinismo
sustituyendo a la Biblia, el partido representaba el paraíso y los
excluidos, el infierno. El escritor Eric Hobsbawm se refirió a un
“
Vaticano moscovita”. Sin embargo, si bien el conferir a Stalin todas
las propiedades de un ser único, infalible, se cae en la más
acabada de las teologías, hay que señalar que de todas las
maneras existe una indiscutible diferencia: la Iglesia católica, la
de Roma -así como las corrientes del protestantismo- ha sabido adaptarse,
en mayor o menor grado, a las necesidades de la época, capeando entre
el integrismo religioso y la llamada teología de la liberación,
integrando o asimilando en su seno a distintas corrientes que fueron surgiendo
en su seno. En cambio, la Iglesia moscovita arrojó continua y persistentemente
de sus filas a cuantos apuntaron la más mínima discrepancia,
poniendo en práctica corriente la llamada “
autocrítica”,
merced a la cual el militante estaba obligado a practicar la autoflagelación
y acusarse de sus errores, reales o supuestos. La Iglesia católica
dejó atrás los tiempos de la Inquisición, siendo así
que la estalinista acentuaba cada día sus métodos represivos,
sus “
purgas” –según su propia jerga- alimentando sus campos
de concentración, el Gulag, descrito por el novelista ruso Soljenitsyn
en
Un día en la vida de Iván Desinovich y en
Archipiélago
Gulag, o bien el fusilamiento sin juicio alguno.
Hemos dicho que la forma de organización impuesta por Lenin y los
bolcheviques, en la que primaba el centralismo férreo, la disciplina
militar y el poder omnipotente del grupo dirigente, facilitaron el surgimiento
del estalinismo, puesto que Stalin, secretario general del partido, tuvo
así en sus manos la llave maestra que le permitió situar a
sus adeptos en los puestos clave. Mas existieron asimismo otras causas. Una
de ellas fue la profunda crisis económica que sufrió el sistema
soviético en 1926 y los años siguientes. Las capacidades de
producción puestas en servicio por los bolcheviques al finalizar la
guerra civil fueron muy limitadas a causa de la vetustez de toda la industria,
que necesitaba imperativamente ser renovada y modernizada; igual aconteció
en el campo, donde las grandes explotaciones fueron destruidas, lo cual acarreó
una gran merma en el abastecimiento de las ciudades. En el estado en que
se encontró la economía soviética no resultaba factible
un crecimiento rápido, que era imprescindible. Pero el país,
que salió devastado y agotado de la guerra civil, no contaba con los
medios financieros precisos para modernizar su economía. Tampoco Stalin
y los otros dirigentes llevaron a cabo la política adecuada, que no
era otra que desarrollar su cooperación con otros países occidentales
y obtener créditos a largo plazo; había, igualmente, que dedicar
los escasos medios de que se disponía a las prioridades económicas
y llevar a cabo una política interior más razonable. Stalin
y los demás dirigentes hicieron todo lo contrario, sin escuchar a
los que preconizaban otros métodos. En el otoño de 1927 –con
Trotski, Zinoviev y Kamenev apartados de la dirección del partido
y del Gobierno- la crisis económica se amplió aún más.
El déficit de la balanza comercial aumentó con rapidez. Las
importaciones fueron restringidas, lo que supuso que la industria sufriera
las consecuencias, el paro aumentara y el nivel de vida bajase. El gobierno
se vio obligado a establecer un sistema de racionamiento.
Stalin y los suyos abandonaron definitivamente la N.E.P. y establecieron
el primer plan quinquenal, dando prioridad a la industria pesada y emprendieron
la colectivización masiva de las tierras y los
kulaks fueron
liquidados, organizando la creación de
koljoses y
sovjoses
obligatorios. La represión fue terrible y costó millones de
muertes y de deportados. La G.P.U. -que había sucedido a la Checa,
y que luego, en 1934 adoptó la denominación de N.K.V.D., en
1946 el de M.G.B., y en 1953 el de M.V.D., nombres distintos pero que representaron
siempre lo mismo: el órgano represivo por excelencia- jugó
un papel decisivo en el terror estalinista, que fue la base de su sistema
de gobierno. Esa locura represiva halló su culminación en los
tres procesos de 1936-1938 contra los antiguos dirigentes bolcheviques, los
que acompañaron a Lenin en la creación del partido. Y se asistió
al insólito espectáculo de ver a los Zinoviev, Kamenev, Bujarin
y tantos otros, no sólo reconocer haber cometido los actos más
inverosímiles, sino incluso solicitar del tribunal que los juzgaba
el castigo más severo. Fue una represión despiadada, llevada
a cabo por la N.K.V.D., por órdenes directas de Stalin, con la ayuda
del fiscal en los tres procesos, Vishinski, que pasó a la historia
por su lenguaje soez, cuyo leitmotiv fue: “Hay que fusilar a estos perros
rabiosos.”. ¿Cómo comprender, interpretar, ver claro lo sucedido
en esos procesos? ¿Por qué esos viejos bolcheviques, curtidos
en la lucha durante años, se declararon culpables, flagelándose
cual penitentes e incluso alguno de ellos vitoreando a Stalin en el momento
de su fusilamiento? ¿Se debió a lo que algunos llamaron “
alma
eslava”? ¿O a lo que la psicología describe como histeria
epidémíca?
Milovan Djilas, antiguo dirigente comunista yugoslavo y autor de
La nueva
clase dio esta explicación: “
Desde fecha ya lejana, fueron
instruidos en la creencia -y así lo proclamaron ellos en todos los
tonos- de que estaban ligados al Partido y a sus ideas por todas las fibras
de su propio ser; y ahora, arrancados a todo eso, se sentían completamente
perdidos, o bien no conocieron u olvidaron o renegaron de cuanto tenía
un valor fuera de la secta comunista y de sus estrechos dogmas; ahora, resultaba
demasiado tarde para agarrarse a cualquier otra cosa. Se encontraban completamente
solos”. Pudiera ser, casi cierto, que la explicación última
se encuentra en la presión de toda índole que sufrieron, presión
psíquica y física. Esa tortura acabó con su resistencia
y por si fuera poco, en el curso de los procesos fueron humillados e insultados
por el fiscal. Ese proceso de destrucción del ser humano de los acusados
fue expuesto, por ejemplo, por Víctor Serge en su libro
L'affaire
Toulaév y por Arthur Koestler en
El cero y el infinito.
Y todo ello fue confirmado años más tarde por Jruschev, en
su
Informe secreto.
Cabe señalar, no sin cierta ironía, que fue precisamente durante
ese período de la gran purga, que comprendió los años
1936-1938, cuando la propaganda estalinista insistió en la descomunal
mentira de presentar al régimen soviético como el más
humano del. mundo. La masa soviética, por completo enajenada, llegó
a creerse que era feliz en la penuria, libre en el sometimiento. La propaganda,
acompañando al terror, alcanzó límites extremos. El
escritor Kohn-Bramstedt, en su obra
Dictadura y policía política:
del control por el temor, publicada en 1945, expuso que “
sin la propaganda,
el terror perdería la mayor parte de su efecto psicológico,
mientras que sin el terror la propaganda no logra todo su efecto”. Y
así es. El lenguaje, hablado o escrito, no sólo sirve para
expresar los pensamientos, mas asimismo, por desgracia, para mentir. La propaganda
estalinista escondía en cada palabra una mentira. Jamás la
falacia alcanzó cimas más elevadas. En dicha propaganda fácil
resulta discernir una evidente dicotomía entre lo que dice y lo que
hace, entre lo que proclama a los cuatro vientos y lo que practica más
o menos soterradamente; habla de socialismo y al mismo tiempo mantiene en
la miseria a millones de seres; proclama su fidelidad a la libertad, siendo
así que engrosaba la población de sus campos de concentración,
cuya existencia tanto tiempo fue negada por los comunistas del mundo entero
y sus compañeros de ruta. El estalinismo había logrado robotizar
a los militantes comunistas, condicionándolos de forma tal que no
sabían hacer otra cosa que obedecer, sin preguntarse si estaba bien
o mal lo que se les dictaba. Verdad es que al que se le despertara su conciencia
un solo instante, se veía inmediatamente reprobado y apartado como
“
traidor a la causa”. Las reuniones resultaban la manera más
adecuada para mantener la disciplina, ya que cada militante se sentía
más firme en sus convicciones al estar rodeado de sus camaradas. Y
todos se vigilaban, los unos a los otros, para denunciar a sus jefes la más
mínima “
desviación”. La denuncia, la soplonería
se convirtió en la Unión Soviética en el pan de cada
día. En 1932, el niño de trece años Pavlik Morozov,
que habitaba con sus padres en un pueblo situado entre los Urales y Siberia,
fue condecorado y festejado por haber denunciado a su padre como “
contrarrevolucionario”;
se dió su nombre a calles, escuelas y bibliotecas de toda la URSS.
Este “
deporte” se extiende a otros países, en el mezclando
el miedo y el arribismo. Es una manera de expresar su devoción a Stalin.
Ni nuestros compatriotas estalinistas escaparon a esa práctica. Ahí
están las cartas de Carrillo contra su padre, en mayo de 1939, y la
de la hija de Comorera, en marzo de 1950, que tilda a su padre de “
traidor”
y “
provocador”.
A partir del fallecimiento de Lenin, en 1924, la tendencia hacia la centralización
y la idealización de la disciplina, ya teorizadas desde el nacimiento
del bolchevismo, se acentuó todavía más. Así
Stalin, secretario general del partido, al que estaba sometido el gobierno,
pudo acaparar en sus manos todos los resortes de la organización y
por ende del Estado soviético. A partir de entonces, sobre todo después
de 1927, se impidió todo debate de ideas y comenzaron las expulsiones
de los recalcitrantes. Nada escapaba a los designios de Stalin y de sus secuaces.
Ese despotismo acabó transformando a la Unión soviética
en un Estado totalitario, en la expresión más acabada del Leviatán
de Hobbes, el filósofo inglés del siglo XVlI que en su obra
de dicho título, publicada en 1651, preconizaba la existencia de un
Estado que lo controlara todo, con un regente que contara con un poder absoluto.
Hannah Arendt, filósofa alemana emigrada a los Estados Unidos, fue
quien mejor estudió el fenómeno totalitario. Para ella, el
totalitarismo estalinista y el totalitarismo hitleriano, “
son variantes
del mismo modelo”. En
El sistema totalitario (París, 1951),
que es la parte tercera de su magna obra
Los orígenes del totalitarismo
(Nueva York, 1951), señala la confusión mental que provoca
el hecho que el régimen totalitario, no obstante la evidencia de sus
crímenes, cuente con el apoyo de las masas. “Es harto evidente -escribe-
que el sostén aportado al totalitarismo por las masas no se explica
ni por la ignorancia, ni por el lavado de cerebro”. Y prosigue: “Resulta
comprensible que un nazi o un bolchevique no sufran en sus convicciones cuanto
se cometen crímenes contra gente que no pertenezca a su partido; mas
lo sorprendente es que ni siquiera parpadean cuando el monstruo comienza
a devorar a los suyos, incluso cuando son ellos mismos víctimas de
la persecución, se ven injustamente condenados, expulsados del partido
y enviados a un campo de concentración.”. ¿No será el
miedo, pura y simplemente, el que justifique tal conducta? Según el
francés Montesquieu (1689-1755), refiriéndose al despotismo,
el principio de éste es el miedo, miedo que insidiosamente se va extendiendo
a todos los individuos de una colectividad, salvo al déspota, claro
está. El totalitarismo también se ha basado en el miedo, provocado
tanto en la Alemania hitleriana como en la Unión Soviética
estalinista gracias al terror de la Gestapo y de la G.P.U. El escritor George
Orwell, autor de
Rebelión en la granja y de
1984 -además
de
Homenaje a Cataluña, donde refiere sus andanzas como
miliciano del POUM- profetizó el apocalipsis totalitario.
En Rusia, desde hacía siglos, los creyentes habían reemplazado
a Dios por el zar; luego fue Stalin el sustituto. Carlos Marx, en un discurso
pronunciado en 1867, dijo refiriéndose a la Rusia zarista de entonces:
“
En primer lugar, la política rusa es inmutable, según reconoce
su historiador oficial, el moscovita Karamsin. Pueden cambiar sus métodos,
su táctica, sus maniobras, pero la estrella polar de su política
-la dominación del mundo- es una estrella fija.”. Marx jamás
creyó que Rusia modificaría su absolutismo y su imperialismo.
Los consideraba inmutables. No fue casual, ni mucho menos, que esta opinión
de Marx, así como la de Engels respecto al mismo tema, no fuesen publicadas
en la Rusia estalinista... argumentaron que no habían hecho justicia
al zarismo. Stalin decretó que la guerra contra la Alemania hitleriana
era una guerra patriótica. La prensa soviética comenzó
a elogiar el pasado de la antigua Rusia, para dar al régimen un carácter
más nacional. A los héroes tradicionales rusos, como Alejandro
Nevski, Iván el Terrible y Pedro el Grande, se añadieron varios
generales zaristas, cual Suvarov, Usakov y Kutusov, el vencedor de Napoleón
en 1812. El Ejército Rojo pasó a denominarse Ejército
Soviético, con nuevos uniformes y las antiguas charreteras de las
tropas zaristas. Por último, oficialmente quedó liquidada la
Internacional Comunista o Komintern, para agradar a los países occidentales
también en guerra contra Hitler; pero, en realidad, los partidos comunistas
que integraban el Komintern continuaron sometidos al severo control de los
delegados nombrados por Dimitrov, es decir, por Stalin.
No obstante los años transcurridos después de la muerte de
Stalin, en 1953, uno continúa preguntándose cómo ha
sido posible la instauración de un régimen como el estalinista
en un vasto país que merced a la revolución de 1917, parecía
anunciar la aurora de un nuevo mundo más justo y más humano.
¿Y cómo explicarse ese sometimiento, en cuerpo y alma, a Stalin,
esa devoción religiosa a su persona? ¿Resulta comprensible
que bastantes intelectuales, escritores, científicos incluso, mostraran
su entusiasmo por una persona que aterrorizaba a sus propios compañeros
de partido y que además no ofrecía nada agradable en su persona?
Stalin carecía de cualidades carismáticas, no tenla la oratoria
electrificante y demagógica de Hitler, ni el teatral histrionismo
de Mussolini. Tal vez al dictador con quien podía tener alguna semejanza
fue Franco: ambos sabían dividir a sus próximos para mejor
dominar; cazurros, cautos en extremo, reservados, fríos e inhumanos,
fueron las características de Franco y Stalin, a los que sólo
la muerte arrebató su poder omnímodo, tras cuarenta años
de dominio el primero y casi treinta el segundo. La ventaja de Stalin es
que logró una admiración que traspasó las fronteras
de su país y obtuvo la eliminación de todos sus adversarios.
Según
Souvarine, en su obra ya mencionada, “
Stalin superó a todos sus
rivales merced a sus capacidades de astucia, de intriga, de mentir, de crueldad,
de perversión intrínseca y de ausencia total de principios
y de sentido moral.”. Un ejemplo de ello fue el pacto de amistad que
firmó con Hitler -¡con Hitler!- el 23 de agosto de 1939, apenas
seis meses después de haber dejado abandonada a su triste suerte la
República española, vencida por las tropas franquistas. Y una
semana después de ese pacto, las tropas hitlerianas invadieron Polonia
y, consecuencia ineluctable, se inició lo que sería la segunda
guerra mundial. Stalin, que desconfiaba de todo el mundo, parece ser que
hasta de su propia sombra, deposito no obstante una confianza absoluta en
Hitler. y cuando éste invadió a su vez la Unión Soviética,
el 21 de junio de 1941, el dictador del Kremlin no se lo creyó y tardó
unas cuantos horas en darse cuenta que su “
amigo” de fechorías
le había traicionado.
Ese pacto de no agresión y de amistad firmado por Stalin e Hitler,
puso de manifiesto las afinidades que existían entre los dos regímenes.
Molotov, el amanuense de Stalin, pronunció en octubre de 1939 un discurso
ante el Soviet Supremo de la URSS, en el que tras evocar “la amistad durable”
entre la Alemania nazi y la Unión Soviética estalinista, denunció
como criminales los objetivos de guerra de Francia y Gran Bretaña,
que pretendían aniquilar al hitlerismo. Y añadió: “S
e
puede rechazar o admitir las ideas políticas del nacional-socialismo,
pero resulta insensato y criminal afirmar que que son un motivo para declarar
la guerra”. Los distintos partidos comunistas, particularmente los europeos,
se vieron desestabilizados durante unos cuantos días por la nueva
política de Stalin. Sólo los cuadros dirigentes y los militantes
más fieles apoyaron incondicionalmente el “
viraje” impuesto,
mientras los demás se interrogaban a sí mismos y musitaban
en sus adentros, pero sin manifestarlo a nadie, pues sabían que esas
dudas supondrían la inmediata expulsión. Para Moscú
la guerra de franceses y británicos contra los alemanes nazis era
una “
guerra imperialista”. El Komintern, por su parte, dirigido por
Dimitrov, afirmó que "
la antigua distinción entre fascistas
y Estados democráticos ha perdido su sentido político”.
Naturalmente, todo cambió cuando las tropas hitlerianas invadieron
la Unión Soviética. Se produce entonces otro nuevo “
viraje”
de 180 grados: el enemigo ahora es el antiguo aliado y los comunistas occidentales
tienen que propiciar la creación de “
frentes de liberación
nacional”, aliándose con otras fuerzas políticas aunque
fuesen de derecha. Nada sorprendente: el estalinismo se ha distinguido en
todo momento por una falta total de principios y de moral. Para Stalin y
sus seguidores el fin justificaba todos los medios empleados; máxima
que no procede de los jesuitas, como suele decirse, sino de Maquiavelo, el
autor de El Príncipe, libro en el que el autor meditó sobre
la técnica de gobernar.
La muerte de Stalin, el 5 de marzo de 195), dejó desamparados incluso
a sus víctimas, los ciudadanos soviéticos, comunistas y no
comunistas al alimón; perdían a su “
guía”, pues
por tal era considerado merced a la machacona propaganda; no menos sorprendentemente,
la prensa y los políticos de los países occidentales de toda
laya, se descubrieron ante el cadáver del que afirmaban haber sido
el vencedor del hitlerismo. Luego, es cierto, todo cambió y los turiferarios
de antaño se convirtieron en los críticos de hogaño,
aunque no todos. Por ejemplo, Ilya Ehrenburg y otros intelectuales estalinistas,
comprometidos de pies a la cabeza en su sometimiento y devoción a
Stalin, se esforzaron en justificar a éste afirmando que nada sabía
de la violencia absurda ejercida sobre los propios comunistas -en realidad
contra toda la población soviética-, recayendo la responsabilidad
en tal o cual jefe de policía. Olvidaba Ehrenburg los procesos de
Moscú, que no podían ser obra de un jefe de policía.
Otro que se significó en su sutil justificación de Stalin fue
Isaac Deutscher, en su conocida biografía del sátrapa del Kremlin.
Pero no debieron ser numerosos los reivindicadores, cuando Jruschev se vio
obligado a presentar en 1956, tres años después de haber desaparecido
el “jefe”, “el guía”, su Informe denunciando ante los asistentes al
XX Congreso del Partido Comunista de la URSS el caso patológico que
ofreció Stalin, su “suspicacia enfermiza”, su “
desconfianza generalizada”,
su “
histeria”, su “
manía persecutoria”, su "
locura
de grandeza”, su “
megalomanía”. Jruschev trataba sin duda
de hallar una válvula de escape al descontento que existía
en la población soviética, la cual esperaba un cambio de política.
Los dirigentes que sucedieron a Stalin no comprendieron que, no obstante
el terror que éste impuso, la sociedad soviética había
evolucionado y ya no se contentaba con simples promesas. Además, Jruschev,
en dicho Informe, se había limitado a denunciar la política
de Stalin únicamente a partir de 1934, dando por bueno el periodo
anterior, con lo que trataba de evitar su propia responsabilidad y la de
los otros dirigentes en la instauración del estalinismo.
De todas las maneras, a pesar de sus lagunas el
Informe Secreto de
Jruschev tuvo una gran importancia al ser divulgado por la prensa occidental.
Hasta entonces, criticar a la Unión soviética era una especie
de crimen, pues a tal perversidad llegó la propaganda estalinista.
Se añadió a todo eso la ceguera de la mayor parte de los intelectuales
de izquierda, que se negaban a ver la realidad. No querían aceptar
que una ilusión revolucionaria, la de octubre de 1917, se había
convertido poco a poco en una barbarie moderna, únicamente comparable
a la que representó el hitlerismo. De forma incomprensible para todo
espíritu libre de dogmas, continúa existiendo en la llamada
izquierda, en particular entre los intelectuales, una actitud conformista
en relación a lo pudiera denominarse herencia del estalinismo, lo
cual les lleva a no condenar de forma tajante y clara regímenes como
el cubano, cuyo pueblo es víctima del castrismo. Reculan ante este
paso decisivo quizá por temor a que se les confunda con la política
reaccionaria de Bush y los suyos, que todavía sostienen un absurdo
“
boicot” a la isla caribeña. Prosiguen así prisioneros
de una tradición ya superada y de una mitología propagada antaño
por el estalinismo. Repetimos que el
Informe Secreto de Jruschev tuvo
a la larga una máxima importancia, pues abrió la primera brecha
en el sistema soviético. Los que le sucedieron, Brejnev, Yuri Andropov,
Chernenko, Mijail Gorbachov y Boris Eltsin, no hicieron otra cosa que tratar
de apuntalar un régimen que se venia abajo. la caída del Muro
de Berlín representó el postrer aldabonazo, que nos hizo comprender
que algo serio ocurría en la URSS. Porque cabe confesar que los que
veníamos criticando el régimen soviético, que conocíamos
sus dificultades de toda índole, particularmente en el terreno económico
-incapaz de seguir a los Estados Unidos en su carrera armamentista- que nos
decíamos que no obstante el terror la sociedad soviética tenía
inexorablemente que evolucionar, que sabíamos todo eso, empero no
podíamos esperar, ni siquiera imaginar que el derrumbamiento del imperio
estalinista iba a ser tan rápido, vertiginoso. El “país de
la mentira desconcertante”, como denominó a la Unión Soviética
el yugoslavo Anton Ciliga en su libro de ese título publicado en París
en 1938, dejó de existir para bien del socialismo democrático.
Y no fue casual que a partir de entonces comenzó asimismo el declive
de todos los partidos comunistas en los países occidentales, que en
la actualidad son meras sectas.
Lo que es y representa en la hora actual Rusia, a cuya cabeza se halla Vladimir
Putin, es otro tema.