FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Apuntes para una anatomía del estalinismo

Ignacio Iglesias


Trabajo inédito. 2003

Me parece que ya va siendo hora de que algún joven historiador español lleve a cabo una rigurosa anatomía del estalinismo -como ha ocurrido y ocurre en Francia, Alemania, Gran Bretaña, los Estados Unidos y hasta en Rusia, la heredera de la antigua Unión Soviética-, puesto que han transcurrido nada menos que cuarenta y siete años desde que se conoció el llamado Informe secreto de Jruschev, entonces primer secretario del Partido Comunista de la URSS y luego jefe del Gobierno, presentado a los 1.600 delegados al XX Congreso, que tuvo lugar los días 24 y 25 de febrero de 1956, en la sala del gran palacio del Kremlin; y asimismo pronto se cumplirán los catorce de lo que pasó a la historia como la caída del muro de Berlín, acontecimiento del que arrancó a velocidad casi vertiginosa el estrepitoso derrumbamiento de la Unión Soviética, que arrastró, primero a Gorbachov y luego a Boris Eltsin, hasta finalizar, por ahora, en Putin, un antiguo teniente coronel de la tenebrosa KGB, convertido en la actualidad, como la totalidad de los miembros de la nomenklatura del régimen estalinista, en defensor del capitalismo.
Se dispone, pues, de la perspectiva necesaria y además de la documentación -aún no toda- procedente de los archivos oficiales de la antigua URSS, hasta hace pocos años cerrada a cal y canto. Se publicaron asimismo en francés, alemán, inglés y ruso diversos libros, algunos muy interesantes, que pusieron de manifiesto lo nefasto de la política estalinista. Por lo que concierne a la guerra civil española, últimamente salió a la luz España traicionada. Stalin y la guerra civil, basada en documentos oficiales soviéticos y por tanto irrefutable; y poco antes Le livre noir du communisme -París, 2000-, que se refiere al aspecto terriblemente represivo del régimen de Stalin. Tienen esa dos obras, junto con otras más, que no cito para no alargar este breve comentario, una dimensión casi única que no es otra que la hoy reconocida criminalidad del estalinismo, ya que Stalin estableció su hegemonía, primero en el partido bolchevique y luego en todo el vasto país sirviéndose de la intriga, de la mentira, del terror y del consiguiente miedo generalizado, incluso entre sus más próximos colaboradores, según confesaron Jruschev y otros dirigentes soviéticos.
Ahora bien, esta nueva forma de barbarie no fue otra cosa que uno de los varios aspectos que ofrece el estalinismo, si bien no cabe duda que resulta el más visible y horroroso, puesto que el número de víctimas, directas e indirectas, sumaron varias decenas de millones de seres humanos, cifra jamás alcanzada en la historia por régimen alguno. Ni en los tiempos de los faraones, con sus miles de esclavos dedicados a la construcción de las pirámides, ni en los de los aztecas e incas con sus sacrificios humanos, ni siquiera el capitalismo con la colonización de continentes enteros, llegaron a alcanzar las víctimas del estalinismo. Cuesta no poco trabajo llegar a comprender tanto horror, debido las más de las ocasiones al capricho del sátrapa del Kremlin o a su enfermiza obsesión de ver conspiraciones contra él en todas partes, incluso en los que le rodeaban y mejor le servían. Únicamente una mente enferma puede obrar como obró Stalin. Boris Souvarine, el autor de la gran obra Staline. Aperçu historique du bolchevisme (Paris, 1935), uno de los fundadores del P.C. francés y dirigente del Komintern en el pasado, fue el primero en señalar que Stalin presentaba todos los síntomas de padecer una psicosis patológica, basándose en los estudios del psiquiatra E. Baruk, que describió, entre los síndromes paranoicos, la necesidad imperiosa de dominio, el odio patológico, la conciencia moral anestesiada, la desconfianza, etc-, conduciendo todo ello a reacciones criminales. Aunque con algunos prudentes circunloquios, no dijo otra cosa Jruschev en su Informe secreto.
¿Cómo surgió el estalinismo, como Stalin pudo erigirse en único jefe del partido y del Estado? Ni que decir tiene que el estalinismo no cayó del cielo, como un fenómeno metereológico inesperado, ni tampoco por arte de birlibirloque. Tuvo sus raíces en la forma de organización adoptada por los bolcheviques, con Lenin a su cabeza, sumamente centralizada y con una disciplina cuartelera, gracias a lo cual el núcleo dirigente podía imponer su política a los militantes manu militari, o sea sin el menor atisbo de democracia interna. Desde sus inicios, pues, los bolcheviques crearon un partido totalitario, en el sentido moderno de la palabra, ya que no se limitó a asumir una dirección férrea, militar, de su movimiento o partido, sino que agregó la proclamación de su supremacía ideológica negando a la clase obrera toda capacidad de actuar por su cuenta. Esta concepción del bolchevismo fue teorizada por Lenin en su folleto ¿Qué hacer?, publicado en 1902, en el que afirmó que sólo su partido poseía una conciencia revolucionaria que debía inculcar a las masas obreras, puesto que éstas, por sí mismas, únicamente podían llegar a posiciones tradeunionistas, sindicalistas. La importancia de ese folleto consiste en que se convirtió en la Biblia de los bolcheviques. A decir verdad, todo su texto resulta una mezcolanza de jacobinismo, hegelismo y blanquismo.
Esas concepciones de Lenin, en particular su estricto centralismo, fueron criticados entonces, entre otros, por Plejanov, el introductor del marxismo en Rusia zarista, el cual escribió en 1904 lo siguiente: “Al final, todo girará en torno a un hombre solo, que ex providentia  tendrá en sus manos todos los poderes”. Poco más o menos fue lo que también dijo Kautsky, el teórico de la socialdemocracia alemana. Axelrod, el dirigente menchevique ruso mostró la contradicción existente entre el objetivo emancipador de la socialdemocracia y el método leninista, que califica de “absolutismo burocrático”. Y Trotski, en su folleto Nuestras tareas políticas, dado a la luz en Ginebra en 1904, escribió “La organización del partido sustituye al partido, el Comité Central sustituye a la organización y por último el dictador sustituye al Comité Central”. No cabe duda de que resultó una verdadera profecía, pues fue lo que aconteció años más tarde bajo la férula de Stalin. Asimismo el jacobinismo leninista fue vigorosamente criticado por Rosa Luxemburgo, que en su folleto La revolución rusa, escrito en la cárcel de Breslau, en  1918, afirmó categóricamente: “Sin elecciones generales, sin libertad de prensa y reunión, sin contraste libre entre las diversas opiniones, la vida muere en todas las instituciones públicas. se convierte en algo aparente donde la burocracia es el único elemento que permanece activo. Es una ley a la que nadie puede escapar. La vida pública se adormece poco a poco; unas docenas de jefes del partido, con una energía inagotable y un idealismo sin límites, dirigen y gobiernan; entre ellos, en realidad, la dirección se halla en manos de unos pocos (...) y una élite de la clase obrera es convocada, de vez en cuando, a reunirse para aplaudir los discursos de los jefes y votar por unanimidad las resoluciones que se les presentan. Es, por tanto, el gobierno de un grupito; una dictadura, es cierto, pero no la dictadura del proletariado”.
Y así aconteció. La profecía de Trotski se convirtió en realidad, sobre todo después de la muerte de Lenin y la entronización de Stalin en 1927, tras la liquidación política -la física llegará más tarde- de las distintas oposiciones de los viejos bolcheviques. Con el estalinismo imperante, se formó una especie de casta sacerdotal en la que Stalin oficiaba de suma pontífice. Incluso reemplazó a Ra, el gran dios solar del antiguo Egipto: uno de sus lacayos, Anastas Mikoyan, afirmó que Stalin era “el sol de la historia”; en otra ocasión, escribió: “El camarada Stalin ilumina nuestra vida con la viva luz de la ciencia”. Otro turiferario, Malenkov exclamó extasiado: “El capitán genial y el organizador de las históricas victorias del pueblo soviético en la gran guerra patriótica, el camarada Stalin, ha creado la ciencia militar soviética de vanguardia y gracias a él nuestro ejército adquirió el arte de vencer al enemigo”. Stalin fue, según sus innumerables tartufos, un gran hombre de ciencia, un genial estratega militar, un incomparable lingüista -él, que por lo que se sabe, no conocía otra lengua que el ruso, que además hablaba con un inconfundible acento georgiano-, un excelso agrónomo, etc. Lo que más tarde Jruschev denominó, con cierto eufemismo, “culto de la personalidad” aplicado a Stalin, tomó a partir de 1929, cuando éste cumplió los cincuenta años, unas características histéricas que se prolongaron hasta su muerte, en 1953.
Con motivo de ese aniversario, hubo tácitamente una competición en todos los partidos comunistas, para ver quién se llevaba la palma en su pleitesía y adulación al gran jefe. El P.C. español no quedó a la zaga. Mundo Obrero escribió, jubiloso: “Se ha enviado a Stalin regalos de los más variados: cuadros y dibujos, pergaminos y orlas, álbumes y cofres, estuches, banderas y banderines, condecoraciones, pañuelos pintados y bordados, carpetas y pisapapeles, relojes, anillos, artísticas botijas, pipas, palomas, muñecos vestidos con trajes regionales españoles, lámparas de mineros y otros instrumentos de trabajo”.  Y añadió “En todas las organizaciones del partido se recogieron y redactaron cartas al hombre más grande que tuvo la tierra.”. En París, una española empezaba su epístola al camarada Stalin con este patético contraste: “Cada vez que veo a mi niña durmiendo en su cunita mi pensamiento se vuelve hacia usted.”. Y así cada, según su función, dio lo que pudo. Pasionaria envió una carta a Stalin, en la que entre otras cosas decía: “Stalin, maestro; Stalin, jefe; Stalin liberador; Stalin, camarada y amigo; Stalin, guía y orientador”  Ni que decir tiene que todos los demás compinches de la devota Pasionaria no se quedaron atrás en sus muestras de sumisión. Para Uribe, “Stalin es el más grande de todos los grandes hombres que ha producido la humanidad”; Carrillo le llamó “genial estratega y adalid”; para Mije era “un jefe y maestro amado”. Y así  sucesivamente.
Tanta devoción, tanta pleitesía, ha llevado a comparar al estalinismo con una religión, con una Iglesia, con sus fieles, sus dogmas, su incompatibilidad con toda heterodoxia, sus excomuniones, Moscú en lugar de Roma, Stalin en lugar del Papa, sus permanentes oficiando de sacerdotes, los camaradas militantes remplazando a los beatos; el marxismo-leninismo-estalinismo sustituyendo a la Biblia, el partido representaba el paraíso y los excluidos, el infierno. El escritor Eric Hobsbawm se refirió a un “Vaticano moscovita”. Sin embargo, si bien el conferir a Stalin todas las propiedades de un ser único, infalible, se cae en la más acabada de las teologías, hay que señalar que de todas las maneras existe una indiscutible diferencia: la Iglesia católica, la de Roma -así como las corrientes del protestantismo- ha sabido adaptarse, en mayor o menor grado, a las necesidades de la época, capeando entre el integrismo religioso y la llamada teología de la liberación, integrando o asimilando en su seno a distintas corrientes que fueron surgiendo en su seno. En cambio, la Iglesia moscovita arrojó continua y persistentemente de sus filas a cuantos apuntaron la más mínima discrepancia, poniendo en práctica corriente la llamada “autocrítica”, merced a la cual el militante estaba obligado a practicar la autoflagelación y acusarse de sus errores, reales o supuestos. La Iglesia católica dejó atrás los tiempos de la Inquisición, siendo así que la estalinista acentuaba cada día sus métodos represivos, sus “purgas” –según su propia jerga- alimentando sus campos de concentración, el Gulag, descrito por el novelista ruso Soljenitsyn en Un día en la vida de Iván Desinovich y en Archipiélago Gulag, o bien el fusilamiento sin juicio alguno.
Hemos dicho que la forma de organización impuesta por Lenin y los bolcheviques, en la que primaba el centralismo férreo, la disciplina militar y el poder omnipotente del grupo dirigente, facilitaron el surgimiento del estalinismo, puesto que Stalin, secretario general del partido, tuvo así en sus manos la llave maestra que le permitió situar a sus adeptos en los puestos clave. Mas existieron asimismo otras causas. Una de ellas fue la profunda crisis económica que sufrió el sistema soviético en 1926 y los años siguientes. Las capacidades de producción puestas en servicio por los bolcheviques al finalizar la guerra civil fueron muy limitadas a causa de la vetustez de toda la industria, que necesitaba imperativamente ser renovada y modernizada; igual aconteció en el campo, donde las grandes explotaciones fueron destruidas, lo cual acarreó una gran merma en el abastecimiento de las ciudades. En el estado en que se encontró la economía soviética no resultaba factible un crecimiento rápido, que era imprescindible. Pero el país, que salió devastado y agotado de la guerra civil, no contaba con los medios financieros precisos para modernizar su economía. Tampoco Stalin y los otros dirigentes llevaron a cabo la política adecuada, que no era otra que desarrollar su cooperación con otros países occidentales y obtener créditos a largo plazo; había, igualmente, que dedicar los escasos medios de que se disponía a las prioridades económicas y llevar a cabo una política interior más razonable. Stalin y los demás dirigentes hicieron todo lo contrario, sin escuchar a los que preconizaban otros métodos. En el otoño de 1927 –con Trotski, Zinoviev  y Kamenev apartados de la dirección del partido y del Gobierno- la crisis económica se amplió aún más. El déficit de la balanza comercial aumentó con rapidez. Las importaciones fueron restringidas, lo que supuso que la industria sufriera las consecuencias, el paro aumentara y el nivel de vida bajase. El gobierno se vio obligado a establecer un sistema de racionamiento.
Stalin y los suyos abandonaron definitivamente la N.E.P. y establecieron el primer plan quinquenal, dando prioridad a la industria pesada y emprendieron la colectivización masiva de las tierras y los kulaks fueron liquidados, organizando la creación de koljoses y sovjoses obligatorios. La represión fue terrible y costó millones de muertes y de deportados. La G.P.U. -que había sucedido a la Checa, y que luego, en 1934 adoptó la denominación de N.K.V.D., en 1946 el de M.G.B., y en 1953 el de M.V.D., nombres distintos pero que representaron siempre lo mismo: el órgano represivo por excelencia- jugó un papel decisivo en el terror estalinista, que fue la base de su sistema de gobierno. Esa locura represiva halló su culminación en los tres procesos de 1936-1938 contra los antiguos dirigentes bolcheviques, los que acompañaron a Lenin en la creación del partido. Y se asistió al insólito espectáculo de ver a los Zinoviev, Kamenev, Bujarin y tantos otros, no sólo reconocer haber cometido los actos más inverosímiles, sino incluso solicitar del tribunal que los juzgaba el castigo más severo. Fue una represión despiadada, llevada a cabo por la N.K.V.D., por órdenes directas de Stalin, con la ayuda del fiscal en los tres procesos, Vishinski, que pasó a la historia por su lenguaje soez, cuyo leitmotiv fue: “Hay que fusilar a estos perros rabiosos.”. ¿Cómo comprender, interpretar, ver claro lo sucedido en esos procesos? ¿Por qué esos viejos bolcheviques, curtidos en la lucha durante años, se declararon culpables, flagelándose cual penitentes e incluso alguno de ellos vitoreando a Stalin en el momento de su fusilamiento? ¿Se debió a lo que algunos llamaron “alma eslava”? ¿O a lo que la psicología describe como histeria epidémíca?
Milovan Djilas, antiguo dirigente comunista yugoslavo y autor de La nueva clase dio esta explicación: “Desde fecha ya lejana, fueron instruidos en la creencia -y así lo proclamaron ellos en todos los tonos- de que estaban ligados al Partido y a sus ideas por todas las fibras de su propio ser; y ahora, arrancados a todo eso, se sentían completamente perdidos, o bien no conocieron u olvidaron o renegaron de cuanto tenía un valor fuera de la secta comunista y de sus estrechos dogmas; ahora, resultaba demasiado tarde para agarrarse a cualquier otra cosa. Se encontraban completamente solos”. Pudiera ser, casi cierto, que la explicación última se encuentra en la presión de toda índole que sufrieron, presión psíquica y física. Esa tortura acabó con su resistencia y por si fuera poco, en el curso de los procesos fueron humillados e insultados por el fiscal. Ese proceso de destrucción del ser humano de los acusados fue expuesto, por ejemplo, por Víctor Serge en su libro L'affaire Toulaév y por Arthur Koestler en El cero y el infinito. Y todo ello fue confirmado años más tarde por Jruschev, en su Informe secreto.
Cabe señalar, no sin cierta ironía, que fue precisamente durante ese período de la gran purga, que comprendió los años 1936-1938, cuando la propaganda estalinista insistió en la descomunal mentira de presentar al régimen soviético como el más humano del. mundo. La masa soviética, por completo enajenada, llegó a creerse que era feliz en la penuria, libre en el sometimiento. La propaganda, acompañando al terror, alcanzó límites extremos. El escritor Kohn-Bramstedt, en su obra Dictadura y policía política: del control por el temor, publicada en 1945, expuso que “sin la propaganda, el terror perdería la mayor parte de su efecto psicológico, mientras que sin el terror la propaganda no logra todo su efecto”. Y así es. El lenguaje, hablado o escrito, no sólo sirve para expresar los pensamientos, mas asimismo, por desgracia, para mentir. La propaganda estalinista escondía en cada palabra una mentira. Jamás la falacia alcanzó cimas más elevadas. En dicha propaganda fácil resulta discernir una evidente dicotomía entre lo que dice y lo que hace, entre lo que proclama a los cuatro vientos y lo que practica más o menos soterradamente; habla de socialismo y al mismo tiempo mantiene en la miseria a millones de seres; proclama su fidelidad a la libertad, siendo así que engrosaba la población de sus campos de concentración, cuya existencia tanto tiempo fue negada por los comunistas del mundo entero y sus compañeros de ruta. El estalinismo había logrado robotizar a los militantes comunistas, condicionándolos de forma tal que no sabían hacer otra cosa que obedecer, sin preguntarse si estaba bien o mal lo que se les dictaba. Verdad es que al que se le despertara su conciencia un solo instante, se veía inmediatamente reprobado y apartado como “traidor a la causa”. Las reuniones resultaban la manera más adecuada para mantener la disciplina, ya que cada militante se sentía más firme en sus convicciones al estar rodeado de sus camaradas. Y todos se vigilaban, los unos a los otros, para denunciar a sus jefes la más mínima “desviación”. La denuncia, la soplonería se convirtió en la Unión Soviética en el pan de cada día. En 1932, el niño de trece años Pavlik Morozov, que habitaba con sus padres en un pueblo situado entre los Urales y Siberia, fue condecorado y festejado por haber denunciado a su padre como “contrarrevolucionario”; se dió su nombre a calles, escuelas y bibliotecas de toda la URSS. Este “deporte” se extiende a otros países, en el mezclando el miedo y el arribismo. Es una manera de expresar su devoción a Stalin. Ni nuestros compatriotas estalinistas escaparon a esa práctica. Ahí están las cartas de Carrillo contra su padre, en mayo de 1939, y la de la hija de Comorera, en marzo de 1950, que tilda a su padre de “traidor” y “provocador”.
A partir del fallecimiento de Lenin, en 1924, la tendencia hacia la centralización y la idealización de la disciplina, ya teorizadas desde el nacimiento del bolchevismo, se acentuó todavía más. Así Stalin, secretario general del partido, al que estaba sometido el gobierno, pudo acaparar en sus manos todos los resortes de la organización y por ende del Estado soviético. A partir de entonces, sobre todo después de 1927, se impidió todo debate de ideas y comenzaron las expulsiones de los recalcitrantes. Nada escapaba a los designios de Stalin y de sus secuaces. Ese despotismo acabó transformando a la Unión soviética en un Estado totalitario, en la expresión más acabada del Leviatán de Hobbes, el filósofo inglés del siglo XVlI que en su obra de dicho título, publicada en 1651, preconizaba la existencia de un Estado que lo controlara todo, con un regente que contara con un poder absoluto. Hannah Arendt, filósofa alemana emigrada a los Estados Unidos, fue quien mejor estudió el fenómeno totalitario. Para ella, el totalitarismo estalinista y el totalitarismo hitleriano, “son variantes del mismo modelo”. En El sistema totalitario (París, 1951), que es la parte tercera de su magna obra Los orígenes del totalitarismo (Nueva York, 1951), señala la confusión mental que provoca el hecho que el régimen totalitario, no obstante la evidencia de sus crímenes, cuente con el apoyo de las masas. “Es harto evidente -escribe- que el sostén aportado al totalitarismo por las masas no se explica ni por la ignorancia, ni por el lavado de cerebro”. Y prosigue: “Resulta comprensible que un nazi o un bolchevique no sufran en sus convicciones cuanto se cometen crímenes contra gente que no pertenezca a su partido; mas lo sorprendente es que ni siquiera parpadean cuando el monstruo comienza a devorar a los suyos, incluso cuando son ellos mismos víctimas de la persecución, se ven injustamente condenados, expulsados del partido y enviados a un campo de concentración.”. ¿No será el miedo, pura y simplemente, el que justifique tal conducta? Según el francés Montesquieu (1689-1755), refiriéndose al despotismo, el principio de éste es el miedo, miedo que insidiosamente se va extendiendo a todos los individuos de una colectividad, salvo al déspota, claro está. El totalitarismo también se ha basado en el miedo, provocado tanto en la Alemania hitleriana como en la Unión Soviética estalinista gracias al terror de la Gestapo y de la G.P.U. El escritor George Orwell, autor de Rebelión en la granja y de 1984 -además de Homenaje a Cataluña, donde refiere sus andanzas como  miliciano del POUM- profetizó el apocalipsis totalitario.
En Rusia, desde hacía siglos, los creyentes habían reemplazado a Dios por el zar; luego fue Stalin el sustituto. Carlos Marx, en un discurso pronunciado en 1867, dijo refiriéndose a la Rusia zarista de entonces: “En primer lugar, la política rusa es inmutable, según reconoce su historiador oficial, el moscovita Karamsin. Pueden cambiar sus métodos, su táctica, sus maniobras, pero la estrella polar de su política -la dominación del mundo- es una estrella fija.”.  Marx jamás creyó que Rusia modificaría su absolutismo y su imperialismo. Los consideraba inmutables. No fue casual, ni mucho menos, que esta opinión de Marx, así como la de Engels respecto al mismo tema, no fuesen publicadas en la Rusia estalinista... argumentaron que no habían hecho justicia al zarismo. Stalin decretó que la guerra contra la Alemania hitleriana era una guerra patriótica. La prensa soviética comenzó a elogiar el pasado de la antigua Rusia, para dar al régimen un carácter más nacional. A los héroes tradicionales rusos, como Alejandro Nevski, Iván el Terrible y Pedro el Grande, se añadieron varios generales zaristas, cual Suvarov, Usakov y Kutusov, el vencedor de Napoleón en 1812. El Ejército Rojo pasó a denominarse Ejército Soviético, con nuevos uniformes y las antiguas charreteras de las tropas zaristas. Por último, oficialmente quedó liquidada la Internacional Comunista o Komintern, para agradar a los países occidentales también en guerra contra Hitler; pero, en realidad, los partidos comunistas que integraban el Komintern continuaron sometidos al severo control de los delegados nombrados por Dimitrov, es decir, por Stalin.
No obstante los años transcurridos después de la muerte de Stalin, en 1953, uno continúa preguntándose cómo ha sido posible la instauración de un régimen como el estalinista en un vasto país que merced a la revolución de 1917, parecía anunciar la aurora de un nuevo mundo más justo y más humano. ¿Y cómo explicarse ese sometimiento, en cuerpo y alma, a Stalin, esa devoción religiosa a su persona? ¿Resulta comprensible que bastantes intelectuales, escritores, científicos incluso, mostraran su entusiasmo por una persona que aterrorizaba a sus propios compañeros de partido y que además no ofrecía nada agradable en su persona? Stalin carecía de cualidades carismáticas, no tenla la oratoria electrificante y demagógica de Hitler, ni el teatral histrionismo de Mussolini. Tal vez al dictador con quien podía tener alguna semejanza fue Franco: ambos sabían dividir a sus próximos para mejor dominar; cazurros, cautos en extremo, reservados, fríos e inhumanos, fueron las características de Franco y Stalin, a los que sólo la muerte arrebató su poder omnímodo, tras cuarenta años de dominio el primero y casi treinta el segundo. La ventaja de Stalin es que logró una admiración que traspasó las fronteras de su país y obtuvo la eliminación de todos sus adversarios. Según
Souvarine, en su obra ya mencionada, “Stalin superó a todos sus rivales merced a sus capacidades de astucia, de intriga, de mentir, de crueldad, de perversión intrínseca y de ausencia total de principios y de sentido moral.”. Un ejemplo de ello fue el pacto de amistad que firmó con Hitler -¡con Hitler!- el 23 de agosto de 1939, apenas seis meses después de haber dejado abandonada a su triste suerte la República española, vencida por las tropas franquistas. Y una semana después de ese pacto, las tropas hitlerianas invadieron Polonia y, consecuencia ineluctable, se inició lo que sería la segunda guerra mundial. Stalin, que desconfiaba de todo el mundo, parece ser que hasta de su propia sombra, deposito no obstante una confianza absoluta en Hitler. y cuando éste invadió a su vez la Unión Soviética, el 21 de junio de 1941, el dictador del Kremlin no se lo creyó y tardó unas cuantos horas en darse cuenta que su “amigo” de fechorías le había traicionado.
Ese pacto de no agresión y de amistad firmado por Stalin e Hitler, puso de manifiesto las afinidades que existían entre los dos regímenes. Molotov, el amanuense de Stalin, pronunció en octubre de 1939 un discurso ante el Soviet Supremo de la URSS, en el que tras evocar “la amistad durable” entre la Alemania nazi y la Unión Soviética estalinista, denunció como criminales los objetivos de guerra de Francia y Gran Bretaña, que pretendían aniquilar al hitlerismo. Y añadió: “Se puede rechazar o admitir las ideas políticas del nacional-socialismo, pero resulta insensato y criminal afirmar que que son un motivo para declarar la guerra”. Los distintos partidos comunistas, particularmente los europeos, se vieron desestabilizados durante unos cuantos días por la nueva política de Stalin. Sólo los cuadros dirigentes y los militantes más fieles apoyaron incondicionalmente el “viraje” impuesto, mientras los demás se interrogaban a sí mismos y musitaban en sus adentros, pero sin manifestarlo a nadie, pues sabían que esas dudas supondrían la inmediata expulsión. Para Moscú la guerra de franceses y británicos contra los alemanes nazis era una “guerra imperialista”. El Komintern, por su parte, dirigido por Dimitrov, afirmó que "la antigua distinción entre fascistas y Estados democráticos ha perdido su sentido político”. Naturalmente, todo cambió cuando las tropas hitlerianas invadieron la Unión Soviética. Se produce entonces otro nuevo “viraje” de 180 grados: el enemigo ahora es el antiguo aliado y los comunistas occidentales tienen que propiciar la creación de “frentes de liberación nacional”, aliándose con otras fuerzas políticas aunque fuesen de derecha. Nada sorprendente: el estalinismo se ha distinguido en todo momento por una falta total de principios y de moral. Para Stalin y sus seguidores el fin justificaba todos los medios empleados; máxima que no procede de los jesuitas, como suele decirse, sino de Maquiavelo, el autor de El Príncipe, libro en el que el autor meditó sobre la técnica de gobernar.
La muerte de Stalin, el 5 de marzo de 195), dejó desamparados incluso a sus víctimas, los ciudadanos soviéticos, comunistas y no comunistas al alimón; perdían a su “guía”, pues por tal era considerado merced a la machacona propaganda; no menos sorprendentemente, la prensa y los políticos de los países occidentales de toda laya, se descubrieron ante el cadáver del que afirmaban haber sido el vencedor del hitlerismo. Luego, es cierto, todo cambió y los turiferarios de antaño se convirtieron en los críticos de hogaño, aunque no todos. Por ejemplo, Ilya Ehrenburg y otros intelectuales estalinistas, comprometidos de pies a la cabeza en su sometimiento y devoción a Stalin, se esforzaron en justificar a éste afirmando que nada sabía de la violencia absurda ejercida sobre los propios comunistas -en realidad contra toda la población soviética-, recayendo la responsabilidad en tal o cual jefe de policía. Olvidaba Ehrenburg los procesos de Moscú, que no podían ser obra de un jefe de policía. Otro que se significó en su sutil justificación de Stalin fue Isaac Deutscher, en su conocida biografía del sátrapa del Kremlin. Pero no debieron ser numerosos los reivindicadores, cuando Jruschev se vio obligado a presentar en 1956, tres años después de haber desaparecido el “jefe”, “el guía”, su Informe denunciando ante los asistentes al XX Congreso del Partido Comunista de la URSS el caso patológico que ofreció Stalin, su “suspicacia enfermiza”, su “desconfianza generalizada”, su “histeria”, su “manía persecutoria”, su "locura de grandeza”, su “megalomanía”. Jruschev trataba sin duda de hallar una válvula de escape al descontento que existía en la población soviética, la cual esperaba un cambio de política. Los dirigentes que sucedieron a Stalin no comprendieron que, no obstante el terror que éste impuso, la sociedad soviética había evolucionado y ya no se contentaba con simples promesas. Además, Jruschev, en dicho Informe, se había limitado a denunciar la política de Stalin únicamente a partir de 1934, dando por bueno el periodo anterior, con lo que trataba de evitar su propia responsabilidad y la de los otros dirigentes en la instauración del estalinismo.
De todas las maneras, a pesar de sus lagunas el Informe Secreto de Jruschev tuvo una gran importancia al ser divulgado por la prensa occidental. Hasta entonces, criticar a la Unión soviética era una especie de crimen, pues a tal perversidad llegó la propaganda estalinista. Se añadió a todo eso la ceguera de la mayor parte de los intelectuales de izquierda, que se negaban a ver la realidad. No querían aceptar que una ilusión revolucionaria, la de octubre de 1917, se había convertido poco a poco en una barbarie moderna, únicamente comparable a la que representó el hitlerismo. De forma incomprensible para todo espíritu libre de dogmas, continúa existiendo en la llamada izquierda, en particular entre los intelectuales, una actitud conformista en relación a lo pudiera denominarse herencia del estalinismo, lo cual les lleva a no condenar de forma tajante y clara regímenes como el cubano, cuyo pueblo es víctima del castrismo. Reculan ante este paso decisivo quizá por temor a que se les confunda con la política reaccionaria de Bush y los suyos, que todavía sostienen un absurdo “boicot” a  la isla caribeña. Prosiguen así prisioneros de una tradición ya superada y de una mitología propagada antaño por el estalinismo. Repetimos que el Informe Secreto de Jruschev tuvo a la larga una máxima importancia, pues abrió la primera brecha en el sistema soviético. Los que le sucedieron, Brejnev, Yuri Andropov, Chernenko, Mijail Gorbachov y Boris Eltsin, no hicieron otra cosa que tratar de apuntalar un régimen que se venia abajo. la caída del Muro de Berlín representó el postrer aldabonazo, que nos hizo comprender que algo serio ocurría en la URSS. Porque cabe confesar que los que veníamos criticando el régimen soviético, que conocíamos sus dificultades de toda índole, particularmente en el terreno económico -incapaz de seguir a los Estados Unidos en su carrera armamentista- que nos decíamos que no obstante el terror la sociedad soviética tenía inexorablemente que evolucionar, que sabíamos todo eso, empero no podíamos esperar, ni siquiera imaginar que el derrumbamiento del imperio estalinista iba a ser tan rápido, vertiginoso. El “país de la mentira desconcertante”, como denominó a la Unión Soviética el yugoslavo Anton Ciliga en su libro de ese título publicado en París en 1938, dejó de existir para bien del socialismo democrático. Y no fue casual que a partir de entonces comenzó asimismo el declive de todos los partidos comunistas en los países occidentales, que en la actualidad son meras sectas.
Lo que es y representa en la hora actual Rusia, a cuya cabeza se halla Vladimir Putin, es otro tema.


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, febrero 2008

 
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