España, ayer y hoy. A propósito
de la reedición de un libro de Joaquín Maurín
Mundo Nuevo, nº 19, París, enero 1968. Título original:
“España, ayer y hoy”.
Digamos, de buenas a primeras, que no hay nada que sufra tanto la acción
inexorable del tiempo como la literatura política, tal vez porque
suele ser las más de las ocasiones superficial, polémica más
que informativa, informativa más que analítica, empecinada
casi siempre en ser mera propaganda, es decir, eco más que voz auténtica.
Se diría que todo cuanto se pergeña al día y para el
día está de antemano condenado a no perdurar, por verse desmentido
inmediatamente por los hechos, por las realidades. Pues bien: porque el libro
de Joaquín Maurín Hacia la segunda revolución, “escrito
en el invierno de 1934-35 al calor -y a la sombra- de los acontecimientos
revolucionarios de octubre de 1934”, según palabras del autor, no
adoleció de dichos defectos, porque se propuso ser un análisis
serio de una realidad no menos seria, pudo ser reeditado ahora no obstante
los años que han pasado. Sin fatuidad alguna, Maurín puede
escribir en una nota preliminar: “A pesar de los treinta y un años
transcurridos desde que fue pensado yescrito, creo que el libro sólo
ha envejecido en las ramas, en los detalles. El tronco me parece fuerte y
las raíces están vivas aún”. Así es. Se me antoja
que este hecho es el síntoma más elocuente del valor intrínseco
de Hacia la segunda revolución, reeditado últimamente por Ruedo
Ibérico, de París, con el título hoy día más
adecuado de Revolución y contrarrevolución en España,
valor que continuará subsistiendo mientras persistan también
en el país los problemas políticos y económicos que
lo motivaron.
En efecto, de problemas políticos y económicos se trata. Maurín
no se propuso aportar nada nuevo a la historiografía española,
ni indagar sobre lo que es España y sus orígenes, ni tampoco
hablarnos del ser y existir de los españoles. Maurín, militante
político, ocupado y preocupado por una realidad concreta, interesado
en grado sumo por el porvenir del movimiento obrero en aquellos años
últimos de la República, se inquieta del ineluctable desenlace
que se avecinaba. Estábamos a principios de 1935 y el nuevo régimen
republicano había entrado en franca crisis, por no haber sabido o
podido, como clamaba Costa, “abreviar los trámites de la Historia
dando un salto de cuatro siglos para alcanzar a los que nos han tomado la
delantera y con los cuales nos es forzoso vivir”, es decir, con los países
occidentales. España se hallaba en aquella fecha en plena ebullición
política, o sea en total inestabilidad. Maurín, examinando
fríamente la situación, escribió en el prólogo
de su libro: “El movimiento obrero español, vive ahora uno de los
momentos más dramáticos y decisivos de su existencia. Se asiste
al derrumbamiento estrepitoso de todo un sistema económico, político
y social. Según sea el desenlace final, España tomará
uno u otro rumbo. O será vencida la crisis actual, superando la decadencia
y dando un salto gigantesco -y esto será la revolución democráticosocialista-,
o España será agarrotada por un régimen de coacción
que impedirá el desarrollo de sus fuerzas productivas y se irá
agotando lentamente hasta desmoronarse por completo. Esta es la disyuntiva
histórica. Socialismo libertador o putrefacción fascista”.
¿Cómo la República pudo llegar a tal situación,
cuando tres o cuatro años antes aparecía cual la suprema esperanza
de la inmensa mayoría del pueblo español? Según Maurín,
porque sus representantes se dedicaron a una labor puramente legislativa
de la que esperaban surgieran ciertas reformas, en lugar de atacar de frente
los verdaderos
problemas del país para resolverlos y legislar luego en consecuencia.
Esos problemas básicos eran -lo son todavía- los siguientes:
la cuestión agraria, la estructuración del Estado, el Ejército
y la Iglesia. Para Maurín, “el porvenir de la República, toda
la
revolución democrática, dependía de la transformación
agraria”. “La estadística -añade- planteaba el problema con
una claridad meridiana: se trataba de expropiar a un puñado de propietarios,
dueños de más de 50% de la tierra cultivable. Frente a esa
minoría de grandes propietarios estaban varios millones de campesinos
sin tierra. Desde un punto de vista de democracia y justicia social, ¿cómo
podía compararse la conveniencia de unos centenares de familias con
la de unos cuantos millones de campesinos pobres?”. Asimismo cabía
reformar por completo el Ejército, que había sido 1a piedra
angular de la Monarquía. “La República tenía que haber
ido [...] a su transformación fulminante ya que el porvenir del nuevo
régimen se hallaba en gran parte vinculado a esa cuestión”.
En lugar de esto, se hizo una mera selección administrativa que dejó
intactas las bases sociales del Ejército, como se pudo comprobar el
19 de julio de 1936. También -nos sigue diciendo el autor de Revolución
y contrarrevolución en España- resultaba absolutamente necesario
imponer no sólo la separación de la Iglesia del Estado e implantar
la libertad de cultos, sino sobre todo terminar con la potencia económica
de la Iglesia. “La Iglesia, directora, instructora y explotadora, era proteica,
y estaba presente en todas partes, desde que el hombre nacía hasta
que moría, y siempre dominadora y haciéndose pagar”. Era un
Estado dentro del Estado.
El análisis que nos ofrece Maurín respecto a los problemas
políticos y económicos de la España de 1935 se complementa
con un examen no menos riguroso de las distintas fuerzas obreras, principalmente
del anarquismo, del socialismo y del comunismo. Esta es sin duda la parte
polémica del libro, la que puede parecer al lector más subjetiva,
más
partidista. Creo, empero, que los acontecimientos posteriores confirmaron
bastantes de los puntos de vista expuestos por Maurín. Un movimiento
obrero triplemente dividido y con una interpretación falsa del proceso
político tenía que sucumbir a la postre. La clase obrera española,
y con ella sus organizaciones tradicionales, se mostró mucho más
instintiva que intuitiva, más luchadora que comprensiva. Maurín
lanzó en su hora esta
advertencia fundamental: “rectificar combatiendo o seguir como antes y ser
aplastada”. También resultaron proféticas estas líneas
suyas: “Ha fracasado el régimen levantado alrededor de la Monarquía.
Ha fracasado la República burguesa. El fascismo está plagado
de antagonismos que lo roen, de momento. Pero si el proletariado no logra
superarse, si no es capaz de comprender la misión que le corresponde
adoptando una estrategia y una táctica justas, enfocadas hacia un
objetivo final, el de la toma del Poder, evidentemente, la actual generación
quedarla triturada por la contrarrevolución, y la tarea salvadora
corresponderla más tarde a una próxima promoción”.
El estudio político que es la base del libro corresponde, repetimos
una vez más, a un momento específico. a una situación
concreta particularmente decisiva. Maurín insistió una y otra
vez en la disyuntiva que se ofrecía a España al comenzar el
año 1935: “socialismo libertador o putrefacción fascista”,
“socialismo o fascismo”, “la hora de la
decisión se aproxima: dictadura fascista o democracia socialista”,
“es evidente que si la clase trabajadora no logra imponer su triunfo, es
fatal que, más o menos tarde, prevalecerá [...] un régimen
de fuerza marcadamente fascista con un carácter más o menos
profundamente militar”. Esta constante voz de alarma no era mera propaganda,
ni agitación barata; respondía a un examen sereno, objetivo,
consciente, de un estado de cosas que no podía perdurar mucho tiempo.
Un año y medio más tarde, en julio de 1936, los trágicos
acontecimientos que envolvieron a España dieron razón a los
temores que Maurín había expresado de manera casi machacona.
La demagogia imperante en
aquel período cegó a la mayor parte de los dirigentes de la
clase obrera, mientras los elementos republicanos se sentían impotentes
ante una situación que los desbordaba. El choque con las fuerzas reaccionarias
resultaba inevitable, ya que estas últimas se habían preparado
para el golpe militar desde el momento mismo de la proclamación de
la
República en 1931.
Para comprender mejor esta ineluctabilidad, era necesario echar una ojeada
al pasado reciente. Es lo que hizo Maurín en la introducción
que escribió para esta última edición de su libro. En
efecto, el siglo XIX fue de una importancia capital en la historia de España,
por lo que se imponía un estudio, incluso sumario, del mismo. La invasión
napoleónica y el consiguiente hundimiento de la dinastía borbónica
-restablecida luego, pero desaparecida no sabemos si definitivamente o no
una centuria después-, la llamada guerra de independencia, el nacimiento
del liberalismo, las guerras carlistas, la dislocación final del imperio
con la emancipación de las colonias de América, las asonadas
militares, toda esa sucesión casi ininterrumpida de acontecimientos,
son la expresión inequívoca de una revolución, en la
que el pueblo español se esfuerza con mejor voluntad que tino en darse
nuevas instituciones que reemplazaran a las viejas, ya caducas. En unos cuantos
años, sobre todo los que van de 1808 a 1868, la nación española
vivió políticamente más que en los tres siglos anteriores.
Por todo esto, cualquier estudio sobre la España de hoy tiene que
tener en cuenta el ayer ochocentista, sin lo cual la realidad presente no
sería inteligible. Esta necesidad, pues, incitó a Maurín
a redactar esa introducción que arranca de los comienzos del siglo
XIX, en la que con estilo ágil muestra cómo cuatro generaciones
de españoles se esforzaron por arrancar a España de su retraso,
sin conseguirlo, cómo la burguesía española no fue capaz
de hacer su revolución y todos los intentos democráticos fracasaron
siempre. La España del siglo XX heredó todos los problemas
del ochocientos, pero más agravados.
La revolución liberal de 1820-1823 “no supo encontrar su verdadero
cauce y se enmarañó en detalles marginales. Los liberales eran
una minoría intelectual, henchidos de ideologías, pero poco
prácticos. Era la primera vez que tomaban el poder e iban un poco
a tientas. [...] Daban la impresión de encontrarse en un laberinto
del que no hallaban la salida”. La otra revolución, la de 1868-74,
no fue capaz de dar una solución a los problemas que la historia planteaba
y que, según Maurín, eran tres inseparables: “la forma de gobierno,
la expropiación de la nobleza y la estructuración del Estado”.
“Al no solucionar estos tres problemas básicos, la revolución
[...] carecía de meta histórica y estaba condenada al fracaso”.
Ya Costa, refiriéndose a esta revolución, había escrito
en Oligarquía y caciquismo: “La primera sorpresa que nos guarda, en
este respecto, la historia política de España, es la absoluta
ineficacia de la revolución de 1868; que hayan resultado defraudadas
las esperanzas que hizo concebir; que haya sobrevivido el estado anterior
a ella, haciendo preciso reponer el problema de la libertad, de la soberanla
nacional [...] todo aquel aparato teatral, manifiesto de Cádiz,
juntas revolucionarias, destronamiento de la reina, Constitución democrática,
soberanía nacional, no pasó de la categoría de pirotecnia:
la graduamos de revolución y no fue más sino un simulacro de
revolución”.
Fracasó, pues, el liberalismo en España como movimiento político
-como fracasó en general en toda Hispanoamérica- no por falta
de esfuerzo y de coraje, sino por no haberse enfrentado resueltamente con
los problemas vitales que el país venía arrastrando desde hacia
siglos, en particular la liquidación de la gran propiedad. Con la
llamada generación del 98, una minoría intelectual se planteó
la cuestión candente de la decadencia de España. ¿Cómo
la juzga Maurín en su libro? Veamos: “Los estudiosos del problema
-Costa, Picavea, Unamuno, en primer lugar- verían, sí, los
efectos, pero no lograban descubrir las causas. Y, sin embargo, la historia
estaba allí, delante, desnuda, palpitante. Bastaba limpiarla de los
embelecos pseudopatrióticos acumulados durante siglos para ver las
cosas claramente”. ¿Y qué era necesario ver? “Lo vieron todo,
menos lo que era la base de todo: la gran propiedad, el 50% de la tierra
acaparada por una minoría explotadora. Cuando Costa hablaba de oligarquía
y caciquismo que había que destruir, no se daba cuenta que la oligarquía
y el caciquismo eran el resultado de la permanencia de la gran propiedad.
Y cuando pedía la europeización de España, no comprendía
que para europeizar a España había que hacer una revolución
agraria que distribuyera los latifundios entre tres o cuatro millones de
campesinos sin tierra. A la revolución agraria hubiese sucedido la
revolución industrial, y España se hubiera europeizado”.
En el prólogo que ha escrito el profesor Marichal para las Obras Completas
de Manuel Azaña, el prohombre de la segunda República, encuentro
este párrafo atinadísimo:”Para Azaña la tragedia del
liberalismo español, desde sus principios en el siglo XIX, pero sobre
todo desde 1854, ha sido su tendencia a la transacción y al compromiso”.
Mas por desgracia esa tragedia se prolongó, precisamente a través
del propio Azaña, hasta el mismo 19 de julio de 1936, fecha en que
como todo el mundo sabe la reacción española encabezada por
el Ejército se encargó de liquidar en su favor todo compromiso
y transacción. Y así los seculares problemas de España
continúan sin hallar una solución de continuidad. En un editorial
del diario Pueblo, de Madrid, leí el 14 de julio último estas
líneas que vale la pena reproducir: “En medio del dinamismo social
que tenemos los españoles en estos momentos para desanclarnos del
pasado, aparecen, de vez en cuando, algunas muestras que no tienen nada que
ver con el nuevo semblante del país, ni, por supuesto, con la España
de hace medio siglo, sino que son monstruosos reverdecimientos de tiempos
más lejanos de nosotros, como esos relatos fantásticos de animales
antediluvianos que tras hibernaciones colosales vienen a las orillas del
mundo actual. Llevamos un año sorprendente; canónigos que son
propietarios de tierras y no las sueltan por muchas encíclicas que
les caigan encima y que seguramente ellos mismos defenderán en los
púlpitos con la mejor voz evangélica. Aristócratas que
de repente se sabe que son dueños absolutos de pueblos enteros, incluidos
manantiales, tierras de pan y cementerio”.
El editorialista de Pueblo se sorprende, pues, de algo que es realidad permanente
de España. Hace muchísimos años, incluso siglos, que
esos canónigos y aristócratas son dueños de gran parte
de la tierra. Maurín nos recuerda en su libro que al iniciarse el
siglo XIX, “nobleza e Iglesia juntas, esto es, el 5,3% de la población,
poseían el 68 % del patrimonio nacional”. Si examinamos el pasado
aún más lejano comprobaremos, merced a la Historia de la economía
política en España de Manuel Colmeiro, que ya a mediados del
siglo XVII “sólo los arzobispos de León y Castilla juntaban
una renta casi igual a la que tenía la Corona”. Esta situación
no la modificó ninguna de las revoluciones liberales del siglo último,
ni la desamortización emprendida por Mendizábal -la única
medida seria tomada con el problema de la tierra-, ni tan siquiera la segunda
República de 1931. Siempre imperó, para decirlo con palabras
de Azaña, el compromiso y la transacción. El resultado está
a la vista, no solamente en España, sino asimismo en toda Hispanoamérica,
víctima también de la oligarquía y del militarismo.
(Y es que Hispanoamérica está emparentada con España
no sólo gracias a su historia pasada y a su lengua, sino igualmente
a la similitud de muchos de sus problemas, en particular el de la propiedad
de la tierra.)
Cierto, los tiempos han cambiado y vivimos los viejos problemas con nuevas
ópticas y distintas perspectivas. Otras generaciones han tomado o
tomarán pronto el relevo, las cuales no dejarán de examinar
las cosas con ojos diferentes. Pero les será necesario conocer el
ayer inmediato y los errores cometidos para así hacer frente a la
situación con pleno conocimiento de causa. A este respecto, no tengo
la menor duda de que este
libro de Joaquín Maurín les será extremadamente útil.
Todavía continúa siendo una obra de innegable valor desde el
punto de vista doctrinal e histórico, a pesar de los años transcurridos.
Agradezcamos, pues, a la Editorial Ruedo Ibérico de París el
que haya tenido el indudable acierto de reeditarla y poder así ofrecerla
a un público joven y nuevo, deseoso de profundizar en la realidad
de los verdaderos problemas políticos de España.