La URSS: de la revolución socialista al
capitalismo de Estado
Publicado por el POUM en Cuadernos
de La Batalla, fechado a 15 de agosto de 1952.
1.Preámbulo
2.Trascendencia y particularidades
de la revolución de octubre de 1917
3.Burocratización
del Partido Bolchevique y del Estado
4.Las etapas de la
contrarrevolución estalinista
5.El concepto marxista del Estado y la realidad que ofrece la URSS
6.Carácter
del régimen ruso: capitalismo de Estado
7.La burocracia estalinista,
nueva clase social
8.El imperialismo ruso
y sus raíces económicas
9.Conclusiones sumarias
1.Preámbulo (1)
La cuestión rusa o, dicho en términos más precisos,
la naturaleza de clase del Estado ruso, ha venido siendo al correr de los
años –particularmente en estos veinte últimos- la piedra de
toque en las discusiones internas y públicas de las organizaciones,
grupos y grupitos revolucionarios. Mas lo que antaño era mera discusión
teórica, de importancia estrictamente ideológica y a largo
plazo por así decirlo, se ha convertido ahora en algo tan fundamental
e insoslayable que puede afirmarse rotundamente que deslinda sin equívoco
posible las posiciones políticas. Y no sólo políticas.
Las condiciones en que se ha afirmado el expansionismo soviético
–reflejo tanto de las contradicciones existentes entre la URSS y el resto
del mundo, como de la evolución interior de la URSS misma- ofrecen
materiales que permiten emprender desde un ángulo enteramente nuevo
y con perspectiva mucho más grande, el examen del problema ruso.
En efecto, la segunda guerra mundial ha cambiado radicalmente no sólo
la situación internacional y las relaciones de fuerza entre los diferentes
países, sino los aspectos mismos de la cuestión rusa; al final
de la misma, la burocracia estalinista apareció como habiendo desbordado
los cuadros naturales de la Unión Soviética, convirtiéndose
en fuerza dominante en una docena de países limítrofes, en
los que ejerce el poder de manera directa o indirecta. La cuestión
de la URSS ya no es sólo la cuestión de la URSS.
Hoy día nadie puede ser, como acontecía en el pasado, partidario
de aquella entonces intrascendental consigna de la defensa de la URSS sin
que esto deje de acarrear la aprobación más o menos tácita,
o al menos un sostén confesado o no de la política exterior
rusa, así como del sistema de explotación inhumano imperante
en la URSS con su secuela de terror y de totalitarismo, que como muy bien
dijo Trotski era la característica del régimen ruso mucho
antes de que la expresión nos viniese de la Alemania hitleriana;
este mismo sistema de explotación es el que actualmente rige en todo
el llamado glacis soviético, sometido a la URSS tanto política
como económicamente. De nada sirven, pues, las extorsiones teóricas
o seudoteóricas de ciertos casuistas, ni menos aún los distingos
de los que, al ejemplo de los trotskistas, hablan de un sostén crítico.
La realidad social, insoslayable e imperativa, no deja lugar para los pedagogos
que quisieran comportarse respecto al estalinismo como dicen que Francisco
de Asís se comportaba respecto al lobo, al hermano lobo. Tratar de
llevar al estalinismo al buen camino, a la vía revolucionaria e internacionalista;
ofrecer día y noche gratuitos consejos de buena conducta con una
inocencia virginal y esforzarse en facilitar su tarea -su criminal tarea,
añadamos para ser más justos y concretos- a cambio de que
permita escuchar algún que otro sermón franciscano, todo esto
sería verdaderamente cómico si en el fondo de las cosas no
resultase trágico. Trágico porque se trata del destino inmediato
y futuro de la clase trabajadora y del socialismo. El estalinismo, según
otra frase feliz de Trotski, es la lepra de la URSS y la sífilis del
movimiento obrero internacional. Pues bien: la lepra y la sífilis
no se curan con cataplasmas caseras y buenos consejos, por más que
nos lo afirmen ciertos curanderos trotskistas y otros. Resumiendo sobre
este asunto: la defensa de la URSS supone en la actualidad ni más
ni menos que ir a la cola del estalinismo en no importa qué país
y en no importa qué situación.
Nuestro Partido, el POUM, dada la heterogeneidad de sus componentes en
el momento de la fusión de lo que hasta entonces fueron Bloque Obrero
y Campesino e Izquierda Comunista, adoptó en sus primeros tiempos
una posición un tanto empírica, aunque no obstante resultaba
bastante clara. En medio de la desgracia que supuso la intervención
rusa en España –Moscú apuñaló la revolución
española antes que el propio franquismo-, esa intervención
hizo que los militantes del POUM y no sólo del POUM aprendiesen en
la práctica durante aquel periodo de 1936 a 1939 infinitamente más
que otros lograron aprender en veinte años de discusiones teóricas
y casi siempre bizantinas. El más miope de nuestros compañeros
pudo ver y constatar inequívocamente que la URSS no era el país
aquel que encerrado en sus fronteras se empeñaba en desentenderse
del resto del mundo para construir el socialismo de acuerdo con la teoría
de Stalin; país que decía partir de la realidad y posibilidades
rusas para lograr establecer el socialismo en un solo país abandonando
el resto de la clase obrera mundial a su sola suerte y sin otra misión
que defender a la URSS en caso de agresión capitalista. Esa experiencia
nuestra no fue jamás olvidada, porque no podía serlo, y al
pasar la frontera camino del exilio llevábamos todos en el macuto
una posición definitiva respecto al estalinismo y al régimen
de la URSS
(2)
. Hechos más recientes y por lo tanto innecesariamente recordables
no hicieron sino reforzar esa actitud nuestra. Por otra parte, recordemos
que el POUM se formó en lucha contra el estalinismo y que contra
el estalinismo y la URSS defendió la revolución española
en una lucha política de todos los días y hasta de todas las
horas, lucha en la que sacrificó a sus militantes e incluso a sus
dirigentes. El POUM cuenta con méritos más que suficientes
para ostentar un consecuente y límpido antiestalinismo. No es de ahora
que es antiestalinista; lo fue siempre. Y ese antistalinismo nuestro no lo
es por reacción social -la aclaración huelga, indudablemente-
sino por socialistas revolucionarios. Nadie puede ponerlo en duda.
La burocracia estalinista y la legión de lacayos que a sus órdenes
ofician de escribas, no dejan de explotar el hecho verídico e innegable
de que no pocos antiguos comunistas embarcados sin vergüenza ni temor
–aunque tal vez con más temor que vergüenza- en el anticomunismo
made in USA, han terminado por hacerse los abogados interesados de la reacción
burguesa. Y, en consecuencia, una de sus expresiones más repetidas
es la de que fuera del partido, es decir, fuera del estalinismo, no existe
salud posible, especie de excomunión a priori con la que tratan de
reforzar la fe de sus adeptos, lo mismo que el clero asusta a sus fieles
descarriados o prestos al descarrío con las abrumadoras descripciones
del infierno. Pero no estará de más el señalar igualmente
que bastantes antiguos revolucionarios, embarcados también sin temor
ni vergüenza –sin duda, asimismo, con menos vergüenza que temor-
en el estalinismo han terminado por convertirse en vulgares verdugos de la
clase obrera. Recordemos a los faltos de memoria y a los que ignoran un pasado
todavía reciente, que al formarse el POUM hubo una pequeña
e intrascendental escisión, la de los Colomer y demás congéneres,
que tuvo por base la actitud tomada respecto a la URSS y al estalinismo.
No fue casual ni mucho menos que todos aquellos individuos, que se alejaron
de nuestro lado para asentar sus posaderas en el campo estalinista, fuesen
los primeros en ser los brazos ejecutores de la represión llevada
a cabo contra nuestro Partido a partir de junio de 1937. La defensa incondicional
de la URSS y el amancebamiento con el estalinismo obliga, cuando la ocasión
se presenta, a desempeñar el papel de policía y hasta de verdugo
respecto a antiguos camaradas de lucha.
En consecuencia, nuestra actitud respecto al estalinismo y respecto a la
URSS debe partir de consideraciones distintas a las meramente psicológicas
o dictadas por oportunismos circunstanciales, sin tener en cuenta más
que una sola y única cosa: la realidad intrínseca del régimen
imperante en la URSS. Queremos decir que no puede hacer mella en nosotros
esa especie de terror que el estalinismo extiende a través de todas
las fronteras, cubriendo de improperios a cuantos no se someten a su dictado,
motejándolos ayer de fascistas y hoy de pro-americanos; tampoco puede
ser aceptado ese criterio simplista de los que obran por simple silogismo
y que partiendo del hecho de que un cierto sector de la clase obrera es
stalinista, y de que nuestro deber es estar siempre al lado de la clase
obrera, deducen que no puede combatirse al stalinismo sin combatir a esa
misma clase obrera, y que para defender a ésta se precisa juntarse
al stalinismo. (A esta gente puede recordársele que también
el hitlerismo contaba con un sector de la clase obrera alemana y que antes
de apoderarse del poder organizaban huelgas de toda índole, por cierto,
al alimón con el estalinismo). Ni qué decir tiene, igualmente,
que la consideración de que la URSS es denunciada por el capitalismo
no puede ni debe apartarnos de nuestra línea de conducta, que es la
de decir las cosas tal como son, amén de que habría de demostrarse
quién hace más daño a la causa del socialismo, si el
capitalismo con sus ataques o el estalinismo con su conducta. Existen chantajes
que van durando demasiado y que va siendo hora de desterrar de los medios
obreros.
El caracterizar el régimen ruso como el de un capitalismo de Estado
no responde a una presión de la situación actual –a una presión
del capitalismo, como arguyen los trotskistas-, ni a una reacción
personal fruto de las experiencias sufridas con los estalinistas, ni menos
aún a una actitud de desesperación o pérdida de fe en
las posibilidades de la clase trabajadora. Lejos de esto. El definir a la
URSS como un régimen de capitalismo de Estado es un hecho que se impone
a la luz de un estudio incluso sumario de la realidad social imperante en
el país. Juzgar el régimen ruso por la aparente ausencia de
la propiedad privada, de la propiedad individual que liquidó la revolución
de Octubre; por la estatización de los medios de producción
y asimismo por las transformaciones de la propiedad realizadas bajo la égida
stalinista en tal o cual país o territorio, es decir, en los distintos
países del glacis, es pura y simplemente tomar el rábano por
las hojas, o sea, contentarse con una explicación cortical que no
llega ni con mucho al meollo de las cosas. La nueva clase social rusa, que
no quiere en modo alguno compartir o repartir el Poder y sus privilegios
con las antiguas clases gobernantes, se ha visto obligada a efectuar en todo
el Este europeo una serie de modificaciones sociales que a fin de cuentas
no responde a la realización de un programa socialista, sino justamente,
repetimos, al reforzamiento de su hegemonía mediante la estatización
de la propiedad y el control directo y total del Estado, con lo cual la propiedad
queda por completo en sus manos.
La URSS régimen de capitalismo de Estado; la burocracia rusa nueva
clase social explotadora; el estalinismo movimiento político que
responde a los intereses sociales del capitalismo de Estado de la URSS y
de su clase dominadora. Tal es la conclusión o conclusiones que se
imponen. Sin duda puede parecer a algunos un poco precipitada, y sobre todo
en contradicción con nuestras pasadas posiciones. Pudiera ser que
exista quien guste de husmear en el pasado y trate inocentemente de poner
en evidencia lo que pensábamos y decíamos entonces y lo que
pensamos y decimos ahora. A decir verdad, la refutación de este tonto
ejercicio no merece ni tan siquiera una sola línea, tanto más
por cuanto no existe en nosotros un cambio brusco e inesperado. En la medida
que el lenguaje es un reflejo de las ideas y una manera de expresarlas públicamente,
es natural que el nuestro no sea hoy día el mismo de hace años,
por no serlo tampoco las ideas, reflejo a su vez de la realidad social de
las cosas que les da vida y a las cuales responden. Hace una veintena de
años resultaba harto atrevido afirmar que una nueva clase social había
surgido en la URSS; si ésta había surgido, sus perfiles eran
en todo caso aún poco definidos, y, por otra parte, nosotros mismos
éramos presa de concepciones que ya entonces no respondían
a la realidad concreta -actualmente lo sabemos y comprendemos bien- pero
que tenían todavía que pasar por el tamiz de una experiencia
a realizar. Para nosotros, marxistas, la dialéctica no es una expresión
más, una denominación carente de sentido preciso: la dialéctica
es y continúa siendo, como la definió Engels, la ciencia de
las leyes del movimiento y del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad
y del pensamiento. Desarrollo del pensamiento... Con esto queda dicho todo.
Las líneas que siguen tratan de abordar algunos de los principales
aspectos del problema de la URSS, sin la pretensión de sentar cátedra
ni orientar a los camaradas. Simplemente se exponen unas cuantas ideas,
las fundamentales, con la mayor claridad posible y con el deseo de que los
demás las contrasten con las suyas propias y establezcan las deducciones
necesarias. Lo único que lamenta el autor es que la falta de tiempo
y de documentación adecuada haya obligado a sintetizar demasiado
y a dejar de lado aspectos que bien merecen asimismo una cierta atención.
Febrero de 1952
2.Trascendencia y particularidades de la revolución de octubre de
1917
La revolución rusa de Octubre ha sido, sin la menor duda, el acontecimiento
social más importante del siglo. Como señaló Rosa Luxemburgo
(3)
, su explosión, su radicalismo sin ejemplo, la poderosa extensión
que tomó, la acción profunda mediante la cual trastornó
todos los valores de clase y desarrolló todos los problemas sociales
pasando del primer estadio del republicanismo burgués a fases socialistas,
todo esto evidencia hasta la saciedad que no se trató de un hecho
político episódico, sino de la culminación de un largo
y penoso proceso de preparación revolucionaria en el que la socialdemocracia,
y los bolcheviques sobre todo, jugó un papel, año tras año,
importante y fundamental.
Desde comienzos de siglo, incluso antes, los grupos revolucionarios rusos
discutían ya los caracteres y alcance de la futura revolución.
La socialdemocracia, dividida pronto en bolcheviques y mencheviques más
que nada por cuestiones de organización, definió esa revolución
como democrático-burguesa; consideraba que Rusia tendría que
seguir el mismo proceso histórico que la Europa occidental, o sea,
como decía Plejanov, “pasar por el purgatorio capitalista”. Los bolcheviques,
que también reconocían el carácter democrático-burgués
de la revolución, discrepaban de los mencheviques en lo referente
a las fuerzas motrices de la misma. Éstos estimaban que la dirección
correspondía a la burguesía, puesto que la revolución
era burguesa, mientras aquellos entendían que en razón del
atraso del capitalismo ruso, sería el proletariado el que, aliado
con los campesinos, se pondría a la cabeza. “Cuanto más completa,
más decisiva y más consecuente sea la revolución burguesa,
tanto más garantizada se hallará la lucha del proletariado
contra la burguesía por el socialismo”, escribía Lenin
(4)
. Por lo demás, Lenin buscaba las fuentes de la revolución
en la tradición nacional rusa, considerando la cuestión agraria
como la espina dorsal de la revolución y a los campesinos pobres
como la reserva principal de energía revolucionaria, con lo cual
se acercaba al antiguo programa de los narondnikis (populistas) y se alejaba
de los mencheviques. Pero dos opiniones más avanzadas, que superaban
en mucho a bolcheviques y mencheviques, fueron expuestas ya en 1905 por
Rosa Luxemburgo y León Trotski. Ambos coincidían en el fondo
al estimar que el proletariado, a la vanguardia de la revolución,
no sólo pondría al orden del día los problemas de índole
democrática, sino asimismo los de carácter socialista; la
revolución toma entonces un sentido ininterrumpido, permanente. En
1917 la teoría de la revolución permanente elaborada por León
Trotski halló su confirmación más definitiva. Éste
último escribió más tarde: “La insignificancia de la
burguesía rusa hizo que los objetivos democráticos de la Rusia
atrasada, tales como la liquidación de la monarquía y de una
servidumbre de campesinos semisiervos, no pudieron alcanzarse sino por la
dictadura del proletariado. Pero, habiendo conquistado el poder a la cabeza
de las masas campesinas, el proletariado no pudo limitarse a las realizaciones
democráticas. La revolución burguesa se confundió inmediatamente
con la primera fase de la revolución socialista”
(5)
.
La revolución de Octubre, pues, dado el atraso económico
del país tuvo que enfrentarse con tareas socialistas y tareas burguesas.
Los bolcheviques en el poder emprendieron unas y otras, imprimiendo así
a la revolución un carácter mixto, es decir, democrático-socialista.
Por un lado nacionalización de la industria, del comercio y de las
bancas; por otro, reparto de tierras a los campesinos, libre autodeterminación
nacional. No cabe la menor duda que éstas dos últimas medidas,
tan importantes y decisivas, obedecieron más que a consideraciones
ideológicas, a mero oportunismo político: el reparto de tierras,
sobre todo, constituía la manera más simple y más contundente
de romper la gran propiedad agraria y ganar la simpatía de las grandes
masas campesinas. Pero, en el fondo, nada tenía que ver con el socialismo.
Como lo observó Rosa Luxemburgo, esta medida de los bolcheviques
tendía a acumular dificultades insuperables en la futura transformación
de las condiciones de la agricultura en un sentido socialista. “La reforma
agraria de Lenin –escribió aquella en su citada obra- ha creado para
el socialismo en el campo una nueva y poderosa categoría de enemigos
cuya resistencia será mucho más peligrosa y más obstinada
que no lo era la de los grandes terratenientes aristócratas”. La
colectivización en el campo, emprendida diez años más
tarde por Stalin con una violencia inaudita, ha justificado en parte las
aprensiones de la gran militante socialista que fue Rosa Luxemburgo. Sin
embargo, para ser objetivos, falta saber -¿y quién lo sabe?-
si los bolcheviques hubieran podido sostenerse en el poder sin haber ganado
previamente a las masas campesinas mediante el reparto de tierras. A decir
verdad, esta contradicción entre el fin y los medios es fruto del
carácter mismo de la revolución rusa, determinado por su atraso
económico.
Es indudable que la economía semifeudal rusa, cuya producción
había caído casi a cero durante los primeros tiempos de la
conquista del poder y que había de atravesar luego los años
difíciles de la guerra civil, no podía dar el salto que la
transformase de la noche a la mañana en una economía socialista.
En consecuencia, durante el primer periodo revolucionario representó
un sistema combinado que iba de la primitiva economía natural en el
campo hasta el sector nacionalizado de la industria y del comercio. A fin
de cuentas, la edificación de una economía y de una sociedad
socialistas en Rusia estaba totalmente condicionada por la victoria de la
revolución en la Europa occidental, particularmente en Alemania. El
problema podía ser planteado en Rusia, pero no resuelto. Incluso bastantes
de las medidas socializadoras lo fueron como consecuencia de las necesidades
inmediatas de la guerra civil, que impuso una especie de comunismo de guerra.
“El comunismo de guerra -explicó Lenin- nos había sido impuesto
por la guerra y la ruina. No fue ni podía ser una política
que respondiese a las tareas económicas del proletariado”. “Los objetivos
económicos del poder de los soviets -explicó por su parte Trotski-
se reducen principalmente a sostener las industrias de guerra y a sacar partido
de las débiles reservas existentes para combatir y salvar el hambre
a las poblaciones de las ciudades. El comunismo de guerra era en el fondo
la reglamentación del consumo en una fortaleza sitiada”. Las dificultades
económicas llevaron, a través del impuesto en especie y después
del insoportable periodo de comunismo de guerra, hasta la NEP. La NEP significaba
o era la expresión económica del retroceso de la revolución.
Las dificultades económicas del país tuvieron su reflejo
inmediato en el terreno político. La excesiva centralización
impuesta por las necesidades militares y la eliminación progresiva
de la democracia soviética culminaron con la anulación de
todos los partidos políticos, salvo el bolchevique. La dictadura
del proletariado se convirtió pronto en la dictadura de los bolcheviques.
De esta manera se suprimió toda la vida política, toda actividad,
todo control. Rosa Luxemburgo escribió páginas encendidas y
plenas de pasión criticando la acción de Lenin y su partido.
“La libertad -decía- reservada a los solos partidarios del Gobierno,
a los solos miembros de un partido, por numerosos que ellos sean, no es la
libertad”. “La condición que supone tácitamente la teoría
de la dictadura del proletariado según Lenin y Trotski, es que la
transformación socialista es una cosa para la cual el partido de la
revolución tiene en el bolsillo una receta ya preparada que sólo
tiene necesidad de aplicar con energía. Por desgracia –o más
bien por fortuna- no es así”.”La práctica del socialismo exige
toda una transformación intelectual en las masas degradadas por siglos
de dominación burguesa. Instintos sociales en lugar de instintos
egoístas, iniciativa de las masas en lugar de inercia, idealismo
que se eleve por encima de todos los sufrimientos, etc. Nadie sabe mejor
esto, ni lo describe con mayor fuerza, ni lo repite con mayor obstinación
que Lenin. Solamente él se engaña por completo en cuanto a
los medios: decretos, poder dictatorial de los inspectores de fábricas,
penalidades draconianas, reino del terror son otros tantos paliativos. El
único camino que conduce al renacimiento, es la escuela misma de
la vida pública, la democracia más amplia y más ilimitada,
la opinión pública. Es justamente el terror el que desmoraliza.
¿Qué queda si se quita todo esto? Lenin y Trotski han colocado
en el lugar de los organismos representativos surgidos de elecciones populares
generales a los soviets como la sola representación verdadera de
las masas obreras. Pero, ahogando la vida política en todo el país,
es fatal que la vida se paralice cada vez más en los propios soviets.
Sin elecciones generales, sin libertad ilimitada de prensa y de reunión,
sin lucha libre entre las opiniones, la vida se muere en todas las instituciones
públicas, se convierte en una vida aparente en la que la burocracia
es el solo elemento que permanece activo. Es una ley a la que nadie puede
sustraerse. La vida pública se adormece gradualmente; varias docenas
de jefes de partido, de una energía inagotable y de un idealismo
sin límites, dirigen y gobiernan; entre ellos, la dirección
está en realidad en manos de una docena de hombres de eminente cerebro,
y una élite de la clase obrera es convocada de vez en cuando a reuniones
para aplaudir los discursos de los jefes, votar por unanimidad las resoluciones
que se le presenta. Se trata, pues, en el fondo, de un gobierno de camarilla;
de una dictadura, es cierto, pero no de la dictadura del proletariado, sino
de la dictadura de un puñado de políticos, es decir, una dictadura
en el sentido burgués, en el sentido de la dominación jacobina”.
La revolución rusa se encontró encerrada en un círculo
de contradicciones. Por un lado, el atraso económico del país
y la descomposición en la producción que produjo la guerra
no ofrecía otra socialización que la de la miseria; por otro,
las medidas tomadas tendentes a superar esa miseria -reparto de tierras y
otras- no tenían nada de socialistas. Por si fuese poco, la organización
del llamado comunismo de guerra condujo ineluctablemente a una centralización
que ahogaba toda iniciativa, que daba vuelos a la burocracia y que terminaba
con la democracia obrera, instaurándose la dictadura de un partido
primero, de una camarilla luego, y no la dictadura del proletariado; a la
lucha contra las demás organizaciones siguió pronto la lucha
contra las oposiciones que surgían en el seno mismo del partido bolchevique.
No hay duda de que el grupo dirigente, con Lenin a la cabeza, trataba de
ganar tiempo y conservar el poder en espera de que la revolución se
extendiera a otros países más industrializados, a Alemania
sobre todo. Mil veces repitieron que sin el triunfo de la revolución
alemana la revolución rusa estaba perdida. Para ellos, la revolución
rusa no era sino el comienzo, el paso primero a dar hacia la revolución
internacional socialista. “Solamente la victoria del proletariado de Occidente
puede proteger a Rusia contra la restauración capitalista y asegurar
la instauración del socialismo”, escribía Trotski. Rusia,
repetimos una vez más, había planteado el problema; la solución,
por así decirlo, correspondía a otros países, a los
que podían aportar esa solución en razón de su desarrollo
social. De lo contrario, replegada sobre sí misma, la revolución
rusa se vería obligada a retroceder, a sufrir la triple presión
del campesinado, de la burocracia y de la dictadura bolchevique, todo lo
cual tenía fatalmente que terminar a su vez en la imposición
de una camarilla: la estaliniana
(6)
.
En efecto, la revolución internacional no se produjo; ni tan siquiera
en Alemania pudieron vencer las fuerzas revolucionarias, y esto por causas
distintas que escapan o se salen fuera del marco de este estudio, aunque
sí vale la pena el apuntar que no fue tanto la capacidad de resistencia
y de recuperación del capitalismo como el craso error bolchevique
de querer imponer ya por doquier el esquema de la revolución rusa
uno de los motivos principales de los fracasos cosechados en el frente revolucionario
internacional, muy particularmente en la Europa central. Las consecuencias
de esos fracasos no dejaron de sentirse, no sólo en los países
donde la clase obrera se vio vencida, sino asimismo en la URSS. De hecho
el proletariado ruso perdió el poder, la propia dictadura se convirtió
en una dictadura reaccionaria de la burocracia termidoriana. La economía
rusa pasó del comunismo de guerra a la NEP y de la NEP al triunfo
burocrático que la llevaría luego a la instauración
del capitalismo de Estado bajo la égida de Stalin.
3.Burocratización del Partido Bolchevique y del Estado
La grave situación económica que hubo de vivir el naciente
Estado obrero como consecuencia de la herencia zarista y de los estragos
de la guerra civil, y, sobre todo, el fracaso de la revolución proletaria
en la Europa occidental -la abortada revolución alemana de 1923 fue
el golpe definitivo- hubieron de pesar ineluctablemente y de manera definitiva
sobre los destinos ulteriores de la revolución rusa. “Una revolución
proletaria victoriosa en Alemania hubiera roto de un golpe, con enorme facilitad,
la cáscara del imperialismo y hubiera realizado, con toda seguridad,
la victoria del socialismo en escala mundial sin dificultades o con dificultades
muy pequeñas”. (Lenin: Sobre la actual economía rusa).
La llamada Nueva Política Económica (NEP), recurso último
al que recurrieron los bolcheviques para salvarse de la catástrofe
económica, supuso la vuelta a la producción libre, artesanal,
con la consiguiente venta libre de los productos campesinos en el mercado,
y hasta la empresa capitalista libre. Y esto, a su vez, supuso el nuevo
resurgimiento de la lucha de clases que la guerra civil parecía haber
suprimido definitivamente. Merced a estas dificultades económicas,
y por lo tanto políticas -baste recordar el recrudecimiento de la
lucha de fracciones en el seno del propio partido bolchevique-, la nueva
burocracia soviética fue creciendo y ganando posiciones no sólo
en las instituciones del Estado, sino en los medios mismos del partido. La
revolución y la dura guerra civil había devorado las mejores
energías del proletariado ruso, cuya vanguardia quedó en extremo
debilitada. No faltaba más que el fracaso de la revolución
en el terreno internacional para que las tendencias del nacionalismo y del
burocratismo, íntimamente ligadas e inseparables, se viesen favorecidas.
Estas tendencias buscaron su expresión en el aparato gobernante. La
ascensión de Stalin fue el triunfo de las mismas.
A este particular Trotski escribió en su obra La revolución
traicionada lo que sigue: “Sería ingenuo creer que Stalin, desconocido
entre las masas, salió de repente de los bastidores, armado de un
plan estratégico. No, antes que él entreviese su camino, la
misma burocracia lo había adivinado. Dábale todas las garantías
necesarias: el prestigio de viejo bolchevique, un carácter firme,
un espíritu estrecho, lazos indisolubles con los bureaux, la única
fuente de influencia personal. Al principio, Stalin se sorprendió
de su propio éxito. Era la aprobación de la nueva capa dirigente
que trataba de liberarse de los viejos principios como el control de las
masas, y que necesitaba de un arbitrio seguro en sus asuntos interiores.
Figura de segundo plano ante las masas y la revolución, Stalin se
evidenció como el jefe indiscutible de la burocracia termidoriana,
como el primero entre los termidorianos”.
¿Cómo se formó esa burocracia, es decir, con qué
elementos? El fermento se hallaba ya, por poco que se busque, en la contextura
misma del partido bolchevique. Rosa Luxemburgo lo había denunciado
con una pasión y visión ejemplares. Pero los elementos decisivos
los facilitó la desmovilización de los cinco millones de hombres
que durante la guerra civil formaron el ejército de la revolución.
Los soldados victoriosos se reintegraron a su trabajo en fábricas
o campos, pero los jefes, en su mayoría, ocuparon los puestos más
importantes en los soviets, en los organismos dirigentes de la producción
y de la distribución, en las escuelas, en los distintos organismos
estatales y del partido, llevando a todas partes un espíritu de mando
único e indiscutible. Las masas trabajadoras fueron eliminadas poco
a poco de toda participación efectiva y real en el poder. “La joven
burocracia -señaló Trotski-, formada al principio para servir
al proletariado, se sintió árbitro entre las clases y se hizo
cada vez más autónoma”. En realidad, las tendencias burocráticas
que la dictadura del proletariado engendra inevitablemente, se abrazaron
con las particularidades de un partido acostumbrado a prescindir del control
de las masas y a decidir según el buen entender del centro dirigente.
(Para los bolcheviques el revolucionario profesional lo era todo y la espontaneidad
de las masas no era nada). En otro lugar hemos estudiado un poco más
en detalle esta cuestión
(7)
.
En el proceso de degeneración de la revolución rusa, los
antiguos revolucionarios se transformaron en burócratas sin escrúpulos,
ávidos de poder personal y megalómanos en extremo, hallando
natural que los triunfos de la revolución victoriosa los recogieran
ellas y no la masa de trabajadores. La ambición de nuevas generaciones,
ansiosas de hacer carrera, encontró en el burocratismo el canal por
el cual se podía más fácilmente triunfar. El proceso
en cuestión alcanzó en la URSS proporciones insospechadas,
incluso inimaginables, desarrollándose a un ritmo rapidísimo.
Trotski, entre otros, trató de evaluar numéricamente la burocracia
rusa, a base de informes y de deducciones distintas. Vale la pena transcribir
in extenso lo que a este respecto escribió en su citada obra La revolución
traicionada:
“Los burós centrales del Estado contaban el 1º de noviembre
de 1933, según datos oficiales, aproximadamente con 55.000 personas
pertenecientes al personal dirigente. Pero esta cifra, muy acrecentada en
el curso de los últimos años, no comprende ni los servicios
del ejército, de la flota y de la GPU, ni la dirección de las
cooperativas y lo que se denominan sociedades, Aviación-Química
y otras. Cada República tiene además su aparato gubernamental
propio. Paralelamente a los estados mayores del Estado, de los sindicatos,
de las cooperativas y otros, confundiéndose parcialmente con ellos,
existe, por último, el poderoso estado mayor del partido. En modo alguno
exageraremos si estimamos en 400.000 almas las que componen los medios dirigentes
de la URSS y de las Repúblicas que pertenecen a la Unión. Puede
que alcancen hoy el medio millón. No se trata de simples funcionarios,
sino de altos funcionarios, de los jefes, que forman una casta dirigente en
el lato sentido de la palabra, sin duda dividida jerárquicamente por
muy importantes separaciones horizontales”.
“Esta capa social superior está sostenida por una pesada pirámide
administrativa de base amplia y múltiple. Los comités ejecutivos
de los soviets de regiones, de ciudades y de distritos, doblados por los
órganos paralelos del partido, de los sindicatos, de las juventudes
comunistas, de los trasportes, del ejército, de la marina y de la
seguridad general, deber dar la cifra de un orden de 2 millones de hombres.
No olvidemos tampoco los presidentes de los soviets de 600.000 pueblos y
aldeas”.
“La dirección de las empresas industriales estaba en 1933 en manos
de 17.000 directores y subdirectores. El personal administrativo y técnico
de las fábricas, talleres y minas, comprendidos los cuadros inferiores
y hasta los contramaestres contaba 250.000 almas (de las cuales 54.000 especialistas
que no desempeñan funciones administrativas en el sentido propio
de la palabra). Es necesario añadir a estos números el personal
del partido, de los sindicatos y de las empresas administradas, como es
sabido, por el triángulo (dirección, partido, sindicato).
No será exagerado estimar en medio millón de hombres el personal
administrativo de las empresas de primera importancia. Sería preciso
añadir el personal de las empresas que dependen de las Repúblicas
nacionales y de los soviets locales.”
“Desde otro ángulo, la estadística oficial indica en 1933
más de 860.000 administradores y especialistas en el conjunto de la
economía soviética. De este número más de 480.000
en la industria, más de 100.000 en los transportes, 93.000 en la agricultura,
25.000 en el comercio. Estas cifras comprenden los especialistas que no ejercen
funciones administrativas, pero no el personal de las cooperativas y de
los koljoses. Y han sido sensiblemente superadas en el curso de los dos
años últimos”
“Teniendo sólo en cuenta los presidentes y organizadores comunistas,
250.000 koljoses nos dan un millón de administradores. En realidad
hay muchos más. Con los dirigentes de los sovjose y de las estaciones
de máquinas y tractores, el mando de la agricultura socializada supera
con mucho al millón”.
“El Estado disponía en 1935 de 113.000 establecimientos comerciales;
la cooperación tenía 200.000. Los gerentes de los unos y de
los otros no son, a decir verdad, meros dependientes, sino funcionarios,
y funcionarios de un monopolio de Estado...”
“La categoría social que, sin proporcionar un trabajo productivo
directo, manda, administra, dirige y distribuye los castigos y las recompensas
(sin tener en cuenta a los maestros) debe ser estimada en cinco o seis millones
de almas...”
“En la masa burocrática, los comunistas y jóvenes comunistas
forman un bloque de 1.500.000 a 2.000.000 de hombres... Es la osamenta del
poder. Los mismos hombres constituyen el esqueleto del partido y de las
juventudes comunistas. El ex partido bolchevique ya no es la vanguardia
del proletariado, sin la organización política de la burocracia.
El conjunto de los miembros del partido y de las juventudes sólo sirve
para proporcionar activistas; es, en otros términos, la reserva de
la burocracia..”.
“Se puede admitir como hipótesis probatoria que la aristocracia
obrera y koljosiana es aproximadamente igual en número a la burocracia,
o sea, de 5 a 6 millones de almas... Con las familias, estas dos capas sociales
que se penetran pueden abrazar de 20 a 25 millones de hombres”.
Paralelamente a esto, el partido se ha visto por completo modificado desde
el punto de vista de su composición. En el XVIII Congreso celebrado
en 1938, un informe señalaba que solamente el 9,3% de los delegados
eran obreros que trabajaban en las fábricas y que los obreros representaban
el 1,3% de sus adherentes en el país. El informe del jefe del servicio
de propaganda del Comité Central del partido publicado en enero de
1947, se limita a notar que a pesar de la pérdida de centenares de
miles de miembros, los efectivos del partido habían pasado de 3,5
millones a 6 millones. El informe en cuestión sólo añade
que más de 400.000 cuentan con una instrucción superior, aproximadamente
1,3 millones con instrucción secundaria, 149.000 ingenieros, 24.000
agrónomos y 40.000 médicos, pero no dice cuántos miembros
del partido son aún obreros y cuántos trabajan en las fábricas.
Esta burocratización no se ha efectuado sólo en la URSS,
a tenor de ciertas particularidades sociales, sino asimismo en el resto
de los países satélites, lo cual evidencia la naturaleza burocrática
del estalinismo. Por ejemplo, según datos oficiales, Checoslovaquia
cuenta en la actualidad con 200.000 funcionarios públicos más
que en 1938, siendo así que su población ha disminuido en
un 20%
(8)
.
Y no sólo se ha efectuado en los países donde el estalinismo
tiene el poder en sus manos, sino también en todo el mundo occidental.
El yugoslavo Djilas ha escrito lo que sigue: “Se puede juzgar el grado de
burocratización de los partidos comunistas occidentales (ni siquiera
hablamos de los partidos comunistas en el poder) y de la medida en la cual
se ha convertido en la tendencia dominante en el seno de esos partidos,
por los hechos siguientes: el partido comunista del Land renano-westfaliano
contaba en 1932 con 32 funcionarios retribuidos. Cuenta hoy con 960. Si
tomamos como cifra media de funcionarios retribuidos por Land en 1932 la
de 32, entonces su número habría sido para toda Alemania occidental
de 352. Se puede incluso suponer que este número era un poco menor,
pongamos aproximadamente 260, puesto que los otros Laender tenían
una industria menos desarrollada y menos miembros inscritos en el partido.
Ahora, si tomamos la cifra de 960, que representa el número de funcionarios
retribuidos en el Land westfaliano-renano, como media actual de funcionarios
del partido retribuidos por Land y la multiplicamos por los once Laender,
el total sería de 10.560 funcionarios. Si deducimos el 25% en los
otros Laender, menos desarrollados desde el punto de vista industrial, el
número de funcionarios del partido retribuidos se elevaría
hoy en la Alemania occidental a 7.920 aproximadamente. Se llega a resultados
aún más aplastantes mediante el análisis de los PC de
Francia y de Italia”
(9)
.
La burocratización del partido y del Estado ruso llevó a
la pérdida de hecho del poder por la clase trabajadora y equivalió
también de hecho a una derrota total y definitiva de la economía
socialista. Es decir, el sector nacionalizado perdió su carácter
socialista, puesto que la importancia del elemento socialista en la economía
soviética se basaba principalmente en el carácter obrero del
poder, adquiriendo una nueva fisonomía estática, burocrática
y totalitaria.
4.Las etapas de la contrarrevolución estalinista
Las etapas de la contrarrevolución estalinista en la URSS son las
de la destrucción de la libertad, de toda clase de libertades, incluso
las más mínimas. A medida que la burocracia se afirmaba, la
clase obrera iba perdiendo paulatina y progresivamente todas las libertades
políticas y económicas conquistadas merced a la revolución
de Octubre. Y la burocracia se consolidaba con cada derrota del proletariado
internacional, pues si la dirección burocrática contribuía
a las derrotas, las derrotas contribuían a su vez a la afirmación
de esa misma dirección burocrática. No es ésta la única
paradoja que nos ofrece el estalinismo, ideología que afirma representar
el socialismo y que es fundamentalmente antisocialista.
Esas etapas las podemos establecer, grosso modo, así: 1917-18, momento
en que existe una democracia casi integral para las diferentes tendencias
del movimiento obrero ruso; socialistas-revolucionarios, mencheviques, anarquistas
y bolcheviques cohabitan en los soviets, en los sindicatos y en los diversos
organismos del nuevo régimen; es un periodo de libertad de prensa,
de libertad de organización, de libertad total de manifestación.
1919-23, periodo en el que la guerra civil conduce poco a poco a la hegemonía
total del partido bolchevique: todas las demás organizaciones son
suprimidas, perseguidas y destruidas; las necesidades militares cubren en
apariencia esta transformación de la dictadura del proletariado en
dictadura de los bolcheviques; pero en el seno del partido bolchevique continúan
enfrentándose diversas tendencias; no existe en la URSS más
que una sola organización, pero en su interior la democracia es respetada.
1924-27, años en los que, tras la muerte de Lenin se inicia la lucha
entre las distintas tendencias, lucha que finaliza con la victoria completa
de Stalin, representante típico de la burocracia soviética;
esta victoria entraña el fin de toda democracia en el interior mismo
del partido y por tanto en el país entero; el aplastamiento de la
oposición trotskista en 1927 consume la derrota definitiva de la clase
obrera rusa y establece el Termidor, primera etapa de la contrarrevolución
stalinista. 1928, año en el que se inician los planes quinquenales,
la industrialización a ultranza y la colectivización forzosa
en el campo, que en su forma externa terminó con la liquidación
de la economía individual agraria; la etapa termidoriana se transformó
primero en régimen bonapartista, para terminar en el totalitarismo
de una nueva sociedad asentada sobre la base del capitalismo de Estado. “El
régimen -escribió Trotski- había adquirido un carácter
totalitario varios años antes que la palabra viniese de Alemania”.
La burocracia estalinista llevó a cabo su ofensiva primera contra
el poder obrero y el sector socialista de la economía rusa, sirviéndose
de la parcial restauración de la empresa libre y del mercado, es
decir, del capitalismo representado por la NEP. Lenin depositaba su confianza
en el poder obrero para poner un freno a los males de la NEP; Stalin se
sirvió justamente de los males de la NEP para destruir el poder obrero.
La nueva política económica atrajo al régimen soviético
a los elementos capitalistas y sobre todo pequeñoburgueses, formándose
de hecho una alianza entre la burocracia y el pequeño propietario
del campo. El “¡Campesinos, enriqueceos!”, lanzado por la camarilla
estalinista tendía a algo más que a mejorar la situación
del mercado interior; a decir verdad, resumía toda su orientación
política, francamente antiobrera y contrarrevolucionaria. La expresión
en cifras de esta política es la siguiente: en 1917 el número
de unidades económicas campesinas individuales era de 18 millones;
en 1928 alcanzó 25 millones. El número de koljoses existentes
en 1925 era de 21.900, que representaban el 1,2% de las granjas campesinas;
en 1927 descendió a 14.880, que representaban sólo el 0,8%
(10)
. La productividad ofrecida por los campesinos ricos era mayor que
la de los campesinos medios y pobres. La burocracia se encontró frente
al peligro de una supremacía del campesinado rico en el terreno económico.
La ofensiva contra el campesinado, caracterizada por una colectivización
a ultranza de una brutalidad inusitada, tendió a liquidar ese peligro.
Cuando en 1929 se proclamó el primer plan quinquenal, éste
preveía la colectivización del 18% de las tierras cultivables.
Pero la nueva política contra el campesinado se llevó a un
ritmo tal que en 1931, en lugar del 18% previsto para el final del plan quinquenal,
la colectivización alcanzaba el 67,8% de las tierras; en 1935, era
del 94,1%; en 1940, del 99,9%. Tales son, al menos, los datos de carácter
oficial.
Sin embargo, para intentar pacificar el campo, dolorido de la terrible
guerra civil que significó la colectivización forzosa, la
burocracia estalinista se vio obligada a ir otorgando sucesivas concesiones
a las tendencias individualistas y al espíritu de propiedad de los
campesinos, comenzando por la entrega de la tierra a los koljoses en disfrute
perpetuo. Esta medida última supone ni más ni menos que la
liquidación de hecho de la nacionalización del suelo. A este
respecto Trotski escribió: “¿Ficción jurídica?
Según la relación de fuerzas puede convertirse en realidad
y constituir próximamente un gran obstáculo a la economía
planificada. No obstante es mucho más importante el que el Estado
se haya visto obligado a permitir la resurrección de las empresas
campesinas individuales, en parcelas diminutas, con sus vacas, sus cerdos,
sus carneros, sus aves de corral, etc. A cambio de este golpe a la socialización
y esta limitación de la colectivización, el campesino consiente
en trabajar tranquilamente en los koljoses, aunque sin gran celo por el momento,
lo que le da la posibilidad de cumplir sus obligaciones hacia el Estado y
de disponer de algunos bienes. Estas nuevas relaciones presentan aún
formas talmente imprecisas que sería difícil expresarlas en
cifras, incluso aunque las estadísticas soviéticas fuesen
más sinceras. Numerosas razones permiten no obstante suponer que para
el campesino, su minúsculo bien individual tiene más importancia
hoy día que el koljós. Es decir, que la lucha entre las tendencias
individualistas y colectivistas impregna todavía toda la vida del
campo y no está decidido cómo terminará”
(11)
.
Esta tendencia del campesinado hacia la propiedad individual y el afán
de lucro de los burócratas locales hizo que se asistiese en los años
que siguieron a la última guerra mundial a una apropiación
pura y simple de las mejores tierras en detrimento de los koljoses y bienes
comunales. El autor del citado libro La Glacis soviétique recoge distintas
manifestaciones de la prensa rusa en las que se descubren esas apropiaciones.
Citemos algunas: un diario agrícola señalaba el 6 de febrero
de 1947 que a consecuencia de la ordenanza gubernamental que prescribía
el fin de las violaciones del estatuto de los koljoses, “más de 4
millones de hectáreas de tierras ilegalmente arrebatadas a los koljoses
les han sido restituidas en el curso de los cinco meses últimos”.
La
Pravda del 18 de diciembre de 1946 escribía que a consecuencia
de un control parcial se había puesto de manifiesto “7.607 casos de
expoliación en 1945, y en la primera mitad de 1946, 11.760 casos de
apropiación ilegal de terreno comunal y de aumento excesivo de parcelas
individuales”. Y el mismo periódico añadía: “Frecuentemente
ha sido organizado un verdadero pillaje de las granjas colectivas, por iniciativa
del soviet local y de los organismos regionales que toleran apropiaciones
ilegales en los haberes de estas granjas, poniendo a disposición de
diversas organizaciones o personas, con la disculpa de creaciones de pretendidas
empresas subsidiarias, una parte de las tierras de los koljoses. Tales actos
han alentado el acaparamiento por parte de los elementos individuales de
tierras pertenecientes a la comunidad”.
A través de todas las etapas de la contrarrevolución estalinista,
sólo el proletariado no ha logrado reconquistar ninguna de sus libertades
perdidas. Su pérdida del poder político significó la
pérdida de la dirección de la economía y por ende el
fin de su evolución hacia el socialismo. Encontrándose el
Estado en manos de la burocracia, en las condiciones particulares de una
economía nacionalizada, estatizada, toda la riqueza estatal o nacional
resulta ser propiedad de la burocracia. El poder estalinista, basado justamente
en la propiedad nacionalizada, se convirtió en un monopolio económico.
En esto radica la base del llamado, con razón, totalitarismo ruso.
5.El concepto marxista del Estado y la realidad que ofrece la URSS
La cuestión del Estado fue, como es bien sabido, de capital importancia
en la obra de los fundadores del marxismo. Baste recordar que fue precisamente
refiriéndose al origen, naturaleza y función del Estado que
Marx emprendió, en 1837, la crítica de Hegel y de todo su
sistema filosófico. En Hegel la idea de la moralidad absoluta es
el Estado, al que otorga categoría de ser perfecto; en tanto idea
de la comunidad moral, este último era dividido por Hegel en dos
esferas: la familia y la sociedad civil. Marx, en su Crítica de la
filosofía del Estado de Hegel, invirtió los términos
de la cuestión: la familia y la sociedad civil son integrantes reales
del Estado, modos de existencia suyos, merced a lo cual es Estado no existe
más que en tanto existen aquellas. Concretamente: el Estado no puede
existir sin la base natural de la familia y la base artificial de la sociedad
civil.
Planteado así el problema por Marx, éste le dio una solución
años más tarde. Es en
El 18 Brumario de Luis Bonaparte
donde subraya que todas las revoluciones anteriores habían perfeccionado
la máquina del Estado, siendo así que lo que se precisaba
para la necesaria transformación de la sociedad era romperla, destruirla,
hacer que el Estado desaparezca. “Esta conclusión -comentó
Lenin- es lo principal, lo fundamental en la doctrina marxista sobre el Estado”.
En efecto, el concepto marxista sobre tal cuestión quedaba completado.
No sólo el Estado es un órgano de dominación de clase,
sino que su destrucción resulta absolutamente necesaria e ineluctable.
¿Qué necesidad puede haber del Estado una vez desaparecidas
las clases? Ninguna. En La miseria de la filosofía, Marx escribió:
“En el transcurso del desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua
sociedad burguesa por una asociación que excluya las clases y su
antagonismo; y no existirá ya un verdadero poder político,
pues el poder político es precisamente la expresión oficial
del antagonismo de clases dentro de la sociedad”. Y Engels, en su
Anti-Duhring
, se explicaba más claramente aún: “Cuando no se trate ya de
mantener en la opresión a ninguna clase social, cuando desaparezcan,
junto con la lucha por la existencia individual engendrada por la actual
anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes
de esta lucha, no habrá nada que reprimir ni hará por tanto
falta ese poder especial de represión, el Estado... La intervención
de la autoridad del Estado en las relaciones sociales será superflua
e irá desapareciendo por sí misma sucesivamente de cada uno
de los distintos campos de la vida social. El gobierno sobre las personas
es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección
de los procesos de producción. El Estado no será abolido; irá
extinguiéndose”.
Las conclusiones del marxismo sobre esta cuestión son, pues, las
siguientes: el Estado es un producto de la sociedad, surgido del seno de la
misma cuando se llegó a un cierto grado de desarrollo; el Estado es
un órgano de dominación de clase, el arma empleada por la clase
dominante contra la otra clase oprimida; la supresión de las diferentes
clases supone ipso facto la gradual desaparición del Estado; finalmente,
el Estado no tendrá razón alguna de existencia en una sociedad
en la que no existan las clases. “Tan pronto como pueda hablarse de libertad
-escribía Engels a Bebel en 1875-, el Estado como tal dejará
de existir”. Lenin, por su parte, ofreció esta fórmula lapidaria:
“Mientras exista el Estado, no existe libertad. Cuando haya libertad, no
habrá Estado”.
El Estado no puede abolirse de la noche a la mañana, pero se va
extinguiendo a medida que se avanza por la senda del socialismo, es decir,
a medida que van desapareciendo las clases y sus antagonismos y a medida,
por lo tanto, en que se va conquistando la libertad. Estado y libertad son
antagónicos, como lo son el agua y el fuego. Por lo tanto, todo reforzamiento
de la autoridad estatal es una merma que sufre la democracia obrera, es
un atentando a la conquista de la libertad; es pues, en el fondo, un acto
contrarrevolucionario.
Nadie puede negar que el proceso seguido por la URSS bajo la égida
estaliniana se ha desarrollado en un sentido diametralmente opuesto al esquema
marxista sobre la cuestión del Estado. No sólo no ha habido
extinción alguna del Estado, sino que se ha fortalecido de tal manera
y ha extendido de tal modo su control sobre toda la vida del país
que ha producido un totalitarismo superior incluso al que el nazismo había
implantado en Alemania. La máquina totalitaria aplasta con su peso
la inmensa mayoría del país; el organismo de represión
pertenece a una minoría y es empleado contra una mayoría,
la de los trabajadores; las funciones del poder, lejos de ser ejercidas
por el conjunto de los productores, se ha convertido en el monopolio de una
burocracia privilegiada; el ejército ya no es el pueblo en armas,
sino que a imagen y semejanza de todos los ejércitos del mundo capitalista
tiene establecido en su seno el régimen de clases y su misión
es defender los intereses de la burocracia. En fin, coronando esta inmensa
pirámide, en cuya cúspide se halla la burocracia opresora
y en la base los trabajadores oprimidos, un jefe todopoderoso al que se
le otorga oficialmente poderes omnipotentes y casi divinos, detenta en sus
manos todos los poderes que antaño pertenecían al partido,
a los soviets, a los sindicatos, en una palabra, a los obreros y campesinos
pobres.
Trotski tenía perfectamente razón al escribir: “Cualquiera
interpretación que se de respecto a la naturaleza del Estado soviético,
una cosa es innegable: al final de sus veinte años primeros está
lejos de haberse debilitado, ni siquiera ha comenzado a debilitarse; peor
aún, se ha convertido en un aparato de coerción sin precedentes
en la historia; la burocracia, lejos de desaparecer, se ha convertido en
una fuerza incontrolada que domina a las masas; el ejército, lejos
de haber sido reemplazado por el pueblo en armas, se ha formado una casta
de oficiales privilegiados en lo alto de la cual han aparecido los mariscales,
mientras que el pueblo... se ve negar en la URSS hasta la posesión
de un arma blanca. La fantasía más exaltada difícilmente
concebiría contraste más sorprendente que el existente entre
el esquema del Estado obrero de Marx-Engels-Lenin y el Estado a cuya cabeza
se encuentra hoy día Stalin”.
La desaparición del Estado supone la existencia de una sociedad
sin clases. Y una sociedad sin clases no puede establecerse en un solo país,
en medio de un mundo en el que el capitalismo está lejos todavía
de hallarse en situación comatosa. Por estas razones bien simples
no puede exigirse que en la URSS el Estado como tal haya desaparecido o esté
a punto de desaparecer. La cuestión no es ésta, por más
que se empeñen algunos casuístas y ergotizantes, cuyo único
afán es tratar de justificar lo injustificable. No, la cuestión
es otra. Nosotros acusamos al estalinismo de su mixtificación al
propagar que en la URSS han desaparecido las clases y ha alcanzado el estadio
del socialismo, habiendo entrado la sociedad soviética en la senda
definitiva del comunismo. Y lo acusamos sobre todo de su falsificación
de los principios marxistas sobre al cuestión del Estado, puesto que
tratan de presentar el monstruoso reforzamiento de este último como
una conquista más del socialismo. El hecho de que a los treinta y
cinco años del triunfo de la revolución de Octubre, el Estado
lejos de irse extinguiendo y por ende de ir otorgando al pueblo productor
mayores libertades, se haya hecho más absorbente, más tiránico,
hasta un punto tal que ha ahogado toda libertad y ha monopolizado por completo
toda la vida social del país, es a nuestro juicio la condena más
concluyente del estalinismo y, sobre todo, el más rotundo mentís
a su propaganda mixtificadora.
Lejos de haber avanzado, de haber logrado nuevas conquistas, los trabajadores
rusos se hallan hoy día, desde el punto de vista político,
en situación inferior al período de la guerra civil. Ninguna
libertad queda en pie; ninguna posibilidad de manifestar una opinión,
salvo la que se ajuste exactamente a la expresada por la camarilla dirigente;
nadie es libre ni tan siquiera de levantar un dedo de su propia mano, que
tampoco es propia por no ser suya ni poder disponer de ella. ¿Qué
existe del primer régimen soviético instaurado por la revolución
triunfante de Octubre de 1917? Nada, mil veces nada. Refiriéndose
a la famosa Constitución rusa –famosa por la estrepitosa propaganda
hecha por los estalinianos en torno a la misma, presentada como la más
progresiva y avanzada del mundo entero-, Trotski escribió estas líneas
atinadísimas: “Sin duda los reformadores han decidido, después
de algunos titubeos, dejar al estado la denominación de soviético.
No es sino un subterfugio, dictado por razones análogas a las que
hicieron que el Imperio napoleónico guardase durante un cierto tiempo
la denominación republicana”.
La URSS, gracias a la nueva clase surgida de la burocracia, se encuentra
actualmente más alejada que nunca del socialismo. El Estado estalinista
es el prototipo del Estado totalitario, antisocialista por lo tanto.
6.Carácter del régimen ruso: capitalismo de Estado
Marx dejó señalado que entre la sociedad capitalista y la
sociedad comunista se extenderá un período de transición,
en el que la forma del régimen será la dictadura del proletariado.
Para que ese período de transición se cumpla satisfactoriamente
y sea lo más breve posible, es necesario que las fuerzas productivas
se desarrollen rápidamente, de modo y manera que eleven de manera
constante el nivel de vida material de las masas y también su nivel
de vida cultural mediante una reducción progresiva de las horas de
trabajo. En caso contrario, es decir si se produce el proceso inverso, si
el desarrollo de las fuerzas productivas no redunda en beneficio de las masas
trabajadoras sino que sirve para acrecentar el poder de las capas parasitarias
y facilitar el triunfo definitivo de la burocracia, entonces el final será
la instauración de una nueva economía de explotación
que mediante otra forma distinta reproducirá lo esencial de la dominación
capitalista. Ni que decir tiene que en tal caso la perspectiva del socialismo
queda cerrada y nos encontraremos ante una especie de restauración
capitalista, que en el caso de no instaurarse la propiedad individual y
detentar la burocracia el Poder en todos los dominios sobre la base de una
economía estatizada, tomará la forma de capitalismo de Estado.
El triunfo de la burocracia estalinista se inscribe en esa perspectiva.
Bien se ve, por lo apuntado, que el proceso de formación del capitalismo
de Estado en la URSS siguió caminos totalmente diferentes al del
capitalismo de Estado alemán. En este caso último se trataba
de la culminación de la evolución seguida por el capital financiero,
entrado en una fase de total concentración: la concentración
en torno al Estado. En la URSS no podía darse este proceso por el
hecho de que la revolución había liquidado la propiedad privada,
pero al concentrar la propiedad en manos del Estado, la burocracia estalinista
alcanzó por caminos distintos el mismo final: el capitalismo de Estado.
La restauración estalinista no podía ni tenía interés
alguno en resucitar las formas económicas del pasado, ya muertas.
La economía rusa, no obstante su atraso con respecto a los países
capitalistas más avanzados, pasó en manos de la burocracia
a una forma superior de organización que no podía en modo alguno
adaptarse a la de la propiedad individual. La burocracia estalinista, que
creció y triunfó sobre la base superior de la propiedad colectiva
instaurada por la revolución de Octubre, no podía volver a
la forma primitiva de propiedad privada. Así, conservó por
necesidad lógica la propiedad nacionalizada, estatizada, como base
de su existencia económica y social, dándole, claro está,
un contenido totalmente distinto al de la propiedad socialista. Ésta
anula la explotación del hombre por el hombre; aquella acrecienta
la explotación humana y la opresión social.
En la URSS se formó, por tanto, un nuevo tipo de propiedad, una
forma nueva de propiedad privada del Estado, es decir, el capitalismo de
Estado. Fenómeno nuevo éste en la historia, por más
que la tendencia hacia el capitalismo de Estado sea la dominante hoy día
en el mundo capitalista, por imperativos económicos. Y la particularidad
de dicho fenómeno es que su tendencia no es la de ir descentralizándose
en beneficio de las masas trabajadoras, sino bien al contrario, la de acrecentar
si cabe su centralización o mantenerla indefinidamente en beneficio
exclusivo de una minoría privilegiada. Esta minoría, la nueva
clase surgida de la burocracia, detenta en sus solas manos el poder, lo
cual quiere decir que es propietaria a su vez del Estado propietario. La
estatización juega pues en provecho exclusivo suyo y la restauración
de la propiedad privada, repetimos una vez más, no tiene sentido
alguno en el caso de la URSS.
Trotski, que siempre se negó a aceptar la definición del
régimen de la URSS como el de un capitalismo de Estado, se elevó
con energía contra los que alimentan el mito de la propiedad estatal
como forma socialista –con defectos o sin ellos, degenerado o no- por el
solo hecho de mantener estatizada la propiedad. “La propiedad privada -escribió-
para convertirse en social, debe ineluctablemente pasar por la estatificación,
lo mismo que la oruga para convertirse en mariposa tiene que pasar por el
estado de crisálida. Mas la crisálida no es una mariposa.
La propiedad del Estado no se convierte en propiedad del pueblo entero más
que en la medida en que desaparecen los privilegios y las distinciones sociales,
y en que por consecuencia el Estado pierde su razón de ser. Dicho
de otro modo: la propiedad de Estado se transforma en propiedad socialista
a medida que cesa de ser propiedad del Estado. Pero al contrario: cuanto
más se eleve el Estado soviético por encima del pueblo, más
duramente se opone al pueblo dilapidador como el guardián de la propiedad
y más claramente testimonia contra el carácter socialista de
la propiedad estatal”.
Efectivamente, el hecho de que la propiedad sea estatal puede significar
mucho y puede no significar nada. La cuestión fundamental, esencial,
consiste pura y simplemente en saber quien detenta el poder, o sea, en manos
de quien se encuentra esa propiedad estatizada. Es esto lo que determina
las relaciones económicas y sociales, que son las esenciales, y no
la forma jurídica o legal que puedan presentar. Los medios de producción
pueden hallarse estatizados y en cambio continuar rigiendo las mismas leyes
económicas del capitalismo clásico. Tal es el caso actual
de la URSS, que utiliza todos los mecanismos de tipo capitalista. En otro
lugar hemos escrito lo que sigue: “Como muy acertadamente señaló
el economista Dunayevskaya, los trusts, carteles y combinados soviéticos,
así como las empresas aisladas, se rigen según los principios
de la contabilidad del precio de coste. Los precios de los bienes se basan
en los costes de producción integrales, comprendidos los salarios,
los precios de las materias primas, los gastos de dirección, las
cargas de amortización, el interés, más un beneficio
planificado y los diferentes impuestos para el entretenimiento del Estado.
Crédito garantizado, interés, letras de cambio, cheques, billetes,
aseguramientos, etc., son instituciones indispensables al funcionamiento
de la industria soviética”
(12)
. La existencia de estas categorías es justificada por la burocracia
estalinista diciendo que la ley del valor, en su acepción marxista,
funciona asimismo en régimen socialista, esa ley del valor que el marxismo
ha afirmado siempre que supone el concepto de trabajo enajenado y, por consiguiente,
el de plusvalía.
La ley del valor es una de las más fundamentales del sistema de
producción capitalista. Según dicha ley, la fuerza de trabajo
representa una mercancía suyo valor se mide de acuerdo con los medios
que precisa el obrero para mantenerse y sostener su capacidad de trabajo.
Pero la fuerza de trabajo produce más valores que los necesarios para
su reproducción; este sobreproducto es la llamada plusvalía,
que representa llanamente el secreto del desarrollo capitalista basado en
la ganancia o beneficio. Pues bien, este beneficio capitalista representa
el incentivo principal de la producción en la URSS; es más,
el grado de explotación de la fuerza de trabajo es en el régimen
ruso actual mayor que en los países capitalistas. La acumulación
en la URSS alcanzó en 1940 el 32,5% de las inversiones de capitales,
siendo así que en los Estados Unidos, por ejemplo, no pasó
nunca del 9%. El grado de acumulación primitiva en Rusia recuerda
solamente los periodos del capitalismo naciente y de la explotación
de trabajo en los pueblos coloniales, afirma muy justamente Juan Reytan en
su citada obra. Más adelante veremos, al estudiar la formación
de la nueva clase social surgida de la burocracia estalinista, a quien va
a parar la mayor parte de la plusvalía lograda mediante esa forma
de acumulación primitiva.
El ritmo cada día más acelerado de la acumulación
primitiva y el creciente aumento de las inversiones industriales, junto
con la concentración del poder económico y político
en manos de la burocracia estalinista, van acompañados de un desarrollo
de la miseria en la inmensa mayoría de la población rusa.
Trotski afirmó que “por la amplitud de la desigualdad en la retribución
del trabajo, la URSS ha alcanzado y ampliamente superado a los países
capitalistas”. En franca oposición a la consigna lanzada por Lenin
en sus famosas tesis del mes de abril de 1917, según la cual “los
sueldos de los más altos funcionarios no deben superar el salario
medio de un buen obrero”, la burocracia ha establecido desigualdades inimaginables,
que van de 3.000 rublos por año a 300.000. Esta bárbara desigualdad
social representa, a decir verdad, la expresión externa de las relaciones
capitalistas en la producción, llevadas a su extremo máximo:
la apropiación de los medios de producción y del Estado por
la burocracia estalinista; la acumulación primitiva del capaital
y la acumulación de la miseria; la composición orgánica
del capital, en la que el capital variable, destinado a mantener la fuerza
de trabajo, disminuye rápidamente a favor del capital constante, que
es el invertido en los medios de producción; en fin, la ley del valor,
la producción tendente al beneficio, el mercado, los precios, el
dinero, etc., son todos fenómenos y leyes de la producción
capitalista que rigen también en la URSS, si bien en forma inmensamente
más brutal que en el capitalismo privado y que recuerda, como ya
hemos dicho, la explotación que se ha llevado y lleva aún
a cabo en los países coloniales.
El marxismo señaló siempre que la tendencia más fundamental
de la evolución capitalista, es la tendencia a la concentración,
acelerada en los momentos de crisis y como consecuencia de las guerras,
pues es entonces cuando los grupos capitalistas más débiles
son eliminados en beneficio de los más fuertes. La culminación
de ese proceso de concentración es, después de pasar por la
dominación de los monopolios, la estatización de todos los
medios de producción, es decir, el capitalismo de Estado, régimen
económico que supone la fusión del Estado y del capital. En
su importante obra Anti-Duhring, Engels escribió a este respecto:
“A un cierto grado de desarrollo esta forma incluso -la forma de explotación
capitalista- ya no es suficiente: el representante oficial de la sociedad,
el Estado, se ve obligado a tomar la dirección”. “Es solamente en
el caso en que los medios de producción o de comunicación escapan
realmente, por su crecimiento desmesurado, a la dirección de las sociedades
por acciones, es solamente entonces cuando la estatificación se hace
económicamente inevitable...”. Otros marxistas insistieron más
tarde sobre este problema, coincidiendo con la perspectiva apuntada por Engels
de que el proceso de concentración, salvo si se ve interrumpido por
la revolución socialista, no tiene más que un límite
teórico: la concentración a escala mundial del capital en manos
de un solo grupo de poseedores. Pero este es un problema teórico que
tal vez no alcance la solución expresada en razón de las propias
contradicciones que roen el capitalismo. En todo caso, por lo que a la escala
nacional se refiere, la tendencia a la concentración ofrece la posibilidad
de un capitalismo de Estado.
La URSS ha alcanzado este estadio del capitalismo de Estado sin pasar por
las otras etapas inevitables en un régimen capitalista, y ello a
merced al gran salto hacia delante que supuso la revolución de Octubre.
Habiendo liquidado la propiedad privada y estatizado todos los medios de
producción, la URSS fue a parar por el canal de la contrarrevolución
estalinista al capitalismo de Estado, régimen que ofrece a la burocracia
inconmensurables ventajas puesto que el capital se halla en manos del Estado
y el Estado se encuentra en manos de esa misma burocracia.
7.La burocracia estalinista, nueva clase social
Cuantos niegan el carácter de clase de la burocracia estalinista
se apoyan en el concepto marxista que define las clases como un producto de
la infraestructura económica de la sociedad, siendo así que
aquella parece haber surgido en la superestructura, es decir, mediante el
desarrollo del Estado y en el seno del mismo. Los que tal alegan olvidan,
simplemente, que desde el momento que el Estado es dueño total de
la economía, es decir, desde el momento que los medios de producción
están estatificados, infraestructura y superestructura tienen a confundirse.
Ésta y no otra es la particularidad que ofrece la URSS. Por todo
esto será más exacto definir una clase por el lugar que ocupa
en la economía y, sobre todo, en relación con los medios de
producción. Nuestro criterio respecto a la burocracia estalinista
se ajusta a esta última definición.
En nuestro estudio sobre la burocracia y el capitalismo de Estado, ya citado,
hemos manifestado los inconvenientes que presenta el empleo de un término
tan genérico desde el punto de vista sociológico cual es el
de la palabra burocracia para denominar a la nueva clase social rusa. Uno
de esos inconvenientes es la confusión que puede producirse en ciertos
espíritus entre burocracia estalinista y burocracia reformista surgida
en el seno del movimiento obrero; sin embargo, un poco de atención
y de sentido común puede salvar fácilmente el equívoco.
Cierto es que la burocracia estalinista se emparenta con la reformista por
sus innegables orígenes obreros, y con la estatal por la influencia
que ejerce sobre el Estado, pero la función de cada una de ellas
es tan distinta que sólo la pobreza de nuestra terminología
hace que se les denomine de manera común.
Ya hemos visto como se fue burocratizando el partido bolchevique y el propio
Estado obrero. El triunfo político de la burocracia supuso al mismo
tiempo una imposición en el terreno económico, merced a la
estatificación de los medios de producción. El formidable desarrollo
industrial logrado a través de los planes quinquenales no hizo sino
reforzar la base real del poder de la burocracia estalinista y diferenciar
económicamente ésta última del resto de la población,
particularmente de la clase trabajadora. Hoy día los privilegios de
la burocracia son algo más que unas simples ventajas obtenidas merced
a su posición privilegiada en los procesos de producción y
distribución. A decir verdad, las clases existen en la URSS: clases
privilegiadas y clases explotadas, clases dominantes y clases dominadas.
Entre ellas, el nivel de vida se delimita netamente. Las clases distintas
de los vagones de ferrocarril, por ejemplo, corresponden exactamente a las
clases sociales; lo mismo ocurre con las de los buques, las de los restaurantes,
las de los espectáculos, las de los almacenes, etc. Para unos se yerguen
palacios en los lugares más agradables, para otros son vulgares barracas
de madera en los sitios insalubres próximos a los lugares de trabajo.
En ningún país la desigualdad es más brutal e irritante.
“Por la amplitud de la desigualdad -escribió Trotski- la URSS ha alcanzado
y ampliamente superado a los países capitalistas”. Y esto, escrito
hace quince años, es mayor verdad hoy día. “Puede parecer -escribió
el mismo Trotski- que ninguna diferencia existe desde el ángulo de
la propiedad privada de los medios de producción entre el mariscal
y la doméstica, el directos de un trust y el peón, el hijo
del Comisario del Pueblo y el joven vagabundo. Sin embargo, unos ocupan hermosos
pisos, disponen de varias casas de campo en diversos rincones del país,
tienen los mejores automóviles y desde hace mucho tiempo ya no saben
lo que es limpiarse los zapatos; los otros viven en barracas generalmente
sin tabiques, se han familiarizado con el hambre y no se limpian los zapatos
porque andan con los pies descalzos. El dignatario estima que esta diferencia
es despreciable. El peón, no sin razón, la encuentra fundamental”.
Se arguye que durante un cierto tiempo, hasta que el desarrollo de los
medios de producción sea capaz de satisfacer por completo las necesidades
de toda la sociedad, las formas burguesas de distribución son inevitables;
es decir, que la desigualdad continuará persistiendo en régimen
socialista, como resto último de la herencia legada por la burguesía.
Pero incluso admitiendo la necesidad histórica de la desigualdad
durante un tiempo más o menos largo, que, indudablemente, no puede
establecerse a priori, no hay duda alguna de que existen unos límites
bien precisos a esa desigualdad. Superar esos límites, hacer que
la diferencia crezca en proporción casi geométrica en lugar
de ir disminuyendo de modo y manera que el aumento de la producción
sirva, no para ir liquidando las normas burguesas de distribución,
sino para reforzarlas y acrecentarlas, es establecer de nuevo las relaciones
económicas de dueño a criado, de explotador a explotado, es
decir, transformarlas en diferencias de clase. La diferencia social supone
la explotación del hombre por el hombre. “La condición de
la madre de familia, comunista respetada -continuó apuntando Trotski-,
que tiene una criada, un teléfono para pasar sus encargos a los almacenes,
un automóvil para sus desplazamientos, etc., presenta poca similitud
con la de la obrera que corre las tiendas, hace su comida, va a buscar a
sus hijos al jardín infantil, cuando puede disponer de un jardín
infantil.
Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social no menos
grande que el que distingue en todo país de occidente la dama burguesa
de la proletaria”.
La dictadura totalitaria de la burocracia no es una superestructura accidental
o vulgar excrescencia de una economía socialista. Es la expresión
política propia y legítima del hecho económico provocado
por la explotación que esa burocracia lleva a cabo respecto a las
masas trabajadoras. El reparto de bienes no es nunca un factor de segunda
clase, de importancia menos en una sociedad que lo son las formas de producción.
No es la producción la que sobresale respecto a la distribución.
Producción y distribución son partes integrantes de un mismo
proceso económico; la distribución es un producto de la producción
o, como señalaba Marx, “la organización de la distribución
está enteramente determinada por la organización de la producción”.
Por otra parte, la separación o contradicción entre las formas
de propiedad y las normas de reparto no puede aumentar indefinidamente.
O las normas burguesas de distribución acaban por extenderse a los
modos de producción socialistas o éstos terminan por implantar
normas socialistas de distribución. Porque no debe de olvidarse que
con las diferencias en el reparto aparecen fatalmente las distinciones de
clase. Como escribió Engels: “La sociedad se escinde en clases privilegiadas
e inferiores, explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, y el Estado...
tiene en lo sucesivo igualmente por objetivo mantener por la fuerza las
condiciones de existencia y de supremacía de la clase dominante contra
la clase dominada”
(13)
.
Si resulta dificilísimo, por no decir imposible, establecer la importancia
numérica de la burocracia estalinista, más difícil
resulta todavía apreciar sus ingresos, o sea, saber qué parte
de plusvalía devora. Fue preciso, por ejemplo, como lo escribió
Rakovski en 1930, una querella momentánea entre los burócratas
del partido y los de los sindicatos para que se supiese que de los 400 millones
de rublos del presupuesto sindical, más de 80 millones eran engullidos
por su burocracia. Señalemos que se trataba sólo, en tal caso,
del presupuesto legal, puesto que la burocracia tiene otras formas de ingresos
indirectos, más o menos lícitos o ilícitos, pero, en
todo caso, habituales en los medios burocráticos. Además, el
progreso social en su conjunto se realiza en la URSS principalmente en beneficio
de los medios dirigentes, que monopolizan todas las conquistas viejas y nuevas.
Desde el punto de vista formal, estas conquistas -urbanismo, cultura, etc.-
son accesibles al conjunto de la población; en realidad, sólo
se beneficia de ellas muy excepcionalmente. La burocracia, por el contrario,
dispone como quiere y cuando quiere cual si fuesen bienes personales suyos.
“Si se añaden los emolumentos –continúa Trotski- todas las
ventajas materiales, todos los beneficios complementarios medio lícitos
y, para terminar, la parte de la burocracia en los espectáculos, villas
de recreo, hospitales, sanatorios, casas de reposo, museos, clubs, instalaciones
deportivas, obligado es concluir que éste 15 ó 20% de la población
disfruta de tantos bienes como el otro 80 u 85%”.
Estas ventajas de la burocracia estalinista se reflejan en el sistema fiscal
imperante en la URSS, que puede definirse de este modo: quien más
gana menos impuestos paga. En efecto, hasta 12.000 rublos de renta o de ingresos,
el impuesto es moderadamente progresivo. La progresión se detiene
en ese punto: la tasa fiscal se estabiliza en el 13%. Así, el que
gana 6.000 rublos al año (lo que supone el salario medio de un buen
operario) vierte al fisco el 5,2%; el que gana 60.000 está impuesto
con el 13% y el que percibe 150.000 cede al erario menos de 20.000 rublos.
Para que se vea el contraste, diremos que en los Estados Unidos el que gana
50.000 dólares, por ejemplo, paga 25.668 al erario, es decir, más
de la mitad de lo ganado. La tasa fiscal, en vez de ascender hasta una cifra
tope uniforme como máximo a imponer, crece a medida que aumenta la
ganancia sometida al impuesto. En 1950 figuraba en los presupuestos del
Estado ruso un gasto global de 420 millares de rublos; de ellos, el fisco
obtuvo 100 millares de las industrias nacionalizadas, apenas 30 del impuesto
directo sobre las rentas y casi todo el resto, 280 millares, del impuesto
indirecto sobre el consumo. Cuando una madre de familia compra un kilo de
azúcar o cuando un obrero adquiere un traje de trabajo, da al fisco
del 50 al 90% del precio que paga por el artículo. Vemos pues cómo
este régimen fiscal increíble es de los más gravosos
para los trabajadores, de todos los sistemas fiscales existentes en el mundo
de nuestros días; en cambio, es un verdadero paraíso para
los que obtienen grandes ganancias, es decir, los altos burócratas
y privilegiados del régimen. Éstos han implantado una sociedad
soviética a su medida y ventaja.
Y para que una gran parte de estos privilegios no se pierdan y puedan transmitirse
a su familia, la burocracia ha restablecido el derecho de sucesión,
pudiendo testar a favor de tal o cual familiar. Ahora bien, el derecho de
testar es inseparable de la noción de propiedad, pues sólo
se lega lo que se tiene, se dispone o se posee. El restablecimiento del sistema
de sucesión es la prueba más concluyente de la cristalización
de la nueva clase surgida de la burocracia. La herencia había sido
suprimida totalmente merced a un decreto del 27 de abril de 1918, que decía:
“Las sucesiones quedan prohibidas. Los bienes de todo individuo, muebles
o inmuebles, pasan a su muerte a ser propiedad de las Repúblicas soviéticas”.
En 1922 este rigor draconiano fue levemente atenuado, volviéndose
a admitir la herencia pero sólo en línea de descendencia directa
y hasta un máximo de 10.000 rublos. En 1943 toda cortapisa fue abolida
y la herencia restablecida sin condición ni tasa alguna. Por otra
parte, la URSS es, tal vez, el único país en el mundo donde
la sucesión no sufre impuesto alguno.
Restaurada la familia, restablecida la herencia, impuesta la validez de
los privilegios de cuna -todos los hijos de los grandes personajes son designados
para ocupar puestos importantes, sin tener en cuenta su edad o preparación,
como se dio el caso con el hijo de Stalin, nombrado general a los 25 años
mal contados-, la actual sociedad rusa aparece clara e inequívocamente
delimitada. Los estratos superiores de la gran pirámide social no
disponen, es cierto, de la propiedad individual de los medios de producción
y de cambio, pero tienen en sus manos las fuentes de riqueza en su conjunto
en vez de tener las fracciones. Se enriquecen, ahorran, se transmiten la
riqueza y refuerzan constantemente el muro que les separa de las clases inferiores.
Son los millonarios del nuevo régimen estalinista. No poseen industrias
o paquetes de acciones industriales, ni grandes patrimonios agrarios, pero
tienen palacios, mobiliarios y cuadros de gran valor, alhajas, pieles, automóviles
y cuentas corrientes en los bancos que les produce del 3 al 5% de interés
anual.
Frente a estos privilegiados, enfrentados a esta nueva clase social, se
encuentran los trabajadores de la ciudad y del campo, obligados a trabajar
a destajo, a vivir en necesidad perpetua, privados de toda libertad y sometidos
perennemente al terror polcíaco: es la clase explotada y oprimida.
8.El imperialismo ruso y sus raíces económicas
El imperialismo no ha aparecido en la historia junto con el moderno capitalismo.
Las tropas de Alejandro, por ejemplo, llevaron a cabo una acción
imperialista; igual sucedió con las legiones de Roma, con los tercios
de Felipe II y con los ejércitos de Luis XIV. Por lo demás,
no siempre el imperialismo ha tomado una forma militar.
Cuando Lenin definió el imperialismo como la fase superior del capitalismo
basado en la exportación del capital financiero, se refería
a un momento concreto de la historia, teniendo en cuenta el cuadro que entonces
ofrecía la economía mundial con sus conexiones internacionales;
más concretamente, estudió el imperialismo en el periodo comprendido
entre los comienzos del siglo XX y el estallido de la primera guerra mundial,
es decir, aquel en que el capitalismo alcanzó su mayor desarrollo
y expansión por los métodos de la exportación de capitales.
Kautsky consideraba como rasgo particular del imperialismo la anexión
de las regiones agrarias por las naciones industriales, mientras Lenin juzgaba
como característica del imperialismo precisamente la tendencia a
la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino también
de las más industriales. En todo caso, como expuso Hilferding
(14)
, el capital financiero persigue un triple fin en su acción
imperialista: en primer lugar, la creación de un territorio económico
lo más vasto posible; en segundo, la defensa de ese territorio contra
toda concurrencia extranjera y, en tercer lugar, la transformación
de éste en campo de explotación por los monopolios del país
expansionista.
La causa primordial del imperialismo de la época capitalista reside
en el proceso de acumulación, cuya contradicción tiende a
disminuir la cuota del beneficio. Pero la razón de la producción
capitalista y su móvil reside justamente en el beneficio, es decir,
en la realización de la plusvalía. Para realizar esta plusvalía,
para poder obtener beneficios, el moderno imperialismo exporta el capital
financiero a todos los territorios incluidos en su zona de influencia, y
no sólo el capital financiero, puesto que en los últimos tiempos
hemos podido asistir a una exportación de ejércitos, burócratas,
etc. La producción capitalista, pues, muere cuando no puede lograr
el beneficio. Empero, la ley general de la acumulación capitalista
está en contradicción con esta tendencia fundamental, que es
la de aumentar la masa del beneficio. Cuanto más aumenta el capital
en el proceso de producción, tanto más disminuye la participación
de la fuerza de trabajo en ese proceso. Cuanto más crece el capital
constante C invertido en los medios de producción, tanto más
disminuye el capital variable V invertido en la fuerza de trabajo y, por
consiguiente, disminuye la cuota del beneficio. Esta contradicción
explica por lo tanto la decadencia del capitalismo y la causa del imperialismo
moderno, que tiende a salvar o retardar esa decadencia inexorable. El capitalismo
de la época liberal realizaba el imperialismo mediante la exportación
de mercancías; el capitalismo monopolista busca su expansión
mediante la exportación de capitales. Últimamente hemos asistido,
sobre todo por parte de los Estados Unidos, a una expansión combinada
de capitales y mercancías.
Los que niegan el carácter imperialista de la expansión rusa,
alegando que según la teoría de Lenin el imperialismo descansa
sobre la base de la exportación del capital financiero, se atienen
más a la forma que al fondo. Ya hemos indicado que la exportación
del capital financiero, que según la teoría leninista constituye
la expresión del imperialismo, es por así decirlo un fenómeno
secundario, o, dicho de otra manera: la manifestación exterior de
una necesidad imperiosa para el imperialismo -el ruso como los otros-, que
es la búsqueda del beneficio. Basta observar los tratados comerciales
establecidos entre la URSS y sus satélites –mejor sería decir
impuestos por la URSS a sus satélites- para que quede confirmado
el carácter en el fondo capitalista del imperialismo ruso. La URSS
exporta en grado limitadísimo el capital financiero y también
sus mercancías, por la razón de que se ha servido de otros
procedimientos más primitivos y de la más pura rapiña,
con mayor parentesco con la política esclavista de la antigua Roma
que con la del capitalismo contemporáneo. Pero no por ello su expansión
deja de ser imperialista, puesto que el móvil de la acción
rusa es el beneficio comercial. La necesidad de aumentar la masa del beneficio
por medio del acrecentamiento del capital constante, empuja al sistema de
capitalismo de Estado ruso a imponer su expansión por los países
vecinos. Y es empujado a ello, no en razón de haber alcanzado su máximo
desarrollo productivo, como le ocurre a los Estados Unidos, sino justamente
a causa de su atraso en los medios de producción. Esto explica, además,
los métodos de rapiña empleados.
La URSS exporta muy poco capital financiero, hemos dicho, porque se lo
impide su atraso, por lo que se dedica a la acumulación por todos
los medios. Pero su imperialismo está engendrado por la necesidad
de realizar la plusvalía. La acumulación primitiva ha obligado
a la URSS a convertirse en un Estado ladrón, brutal, que despoja a
los países subyugados de todo cuanto tiene un valor, ya sea máquinas
o instalaciones industriales completas, materias primas, fuerza de trabajo,
etc., es decir, de todo cuanto signifique riqueza. Lo único que exporta
en abundancia es lo inherente a su sistema de explotación, o sea,
oficiales, burócratas, etc., es decir, los elementos necesarios para
aplicar su política de dominio y explotación. La nota característica
del imperialismo ruso es que asocia los métodos más antiguos
a los modernos. Habiendo nacido en un país atrasado, asocia estos
métodos de explotación y de acumulación primitiva al
hecho fundamental de que la economía rusa descansa sobre un monopolio
estatal, sobre el capitalismo de Estado. Siendo la burocracia la dueña
del Estado, este monopolio de producción se convierte en el monopolio
de la burocracia, de la nueva clase social, siendo en esencia una especie
de monopolio capitalista. Y este monopolio, como todos los monopolios, vigoriza
la tendencia a la expansión como medio de realizar la plusvalía
y aumentar la masa del beneficio. Pero siendo su sistema de producción
muy atrasado, la expansión adquiere formas brutales y primitivas.
El imperialismo estalinista no sólo es expansivo, como todos los
imperialismos, sino también absorbente en el sentido económico
de la palabra. Así hemos visto cómo ha desmantelado industrias
enteras en Alemania, Checoslovaquia, Polonia y otros países caídos
bajo su esfera de explotación, llevándoselas a Rusia. Igualmente
se ha adueñado y se adueña aún de las más importantes
materias primas de esos mismos países por medio del ingenioso sistema
de las sociedades mixtas, a las que luego nos referiremos y que en el fondo
viene a ser algo así como el conocido timo de las misas. Por si fuese
poco, en sus tratados comerciales impone unos precios totalmente arbitrarios,
sin relación alguna con los imperantes en el mercado internacional.
Examinemos otros aspectos no menos interesantes:
A final de la segunda guerra mundial, la URSS procedió a una serie
de anexiones, presentadas bien como recuperación de antiguos territorios
rusos de los tiempos zaristas, o bien como conquistas impuestas por necesidades
estratégicas. A este doble título, la URSS ocupó en
el norte 40.000 kms. cuadrados, antaño finlandeses; los países
bálticos, o sea, 169.000 kms. cuadrados; un trozo de territorio de
5.000 kms. perteneciente a Prusia; 181.000 kms. cuadrados polacos y 50.400
rumanos, sobre la base de los acuerdos que habían sido concluidos
con la Alemania hitleriana en 1939; 12.600 kms. cuadrados checoslovacos;
en fin, varias islas antiguamente japonesas, con un total de más de
90.000 kms. cuadrados. Asimismo obtuvo de China la copropiedad del ferrocarril
del Este chino, la utilización durante treinta años de Puerto
Arturo como base naval y una zona franca en Dairen. La brutalidad de estas
anexiones se pone todavía más de manifiesto si se tiene en
cuenta que al propio tiempo se ha asistido a un desplazamiento o deportación
total de las poblaciones.
Los armisticios firmados entre la URSS y los distintos países vecinos
impusieron a éstos, a título de reparaciones, las cantidades
siguientes: a Rumanía y a Finlandia, la entrega sobre la base de
los precios de 1938 de mercancías por un valor de 300 millones de
dólares; a Hungría también por valor de 300 millones
de dólares-oro; a Bulgaria, por 70 millones; a Alemania, 10.000 millones
de dólares-oro... En otros países, donde no pudo imponer el
pago de reparaciones, por ejemplo en Austria, la URSS se dedicó a
desmantelar su zona de ocupación, habiéndose llevado por valor
de 100 a 150 millones de dólares. Por si fuese poco, a parte de lo
requisado por las tropas rusas de ocupación, cuya suma es también
elevadísima, la URSS transformó en trabajadores forzados a
5 millones de prisioneros alemanes, a 700.000 prisioneros japoneses, a varios
millares de prisioneros húngaros, rumanos e italianos, así
como a trabajadores y técnicos de otros países ocupados, sobre
todo alemanes.
Para acrecentar el volumen de sus reparaciones, la URSS se apoderó
de todos los bienes alemanes en los países ocupados, incluso en los
casos muy numerosos en que estos bienes alemanes eran producto de la rapiña
hitleriana. Dueño de una gigantesca sucesión, la URSS comenzó
por crear una gran red de sociedades mixtas en las cuales la participación
rusa estaba representada bien por los bines antiguamente alemanes o bien
por bienes del propio país requisados a título de botín
de guerra. Estas sociedades mixtas se extendieron a la industria, a los transportes,
al comercio y a la agricultura
(15).
En el discurso pronunciado el 27-28 de noviembre de 1951, ante la
Comisión política especial de la ONU por el representante yugoslavo
Milovan Djilas, se proporcionaron interesentes informes sobre la base de la
experiencia yugoslava. Con razón dijo Djilas: “El Gobierno soviético
se ha esforzado por medio de tales sociedades mixtas de apoderarse no solamente
de las ramas esenciales de la economía, y comprendido la parte más
importante de nuestros ingresos en divisas, sino que asimismo ha buscado el
ejercer las funciones de Estado correspondientes a estas ramas de la economía.
Cuando las relaciones son esas, no existe plaza desde luego para esos bonitos
cuentos sobre la igualdad en derechos, ayuda fraternal, socialismo, etc. Si
los negocios son los negocios, hay que hablar de negocios y obrar como los
hombres de negocios”.
Estableciendo una pesada hipoteca sobre los países satélites;
apoderándose de bases y concesiones estratégicas; explotándolos
en su conjunto sobre la base del desmantelamiento industrial, de la requisición
de parte de la producción corriente y de la deportación de
la mano de obra; instituyendo tratados comerciales con unos cambios favorables;
implantando las sociedades mixtas que permiten poner la mano sobre las principales
riquezas económicas, comportándose de esta manera, la URSS
ha puesto inequívocamente de manifiesto su carácter imperialista.
9.Conclusiones sumarias
La revolución rusa fue, desde luego, el acontecimiento más
importante del siglo veinte desde el punto de vista social. Pero nació
en medio de contradicciones históricas formidables, que determinaron
en parte su curso ulterior. Marx y los marxistas habían estimado
que el desarrollo mismo del capitalismo habría de conducir a los
países más industrializados –Inglaterra y Alemania sobre todo-
a la revolución socialista; sin embargo, por haberse roto la cadena
imperialista por su eslabón más débil, según
frase leninista, la revolución en cuestión se produjo en un
país atrasadísimo y con predominio decisivo agrario en su
economía, es decir, en Rusia. Este hecho trascendental, y el que
la revolución no se extendiese al Occidente, provocó el aislamiento
del primer Estado obrero y facilitó el desarrollo de la burocracia,
que habían de conducirla al pináculo del poder y a su transformación
en una nueva clase social sobre la base del capitalismo de Estado.
La situación paradójica en que se halló la URSS en
los primeros años de su existencia, sólo podía resolverse
o bien lanzándose a la aventura de imponer por las armas la revolución
en otros países, aprovechándose para ello del desconcierto
y desorganización del capitalismo en los años de la posguerra
primera y de la ilusión revolucionaria producida en el proletariado
europeo como consecuencia de la revolución victoriosa de Octubre,
o bien replegarse transitoriamente sobre sí misma en espera de que
las condiciones revolucionarias objetivas y subjetivas se diesen en el resto
de Europa, pero consciente de que sus intereses eran los del resto de la
clase obrera mundial y que a éstos debían de ser supeditados
los suyos. El triunfo de la burocracia en el interior del partido bolchevique
y, por ende, del Estado, torció esta última perspectiva, que
aparecía como la más razonable. Los intereses del proletariado
mundial fueron sometidos por completo, a través de los partidos comunistas
burocratizados, a los exclusivamente nacionales de la URSS. La Internacional
Comunista, que fue creada como un arma de y para la revolución socialista
mundial, se convirtió pura y simplemente en un instrumento de la
burocracia del Kremlin; los distintos partidos comunistas no fueron luego
sino meras agencias de los intereses rusos; la menor acción, la más
insignificante huelga, eran llevadas a cabo si Moscú estimaba que
favorecían a su política exterior. La burocracia estalinista
se aprovechó de todo el significado de la revolución de Octubre
para mixtificar al proletariado y hacerle juguete de sus propósitos.
Esta mixtificación aún dura y perdura.
Una rica experiencia sobre el papel jugado por esta burocracia existe:
ahí está ante los ojos de todos, al menos de todos cuantos
quieran ver. Las sucesivas transformaciones sufridas por la URSS también
son evidentes como la luz del día. Cerrar los ojos en aras de un
pasado ya liquidado, otorgar a la burocracia un papel progresivo que no
tiene, empeñarse en ver en la URSS lo que no es otra cosa que vulgar
apariencia –nacionalización, planificación, etc.-, apariencia
porque lo fundamental es otra cosa, es decir, saber quién detenta
el poder y en beneficio de quién juegan las realizaciones económicas;
todo esto no es más que llevar consciente o inconscientemente el
agua al molino stalinista. Y todos sabemos qué clases de moliendas
nos ofrece el molino en cuestión. Baste recordar que en todo momento
y ocasión el estalinismo ha aparecido y ha actuado como el verdugo
más implacable de las vanguardias revolucionarias y de los elementos
más clarividentes de la clase trabajadora.
Hace años, en los comienzos de la segunda guerra mundial, cuando
aún se daba ante la historia el espectáculo vergonzoso e inolvidable
del pacto de la Rusia de Stalin con la Alemania de Hitler, León Trotski
insistió en que “sería de una monstruosa absurdidad separarse
de camaradas que en la cuestión de la naturaleza sociológica
de la URSS sostienen una opinión diferente”. Y es que Trotski ponía
su confianza en las consecuencias a su juicio ineluctable de la guerra,
que habían de provocar el hundimiento para siempre de la burocracia
estalinista y el triunfo de la revolución socialista en Europa. En
caso contrario, advertía, la burocracia habrá de ser considerada
como una nueva clase explotadora. Pues bien, ha sido este segundo pronóstico
el que desgraciadamente se ha realizado: la burocracia es una nueva clase
explotadora.
Notas
(1) El C.E. del POUM nombró a los compañeros Rebull
e Iglesias para que redactasen una ponencia sobre la cuestión rusa.
El estudio que hoy ofrecemos a nuestros lectores ha sido íntegramente
concebido y redactado por Iglesias, pero refleja los puntos de vista de
los dos ponentes.
(2) Los comunistas yugoeslavos pecan de indudable estrechez de miras
al insistir una y otra vez que sólo a partir de su ruptura con el
Kominform se ha puesto al descubierto el verdadero carácter de la
URSS. Uno de sus dirigentes más notorios, Milovan Djilas, cuyo esfuerzo
teórico es por otra parte digno de encomio, escribió no hace
mucho: “No ha sido posible descubrir en qué consiste la esencia de
la organización social de la URSS así como su política
exterior, que depende estrechamente, ni por el solo estudio de los clásicos
del marxismo-leninismo, ni siquiera por la comparación de sus tesis
con la realidad “soviética”. Este descubrimiento no pudo hacerse más
que en una lucha y a través de una práctica revolucionaria
excepcionalmente rica de otro partido comunista y de un país que ha
tomado otra vía de desarrollo, una vía socialista. Este partido
no ha sido ni podía ser otro que el Partido Comunista de Yugoeslava,
y ese país Yugoeslava, y esto gracias a que nuestro país y
nuestro partido han tenido un desarrollo revolucionario borrascoso y particular
y se han entregado sin desfallecimiento a la edificación del socialismo”.
(Questions actuelles du socialisme, nº 1-2, pág. 59). Queremos
creer que si Djilas conociese un poco mejor la verdadera historia de la revolución
española –no la que le han enseñado en Moscú o desde
Moscú, sino la otra, justamente la que fue escrita en algunas de sus
mejores páginas con sangre de camaradas nuestros- si estuviese al
corriente del papel jugado por el POUM, repetimos, su juicio sería
menos unilateral y más objetivo. Cuando se produjo la resolución
del Kominform y la consiguiente ruptura del Partido Comunista de Yugoeslava
con Moscú, hacía doce años que los trabajadores españoles
habían visto a la luz del día la verdadera faz de la URSS.
(3) Rosa Luxemburgo,
La revolución rusa.
(4) V.I. Lenin,
Dos tácticas de la socialdemocracia en
la reolución democrática.
(5) L. Trotski,
La revolución traicionada.
(6) Esta revolución no fue debida al azar, puesto que se inscribe
en la lógica misma de los hechos. Repetimos que una de las causas
principales de la degeneración que entronizó el estalinismo
reside en no haberse extendido la revolución rusa a los países
del Occidente, es decir, al aislamiento en que quedó el primer Estado
obrero. Stalin trató de llenar teórica y políticamente
el vacío producido con su teoría del socialismo en solo país.
Pero esa teoría, como tantas veces se ha dicho, es una grosera mixtificación,
en contradicción con el marxismo y el propio bolchevismo. Recordemos,
por ejemplo, que en el Manifiesto del IV Congreso de la Internacional Comunista
se dice que “la revolución proletaria no podrá triunfar jamás
en el interior de un solo país, sino en el cuadro internacional,
en tanto que revolución proletaria mundial”. Así han pensado
siempre los bolcheviques, Lenin a la cabeza. Pero, ¿qué importa
a los estalinistas, falsificadores profesionales?
(7) Véanse los artículos que con el título general
“
Burocracia y capitalismo de Estado
” fueron publicados por mí en los números 101, 102, 103 y
104 del periódico
La Batalla, órgano del POUM en Francia.
(8) Cifras tomadas de la interesante obra
La Glacis soviètique
, publicada en 1948 por Nicolás Clarion.
(9) Djilas:
Questions actuelles du socialisme. Nº 1-2.
(10) Juan Reytan:
Restauración capitalista en Rusia
.
(11) León Trotski:
La revolución traicionada
.
(12) Artículos publicados por mí en los números
101, 102, 103 y 104 del periódico
La Batalla, con el título
general de "
Burocracia y capitalismo de Estado
".
(13) F. Engels:
Anti-Duhring.
(14) R. Hilferding:
El capital financiero.
(15) Para ilustrarse sobre el carácter y extensión de estas
sociedades mixtas, léase el interesante libro de Nicolas Clarion
Le Glacis soviétique, ya citado anteriormente.