FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Brosio, el pintor invisible

Julián Alonso

Texto para el homenaje a Ambrosio Ortega, en la Casa del Pueblo de Barruelo de Santillán – 31 de agosto de 2007. Dicho homenaje contó con la participación de la Fundación Andreu Nin.

    Las trayectorias existencial y pictórica de Ambrosio Ortega, a partir de cierta etapa de su vida, son como dos líneas paralelas, a veces tan cercanas la una a la otra, que terminan por converger confundiéndose en una sola. Brosio pinta porque vive y vive porque pinta. Se entrega en cuerpo y alma a plasmar sobre el papel o el lienzo lo que ha sido su periplo vital.

    Al igual que los primitivos pintores de Altamira o Lascaux, que por el hecho místico de plasmar en las paredes de sus cuevas las imágenes de los animales que eran su sustento, creían firmemente que por conductos mágicos poseerían el alma de esos animales y propiciarían su caza, así Brosio pinta las escenas de su juventud, el duro trabajo minero en el que se desenvuelve antes de ingresar en una prisión en la que -cuando por fin sale- ha pasado más años que los que tenía cuando ingresó en ella, algunos con la espada de Damocles sobre su cabeza de saberse condenado a muerte. Y para él, pintar esas escenas de duro trabajo en las que el hombre se enfrenta y vence a una naturaleza hostil, es de alguna manera un modo de magia simpática con la que propiciar mantenerse vivo y firme en sus convicciones.

“Cierra la puerta, echa la aldaba, carcelero/ ata duro a ese hombre. No le atarás el alma. No le atarás el alma / porque es un pueblo el que ha gritado libertad. / Vuela el tiempo y las cárceles vuelan”, escribió Miguel Hernández, un poeta que murió encarcelado tres años antes de que Brosio ingresara en la prisión que devoraría su juventud pero no le ataría el alma porque la imaginación tiene alas poderosas y Ambrosio Ortega aprendió a moverlas gracias a los pinceles.

    No es casualidad que, en su exposición de mayo de 1975 en la “Galería As” de Barcelona, incluyera una obra a la que titulaba “Nunca podréis encadenarme el alma”, ni es casualidad que por aquel entonces declarara a un periodista de Cambio 16 al hablar de sus pinturas sobre la vida y el trabajo en la mina: “la mina y la cárcel tienen bastantes puntos en común: mundos dramáticos en los que la supervivencia resulta penosa”.

    De la cárcel había salido en 1970 después de 23 años de encierro, pero la mina no abandonaría nunca su corazón porque hay lazos que no se pueden romper ni aunque uno quiera y de eso los barruelanos saben mucho. La mina es uno de esos venenos que una vez inoculados en el cuerpo crean una dependencia devastadora, mezcla de odio y amor y Brosio, como los barruelanos, como cualquier minero de convicción, siempre ha tenido esa dependencia, ese maldecir de la mina para sí mismo pero no consentir que en su presencia se hable mal de ella porque sería como mentarles a la madre.

    Cuando Brosio presentaba en aquel mayo de 1975 su exposición en Barcelona, ya había mostrado sus obras por otros lugares. El mismo artículo de Cambio 16 y reseñas en Triunfo, Informaciones, Ya, Pueblo o La Gaceta del Norte, dan fe de ello situando exposiciones en Madrid, Gijón y Oviedo y es con este bagaje impresionante de vida y obra como aparece en Palencia y, si la memoria no me falla, a finales de noviembre de 1976 o 1977 lleva a cabo su primera exposición en la ya desaparecida sala “Medicis” que se situaba frente al Instituto Viejo, muy cerca de la ya histórica e imprescindible librería Alfar.

    Llega a la capital palentina, como un cometa que desde el espacio profundo se acerca a su tierra, la ilumina, deja una estela de luces que poco a poco se van apagando y desaparece casi en el olvido, sostenido por la memoria de unos cuantos devotos que a menudo nos hemos preguntado por dónde andaría Brosio, por qué se haría invisible como ese Garabombo, personaje de la novela de Manuel Scorza, al que nadie veía a fuerza de no quererlo ver.

    Expone y desaparece. Vuelve, unos años después, a exponer y desaparece de nuevo, condenado por otros o por sí mismo al silencio y al olvido. Pero la memoria es terca y los cometas, cada cierto tiempo, regresan a iluminar de nuevo nuestro cielo y a dejarnos un poco de su polvo de estrellas como recuerdo hasta su próxima visita.

    En aquella primera exposición de la galería “Medicis”, lo que había eran fundamentalmente acuarelas y algunos óleos. Unas acuarelas peculiarísimas, con una sabia mezcla de tonos fríos y cálidos que les confiere un dramatismo raro de conseguir y trabajadas de una manera que yo calificaría de aerográfica, porque aunque se apreciaban perfectamente las figuras de los mineros que en ellas se representaban, tenían no sé qué calidad extraña, qué luz de otro mundo, que difuminaba los contornos para crear un todouno, como se dice en el argot de la mina, en el que la escena conservaba una calidad de figura única, sin individualidades, donde los personajes se fundían con su entorno sin solución de continuidad, creando una especie de masa moldeable, rodeada por un aura casi viva, que recordaba el ambiente de los comics de ciencia ficción planetaria que por entonces comenzaban a publicarse y se adelantaban a la estética lumínica de películas posteriores donde lo que primaban eran las atmósferas casi fantasmagóricas, como de mundos iluminados por otros soles. Da fe de ello un pequeño folleto de ocho páginas a tamaño cuartilla, donde se reproducen cuatro de aquellas obras.

    Y tengo que decir que no andaba Brosio muy descaminado, porque en realidad era  otro mundo el que pintaba, otro mundo nada ajeno porque está en este: el del esfuerzo al límite, el afán poderoso, la muerte casi épica de quien trata de arrancarle a la tierra una riqueza que beneficia a otro.

    Pero ¿qué personajes son los que habitan en lo cuadros de Brosio, de aquel Brosio de mediados de los setenta que yo conozco?: masas obreras rodeando al compañero que les alecciona y llama a la lucha, con un paisaje minero como fondo y a la vez protagonista, que muy bien pudiera ser el del Pozo Calero; galerías en las que vagonetas, herramientas y trabajadores saltan por los aires en una explosión que inunda de luz y muerte la oscuridad de la mina; seres extraños en mundos extraños, que se muestran al espectador con ojos alucinados. Escenas todas de un expresionismo atroz.

    Decía Valle Inclán y me gusta citarlo porque estoy muy de acuerdo con ello, que las cosas no son como son, sino como nos parecen –o quizás como las recordamos, añado- y la mirada de Ambrosio Ortega, tamizada entonces por tantos años de encierro,  es una mirada introspectiva, hacia un universo hecho de recuerdos y sensaciones que el tiempo ha ido tamizando dolorosamente y ha dotado de una luz extraña y fantasmal que los pinceles del artista tratan de aprehender sobre la superficie del cuadro con la convicción de quien está seguro de su mensaje y trata de comunicárselo a los demás.

    Y  así es como Alberto Schommer representa a nuestro hombre, como un pintor obrero, militante y vital, convencido y listo para la acción, con los pinceles dispuestos como armas cargadas de futuro, para una batalla que se libra a la vez en dos frentes no tan distintos: el mundo interior del creador y la nueva y entonces esperanzadora realidad que se encuentra cuando sale a la calle, tanto tiempo después, a recorrer un país que ya no es el mismo que conoció porque se adivina más cálido.

    No debe extrañarnos que los personajes que llenan entonces la obra de Brosio recuerden a veces a los que poblaban la caverna de Platón, esos que veían la realidad como un juego de sombras proyectadas sobre la pared de su cueva y quedaban deslumbrados cuando salían a la luz.

    Y qué parábola de ese deslumbramiento que alcanza al propio pintor es, por ejemplo, un paisaje castellano donde, con su peculiar esfumato, representa en medio de unos campos tan contemporáneos como intemporales, un antiguo tractor de esos que se veían en los años cuarenta del pasado siglo. ¿Qué hace allí? ¿qué papel tiene un elemento tan fuera de lugar y tan rodeado de un aura de luz –siempre la luz- casi onírico, como si de una rara holografía se tratara, como si de una imagen pasada, superpuesta a la realidad distinta que Brosio se encuentra cuando la compara con sus recuerdos, se tratara?. ¿Será la consecuencia de su salida de la caverna o la añoranza de lo que conoció y ya no está?. Sea lo que sea, es. Y lo es por obra y gracia del genio que sabe transmitirnos sobre un lienzo lo que en un momento de lucidez pasa por su cabeza.

    Desconozco si son resultado de la casualidad o de la convicción, pero me sospecho lo segundo y me atrevo a decir que no hay personajes más épicos en nuestra pintura última, que los picadores de Brosio, sosteniendo la herramienta entre sus manos como quien sostiene el pan de todo un pueblo, verdaderos monumentos al esfuerzo, la valentía y el trabajo. Ni hombres tan fatalistas como los que acompañan a las vagonetas mineras camino de la carga y descarga o tal vez de la muerte, que aceptan como un gaje más del oficio, una hipótesis contemplable y aceptada como algo propio que te puedes encontrar en cualquier recodo de cualquier galería.

    Pero Brosio no se queda ahí. No sólo pinta con esa textura casi pop, con aspecto de tintas planas y difuminados que sacrifican la nitidez en favor de la sugerencia, porque en sus siguientes exposiciones, unos cuantos años después en Caja España, que seguramente todavía se llamaría Caja Palencia, ya a la acuarela se suma el óleo y, si no estoy equivocado, porque no existen documentos accesibles sobre aquellos momentos, incluso llega a emplear la cera en una técnica mixta que enriquece aún más su obra y su manera de trabajar. A una de esas exposiciones pertenece el paisaje con tractor al que antes me refería.

    Y se vuelve también de algún modo surrealista con obras como la de unos segadores segando el mar que a mi me recuerda a la que años después pintaría a la cera el malogrado y querido Rafael Oliva para exponer en esa misma sala y en la que un campesino está arando las olas. ¿Qué queda de aquella exposición de la que no se hizo ni un pequeño catálogo?

    Ese ha sido siempre el destino de Brosio, pasar –ya lo he dicho- como un cometa, dejar su impronta y desaparecer en la oscuridad y el silencio, como si no hubiera terminado su larga condena a pesar de que, de vez en cuando, a uno le lleguen noticias de su vida, que es sólo suya y de su trabajo que es de todos. Pues hay en toda su obra un modo de grito sordo, una manera de silencio forzado y forzoso, una muda petición de auxilio que pugna por romperse, pero parece alcanzar al propio autor que se convierte a nuestro pesar y probablemente al suyo, en inaprensible.

    Por eso, tratando de seguir su estela huidiza, uno descubre que en un momento dado ilustró la portada de un poemario de Carlos Álvarez, otro poeta que pasó lo mejor de su vida en la cárcel. Y descubro que también llegó a realizar algún fresco en el País Vasco, que ha hecho murales, escultura, que hace cinco años expuso por última vez en León, que tiene una faceta de retratista extraordinario, como en mi ignorancia acabo de descubrir visitando la pequeña exposición con la que se acompaña este homenaje y un dominio de la composición y el dibujo difíciles de imaginar en un pintor autodidacta que, cómo el mismo confiesa, aprendió a retratar copiando las carteleras de cine. Y descubro finalmente que acaso la única referencia a su persona, o casi la única que puede rastrearse en Internet, es en una página vasca donde se habla de Ambrosio Ortega, pero ni siquiera como pintor sino como hermano de Mariano Ortega Alonso, uno de los fundadores de la guerrilla antifranquista en la zona norte de Palencia, con motivo de su apresamiento junto a ese hermano en un piso franco de Bilbao en el lejanísimo 1947.

    Qué casualidad, han tenido que pasar sesenta años desde aquella detención que lo enterró en vida, para que Brosio regrese de la oscuridad en la que ha estado sumido durante los últimos tiempos y lo haga precisamente en su pueblo. En la Casa del Pueblo de su pueblo minero.

    Señoras y señores, es una alegría que hoy, en la tierra que le vio nacer, se haga un merecidísimo homenaje a uno de sus mejores hijos: un luchador y un gran artista, pero qué vergüenza que hayan tenido que pasar sesenta años para indultar a Brosio de tan larga e insoportable condena de silencio.

    Eso seguro que a él no le importa porque es un minero y un luchador con muchas batallas sobre sus espaldas, pero a ustedes, a todos nosotros, sí que nos tiene que importar porque es una deuda de justicia y las deudas de justicia nunca prescriben.

Palencia, 31 de agosto de 2007.


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, septiembre 2007

 
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