FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 La experiencia española

Rebuscando en los archivos de la Fundación Andreu Nin, hemos podido encontrar unos documentos muy poco conocidos, de los que sólo guardan memoria algunos veteranos militantes del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM): dos números del boletín La experiencia española, publicados por el POUM en el año 1939, pocos meses después de la victoria franquista que selló el fracaso y la derrota de la revolución española.

Diversos militantes del POUM intentan realizar un primer balance. Sin duda, son textos que aún no podían situarse plenamente en la nueva situación creada por el éxito de la contrarrevolución fascista y que difícilmente podían captar la profundidad histórica de la derrota sufrida. Pero representan inequívocamente un material de gran interés para todas las personas interesadas por ese período de nuestra historia y por el conjunto de la trayectoria del movimiento obrero en Cataluña y en España. Son también un valioso ejemplo de reflexión libre y crítica.

Comité ejecutivo del POUM

Hace unos meses, el POUM llegaba a la emigración rodeado de una aureola de intransigencia y de sacrificio, pero política y orgánicamente destrozado.

 La guerra civil había desbordado nuestro pensamiento político y la represión sangrienta de los últimos años había descompuesto los cuadros y el engranaje del Partido.

 El primer problema que se planteaba, pues, ante los militantes era la reconstrucción de este pensamiento y de estos cuadros. Problema actual, que no puede ser reducido a una simple cuestión orgánica o burocrática, sino que debe ser planteado y resuelto dentro de su verdadero marco político.

 El Partido y los militantes se encuentran actualmente ante las consecuencias del fracaso y de la derrota de la revolución Española. Consecuencias que vienen a traducirse en una triple crisis del movimiento obrero.

 1ª Una crisis en el seno de nuestro propio Partido. Crisis progresiva, de superación , que responde a la necesidad de revisar nuestra conducta en el desarrollo de la revolución. A la necesidad de comprender y asimilar las lecciones y las experiencias vividas. A la necesidad de elaborar una nueva plataforma para las luchas del mañana.

2ª Una crisis profunda en el seno del movimiento obrero español, que después de haberlo tenido todo en sus manos ha acabado por perderlo todo. Que tiene conciencia del fracaso de sus grandes organizaciones y que busca intuitivamente el nuevo camino. Una crisis profunda, que no ha hecho más que iniciarse y que se demuestra en la formación de grupos y tendencias en el seno del Partido Socialista, del movimiento Libertario y de los propios sectores stalinistas.

3ª Una crisis y una descomposición del movimiento obrero internacional. Crisis de derrota y de retroceso, que viene a demostrar la falta de confianza que tiene el proletariado en sí mismo y en sus organizaciones y que se traduce en un debilitamiento general de todos los grandes partidos. Luchas de tendencias en el seno del PSOP y del ILP. Descomposición del trotskismo, que ha acabado por subdividirse en tres o cuatro tendencias distintas que se descuartizan entre sí. Reposición de todos los problemas teóricos y tácticos del movimiento obrero, como es el caso del derrotismo revolucionario, de la necesidad y de la disciplina de una nueva internacional, de la táctica a seguir en caso de guerra vis a vis de los países fascistas, de los llamados democráticos y de la URSS.

Todas estas crisis tienen una causa y un fondo común. Son el resultado de las derrotas sufridas por el movimiento obrero en los últimos veinticinco años. La derrota del proletariado alemán y del proletariado austríaco. La degeneración de la Revolución Rusa. Y la derrota sangrienta de la clase trabajadora española.

El reformismo social-demócrata y el stalinismo contra-revolucionario son dos experiencias y dos fracasos demasiado grandes para ser rápidamente superados. Ello es la causa profunda de la crisis ideológica y política que atraviesa actualmente el movimiento obrero. Crisis de la que sólo podrá salir el proletariado revolucionario asimilando las experiencias y elaborando una nueva táctica.

Durante los primeros años de la revolución española el POUM había significado este renacer del movimiento obrero frente a la social-democracia y al stalinismo. En España representaba una teoría y una táctica distintas de ambos movimientos, y en el mundo, era el impulsador y coordinador del movimiento marxista independiente, que al margen de la segunda y tercera internacionales constituía el punto de partida de un nuevo reagrupamiento internacional.

Pero la derrota de la revolución española no sólo ha cortado momentáneamente este resurgimiento revolucionario, sino que ha acentuado extraordinariamente los motivos de descomposición que existían ya en el seno del proletariado. El hecho de que el POUM fuera políticamente desbordado por la guerra civil española demuestra, por una parte, la debilidad teórica aún de este movimiento independiente, y de otra, la agravación de la crisis ideológica y táctica del movimiento obrero en general.

La revolución española es actualmente la piedra de toque del movimiento obrero internacional. Hasta ella se llega y de ella se parte. En el transcurso de su desenvolvimiento se plantean todos los problemas ante los cuales deberá situarse el proletariado en los días futuros. Los problemas del poder, de las relaciones con la pequeña burguesía, de la actitud de las democracias, de los planes del fascismo, de la conducta de la URSS, de la necesidad de un partido y de una internacional revolucionaria, etc. En el transcurso de la revolución se ha puesto de relieve la conducta de las diferentes organizaciones de la clase obrera. Y es solamente a través de un análisis y de una clarificación profunda de todas estas cuestiones que la crisis actual del movimiento obrero podrá ser superada en un sentido progresivo.

En ello reside la gran responsabilidad histórica de nuestro Partido y de su 1er Congreso. Alrededor del POUM se agruparon el 19 de Julio todos los sectores revolucionarios del proletariado internacional. Alrededor del POUM y de su represión sangrienta se agruparon más tarde cuanto de sano y progresivo quedaba en el movimiento obrero de todos los países. Y alrededor del POUM se agruparán actualmente cuantos desengañados de la socialdemocracia, del stalinismo y del sectarismo trotskista aspiren a luchar por la reorganización política del proletariado y por el triunfo del socialismo.

La clase trabajadora española es quien ha hecho el mayor sacrificio de sangre. Ella ha puesto al rojo vivo todas las cuestiones políticas del momento presente. Y es a través del análisis y del estudio de esta experiencia que el proletariado mundial volverá a encontrar la fe y la confianza en sus destinos.

El POUM se encuentra situado en el cruce de todos los caminos. Hasta ayer cargó con la responsabilidad de orientar al proletariado revolucionario de España. Hoy debe saber iniciar la discusión de la revolución vivida, a fin de darle la máxima profundidad y a fin de que sus conclusiones sean el punto de arranque de una nueva etapa del movimiento obrero.

Por eso el Partido debe plantearse seriamente la amplitud y la trascendencia que puede tener nuestro 1er Congreso. la amplitud y la trascendencia que nosotros debemos darle. Porque no es un simple Congreso más. No es un Congreso puramente interno destinado a superar nuestra crisis de Partido.

Sino que debe ser un Congreso de trascendencia histórica, destinado a superar, al mismo tiempo que nuestra crisis, la crisis del movimiento obrero español y del movimiento obrero internacional. Y en la capacidad del partido ante este problema se demostrará actualmente su madurez y sus posibilidades revolucionarias.

Durante los dos años y medio de guerra civil cada militante en particular y el partido en su conjunto han vivido las más intensas experiencias. hemos realizado acciones justas y acciones equivocadas. Errores de un lado y aciertos de otro. Y ha llegado el momento de pasar balance. Muchas veces hemos repetido que la historia era implacable con los partidos y los hombres que habían intervenido en el desarrollo de los grandes acontecimientos. Pero nuestro partido no puede esperar el fallo de la historia. Debe saber transformarse en su propio juez.

Vamos a plantearnos los problemas de la revolución cara a cara y al desnudo. Todos los militantes y todas las corrientes de opinión que existan en el Partido pueden exponer libre y ampliamente sus opiniones y sus puntos de vista. Una cosa sola puede exigir y piensa exigir la dirección del Partido: Sentido de la responsabilidad y alteza de miras.

Nuestro Boletín de Discusión no quedará reducido a los cuadros del Partido, aunque sean éstos los únicos que intervengan en la discusión. Pensamos hacerlo llegar a todos los sectores del Partido Socialista y del Movimiento Libertario Español. Pensamos hacerlo llegar a todos los núcleos independientes del movimiento revolucionario internacional. Queremos que todo el proletariado discuta los problemas de la revolución española y queremos que los discuta en torno a nuestro Partido. Esta debe ser hoy nuestra aspiración, nuestro deber y nuestra responsabilidad.

Todo el movimiento revolucionario internacional tiene actualmente los ojos fijos en el POUM. Confía y espera mucho de nosotros. espera que hablemos en voz alta con toda la claridad y la crudeza que los momentos exigen. Y el Partido debe saber hacerse digno de esta confianza.

Sabemos que la discusión será dura. Pero no importa. El Partido no tiene nada que ocultar a nadie. Debe presentarse tal cual es. Con todos sus matices, con toda la intransigencia de sus opiniones, con todas sus debilidades.

Nosotros conocemos al Partido. Sabemos que nació y se forjó en medio de la crítica más implacable. Y estamos convencidos que la discusión actual no hará más que fortalecer su madurez política y reforzar su disciplina interior.

El Congreso, y la discusión profunda que debe precederle, deben servir al Partido y a la causa del proletariado. Los militantes tienen suficiente madurez política para comprender cuando esto sea así, y cuando, por el contrario, pueda ser aprovechado en contra del Partido y en beneficio de quienes están interesados en destruirlo. Y el Partido en su conjunto sabrá cortarlo.

Discutir, sí. Discutir con toda la intransigencia, sí. Pero discutir en el seno del Partido y a través de los órganos normales del mismo. La discusión no debe degenerar en una desarticulación y en una desintegración del Partido. Al contrario. La discusión es el punto de partida de un resurgimiento en todos los sentidos. En el sentido político y en el sentido orgánico. Y el Congreso debe ser la síntesis superior de este análisis encarnado en la discusión que acaba de abrirse en nuestro seno.
 

Los problemas de la revolución española

El secretario político

La discusión está abierta en el Partido desde el momento mismo en que la acordó el Comité Central Ampliado, a fines de abril. Este trabajo, que me ha encargado el Comité Ejecutivo, y cuya redacción cae bajo mi responsabilidad personal, tiene un doble objetivo: abrir oficialmente la discusión en el Partido y trazar una especie de guión de los problemas en torno de los cuales debe girar, a nuestro juicio, dicha discusión. Ello no quiere decir, claro está, que los militantes no tengan derecho a abordar otros problemas que los que aquí se plantean. Creemos, sin embargo, que tiene importancia suma que la discusión se centre hoy en torno de la política seguida por el Partido en el trascurso de la guerra y de la revolución española, que es lo básico y fundamental, ya que sin una clarificación a este respecto nos será difícil comprender la situación actual y las perspectivas, elaborar la línea política futura del Partido y llenar el papel que legítimamente nos corresponde ante el proletariado español e internacional.

Trazamos este trabajo con una preocupación central: la objetividad. No observándola traicionaríamos el encargo del Comité Ejecutivo y la confianza que nos merece el Partido. Esto no es una tesis política ni un proyecto de resolución; es, lo repetimos, un simple guión de problemas, un planteamiento escueto de los mismos. No queremos ni tan sólo esbozar un punto de vista político, una defensa o una crítica de la política seguida por el Partido durante estos tres últimos años. Eso quiere decir que nos reservamos el derecho, como los demás miembros del Comité Ejecutivo y del Comité Central, como cualquier otro militante del Partido, de intervenir después, en la discusión, defendiendo nuestros puntos de vista y nuestras conclusiones.

Necesidad de situar la discusión en su cuadro real

Un análisis político debe ser situado, ante todo, en su cuadro real. Es decir: nuestra discusión no puede girar en torno a problemas abstractos, sino en torno a problemas concretos. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, los factores reales, la situación real en medio de la cual se encontró nuestro Partido. Una política no es acertada o errónea, justa o injusta en sí, sino en relación a una situación determinada. En todas las situaciones un partido revolucionario debe permanecer fiel a sí mismo, fiel a sus principios y a su misión histórica; pero en cada situación un partido revolucionario debe buscar los medios y las posibilidades de servir mejor esos principios, de realizar esa misión histórica. Las anteriores consideraciones tienen por objeto plantearnos estos problemas fundamentales, a los que se trata de responder clara y concretamente:

¿Cuál era la situación real en que se produjo la guerra civil española, desde el punto de vista nacional e internacional?

¿Qué factores intervenían, en España y fuera de España, en su desarrollo?

¿Cuál era la relación de fuerzas en presencia, nacional e internacionalmente?

¿Supo el Partido permanecer fiel a sí mismo, a sus principios revolucionarios, a su misión histórica?

¿Supo aprovechar las posibilidades que se le ofrecían y buscar los medios al servicio de esos principios y de esa misión histórica?

No es posible sacar conclusiones reales, exactas, si no se empieza por situar el problema real y exactamente. Esto nos parece fundamental en la discusión que abrimos en el Partido.

El Partido antes del 19 de julio

Pero hay otra cuestión que nos parece no menos fundamental que la anterior. Es la de saber si el Partido había tenido una política acertada antes ya del 19 de Julio, es decir, si estaba preparado, armado, ideológica y tácticamente, para afrontar los acontecimientos revolucionarios. El 19 de Julio no es un hecho aislado, esporádico; es el resultado de todo un proceso, que se abre con la República, antes incluso de la República. No se trata, claro está, de remontarse tan lejos, aun a sabiendas de que la política de un partido en un momento determinado es la resultante de todo el proceso de formación de ese partido. Basta con que nos remontemos al momento de la desaparición de las Alianzas Obreras y de la constitución del Frente Popular en España. Se trata de contestar, a nuestro juicio, a las siguientes preguntas:

¿Mantuvo el Partido una posición lo suficientemente clara y enérgica en la denuncia del Frente Popular? ¿Hubiera debido mantener una posición más radical o una posición más oportunista?

¿Hizo bien el Partido participando en las elecciones de febrero de 1936, en candidatura con el Frente Popular, o debió ir solo a las elecciones?

Durante el periodo que va de febrero a julio, ¿supo el partido prever el peligro reaccionario y denunciarlo, así como la impotencia del Frente Popular, del Gobierno y del Parlamento para hacerle frente? ¿Era justo el dilema por nosotros establecido: socialismo o fascismo? ¿Supimos llevar el planteamiento de ese dilema a la conciencia de la masa trabajadora y adoptar una táctica política en consecuencia?

¿La política del Partido anterior al 19 de julio le había preparado para afrontar los acontecimientos revolucionarios?

El partido después del 19 de julio

Establecidas las premisas en la forma más arriba indicada, viene ahora lo que, a nuestro juicio, debe constituir el nervio de la discusión: el examen de la política del Partido inmediatamente después del 19 de julio. Es indudable que los primeros meses -a veces las primeras semanas e incluso los primeros días- de una revolución son decisivos para ésta. Todos los problemas, los múltiples problemas de la transformación y de la defensa revolucionarias -en su aspecto económico, político, militar, policiaco, jurídico-, se plantean de golpe ante el partido revolucionario. Este debe tener una visión de conjunto de todos esos problemas y una solución para cada uno de ellos, no sobre el papel, no sólo teóricamente, sino prácticamente y teniendo en cuenta la situación real, la relación de fuerzas, las posibilidades. Se trata, para nosotros, concretamente, de dilucidar las cuestiones siguientes:

¿Estuvo el Partido a la altura de las circunstancias, inmediatamente después del 19 de Julio? ¿Supo caracterizar debidamente los acontecimientos, ver las posibilidades que se abrían ante él, establecer las perspectivas, adoptar la táctica justa y de acuerdo con los acontecimientos, con las posibilidades y con las perspectivas? ¿Tuvo una visión de conjunto de los problemas y supo apuntar una solución para cada uno de ellos?

Démosles una concreción aún mayor a las preguntas:

¿La etapa revolucionaria abierta por el 19 de Julio era democrática, democrático-socialista o socialista?

¿Supimos plantearnos debidamente la cuestión del Poder, del Estado, de la conquista del primero y de la destrucción del segundo y su transformación en Estado proletario? ¿Supimos plantearnos la cuestión de la Dictadura del Proletariado y de la Democracia Obrera, no en sus términos genéricos, sino concretamente y en la situación real de España? ¿Supimos plantearnos la cuestión de los órganos de Poder y cuáles debían ser éstos: los Comités, los Sindicatos, las Alianzas Obreras? ¿Fue justa nuestra participación en el Comité Central de Milicias y en el Consejo Económico de Cataluña? ¿Qué era exactamente el Comité Central de Milicias: una prolongación del Frente Popular -un Frente Popular ampliado- o un órgano de poder proletario? Si el Comité Central de Milicias era lo primero y no lo segundo, ¿supimos realizar en su seno -y, por la base, en la conciencia de las masas trabajadoras- la necesaria diferenciación revolucionaria, para pasar a una etapa superior, a la de su transformación de un órgano de colaboración de clases en un órgano de poder proletario? ¿Cuáles eran las consignas justas, capaces de operar esa transformación? ¿En qué fuerzas concretamente podíamos apoyarnos para realizarla?

Repetimos que el cuestionario que precede constituye el nervio de la discusión y que para contestar a él es preciso tener en cuenta los diversos aspectos de la situación: desde el punto de vista internacional -posición de las potencias totalitarias, posición de las potencias sedicentemente democráticas, posición de la URSS, coincidencias y contradicciones entre ellas en la cuestión española, situación del proletariado internacional-, desde el punto de vista nacional -situación de la guerra entre el fascismo y el antifascismo, Gobierno de Frente Popular en la España antifascista, debilidad de nuestro Partido fuera de Cataluña- y desde el punto de vista de Cataluña, que es donde nuestro Partido, por su situación y por sus posibilidades, tuvo que centrar su acción.

Disolución del Comité Central de Milicias y colaboración con el Gobierno de la Generalidad

Lo que viene a continuación está ligado con lo que antecede. Sabido es que a fines de septiembre se disolvió el Comité Central de Milicias y se constituyó el Consejo de la Generalidad de Cataluña, con la misma relación de fuerzas, con la misma base y con la participación de nuestro Partido. Es ésta una de las cuestiones más discutidas, dentro y fuera del Partido. Por eso conviene que le concedamos toda la atención que merece.

¿Pudimos impedir la disolución del Comité Central de Milicias? El Partido, que en los primeros días de julio propuso, concretamente, que fuera disuelto el Gobierno de la Generalitat, que como una entelequia existía paralelamente al Comité Central de Milicias, y que pasara éste a ser el Poder único en Cataluña, ¿supo mantener esta posición consecuentemente?

¿Fue un acierto o fue un error el colaborar en el Gobierno de la Generalidad que sucedió al Comité Central de Milicias? Y si fue un error, ¿cuál hubiera debido ser nuestra actitud? ¿Por qué puso el stalinismo tanto empeño en eliminarnos de dicho Gobierno, hasta el extremo de someter el envío de armas y municiones al frente de Aragón a esa eliminación de nuestro Partido? ¿Fue acertada o desacertada nuestra política en el Consejo de la Generalidad? ¿Fue acertada la disolución de los Comités locales antifascistas?

Terrorismo revolucionario y terrorismo contrarrevolucionario

Hay una serie de aspectos parciales que van unidos a todo el desenvolvimiento revolucionario. Interesan grandemente a la táctica revolucionaria de un partido como el nuestro. Hoy pueden y deben ser esclarecidos a la luz de la experiencia histórica.

Uno de esos aspectos es el que se refiere al terrorismo. Tiene esta cuestión una importancia mucho mayor de lo que muchos creen. Un partido revolucionario sabe que no hay revolución posible sin terrorismo. Pero el terrorismo, para un partido revolucionario, no es una cuestión de principio; es un problema de táctica, impuesto por la necesidad, determinado por las circunstancias. lo que se trata de dilucidar aquí es si el terrorismo que se aplicó en Cataluña -y en la España antifascista- durante los primeros meses de la guerra y de la revolución era un terrorismo políticamente justo; si, en la forma en que se aplicó, beneficiaba o, por el contrario, perjudicaba a la revolución. ¿Fue justa la posición del Partido respecto de tan importante problema?

La política sindical del partido

La cuestión de los Sindicatos tiene una importancia general para el movimiento obrero; hay países, sin embargo, en los que tiene una importancia mucho mayor que en otros. En España, su importancia es fundamental. Los Sindicatos españoles han jugado un papel de primerísimo orden en el desenvolvimiento de la lucha de estos últimos veinte años. El Partido Socialista sin la UGT no hubiera jugado más que un papel secundario; respaldado por ella ha jugado un papel central, sobre todo desde el advenimiento de la República. La FAI, sin la CNT, no hubiera pasado de ser un grupo conspirativo o terrorista, sin importancia alguna en las luchas sociales de España, particularmente de Cataluña. La cuestión de los Sindicatos, de su conquista, tiene, pues, una importancia fundamentalísima para un partido obrero, sobre todo en España. Esto nuestro Partido no lo ha ignorado ni lo ha olvidado un solo momento.

No se trata de trazar aquí la historia de la política sindical de nuestro Partido. Basta con referirnos a su política sindical durante los meses que precedieron y que siguieron al 19 de Julio. Nuestro Partido controlaba Sindicatos pertenecientes a la CNT y otros pertenecientes a la UGT y preconizaba, tradicionalmente, la consigna de la unidad sindical. Unos meses antes de los acontecimientos de Julio fue a la constitución de la FOUS. ¿Fue justa la constitución de dicha organización? Los acontecimientos nos sorprendieron antes de que la FOUS hubiera tenido tiempo de popularizarse y de desarrollarse. Dichos acontecimientos la desbordaron: quedó cogida, y en algunos sitios -particularmente en Barcelona- medio destrozada- entre la UGT y la CNT, que llegaron a un acuerdo de unidad de acción en contra nuestra. El Partido acordó disolver la FOUS e ingresar en la UGT. ¿Fue justa la disolución de la FOUS? ¿Fue un error? ¿Fue justo el ingreso en la UGT? ¿Hubiera sido preferible ingresar en la CNT? En el seno de la UGT, ¿supimos luchar con la suficiente energía contra el burocratismo psuquista-staliniano y en favor de la democracia sindical? ¿Qué papel asignamos a los sindicatos en la lucha y en la transformación revolucionarias? ¿Podían ser transformados en órganos de Poder?

Esta cuestión no tiene tan sólo un valor retrospectivo, sino un valor futuro verdaderamente extraordinario. Los dos años y medio de guerra nos ofrecen unas experiencias a este respecto que es preciso aprovechar con miras al futuro. Basta decir que de la clarificación de este problema depende, en gran parte, el porvenir de nuestro Partido.

El problema de la transformación económica

Todo el mundo sabe que fue nuestro Partido el que redactó el programa de Creación del Consejo Económico de Cataluña. ¿Era justo ese programa? ¿Pudo hacer nuestro Partido mayores esfuerzos para su aplicación? ¿Planteó la cuestión simplemente por arriba, burocráticamente, o supo llevarla a la conciencia de las masas? ¿Tuvo el Partido una política económica propia, desde el punto de vista de la socialización de la tierra, de la industria, de la Banca, de los transportes, de las minas? ¿Supo preconizar una política justa frente a los ensayos anarquizantes, sin plan ni concierto, de sindicalización industrial, de colectividades agrarias? ¿Supo oponerse a las maniobras contrarrevolucionarias, desde el punto de vista económico, del reformismo y del republicanismo burgués?

He aquí un problema no menos fundamental que el anterior, no sólo en lo que respecta al pasado, sino en lo que respecta, a través de las experiencias pasadas, al porvenir.

Nuestra política militar

En la consigna de separar la guerra de la revolución, preconizada por el stalinismo, por el reformismo y por el republicanismo pequeñoburgués, nuestro Partido vio en seguida -y así lo denunció- un pretexto para escamotear la revolución y estrangular la propia guerra. Nuestra consigna, durante todo este periodo, fue: "la guerra y la revolución son inseparables; guerra en el frente y revolución en la retaguardia". ¿Fue justa esta posición? ¿La defendimos con la suficiente energía? ¿Supimos sacarla del marco de la propaganda para llevarla a la acción, a la realidad? ¿Era posible hacer otra cosa que lo que hicimos?

Al lado de esta cuestión, de fundamental importancia, se plantea la de toda la política militar del Partido. ¿Tuvo el Partido una política militar propia? ¿Supo aplicarla en sus propios medios? ¿Supo propagarla en el seno del Ejército? ¿Supo el Partido plantear en los justos términos la transformación de las Milicias en un ejército regular? Constituido el Ejército Popular, con un mando único bajo el control del Gobierno del Frente Popular, ¿cuál debió ser su posición? ¿Qué pudo hacer y que debió hacer a este respecto?

Nuestra política de orden público

Nuestro Partido tuvo una participación de cierta importancia en el Orden Público en lo que a Cataluña se refiere. Ocupamos la Secretaría General de Orden Público de Cataluña y la Delegación de Lérida. En las Patrullas de Control tuvimos una representación proporcional a la que teníamos en los organismos políticos. Sabido es que, frente a los propósitos del stalinismo, del reformismo y del republicanismo, nosotros defendimos la existencia de las Patrullas, nos opusimos a su disolución. No dejamos de preconizar un Orden Público centralizado, bajo el control de la clase trabajadora. ¿Lo hicimos con la suficiente habilidad y energía? ¿Tuvimos una política propia de Orden Público? ¿Pudimos hacer otra política que la que hicimos a este respecto?

Esta cuestión, aunque parezca secundaria, no lo es. Va unida a toda la cuestión del Poder y de la defensa revolucionaria. Tiene, por consiguiente, una gran importancia y es de esperar que se la concederán nuestros militantes en el transcurso de la discusión.

El POUM y la CNT

Una de las críticas más frecuentes que escuchamos, no sólo fuera, sino en el propio Partido, consiste en que hemos hecho excesivas concesiones a los dirigentes de la CNT, en que no hemos sabido hacer una crítica cerrada de sus falsas posiciones, de su política desacertada, unas veces de un ultraizquierdismo absurdo, sobre todo en la aplicación del terrorismo durante los primeros meses y en la cuestión de las colectividades agrarias, otras de un oportunismo no menos absurdo, tanto en la cuestión de la sindicalización industrial y comercial y en toda su política económica como en el sacrificio de la revolución a la guerra y, en general, al Frente Popular. Es ésta una cuestión de fundamental importancia, principalmente desde el punto de vista histórico. La CNT, por su volumen numérico, tuvo que llenar un papel de primer orden en el desarrollo de la política de Cataluña, después del 19 de Julio. La actitud de la CNT podía determinar el que la revolución siguiera su curso ascendente o el que fuera escamoteada y liquidada. Esto podía depender, en gran parte, de la actitud que adoptara nuestro Partido a su respecto.

¿Fue acertada nuestra actitud? ¿Hicimos concesiones a la CNT? ¿De qué orden? ¿Supimos hacer una crítica constructiva de sus falsas posiciones? ¿Supimos adoptar la táctica consiguiente para atraernos a las masas cenetistas, para guiarlas en sentido revolucionario? En una palabra, si nuestra táctica respecto a la CNT fue desacertada, ¿cuál hubiéramos debido aplicar exactamente y con posibilidades de éxito?

El POUM ante la crisis del socialismo

Después del primer bienio republicano se abrió una honda crisis en el seno del Partido y de las Juventudes socialistas. Esta crisis podía ser progresiva si conducía a una parte de los militantes socialistas a romper con la tradición socialdemócrata, oportunista, y adoptar posiciones revolucionarias. Es indudable que una gran parte de esos militantes buscaban el camino del marxismo revolucionario. Sin embargo la crisis del socialismo, que debía ser progresiva, fue, en suma, regresiva. La izquierda socialista, creyendo radicalizarse, cayó bajo la influencia del stalinismo, le hizo el juego a la vanguardia de choque de la contrarrevolución que era el stalinismo. Este hecho ha tenido una importancia extraordinaria para la revolución. Para nosotros el problema que se plantea es el siguiente: ¿qué intervención tuvimos en esa crisis? ¿Qué hicimos para darle una dirección progresiva, revolucionaria? ¿Qué hicimos para evitar que fuera aprovechada por el stalinismo para darle una orientación reaccionaria? ¿Hubiera sido capaz nuestro Partido, aplicando una táctica determinada, de evitar lo sucedido? Esta cuestión no sólo tiene una importancia histórica, sino una importancia actual y una importancia en lo que respecta al porvenir. Es, en suma, una de las cuestiones que merecen más detenido estudio por parte de nuestro Partido.

El POUM y el stalinismo

No es necesario tratar aquí del papel que ha llenado el stalinismo en el curso de la guerra y de la revolución en España. Si que es conveniente recordar, quizá, que en el seno de nuestro Partido hubo serias divergencias respecto a la actitud que debíamos adoptar ante la política del stalinismo, ante la intervención rusa en España. Para unos fuimos poco oportunistas, poco contemporizadores; para otros lo fuimos demasiado. Este extremo tiene también una gran importancia histórica y de actualidad. El Partido debe determinar si su táctica respecto del stalinismo fue justa o no y, a la luz de la experiencia, debe determinar su táctica actual. Esto plantea una cuestión de primera magnitud, una cuestión casi central para el movimiento obrero internacional: el problema de la URSS, de su situación exacta, del papel que llena en la política mundial y en la política proletaria, de la actitud que debe adoptar la vanguardia revolucionaria a su respecto.

La consigna del frente obrero revolucionario

Al lanzar esta consigna, nuestro Partido perseguía un objetivo bien concreto: salvaguardar la independencia de clase del proletariado y oponerla al Frente Popular. La consigna, en si, ¿era justa, era progresiva, era revolucionaria? Nuestro Partido que constituía una fuerza minoritaria, ¿tenía que buscar el acuerdo, la unidad de acción con otras fuerzas para defender las conquistas revolucionarias y tratar de llevar la revolución hasta las últimas consecuencias? Pero el problema no consiste sólo en saber si la consigna era justa en sí, sino si era justa en el momento en que fue lanzada, si su realización era posible y con qué fuerzas había que realizarla. Y aun cuando fuera justa, desde el punto de vista de la oportunidad, se trata de saber si el Partido supo hacer el esfuerzo necesario para llevarla a la conciencia de las masas, para conquistar a éstas con el fin de imponer su realización. En torno a esta cuestión hubo también, algunos meses después de la represión contra nosotros, serias divergencias en el Partido. Unos preconizaban la formación de un Frente Antifascista para procurar determinar la diferenciación revolucionaria en su seno y la creación del Frente Obrero Revolucionario. Otros sometían el ingreso en el Frente Antifascista a la previa constitución del Frente Obrero Revolucionario. Otros se pronunciaban por el Frente Obrero Revolucionario sin ingreso en el Frente Antifascista. ¿Es que el Frente Antifascista era otra cosa que el Frente Popular ampliado? Esta cuestión tiene una gran importancia desde el punto de vista táctico, porque a través de ella se plantea todo el problema de la táctica del frente único. Por eso es conveniente la discusión en torno a la misma.

La política internacional del partido

No nos detendremos a detallar la situación del movimiento obrero internacional al producirse la guerra civil española. Esa situación ha sido uno de los factores determinantes de nuestra tragedia. Las masas trabajadoras del mundo entero estaban, sentimentalmente, al lado de los trabajadores españoles, pero esto no bastaba. En realidad no podían aportarnos una ayuda efectiva. Las Internacionales no gozaban de la menor independencia, sino que estaban completamente domesticadas: la Internacional Obrera Socialista (II Internacional) y la Federación Sindical Internacional (Internacional de Amsterdam) sostenían, realmente, la política de No Intervención de los imperialismos democráticos: la Internacional Comunista no era ni más ni menos que un apéndice de la política exterior del Gobierno ruso, de Stalin. La IV Internacional de Trotski estaba condenada a la mayor impotencia, tanto por su falta de efectivos y posiciones políticas, como por su sectarismo manifiesto.

Por otra parte los partidos independientes, en general bastante débiles numéricamente, sin una base programática y de acción de conjunto, pertenecían al Buró Internacional de Unidad Socialista revolucionaria (Buró de Londres). Tal era la situación desde el punto de vista del proletariado internacional y de sus posibilidades de ayuda directa e independiente al proletariado revolucionario español.

Nuestro Partido tuvo que apoyarse, desde el punto de vista internacional, en el Buró de Londres, al cual pertenecía, y en la Izquierda Revolucionaria [francesa, perteneciente al Partido Socialista, y convertida más tarde en el actual PSOP. Asistió a la Conferencia internacional de Bruselas, a comienzos de noviembre de 1936, e hizo que dicha Conferencia girara, sobre todo, en torno a la guerra civil española y a nuestro Partido. Después preparó la celebración de una gran Conferencia internacional en Barcelona, con dos cuestiones principalísimas en el orden del día: 1) la movilización del proletariado internacional en defensa de la revolución española y 2) la cuestión de la nueva Internacional revolucionaria. Dicha Conferencia, convocada para el 19 de Julio de 1937, no pudo reunirse a consecuencia de la represión que se desencadenó en junio contra nuestro Partido.

¿Fue justa la política internacional desarrollada por el Partido durante el periodo revolucionario? ¿Fue justa la posición mantenida en la Conferencia de Bruselas? ¿Pudo hacer nuestro Partido más de lo que hizo desde el punto de vista de la movilización del proletariado internacional?

El POUM y el Movimiento de Mayo

Es indudable que desde el punto de vista histórico el levantamiento de Mayo de 1937 tiene una importancia extraordinaria. ¿Nos hemos pronunciado claramente respecto a dicho movimiento? Se impone una caracterización del mismo, un estudio de sus causas, de su desarrollo y de sus consecuencias. ¿Es que el Partido, al aprobar las jornadas de mayo comprendía toda su importancia política? ¿Es que el proletariado podía aprovechar aquel movimiento para tomar el poder? ¿Podía y debía el Partido hacer más de lo que hizo con ocasión de aquel movimiento? Es preciso decir también si habíamos sabido preverlo y si su reivindicación ulterior, ante los Tribunales, fue justa.

La represión contra el Partido

La derrota de mayo desata la represión violenta contra el Partido. ¿Es que el Partido supo prever su desencadenamiento? ¿Es que pudo haberlo evitado sin hacer dejación de sus posiciones? ¿Es que la actitud mantenida en el transcurso de la represión fue la que corresponde a un partido revolucionario?

Las derrotas militares

La derrota del proletariado revolucionario llevaba aparejado el hundimiento de los frentes militares. Este se realizó en tres etapas bien determinadas. Una que va desde mayo de 1937 hasta marzo de 1938 y que está representada por la pérdida del norte y del frente de Aragón. Otra que desde marzo del 38 llega hasta enero del 39, con la pérdida de Cataluña. Y otra que coincide con las últimas semanas de la resistencia republicana y el golpe de Estado de Casado-Miaja. ¿Ha sido justa la política del Partido en cada uno de estos momentos? ¿Ha sido justa la posición mantenida frente a la resistencia militar y a la política de los pactos?

Advertencia final

He de repetir lo que he dicho al comienzo: este trabajo no pretende ser más que un esbozo o un guión de las cuestiones en torno a las cuales debe girar, en opinión mía, la discusión en el Partido. Es posible que haya dejado de plantear alguna cuestión que tenga, sin embargo, una importancia cualquiera para la discusión. Dejo al cuidado de los militantes el subsanarla. Estos pueden pronunciarse sobre el conjunto de las cuestiones planteadas o sobre una cuestión determinada. Espero, por otra parte, haber alcanzado la objetividad que me había propuesta observar al establecer este guión. Y espero, en fin, que al intervenir en la discusión todos los camaradas tendrán en cuenta la gran responsabilidad que, desde el punto de vista nacional e internacional, pesa sobre nuestro Partido. De la discusión debe salir éste fortalecido, política y orgánicamente. Es ésta la aspiración que debe guiarnos a todos.
 
 

El error fundamental del Partido

Gorkin

Creo que la primera condición que hay que imponerse al intervenir en la discusión abierta en el Partido es la de una sinceridad absoluta. Hay que superar, en la medida de lo posible, los estados pasionales, los personalismos, y tener sólo en cuenta el interés supremo del Partido. Quienes asumieron tareas de dirección no deben colocarse por eso en actitud defensiva y tratar de justificar o de cubrir sus errores, si tienen la evidencia de haberlos cometido, pues éste sería de todos el error menos excusable; deben ser ellos, por el contrario, los primeros en proclamar y en tratar de corregir esos errores. Quienes no asumieron tales tareas no deben tratar por eso de aprovechar su situación "privilegiada" para arremeter contra los demás. Un verdadero partido marxista revolucionario, basado en el centralismo democrático, debe formar, tanto en la elaboración como en la aplicación de su política, un todo homogéneo, un conjunto armónico, una máquina cuyas piezas son interdependientes las unas de las otras, pues de otra manera no es tal partido revolucionario ni democrático, sino un partido caudillista y de acaudillados, de dirigentes y de dirigidos. Decía Rosa Luxemburgo en 1904, polemizando con Lenin, que prefería mil veces los errores cometidos por el conjunto del partido y de la clase obrera que los aciertos de una minoría de dirigentes -de "revolucionarios profesionales"-, pues los errores de masa sirven a su formación mientras que los aciertos de una minoría dirigente pueden servir a su encumbramiento, al concepto de su "infabilidad" y a su dictadura burocrática sobre la masa. Opino como Rosa Luxemburgo, sobre todo a la vista de la experiencia rusa, y aún teniendo en cuenta las condiciones especiales en que tuvo que emprender Lenin la organización del Partido Bolchevique. En un verdadero partido marxista revolucionario las responsabilidades son conjuntas, si bien las de los miembros de los Comités son más visibles, más directas, más concretas. Yo he sido en el Partido eso que se llama un "dirigente", es decir, un miembro colocado en la dirección. Empezaré por decir que pienso observar, como tal, la norma de sinceridad que exijo de los otros y que no pienso sacudirme, por otra parte, ninguna de las responsabilidades que me correspondan.

¿Ha cometido errores el Partido?

Es ésta, a mi juicio, la primera pregunta que hay que hacerse: ¿ha cometido errores el Partido? Yo creo que muchos y de bulto. Se trata ahora de saber en qué condiciones han sido cometidos, en qué han consistido exactamente y cómo hay que corregirlos. Pero antes creo necesario formular algunas observaciones preliminares. Tengo más que nunca el convencimiento de que un militante, un partido, un proletariado no aprenden, de una manera eficaz y positiva, más que a través de su propia experiencia. Es cierto, como dijo Lenin, que "sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria posible". Pero Lenin, marxista eminente, sabía también que la teoría es hija de la acción, que la una es interdependiente de la otra, que "vale más un hecho que diez programas", según la afirmación de Marx, y, en fin, que el proletariado forma su conciencia a través, sobre todo, de su propia acción, de su propia experiencia. Se aprende más en un año de revolución que en veinte años de lecturas revolucionarias. Yo creo haber leído cuanto de esencial se ha publicado sobre la Historia del Partido Bolchevique -la verdadera, no la vergonzosa falsificación que hacen circular por ahí los miserables empleados de Stalin. Durante la Revolución rusa de 1905 el Partido Bolchevique tenía ya a su cabeza hombres tan eminentes como Lenin y Trotski. El Partido fue, sin embargo, a tientas, cometió grandes errores, no estuvo a la altura de las circunstancias. Fue después de 1905 cuando el Partido elaboró su verdadero pensamiento, su verdadera táctica: puede decirse que sin la preciosa experiencia de 1905 no hubiera sido capaz de ponerse a la cabeza de la Revolución de 1917 y hacerla triunfar. Yo no quiero, en manera alguna, que esto pueda servirnos de excusa. La Historia tenía derecho a ser mucho más exigentes con nosotros que con los revolucionarios de 1905, ya que nosotros podíamos contar con toda la experiencia revolucionaria de la postguerra, periodo de todos el más rico desde el punto de vista de las luchas sociales. Tengo el firme convencimiento, en todo caso, de que el Partido, colocado ante una situación revolucionaria semejante a la que hemos vivido, no cometería los errores que ha cometido. Ello quiere decir que le creo en situación de corregir esos errores y de aprovechar la experiencia pasada para elaborar el pensamiento y la táctica que deben convertirle en el verdadero partido de la Revolución española. Para el Partido debe ser severo, cuanto más severo mejor, en la crítica de sí mismo. No olvidemos que la actual discusión puede tener -debe tener- para el Partido lo mismo que para el proletariado español e internacional, una importancia histórica.

La ausencia de Maurín

Ya he dicho anteriormente que un verdadero partido marxista revolucionario -y el POUM lo es- es un partido anticaudillista. Hay hombres, sin embargo, cuyo pensamiento, cuya acción, cuya vida van unidos estrechamente al pensamiento, a la acción, a la vida de un partido. Eso quiere decir que el hombre y el partido se confunden y complementan, que el hombre es producto del partido tanto como el partido del hombre. La Historia moderna nos ofrece un ejemplo acabado a este respecto: el de Lenin y el Partido Bolchevique. ¿Sin Lenin hubiera sido lo que fue el Partido Bolchevique? ¿Y sin Lenin hubiera el Partido Bolchevique hecho triunfar la Revolución rusa? Por mi parte no lo creo. No tiene esto nada que ver, claro está, con la creencia en el "hombre providencial". Los grandes acontecimientos históricos son producto del determinismo económico y social; las grandes corrientes sociales, que determinan las revoluciones, se producen independientemente de la voluntad del hombre; pero la intervención de éste en una situación y en un momento dados, al frente de una fuerza consciente y disciplinada, puede imprimirles un carácter u otro, un desenlace u otro. Todos los militantes poumistas saben que Maurín era el verdadero organizador del Partido y que poseía extraordinarias cualidades de dirigente obrero. Soy enemigo de cultos y fetichismos y no menos enemigo de la palabra "jefe" en el movimiento obrero; tengo que reconocer, sin embargo, que de los muchos militantes que he tenido la ocasión de conocer en los diferentes países de Europa ninguno, salvo Lenin, reunía las cualidades de Maurín, ninguno merecía la apelación de "jefe" obrero como él, aun cuando fuera él mismo el primero en no admitirla. Maurín poseía la autoridad, la capacidad, la firmeza de convicciones a la vez que la flexibilidad táctica, la visión de conjunto de los problemas y el golpe de vista rápido y certero, cualidades todas que hacen al jefe. Un hombre así es por demás precioso, casi indispensable, al frente de un partido, a condición de que no falte, sobre todo en el momento culminante de la acción. Lenin, artífice del Partido Bolchevique, pudo encontrarse a la cabeza de éste en el momento culminante de la acción, cuando tenía que llenar su alta misión histórica; Maurín, artífice del POUM, se encontró ausente precisamente en ese momento. La ausencia de Maurín, durante todo el curso de la Revolución española, ha sido fatal para el Partido. Era él quien centralizaba en sus manos todos los hilos del Partido; esa mano fue cortada, y cada hilo quedó suelto, precisamente en el momento en que había que tenerlos más firmemente en ella. Sin intención de disminuir lo más mínimo las cualidades de los demás militantes del Partido, debo proclamar honradamente que ninguno podía recoger en su mano los hilos del Partido y hacerlos mover conforme a las exigencias de los acontecimientos. Cada uno de nosotros poseíamos una característica especial, una cualidad estimable; ninguno de nosotros poseíamos el conjunto de características y de cualidades necesarias para llenar el vacío dejado por Maurín.

Hechas las afirmaciones que anteceden tengo que hacer ahora otra, con la misma honradez. Tengo la convicción de que de haberse encontrado Maurín al frente del Partido, después del 19 de Julio, éste no hubiera cometido los errores que ha cometido y hubiera llenado un papel extraordinariamente más brillante del que ha llenado; la presencia de Maurín no hubiera evitado, sin embargo, el curso de los acontecimientos, el trágico desenlace sufrido por la revolución y por la guerra. A los elementos trotskistas que, a posteriori, nos dirigen las más acerbas críticas, que nos acusan poco menos que de traición, les diremos que Lenin y Trotski al frente del POUM, en las circunstancias en que se han producido la guerra y la revolución españolas, no hubieran sido capaces de evitar la catástrofe. Se trata de analizar ahora, brevemente, esas circunstancias.

El mundo entero contra la revolución española

El limitado espacio de que dispongo me impide establecer un cuadro comparativo de las circunstancias en que se produjo la revolución rusa y de las que rodearon a la revolución española. Hacemos ese estudio en un largo folleto que no tardará en publicarse. Nos limitaremos a examinar hoy cuál era nuestra situación en 1936.

Empezaremos por hacer una afirmación, que constituye el A B C del marxismo y del leninismo: una revolución sólo puede triunfar si los factores internacionales, además de los nacionales, le son propicios y favorables. Si no, está condenada a perecer, sea cual fuere su heroísmo. Ahora bien; la revolución española ha tenido que luchar contra el mundo entero. El fascismo español encontró, desde el primer momento, la ayuda activa de los otros fascismos; no se trataba de una batalla de la reacción española, sino de una batalla de la reacción mundial contra el proletariado español. Los países sedicentemente democráticos, con su política de No Intervención, contribuyeron a la victoria de Franco tanto como los países totalitarios. Por encima de las rivalidades imperialistas, una razón de clase, conservadora, las llevaba a sabotear una posible victoria fulminante de nuestras armas, que, en la situación política y social de España, se hubiera transformado casi automáticamente en una victoria de la revolución. Tanto los países totalitarios como los países "democráticos" se encontraban unidos frente a la revolución. Esta unión contrarrevolucionaria quedaba establecida a través del famoso Comité de No Intervención, tapadera de la intervención a favor de Franco. De este Comité formaba también parte la URSS. Sin embargo la URSS intervino en la política y en la guerra española a los tres meses de producirse esta última. Pero la intervención de la URSS ha contribuido aún más a la derrota española que la No Intervención de las potencias "democráticas". Todo nos permite llegar hoy a la siguiente conclusión: para Stalin la guerra española constituía una simple operación estratégica; intervino en ella con el propósito de establecer su dictadura, su hipoteca política y militar, y hacerla jugar en su política exterior, respecto, principalmente, de Inglaterra y Francia; fracasado su plan totalitario, a pesar de las numerosas complicidades encontradas, Stalin ha querido y ha propiciado la derrota. ¿Con qué fin? Con el fin de alejar el peligro de guerra del Este y del Extremo Oriente, donde la URSS se sentía amenazada por Alemania y el Japón, hacia el Mediterráneo occidental; con el fin de que Mussolini, triunfante en España, agudizara sus reivindicaciones imperialistas cerca de Francia, lo que debía obligar a este país y a Inglaterra, ante el peligro de guerra en torno al Mediterráneo, a buscar la alianza de la URSS, en lugar de abandonarla a su aislamiento, frente a Hitler y al Mikado. Si Stalin hubiera querido, nos hubiera ayudado a ganar la revolución y la guerra; contribuyó como nadie a perder la guerra. El mundo entero estaba, por consiguiente, contra la revolución española.

Nuestro único aliado era el proletariado internacional. Este se encontraba, sentimentalmente, a nuestro lado. Pero su simpatía, su adhesión sentimental no podía bastarnos. Prácticamente se encontraba en la mayor impotencia para aportarnos una ayuda efectiva. Sus organizaciones tradicionales estaban también contra la revolución española: la II Internacional, sosteniendo a los imperialismos democráticos -recuérdese la actitud de Blum en Francia y la de Spaak en Bélgica-; la III Internacional, domesticada y burocratizada, aplicando ciegamente las órdenes de Stalin. Los únicos que se encontraban abiertamente a nuestro lado eran los partidos marxistas independientes, pero éstos constituían por doquier una minoría. En una palabra: el proletariado internacional no podía aportarnos una ayuda en armas, no podía sabotear el envío de armas a los fascistas ni estaba en condiciones de realizar una acción revolucionaria contra sus burguesías, que hubiera sido de todas la mejor ayuda. En tales condiciones, la revolución española estaba condenada a perecer. Esto no lo digo yo ahora, a posteriori; ya a comienzos de 1937, en una conferencia de información hecha en París, ante militantes de toda solvencia internacional, dije que si la clase obrera, sobre todo en Francia e Inglaterra, no era capaz de modificar los factores internacionales, la relación de fuerzas en presencia, el proletariado español, a pesar de su heroísmo extraordinario, sería vencido. Todos los presentes, empezando por los trotskistas, se vieron obligados a reconocer la razón de mis palabras.

El POUM antes del 19 de Julio

Yo creo que toda la política de nuestro Partido antes del 19 de Julio fue fundamentalmente justa. Un partido como el nuestro, minoritario en Cataluña y casi inexistente en el resto de España, fue capaz de organizar las Alianzas Obreras de Cataluña y Valencia y de contribuir grandemente a la organización de las de Asturias y Madrid -no quiero establecer distingo alguno, a este respecto, entre los militantes del Bloque Obrero y Campesino y los de la Izquierda Comunista, fusionados más tarde en el POUM-. Después de Octubre, nuestro Partido se esforzó por mantener las A.O.; el stalinismo y el reformismo las asesinaron, con lo cual contrajeron una inmensa responsabilidad histórica. Nuestro Partido denunció, desde el primer momento, el carácter contrarrevolucionario del Frente Popular. El 1 de noviembre de 1935, ante la proximidad de las elecciones, propuso a los partidos socialista y comunista la formación de un Frente Obrero; éste debía presentarse solo a las elecciones, sostenido por la gran masa de la UGT y la CNT, o, de ir en coalición con los republicanos, debía imponerles a éstos un programa mínimo y la mayoría en las candidaturas. Stalinianos y reformistas dieron la callada por respuesta, aceptaron las condiciones programáticas de los republicanos y les aseguraron la mayoría en las elecciones. Hizo bien nuestro Partido en no ir solo a las elecciones; ya que, por culpa del stalinismo y del reformismo, no era posible darles un carácter de clase y de fidelidad al espíritu de Octubre, había que conseguir, por lo menos, un doble resultado inmediato: desalojar a la reacción del Poder y devolver a la lucha a los 30.000 presos de Octubre. No procediendo así nos hubiéramos hecho cómplices de la reacción y nos hubiéramos aislado de las masas. ¿Puede acusársenos de haber hecho la política del Frente Popular, como afirman cínicamente los trotskistas? No. Ni un solo instante dejamos de denunciar el Frente Popular en nombre de la independencia del proletariado; durante la campaña electoral afirmamos repetidamente que los republicanos, de nuevo en el Poder, procedería mucho peor aún que durante el primer bienio. Después de las elecciones, nuestro Partido fue el único en plantear el dilema ante el que nos hallábamos de una manera clara y concreta: revolución o contrarrevolución, socialismo o fascismo. O la clase obrera española era capaz de solucionar el dilema en favor del socialismo o el fascismo vendría a imponer la solución contrarrevolucionaria. Nuestro Partido, por boca de Maurín, fue el único también en advertir del peligro reaccionario que se cernía sobre el país y de la incapacidad en que se encontraban el Gobierno y el Parlamento frentepopulistas para hacer frente a ese peligro. Los acontecimientos nos dieron la razón en todo. Lo único que no previmos, lo único que no se pudo prever, fue el momento exacto en que se produciría el estallido contrarrevolucionario. Pero esto no era una cuestión de previsión dialéctica, sino de información policiaca. de haber poseído esa información, los acontecimientos no hubieran sorprendido a Maurín en Galicia, sino en Barcelona, al frente del Partido.

El POUM después del 19 de Julio

¿Estuvo el POUM a la altura de las circunstancias el 19 de Julio y en los días ulteriores? Sí y no. En la tarde del 18, el único manifiesto que circuló por las calles de Barcelona previniendo a la clase trabajadora del peligro de sublevación militar e incitándola a la lucha fue el del Comité Ejecutivo del POUM. Por la noche realizamos diversas gestiones, del mayor interés. Visitamos diversas veces a las organizaciones obreras, con la sola excepción del Partido Comunista, a las que invitamos a constituir inmediatamente un frente obrero revolucionario, encargado de dirigir la lucha contra el fascismo. Todas los respondieron con la negativa. También vistamos la Consejería de Gobernación y la Jefatura de Policía, en solicitud de armas. Se nos negaron por lo mismo que se nos habían negado en Octubre de 1934: por miedo a que aplastada la sublevación, dirigiéramos esas armas contra los gobernantes incapaces. La noche del 18 fue una noche de movilización general del Partido. En la mañana del 19, nuestros camaradas lucharon en las calles como nadie. El 20, al lado de los militantes cenetistas, determinaron la caída de Capitanía General y de la Maestranza y se apoderaron de una buena cantidad de armas. Nuestro Partido fue el único en lanzar, ya el día 19, la orden de huelga general y un llamamiento a los soldados para que se unieran al pueblo contra los sublevados. Tenemos la convicción firme de que el POUM cumplió plenamente con su deber durante esas gloriosas jornadas.

¿Y después? El Partido, en su conjunto, dio pruebas de gran iniciativa. En unos días organizó una columna, que partió con las dos de la CNT para el frente de Aragón. La primera clínica, la primera caballería, la primera banda militar que aparecieron en Barcelona fueron las nuestras. El primer carro blindado que se fabricó en Cataluña lo fue por nuestros camaradas de Tarrasa. Nuestro Partido daba pruebas de una iniciativa, de un espíritu creador, de una actitud verdaderamente sorprendentes. No fue una casualidad que los marinos del "Almirante Miranda", al abordar en Barcelona, se dirigieran al POUM. Tampoco es una casualidad que todas las fuerzas de Cataluña, empezando por la CNT, nos miraran con un principio de temor y de desconfianza, que se tradujo en una lucha sorda y en una amenaza permanente contra nosotros. Se tenía la costumbre de menospreciar a nuestro Partido; en unos cuantos días éste conquistó importantes posiciones e impuso, no sólo el respeto, sino incluso el temor.

Sin embargo la dirección de nuestro Partido no estuvo a la altura de las circunstancias. Casi estoy por decir que, al comienzo al menos, no hubo dirección. El Comité Ejecutivo apenas se reunía. Cada uno de sus componentes actuaba conforme a su buen parecer o bajo el impulso del espíritu creador de la masa o el desarrollo de los acontecimientos. Iba, realmente, a remolque de éstos. No comprendió al comienzo su extraordinaria importancia; se vio sorprendido por ellos. No tuvo una visión de conjunto de los grandes problemas que como partido revolucionario se le planteaban y de la solución que había que dar a cada uno de ellos. Bien es verdad que ninguna otra organización tuvo esa visión, que todas se vieron sorprendidas por los acontecimientos y actuaron a remolque de ellos. No sé si esto puede constituir una excusa. Yo estoy dispuesto a admitir todas las críticas. Me permito indicar, sin embargo, que no sólo durante los primeros días, sino durante los primeros meses de la revolución, nadie -y este nadie engloba a Trotski y los trotskistas- fue capaz de hacernos una crítica constructiva, de prestarnos con sus consejos una ayuda eficaz. Es mucho más fácil criticar a posteriori que prever y aconsejar a priori una posición justa.

El Comité Central de Milicias

Hasta ahora no se ha intentado, que yo sepa, una verdadera caracterización del Comité Central de Milicias. ¿Qué fue éste? ¿Un órgano de poder revolucionario? Fue creado, efectivamente, bajo el fuego de la lucha revolucionaria contra la reacción militar-fascista. Su creación se debe a un compromiso entre la CNT y Companys, es decir, entre la fuerza mayoritaria del proletariado de Cataluña y la pequeña burguesía impotente, que venía gobernando desde la proclamación de la República. El Comité Central de Milicias no era, por consiguiente, un órgano de clase, sino un órgano mixto. La caracterización que me parece más justa es ésta: el Comité de Milicias era una prolongación del Frente Popular, ampliado a la CNT y al POUM. Tanto en Cataluña como en resto de la España antifascista se daba la siguiente paradoja: la principal responsable de la sublevación militar-fascista era la burguesía republicana; fue la clase obrera la que aplastó a aquella en los principales centros del país, adueñándose de la calle y, de hecho, de los frentes; sin embargo, en Madrid seguían gobernando los republicanos burgueses y en Cataluña subsistía un Gobierno pequeño burgués, al mismo tiempo que la pequeña burguesía tenía una importante participación en el Comité Central de Milicias, que era el Gobierno efectivo. Repetidas veces denunció nuestro Partido esta anomalía y pidió la liquidación de los republicanos del Gobierno y la formación, tanto en Madrid como en Barcelona, de un Gobierno obrero. ¿Pero quiénes podían formarlo? En Madrid, los socialistas, que constituían la fuerza mayoritaria; en Barcelona, la CNT, de acuerdo con el POUM. Pero los socialistas, tanto de la izquierda, de la derecha como del centro, no querían oír hablar de revolución y de poder obrero y lo sacrificaban todo al Frente Popular y a la "conquista de la amistad de las potencias democrático-burguesas". Y en Barcelona la CNT, que podía haber tomado el Poder con suma facilidad, no sabía que hacer con él y lo sacrificaba a un compromiso frentepopulista con la pequeña burguesía republicana. Esta misma CNT, que capitulaba así ante la "Esquerra" y firmaba una alianza con la UGT, realmente con el PSUC staliniano, nos miraba con gran desconfianza a nosotros y, en realidad, nos declaraba la guerra por doquier. Aún así, gracias al impulso de las masas obreras y campesinas, Cataluña constituía la vanguardia revolucionaria y suscitaba la hostilidad del Gobierno central. este exigía inmediatamente la liquidación del Comité Central de Milicias, al cual le negaba las armas y los créditos necesarios para adquirirlas y para desarrollar una potente industria de guerra. Por fin se decidió su liquidación. El POUM propuso su mantenimiento y su conversión en el único Poder, mediante la liquidación del fantasmagórico Gobierno de la Generalidad. Esta proposición no fue aceptada por ninguna otra organización. El POUM cometió entonces un error: no plantear el problema del mantenimiento y la defensa del Comité Central de Milicias, con toda claridad y toda energía, ante las masas obreras y campesinas de Cataluña. En general fue éste el error del POUM, error grave para un partido proletario y revolucionario: plantear los problemas por arriba, en los Comités y en su Prensa, sin llevarlos, con la suficiente decisión y energía, a la conciencia de las masas, sin hacer todo lo necesario por movilizarlas en torno a ellos. Pero este error de actuación y de táctica era producto evidente de otro fundamental: no haber sabido plantearse, ni teórica ni prácticamente, el problema del Poder y, por consiguiente, de los órganos de Poder, de la conquista del Estado y del establecimiento de la Dictadura del Proletariado. Y sin plantearse claramente este problema fundamental mal podía llevarlo a la conciencia de las masas. Esto le obligó, evidentemente, a ir a remolque de las demás fuerzas, principalmente de la CNT, en lugar de provocar la consiguiente diferenciación en su seno y de arrastrar en pos nuestro por lo menos a la parte más avanzada y revolucionaria de la gran organización confederal. ¿Quiere ello decir que, de habernos planteado claramente ese problema, hubiéramos llegado a conquistar el Poder en Cataluña? No lo creo. La confabulación contrarrevolucionaria era demasiado fuerte, desde el punto de vista internacional, en la España antifascista y en la propia Cataluña. Sin la CNT, la empresa era dificilísima, por no decir imposible. Teníamos el deber elemental, sin embargo, de plantearnos el problema, de intentar resolverlo, de acuerdo con las masas obreras y campesinas. No hacerlo fue un error capital, que nos incapacitaba como partido revolucionario. Un error aún mayor sería no reconocerlo hoy con toda sinceridad y toda franqueza.

Nuestra participación en el Gobierno de la Generalidad

La cuestión de la Participación del POUM en el Gobierno de la Generalidad ha sido -y sigue siendo- una de las más discutidas, dentro y fuera del Partido. El acuerdo fue adoptado por unanimidad en un Comité Central del Partido. Que yo recuerde, no se señaló, al menos inmediatamente, ninguna oposición a dicho acuerdo en la base del Partido. La colaboración gubernamental suscitaba, sin embargo, un malestar, una repugnancia casi general en el Partido. ¿Fue justa dicha colaboración? Yo creo que sí. Trataré de justificarla.

El Consejo de la Generalidad, formado en septiembre, tenía la misma composición, la misma representación proporcional de fuerzas, que el Comité Central de Milicias, que venía a sustituir. Su programa económico y social era el adoptado por el Consejo Económico de Cataluña. Este programa había sido redactado por el camarada Nin. Su adopción había dado lugar a una lucha seria en el seno del Consejo Económico, casi a una ruptura entre las diversas fuerzas. Lo suscribieron desde el primer momento el POUM, la CNT, la FAI y la Unió de Rabassaires. Lo impugnaron, en nombre de un programa extraordinariamente más moderado, la Esquerra, Acció Catalana, el PSUC y la UGT. Cuatro organizaciones contra cuatro. Las primeras amenazaron con una ruptura; argumentaron, con razón, que para la realización de dicho programa, que respondía a la situación real y a la profunda aspiración de las masas obreras y campesinas, no necesitaban el consentimiento de las otras organizaciones, que señalaban ya con toda claridad una posición moderada y antirrevolucionaria. Estas se sometieron, al menos provisionalmente. Desgraciadamente no se produjo la ruptura. Nuestro Partido hubiera debido empujar hacia ella, hacer todo lo posible por provocarla. En lugar de circunscribir la cuestión al conocimiento del Consejo Económico y de los Comités, es decir, por arriba, hubiera debido llevarla, con toda claridad y energía, a la conciencia de las masas obreras y campesinas. La ocasión era extraordinariamente favorable para ello. Para la CNT y la FAI lo mismo que para los rabassaires, la revolución era, ante todo, un problema de economía, de socialización o sindicalización de las empresas y de colectivización de la tierra. Nuestro Partido cometió el error profundo de no plantear el problema en su doble aspecto económico y político, es decir, de no ligar el problema de la transformación económica al problema del Poder. Hubiera debido hacerlo así de cara a las masas obreras y campesinas, apoyándose firmemente en ellas. La Esquerra y Acció Catalana no representaban, prácticamente, nada: habían sido destruidas y sobrepasadas realmente, por los acontecimientos. El PSUC y la UGT no habían tenido tiempo aún de desarrollar y afianzar sus posiciones. Separadas de la obra de transformación económica, denunciadas como fuerzas antirrevolucionarias y de conservación social, relegadas al mismo tiempo al margen del Poder, hubieran quedado reducidas a la mayor impotencia. No se hizo así en nombre de un prejuicio, que ha jugado un papel altamente reaccionario en el curso de los acontecimientos: el mantenimiento de la "unidad antifascista", opuesto a la necesidad de la diferenciación revolucionaria, necesidad que nuestro Partido se limitó a plantear en las columnas de La Batalla, en lugar de llevarla a la conciencia de las masas y al terreno de la realidad y de la lucha económica y política. A primera vista pareció que las cuatro organizaciones antirrevolucionarias capitulaban ante las otras; en realidad, como demostraron más tarde los acontecimientos, la capitulación era de las fuerzas revolucionarias, al dejar a las otras en los organismos económicos y políticos desde donde podían cobrar fuerza y sabotear la obra revolucionaria. Es ésta, a mi juicio, la lección fundamental que hay que sacar de los primeros meses de revolución en Cataluña.

El Consejo de la Generalidad tenía, pues, la misma composición que el Comité Central de Milicias y hacía suyo el programa del Consejo Económico de Cataluña. Su base, el mantenimiento de la unidad antifascista, era falsa; pero ni nuestro Partido ni ninguna otra fuerza había sabido determinar otra base más firme y concreta, mediante la consiguiente diferenciación revolucionaria. La situación real en septiembre era la siguiente. Las potencias totalitarias le aportaban una ayuda decidida a Franco. Las potencias "democráticas" se colocaban decididamente contra la España antifascista, contra la España revolucionaria, consentían y hasta apoyaban indirectamente la ayuda a Franco y decidían el embargo contra nosotros. Rusia no había decidido aún su intervención y aplicaba respecto de nosotros la misma política que las potencias "democráticas". Los fascistas, que abandonados a sus solas fuerzas hubieran sido ya aplastados por doquier, se armaban y fortalecían cada día más, conquistaban población tras población en los diferentes frentes -salvo en el frente de Aragón donde, de haber dispuesto de material, hubiéramos conquistado seguramente Huesca, Jaca y Zaragoza-, avanzaban hacia Madrid. Además del material italoalemán disponían de la gran reserva de hombres que les ofrecía Marruecos. El Gobierno central, lo mismo el presidido anteriormente por Giral que el presidido entonces por Largo Caballero, no tenía más que una preocupación: conquistar la amistad y el apoyo de las potencias democráticas y de la URSS, a los cuales estaba decidido a sacrificar la revolución. La vanguardia y la garantía más positiva de la revolución era Cataluña. ¿Podría ésta mantener sus posiciones frente a los que, desde dentro y desde fuera, querían reducirla? El Comité Nacional de la CNT pedía su participación en el Gobierno central. Una participación sin condiciones. En lugar de constituir una garantía revolucionaria seria, en nombre de la unidad antifascista, un factor antirrevolucionario más. De hecho quedaría prisionera del Gobierno central en la persona de sus ministros. Un Gobierno de la Generalidad sin el POUM no tardaría en reducir a la CNT y en capitular ante Madrid. Cataluña iría perdiendo su papel de vanguardia revolucionaria. El espíritu y las conquistas de Julio irían desdibujándose y perdiéndose progresivamente. La Esquerra y el PSUC, de acuerdo con Madrid, irían cobrando fuerza, afianzando sus posiciones antirrevolucionarias. Todo aconsejaba la participación del POUM en el Gobierno de la Generalidad. Las masas obreras y campesinas y los combatientes no habrían comprendido nuestro aislamiento. Nuestros adversarios nos hubieran acusado entonces de saboteadores de la unidad antifascista y esta acusación no hubiera dejado de encontrar eco en el espíritu de las masas.

¿No habíamos colaborado en el Comité Central de Milicias y en el Consejo Económico de Cataluña? ¿Habíamos sido capaces de plantear en su seno, y paralelamente en la conciencia del proletariado y de los campesinos, el problema de la diferenciación revolucionaria y del Poder? No. Nuestra entrada en el Consejo de la Generalidad era una consecuencia lógica de toda nuestra actitud anterior. Nadie podrá negar un hecho evidente. Durante los meses de septiembre a diciembre, gracias al POUM, la CNT no capituló ante la Esquerra y el PSUC, y el Consejo de la Generalidad no capituló ante el Gobierno central. Cataluña logró mantener su fisonomía revolucionaria, su papel de vanguardia de la revolución. Las conquistas de Julio fueron mantenidas. La obra de Nin en Justicia fue una obra constructiva y revolucionaria. Instituyó los Tribunales Populares, acabando con el absurdo terrorismo incontrolado y de efectos antirrevolucionarios de la primera hora y dándole una legalidad a la justicia revolucionaria. Instituyó una ley de matrimonio y divorcio digna de la legislación revolucionaria de la Rusia de Octubre. Concedió los derechos a la juventud, sin distinción de sexos, a partir de los 18 años. El camarada Nin cometió un error evidente: aceptar la disolución de los Comités de localidad y la reorganización de los Ayuntamientos, con la misma proporción de fuerzas del Gobierno de la Generalidad. Un Comité Central Ampliado del Partido, reunido al día siguiente, acordó unánimemente no aplicar el decreto, que daba una representación legal extraordinaria a la Esquerra, a Acció Catalana y al PSUC, en detrimento de la CNT y, sobre todo, del POUM. No es ello menos cierto que dicho decreto supuso un golpe serio para nosotros y, por consiguiente, para la legalidad revolucionaria, para los Comités revolucionarios, surgidos de Julio.

De todas formas el PSUC comprendió que, mientras estuviera el POUM en la Generalidad, sería muy difícil reducir a la CNT y preparar la liquidación contrarrevolucionaria desde las alturas del Poder. Precisamente por eso, tras una odiosa campaña de prensa contra nosotros, provocó la crisis de diciembre y exigió la salida del POUM del Gobierno de Cataluña. Esta acción del PSUC se veía sostenida por una criminal maniobra desde fuera: el sabotaje en el envío de armas para el frente de Aragón. El stalinismo, que había logrado mediatizar la política militar del Gobierno central, planteó brutalmente el problema: o sale el POUM de la Generalidad o no hay armas para el frente del Este. Y el POUM fue eliminado de la Generalidad. Después de lo cual el nuevo Consejo, con la aceptación de los dirigentes cenetistas, fue anulando una tras otras las conquistas de Julio, fue escamoteando sistemáticamente la revolución. Con la salida del POUM de la Generalidad empieza la curva descendente de la revolución en Cataluña y, por consiguiente, en toda la España antifascista. Para reducir la resistencia de las masas de Cataluña, el stalinismo tenía que recurrir más tarde a la provocación. Yo tengo la convicción de que la contrarrevolución antisocialista, dada la situación desde el punto de vista nacional e internacional, dados los factores que jugaban en nuestra lucha y la relación de fuerzas en presencia, era fatal e inevitable. Pero una cosa era evidente: que el POUM facilitó, en parte, esa obra no aprovechando los tres primeros meses de auge revolucionario, de empuje de las masas, para plantear abiertamente el problema de la diferenciación revolucionaria, de la separación de las fuerzas antirrevolucionarias y, en fin, del Poder. Esto debe constituir para nosotros y para el conjunto del proletariado una lección de un valor incalculable. No es posible desaprovechar los momentos revolucionarios propicios, malgastar las fuerzas de la revolución. Los errores que se cometen durante los primeros momentos se pagan inevitablemente luego. Un partido revolucionario no puede dejarse sorprender por los acontecimientos, ir a remolque de ellos, sino que debe estar preparado para hacerles frente, para aprovecharlos al servicio de su finalidad revolucionaria. Debe tener una visión de conjunto de los problemas de la revolución y una solución realista, de acuerdo con los intereses y las profundas aspiraciones de las masas, para cada uno de ellos. Y debe plantearse, como problema fundamental, el del Poder, a cuya conquista debe someter toda su táctica, toda su acción. El dilema socialismo o fascismo, justamente planteado por nuestro Partido antes del 19 de Julio, se planteaba después ante las masas, por toda la situación, con caracteres agudos. O el proletariado y, a su cabeza, el partido revolucionario, era capaz de resolver ese dilema en favor del socialismo o su fracaso tenía que conducir fatalmente a la victoria del fascismo. Y es lo que ha sucedido. El POUM no quiere ni puede rehuir [..?.. sus responsabilidades. Se trata ahora de que sepa aprovechar la lección en favor del proletariado español e internacional.

Sobre los errores cometidos por el Partido

Gironella

La derrota de una revolución como la que acaba de vivir el proletariado español puede estar determinada por una serie de factores y circunstancias adversas. Pero ninguna revolución puede ser totalmente aplastada sin la ayuda indirecta de los errores y de las equivocaciones de las propias fuerzas revolucionarias.

Es en este sentido que nuestro Partido es, en cierta manera, responsable también de la derrota de la clase trabajadora española.

El Partido ha cometido indiscutiblemente una serie de errores en el transcurso de nuestra guerra civil. Podríamos encontrarlos en todos los terrenos de nuestra actividad política y orgánica. Pero el hecho de que el Partido haya cometido errores no quiere decir -como insinúan interesadamente los trotskistas- que el POUM haya terminado su misión histórica y que se deba dejar paso a lo que ellos llaman "un verdadero partido revolucionario". Ni quiere decir tampoco que el Partido no hubiera cometido equivocaciones antes del 19 de julio.

No. Cometimos errores antes y después de julio. Como tuvimos también acierto en una y otra época. No es éste el problema planteado actualmente. El mal de un partido no está en el hecho de cometer o haber cometido errores. Todos los grandes partidos revolucionarios los han cometido. Y casi nos atreveríamos a decir que han sido precisamente los errores los que más han ayudado a que los partidos revolucionarios elaborasen la política y la táctica justa y capaz de llevarlos más tarde a la victoria.

El verdadero problema no está precisamente en los errores, sino en saber aprender de los errores, en saber comprender y asimilar las experiencias pasadas. El verdadero problema para un partido revolucionario está en su capacidad de superación, que le permita evitar en el futuro la comisión de errores parecidos.

No vamos, pues, a enumerar o lamentar las equivocaciones que podamos haber cometido. Intentaremos plantearlas y comprenderlas. Y lo haremos a través del análisis del problema o de los problemas fundamentales de nuestra revolución, señalando cual ha sido la actitud del Partido ante los mismos. Actitud que constituye el verdadero determinante de nuestra conducta y, por lo tanto, de nuestros aciertos y de nuestras equivocaciones.

El carácter y las fuerzas internas de la revolución española

El partido había definido siempre la revolución española como una revolución democrático-socialista. es decir, como una revolución que debía resolver en su primera etapa las contradicciones de la revolución democrática para pasar seguidamente, sin solución de continuidad, a las grandes transformaciones socialistas.

Este había sido el pensamiento tradicional del Partido. Pero, a partir del 19 de julio abandonamos, en cierta manera, esta consecuencia ideológica. El Partido se cree teóricamente superado por los acontecimientos. Después de una serie de días de indecisión política, que se traducen en una variación permanente de consignas, el Partido quema las etapas de su pensamiento teórico. Cae en un profundo confusionismo y, aunque seguimos hablando en nuestra prensa y en nuestra propaganda de revolución democrático-socialista, prácticamente el Partido actúa como si se encontrara ante una revolución de tipo puramente obrera y socialista.

La confusión entre ambas etapas de la revolución democrático-socialista tiene una importancia extraordinaria. No porque la etapa democrática sea la encargada de dar solución a una serie de problemas determinados como son el de la tierra, el de la iglesia, el del ejército, etc., y, en cambio la etapa socialista se identifique con las grandes transformaciones colectivistas. No, la diferencia no está en el tiempo o en la velocidad en recorrer los períodos revolucionarios. la verdadera diferencia está en las fuerzas sociales internas interesadas en llevar la revolución hacia adelante.

Históricamente, hasta el 19 de julio, el proletariado y la pequeña burguesía del campo y de la ciudad habían marchado unidos. Los unían unos mismos intereses revolucionarios: el reparto de tierras, la destrucción de la iglesia, del ejército y del Estado semifeudal, etc. Pero el 19 de julio marca, en cierta manera, la ruptura histórica de la alianza circunstancial entre ambas clases. La pequeña burguesía consigue el 19 de julio la realización de todas sus aspiraciones. No necesita ir más allá. En cambio, el proletariado no puede quedarse en el 19 de julio. Dicho en otros términos, el 19 de julio es, como si dijéramos, el programa mínimo para el proletariado y el programa máximo para la pequeña burguesía como fuerza independiente.

Esta era la contradicción que surgía inmediatamente después de la victoria de julio.

Durante los cinco primeros años de República los partidos políticos de la pequeña burguesía y del reformista habían disfrutado de la confianza y del crédito necesario para dar solución a los problemas de la revolución democrática. Y nada habían hecho. Era la demostración de su fracaso rotundo. No solamente habían carecido de audacia y de impulso revolucionario, sino que por su incapacidad se habían transformado en los incubadores y encubridores del golpe de Estado militar. Por esta razón, el 19 de julio la masa pequeñoburguesa de los campesinos, guiada por una fina intuición política, abandona estos partidos tradicionales para sumarse sinceramente al movimiento obrero.

El problema que se planteaba después de julio era el de saber si el proletariado tendría la inteligencia suficiente para conservar a su lado la pequeña burguesía. Si sabría arrancarla definitivamente de los partidos republicanos y reformistas. Y si sabría interesarla en la guerra civil y en las transformaciones revolucionarias.

En la actitud posterior de la pequeña burguesía estaba todo, o en gran parte, el porvenir de la revolución.

Pero ni el proletariado ni nuestro partido comprendieron jamás esta cuestión. La clase trabajadora, dirigida en sus primeros tiempos por los anarquistas, repelió a la pequeña burguesía del campo y de la ciudad, con sus ensayos absurdos de colectivización forzosa y con el caos que determinó en el conjunto de la organización económica nacional.

Y nuestro partido porque, sumido en el mayor de los confusionismos, partió siempre del supuesto falso de que en julio se había realizado, no sólo la revolución democrática sino también la revolución socialista. Por ello volvió la espalda a la pequeña burguesía agraria e industrial. Por ello se dejó arrastrar por el infantilismo anarquista de la colectivización sindical y de la socialización violenta. Y por ello no llegó a comprender jamás el nacimiento de la contrarrevolución y la lucha sorda e implacable que, bajo orden aparente de julio, matiza la historia de la revolución española, desde aquella fecha, hasta las "jornadas de mayo" de 1937.

El stalinismo, que es en España la fuerza de choque de los partidos republicanos y reformistas, no hubiera podido determinar jamás ningún movimiento contrarrevolucionario sin el error cometido por el proletariado y por nuestro partido. La contrarrevolución democrático-stalinista se apoyó, es cierto, sobre las fuerzas nacionales e internacionales interesadas en que la revolución no llegara hasta sus consecuencias socialistas. Pero también, y fundamentalmente, sobre el divorcio que los absurdos ensayos de colectivización forzosa provocaron entre la pequeña burguesía y el proletariado. Y también, sobre el caos y la incapacidad de la clase trabajadora de organizar la economía y de llevar la revolución hacia adelante.

Nuestro Partido no supo ser el conservador de la alianza del proletariado con la pequeña burguesía, garantizando y defendiendo los intereses económicos de ésta y señalando al proletariado la necesidad de superar el 19 de julio, abriéndole nuevos horizontes. Al contrario. El Partido se identificó plenamente con la revolución de julio. Se entregó a una completa colaboración en las Milicias, en las Patrullas de Control, en el Comité Central de Milicias, en el Consejo de Economía y más tarde en el Gobierno de la Generalidad. Una colaboración absoluta, que va desde el 19 de julio hasta después de mayo de 1937, y que se rompe únicamente cuando se nos pone violentamente en la ilegalidad.

Puede decirse que desde julio del 36 a mayo del 37 el Partido no aspiró nunca a transformar la situación. Por esto precisamente careció de audacia. Fue, sin ningún género de duda, la fuerza más intransigentemente conservadora. Conservadora de la realidad nacida en julio. Conservadora frente a la ofensiva de la contrarrevolución democrático-stalinista. La defensa heroica y desesperada que realizó el Partido de las Milicias, de las Patrullas de Control, de los Consejos de Empresa y de todo cuanto había creado la espontaneidad de las masas, demuestra claramente hasta qué punto el Partido se identificó con el movimiento de julio, sin comprender las contradicciones del mismo y sin saber hacia donde podía y debía ser canalizado.

El problema del poder

Todo movimiento revolucionario no es en el fondo otra cosa que una lucha por el poder.

En la revolución española esta lucha ha tenido cuatro etapas bien definidas

I. El Comité Central de las Milicias antifascistas

El 19 de julio el proletariado, ayudado por los campesinos y los movimientos nacionalitarios, determinó el fracaso de la insurrección militar. Las tierras fueron repartidas, las iglesias incendiadas, la policía y el ejércitos tradicionales destrozados. Cataluña y las demás nacionalidades consiguen la plena soberanía. Y la clase trabajadora se apodera de las armas y de los medios de producción, instaurando una época de libertad absoluta. El Estado semifeudal y centralista se viene completamente abajo.

El Gobierno Central y el Gobierno de la Generalidad habían sido los encubridores de la insurrección militar, con su política de contemplaciones y de vacilaciones. Por eso el 19 de julio no es simplemente la derrota de la reacción militar. Es también, en cierta manera, la derrota de ambos Gobiernos pequeño burgueses. Las masas trabajadoras les vuelven completamente la espalda.

El proletariado, que es el vencedor de julio, y que se ha apoderado de las armas y de la economía, debe quedarse históricamente con el poder. Pero los sectores ideológicos mayoritarios -el anarquismo en Barcelona y los socialistas y comunistas en Madrid- rechazan este poder y establecen un pacto con los gobiernos pequeño burgueses. Unos y otros se comprometen a sostener la legalidad republicana. Los socialistas y comunistas sin ninguna condición. Los anarquistas, a través de un Comité Central de Milicias que crea por decreto el Gobierno de la Generalidad.

El Comité Central de Milicias no fue nunca -como pretenden los trotskistas- el poder de la clase trabajadora. Fue un organismo surgido de las contradicciones de julio, integrado por el proletariado y por los partidos de la pequeña burguesía, nombrado desde arriba y producto de un compromiso mutuo.

Ahora bien, el Comité Central de Milicias, que había sido creado por el Gobierno de Cataluña con la única y exclusiva misión de coordinar la ofensiva militar de las Milicias de los diferentes partidos, fuer transformado por la voluntad espontánea de las masas en el verdadero poder. Los trabajadores, que habían perdido la confianza en el Gobierno de la Generalidad, que sentían intuitivamente la necesidad de crear su propia fuerza, levantaron al Comité Central de Milicias, dándole todas las atribuciones de un verdadero gobierno.

De una manera espontánea, todas las actividades surgidas de la iniciativa popular -Patrullas de Control, Intendencia, Transporte, comarcas, Milicias, etc.- fueron entregadas al Comité Central de Milicias, que se vio transformado, por la voluntad de la clase trabajadora, en el organismo dirigente de la nueva Cataluña.

Pero el Comité Central de Milicias no era este órgano de poder obrero. Ni lo era ni lo quiso ser nunca. A pesar de la confianza que le había depositado la clase trabajadora.

El Comité Central de Milicias era, más bien, una especie de Gobierno provisional. Nacido de julio. Con todas las fuerzas que intervienen o aceptan el movimiento de julio. Y con todas las contradicciones que nacen del mismo.

Era un Gobierno provisional, en cuyo seno debía librarse ya la primera batalla entre las fuerzas que querían frenar la revolución y las que querían llevarla hacia adelante. Un Gobierno provisional, con una vida limitada y que sólo podía mantenerse al calor del confusionismo de julio y mientras las contradicciones no se pusieran de relieve.

Los que critican a nuestro Partido sin haber comprendido nada de nuestra revolución, hacen coincidir el retroceso revolucionario con la disolución del Comité Central de Milicias y la formación del primer Consejo de la Generalidad. Esclavos de las apariencias, sin comprender la dinámica de la lucha de clases, simplifican el problema quedándose en el aspecto superficial de la cuestión.

No; el fracaso del proletariado y el retroceso de la revolución no se limita al hecho de disolver el Comité Central de Milicias para dejar paso al primer Gobierno de la generalidad. Esto sería dar al Comité Central una personalidad que podía haber tenido, pero que nunca tuvo. Su disolución no es la causa, sino una verdadera consecuencia de este fracaso y de este retroceso. La derrota del proletariado y de la revolución se inicia ya en pleno Comité Central de Milicias. Y no es alrededor de una simple cuestión de organismos representativos sino en torno a un problema tan fundamental como es el problema de las armas, problema fundamental de toda revolución.

Después de la victoria del 19 de julio el proletariado comprendió de una manera intuitiva que la cuestión más urgente a resolver era el aplastamiento de los restos de militarismo que seguían dominando en varias regiones españolas. La clase trabajadora comprendió que después de la victoria final nadie le podría disputar el poder. Y con este fin inició la formidable ofensiva de julio-agosto. De todos los centros industriales del país salieron columnas y columnas de voluntarios, dispuestos a dar la batalla definitiva al fascismo.

Pero los partidos pequeño burgueses y reformistas, el Gobierno de Madrid y los Gobiernos democráticos de París y Londres comprendieron también lo que significaría políticamente la victoria militar de la clase trabajadora. Y decidieron hacer cuanto estuviera en su mano para frenar aquella ofensiva revolucionaria de las Milicias.

El proletariado poseía solamente las armas incautadas el 19 de julio. Con ellas salió hacia todos los frentes. Pero a los quince días de ofensiva todas las reservas habían sido terminadas.

Este es el momento verdaderamente crítico de nuestra guerra civil. El proletariado, para proseguir la ofensiva iniciada con tanto éxito necesita armas y municiones. Y desde todos los frentes vuelve inquieto la cabeza hacia el Gobierno de Madrid y sobre todo hacia el Comité Central de Milicias.

Todos los partes diarios terminan igual: armas, armas, armas. De ellas depende, no sólo el futuro inmediato de la guerra, sino todo el porvenir de la revolución.

El Comité Central de Milicias no puede darlas porque no las tiene. El Gobierno de Madrid, que las tiene y que posee además las reservas de oro del Banco de España para adquirirlas, no quiere darlas. Tiene mil excusas para evitar su entrega.

En todos los frentes y en todas las regiones de España se crea un verdadero malestar contra Madrid. De Bilbao, de Asturias, de Valencia, del propio Madrid, se dirigen a Barcelona delegados y comisiones obreras a entrevistarse con el Comité Central de Milicias. Todo el mundo tiene la convicción de que el Gobierno Central sabotea la ofensiva.

Este es el momento decisivo. Si el Comité Central de Milicias hubiese sido un verdadero poder obrero, si el proletariado y nuestro partido hubiesen comprendido bien la situación, la revolución hubiera entrado en una nueva fase. El Comité Central de Milicias era ya reconocido no sólo por los trabajadores de Cataluña sino por toda la España antifascista. Su fuerza podía ser extraordinaria.

El proletariado necesitaba imprescindiblemente las armas para seguir la ofensiva. El Comité Central de Milicias debía encontrarlas. Pero ello significaba levantar a la clase obrera y a las regiones españolas contra Madrid. Arrancar el oro y los depósitos de armas al Gobierno Central. Imprimir a la revolución un nuevo empuje.

Pero el Comité Central de Milicias no podía ser el polarizador de esta nueva ofensiva revolucionaria. Porque más de la mitad de sus componentes hacían el juego al Gobierno de Madrid y estaban interesados en evitar la victoria del proletariado armado.

Ahí reside el gran fracaso del movimiento obrero español y del Comité Central de Milicias. En su incapacidad de dar a los frentes de batalla las armas que necesitaban. Y ello se pone mucho más en evidencia a las pocas semanas de haberse parado la ofensiva y comenzada ya la de los facciosos. Las armas eran entonces mucho más imprescindibles. No sólo para avanzar sino incluso para conservar las posiciones.

Y el proletariado revolucionario, que había sido incapaz de dar solución en este problema verdaderamente fundamental, debe empezar a batirse en retirada.

El Comité Central de Milicias no ha podido conseguir las armas. En cambio, el Gobierno de Madrid, las potencias democráticas y la URSS ofrecen más tarde cuanto pueda ser necesario. Pero piden en justa compensación la disolución del Comité Central de Milicias y la vuelta a la normalidad republicana. La revolución se ve obligada a ceder sus posiciones.

II. El Consejo de la Generalidad

Nuestro Partido, no sólo no ha comprendido la gravedad de los problemas que se plantean al Comité Central de Milicias, no sólo no comprende el verdadero significado de su disolución, sino que ayuda a que ésta se realice. En un mitin celebrado en el Gran Price pocos días antes de que se constituyese el primer Gobierno de la Generalidad, el Partido se pronuncia decididamente por la liquidación del Comité de Milicias y por su traspaso al Gobierno de Cataluña.

Comprendíamos que el Comité Central de Milicias era un Gobierno provisional cuya vida no podía prolongarse más. Creíamos que su incapacidad estaba en las contradicciones de no ser un verdadero Gobierno. Y creíamos sinceramente que su disolución sería fundamentalmente progresiva.

Fue un nuevo error que cometimos. Liquidado el Comité Central de Milicias quedaban los Comités Locales, cuya existencia molestaba extraordinariamente a los partidos de la pequeña burguesía. Y el Gobierno de la Generalidad se constituyó con esta sola misión histórica: liquidar estos Comités, integrándolos a los Ayuntamientos tradicionales.

Esta medida no representaba un simple cambio de nombres, sino un verdadero cambio en la relación de fuerzas locales. Con los Comités de Milicias la hegemonía en los pueblos estaba en manos de la CNT y del POUM. Con los Ayuntamientos, esta hegemonía pasaba a manos de la Esquerra, del PSUC y de Acció Catalana.

Esta fue la única labor realizada por aquel Gobierno. Nuestro Partido se encargó de convencer a las fuerzas revolucionarias de las comarcas de la necesidad de aceptar aquel sacrificio, que debía ser un paso más en el retroceso revolucionario.

III. La etapa de diciembre de 1936 a mayo de 1937

Cuando nuestro Partido hubo rendido este inapreciable servicio fue violentamente expulsado del Gobierno. Ya nada más se podía obtener de nosotros y, en cambio, nuestra presencia constituía un verdadero estorbo.

Nuestra eliminación del Consejo de la Generalidad inaugura una nueva etapa en la lucha por el poder. A partir de aquella fecha la dualidad de poderes se pone ya crudamente de manifiesto.

El proletariado conserva aún las armas y la economía. La contrarrevolución democrático-stalinista se apoya esencialmente sobre el Gobierno y las demás palancas del poder.

Es una situación inestable. El poder no se puede mantener durante mucho tiempo dividido. Debe pasar plenamente a los unos o a los otros.

Como es natural, la contrarrevolución, más consciente de sus objetivos, es la que lleva la ofensiva. Apoyándose sobre el Gobierno pretende arrancar las armas y la economía de manos del proletariado.

Las armas están representadas por las Milicias, por las Patrullas de Control y por los fusiles que en número insignificante sirven para la defensa de los partidos en la retaguardia. La economía está representada por los Comités de Empresa y de Control.

Y empieza la ofensiva. Contra la mentalidad revolucionaria de las Milicias se levanta un Ejército Popular, híbrido, por encima de las clases y con mandos salidos de la pequeña burguesía. Contra las Patrullas de Control se oponen los viejos cuerpos de Orden Público. Contra la conservación de las armas defensivas se desata la campaña de "todas las armas al frente". Y contra los Comités de Empresa y de Control se organizan manifestaciones y se les culpa de todas las dificultades en que se debate la producción. Todo ello no tiene más que un objetivo: desarmar al proletariado y arrancarle los medios de producción. Es decir, quitarle de las manos las dos palancas más fundamentales de poder.

Y una doble consigna, intuitiva e inconcreta se propaga por toda Cataluña: "Es necesaria una segunda vuelta" y "Esta vez hay que quedarse con todo". esta mentalidad, que se concreta de día en día, demuestra claramente como el proletariado se veían arrastrado a una nueva insurrección y que aspiraba a aprovecharla para quedarse con todo el poder.

Pero el Partido no comprende nada de aquellos preparativos insurreccionales. Mientras los obreros de las barriadas de Barcelona reconstituyen sus grupos armados alrededor de los Comités de Defensa y se preparan activamente para "la segunda vuelta", el Partido queda insensible a semejante malestar y hace girar toda su política alrededor de la más absurda de las consignas: "Frente Obrero Revolucionario".

El Partido defiende el espíritu de las Milicias, las Patrullas de Control y los Comités de Empresa, frente a la ofensiva de la contrarrevolución. Pero no comprende que todo esto son ramas del poder. Ramas que de nada sirven si no se posee el tronco, que es el Gobierno. Defiende las conquistas de julio, sin comprender que la única manera de poderlas conservar es completando lo que ellas significan de poder, expulsando a la contrarrevolución del Gobierno, colocándose políticamente al frente de las masas que aspiran a "quedarse con todo" y ayudándoles a preparar militar y políticamente aquella "segunda vuelta". es decir, preparándose para la lucha que se dibuja ya como fatal y que debe resolver en definitiva la dualidad de poderes. Preparándose para las "jornadas de Mayo".

IV. Las jornadas de mayo

La situación no podía mantenerse más. Después de una serie de ensayos y tanteos las fuerzas de la contrarrevolución democrático-stalinista se lanzan a la provocación de la Telefónica. Pero la reacción del proletariado es tan formidable que en pocos momentos de apodera de Barcelona y del resto de Cataluña.

A los dos días de lucha, el Gobierno de la Generalidad está prácticamente derrotado. Una pequeña ofensiva es suficiente para obligarle a sacar el pañuelo por la ventana. El proletariado ha dominado fácilmente la situación. Unas cuantas barricadas y unas cuantas bombas de mano han sido suficientes para lograr la victoria. El grueso de la clase obrera no ha tenido ni siquiera que entrar en juego. Se ha dominado la calle y quedan aún las reservas enormes de las grandes barriadas de Barcelona, de las Secciones de Patrullas de Control, de los Sindicatos de las Comarcas de Cataluña y de las Divisiones del Frente de Aragón. Todo este caudal enorme de reservas que puede ser movilizado a una simple indicación del Comité Regional de la CNT.

Militarmente el proletariado ha ganado la partida pero, políticamente, las "jornadas de mayo" constituyen la más formidable de las derrotas. La dirección de los anarquistas ordena el "alto el fuego" y el reconocimiento otra vez del Gobierno de la Generalidad, contra el que se ha pronunciado de una manera espontánea y violenta la clase trabajadora.

Es la gran traición del anarquismo, que nuestro partido no sabe aprovechar. Durante aquellas jornadas nuestros militantes combaten valientemente en todos los extremos de Barcelona. Pero el Partido en su conjunto no sabe comprender el significado político de aquella lucha. En lugar de plantearla como lo que era en realidad, la lucha violenta por el poder, planteamos sólo el caso de una simple provocación contrarrevolucionaria. Y a los pocos días de lucha La Batalla publica que "desbaratada la provocación contrarrevolucionaria" los obreros deben reintegrarse al trabajo.

La miopía política del Partido se vio pocos días después. No se había tratado de una simple provocación contrarrevolucionaria sino de la solución definitiva de las contradicciones de julio en favor de la contrarrevolución. El proletariado, que no había sabido conquistar el Gobierno, que era lo que le faltaba para completar el poder que ya tenía, veía cómo le arrancaban después, violentamente, las palancas que hasta entonces había poseído: las Divisiones revolucionarias eran disueltas, el Frente de Aragón pasaba al Estado Central, se decretaba el desarme de la retaguardia obrera, las cárceles se llenaban de militantes revolucionarios y los Sindicatos y las Colectividades eran asaltadas. Y el Partido, que no había sabido comprender el problema del poder, ni la marcha de los acontecimientos, debía pagar aquellos errores con la vida de sus mejores militantes y con la derrota de la más heroica y más grandiosa de todas las revoluciones.
 

Situación revolucionaria. El poder. El partido

O. Emem

El postulado esencial de la Revolución es que ésta no puede triunfar sino con la conquista del poder por la clase trabajadora mediante la insurrección armada.

Para la conquista del poder no basta que se den las condiciones objetivas de una revolución (dislocación del aparato del Estado burgués, caos económico, incapacidad de los partidos políticos de la burguesía y sus aliados para restablecer el equilibrio, radicalización de las masas y su exasperación ante la imposibilidad de seguir viviendo como hasta entonces, etc.

Por muy amplias y profundas que sean estas condiciones objetivas la clase obrera no conquistará el poder si no existe un factor subjetivo de primer orden; es decir, si no ha llegado a adquirir la consciencia de que a su situación no se le ofrece otra salida que la destrucción del Estado burgués, tomando ella misma la dirección política y económica del país, y ejerciendo este poder en el dominio de la liquidación de las clases, hacia el comunismo y la subsiguiente desaparición del Estado mismo.

Pero la necesidad de tomar el poder no puede sentirla por sí misma la clase trabajadora. es preciso que se la haga sentir y comprender una vanguardia revolucionaria. Es por ello que el instrumento de la revolución, y sin el cual es imposible el triunfo de ésta, es el Partido Revolucionario.

Los dos acontecimientos más grandes en la historia de la lucha de clases: la Revolución rusa y la Revolución española demuestran, con el triunfo de la primera y el fracaso de la segunda, la necesidad ineludible del Partido. La Revolución española ha enseñado que no bastó el aplastamiento de la sublevación militar para que la clase obrera se considerara vencedora y la revolución asegurada. Falto la toma del poder.

La situación española antes del 18 de Julio, y particularmente en el lapso de tiempo comprendido entre el 16 de febrero de 1936 (triunfo del Frente electoral) y la sublevación militar-fascista, no podía ser objetivamente más revolucionaria: los problemas de la tierra, de las Nacionalidades, la separación de la Iglesia y del Estado; es decir, los problemas de la revolución democrático-socialista no sólo no habían sido resueltos por la República sino agravados al pretender resolverlos a medias (Reforma Agraria, Estatutos regionales, Leyes de Congregaciones religiosas, etc.). Las contrarreformas de las derechas desde el poder, no pudieron ya restablecer el equilibrio, ni establecer uno nuevo para la defensa de sus intereses (incapacidad de los Partidos burgueses). El Parlamento, esto es la democracia burguesa, mostraba toda su putrefacción. El Estado miró entonces hacia la vigorización de las fuerzas represivas (N.ed.: para que el texto resulte coherente aquí debe faltar alguna expresión del tipo "contra el movimiento", "contra la lucha"...) de las masas que, salvo pequeños períodos, fue en ascenso desde Abril de 1931 (quema de conventos: "putsch" anarcosindicalista del 32, aplastamiento de la "sanjurjada", huelgas de la Construcción de Zaragoza y Madrid, huelga general de campesinos del 34, réplica a la concentración fascista de El Escorial, insurrección de Asturias, etc.) y rebasó, en febrero de 1936, incluso al organismo que se había creado con ellas, pero en contra de sus intereses. el Frente Popular. Mas ni el Gobierno del Frente Popular puede contener esta fuerza poderosa de los trabajadores: las cárceles son abiertas por los propios obreros sin esperar la ley de amnistía prometida por el "pacto electoral"; la tierra es tomada por las Organizaciones obreras; algunas industrias son objeto de incautación por parte de los obreros, en contra del derecho de propiedad privada reconocido en el "pacto electoral"; los Guardia de Asalto, saltando por encima del juramento de obediencia al Gobierno y a la Constitución, vengan en Calvo Sotelo el asesinato del teniente Castillo, sin más expedientes; los generales conspiran ante las barbas del Ministro de la Guerra... No se puede presentar un cuadro más completo de la descomposición de un Estado, ni tampoco mejores condiciones objetivas revolucionarias. La situación es tan grave para los intereses de la burguesía que ésta, sin esperar al fracaso -descontado- del Frente Popular y sin disponer de un Partido fascista, se lanza a la ofensiva confiándoles la dirección a los generales de un Ejército podrido, sin prestigio en ninguna capa social. Es por esta razón que los militares pueden ser aplastados en pocas horas por un proletariado sin armas en los centros más vitales de la sublevación.

Pero la falta del Partido revolucionario que hubiera hecho sentir a la clase obrera la necesidad de tomar la iniciativa de la lucha armada por la conquista del poder antes y después del 18 de julio, evidenció en qué grado son insuficientes los factores objetivos revolucionarios.

La dualidad de poderes en los primeros meses de la Revolución española (de un lado los Comités y de otro el Gobierno) se presenta en el campo de la clase obrera como una fuerza poderosa pero ciega; sin conexión, oponiéndose, en cierto modo, unos Comités a otros en los procedimientos y en las perspectivas de la lucha (La CNT colectiviza por sí y para sí la mayor parte de las fuentes de producción y comercio, mientras que la UGT emplea, en un sentido general, el "control" simple). La centralización de este poder de Comités y Sindicatos en organismos de clase y democráticos -llámeseles Soviets o con otro nombre- sobre los cuales hubiera descansado la responsabilidad directa tanto en lo que hiciese referencia a la dirección de la guerra civil como a la planificación de una economía, también faltó en la revolución española. Con lo cual ha quedado bien destacada la evidencia de que el problema de dotar a la Revolución de los organismos básicos del poder es, después del problema del Partido, pero relacionado con éste, el más importante que la Revolución plantea. El Comité Militar Antifascista de Cataluña, que había desplazo en absoluto al Gobierno de la Generalidad, no habría sido disuelto en favor de éste si el Comité hubiera descansado en la democracia obrera, es decir, en Soviets ante los cuales debe ser responsable.

El Frente Popular

El Frente Popular ha descubierto sus verdaderas entrañas en la Revolución española. El Frente Popular es el instrumento de que la burguesía se vale en la etapa actual de crisis capitalista para reforzar un periodo de transición entre el derrumbamiento de la democracia burguesa y el triunfo del fascismo. Luchas contra los Frentes Populares cualesquiera que sean su composición y sus consignas "progresivas"; denunciar su carácter contrarrevolucionario, he aquí la principal tarea de los militantes y Partidos revolucionarios.

La constitución de los Frentes Populares apareció en la escena política después de una serie de derrotas del proletariado mundial debidas al abandono y a la traición de las II y III Internacionales. De una concepción de táctica de lucha en situaciones determinadas, como es establecer pactos y alianzas circunstanciales con los partidos pequeño burgueses de izquierda para objetivos concretos, sin que por ello pierda el proletariado su independencia de clase y de acción, se ha pasado a sellar una alianza orgánica en la cual la clase obrera pasa a depender de sus aliados, confundiendo sus propios intereses con los intereses de la burguesía.

Para mantener de una parte la situación interior de la URSS, de otra, sus compromisos internacionales con los cuales pretende evitar una agresión de los países imperialistas, la burocracia soviética ha impuesto a los Partidos Comunistas, empleando en esta tarea sus enormes recursos -entre ellos la GPU- la obligación de ser los mejores defensores de los Frentes Populares. Pero ni las realizaciones sociales de la URSS se consolidarán, ni el peligro de una agresión exterior se alejará, sino a condición de que los trabajadores luchen en un terreno revolucionario contra la burguesía de sus propios países, que en la medida en que es enemiga de ellos lo es también del pueblo ruso y de la Revolución de Octubre.

La defensa de la Democracia impuesta a los trabajadores por los Frentes Populares es la más grande mentira y la más grande traición; sólo comparables con la traición y mentira de 1914 en que se decía luchar por la libertad y el derecho. Defender codo a codo con la burguesía -que es a lo que conduce el frentepopulismo- una democracia en la cual la misma burguesía no encuentra salida y sobre la cual asesta los más violentos golpes de liquidación, es la mayor monstruosidad que el proletariado comete.

Partidos y organizaciones obreras en España

Partido Socialista. El P.S. ha sido en la Revolución española fiel a la misión de la socialdemocracia. Enemigo de toda revolución de tipo violento; o lo que es igual, enemigo de derrocar al capitalismo mientras los capitalistas no acaben de comprender la razón histórica del socialismo, el PS español ha desempeñado con éxito su papel contrarrevolucionario. Si la traición del PS no se ofrece con caracteres muy destacados a los ojos de muchos trabajadores es porque sobre ella se ha proyectado la sombra de una traición mayor: la del Partido Comunista. El engaño y los procedimientos brutales que el stalinismo ha usado en su tarea contrarrevolucionaria -desde el chantaje de las armas rusas hasta el asesinato de obreros y mil