Respuesta a Robert Service
Camaradas, un alegato anticomunista
Antonio Liz
Antonio Liz
es autor de Trotski y su tiempo (Sepha) y de Octubre de 1934, insurrecciones
y revolución (Espuela de Plata)
Se viene de publicar en español un nuevo libro de Robert Service,
académico británico especialista en la historia de la extinta
Unión Soviética y de la actual Federación Rusa. Este
texto,
Camaradas. Breve historia del comunismo, Ediciones B, S.A,
Barcelona 2009, de 782 páginas, pretende ser una visión general
del “comunismo”.
Dos aclaraciones
La crítica del texto la he ido haciendo al compás de su lectura.
Me he ceñido siempre al guión de la obra del propio autor para
analizar lo que él dice, anotando además algunas de sus omisiones
o deformaciones. Es una crítica sistemática del contenido esencial
del texto ya que lo he trabajado en una secuencia continuada de principio
a fin. Mis decires brotan de sus opiniones. Al final extraigo unas conclusiones
sobre el proceso histórico y sobre el ser y proceder del propio autor.
Robert Service es un historiador académico que ya conocía
bastante bien por haberle leído sus biografías de Lenin y Stalin
y su Historia de Rusia en el siglo XX. Su proceder historiográfico
no se sustenta ni en una sólida explicación causal ni en un
buen nivel teórico, no obstante sus obras son rápidamente traducidas
al español en lo que entiendo como una interesada vulgarización
mediática que hay que enfrentar.
Crítica del texto
El autor nos informa que en la universidad de su tiempo (y de su clase) “las
discusiones sobre si el comunismo era inherentemente despótico o potencialmente
liberador eran interminables. Este libro constituye un intento de responder
a esta cuestión fundamental y a otras muchas” (p.10). La respuesta
va a ser clara ya en el prólogo donde se hace la siguiente amalgama:
“desde Lenin a Pol Pot y Fidel Castro” (p.21). Equipar al asesino de masas
Pol Pot con los revolucionarios Lenin y Fidel supone todo un alarde analítico.
No es de extrañar este ejercicio reflexivo ya que desde el primer
momento se equipara de forma clara stalinismo con “comunismo”. Así,
para que no quepan dudas, el proceder del stalinismo se vincula directamente
con los propios fundadores del marxismo: “algunos culparon a las doctrinas
originales de Marx y Engels. Hay mucho de verdad en ello. Los padres fundadores
veían la fuerza como la comadrona del progreso histórico y
nunca se detuvieron ante la perspectiva de la dictadura, el terror y la guerra
civil” (p.25). Aquí parece como que la represión de la Comuna
de París la hicieron Marx y Engels y que los bolcheviques-leninistas
exterminados por el stalinismo en Kolyma y Vorkuta eran discípulos
de san Pedro. No es de extrañar por tanto que para el autor sea una
verdad consagrada que Stalin fue el continuador de Lenin: “algunos sugirieron
que los comunismos de Lenin y Stalin eran como el día y la noche:
otros –entre los que me cuento- han sostenido que los cimientos del orden
soviético se establecieron con Lenin y permanecieron sin reformar
bajo sus sucesores hasta finales de la década de 1980” (p.279.
Ya en el prólogo nuestro docto académico es contundente en
su distorsión del proceso histórico, tomemos como ejemplo esta
afirmación: “En 1941, cuando el Tercer Reich atacó la URSS,
el bebé había llegado a una poderosa madurez y repelió
las tropas de Hitler” (p.18). Esta afirmación nos documenta algo que
va a formar parte del modus operandi del autor: las afirmaciones gratuitas.
Hoy es archisabido todo lo contrario, que la Unión Soviética
estaba en una situación de extrema debilidad cuando sufrió
el ataque nazi porque Stalin había liquidado al Estado Mayor del Ejército
Rojo y a la mitad de sus cuadros intermedios, hecho que posibilitó
que el ejército hitleriano no sólo pudiera invadir la URSS
sino que entrara en ella como Pedro por su casa hasta llegar a la línea
Leningrado-Moscú-Stalingrado, lo que supuso una catástrofe
humana y económica para el pueblo soviético.
La distorsión del proceso histórico continúa: “la reacción
de los bolcheviques era recurrir a la fuerza ante el menor obstáculo,
y los obstáculos fueron enormes después de la Revolución
de Octubre” (p.25). Efectivamente, los obstáculos fueron enormes,
gigantescos, pero el autor no dice que la causa de esos obstáculos
fue la guerra civil en la Rusia soviética propiciada por las “democracias”
que profundizó la hecatombe económica y humana empezada en
la Primera Guerra Mundial por los países “civilizados”.
Esta otra afirmación nos dice mucho del cariño que siente el
autor por la teoría: “los comunistas mismos siempre adoraron la discusión”
(p. 19). Caramba, que a un historiador se le tenga que informar que la teoría
es, en todas las ciencias, una guía para la acción es algo
doloroso ya que él es el que le debería explicar al lector
que las discusiones políticas entre afines sirven para elegir el camino
político, la táctica adecuada al momento histórico dado.
Además, recordarle que era precisamente Stalin quien decía
que el partido no era un club de discusión, curiosa coincidencia.
Ya hacia el final del prólogo el propio académico nos informa
casi francamente de las intenciones de su estudio, vilipendiar el comunismo
y matar las esperanzas: “a todos los comunistas les enseñaron a subestimar
la capacidad de autorregeneración del capitalismo y a exagerar el
potencial de la clase obrera para actuar como salvadora del planeta. Eran
prisioneros de sus propios delirios” (p.26). Así, luchar para
transformar el mundo es un “delirio” y la esperanza de un sano liderazgo
planetario habrá que seguir depositándola en la misma clase
social que ha provocado las dos guerras mundiales, que ha tirado las dos
bombas atómicas, que sumerge periódicamente a la humanidad
en crisis económicas, que hace de la corrupción un estilo de
vida y que está convirtiendo el planeta en un estercolero. Una vanguardista
reflexión académica.
Sólo pasar el prólogo y nuestro docto académico se vuelve
inmisericorde no sólo con los fundadores del marxismo sino con todos
aquellos que en su día aspiraron a una sociedad basada en la justicia
social. No es que critique la carga utópica o el proceder táctico
sino el propio estado de rebelión espiritual ante las injusticias.
El autor querría cercenar de una vez por todas la rebelión
contra la propiedad privada y las jerarquías sociales, tal es el deseo
que brota de su pluma. De aquí que cargue con todo el equipo contra
los niveladores y cavadores de la Revolución inglesa del siglo XVII
por tener la osadía de auspiciar “planes para redistribuir la propiedad
sobre una base igualitaria” (p.35), algo que, afortunadamente, Cromwell no
toleró ya “que nunca dejó de proteger los intereses de terratenientes
y comerciantes” (p.35). Pero si estos y otros niveladores fueron derrotados,
con Marx y Engels “el mesianismo había vuelto a abrirse paso” (p.40).
El académico está a punto de gritar, ¡es qué nunca
van a dejar de rebelarse los oprimidos!
El capítulo dedicado a Marx y Engels se despacha con trivialidades
y mala uva, en vano se encontrará una básica reflexión
de su proceder epistemológico y político. Así, de Marx
dirá, por ejemplo, que “era experto en evitar las facturas de los
comerciantes. También era un jovial gorrón” (p.47). Una forma
muy peculiar de informar sobre la miseria material de buena parte de la vida
de Marx que fue debida a no poner su genio al servicio de la burguesía.
Sobre Engels descargará el autor su clasista conservadurismo al anotar
que “según los cánones de la moralidad victoriana era un poco
canalla, y durante años vivió con su amante Lizzie Burns” (p.
53). Claro, el insigne académico no distingue entre una compañera
y una amante, sobre todo si aquella es una trabajadora y no una burguesa,
además de guardarse de informar al lector que terminaron casándose.
Pero esta distinción sí la hacia Engels, que decía esto
en una carta escrita 14 años después de la muerte de su compañera:
era “una auténtica proletaria irlandesa, y los sentimientos apasionados
de aquella mujer por la clase a la que pertenecía y que le eran innatos
valían para mí mil veces más que toda la sutileza de
ingenio y toda la arrogancia que hubiera podido encontrar en cualquier señorita
«culta» y «sentimental», hija de la burguesía”.
Con la misma altura de miras trata el comportamiento intelectual de los padres
del marxismo ya que, según el académico, “propagaron una imagen
de sí mismos como los únicos analistas científicos de
la modernidad, lo cual equivalía a reivindicar la infalibilidad intelectual”
por lo cual “animaron activamente la devoción” (p.54). Obviamente,
los discípulos que tendrán será porque “el marxismo
ofreció desde el punto de partida un refugio a la clase de intelectuales
que en la Edad Media habían discutido cuántos ángeles
podían sostenerse en la cabeza de una aguja” (p.55). Una forma académica
muy certera de resumir las dotes intelectuales de discípulos de Marx
y Engels tales como Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo. Qué duda cabe,
el lector encontrará en las profundas reflexiones del docto académico
un inmenso pozo de sabiduría. Y por supuesto, “las ideas de Marx y
Engels contenían de hecho semillas de opresión y explotación
bajo un régimen marxista revolucionario” (p.56). Con esta metodología
de la descalificación apriorística es lógico que la
férrea amistad que hubo entre Marx y Engels, de la que Franz Mehring
dijo que “constituye una alianza sin par en la historia de todos los tiempos”,
no le sirva al eminente académico ni para un somero comentario. Pero
fue esta indestructible amistad la que le permitió a Marx elaborar
El Capital, como él mismo se lo dice a Engels el 16 de agosto de 1867:
“este tomo está, por tanto, listo. Y esto ha sido posible gracias
a ti. Sin lo que tú te sacrificaste por mí, jamás hubiera
podido realizar los inmensos trabajos para los tres volúmenes. Te
abrazo, lleno de agradecimiento. ¡Salud, amigo mío, mi caro
amigo!”. Claro, el docto académico no valora en lo que vale esta amistad
porque no comprende, a juzgar por lo que dice y omite en su libro, que la
obra cumbre de Marx significó un antes y un después para la
lucha del movimiento obrero y para el desarrollo de las ciencias sociales.
Cuando el autor entra en los prolegómenos del marxismo en la Rusia
zarista va “preparando” al lector: “el movimiento revolucionario (…) se quedó
fijado en la «teoría» (…). Había asimismo una tendencia
interna a ensalzar al líder de cualquier organización revolucionaria.
A algunos dirigentes les encantó el elogio y reprimieron despiadadamente
cualquier oposición” (p.77). Así, lo que vendrá sólo
puede ser algo zafio, producto de excesos teóricos y egocentrismos.
En este panorama sólo la policía política zarista, “la
Ojranka cumplió su cometido con impresionante eficacia” (p.77), de
lo cual el autor se alegra, según nos informa el contexto narrativo.
Cuando se refiere por primera vez al padre del marxismo ruso lo hace en un
tono absolutamente despectivo: “un tal Gueorgui Plejánov” (p.78).
Para explicar la introducción del marxismo en la inteligentsia de
la Rusia zarista no se le ocurre decir otra cosa que “el hecho de que Marx
no apreciara sus esfuerzos como marxistas no los descorazonó. Se habían
contagiado de fe y extenderían el evangelio del marxismo” (pp.78-79).
No explica absolutamente nada de lo que se debatió y acordó
en el segundo congreso del POSDR, por lo que las dos grandes fracciones del
movimiento socialdemócrata ruso le caen al lector del cielo metafísico
del docto académico: gente discutidora. Y “¿quién era
este tal Lenin?”, el líder de los bolcheviques, pues un “fraccionario
alborotador” de “métodos turbios” (pp.79-80). Cuando los personajes
históricos entran en escena lo hacen repentinamente, sin ton ni son.
Así, la primera vez que menciona a Trotski lo hace aparecer en escena
de esta manera: “ahora su propio protegido, Liev Trotski, se mofaba de él”
(de Lenin) (p.79). Como va a ser metodológico en el docto autor, una
narrativa preparada exclusivamente para la descalificación no para
la explicación.
En vano buscará el lector una explicación de la Revolución
rusa de 1905, a la que apenas le dedica un párrafo de tópicos.
Ya en la etapa del exilio se posiciona rápidamente con los mencheviques
para enfrentar a Lenin aunque para ello tenga que incurrir en contradicciones
narrativas elementales como decir B donde había dicho A. Véase
un ejemplo: los mencheviques “no tenían intención de establecer
una dictadura de clase como la que pretendía Lenin. Interpretaban
la frase más como probablemente la habían entendido Marx y
Engels” (p.83). Aquí los mencheviques estarían más cercanos
a los padres del marxismo. Ahora bien, en la pagina siguiente, para descalificar
como violentos a la vez a Marx, Engels y al propio Lenin el autor nos
dice que Lenin “de hecho, en su propia idiosincrasia, no podría haber
sido más leal a las doctrinas y obras de Marx y Engels. Los cofundadores
del marxismo habían aprobado la revolución violenta, la dictadura
y el terror, habían predicho y esperado la «dictadura del proletariado»”
(p.84). ¿En qué quedamos? No importa el brutal antagonismo
narrativo del propio autor ya que lo que interesa es la descalificación:
primero a Lenin ante los mencheviques y después a los fundadores del
marxismo y a Lenin a la vez. Más adelante volverá sobre el
mismo tema y con la misma metodología, variar la posición según
interese: “Lenin había buscado pruebas de que Marx y Engels creían
en la revolución violenta y la dictadura del proletariado (…). Marx
y Engels no habían tenido en realidad una posición fija respecto
a la revolución violenta y la dictadura del proletariado. No obstante,
habían escrito con frecuencia respecto a la violencia, y al parecer
Marx usaba frases como «la dictadura del proletariado»” (p.96).
Y aún tiene la alegría de añadir que los análisis
de Lenin “se apoyaban en un tratamiento altamente selectivo de los escritos
inconsistentes de sus héroes intelectuales” (p. 97).
Hay que insistir para descalificar a Lenin, que es la forma de preparar la
descalificación de la Revolución bolchevique que está
al caer: Lenin “pretendía romper permanentemente con todas las demás
facciones y utilizar el movimiento obrero de Rusia para los propósitos
políticos del bolchevismo” (p.87). Sea donde sea siempre será
Lenin el culpable, como en la reunión de Zimmerwald donde “la unidad
no era fácil de lograr, y la culpa era de Lenin” (p. 89). Lógico
sólo proponía “excentricidades fanáticas” (p.89), tanto
era así que “muchos de sus propios camaradas faccionales pensaban
que finalmente había perdido el juicio” (p.89). Más adelante
los meterá a todos en el mismo saco diabólico: “los líderes
bolcheviques (…) tampoco estaban interesados sólo en el poder y la
gloria: su objetivo era alterar las mentes (…). Eran jacobinos con teléfono
y ametralladoras. No había existido nadie como ellos en siglos anteriores”
(p.102). Así tiene lógica narrativa poder afirmar que “Lenin
era un manipulador magistral” (p.158) mientras que “Kérenski tenía
un compromiso genuino con la democracia” (p.105), motivo por el que se tuvo
que refugiar en la embajada de los EEUU, hecho que al autor se le olvidó
mencionar.
Ni una palabra se dirá sobre las causas que llevaron al estallido
de la Primera Guerra Mundial. Esta estalla y punto. Eso sí, “era una
lucha titánica” (p.88). Como se ve la explicación del fenómeno
histórico está elaborada, es narrativamente poderosa. Un poco
más de tinta empleará en comunicar la llegada de la Revolución
rusa de 1917 pero sin aclarar nada a no ser que se entienda por tal esta
joya reflexiva sobre el proceder del Gobierno Provisional: “los ministros
proclamaron un amplio abanico de libertades cívicas. La gente podía
charlar, escribir, reunirse y organizarse como gustara” (p.92). La coletilla
a este sesudo decir no tiene precio: “existía la esperanza de que
estas reformas se vieran retribuidas con la gratitud popular” (p.92). Caramba,
¡qué malos van a ser los soldados y obreros que no les reconocerán
al gobierno “democrático” sus desvelos por el pueblo! ¡Ingratos!
Fíjense si eran desagradecidos que se movilizaban sin tener en cuenta
que “las huelgas complicaban aún más las cosas” (p. 94). Este
eminente académico reafirma un bulo de la historiografía conservadora
sobre los bolcheviques: “también había algunas pruebas de que
los bolcheviques habían recibido dinero de Berlín” (p.94).
“Algunas”, ¿cuáles? No se dice, se tira la piedra pero se esconde
la mano.
No informa que la conquista del poder en octubre se hizo de manera incruenta,
quizá porque le restaría fuerza a la imagen de fanáticos
que quiere dar de los bolcheviques. Sobre la guerra civil dirá que
“la Asamblea Constituyente y el Sovnarkom estaban en guerra” (p.111). Lo
que no explica es cómo la Asamblea Constituyente, si no había
tenido fuerza para oponerse a unos pocos guardias, que le dieron una palmadita
en el hombro a los señores diputados para comunicarles que cerraban
el quiosco, pudo desencadenar la guerra civil. Hombre, decir que las “democracias”
(Inglaterra, Francia y EEUU) sufragaban a los contrarrevolucionarios no queda
democrático.
En relación a la guerra civil rusa el eminente académico no
sólo no dice que esta fue posible por el apoyo que le prestaron a
los «blancos» los gobiernos de Inglaterra, Francia y EEUU sino
que sugiere que los bolcheviques de haber sido democráticos hubiesen
llegado a un acuerdo con los blancos pero que esto no fue así por
sus procederes dictatoriales lo que llevó a que “los rojos continuaron
luchando con los blancos sobre el terreno hasta que alcanzaron la victoria
incondicional” (p.193). Por supuesto, los blancos eran seguidores de una
organización pacifista por lo que “las barbaridades de los rojos en
la guerra civil con los blancos no se mencionaban” (p.197). Este batiburrillo
consciente del autor está diseñado para que el lector no entienda
nada de lo que verdaderamente ocurrió en el proceso histórico,
condición indispensable para poderlo manipular.
Para embrollar los desacuerdos que Lenin mantenía con Stalin, primero
anota alguno para acto seguido afirmar que “de hecho, los dos hombres no
mantenían desacuerdos en cuestiones fundamentales” (p. 144), lo que
no explica ni lo que el mismo autor pone a continuación: “al morir
el 21 de enero de 1924, los deseos de Lenin se vieron traicionados” (p.144).
¿Si no había desacuerdos fundamentales cómo los deseos
de Lenin podían ser traicionados? El lector tiene que acudir al oráculo
de Delfos para interpretar al insigne académico. Lector que buscará
en vano una explicación a las luchas entre las fracciones del Partido
Bolchevique. Tanto es así que en la “troika” archiconocida de Zinóviev,
Kaménev y Stalin incluye a Bujarin (“la influyente dirección
formada por Zinóviev, Kaménev, Stalin y Bujarin”, p.144), cuando
este pasó a formar tándem con Stalin una vez que desapareció
el triunvirato. El ínclito académico no está interesado
en explicar sino en descalificar de aquí su revoltijo narrativo, parte
de su método. Así, cuando afirma “la mayoría de los
obreros nunca habían deseado tener nada que ver con el partido comunista”
(p. 147), el lector se preguntará ¿entonces por qué
fueron capaces de conquistar el poder y de ganar la guerra civil? Afirmaciones
de este tipo, puramente gratuitas, son un lugar común en el texto.
Hay afirmaciones que ilustran perfectamente el mensaje subliminal del autor:
no a la revolución, por muy moderada que esta sea. Véase uno:
“la mala disciplina laboral que había caracterizado los lugares de
trabajo desde la Revolución de Febrero nunca se erradicó” (p.149).
El mensaje es claro, la disciplina laboral adecuada para los demócratas
era la que había con el zarismo.
Una de tantas afirmaciones gratuitas que el docto académico cuela
en su texto de medias verdades es esta: el poeta Vladímir “Mayakosvki
produjo su poesía «futurista» con el beneplácito
del partido (aunque Trotski quiso que le explicaran sus principios y Lenin
simplemente lo odiaba)” (p. 150). ¿Si Lenin odiaba al poeta o al poema,
o ambas cosas a la vez, cómo se explica que a la muerte del líder
de la Revolución rusa Mayakosvki escribiera un sentido poema que dice
cosas como estas?: “Temo que las procesiones,/ el mausoleo,/ y los homenajes,/
reemplacen la sencillez de Lenin./ Tiemblo por él,/como por mis propias
pupilas,/ para que no profanen su belleza/ con estampas de confitería”.
Estampas de confitería historiográfica es lo que utiliza el
conocido académico para mancillar la revolución social.
Sobre la Internacional Comunista seguirá volcando frases gratuitas
y ningún análisis. De aquí que sea imposible encontrar
alguna referencia a sus debates y, mucho menos, buscar la explicación
de la evolución de la III Internacional desde su etapa leninista,
cuando intentaba ser el Estado Mayor de la revolución socialista,
a la etapa stalinista, cuando fue sometida a los dictados de la casta burocrática.
Será que al autor le faltó espacio. Del nivel de conocimientos
que posee sobre el movimiento comunista, y eso que es su especialidad, nos
ilustra el hecho de que afirme que se conocerá “posteriormente como
«entrismo»” (p.168) a prácticas de 1925 cuando este concepto,
como es bien sabido, se utiliza a partir de 1934 con el “giro francés”
cuando Trotsky propone a sus camaradas entrar a militar en los partidos socialistas
para no caer en el aislamiento que les imponían los stalinistas.
Querer obtener una idea del proceder de la IC en la Revolución china
de 1927 a través de este libro es un imposible. Un lector no avezado
se hará un lío y terminará pensando que no se entera
de nada. La cosa es más sencilla, el autor no explica nunca el hilo
histórico. Igual de impotente se sentirá el lector ante las
Revoluciones alemanas, no podrá comprender lo que pasó por
mucho que se esfuerce. Intentar entender la lucha entre el stalinismo y el
trotskismo y, por la tanto, la evolución del Estado soviético,
con todo lo que supuso en el movimiento obrero y en la política internacional,
en las páginas del ilustre académico resulta sencillamente
una quimera. En fin, todo un ejemplo de historiografía pedagógica.
Para explicar la complejidad que era crear el Partido Comunista en los Estados
Unidos dado que la clase obrera estadounidense estaba fraccionada en múltiples
nacionalidades, que las leyes perseguían brutalmente al movimiento
obrero y que las burguesía contrataba a matones armados con rifles
para custodiar las fábricas, dice cosas tan reflexivas como estas
sobre la militancia comunista: “todos los eslavos causaban un sinfín
de problemas” aunque “los judíos eran los más amigos de polémicas”
(p.180). Si el lector quiere más adelante buscar la explicación
del nacimiento del Socialist Workers Party (SWP), que surge de antiguos cuadros
y militantes del PC, que no se canse, no existe. Eso sí, leerá
que “el joven James Cannon, que después abandonaría el partido
y se uniría a los trotskistas” (p.181) lo cual es inexacto: no abandonó
el partido sino que lo expulsaron y no se unirá a los trotskistas
sino que él será uno de los fundadores del SWP. El insigne
académico no da correctamente ni datos elementales. A estas alturas
esperar del autor una explicación del comunismo estadounidense es
una esperanza vana. Posiblemente esto sea debido a que el SWP criticó
con contundencia al stalinismo, a que participó en movilizaciones
obreras como las grandes huelgas de Minneapolis y a que fue el partido más
importante de la IV internacional en vida de Trotsky. Así, si hubiese
hablado del SWP perdería fuerza la mofa y befa que el autor descarga
sobre el PC estadounidense al que en el texto hace aparecer como el representante
del “comunismo” en los EEUU, cuando sólo era un apéndice stalinista.
En el capítulo titulado “entender el comunismo” se puede hacer cualquier
cosa menos comprenderlo. De lo que se trata es, como en el resto del texto,
de dar una visión maniquea de los bolcheviques. Estos, además
de fanáticos, son unos mentirosos que carecen de cualquier capacidad
de crítica. Así, los bolcheviques “ocasionalmente admitieron
haber fracasado en impedir distorsiones burocráticas, pero por lo
general afirmaron que estaban realizando el sueño de Marx y Engels
(…). De manera ocasional, Lenin y otros dirigentes del partido soltaron la
verdad: que la política se caracterizaba por una dictadura del partido;
pero normalmente preferían correr un velo sobre la realidad” (p.191).
Parece que al autor le importan un bledo las contundentes y reiteradas y
conocidísimas críticas de Lenin, Trotsky y otros camaradas.
Por ejemplo, hay un documento que es archiconocido en la historiografía,
el Programa de los 46, a través del cual eminentes cuadros bolcheviques
critican con contundencia a la troika dirigente formada por Zinóviev,
Kaménev y Stalin. En este texto del 15 de octubre de 1923 se afirman
cosas como las que siguen: “la incapacidad de la jefatura del partido, tanto
en el dominio económico como en las relaciones internas del partido.
El carácter ocasional, superficial y carente de sistematización
de las decisiones del comité central, que no ha conseguido poner orden
en el dominio económico (…). Nos enfrentamos con una crisis crediticia
(…); nos enfrentamos con la paralización de las ventas de artículos
industriales (…); nos enfrentamos con la imposibilidad de ejecutar el programa
de exportación de grano (…); nos enfrentamos con los precios extremadamente
bajos de las subsistencias, los cuales perjudican al campesinado (…); nos
enfrentamos con desigualdades en el volumen de los salarios (…). Estos son
algunos de los elementos de la crisis económica, crediticia y financiera
que ya empezado (…). Si en el futuro inmediato no se cambia radicalmente
esta situación, la crisis económica de la Rusia soviética
y la crisis de la dictadura fraccional dentro del partido asestará
rudos golpes a la dictadura de los trabajadores de Rusia y al Partido Comunista
Ruso”. Esta es una de las muchas críticas desde dentro del propio
Partido Bolchevique a su propia dirección. No obstante, el docto académico
en vez de explicar qué parte del partido y por qué hace estas
críticas no sólo las obvia sino que invierte lo sucedido para
no tener que explicar por qué se deformó el Estado soviético
y quién llevo a cabo su deformación. Claro, entonces tendría
que explicar que estos bolcheviques-leninistas eran los que mantenían
el programa comunista por lo que serán posteriormente asesinados por
miles por orden de Stalin en los campos de Kolyma y Vorkuta, que nuestro
insigne académico ni mencionará cuando hable por extenso de
Stalin. Curiosamente, no le gusta utilizar la palabra “stalinismo”, en cambio
sí afirma que Stalin pudo ejercitar sus crímenes recurriendo
“a la despiadada ideología del leninismo” (p.220), con lo que induce
a considerar que Stalin fue el continuador político de Lenin.
El autor ya ha convertido a Stalin en el continuador de Lenin ahora le queda
convertir a los opositores a Stalin en semejantes a él. Para amalgamar
a los opositores a Stalin con el propio Stalin primero dice que “se habrían
probado otras variantes del modelo si Trotski, Zinóviev o Bujarin
hubieran triunfado en la sucesión política; pero es difícil
saber qué alternativa habría desarrollado cada uno de estos
otros posibles líderes” (p.223). Para el lector estos líderes,
lo que eran y lo que proponían, son un enigma porque ni la lucha entre
las diversas fracciones ni sus programas están explicadas en ninguna
parte de la obra. No obstante, la esencia de la amalgama, de la mezcla interesada
de contrarios, viene a continuación: “la cuestión importante,
empero, es que aprobaban muchas características de la URSS de Stalin”
(p.223), tesis hiperbólica que reiterará en las páginas
siguientes. Así, qué más da que hubiese gobernado Stalin,
Trotsky o Bujarin si en lo esencial estaban de acuerdo. Esto es una burda
manipulación que se le presenta al lector ya que hoy es más
que sabido en el mundo historiográfico que Trotsky representaba la
continuación del programa de Lenin, el socialismo, razón por
la cual él y sus seguidores fueron asesinados.
El docto académico siempre equiparará la Rusia de Stalin y
de sus sucesores al comunismo. Así, su libro no gustará del
empleo del concepto “stalinismo” ya que está interesado en presentar
aquel Estado usufructuado y deformado por la casta burocrática como
comunismo. De ahí que incurra aposta en errores conceptuales obvios
como es el caso de “Estados comunistas” (pp., p.e., 8, 232, 427) cuando para
los marxistas, y esto lo sabe cualquier historiador, eso es un imposible
porque el comunismo es una sociedad sin clases sociales y sin Estado.
En esta misma línea de confusión estará la gratuita
afirmación de que al parecer Stalin pensaba de sí mismo que
“sería el líder que haría avanzar la Revolución
de Octubre” (p.209), y ante esto el autor sólo apuntó que al
jerarca “le irritó la pulla de Trotski de que él era el «sepulturero»
de la Revolución” (p.208). ¿De qué era Stalin para Trotski
el «sepulturero? De la Revolución de Octubre. ¿Por qué?
Porque estaba sepultando el socialismo emergente. Esta argumentada acusación
de Trotsky en una reunión del partido es un dato que hoy en día
figura en un sinfín de libros. ¿Por qué el eminente
académico tiene un discurso narrativo lioso y no causal? Nos
responde él mismo: “la hipocresía existe en mayor o menor medida
en todas las sociedades; una dosis de ella es frecuentemente un lubricante
necesario para el funcionamiento de las relaciones sociales” (p.235). Efectivamente,
la hipocresía de los gobernantes y de sus ideólogos es un lubricante
para el funcionamiento de la sociedad clasista.
Hay un pasaje que considero que nos ilustra a la perfección sobre
la gran capacidad teórica del docto académico. Es aquel donde
afirma que Lukács en su obra Historia y consciencia de clase
se expresa en una “terminología hegeliana impenetrable para cualquiera
que no tuviera un doctorado en filosofía” (p.205). Quizá es
que no puede comprender reflexiones de la obra tan complejas como esta: “es
vital para la burguesía entender su orden productivo como si estuviera
configurado por categorías de atemporal validez, y determinado para
durar eternamente por obra de leyes eternas de la naturaleza y la razón;
y, por otra parte, estimar las inevitables contradicciones no como propias
de la esencia de ese orden de la producción, sino como meros fenómenos
superficiales”. Caramba, ¡qué texto tan enmarañado!
Afirmar que “Stalin insistía en que absolutamente todos los partidos
comunistas trabajaran para llevar a cabo una rápida revolución
en sus países” (p.240) es deformar por completo el proceder de Stalin
ya que este jamás quiso que triunfara ningún proceso revolucionario
(ni la revolución alemana, ni la china, ni la española) por
la sencilla razón de que eso equivaldría a cuestionar el papel
de la casta burocrática en la Unión Soviética ya que
dicho estamento sólo podía mantenerse en el poder con las derrotas
políticas de la clase trabajadora y no con sus victorias. No
obstante, el propio autor afirma más adelante que “Angelo Tasca, un
comunista italiano de espíritu independiente, declaró que Stalin
era «el portaestandarte de la contrarrevolución»” (p.243).
En la página siguiente nuestro docto académico insiste, acertadamente,
en esta vía: “Trotski señaló asimismo que la política
exterior de Stalin no implicaba en modo alguno abandonar el compromiso de
construir el «socialismo en un solo país»” (p.244).
Si a esto le añadimos que en Francia, en palabras del autor,
“se prohibió la acción revolucionaria” (p.250) por la IC, y
que “el antifascismo había sustituido a la revolución socialista
como objetivo estratégico inmediato” (p.252), es del todo imposible
que fuera el propio Stalin el que insistiera en llevar a cabo la revolución
en otros países. La contradicción narrativa del propio Robert
Service salta a la vista, una vez más, en su propio texto. Después
de todo esto aseverar que “el Politburó de Stalin podía afirmar
razonablemente que estaba dirigiendo la política exterior como lo
habría hecho Lenin” (p.254) es, sencillamente, un insulto a la inteligencia
del lector. Pero es que el intento de amalgamar a Stalin con Lenin no cesa,
por lo que en la página 257 el autor afirma algo tan absurdo como
lo que sigue: “Stalin, como Lenin, negaba en cierto modo que las premisas
de la doctrina fueran susceptibles de reconsideración”. Uno
no puede dejar de sorprenderse de cómo una persona que ha hecho una
biografía de Lenin, por lo que se le supone una mínima información
sobre el biografiado, puede decir tales barbaridades. La explicación
de este aparente absurdo reflexivo está en que Robert Service quiere
presentar a Stalin como el continuador de Lenin, algo que ya intentó
el stalinismo. Convertir al stalinismo en sinónimo de comunismo es
un constante empeño del eminente académico, realmente su leitmotiv.
Robert Service no quiere recoger la crítica al stalinismo, quiere
enterrar el comunismo.
En su texto no se encontrará ni una referencia medianamente seria,
rigurosa, a la denuncia que los marxistas hicieron del horror
y de la escolástica stalinistas. Al revés, se introducen sesudas
afirmaciones académicas como esta: “y el trotskismo, a pesar de condenar
«la escuela estalinista de falsificación histórica»,
poco hizo por alterar los ingredientes esenciales” (p.263). Así puede
escribir más adelante, sin sonrojarse, que “todos los trotskistas
afirmaban sostener procedimientos «democráticos» en sus
organizaciones internas. La realidad era más autoritaria” (p. 282),
tanto que Trotsky “dirigió la Cuarta Internacional con más
firmeza de la que había exhibido Lenin en controlar la facción
bolchevique en los años de emigración” (p. 282). Por supuesto,
no da ningún ejemplo, por pequeño que sea, el lector se conformará
con su infalible autoridad académica. Además, Trotsky tenía
tan pocas luces que “carecía del conocimiento íntimo necesario
para dar órdenes sensatas a sus acólitos en Francia, Alemania
y Estados Unidos” (p. 282), así no es de extrañar que asegure
que “el estalinismo lo estaba haciendo mejor” (p. 283). ¿Para quién?
Para “los miles de miembros que habían fracaso en su escolaridad”
(p.284). Sigo con la cita porque no tiene desperdicio, véase lo que
podían aprender esos “miles de miembros” en el partido: “personas
inquisitivas de clase obrera obtuvieron un sentido de valor de ellos mismos.
Reclutas de origen judío descubrieron que su práctica en diseccionar
pasajes polémicos del Talmud les preparaba bien para la discusión
de los aspectos más sutiles de los textos de Marx. Las tradiciones
de las denominaciones protestantes del cristianismo también ayudaron
a muchos recién llegados a los partidos. Los comunistas que habían
estado acostumbrados a hablar en capillas metodistas o congregacionales manejaron
la transición a la actividad política de extrema izquierda
con notoria facilidad; y tenían la costumbre de construir su argumentación
haciendo referencia a textos sagrados” (p.284). Decididamente nuestro magno
académico no tiene desperdicio, navega por el reino de la metafísica
con una naturalidad pasmosa. Ante un pasaje así estimo que lo más
correcto es recomendarle a nuestro eminente académico lo siguiente:
cuando escriba, no beba.
Buscar las líneas maestras de la Revolución española
en el texto del afamado académico es un imposible. Ni el empeño
más apasionado podría servir para encontrar la orientación
más ligera, y eso que la Revolución española fue la
revolución social derrotada más importante de la historia europea
y el prólogo a la Segunda Guerra Mundial. Eso sí, su falta
de cualquier apunte explicativo no le impidió poner un texto tan casuístico
como este: “agentes soviéticos que trabajaban para el NKVD o la Komintern,
supuestamente (sic), ordenaron la tortura y la ejecución del líder
del POUM Andreu Nin por trotskista y contrarrevolucionario. Este hecho no
está demostrado más allá de toda duda (sic)” (p.274).
Robert Service nunca da en su texto entrada a la opinión de los comunistas
(marxistas) ya que esto desvirtuaría su técnica de equiparar
stalinismo con comunismo. La amalgama Lenin-Stalin es una constante. La utiliza
incluso cuando escribe sobre el pacto nazi-soviético, equiparando
la llamada a la “guerra civil contra la burguesía” de Lenin ante el
estallido de la Primera Guerra Mundial con la llamada a la obediencia que
hace Stalin a los pecés una vez que firmó el acuerdo con Hitler:
“como Lenin en 1914, Stalin estipuló que el marxismo exigía
rechazar el servicio militar o cualquier otro apoyo a los gobiernos nacionales”
(p.304). Así mismo equipara el que no todos los marxistas rusos estuvieran
de acuerdo en abogar públicamente por el “derrotismo” de Lenin, porque,
con sus palabras, “el mal menor sería la derrota de la monarquía
zarista, el gobierno más reaccionario y bárbaro”, con
la resistencia que en los propios pecés encontró Stalin al
firmar el pacto con Hitler: “igual que Lenin no había logrado convencer
a muchos camaradas rusos en 1914, muchos comunistas en el Reino Unido no
tenían estómago para obedecer las órdenes de la Komintern”
(p.304). Estas analogías son producto exclusivo de la mente del autor,
equiparaciones bajo cuerda que no resisten el más elemental contraste.
Quizá a estas alturas habría que recordarle al afamado académico
que una de las técnicas de la historiografía stalinista era
la aseveración de lo inexistente.
La época de la Guerra Fría la trata nuestro querido académico
con información empírica no procesada y, como no podía
ser menos, sin hacer mención a que la Unión Soviética
y sus satélites estaban gobernados por una casta burocrática
que usufructuaba la riqueza generada por la clase trabajadora al mismo tiempo
que prostituía el socialismo y escolastizaba el marxismo. Tampoco
parece comprender el docto académico que la “coexistencia pacífica”
(p.441) era la prolongación natural para las nuevas hornadas de burócratas
del “socialismo en un solo país”, lo que suponía ratificar
la renuncia a la revolución socialista, por lo que es un sinsentido
afirmar que “Moscú y otras capitales comunistas continuaron abogando
por la «lucha de clases»” (p.451). Fue precisamente esta renuncia
la que llevó al derrumbe del “socialismo real” ya que a nivel planetario
o triunfa un sistema u otro y mal podía triunfar el socialismo cuando
la casta burocrática lo imposibilitaba. Con este nivel teórico
es normal que nuestro académico anote acríticamente que “según
Stalin, no había peligro grave de contrarrevolución” (p.349).
No, peligro no había ya que la contrarrevolución stalinista
era un hecho. Contrarrevolución que Robert Service se empeña
en denominar “comunistización” (pp., p.e., 379 y 386).
A pesar de dar interesantes fuentes sobre las relaciones de Stalin con altos
jerarcas de la extinta Komintern y de afirmar algo tan correcto como que
“tanto Thorez como Togliatti comprendieron que el Kremlin estaba limitado
por los intereses de la URSS” (p.367) y que “los comunistas italianos estaban
convencidos de su capacidad de conquistar el poder (…). En cambio, Togliatti
les dijo que había que dejar de lado las esperanzas de una insurrección
dirigida por los comunistas” (p.368) y que “el Partido Comunista Francés
siguió la misma línea. Thorez afirmó: «Producir
es hoy la forma más elevada del deber de clase, del deber de los franceses».
Manifestó esto en el norte de Francia, en una asamblea de mineros
que esperaban que los guiara en huelgas y manifestaciones” (p.368) y de informar
sobre la falta de apoyo decidido de Stalin a los comunistas griegos mientras
que las fuerzas monárquicas “contaban con abundante ayuda de Estados
Unidos” (p.374), el autor se empeñará a lo largo de su obra
con equiparar stalinismo a comunismo. Ni la obviedad de sus fuentes le permiten
al docto académico comprender que la burocracia stalinista y post-stalinista
estaba interesada exclusivamente en conservar el statu quo y no en fomentar
la revolución, que donde se vio implicada fue porque no le quedó
más remedio y que lo hizo como un ejercicio de contención y
no de confrontación. Lenin y Trotsky siempre abogaron por la revolución
socialista mundial mientras que la casta burocrática siempre accionó
con el único interés de mantenerse en el poder. De aquí
la claridad teórica de Lenin y Trotsky y su carácter revolucionario
y el empirista zigzag de las diversas generaciones burocráticas y
su carácter contrarrevolucionario.
Robert Service señala que el triunfo de la Revolución china
en 1949 es “la segunda gran fecha en los anales del comunismo del siglo XX”
(p.397). Efectivamente, fue la segunda gran revolución social triunfante
del siglo XX, y en el país más poblado del planeta. En Asia
hay un antes y un después de esta revolución. La República
Popular China posibilitó que Catay pasase de ser una nación
cuyos despojos se repartían los países imperialistas a un Estado
soberano. La China de la dinastía manchú tenía algo
en común con la Rusia zarista, eran realidades subdesarrolladas, sometidas
al dominio del capital extranjero. Paradójicamente, la influencia
de la URSS stalinista fue determinante cuando Stalin nunca había querido
el triunfo de la revolución social en China. A pesar de esto la República
Popular China tuvo como modelo a la Rusia de Stalin y por culpa del triunfo
de la contrarrevolución stalinista en la Unión Soviética
la revolución china empezó donde había terminado el
proceso revolucionario ruso, lo que será determinante para su posterior
desarrollo. Nuestro querido académico no lo explica así.
A la Revolución húngara de 1956 la despacha rápido el
docto académico. En dos breves párrafos da algunos datos empíricos
conocidos pero nada dice del programa de los revolucionarios húngaros,
de lo que pretendían. Simplemente la califica de “embrollo” (p.440).
Nos da la sensación de que la causa de su parquedad narrativa está
en no querer explicar las líneas generales de la revolución
húngara. Así, es inútil buscar en su texto el corazón
político del levantamiento, como la clase trabajadora se organizó
en consejos obreros que pedían que la propiedad de las fábricas
fuera colectiva, que se crease una milicia obrera y que se diese un sistema
plural de partidos socialistas. Ni tampoco se leerá ninguna referencia
a la simbiosis entre la intelectualidad y los obreros, intelectualidad que
ratificará los deseos políticos de la clase trabajadora proponiendo
el reconocimiento de los consejos obreros, del derecho de huelga, de la propiedad
colectiva de las fábricas, el restablecimiento de sindicatos obreros
y la pluralidad electoral socialista.
Al tratar de la parcial desestalinización de Jruschov no hay ninguna
sugerencia reflexiva de que fue la última oportunidad que tuvo la
casta burocrática de autorregenerarse. Mucho menos podría sugerir
el autor que esta regeneración solo hubiese sido posible socializando
el sistema, en la línea que ya había indicado la revolución
húngara. Brezhnev supuso ya la osificación de la burocracia,
algo que sí se puede intuir en el texto de nuestro académico
cuando se lee que este jerarca “propugnó el objetivo de la «estabilidad
de cuadros»” (p.451).
De los conflictos entre los “estados comunistas”, cuyo paradigma fue el enfrentamiento
entre la Unión Soviética y la República Popular China,
anotado de pasada en la página 449, no se encontrará
ni tan siquiera un intento de explicar por qué supuestos Estados socialistas
se enfrentaban unos con otros en vez de ser solidarios entre sí, a
pesar de que “el maoísmo compartía muchos conceptos básicos,
prácticas y estructuras con la URSS” (p.476). La esencia de la respuesta
está en que las castas burocráticas tenían intereses
nacionales propios por lo que no estaban interesados en la solidaridad internacionalista
sino en el control de sus parcelas. Pero lo más que se puede esperar
del autor es que escriba cosas como que “el dominio de Mao sobre el Politburó
se hallaba en su punto más alto y el Gran Timonel era tan autoritario
como Stalin en sus ideas y métodos” (p.464). El por qué de
este autoritarismo que lo busque el lector en otra parte.
La revolución cubana está tratada en el capítulo veintinueve.
Aun centrándose en la figura de Castro no explica su evolución
de martiano a marxista ni, mucho menos, las razones por las cuales la revolución
cubana pasó de democrática a socialista. Así, vemos
instalado “el primer estado comunista en la historia de las Américas”
(p.480) por ensalmo. La relación de Castro con la dirigencia soviética
no tiene ni tópicos, más bien ocurrencias narrativas. Para
explicar el desembarco del contingente contrarrevolucionario dirigido por
la CIA en Bahía de Cochinos, a la que “Kennedy había dado su
aprobación casi informalmente” (p.481), no se le ocurre otra
cosa que decir “que las autoridades cubanas pagaron caro burlarse de Estados
Unidos” (p. 481). Con parecidos recursos didácticos explica la llegada
de asesores soviéticos a la isla: “cuando la dirección soviética
envió «especialistas económicos» para aconsejarlos,
los cubanos los recibieron educadamente, pero no los escucharon. (No fue
un problema para los especialistas, que consideraron su estancia en la soleada
y musical Cuba como un privilegio exento de trabajo)” (p.482.). Con esta
hondura reflexiva va explicando el proceso revolucionario cubano. Ya nos
podemos hacer una idea de cómo va a ilustrar la relación de
la Revolución cubana con la URSS burocratizada: “Él (Castro)
y Jruschov eran como dos gotas de agua después de sus primeras conversaciones,
de las cuales surgió la crisis de los misiles de octubre de 1962”
(p.483). La importancia que la Revolución cubana tuvo para América
Latina y las esperanzas que suscitó en la izquierda occidental son
sintetizadas así por nuestro estimado académico: “el atractivo
de Cuba en la izquierda política global como un alternativa comunista
al orden soviético fue en pronunciado declive (…). Castro se alejó
de la atención mundial hasta que, en 1975, encontró una salida
para el compromiso revolucionario ayudando los esfuerzos del Movimiento Popular
de Liberación de Angola” (p.486). Del Che Guevara prácticamente
no habla, será por su ínfima importancia. Después
de indicar que las condiciones sociales y culturales mejoraron para los “pobres”
y los “negros” nos regala esta afirmación: “aun así, la mayoría
de los miembros de su sociedad ardían en deseos de derrocar a Castro”
(p.487). Esta es la esencia de su explicación sobre el proceso revolucionario
cubano, una gran síntesis.
Las trabas que puso la casta burocrática para que los ciudadanos de
los países de “socialismo real” no probasen la “fruta prohibida de
Occidente” (p.501) fue una de las razones que posibilitó que esos
mismos ciudadanos idealizaran el capitalismo, donde creían que el
dinero estaba, prácticamente, debajo de las piedras. A nuestro buen
académico su sagacidad no le debió permitir percibir esta idealización
en sus frecuentes viajes detrás del Telón de Acero, rápidamente
detectable por cualquier visitante atento. Si los ciudadanos del Este hubiesen
conocido verdaderamente la realidad “democrática” es razonable pensar
que sus luchas en el “socialismo real” no hubiesen sido para instalar el
capitalismo. Esto me recuerda un pedagógico chiste de dos ciudadanos
del Este, ya inmigrantes en el Oeste, rememorando discursos de los
burócratas: -Oye, todo lo que nos decían del socialismo era
mentira. –Sí, y todo lo que nos decían del capitalismo
era verdad.
Hay una amalgama que es especialmente lastimosa para alguien que se considere
historiador, cuando sugiere, sin nombrarlo, que el GULAG stalinista, los
campos de exterminio como Kolyma y Vorkuta, donde Stalin y su canalla asesinaron
por miles a los bolcheviques-leninistas, tanto a los viejos, los compañeros
de Lenin, como a los jóvenes, la generación de octubre, fuera
ya un producto de la Rusia de Lenin. Leámosle: “las truculentas técnicas
de detención, interrogatorio, «confesión» y trabajo
forzado se remontaban hasta la Revolución de Octubre” (p.516). Las
medias verdades siempre son la pantalla de una interesada mentira. Así
se explica que a lo largo de esta dilata obra cuando se mencione a Vorkuta
sea de pasada, y no para denunciar sus horrores: “A Wallave (secretario de
agricultura de los EEUU) (…), lo invitaron al campo de trabajo de Vorkuta,
donde inspeccionó el programa de rehabilitación (?) de prisioneros”
(p.293), mientras Kolyma ni aparece. ¿Por qué esta omisión?
Es lícito pensar que como aquí se asesinaron comunistas que
acusaban a Stalin de anticomunista no le sirva al autor para su amalgama
stalinismo igual a comunismo.
Al docto académico le aflora la vena carca y el esquema apriorístico
cuando critica gustos y actitudes que él atribuye a los militantes
de la extrema izquierda, y además en exclusividad. Veamos dos ejemplos:
“la generación de occidentales a la que le gustaban las minifaldas,
el pelo largo y las drogas alucinógenas respondía positivamente
a las solemnes perogrulladas de Mao” (p.522). Segundo, “Tariq Ali, un desordenado
estudiante de Oxford con talento para los discursos improvisados” (p.524).
No salen mejor parados intelectuales de la izquierda de reconocido prestigio
en su tiempo como Sartre, Marcuse y Althusser que “eran maestros de estilo
grandilocuente y nunca trataron de elevarse a las alturas de Marx y Engels
en sus momentos de inspiración. Ninguno de ellos elegiría un
monosílabo si podía descubrirse o crearse una palabra más
larga” (p.520). En fin, sigamos con el “desordenado estudiante” Tariq Ali.
Nuestro ínclito historiador afirma que “Ali discutió en vano
con Lennon” (p. 524). La prueba, según nuestro académico,
reside en que en la canción Revolution Lennon afirmó que cuando
se habla de destrucción “¿no sabes que no puedes contar conmigo?”
(p.524). Claro, nuestro autor no recoge la reflexión que hace Lennon
en su entrevista con Tariq Ali y Robin Blackburn, entrevista que está
colgada en Internet. En ella Lennon dice: “Revolution. Hubo dos versiones
de esa canción, pero la izquierda del underground sólo escogió
la que decía «no cuenten conmigo». La versión original
que apareció en el LP decía también «cuenten conmigo»;
puse las dos cosas porque no estaba seguro (…); pero cometí un error,
sabes. El error fue que era contrarrevolucionario. En la versión publicada
como single decía «cuando hables de destrucción no cuentes
conmigo»”. Lennon, Tariq y Robin no discutieron en vano estimado académico,
reflexionaron.
El año 1968 presenció como masas de trabajadores y estudiantes
cuestionaban el “socialismo real” y la democracia capitalista. En Checoslovaquia
se dará la Primavera de Praga que será matada en flor por la
invasión de fuerzas del Pacto de Varsovia comandadas por el
ejército soviético en un ejercicio que dará comienzo
al proceder brezhneviano de la “soberanía limitada” de los países
sometidos a la órbita del Kremlin. Esta invasión, que contó
con la condena de los gobiernos de la Rumanía de Ceaucescu, de la
Albania de Enver Hoxha y de la Yugoslavia de Tito, será el intento
postrero de implantar el socialismo en las osificadas “democracias populares”.
En el corazón del capitalismo se dará su directo cuestionamiento
a través del Mayo francés, donde la “huelga general más
potente del siglo XX” (Daniel Bensaid) llevó a De Gaulle a pensar
que la toma del poder por los comunistas era un hecho, mientras que en los
EEUU a la importancia social de lucha de la comunidad negra por sus legítimos
derechos civiles, que se hizo mundialmente conocida tras el asesinato
de Martin Luther King y el episodio osadamente reivindicador de los dos atletas
negros levantando sus puños negramente enguantados en el podium de
los Juegos Olímpicos (México), había que sumarle las
movilizaciones contra la Guerra de Vietnam. Allí la ofensiva del Têt,
que llegó hasta ocupar por seis horas la embajada de los EEUU en Saigón,
todo un efecto mediático ya que la noticia dio la vuelta al mundo,
convertía a Vietnam en el símbolo de la resistencia antiimperialista.
El “patio trasero” de los EEUU también se vio convulsionado cuando
la huelga de los estudiantes mexicanos, que reclamaba democracia por parte
de los aparatos del Estado, fue represaliada de forma atroz al ser asesinados
alrededor de 300 estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, en México
DF, lo que supuso el descrédito de un Estado priísta que se
presentaba como el árbitro entre las clases.
¿Cómo trata nuestro docto académico este emblemático
año de 1968? Sencillamente, no lo trata. Escribirá
muy poco y por partes y sin interrelacionarlas nunca. Menciona la Primavera
de Praga pero sin ir más allá de dar algún que otro
dato empírico como que “Novotný fue obligado a abandonar el
gobierno en enero de 1968 y Alexander Dubcek asumió el mando del partido
comunista” (p.534), pero si dar ninguna explicación del proceso, y
menos por la base, aunque hay que agradecerle que apunte que el objetivo
básico de Dubcek “consistía en desarrollar «un
nuevo modelo de sociedad socialista, profundamente democrática y adaptada
a las circunstancias checoslovacas»” (p.534). Así, cuando más
adelante afirme que “la invasión de Checoslovaquia fue un desastre
para el comunismo” (p.538) el lector puede interpretar que, efectivamente,
fue un desastre para el comunismo, en sentido estricto, porque mató
de raíz el último intento de instalar el socialismo en el glacis
soviético, aunque en la terminología del autor lo que quiere
decir es que fue un desastre para los regímenes burocráticos,
y esto también es cierto porque aquí se hace definitiva la
osificación del andamiaje burocrático que se partirá
en el siguiente empuje, pero esto lo razonamos nosotros no él. El
Mayo francés no lo trata como tal sino que lo menciona de pasada,
cuando se pone a hablar sobre el PCF: “En 1968, toda Francia se incendió
con las huelgas de obreros y las manifestaciones de estudiantes. El Partido
Comunista Francés permaneció distante, negándose en
particular a aliarse con los estudiantes «burgueses» y negándose
–justificadamente- que existiera una verdadera situación revolucionaria
en el país” (p.543). Entonces, ¿por qué se preocuparon
tanto De Gaulle y la burguesía francesa? ¿Por qué la
patronal tuvo que firmar acuerdos con los sindicatos sobre la reducción
de la jornada laboral, el aumento de salarios, la anticipación de
la jubilación? ¿Por qué De Gaulle se vio obligado a
convocar elecciones? Y en primer lugar, ¿por qué “toda
Francia se incendió con las huelgas de obreros y las manifestaciones
de estudiantes”? Ni principio, ni desarrollo, ni final, ni fuerzas sociales,
ni organizaciones políticas y sindicales, ni programas. Curiosamente,
sólo una pincelada para mencionar la cordura del PCF. Sobre el proceder
de las tropas estadounidenses en Vietnam sugiere que si hubiesen utilizado
“armas nucleares” habrían obligado a los comunistas vietnamitas a
la negociación. Leamos esta perla del MacArthur de la historiografía:
“sus propias operaciones armadas hicieron que el Vietcong apareciera como
un grupo de patriotas dedicados; y aunque bombardearon con regularidad Hanoi
–la capital del norte- y cortaron las líneas de suministro, se contuvieron
de usar armas nucleares que habrían llevado a Ho (Chi Minh) a la mesa
de negociaciones” (p.561). Sobre la evolución del régimen vietnamita
tiene una reflexión harto curiosa: “la dirección comunista
de Le Duan siguió un programa de expansión de su influencia
regional (…). Tenía las tropas. Tenía el descaro y la experiencia,
así como una tradición nacional de agresión de sus vecinos”
(p.563). ¿Un país sometido primero por el imperialismo francés
y a continuación por el estadounidense tenía “una tradición
nacional de agresión de sus vecinos”? En fin, leer para creer.
Si bien sigue siendo un imposible comprender un proceso revolucionario en
el texto del autor de forma autónoma, por su propia información
y reflexión, si aislamos algún pasaje que habla de la Revolución
chilena hasta nos puede ser útil. Parece como que “aunque Allende
hablaba con frecuencia de su «vía pacífica» al
socialismo, no había garantías de que cumpliera con su palabra”
(p.568), debió ser por esto por lo que la CIA orquestó el Golpe
de Estado de Pinochet. Aunque quizá la clave esté más
en este otro comentario: “el gusto de Allende por la participación
popular indujo a algunas fuerzas obreras a tomar el control de sus empresas
y echar a sus patrones” (p.569). Veamos otro par de sugerencias. Primera,
“si no detenía a las elites tradicionales de Chile, Allende corría
un riesgo continuo de ser derrocado en un golpe de estado” (p.570). Segunda,
“Allende pensó que se había cubierto las espaldas al nombrar
a un oficial apolítico (sic), Augusto Pinochet, para dirigir las fuerzas
armadas. Fue un error de juicio catastrófico (…). El secretario de
Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, conocía mejor que Allende
las inclinaciones del general. Con su aprobación, la CIA canalizó
la ayuda necesaria para un asalto con éxito al poder. Pinochet dio
el golpe el 11 de septiembre de 1973” (p.570). Por cierto, el autor no puede
sacarle partido reflexivo ni a sus propias notas ya que su anticomunismo
se lo impide, porque ocurra lo que ocurra y pase lo que pase siempre “el
gobierno comunista revolucionario demostró ser un callejón
sin salida” (p.574). Esta es, en definitiva, la enseñanza que el autor
le quiere transmitir a sus lectores.
El anticomunismo del insigne historiador aflora constantemente en su texto.
No obstante, cuando llega a la altura cronológica del presidente Reegan
su explosión de alegría contenida por el fracaso del comunismo
se desborda. Después de anotar con académico entusiasmo los
apoyos que Reegan le dio a movimientos ultrarreaccionarios para contener
a los soviéticos, a los sandinistas y al salvadoreño Frente
Farabundo Martí y de informar, sin asomo de crítica, claro,
que el ejército estadounidense invadió la minúscula
isla de Granada, dice: Reegan “alabó al dictador militar corrupto
de Guatemala Efraín Ríos Montt por estar «completamente
dedicado a la democracia». Este no fue su comentario más convincente,
pero demostró su determinación de vacunar la política
mundial contra la infección comunista” (p.579). Todo sea en aras de
salvar la democracia (burguesa). Y ya llega el momento del respiro supremo,
por fin “la URSS llegó a su fin al dar la medianoche del último
día de 1991 (…). Occidente se había impuesto y el comunismo
soviético yacía postrado (…). La Revolución de Octubre,
el marxismo-leninismo y la URSS habían sido arrojados a la papelera
de la historia” (p.591). ¡Qué canto tan postrero del Fin de
la Historia! Estimado académico, hoy ni el plumífero Francis
Fukuyama se atreve a abrir la boca, ¿le va a relevar Vd.? Si es así
le comento que ha perdido Vd. el tren de la Historia. Ya que se dedica a
la Historia debería saber que ésta nos informa que ningún
sistema político es eterno, y el capitalismo no es ninguna excepción.
Tiene Vd. razón en una cosa “el capitalismo poseía una energía
social y económica de la que carecía el comunismo” (p.585).
En esto estamos totalmente de acuerdo querido académico, ningún
sistema en toda la Historia ha tenido más capacidad para explotar
a la especie humana y para esquilmar los recursos naturales del planeta.
La preocupación hoy, querido académico, es que su muerte arrastre
al conjunto de la Humanidad.
Conclusiones
Al movimiento comunista lo dividió el triunfo del stalinismo en la
URSS, división que se consolidó con la victoria de la Unión
Soviética sobre el nazismo. Para millones de trabajadores y para las
bases de los pecés la URSS era la patria del socialismo, la continuadora
de la Revolución de Octubre. Para miles de cuadros marxistas la Unión
Soviética era un Estado obrero deformado, defendible aún para
unos e indefendible ya para otros. Millones de trabajadores y miles de militantes,
querían el socialismo pero luchaban no sólo fraccionados sino
enfrentados. Todo esto no merece ni una línea de atención para
nuestro ínclito académico ya que él simplemente hace
un revoltijo con stalinistas y comunistas, ejercicio simple que no puede
explicar el complejo caminar de la Historia.
La caída de los países de “socialismo real” supuso el robo
de la propiedad estatal por un sector de la casta burocrática con
lo que pasó de ser usufructuaria de la riqueza nacional a ser propietaria
de ella, mientras el otro sector, la burocracia desposeída,
pasaba a conformar la mafia del este y a engrosar la mafia del oeste, mientras
que los hijos de la clase trabajadora que emigraban iban a formar parte de
la mano de obra barata del mercado laboral occidental y una buena parte de
sus hijas se convertían en la materia prima del negocio de la prostitución
en sus países o nutrían la democrática prostitución
del mundo libre, además de darse una caída brutal en las condiciones
económicas y sociales de los trabajadores del mundo occidental acompañada
de su desesperanza política y de un incremento salvaje del poder y
de la soberbia de la burguesía planetaria que llegó a sentenciar
a través de sus plumíferos el Fin de la Historia. De esta forma
no nos lo cuenta Robert Service, para quien la llegada de la democracia burguesa
supone el colmo de las bendiciones.
El docto académico no se propuso en su obra indagar sobre las causas
que llevaron a la deformación de la Revolución rusa y al nacimiento
y derrumbe de las “democracias populares” ya que su interés
se centró en hacer una amalgama entre el fenómeno stalinista
y la aspiración comunista. Así, este texto de Robert Service
no vale como aproximación al estudio de los regímenes de “socialismo
real” y del dividido movimiento comunista, es inútil para comprender
las causas de la degeneración del proyecto socialista e inservible
como herramienta para acrecentar el conocimiento histórico, finalidad
básica que debería perseguir todo trabajo historiográfico.
Sorprende en el texto la candidez con que Robert Service trata al sistema
capitalista, al que a lo largo de su obra contrapone al “comunismo”. Su ejercicio
de exaltación de la “democracia liberal” es continuo, completamente
acrítico aunque formalmente pone de vez en cuando, aquí o allá,
una pega blandengue, justificadora. Tal es su entreguismo intelectual que
da la sensación de vivir en una burbuja, en otro mundo. A pesar de
que es un libro reciente, la crisis del sistema capitalista que estamos viviendo
parece que no va con él.
Su relación con el comunismo es de amor/odio. Lo odia pero escribe
sobre él porque, posiblemente, no encontró nada más
apasionante en el mundo de la historiografía. Para él los comunistas
son de naturaleza perniciosos porque ansían controlar el poder y derribar
la ideal democracia. Eso sí, se pone la mar de contento cuando sus
comunistas trabajan en el seno de la democracia atendiendo el bien público
pero, obviamente, siendo derrotados electoralmente por los demócratas.
Es doloroso comprobar que los textos de un hombre que le dedica sus esfuerzos
al estudio del comunismo no sirvan de nada para comprender el movimiento
comunista.
Robert Service no tiene por norma incluir en sus obras el rigor conceptual
y el análisis causal, lo cual tiene lógica porque su narración
está preparada exclusivamente para la descalificación no para
la explicación. Su producción historiográfica se caracteriza
por una distorsión sistemática del proceso histórico.
Lo consigue a través de una narrativa de un empirismo de medias
verdades atosigante que un lector culto deberá procesar para
aprovechar lo leído ya que sus obras están enfocadas para lectores
de clase media que no estén interesados en comprender el contradictorio
caminar del proceso histórico sino en reafirmar la certeza de que
la “democracia” es el menos malo de los mundos posibles.
Este insigne miembro de la British Academy además de habernos obsequiado
con sendas biografías de Lenin y Stalin, con una Historia de Rusia
en el siglo XX y con la obra comentada nos amenaza todavía con una
biografía de Trotsky. Normal, la burguesía no cejará
en el empeño de distorsionar a través de sus aparatos ideológicos,
mass media y escritores la comprensión del proceso histórico
para justificar su poder y proceder. Historia y Política se dan la
mano ya que el presente se explica o se justifica en función del pasado
por lo que la historiografía forma parte de la lucha política
en el terreno de las ideas, como pone de relieve la producción “científica”
de este docto académico.
Madrid, 28, marzo, 2009