El pacto nazi-soviético
Antonio Liz
Se han cumplido setenta años del Pacto de no agresión
nazi-soviético, firmado el 23 de agosto de 1939 por los representantes
de Hitler y de Stalin. ¿En qué contexto histórico se
dio? ¿El pacto tuvo el mismo significado para Stalin que para Hitler?
¿Fue Stalin un genial previsor o un empirista inconsciente? ¿Era
políticamente coherente que el gobierno soviético llegase a
un acuerdo con el gobierno nazi? ¿Qué análisis hizo
del acuerdo y de su ejecución Trotsky, el mayor enemigo político
de Stalin? ¿Qué valoración hizo a posteriori Krushchev,
jerarca stalinista durante la Segunda Guerra Mundial?
En enero de 1929 la policía soviética saca
a Trotsky del destierro de Almá-Atá para proceder a su expulsión
de la URSS, llegará a Constantinopla el 12 de febrero. Entre julio
y noviembre de ese año Bujarin es expulsado del comité ejecutivo
de la Internacional Comunista y del buró político del Partido.
Los oposicionistas deportados ya son miles. Los líderes naturales
de Octubre, los compañeros de Lenin, habían sido eliminados
de la dirección del Estado soviético y del Partido bolchevique.
La fracción stalinista quedaba por entero al frente de la URSS.
El 14 de septiembre de 1930 se celebran elecciones al parlamento alemán
(Reichstag), el Partido nazi da un gran salto alcanzando los 6,4 millones
de votos, pero aún así el Partido Socialdemócrata alemán
(SPD) consigue 8,5 millones y los comunistas, el KPD, 4,6 millones. A pesar
del incremento electoral que habían obtenido los nazis, los dos partidos
del movimiento obrero sumaban el doble de votos, lo que posibilitaba que
con una política de frente único los nazis pudieran ser derrotados.
Cuando el 30 de enero de 1933 Hitler accede a la presidencia del gobierno
de la República de Weimar se está a punto de completar la fase
legal de la contrarrevolución nazi que había sido posible por
la incapacidad congénita de la socialdemocracia para llamar a la revolución
y por el nefasto papel de la Internacional Comunista, proceder que queda
perfectamente ilustrado por boca de su alto burócrata Dimitri Manuilski,
que dirá en julio de 1929: “La socialdemocracia irá quitándole
progresivamente a la burguesía la iniciativa de la represión
contra la clase obrera [...]. Se hará fascista. Este proceso de conversión
de la socialdemocracia en socialfascismo ha empezado ya”. No contento con
esta estúpida declaración política, afirmará
que “en muchos países capitalistas intensamente desarrollados el fascismo
será la última fase del capitalismo, previa a la revolución
social”. En un alarde de idiotez suprema para alguien que se dice marxista,
venía a afirmar que el triunfo de la contrarrevolución precedería
al triunfo de la revolución. Increíble. En un proceso revolucionario
triunfa la revolución o la contrarrevolución por lo que es
imposible que la derrota de la revolución sea el prólogo de
su victoria. Esta línea política, que suponía el suicidio
colectivo para la clase obrera alemana, la mantendrá la dirección
de la III Internacional hasta el final. El triunfo del nazismo en Alemania
suponía que ahora había un Estado capitalista en la Europa
continental capaz de lanzarse en un futuro próximo sobre la URSS.
Esto ya lo había advertido Trotsky en abril de 1932: “para que sea
posible una intervención, se precisa un gran país, altamente
industrializado y además continental, que pueda y quiera asumir la
carga principal de una cruzada contra la Unión Soviética. Más
precisamente, se necesita un país que no tenga nada que perder. Un
vistazo sobre el mapa político de Europa muestra que sólo una
Alemania fascista podría encargarse de esa tarea. Más aún,
una Alemania fascista no tendría otra elección”.
El 25 de julio de 1935 comienza en Moscú el VII
y último Congreso de la III Internacional. En él se decidirá
la creación de los Frentes Populares. Estos subordinarán a
la clase trabajadora a la burguesía democrática. El objetivo
de este proceder táctico estaba en la ilusión de hacer de los
gobiernos de Francia e Inglaterra aliados fiables para enfrentar a la Alemania
nazi. Cuando el golpe de estado de julio de 1936 trae el estallido
de la Revolución social en España la URSS empezará por
participar en el Comité de No Intervención. No obstante, esta
política no la podía continuar el gobierno stalinista si no
quería verse despojado ante la clase trabajadora europea de su sello
de Estado socialista por lo que optó por suministrar armas y asesores
a la II República. Esta ayuda en armas y asesores tenía
un doble objetivo, contener al fascismo al mismo tiempo que se desmantelaba
la revolución social. Pero con la derrota de la Revolución
social española sobrevino la derrota del restaurado Estado republicano
y la URSS, objetivamente, se volvía a quedar sola ante el fortalecido
Estado nazi.
El mariscal Mijail Tujachesvski era detenido el 22 de mayo de 1937.
Al poco se procede a la detención de otros altos mandos militares.
Todos ellos formarían parte de un supuesto “complot militar-fascista-Trotskysta”.
Además, se les dice que son unos espías al servicio de la Alemania
nazi y del Japón imperialista. Son procesados y fusilados. Esto era
un brutal ataque directo a la seguridad del Estado soviético. Todos
ellos tenían experiencia bélica ganada en la Guerra Civil y
un gran nivel teórico. Bajo la dirección de Tujachesvski el
alto mando del Ejército Rojo es teóricamente el más
avanzado de Europa: diseña, antes que nadie, batallas de carros de
combate y la utilización de los tanques como punta de lanza de los
ejércitos en lo que denominaron “batallas profundas”. Los militares
soviéticos crearon su primer cuerpo mecanizado en el otoño
de 1932, tres años antes que las primeras divisiones blindadas alemanas.
Los paracaidistas del Ejército Rojo habían hecho ya su primer
lanzamiento en masa en el año 1936, mucho antes que los alemanes.
Trabajaron por tener una infraestructura que posibilitase una poderosa fuerza
aérea. Stalin no contento con atacar a la élite del Ejército
Rojo, continúa con la purga en los cuadros intermedios, en la oficialidad.
La salvaje purga de Stalin se puede resumir en números: asesinó
a 3 de los 5 mariscales, a 14 de los 16 comandantes de ejército, a
60 de los 67 comandantes de cuerpo, a 136 de los 199 comandantes de división,
a todos los comisarios adjuntos de defensa y a todos los comandantes de distrito
militar, a 35.000 oficiales, la mitad de los que tenía el ejército.
Stalin debilitó de tal manera al Ejército Rojo que éste
no sabrá oponerse al ataque nazi lo que le supondrá a la URSS
la perdida de millones de vidas, el derrumbe de una grandísima parte
de sus infraestructuras e industrias y la perdida temporal de buena parte
de su territorio europeo.
El 29 de septiembre de 1938 se reunían en Munich los primeros ministros
de Inglaterra, Neville Chamberlain, y Francia, Edouard Daladier, con Adolf
Hitler y Benito Mussolini. Los presidentes de las democracias liberales iban
a ceder en todo a las peticiones de Hitler, presentadas por Mussolini: incorporar
los Sudetes checoslovacos al III Reich y atender las reivindicaciones polacas
y húngaras sobre otros territorios checoslovacos. El Pacto de Munich
se firmó el día 30, y se le comunicó a los checoslovacos,
a los que se les impidió participar en la conferencia. A partir de
aquí el reparto de los demás territorios en poder del Estado
checoslovaco será cuestión de días. ¿Por qué
los gobiernos «democráticos» de Francia e Inglaterra cedían
tanto ante Hitler? Francia porque seguía la estela de Inglaterra,
ya que era incapaz de enfrentarse sola a la Alemania nazi. Inglaterra quería
pactar con Hitler, aún a costa de hacerle muchas concesiones en el
este de Europa, donde no estaba su espacio vital ya que éste radicaba
en las colonias. Además, los gobernantes británicos le tenían
pavor a la revolución mundial, y de aquí su miedo al futuro
papel de la Unión Soviética.
¿Qué dijo Trotsky públicamente sobre el Pacto de Munich?
¿Y qué decían en la intimidad los representantes políticos
del capital británico y francés? Trotsky escribe en un artículo
del 10 de octubre: “Inglaterra y Francia arrojaron a Checoslovaquia en las
fauces de Hitler para darle algo que digerir durante un tiempo y postergar
así el problema de las colonias”. Lo mismo que escribiera el conocido
historiador de la burguesía británica Arnold J. Toynbee ya
en 1936: “No cabe duda de que un sector considerable de la opinión
británica, que incluía a varios partidarios del gobierno en
la Cámara de los Comunes, veía favorable a los intereses del
Imperio Británico abandonar Europa oriental a su suerte, si así
podía archivarse la cuestión de una redistribución de
territorio colonial”. Continúa Trotsky: “el acuerdo entre las cuatro
potencias, si alguna vez se concreta, llevará a nuevas crisis que
no se harán esperar mucho tiempo. El imperialismo se encamina inevitable
e irresistiblemente a una nueva división del mundo, más adecuada
al cambio en la relación de fuerzas [...]. Sólo un idiota irrecuperable
puede creer que los antagonismos imperialistas mundiales están determinados
por la irreconciliabilidad entre democracia y fascismo. De hecho, las camarillas
gobernantes de todos los países consideran la democracia, la dictadura
militar, el fascismo, etcétera, como distintos medios para someter
a sus pueblos a los objetivos del imperialismo”. Trotsky critica la torpeza
táctica de los stalinistas, producto de su pobreza política:
“En 1933 Stalin intentó, antes que nada, hacerse aliado de Hitler.
Pero Hitler rechazó su mano tendida, ya que, para hacerse amigo de
Inglaterra, se presentaba como el hombre que salvaría a Alemania y
Europa del bolchevismo. En consecuencia, Stalin se dio a la tarea de demostrarle
a la Europa capitalista que Hitler no le hacía falta, que el bolchevismo
no entrañaba ningún peligro [...]. Con estas maniobras baratas
Stalin no se ganó la amistad ni la confianza de nadie. Los imperialistas
se acostumbraron a no caracterizar una sociedad por las declaraciones de
sus «dirigentes», ni siquiera por su superestructura política,
sino por sus bases sociales. En tanto en la Unión Soviética
se mantenga la propiedad estatal de los medios de producción protegida
por el monopolio del comercio exterior, los imperialistas, incluso los «democráticos»,
continuarán considerando a Stalin con tanta desconfianza y con tan
poco respeto como la Europa monárquico-feudal consideraba al primer
Bonaparte”. Y concluye con esta afirmación: “el único obstáculo
en el camino de la guerra es el temor a la revolución que sienten
las clases propietarias”. Efectivamente, este miedo está perfectamente
reflejado en el diario de Oliver Harvey, secretario de Anthony Eden, ministro
de Asuntos Exteriores británico: “Una guerra traería consigo
cambios sociales profundos y desconocidos –tanto si vencemos como si somos
derrotados– y ninguna guerra es la solución –véase 1914 [trajo
la Revolución de Octubre]–. Por lo tanto, ganemos tiempo y evitemos
la lucha a cualquier precio excepto si se trata de un interés británico
vital [...]. [Las] clases acomodadas del Partido [Conservador] [...] creen
que los nazis en general son más conservadores que los comunistas
y los socialistas: cualquier guerra, independientemente de su resultado,
destruiría a las clases ociosas acomodadas y por eso desean la paz
a cualquier precio”. Escuchemos ahora lo que le dijo, en mayo de 1938,
el ministro francés de Asuntos Exteriores, George Bonnet, al embajador
nazi en París, conde von Welczeck: “cualquier arreglo”, entre la Alemania
nazi y la Francia democrática, es preferible a la guerra “pues en
ese caso toda Europa perecería y tanto los vencedores como los vencidos
serían víctimas del comunismo mundial [de la revolución]”.
A pesar de los miedos la realidad se impone: la guerra entre los países
capitalistas es inevitable porque sólo a través de la fuerza
pueden llegar a un nuevo reparto del espacio vital, de las materias primas
y de los mercados. En un artículo del 4 de noviembre, Trotsky lo explica
con tanta apriorística lucidez que nos obliga a citarlo por extenso:
“Chamberlain proclamó que el Acuerdo de Munich inauguró ‘la
paz en nuestra época’ [...]. La explicación [de este decir]
está en que los que guían el destino del mundo, especialmente
en Europa temen enfrentarse con el futuro [...]. ¿‘Paz en nuestra
época’? [Imposible. ¿Por qué?]. Recapitulemos el abecé.
La esencia de la crisis del mundo actual está condicionada por dos
circunstancias fundamentales. Primero, el capitalismo clásico del
libre cambio se transformó en capitalismo monopolista y superó
hace tiempo las fronteras del estado nacional [...]. El segundo factor histórico
es la desigualdad del desarrollo económico, político y militar
de los distintos países. Se ha detenido el avance de los primeros
países capitalistas como Inglaterra y Francia. Los de desarrollo capitalista
más reciente, como Alemania, Estados Unidos y Japón avanzaron
un largo trecho. Como consecuencia de esta radical y febril alteración
de la relación de fuerzas cada vez hay que modificar con más
frecuencia el mapa del mundo. El Acuerdo de Munich no cambió nada
estas condiciones básicas [...]. Los fundamentos económicos
actuales de [Inglaterra y Francia] no se corresponden en absoluto con el
tamaño y la riqueza de sus imperios coloniales. Por otra parte, la
economía alemana logró restablecer su dinámica, temporalmente
paralizada por el Tratado de Versalles, y nuevamente comienza a romper sus
fronteras. No nos referimos específicamente a Italia porque la guerra
y la paz no está en sus manos. Hasta que Hitler llegó al poder,
Mussolini se quedó quieto como un ratón. En la lucha por la
supremacía mundial, está destinado a cumplir en lo sucesivo
el rol de satélite. Inglaterra y Francia temen cualquier catástrofe,
ya que no tienen nada que ganar y todo que perder. Por eso el pánico
las lleva a hacer tantas concesiones. Pero las concesiones parciales sólo
les garantizan breves respiros, sin eliminar ni debilitar la fuente fundamental
de los conflictos. Como resultado del Acuerdo de Munich, las bases alemanas
en Europa se ensancharon mientras que las de sus opositores se estrecharon
[...]. Se podría hablar con alguna justificación de ‘la paz
de nuestra época’ si las exigencias de materias primas y mercados
del capitalismo alemán quedaran satisfechas con la incorporación
de los ‘hermanos de sangre’ de Alemania o con su influencia creciente en
el centro y sur de Europa. Pero de hecho, la incorporación de la región
del Saar, Austria y los Sudetes estimula las tendencias agresivas de la economía
alemana. El imperialismo alemán busca en el plano mundial la solución
de sus contradicciones internas. No es casual entonces que el general von
Epp, el futuro ministro de las futuras colonias, siguiendo las instrucciones
de Hitler plantee, inmediatamente después de abierta la ‘era de paz’,
la exigencia de que se le devuelvan a Alemania sus antiguas colonias [...].
Todo esto suena demasiado infantil, sino a burla. Antes de la guerra mundial
las colonias de Alemania eran insignificantes [...]. Por lo tanto, recuperar
sus viejas posesiones ultramarinas no resolverá ninguno de los problemas
del capitalismo alemán. Los viejos trozos de terreno colonial de los
Hohenzollern no le sirven a Hitler más que de puntos de apoyo para
su lucha por las ‘verdaderas’ colonias, es decir, por la redivisión
del mundo. Pero ésta exige la liquidación de los imperios británico
y francés [...]. ¿Y entonces? De ningún modo se puede
decir que Alemania presente sus exigencias a un ritmo lento y paciente. Aun
si Inglaterra y Francia decidieran liquidarse a plazos, la ofensiva alemana
cobraría nuevas fuerzas. Más aún, Estados Unidos no
podría permanecer pasivo ante una ruptura tan evidente del ‘equilibrio
de fuerzas’ en el mundo. Al coloso norteamericano no le hace ninguna gracia
la idea de encontrarse enfrentado a una Alemania dueña de las colonias
y de las principales rutas marítimas. Por eso utilizará todo
su poder para empujar a Alemania y Francia a la resistencia, no a la conciliación.
Y mientras tanto Konoye, el príncipe de Tokio, proclamó la
necesidad de ‘revisar todos los tratados en pro de la justicia’, es decir,
en pro de Japón. Es muy difícil que el Océano Pacífico
sea durante los próximos diez años una fuente de paz. En los
buenos viejos tiempos, solamente Inglaterra pensaba en términos continentales.
Y pensaba lentamente, con una perspectiva de siglos. Actualmente todos los
estados imperialistas aprendieron a pensar en esos términos. Y los
plazos ya no son de siglos, sino de décadas o de años. Este
es el verdadero carácter de nuestra época, que después
de la reunión de Munich sigue siendo la de un desenfrenado y violento
imperialismo [...]. El estado de la economía alemana exige a Hitler
poner en juego lo más pronto posible su fuerza militar. Por otro lado,
el ejército necesita una postergación; es un ejército
nuevo, y no todo en él está coordinado y ajustado a las proporciones
adecuadas. Pero la contradicción entre estas dos exigencias no se
puede medir en décadas sino en uno o dos años, tal vez en meses
[...]. No caben dudas de que pronto la frase de Chamberlain ‘paz en nuestra
época’ adquirirá [una] amarga connotación irónica.
Por nuestra parte, analizamos el futuro con los ojos bien abiertos. Europa,
y con ella toda la humanidad, marcha hacia la guerra”.
Desde marzo de 1939 se venía especulando en la
prensa con la posibilidad de un pacto entre Stalin y Hitler. El día
6 Trotsky escribió un artículo donde explicaba el método
político en el que se tenía que basar un Estado obrero para
pactar con un Estado capitalista: “Un acuerdo con una nación imperialista
–al margen de si es fascista o democrática– es un acuerdo con esclavistas
y explotadores [...]. Es imposible decir categóricamente que los acuerdos
con los imperialistas no se pueden permitir en ningún caso; sería
lo mismo que decir que en ninguna circunstancia un sindicato tiene derecho
a llegar a un arreglo con el patrón [...]. Mientras el estado obrero
permanezca aislado, son inevitables los acuerdos episódicos de uno
u otro tipo con el imperialismo. Pero debemos entender claramente que la
cuestión se reduce a aprovechar los antagonismos entre los dos bandos
de potencias imperialistas, y nada más. No cabe discusión alguna
sobre la posibilidad de disfrazar tales acuerdos con consignas que reclamen
ideales comunes, como por ejemplo la ‘defensa de la democracia’, consignas
que sólo significan el más infame engaño a los trabajadores.
Es esencial que los obreros de los países capitalistas no se vean
atados en la lucha de clases contra su propia burguesía por los acuerdos
empíricos firmados por el estado obrero”.
De esta forma tan pedagógica, Trotsky explica que el problema no es
que un Estado obrero se vea obligado a pactar coyunturalmente con un Estado
capitalista, el problema reside en que el Estado soviético es “un
estado obrero degenerado y putrefacto [...] [por lo que] cualquier acuerdo
de la camarilla del Kremlin con una burguesía extranjera se dirige
inmediatamente contra el proletariado del país con el cual concluye
el acuerdo [...]. El rasgo fundamental de la política internacional
de Stalin en los últimos años ha sido éste: negocia
con el movimiento obrero lo mismo que con petróleo, manganeso y otros
bienes [...]. Stalin considera las secciones de la Comintern de los distintos
países y la lucha de liberación nacional de las naciones oprimidas
como cambio menudo en sus tratos con las potencias imperialistas [...]. El
acuerdo entre Stalin y Hitler no alteraría esencialmente en nada el
rol contrarrevolucionario de la oligarquía del Kremlin. Sólo
serviría para poner al descubierto este rol, hacerlo resaltar más
nítidamente y acelerar el colapso de las ilusiones y las falsificaciones”.
En un artículo posterior, del 11 de marzo, Trotsky insiste en la manera
de proceder de la casta soviética: “La camarilla bonapartista quiere
vivir y gobernar. Cualquier otra cosa es para ella una cuestión de
‘técnica’. En realidad, los métodos políticos de Stalin
no se distinguen de ninguna manera de los de Hitler”. ¿Está
diciendo Trotsky que no hay diferencia entre la Alemania nazi y la Rusia
soviética? No. Trotsky aclara la cuestión con meridiana claridad:
“Está de moda actualmente en los superficiales círculos radicales
meter en la misma bolsa a los regímenes de Alemania y la URSS. Esto
no tiene sentido. En Alemania, a despecho de todas las ‘regulaciones’ estatales,
existe un régimen de propiedad privada de los medios de producción.
En la Unión Soviética la industria está nacionalizada
y la agricultura colectivizada. Conocemos todas las deformaciones sociales
que produjo la burocracia en la tierra de la Revolución de Octubre.
Pero sigue en vigencia la economía planificada sobre la base de la
propiedad estatal y la colectivización de los medios de producción”.
Trotsky da así las claves políticas para poder situarse a favor
del Estado soviético y contra la casta burocrática.
No deja de recordar el viejo revolucionario el cinismo político de
Stalin, que tantas veces denunciara: “Durante los últimos tres años
Stalin llamó agentes de Hitler a todos los compañeros de Lenin.
Exterminó a la flor y nata del Estado Mayor. Fusiló, dio de
baja y deportó a treinta mil oficiales, todos bajo el mismo cargo
de ser agentes de Hitler o de sus aliados. Después de haber desmembrado
el partido y decapitado al ejército, Stalin ahora postula abiertamente
su propia candidatura para el papel de… principal agente de Hitler”.
Efectivamente, el 23 de agosto Molotov y Ribbentrop firmaban en Moscú
el Pacto de No Agresión nazi-soviético, en presencia de Stalin.
Éste, en la recepción que se organizó por la noche para
celebrar el pacto, dijo en un brindis: “Conozco el cariño que la nación
alemana siente por su Führer. Me gustaría, pues, beber a su salud”.
En otro brindis dice: “Por Heinrich Himmler, el hombre que ha traído
orden a Alemania”. Por si esto no fuera suficiente también le dirá
en un aparte a Ribbentrop que “el gobierno soviético se toma este
pacto muy en serio. Puedo dar mi palabra de honor de que la Unión
Soviética no engañará a su colega”, y no era un decir
táctico sino la ratificación de que se disponía a cumplir
lo pactado al dedillo, como lo demostrarán las continuas remesas de
materias primas que facilitarán el quehacer bélico nazi. La
parte pública del tratado era de no agresión, los apartados
secretos señalaban un reparto del espacio situado entre las fronteras
de los dos Estados. Para Hitler era un aplazamiento, para Stalin un acuerdo
en firme.
El 1 de septiembre de 1939 las tropas del III Reich invaden Polonia.
Era el pistoletazo de salida de la Segunda Guerra Mundial. La conquista del
espacio vital para el desarrollo del capitalismo alemán era el objeto
de la agresión bélica nazi. El mantenimiento del statu quo
era el objetivo de la política de la casta burocrática stalinista.
Los líderes nazis acreditaban en su propia fuerza para trastocar las
relaciones intraimperialistas. La casta soviética no podía
confiar en sus obreros y campesinos, a los que sometía, por lo cual
el miedo a la guerra era el producto del pánico stalinista a la revolución.
Trotsky sigue insistiendo en las claves del proceder de la casta burocrática
y de sus implicaciones políticas. Así, ya el 2 de septiembre
afirma: “Lo que determina la política interna del Kremlin es el interés
de la nueva aristocracia en mantenerse, su odio al pueblo, su incapacidad
de conducir una guerra. Cualquier combinación internacional reviste
algún valor para la burocracia soviética en tanto la libera
de la necesidad de recurrir a la fuerza de los campesinos y los obreros armados
[...]. El pacto germano-soviético es una alianza militar en todo el
sentido de la palabra, pues sirve a los objetivos de la guerra agresora imperialista.
En la guerra anterior la derrota de Alemania se produjo fundamentalmente
porque no recibía materias primas de la [Rusia zarista] [...]. Las
ventajas inmediatas que obtiene el Kremlin de la alianza con Hitler son bastantes
concretas. La URSS queda fuera de la guerra. Hitler elimina de su programa
inmediato su campaña por una «Gran Ucrania». Japón
queda aislado. Como consecuencia de la postergación del peligro de
guerra en la frontera oriental, tal vez hasta llegar a un acuerdo con Japón
[efectivamente, el día 5 de septiembre la URSS y el Japón firman
un acuerdo en Moscú que interrumpe el enfrentamiento que sostenían
en la frontera manchú; el 13 de abril de 1941 la URSS y el Japón
firman un pacto de no agresión]. Más aún, es bastante
probable que, a cambio de Polonia, Hitler le deje a Moscú las manos
libres respecto a los estados del Báltico fronterizos con la URSS
[así fue, esto estaba previsto en los apartados secretos del pacto].
Sin embargo, aunque las «ventajas» sean grandes, son, en el mejor
de los casos, pasajeras; la única garantía es la firma de Ribbentrop
en un «pedazo de papel»”. Garantía que caducó el
22 de junio de 1941, cuando la Wehrmacht invadió la Unión Soviética.
En base a los acuerdos secretos del pacto nazi-soviético, el
17 de septiembre la URSS cruza la frontera oriental de Polonia y el 30 de
noviembre invade Finlandia. A pesar de que el Ejército Rojo dispone
de una superioridad militar abrumadora no es capaz de doblegar al ejército
finlandés hasta marzo de 1940. Esta campaña demuestra que el
ejército soviético carece de mandos competentes, no sólo
tardó meses en vencer a un adversario muy inferior sino que además
sus bajas fueron infinitamente superiores a las del ejército finlandés.
La bancarrota operativa del Ejército Rojo salta a la vista, lo que
dará impulso al plan nazi de invadir la Unión Soviética.
El 12 de marzo el gobierno finlandés firma la rectificación
de fronteras a favor de la URSS.
La invasión de Finlandía produce estupor en general e
indignación entre los sectores de la izquierda. En un artículo
fechado el 13 de marzo Trotsky enjuicia el proceder soviético: “[Stalin]
comenzó una guerra vergonzosa, sin perspectivas claras, sin preparación
moral ni material [...]. Durante dos meses y medio el Ejército Rojo
no conoció más que la derrota, el sufrimiento y la humillación.
No se había previsto nada, ni siquiera el clima [...]. El hecho de
no haber obtenido el brillante triunfo prometido sobre un adversario más
débil constituyó en sí mismo una derrota [...]. Stalin
se asustó ante el peligro de una intervención de Inglaterra
y Francia [...], y se retiró. La trágica aventura acabó
en una paz bastarda [...]. Es cierto que Rusia consiguió algunas ventajas
estratégicas, ¡pero a qué precio! Se ha socavado el prestigio
del Ejército Rojo, se perdió la confianza de las masas trabajadoras
y los pueblos oprimidos de todo el mundo. En consecuencia, se debilitó
la situación internacional de la URSS en lugar de fortalecerse”.
Con la agresión a Finlandía la URSS corrió el peligro
de verse atacada por los futuros aliados, Inglaterra y Francia. Los
Estados Mayores de esos países hicieron planes no para contener a
Hitler sino para ayudar a Finlandia y para apoderarse de los pozos petrolíferos
del Cáucaso. El ataque de Hitler en la Europa Occidental, que comenzó
el 10 de mayo de 1940, y que tenía como objetivo la conquista de Francia,
que capituló el 22 de junio, paralizó este potencial proceder.
Ahora el peligro potencial era otro ya que la fulgurante victoria de los
ejércitos de Hitler en el Oeste dejaban a la máquina bélica
nazi en disposición de atacar a la URSS. Al amparo de la marcha triunfante
de la Wehrmacht en el Oeste, la Unión Soviética va ocupando
Letonia, Lituania y Estonia, a las que al poco tiempo convertirá en
repúblicas de la URSS. Pero estos incrementos territoriales no se
podían convertir en triunfos estratégicos militares porque
el Ejército Rojo estaba quebrantado. Además, Stalin no fue
nada precavido, y menos previsor, con el proceder agresivo del ejército
nazi. Ni fortaleció la frontera soviética ni tan siquiera puso
al Ejército Rojo en estado de alarma. Y esto fue así a pesar
de que Stalin tenía noticias fidedignas, por fuentes propias y ajenas,
de que el ejército nazi se disponía a invadir la URSS. Krushchev
relatará, en el XX Congreso del PCUS, el proceder de Stalin en vísperas
y al comienzo de la agresión nazi: “Documentos que se han publicado,
demuestran que el 3 de abril de 1941, Churchill, a través de su embajador
en la URSS, Cripps, advirtió personalmente a Stalin que Hitler estaba
reagrupando sus fuerzas armadas con el objeto de atacar a la Unión
Soviética [...]. Churchill hizo hincapié repetidas veces en
esto, tanto en sus despachos del 18 de abril como en los días siguientes.
Pero Stalin no hizo caso de estas advertencias; más aún, dio
órdenes de que no se atribuyera importancia a esta clase de información
para no provocar la iniciación de operaciones militares. Debemos de
reafirmar que informaciones de este tipo respecto a concentraciones alemanas
destinadas a invadir el territorio soviético llegaban también
a través de nuestros servicios militares y diplomáticos [...].
Un cable de nuestra embajada en Londres, con fecha 18 de junio de 1941, dice:
«Desde ahora Cripps está absolutamente convencido de que es
inevitable un conflicto entre Alemania y la URSS, y que este se iniciará
a más tardar a mediados de junio. Según Cripss, los alemanes,
hasta el presente, tienen concentradas 147 divisiones (incluyendo fuerza
aérea y unidades auxiliares) a lo largo de la frontera soviética».
A pesar de estos avisos extremadamente serios, no se tomaron las medidas
necesarias para preparar debidamente al país para su defensa o para
prevenir que se le tomara por sorpresa [...]. Si se hubiese movilizado nuestra
industria debidamente y a tiempo para que proveyese al Ejército con
el material necesario, nuestras pérdidas de guerra habrían
sido decididamente inferiores. Esa movilización no se comenzó,
sin embargo, cuando se debía. Y ya en los primeros días de
la guerra se hizo obvio que nuestro Ejército estaba mal equipado,
que no teníamos suficiente artillería, tanques o aviones. La
ciencia y la tecnología soviéticas produjeron excelentes modelos
de tanques y piezas de artillería antes de la guerra. Pero no estaba
organizada la producción en masa y lo cierto es que comenzamos a modernizar
nuestro equipo en vísperas de la guerra. Como resultado de todo esto,
en el momento que se produjo la invasión enemiga del territorio soviético,
no teníamos la suficiente cantidad ya sea de maquinaria antigua que
no se utilizaba para la producción de armamentos o de maquinaria nueva
que pensábamos introducir en la producción de armas de guerra
[...]. Esto afectaba no solo la situación referente a la producción
de tanques, artillería y aviones. Al estallar la guerra no teníamos
ni siquiera el suficiente número de fusiles para equipar a los movilizados
[...]. poco después de la invasión de la Unión Soviética
por el ejército de Hitler, Korponos, entonces jefe del Distrito Militar
Especial de Kiev (que posteriormente murió en el frente) escribió
a Stalin diciéndole que los alemanes habían llegado al río
Bug y se estaban preparando para un ataque y que en un futuro muy cercano
probablemente iniciarían una ofensiva. Por eso Korponos sugería
que se organizara una fuerte línea defensiva, que se evacuaran 300.000
personas de la zona fronteriza y que varios puntos fuertes se organizaran
con zanjas antitanques y trincheras para soldados, etc. Moscú respondió
a esta sugestión insinuando que esta medida constituiría una
provocación y que no le era permitido iniciar trabajos defensivos
en la frontera, ya que no se podía dar a los alemanes pretexto alguno
para que iniciaran operaciones militares. Así es, pues, que nuestras
fronteras no se hallaban preparadas para repeler al enemigo. Cuando los ejércitos
fascistas invadieron el territorio soviético y comenzaron las operaciones
militares, Moscú emitió una orden, en virtud de la cual se
prohibía contestar al fuego alemán. ¿Por qué?
Porque Stalin seguía convencido, a pesar de los hechos, de que la
guerra no había aún comenzado, y que esto era sólo una
acción de provocación de parte de diversas secciones indisciplinadas
del ejército alemán, y que nuestra reacción podría
ser causa de que los alemanes comenzaran la guerra”.
Que en la URSS tomasen el poder los stalinistas supuso la eliminación
de los cuadros políticos revolucionarios en el Estado y en el Partido
y el desmembramiento del Ejército Rojo. Trajo el aislamiento político
de la Unión Soviética al producirse la derrota sin lucha
del proletariado alemán y la cruenta derrota de la revolución
española. El (des)gobierno stalinista posibilitó que naciese,
se desarrollase y se afianzase la Alemania nazi, que esta se convirtiese
en el único Estado de la Europa continental capaz de atacar a la Unión
Soviética. Además de todo esto, ni tan siquiera el pacto de
última hora con la Alemania nazi fue aprovechado para asegurar las
fronteras soviéticas ni para fortalecer el Ejército Rojo in
extremis. Por culpa del proceder de los gobernantes stalinistas el pueblo
soviético tuvo que pagar una gigantesca cuota de sangre y barbarie
para derrotar a la bestia nazi.
Madrid, 1 septiembre 2009