Yo he nacido en la clase obrera
Jack London
"Whay life to me"; articulo publicado en marzo de 1906
en el "Cosmopolitan Magazine". Publicado en forma de folleto por el «The
Intercollegiate Socialist Society, Princenton, New Jersey. Fue también
incluido en el volumen Revolution And Other Essays, New York, The
Macmillan Co., marzo, 1910. Publicado por Francis Lacassin en su recopilación
de escritos socialistas de London, «Yours for the Revolution Ed. 10/18,
Paris, 1977. Traducido del francés por Pepe Gutiérrez-Álvarez.
Yo he nacido en la clase obrera, En buena
hora descubrí el entusiasmo, la ambición, los ideales; y el
satisfacerlos llegó a ser el problema de mi vida de niño. Las
condiciones en que me crié eran primitivas, duras y frustrantes. Carecía
de mirada sobre el exterior, solamente era capaz de ver lo que tenía
delante. Mi lugar en la sociedad era en todos los sentidos de baja escala.
En este nivel, la vida no ofrecía nada que no fuera sórdido
y miserable, tanto para la carne como para el espíritu; ya que tanto
la carne como el espíritu se encontraban parejamente hambrientos y
torturados.
Por encima de mí se elevaba el
colosal edificio de la sociedad, ya mis ojos el único medio de escapar,
era ascender. Es por lo tanto en este edificio en el que resolví en
buena hora hacerlo. En los pisos superiores, los hombres llevaban trajes
negros y camisas almidonadas, las mujeres ropas magníficas. Había
también buenas cosas para comer, y con profusión. Esto en lo
que se refiere a la carne. También existían cosas del espíritu.
Aunque era lejos de donde yo estaba, yo sabía que reinaba la generosidad
del espíritu, el pensamiento limpio y noble, una viva intelectualidad.
Sabia todo eso porque leía las novelas de la "Seaside Library" en
las que, con la excepción de los bribones y los aventureros, todos
los hombres y todas las mujeres no tenían más que bellos pensamientos,
hablaban un bello lenguaje, y desarrollaban acciones magnificas. Así
es, yo admitía como una cosa evidente que por encima mío, todo
era bello, noble, amable, que abundaba todo lo que daba respetabilidad y
dignidad a la vida, todo lo que hace que la vida merezca ser vivida, todo
lo que remunera vuestros trabajos y consuela vuestras desdichas.
Pero esta ascensión no es particularmente
fácil para aquel que pertenece a la clase obrera -en especial para
aquel que además tiene como obstáculo sus ideales y sus ilusiones.
Yo vivía en California en un rancho y me puse enérgicamente
a buscar el sitio donde apoyarme para escalar. En buen momento también
me enteré sobre la tasa de interés del dinero y torturaba mi
cerebro de niño en tratar de comprender las virtudes y las excelencias
de esta soberbia invención del hombre, el interés compuesto.
Después, pude informarme del nivel corriente de los salarios para
los trabajadores de todas las edades, y del coste de la vida. Partiendo de
estas informaciones, llegué a la conclusión que si me ponía
a trabajar y a economizar hasta la edad de treinta años, podría
entonces dejar de trabajar y ponerme a participar en buena medida en las
delicias y en las bienaventuranzas que se me ofrecían en un escalón
más alto de la sociedad. Naturalmente, me encontraba firmemente decidido
a no casarme, al tiempo que olvidaba completamente contemplar ese terrible
escollo generador de desastres para la clase laboriosa: la enfermedad.
Pero la vitalidad que poseía me exigía
mucho más que una existencia mezquina de economía sórdida,
de parsimonia. Aunque a la edad de diez años me convertí en
vendedor de diarios en la calle, y me encontré con una nueva manera
de mirar las cosas que se encontraban encima de mí. Estaba siempre
rodeado de un ambiente sórdido y miserable, y por encima de mí
se encontraba siempre el mismo paraíso atendiendo mi escalada; pero
la escala y la posibilidad de acceso no eran iguales para todos. El paso
siguiente era la escala de los negocios. ¿Para qué guardar
el dinero e invertir mis economías en fondos del Estado, cuando, comprando
dos diarios por cinco céntimos, yo podía, en un golpe de mano,
venderlos por diez céntimos y doblar de esta manera mi capital? La
escala de los negocios era la escala que me convenía, y ya me veía
convertido en un príncipe del comercio calvo y con éxito.
¡Tanto peor para estas visiones del porvenir!
A la edad de dieciséis años merecía ya el título
de “príncipe”. Pero me lo habían concedido un “gang” de borrachos
y de ladrones que me llamaban “El Príncipe de los Ladrones de Ostras”.
Fue en este instante cuando subí mi primer escalón en la escala
de los negocios. Era un capitalista. Poseía un barco y un material
completo para ladrones de ostras, y comencé a explotar a mis semejantes.
También poseía un grupo de hombres a mis órdenes. En
mi calidad de capitán y de propietario poseía las dos terceras
partes del botín dando a la tripulación un tercio, aunque esta
tripulación había trabajado exactamente y tan duramente como
yo, y habían arriesgado igualmente su vida y su libertad.
No llegué a trepar más alto de esa
escala única en el mundo de los negocios. Una noche efectué
un "raid” sobre los pescadores chinos. Las cuerdas y las redes costaban bastantes
dólares y céntimos. Se trataba de un robo, lo reconozco, pero
este era precisamente el espíritu del capitalismo. El capitalismo
se ampara en las posesiones de sus semejantes por medio de una rebaja, de
un abuso de confianza, o bien comprando los senadores y los jueces delante
de la Corte Suprema. Solamente que yo no respetaba las formas. Esta era la
única diferencia. Me servía de un revólver.
Pero esa noche, mi tripulación estaba compuesta
por esos hombres ineficaces contra los cuales el capitalismo está
acostumbrado a maldecir porque, en verdad, aumentan las despensas y disminuyen
los dividendos. Mi tripulación tenía los dos defectos. En cuanto
a su ausencia de cuidado, era tal que llegó a meter fuego a la gran
vela que fue completamente destruida. No hubo el menor dividendo en esta
noche, y los pescadores chinos se enriquecieron con los cordeles y las redes
que nosotros no habíamos cogido. Me encontré entonces en una
mala situación ya que era absoluta mente incapaz de pagar los sesenta
y cinco dólares que eran necesarios para comprar una vela nueva. Dejé
mi barco anclado y partí a bordo de un navío pirata de la bahía
para llevar a cabo un «raid» sobre Sacramento. Durante este viaje,
otro “gang” de piratas de la bahía llevó a cabo un ataque sobre
mi barco. Se adueñaron de todo, incluso de las anclas; ya continuación,
cuando recuperé el casco, llevado a la deriva, lo vendí por
veinte dólares. Había resbalado del único escalón
que había logrado alcanzar, y no he tratado desde entonces nunca más
de ensayar ningún ascenso en el mundo de los negocios.
A partir de este 'momento he sido explotado sin
piedad por otros capitalistas. Tenía mis músculos, ellos tiraban
del dinero mientras yo no conseguía para mí más que
medios de existencia muy mediocres. Fui marinero delante del mástil,
descargador, mano de obra. Trabajé en una manufactura de conservas,
en las fábricas, en las lavanderías; también corté
el césped, limpié tapices, lavé vitrinas. Jamás
obtuve por ello el producto integro de mi esfuerzo. Miraba a la hija del
propietario de la manufactura de conservas en su coche, y sabía que
eso se debía en parte a mis músculos que contribuían
en hacer avanzar este coche y sus ruedas de caucho. Miraba la hija del dueño
de la fábrica que iba a la universidad, y sabía que mis músculos
contribuían, en parte, a pagar el vino que él bebía
y las distracciones que tenía.
Pero esto no me inspiraba ningún rencor.
Todo formaba parte de un juego. Ellos formaban la gente fuerte. Muy bien,
yo también era fuerte. Me abriría camino para encontrar una
plaza entre ellos y para conseguir dinero de los músculos de los demás
hombres. El trabajo no me daba miedo. Incluso adoraba el trabajo penoso.
Me sumergiría y trabajaría más duramente que nunca,
y no tardaría en llegar a ser uno de los pilares de la sociedad. En
ese momento preciso, como por un golpe de suerte encontré un encargado
que coincidía con mi estado de ánimo, deseaba trabajar, y llegaba
todavía más lejos del mero de cumplir con mi trabajo.
Creía además que iba a aprender un oficio. En realidad lo que
había hecho era reemplazar a dos hombres. Creía también
que estaba a. punto de convertirme en un electricista; de hecho, yo le hacía
ganar cincuenta dólares por mes. Los dos hombres que había
desplazado recibían cada uno cuarenta dólares por mes; hacía
el trabajo de los dos por treinta dólares mensuales. El encargado
casi me mató a trabajar. A un hombre le pueden gustar las ostras,
pero demasiadas ostras le puede quitar ese gusto particular. Igual ocurrió
conmigo. Tanto trabajo me hastiaba. Llegué a no querer oír
hablar más de trabajo. Dejé entonces el mío. Me convertí
en un vagabundo y mendigaba de puerta en puerta el medio para continuar mi
camino, recorriendo todos los Estados Unidos, sudar sangre y agua en los
tugurios y en las prisiones.
Yo había nacido entre la clase laboriosa
y a la edad 18 años, me encontraba por debajo de mi punto de partida.
Me encontraba en los sótanos de la sociedad, en los profundos subterráneos
de la miseria de los que no resulta ni agradable ni conveniente hablar. Estaba
en la fosa, en el abismo de la fosa de desahogo humano, en los mataderos
y los desagües de nuestra civilización. Todo esto formaba parte
del edificio de la sociedad que la propia sociedad había escogió
ignorar. La falta de plaza me obliga aquí a ignorarlo también
pero diré solamente que lo que he visto me ha causado miedo terrible.
Tenía miedo a pensar. Veía al desnudo
los elemento simples de esta civilización complicada que me había
tocado vivir. La vida era para mi una cuestión de comida y de cobijo.
Con el fin de obtener comida y abrigo, el hombre vende cosas. El mercader
vende zapatos, los politiqueros venden su virilidad, el representante del
pueblo con, naturalmente, las excepciones de rigor, vende la confianza que
logra inspirar; al mismo tiempo, casi todos venden igualmente su honor. De
la misma manera, las mujeres, sea en la calle, sea por los vínculos
sagrados del matrimonio, tienen tendencia a vender su cuerpo. Todas estas
cosas son mercancías, todo el mundo compra y vende. La única
mercancía que el trabajo tiene para vender son sus músculos.
El trabajador sólo tiene músculos a la hora de vender.
No obstante, hay una diferencia, una diferencia
vital. Los zapatos, la confianza, el honor, tienen sus medios para renovarse.
Cuentan con “stocks” imperecederos. Por el contrario, los músculos
no se renuevan. En la medida en que el comerciante vende sus zapatos, renueva
su “stock”. Pero no existen medios para renovar el "stock" de fuerza muscular
del trabajador. Mientras más lo vende, menos le queda. Es su única
mercancía y cada día su “stock” disminuye. Al final, si la
muerte no le llega antes, al trabajador no le queda nada para vender y debe
cerrar su tienda. Si le fallan los músculos no le queda más
que descender a los sótanos de la sociedad para morir miserablemente.
Aprendí a continuación que el cerebro
era también otra mercancía. El cerebro es diferente a los músculos.
Uno que venda su cerebro se encuentra todavía en su primera juventud
cuando no tiene más que cincuenta o sesenta años, y sus salarios
alcanzan entonces las tasas más elevadas. Pero un trabajador se encuentra
agotado o roto a los cuarenta o cincuenta años. He estado en los sótanos
de la sociedad, y no me gusta ese lugar para vivir. Las cañerías
de las aguas y de las letrinas no son saludables, y el aire no es bueno para
respirar. Si yo no puedo vivir en el piso en el que se entra en la sociedad,
puedo en todo caso mirar de hacerlo en el granero. Es verdad, en éste
el régimen de comida es poco abundante, pero al menos el aire es puro.
Aunque yo había decidido no vender mis músculos y llegar a
ser un buen vendedor del cerebro.
Desde entonces comencé una persecución
frenética por el saber. Volví a California para abrir los libros.
De esta manera intenté equiparme para llegar a ser un cerebro a un
buen precio, y era inevitable que me metiera a investigador sociológico.
En este terreno encontré, expresado de una manera científica
y en una cierta categoría de libros, los conceptos ideológicos
simples que ya había descubierto en cierta medida por mi mismo. Ya
antes de mi nacimiento, otros espíritus más desarrollados que
el mío, habían expresado todo lo que yo pensaba y se habían
adelantado a su tiempo. Fue entonces cuando descubrí que era socialista.
Los socialistas eran revolucionarios, en la medida en
que luchaban para transformar la sociedad tal como existe actualmente, y
con otros materiales, construir una nueva sociedad. Yo también era
socialista revolucionario. Me había adherido a los grupos de obreros
revolucionarios e intelectuales, y tomé contacto por primera vez con
la vida intelectual. Encontré inteligencias penetrantes y brillantes
espíritus; ya que había entrado en relación con miembros
de la clase obrera que, aunque tenían las manos callosas, poseían
un cerebro sólido y alerta. Se trataba también de predicadores
que habían colgado sus hábitos y que tenían una concepción
demasiado amplia del cristianismo como para formar parte de ninguna congregación
de adoradores de Mammon; de profesores víctimas del avasallamiento
de la Universidad por parte de la clase dirigente y habían sido expulsados
de ella porque pensaban demasiado en extender sus conocimientos ensayando
su aplicación al servicio de la humanidad.
También encontré entre ellos una fe
calurosa en el idealismo humano y radiante, el dulzor del altruismo, del
renunciamiento y del martirio, en suma: todo lo que hay de espléndido
y estimulante en el espíritu. Entre ellos la vida era limpia, noble
y en movimiento. La vida se rehabilitaba, llegaba a ser maravillosa y gloriosa;
me encontraba muy feliz de estar entre los vivos. Estaba en contacto con
grandes almas que ponían su carne y su espíritu por encima
del dinero, y que sentían el débil grito lastimero del niño
del suburbio que moría de hambre como algo que tenía mucha
más importancia que todos los ambiciosos problemas de la expansión
comercial y de la supremacía mundial. Alrededor de mí, no existían
más cuestiones que la de los nobles objetivos a lograr, que las de
los esfuerzos valerosos, y mis días y mis noches eran fuego y rocío,
soles y estrellas rutilantes, objetos que brillaban radiantes sin cesar ante
mis ojos que contemplaban el Santo Grial, el Grial de Cristo, una humanidad
calurosa que después de tanto tiempo de sufrimientos y malos tratos,
convenía socorrer y salvar.
Y yo, pobre loco, tomaba todo eso como un
simple anticipo de las delicias que encontraría más allá,
por encima de mí, en el porvenir. Había perdido todas las viejas
ilusiones de la época en que leía las novelas de la “Seaside
Library” en un rancho de California. Todavía debería de perder
muchas más ideas de las que todavía conservé.
Como vendedor de ideas conseguí éxito.
La sociedad me abrió entonces sus puertas, todas ellas grandes. Entré
directamente en el piso del salón, y mis desilusiones hicieron un
progreso rápido. Comí con los señores de la alta sociedad,
con las esposas y las hijas de esos señores. Las mujeres estaban magníficamente
vestidas, lo reconozco; pero fui ingenuamente sorprendido al encontrarme
que eran de la misma arcilla que todas las demás mujeres que había
conocido en la baja escala, en los sótanos. «La mujer del coronel
y Judy O'Grady eran hermanas bajo sus pieles y sus vestidos».
No era tanto eso como su materialismo lo que más
me chocaba. Ciertamente, esas magníficas mujeres, ricamente vestidas
cotorreaban sobre pequeños ideales y sobre pequeños problemas
morales; pero al margen de sus habladurías, la nota dominante de su
vida era materialista, ¡en el orden sentimental eran tremendamente
egoístas! Participan en toda suerte de hermosas pequeñas obras
de caridad que luego hacen saber a todo el mundo, al tiempo que lo que comen
y la magnífica ropa que llevan, están pagadas por dividendos
manchados por la sangre vertida por la mano de obra infantil, fruto del trabajo
a destajo, e incluso de la prostitución. Sin embargo, cuando yo anunciaba
estos últimos hechos, creyendo en mi inocencia que estas hermanas
de Judy O' Grady irían con sus cederías y sus joyas ensuciadas
de sangre a conocer la verdad sobre el terreno, por el contrario, se enervaban,
se irritaban, y me leían las tesis sobre la ausencia de espíritu
económico, el alcoholismo y la depravación que se encuentran
en el origen de todas las desdichas de los sótanos de la sociedad.
Y cuando yo respondía que no veía muy bien como la ausencia
de espíritu de comercio, la intemperancia y la depravación
de un niño de seis años y medio muerto de hambre le hacen trabajar
todas las noches durante doce horas en una hilandería de algodón
de los Estados del sur; estas hermanas de Judy O'Grady atacaron entonces
mi vida privada y me han tratado de “agitador” como si esto, de alguna manera,
pusiera fin a todas las discusiones.
Mi trato personal con los señores no
fue mucho mejor. En un principio esperaba encontrarme hombre limpios, vivos,
con ideales propios, nobles... Sin embargo me encontré entre gente
que ocupaban puestos elevados: predicadores, politiqueros, hombres de negocio,
profesores, periodistas. He comido y bebido con ellos. Cierto es que he encontrado
algunos que eran limpios, y nobles, pero, salvo algunos que formaban una
rara excepción, no estaban vivos. Creo que podría contar estas
excepciones con los dedos de mis dos manos. Se trataba simplemente de muertos
sin enterrar. Entre la gente que he encontrado quizás deba de hacer
una mención especial de los profesores, esos hombres que realizan
ese ideal de la Universidad decadente, “la búsqueda sin pasión
de una inteligencia sin pasión”.
También he conocido hombres que invocaban el nombre
del Príncipe de la Paz en sus diatribas contra la guerra, y que ponían
los fusiles en manos de los detectives privados para que se sirvieran de
ellos contra los huelguistas de sus propias fábricas. He conocido
hombres conmovidos de indignación delante de la brutalidad de los
combates de boxeo que participaban en la falsificación de alimentos
que matan cada año más niños que el propio Herodes el
sangriento.
He hablado en los hoteles, en los clubs, en las casas
particulares, en los compartimentos de los trenes, sobre puentes de los paquebotes
con capitanes de la industria y me he podido sorprender del escaso camino
que habían recorrido en el reino del intelecto. Por contra, he descubierto
que su inteligencia, en lo que se refiere a los negocios, era enormemente
desarrollada. Igualmente descubrí que su moralidad, cuando se trataba
de negocios, era nula.
Ese “gentleman” delicado, con el físico aristocrático
era un director que hacía de “hombre de paja”, era un juguete entre
las manos de las empresas que robaban secretamente a las viudas y a los niños.
Ese señor, que coleccionaba bellas ediciones y que era un mecenas
literario, sufría el chantaje de un patrón mofletudo que fruncía
unas tupidas cejas y se dedicaba a la política municipal. Ese hombre
publica un diario insertando publicidad sobre especialidades farmacéuticas,
y no osa imprimir la verdad sobre esos productos por miedo a perder sus clientes.
Me ha tratado de bribón demagogo porque yo le había dicho que
su economía política databa de la antigüedad y su biología
de Plinio.
Ese senador es el juguete, el esclavo, del
jefe de una importante agrupación política sin ninguna educación,
una marioneta en su mano. Ese gobernador y ese juez de la Corte Suprema se
encuentran en el mismo caso. Los tres viajaban en un tren con billetes de
transporte gratuitos. Ese hombre, que habla con sobriedad y seriedad de las
bellezas del idealismo y de la bondad de Dios, apenas acababa de traicionar
a sus camaradas en la reciente conclusión de un negocio. Ese hombre,
pilar de la Iglesia e importante sostén de misiones extranjeras, hacía
trabajar durante diez horas por día a unas señoritas en unos
almacenes por un salario de hambre, y de hecho animaba la prostitución.
Ese hombre que subvencionaba cátedras de la Universidad, perjura delante
de los tribunales por una cuestión de dinero. Y ese magnate de los
ferrocarriles ha traicionado su palabra de “gentleman" y de cristiano acordando
una rebaja a un capitán de industria que se había comprometido
con otro capitán de industria con el que estaba empeñado en
una lucha a muerte.
Es igual por todas partes, crimen y traición,
traición y crimen -entre hombres que están vivos, pero que
no son ni limpios ni nobles, entre hombres que lo son pero que no están
vivos. Empero, existe actualmente una gran masa, la de los desesperados;
que no es noble ni está viva, pero si simplemente limpia. Ella no
peca activamente, ni deliberadamente. Aunque sí lo hace por su pasividad
e ignorancia aceptando la inmoralidad general, aprovechándose a su
manera. Si fuera noble y viva, no sería ignorante, y se negaría
a tomar su parte en los beneficios de la traición y el crimen.
Me di cuenta de que no me gustaba tampoco, vivir
en el piso de la alta sociedad. Intelectualmente yo era un inoportuno. Moral
y espiritualmente, era un inconformista. Prefería a mis intelectuales
y mis idealistas, mis predicadores que habían colgado los hábitos,
mis profesores despedidos, y los trabajadores con el espíritu claro,
poseedores de una conciencia de clase. Me acordaba de mis días de
sol y de mis noches de luminosas estrellas, donde la vida era una maravilla
salvaje y dulce, un paraíso espiritual de aventura altruista y novelesco-moral.
Y he visto delante de mí, siempre brillante y esplendoroso, el Santo
Grial.
Sí, volví a la clase obrera, en la
que nací y a la que pertenezco. Ya no me preocupé más
por ascender. El importante edificio de la sociedad que se levanta por encima
de mi cabeza no oculta para mí nada deleitoso. Es la fundación
de este edificio lo que de verdad me interesa. Aquí me contento con
trabajar con la palanca en las manos, codo con codo con los intelectuales,
los idealistas, los trabajadores con conciencia de clase, y con ellos organizar
una acción sólida para sacudir todo el edificio. Luego, un
día, cuando hayamos podido trabajar, con muchas manos y muchas palancas,
lo transformaremos, al mismo tiempo que cambiaremos a todos esos vivos podridos
ya todos esos muertos sin sepultura. Entonces, limpiaremos el sótano
y construiremos en su lugar una nueva habitación para la humanidad,
en la cual no habrá ningún piso de salón: todas las
piezas serán claras y ventiladas, y el aire que respiraremos será
limpio, noble y humano.
Estas son mis perspectivas. Aspiro al nacimiento
de una nueva época donde el hombre realizará el mayor progreso,
un progreso más elevado que el de su vientre, y en el que el aura
para animarlos para nuevas acciones será mucho más estimulante
que la actual derivada de su estómago. Guardo intacta mi confianza
en la nobleza y excelencia de la especie humana. Creo que la delicadeza espiritual
y el altruismo triunfaran sobre la glotonería grosera que reina hoy
en día. En último lugar quiero hacer constar mi confianza hacia
la clase obrera. Como ha dicho un francés: "En la escalera del tiempo
resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben, y de los zapatos barnizados
que descienden”.