Salvador López Arnal
Esta reseña se publicó
en El Viejo Topo, junio 2006.
Carme Molinero, una de las más importantes historiadoras
del período franquista y de la cultura del antifranquismo, emprende
con este breve pero sustantivo ensayo una aproximación a la otra cara,
la supuestamente más amable del régimen franquista. El estudio,
como señala su autora en la conclusión, tiene como objetivo
contribuir a una mejor caracterización del régimen franquista:
“la represión y el control social fueron siempre la médula
de la dictadura pero el franquismo no fue nunca una dictadura militar tradicionalista”
(p. 20) Que el franquismo asesinó masivamente, que torturó
sin piedad, que negó libertades esenciales de toda laya, que constituyó
el marco político en el que las clases privilegiadas de siempre (centrales
o periféricas, con o sin contradicciones entre ellas) camparon a sus
anchas, que protegió y fue protegido por una jerarquía católico-escolástica
que paseó al dictador bajo palio, que dejó de practicar la
compasión y que nunca ha pedido disculpas por su ayuda y justificación,
es de sobras conocido y apenas discutido sino por historiadores revisionistas
que quieren situar, para justificar, el origen de todos los males en la revolución
obrera de Asturias del 34, criminalmente reprimida por el Ejército
español, con la República vigente, desde luego, en manos de
la derecha, pero el franquismo, al igual que otros regímenes fascistas,
se desarrolló también con una retórica populista, con
frecuencia antiburguesa, que pretendió y consiguió penetrar
parcialmente en sectores de las mismas poblaciones a las que persiguió
y explotó sin miramientos. Como régimen político, como
todo marco político clasista, el franquismo adquirió hegemonía
gracias a los inolvidables servicios de individuos como los hermanos
Creix, el señor Arias Navarro, el ex-embajador o ministro de Turismo
Fraga o el almirante Carrero Blanco (considerado hoy “víctima del
terrorismo”), sino también mediante un discurso marcadamente populista
y supuestas realizaciones sociales. En opinión de Molinero, los historiadores
aún no han dedicado suficiente atención al discurso social
del régimen, “en especial a la importancia del discurso en torno a
la “Justicia social” en la imagen pública que el régimen quería
proyectar de sí mismo” (p. 12) y que le permitía diferenciarse
de otros regímenes conservadores. Todo ello, historiográficamente,
puede permitir una caracterización más exacta del régimen
a la que vez que permite avanzar en la comparación de la dictadura
franquista con otros regímenes dictatoriales como el portugués,
el alemán, el italiano o la Grecia de los coroneles.
El libro de Molinero está estructurado en tres
capítulos. El primero, que sitúa el marco político general,
trata del discurso de la política social, relacionado con el reforzamiento
de la idea de comunidad nacional. Señala aquí la autora que
si bien en la propaganda del régimen se negaba la existencia factual
de la clase obrera, mero invento de la propaganda comunista-masónica,
el régimen se comportó teniendo en cuenta siempre que los trabajadores
respondían a experiencias e intereses específicos. El franquismo
conjugó una determinada acepción de justicia social con un
concepto nítido de disciplina social. Ejemplo paradigmático
de esta combinación, según la autora: la visita de Franco a
la Barcelona de 1942.
El segundo capítulo del ensayo está dedicado
a los principales gestores de esta política social, a los instrumentos
que la canalizaron durante el franquismo: el Ministerio del Trabajo (y en
su cabeza, el inefable Girón de Velasco y su intento de “relación
directa” con las masas españolas); la Organización Sindical
española, el denominado sindicato vertical, superador de la lucha
de clases y de los sindicatos clasistas; la Obra Sindical del Hogar y la
Sección femenina de la Falange que “también fue un instrumento
útil para que el estado llegara a puntos recónditos del territorio
peninsular y para penetrar en el ámbito más íntimo de
algunos individuos, como es el hogar” (p. 15).
El tercer y último capítulo está
dedicado a analizar el impacto que tuvo esa política en la población
a la que iba dirigida. En opinión de la autora, el franquismo fue
capaz de desarticular la sociedad civil a través de la política
de exterminio realizada durante la guerra y la inmediata postguerra, pero
no pudo “penetrar significativamente en el tejido social”. En este capítulo
la autora señala los factores fundamentales que explican los límites
del consenso obtenidos por el régimen franquista en la primera mitad
de su existencia.
En la conclusión de su estudio, Molinero señala
que el franquismo no fue nunca un régimen dictatorial tradicionalista:
después del golpe militar, aniquilado el inesperado, por casi impensable,
movimiento de resistencia obrera y popular, los golpistas tuvieron que buscar
una visión moderna del Estado: supuestamente ellos nunca quisieron
mirar hacia atrás, su objetivo, decían, no era volver a la
España anterior al 14 de abril. No es necesario señalar que
su inspiración, en sus primeros años de existencia, estuvo
centrada en los regímenes fascistas italiano y alemán.
Algunos de los puntos básicos de la ideología
del franquismo que señala y destaca la autora: 1. Ni liberalismo ni
marxismo, aunque sin duda los liberales y marxistas-comunistas no fueron
tratados de igual manera por las instituciones de control del régimen.
2. Su acción política estuvo presidida por las ideas de unidad
no solo patriótica sino comunitaria, de superación de la lucha
de clases, la disciplina y la jerarquía sociales. 3. La política
social fue un elemento central del discurso político: desde diversas
instancias el régimen se revistió de un manto de Estado asistencial.
No hay duda que para jornaleros, para campesinos que huían de la miseria
y del caciquismo más atroz, las infames condiciones de vida de los
suburbios de las grandes ciudades españolas pudieron representar una
mejora social, cultural, y una mayor esperanza para sus hijos e hijas. No
era posible entonces la comparación con las conquistas sociales de
los trabajadores europeos de la época: Europa tenía una frontera
natural, e incluso informativa, en los Pirineos. Ello también puede
explicar la idealización que para muchos trabajadores representó
la Unión Soviética. El padre del que suscribe, ex-jornalero
y trabajador de la construcción sin cualificar, escuchaba las informaciones
radiofónicas despotricando siempre contra Franco y dando vivas a la
Unión Soviética de Lenin y Stalin de la que había oído
hablar durante una guerra en la que su hermano había fallecido en
la batalla del Ebro y de la que se decía, él lo decía
con orgullo, que era la patria de los trabajadores.
¿Constituyó, pues, el régimen un
polo de atracción para capas desfavorecidas de la población?
En opinión de Molinero, el rechazo existente entre una parte de la
población no desapareció y el régimen sólo consiguió
la colaboración distante de otra parte (p. 213). Las durísimas
condiciones de vida a las que tuvo que enfrentarse durante varios decenios
sectores mayoritarios de la ciudadanía dificultaron sin duda una mayor
aceptación del franquismo. Es discutible, sin embargo, que como señala
la autora, “los cambios que tuvieron lugar a partir de la década de
los 60 se produjeron a pesar del régimen franquista, pues la liberalización
económica no fue una opción libre del régimen, sino
una medida imprescindible de supervivencia política”. Es posible que
la victoria de los tecnócratas opusdeístas sobre los falangistas
en la década de los cincuenta no fuera sino una forma inteligente
de seguir el mismo camino con varias más modernizadas. De hecho, eso
es lo que ocurrió durante casi dos décadas. Creer, como algunos
han sostenido (no digo que la autora lo sostenga), que su apuesta por la
“modernización económica” era una forma de horadar lentamente
el Régimen desde dentro es una de las fabulaciones más increíbles
que están acuñándose como verdades históricas.
En opinión de Molinero, fue el discurso y las organizaciones
falangistas los que convirtieron al régimen en algo peculiar dentro
de los sistemas políticos europeos posteriores a 1945, aunque acabada
la guerra mundial el franquismo logró sobrevivir durante 30 años
olvidándose de la mayoría de las quimeras que había
sostenido durante su primera década de existencia.