Autobiografía de un historiador que nunca
se ha puesto unos vaqueros
Salvador López Arnal
Esta reseña se publicó
originalmente en El Viejo Topo. Publicación digital autorizada
por el autor.
Hay tres razones básicas iniciales para recomendar
la lectura atenta de estos Años interesantes (AI) de Eric Hobsbawm
(EJH) -tal vez, como ha señalado Orlando Figes, el historiador vivo
más conocido del mundo-: la primera razón, apuntada por Perry
Anderson, aparece en la contraportada de la edición castellana: las
cualidades de este ensayo son tales que “es casi imposible leerlo sin relacionarlo
enseguida con su obra de historiador. Nos encontramos con una especie de quinto
volumen [los cuatro son sus “Eras”], escrito en un registro más personal,
de un proyecto continuo que podría llamarse simplemente “la Era de
EJH”.” Quien haya leído cualquiera de los cuatro volúmenes a
los que se refiere Anderson (o todos ellos), comprenderá que no hay
mejor recomendación concebible que la apuntada por el autor de Las
antinomias de Gramsci. Estamos ante una nueva vuelta por el siglo XX de la
mano del autor de la Historia del siglo XX. La segunda razón es visual:
el curioso semblante de EJH en la fotografía de la portada, y su no
menos singular gesto, pide a gritos susurrados sumergirse en la lectura de
la autobiografía de un historiador -que sigue sosteniendo que el comunismo
continúa vigente como motivación y como utopía-, cuya
vida se inició en Alejandría en 1917, transcurrió en
Viena y Berlín durante años decisivos para la historia europea,
para desembocar algo más tarde en Londres y Cambridge. Finalmente,
en tercer lugar, porque AI pertenece a la excelente aunque escasamente amueblada
categoría de libros que exigen una relectura inmediata después
de haber sido leído por primera vez y una localización no muy
alejada de la mesa de estudio, sea cual sea el estudio en el cual uno (o una)
se encuentra o encontrará inmerso.
Estas tres razones esenciales, sucintamente explicitadas,
pueden ser fundamentadas con algo más de espacio mediante el siguiente
decálogo:
1. Años interesantes es presentado por Hobsbawm
como una autobiografía y es, efectivamente, una autobiografía.
No hay aquí ninguna vacía tautología.
La cantidad de publicaciones (o afines) presentadas como biografías
o autobiografías pero que, en el mejor de los supuestos, son de hecho
narración descuidada, ficción urgente, especulación interesada,
justificación política, re o deconstrucción histórica,
desvarío ególatra, negocio, apuesta o cálculo textil-industrial,
etc. -largo etcétera-, se aproxima, según los últimos
y documentados estudios conocidos, al tercer elemento de la serie aléfica
de los infinitos. AI no está ni puede estar incluido, bajo ningún
punto de vista y sea cual sea la perspectiva de análisis, es ese denso,
poco veraz y escandaloso dominio.
2. La modestia no postiza que acompaña al autor.
No es frecuente encontrar negro sobre blanco, ya en los
compases iniciales de la narración (p.9), y más tratándose
de un ensayo de uno de los grandes científicos sociales de los siglos
XX y XXI, una reflexión tan prudente como la reflejada en el siguiente
apunte:
“(...) si por lo que fuese mi nombre desapareciese completamente
de la vista, como ocurrió con la lápida de
mis padres en el Cementerio Central de Viena que hace cinco años anduve
buscando en vano, no se produciría ninguna laguna en el relato de
lo sucedido en la historia del siglo XX, ni en Gran Bretaña ni en
ninguna otra parte”.
E, igualmente, refiriéndose a su trabajo y éxito
como historiador en los años sesenta:
“(...) Ese fue el motivo del triunfo a mediados de los
años sesenta de la maravillosa obra La formación de la clase
obrera en Inglaterra, de E.P.Thomson, que elevó a su autor, con todo
merecimiento, pero para sorpresa general, a la fama internacional prácticamente
de la noche a la mañana. Durante algún tiempo los profesores
de más edad se quejaron de que los estudiantes no leían prácticamente
ningún otro libro. Yo no tenía ni el genio de Edward ni su carisma
ni sus ventas, pero también escribía sobre los temas, y con
los mismo sentimientos, que atraían a los lectores
universitarios radicales” (p. 282).
O, finalmente y transitando por el mismo sendero, al
hacer referencia a su marxismo juvenil, EJH no nos oculta que:
“Mi marxismo era, y en cierta medida sigue siendo, el
adquirido a partir de los únicos textos entonces
disponibles fuera de las bibliotecas universitarias, las obras y las antologías
de los “clásicos” distribuidas sistemáticamente, publicadas
(y traducidas en ediciones locales fuertemente subvencionadas) bajo los auspicios
del Instituto Marx-Engels de Moscú” (p. 97). [cursiva mía]
3. Joyas dispersas en las páginas de AI.
Botón de muestra. En los momentos finales de uno
de los capítulos más hermosos de AI (“Un niño en Viena”,
pp.19-33), EJH da cuenta de un réplica de su madre ante un comentario
suyo sobre el comportamiento de un familiar: “Nunca hagas nada, ni por asomo,
que dé la impresión de que te avergüenzas de ser judío.”
Hobsbawm señala que, desde entonces, ha intentado llevar siempre este
principio a la práctica, “aunque a veces suponga verdaderamente un
esfuerzo muy arduo, a la luz de la actuación del gobierno de Israel”
(p.33). La condición asumida de “judío no judío”, no
de “judío renegado”, no impide al autor de La era de la revolución
señalar, con coraje cívico modélico y razonable, que:
a) No ve que existan razones ni que tenga la obligación
moral de observar las prácticas de una religión ancestral.
b) Mucho menos, desde luego, la de servir ciegamente
a una pequeña nación-Estado militarista y políticamente
agresiva.
c) Ni incluso asumir la postura del judío que,
con la fuerza de la Shoah, señala Hobsbawm, “afirma ante la conciencia
mundial unos derechos exclusivos como víctima de una persecución.
El bien y el mal, la justicia y la injusticia, no puede abanderarlos ni un
sola raza ni una única nación” (p.33).
4. Las reflexiones históricas documentadas como
marco del relato.
Los ejemplos son constantes, dado que EHJ no ha pretendido
escribir un relato autobiográfico donde el ámbito personal degenere
en cotilleo, en detalle insustancial o en chafardería televisiva, pero
si tuviese que escoger algunos de ellos no tendría apenas dudas: los
capítulos cuarto (“Berlín: la muerte de la república
de Weimar”) y quinto (“Berlín: marrón y roja”) no sólo
son buenos sino que son excelentes. Así, las páginas dedicadas
a su temprano compromiso político o a la tesis (¿tesis?) del
socialfascismo son de lectura obligada. Los momentos, las circunstancias vividas
eran, además, tiempos difíciles, muy difíciles:
“(...) El reparto de propaganda electoral a favor del
KPD no era cosa de broma, especialmente durante los días posteriores
al incendio del Reichstag. Tampoco lo era votar comunista, aunque el 5 de
marzo esa siguió siendo la opción de más de un trece
por ciento del electorado. Teníamos derecho a tener miedo, pues no
sólo arriesgábamos nuestra piel sino también la de
nuestros padres” (p. 79).
5. All that jazz!
EJH fue crítico musical con seudónimo en
el New Statesman and Nation y autor de un documentado libro sobre jazz (The
Jazz Scene). En AI nos regala comentarios de interés, dispersos aquí
y allá, en absoluto obviables, de una música “con una fuerte
capacidad de emocionar” y que, como ha señalado él mismo, en
repetidas ocasiones, le abrió en su faceta de historiador un campo
de análisis histórico de sumo interés para su aproximación
y entendimiento de los fenómenos culturales populares. Aunque de hecho,
señala Hobsbawm, el jazz no es una música popular, una curiosa
melodía de Cole Porter sobre amor y revolución (p.118) acompañó
sus combativas actividades políticas universitarias en la década
de los treinta.
La misma elección del seudónimo para sus
críticas musicales no fue casual:
“(...) escribí bajo el seudónimo de Francis
Newton, en homenaje a Frankie Newton, uno de los pocos músicos de jazz
del que se sabe que era comunista, un trompetista excelente, aunque no una
superestrella, que tocó con Billie Holliday en la maravillosa sesión
de Commodore Records de la que saldría ‘Strange Fruit’ ” (p. 212).
6. Cambridge.
Los capítulos 7 y 8 están dedicados a narrar
su experiencia en la Universidad de Cambridge. Nada de ellos merece ser pasado
por alto. Sus referencias a John Cornford, James Klugmann, J.D.Bernal -a pesar
de ser “totalmente negado para la música” (p.173)- o Margot Heinemann
son exquisitas. De esta última -“una de las personas más increíbles
que jamás he conocido”-, EJH comenta:
“(...) A través de una vida ejemplar, con sus
consejos y su sentido de la camaradería, tuvo probablemente más
influencia en mí que cualquier otra persona que haya conocido”
(p. 120).
7. Las razones de una militancia.
EJH se hizo comunista en 1932, si bien no ingresó
en el partido hasta su llegada a Cambridge en 1936. Permaneció en él
durante medio siglo. En las páginas 125-145 da cuenta de esta experiencia
política decisiva en su vida, si bien admite que “la cuestión
de por qué tantos años de militancia es a todas luces procedente
en una autobiografía, pero no es de interés histórico
general” (p.125). Para mostrar la importancia decisiva del movimiento en
la historia del siglo XX, EJH sostiene que “no ha habido un triunfo de una
ideología comparable desde las conquistas (más lentas y menos
globales) del islam en los siglos VII y VII de nuestra era” (p.125). Su admiración
por el comunismo italiano, en sus varias tendencias (Togliatti, Amendola)
es patente en sus reflexiones. Tampoco son marginales sus comentarios al
“maravilloso poema de Brecht, An die Nachgeborenen [A los hombres futuros]”.
Igualmente es de cita obligada este pasaje sobre un mitin
de la Pasionaria en el París de 1936:
“(...) Aun así, los discursos no son una parte
significativa de mis recuerdos como comunista, con la excepción de
uno que tuvo lugar en Paris durante los primeros meses de la guerra civil
española pronunciado por Dolores Ibárruri, La Pasionaria, un
discurso extenso, ella vestida de negro, como una viuda, en medio del silencio
cargado de tensa emoción de la abarrotada pista cubierta del Velódromo
de Invierno. Aunque apenas nadie del público comprendiera el español
sabíamos perfectamente que nos decía...” (p. 130)
Los retratos de Georgi Dimitrov (“si no abandoné
el partido en 1956 fue, entre otras cosas, porque el movimiento producía
este tipo de hombres y mujeres” (p.136)) y de Ephraim Feuerlicht, Franz Marek
-“probablemente no haya otro hombre por el que sienta tanta admiración”,
p.137- están entre lo mejor de este capítulo.
8. Retratos de contemporáneos.
También aquí son numerosos los ejemplos
que deberían apuntarse. Si tuviera que escoger entre ellos, no vacilaría:
las páginas dedicadas a E.P.Thomson (pp.201 ss), la breve referencia
a B. Russell (p.219) o su reflexión sobre el ex-líder del partido
laborista Tony Benn (pp.250-251) estarían en mi antología de
clásicos coetáneos vistos por EJH.
9. Su aproximación al nuevo laborismo.
EJH que en absoluto mantiene ni ha mantenido posiciones
políticas digamos radicales en sus últimos años, apunta
con esmero crítico a las tortuosas políticas del partido laborista
británico del último período. Es de lectura obligada
en este campo el cap.16 (“Un observador político”) y especialmente
las págs.256-257 donde Hobsbawm argumenta, con neta moderación,
sobre el sentido de sus observaciones críticas: el llamado nuevo laborismo
merece ser discutido no por la aceptación realista del marco en el
que se interviene políticamente, “sino por aceptar demasiados presupuestos
ideológicos de la teología económica del mercado libre
dominante” (p.256), entre ellos, y fundamentalmente, la creencia según
la cual la gestión eficaz de los asuntos sociales sólo puede
conseguirse a través de la conducta y comportamiento empresarial.
10. La ecuanimidad de juicio.
Basta para ello seguir con atención las varias
aproximaciones de EJH a la fenecida República Democrática Alemana
(p.52 y ss), o la equilibrada aproximación a Mijail Gorbachov
(pp.258-259) o los capítulo dedicados a Francia (“La Marsellesa”, cap.19)
o España e Italia (“De Franco a Berlusconi”, cap.20).
En síntesis: el lector está ante la autobiografía,
excelentemente escrita, de unos de los grandes historiadores vivos, con vida
apasionante y comprometida, sin tendencia alguna al detalle personal inesencial
y que señala la paradoja de que después de medio siglo de guerra
fría anticomunista los únicos movimientos que han causado muerte
entre ciudadanos en el territorio del Imperio son sus propios fanáticos
de la derecha extrema y los fundamentalistas sunnitas que otrora financió
deliberadamente el “mundo libre” contra los soviéticos” (p.259). Por
eso, concluye Hobsbawm, la humanidad tal vez tenga que lamentar que, ante
la alternativa socialismo o barbarie proclamada por Rosa Luxemburg,
la decisión tomada por los élites dirigentes parece apoyar la
segunda opción planteada por la revolucionaria alemana. Por eso, finaliza
Hobsbawm s relato, señalando:
“Pero no abandonemos las armas ni siquiera en los momentos
más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada
y combatida. El mundo no mejorará por sí solo” (p.379).