Jean-Paul Sartre (1905-1980), in memoriam.
Una antología de textos de Manuel Sacristán
Salvador López Arnal
Hace poco más de un cuarto de siglo, el 5 de abril
de 1980, fallecía Jean-Paul Sartre, uno de los filósofos e intelectuales
que más huella han dejado en el pasado siglo. Manuel Sacristán
Luzón (1925-1985) le dedicó una necrológica -”En la
muerte de Jean-Paul Sartre, con un recuerdo para Heidegger”- que publicó
en mientras tanto, nº 3, marzo-abril 1980, pp. 3-4. En ese mismo
año participó en varias mesas redondas dedicadas a recordar
la figura y la obra del pensador francés. Pero, sin duda, su interés
venía de antiguo. Basta releer su trabajo de 1958 sobre filosofía
contemporánea escrito para un suplemento de la Enciclopedia Espasa.
En este escrito, en el apartado “Existencialismo y corrientes afines”, después
de acercarse a la obra de Karl Jaspers, Sacristán se aproxima a Sartre
en una cuidada sección que subdivide en tres apartados: “1. El existencialismo.
2. Ontología fenomenológica existencial. 3. Hacia una ética
existencialista”. Pero ya antes, en trabajos de 1954 –la entrada “Personalismo”
(1), por ejemplo- escritos para una enciclopedia temática que no llegó
a editarse, podemos encontrar referencias a la obra de Sartre y al existencialismo
en general. No es impensable que la obra y acción del autor de El
Ser y la Nada influenciaran en alguna medida significativa en la evolución
política del Sacristán joven.
Recuérdese, además, que de las doce reseñas
que Sacristán publicó en Laye, cinco están dedicadas
a obras de Simone Weil, dos giran en torno a Ser y tiempo de Heidegger,
otra es un cuidado comentario de un ensayo de Jean Wahl, Introducción
a la Filosofía, y otra más, publicada en 1952, se centraba
en un ensayo de Karl Jaspers titulado Introducción a la filosofía.
La presencia, pues, de trabajos de orientación personalista, existencialista
o afín es mayoritaria en estos trabajos.
Está, pues, justificada una relación no
forzada entre el autor de la Crítica de la razón dialéctica
y el autor de Las ideas gnoseológicas de Heidegger. Se quiere
aquí presentar una antología de textos de Sacristán sobre
la obra de Jean-Paul Sartre que incluye la trascripción de conferencias
aún no publicadas, textos inéditos y algún escrito no
incluido en los volúmenes de Panfletos y materiales. Todo ello, obviamente,
como homenaje y recuerdo del autor de La naúsea, y como reconocimiento
de la inmensa labor y del magisterio de Manuel Sacristán, de
cuyo fallecimiento se cumplieron 20 años en agosto de 2005.
Las referencias están expuestas al final de la
antología. Los encabezamientos de los textos escogidos no son de Sacristán.
Las llamadas con paréntesis remiten a notas por mí elaboradas;
las he situado todas al final de la selección.
I. Existencialismo(s).
1. Significación cultural (1958, 94-95)
“En la vida cultural de la posguerra europea el existencialismo es una aparición
bastante homogénea como motivación espiritual y como estado
de ánimo. Pero eso no debe hacer olvidar que los filósofos llamados
existencialistas cuando llegan a formular su pensamiento con cierta sistematicidad,
presentan divergencias ideológicas de importancia. El nombre mismo
de “existencialismo” sugiere una noción equívoca de lo que
esas filosofías tienen de común. El término “existencia”
puede ser, en efecto, entendido en sentido tradicional como el acto de ser,
distinto de la esencia del ente que existe. “Existencialismo” querría
entonces decir “filosofía que afirma la prioridad de la existencia
sobre la esencia, del ser actualmente sobre el ser tal o cual cosa”. Pero
en este sentido quizá sólo Sartre aceptara ser llamado existencialista,
y aun restringiendo seguramente aquel principio a la esencia y la existencia
humana. Heidegger, por ejemplo, rechazaba esa interpretación de su
pensamiento en términos ajenos.
Por otra parte, en el período de posguerra aquí
estudiado [SLA: desde 1945 hasta 1958], algunos pensadores considerados existencialistas
han rechazado esa calificación para su filosofía (Gabriel Marcel,
Martin Heidegger) y otros han deseado que se añadiera que, a la hora
de buscar en todos esos filósofos existencialistas un rasgo común
que pueda formularse claramente, como se formulaban las tesis de la filosofía
clásica, apenas podrá hallarse más que éste: en
el origen de toda filosofía existencialista está el análisis
del sujeto humano, y no el de la realidad física, por ejemplo, ni el
de los principios de conocimiento.
A ese elemento común bien definido pueden añadirse
luego otros de más imprecisa comprobación. El padre Copleston
(2) ha recogido, por ejemplo, el hecho de que todo pensamiento existencialista
desemboca, con mayor o menor claridad, en un propuesta de “conversión”
del hombre a determinada “autenticidad”. Casi todos los pensadores de estas
corrientes tienen además dificultades para incorporar a su filosofía
la ciencia y dar razón de ella, etc. Pero ya en estos motivos son grandes
las variaciones personales de los distintos filósofos.
2. Sentido técnico, significación social (1968,
788)
En un sentido técnico filosófico, la acepción
que más plausiblemente podría darse al término existencialismo
sería: afirmación de la preeminencia y prioridad de la existencia
sobre la esencia. Es muy fácil comprobar que ese sentido técnico
no responde a la significación social de la corriente de cultura filosófica
que hoy se suele llamar existencialismo. En efecto, en el sentido técnico
indicado habría que llamar existencialistas, por ejemplo, a los filósofos
que han considerado la existencia como el factor real de la inteligibilidad
de las cosas: así quedarían clasificados como existencialistas
la filosofía de Suárez, y las de todos los filósofos
empiristas, que se niegan a reconocer que el peso del ser está en esencias
universales. Es obvio que ése no es el sentido cultural de existencialismo.
Pese a la resuelta resistencia de algunos de los afectados por esa clasificación,
el término se aplica en la práctica a filosofías contemporáneas
-con alguna excepción, señaladamente la de Kierkegaard-, como
las de Gabriel Marcel, Karl Jaspers, Martin Heidegger y J-P. Sartre. En los
últimos años son sobre todo influyentes las tres últimas,
y sus obras recientes manifiestan cambios de mayor o menor importancia respecto
de sus primitivos planteamientos.
3. Existencialismo y personalismo político (1954, 51-52)
[...] Bajo la crítica de los existencialistas, los marxistas se han
esforzado por hacer olvidar en sus discusiones filosóficas que la gran
crítica formulada por Marx contra el individualismo liberal lo ha
sido sólo en nombre del individuo sociológico, no de la persona.
Sin duda es el individuo sociológico algo menos vago que el Individuo
en general. Pero no es todavía la persona íntegra, cuyo concepto
se abre hoy camino, poco a poco en el pensamiento europeo.
Ello ocurre precisamente en el existencialismo, pues
escasamente puede considerarse como precedente de esta concepción
integral de la persona al llamado “idealismo personalista” estadounidense
(Bowne, etc)
Para lo que interesa al tema, el existencialismo aparece
como una identificación consciente de ontología y moral en la
personalidad del hombre. Ontología + Moral = Antropología. Ésa
es la ecuación básica que puede fundamentar una teoría
política existencialista. Dicho más por lo largo, tal ecuación
significa que el hombre se constituye al elegir, que en él se identifican
hacer y ser, que él resuelve con su vida la bimilenaria antinomia
del ser y el movimiento. De modo que la diferencia última que individualiza
auténticamente a mi persona, aunque conseguida en la acción,
no queda siempre oscilante en el ámbito de la acción, sino
que pasa a constituirme. La persona es un proceso cuyo límite -alcanzable
o no- se dibuja como algo totalmente único, heterogéneo con
todo.
Un personalismo político es pues asequible por
vía existencialista. Su único principio sería facilitar
por el regimiento de la sociedad el camino de los individuos hacia el logro
de su autenticidad. En la práctica y bajo la influencia del marxismo
y de otras escuelas (hay una larga gradación, de Sartre a Mounier,
en la clase y origen de estas influencias) los escritores existencialistas
han dado teorías políticas no siempre concordes con aquel principio
(Véanse, por ejemplo, los artículos de J-P. Sartre sobre la
Revolución en los primeros números de Les Temps Modernes).
II. Ateísmo y anticientificismo en Sartre (1958, 102-103).
[...] Sartre busca en la concreta historia de la
cultura europea las raíces del existencialismo, de esa reducción
del pensamiento y sus tareas a la subjetividad no intelectual. Ve esas raíces
en la crisis del mundo objetivo de la religión y, más tarde,
del mundo objetivo de la ciencia moderna -como todos los existencialistas,
Sartre acepta sin discusión la interpretación más extrema
y menos matizada de la “crisis de la ciencia” a finales del siglo XIX y principios
del XX-: “Harán falta dos siglos de crisis -crisis de la fe, crisis
de la ciencia- para que el hombre recupere aquella libertad creadora que Descartes
puso en Dios y para que se sospeche por fin esta verdad, base esencial del
humanismo: el hombre es el ser cuya aparición hace que exista el mundo”.
“Mundo” es para Sartre, como para Heidegger, el haz de significaciones proyectado
por el hombre.
En esta concreta alusión a las raíces históricas
de su filosofar se transparenta dos posiciones que en el Heidegger de la analítica
están asumidas mucho menos categóricamente: el ateísmo
y el anticientificismo. Comentando la frase de Dostoyevski según la
cual si Dios no existiera todo estaría permitido, Sartre que ha definido
su filosofía como un “ateísmo consecuente” escribe: “Este es
el punto de partida del existencialismo”. Ese punto de partida es la conciencia
de soledad del hombre, el sentido de falta de cobijo en un orden externo.
Por eso, en realidad, el punto de partida del existencialismo de Sartre debe
incluir, además del abandono del orden teológico de una Creación,
también la renuncia al orden científico de una evolución,
supuesto tan falso como el primero. Así se descubre el “ser del conocedor
y se encuentra lo absoluto, un absoluto de existencia y no de conocimiento”.
La recusación del valor propio del conocimiento científico
-paralela de la crítica del “conocer” de Heidegger- no se detiene
en el capítulo generalmente clásico en estos pensadores -la
ciencia de la naturaleza- sino que se refiere también a la historia.
Como “el historiador es histórico él mismo” no puede encontrar
lo histórico más que en función de su actual proyecto
existencial, no le es dable hacer ciencia histórica, entendiendo “ciencia”
en el sentido clásico, esto es, con pretensiones de afectar a la concepción
filosófica del mundo.
Frente a la inoperancia de las ilusiones objetivistas
-orden teológico objetivo u orden científico objetivo- se levanta
la fecundidad radical de la verdadera existencia humana, “acaecer absoluto”
que aporta significación y mundo a la bruta oquedad que sin él
sería el no mundo, la tiniebla sin sentido. Por la presencia del hombre
cobra valor la contraposición entre su modo de ser -el para-sí-
y el modo de ser de la cosa, el en-sí. El mecanismo de esa aportación
de significatividad es, en sustancia, la misma dialéctica estática
-esto es, sin tiempo en el sentido vulgar, sin tiempo “de los relojes”- que
se encuentra ya en el Heidegger de la analítica: el hombre y su conciencia
son “deficiencia de ser”, un hueco en la densidad de la tiniebla del pre-ser
que es la materia prima del mundo, y el hueco también en la compacidad
del en-sí. Con la aportación de su nada- según ocurría
ya con el existencial heideggeriano de la angustia- el hombre abre para las
cosas la posibilidad de llegar a un ser, a una significatividad.
III. Postulados éticos (1958, 105-106).
Aunque también epistemológico -puesto que
significa creación de significatividad- y ontológico -puesto
que significa ser del hombre- el concepto de libertad (3) es básico
en ética. La concepción de la libertad como anonadamiento, separación
del ser y deficiencia de ser, hace del principio de Píndaro -”llega
a ser lo que eres”- el primer postulado ético del existencialismo de
Sartre y de todos los demás filósofos de la existencia. En
Sartre ese dinamismo moral y ontológico llega a ser muy radical: la
libertad es hasta tal punto futurición, que puede describirse como
“el ser humano al poner su pasado fuera del juego y segregar su propia nada”.
La libertad sigue siendo elección, como lo es en la tradición
filosófica y para el sentido común. Pero puesto que no hay ser
que preexista a la libertad -ella, como nada que es, pone la posibilidad de
ser y el ser mismo proyectado-, la elección no puede ser auténticamente
tranquila adhesión a nada, ya fuera esa adhesión a algo justo
y fundamental, ya lo fuera a algo torcido e inconsistente: “La libertad es
elección de su ser. Esa elección es absurda” en el sentido de
que no hay fundamento sobre el cual hacerla. Pues la elección misma
es posición de fundamento, dación de significatividad. Intentar
escapar a este absurdo, fingiendo un fundamento previo a la elección
es lo que constituye la “mala conciencia” que quiere eludir “la responsabilidad
del ser”.
Sobre la base de esa total arbitrariedad se hace difícil
entender la postulación sartriana de elecciones concretas. ¿Por
qué una elección, y no otra? ¿Por que practicarla de
tal modo que “comprometa” al hombre en la realidad en vez de elegir en forma
artístico-poética o fabuladora? Pese a la dificultad de ese
problema, Sartre ha propugnado de hecho elecciones determinadas y según
“compromiso” con el en-sí y con los “otros”. Por lo demás, él
mismo reconoce la dificultad y, al hacerlo, muestra, como Jaspers, hasta
qué punto está bajo el impacto de los tiempos la filosofía
de la existencia. Ese impacto, por cierto, tiene en Sartre una resonancia
diametralmente opuesta a la que alcanza en Jaspers. “Estábamos convencidos
al mismo tiempo de que el materialismo histórico constituye la única
interpretación válida de la historia, y de que el existencialismo
sigue siendo la única aproximación concreta a la realidad.
No pretendo negar las contradicciones de esa actitud”.
IV. Sartre y el marxismo.
1. Saber de una época (1968, 790-791)
Jean-Paul Sartre es un pensador convencido de que el
único filosofar fecundo es el inspirado por los problemas reales del
día y tendente a resolverlos. Esa orientación de su esfuerzo
filosófico tiene en los últimos años una nueva manifestación
en la Cuestión del método y la Crítica de la razón
dialéctica. Esos dos escritos tratan aspectos de una nueva hipótesis
de Sartre acerca del existencialismo que él profesa y de las relaciones
de éste con el marxismo.
El Sartre de estos últimos años ha llegado
a la convicción de que el marxismo es el saber concreto del hombre
contemporáneo acerca de sí mismo. Pero el saber de una época
no puede ser la motivación espiritual directa de todo los sujetos que
viven en ella. El saber de la época no puede evitar la presencia de
ideologías, para-saberes, por así decirlo, que median entre
el saber y la motivación individual. El existencialismo habría
sido -o sería aún- una privilegiada ideología (en ese
sentido) de la época cuyo saber real es el marxismo. Todo esto constituye
el tema principal e inicial de la Cuestión del método.
Por otra parte, Sartre piensa que el enquistamiento de
tesis cientificistas o positivistas en el marxismo -señaladamente la
tesis de que la naturaleza es tan cognoscible como el hombre- deteriora la
relación entre el saber marxista y su aplicación, complicando
también las relaciones entre saber e ideología. Ese cienticificismo,
o positivismo, o naturalismo que Sartre ve y critica en el marxismo de tradición
clásica ha producido, según el filósofo, una pobreza
del marxismo en cuanto a la comprensión del individuo y no individual
o singular. La corrección de esa pobreza es el segundo tema principal
de las obras aludidas.
2. Encuentro y evolución (1980c) (4)
En esa constelación histórica y en
un país como Francia, con una tradición marxista práctica
muy fuerte, con un partido socialista que todavía se llamaba entonces
Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) y con un partido
comunista que era en aquel momento, seguramente, el mayor y más fuerte
de Occidente, las condiciones externas preparaban el encuentro de Sartre con
la tradición marxista o con algunas de las tradiciones marxistas. Pero,
además, había también razones filosóficas. Todo
existencialismo, en sentido estricto, no el de Heidegger... pero sí
el de los filósofos a los que llamamos “existencialistas” con menos
discusión, principalmente Jaspers y Sartre, cultivan filosofías
centradas en el interés, más o menos antropológico, más
o menos psicológico, más o menos explícitamente humanista,
por el modo de ser humano. En este sentido, siempre se ha esperado de los
filósofos existencialistas, en sentido propio, y, sobre todo, de Sartre,
que su filosofía desembocara en algún gran tratado de antropología
o en algún gran tratado de ética.
La manera que ha tenido de Sartre de encontrarse con
el marxismo, o de desembocar en él, se podría describir así:
cuando uno lo que esperaba, después de la aparición del libro
más importante de su primera fase El Ser y la Nada, era un libro
de ética, que, además, lo había anunciado (en las últimas
páginas de El Ser y la Nada se hablaba de una futura
ética), en vez de eso se encuentra con un intelectual, Sartre, muy
combativo, que funda una revista, que deja la enseñanza para dedicarse
estrictamente a la revista y esa revista es, en una grandísima parte,
una revista de intervención política, de intervención
cultural desde luego, pero también de intervención política
y, a veces, muy directa. Por ejemplo, por citar un caso que hace mucho honor
a la memoria de Sartre, la guerra de Argelia. En la guerra de Argelia, que
ha sido un momento de extremado nacionalismo en ambientes culturales y de
poder franceses, Sartre, en cambio, ha tenido la dignidad y el coraje de aguantar
todo su movimiento, y en cabeza su revista, en posiciones antifrancesas, en
posiciones proargelinas, por razones morales y políticas obvias, por
adoptar una posición anticolonialista y antiimperialista.
Y en esa fase, en la que no aparecía nunca la
ética que uno esperaba, lo que sí encuentra es un constante
forcejeo con el marxismo teórico y, sobre todo y al principio, con
el marxismo práctico, es decir, con los partidos marxistas, principalmente,
cosa muy natural dada la situación política francesa, con el
PCF. Bastante antes de que hubiera escritos de Sartre, importantes para la
historia del marxismo, si se entiende por marxismo, como es razonable, una
tradición cultural y política y no estrictamente un conjunto
de teoremas, un conjunto de dogmas, bastante antes de que se publicaran los
primeros escritos de Sartre que son importantes para la historia del marxismo,
en ese sentido amplio, hay un largo camino de encuentros, choques, alianzas,
coincidencias, discrepancias, polémicas, con la práctica marxista
y también con los representantes teóricos de esa práctica.
Por citar autores que tal vez alguno de las presentes por su afición
haya tenido ocasión de ver, con Kanapa, con Garaudy, el filósofo,
o, en algunos momentos, con Aragon, el poeta. Es una historia muy complicada
que no se puede resumir aquí, en los pocos minutos de que disponemos.
Baste definirla diciendo que es una historia difícil, de alianzas y
de choques, de momentos en los cuales Sartre está convencido de que
su posición moral, su práctica, su conducta, tiene que ser
la definida políticamente por el PCF y otras ocasiones en las cuales
piensa, por el contrario, que su sentido moral le obliga a oponerse a lo
que está haciendo el PCF, algunas veces de un modo muy tajante, otras
veces a través de matices más delicados.
En cualquier caso, lo que me permito sugerir como hipótesis
es que la función o el lugar que parecía que en el desarrollo
de Sartre fuera a tener que ocupar un tratado de ética, lo ha ocupado
este largo período, todos los años cincuenta, de roce, de choque
y de discusión con el marxismo, menos en la teoría que en la
práctica. En la teoría, el momento en el cual realmente el marxismo
se le presenta como el horizonte en el que tiene que moverse filosóficamente,
en el que tiene que ordenar o reordenar sus ideas, es ya el final de la década
de los años cincuenta y si se quiere fechar o indicar en algún
momento o en alguna obra ese comienzo, habría que recordar principalmente
[...] la Crítica de la Razón Dialéctica, y también,
más manejable y, tal vez, más logrado literariamente como texto,
una conferencia que pronunció en Polonia y que luego puso como una
especie de introducción a la Crítica de la Razón Dialéctica
y que se llama “Cuestión de método”. Así como la Crítica
de la Razón Dialéctica es uno de esos libros monstruos que a
veces escriben los filósofos de cierto estilo romántico (son
800 y pico de páginas, y eso era sólo la mitad de la obra, aún
tenía que haber otra mitad de la misma extensión), en mi opinión
bastante mal escrita, bastante precipitada, yo siempre he sospechado que
es un borrador que no llegó a corregir, en cambio, el pequeño
texto que le puso al final delante, la “Cuestión de método”,
es un texto filosófico muy bonito, muy completo, muy redondo, y cuya
lectura, desde luego, se puede recomendar a quienes en el C.O.U.(5) o al
principio de los estudios universitarios tengan aficiones filosóficas.
¿Cómo se produce esa desembocadura de Sartre
en el marxismo teórico, no ya su largo encuentro y disputa y alianza
o separación con el marxismo práctico? Se produce de un modo
que no implica un abandono de su existencialismo anterior, sino un replanteamiento,
un replanteamiento sobre la base de ideas marxistas [...] pero que, a su vez,
supone un replanteamiento de esas mismas ideas marxistas. En esquema: se
puede decir que su punto de vista, a partir del año 59, 60, 61, es
el siguiente: que el marxismo es lo que él llama el horizonte del saber
de la época. Con eso quiere decir Sartre que, en el marxismo, incluso
en sus partes más pasadas de moda o más características
de la revolución industrial inglesa, incluso en ellas, está
expuesto como se ha engendrado la época moderna. El marxismo contiene
para él la explicación de cómo ha sido posible la cultura
y la sociedad en la cual vivimos todavía y, por consiguiente, él
ve en esta fase, en el marxismo, un marco intelectual que sólo puede
ser rebasado en el momento en que esta misma sociedad sea rebasada.
Pero ese marco es, precisamente, un marco. En su opinión,
el marxismo adolece de muchas lagunas. La principal, piensa Sartre, es una
laguna muy adecuada para que la rellene su existencialismo. Él piensa
que el principal hueco intelectual del marxismo consiste en que habiendo construido
y desarrollado de un modo no superable en esta época histórica,
el marco objetivo en el que vivimos, los hechos, las instituciones, el conjunto
de relaciones interhumanas que en el marxismo se llama el modo de producción,
la manera de producir y reproducir la vida social, sin embargo, no hay en
la tradición marxista, piensa Sartre, una atención análogamente
lograda a cómo ese marco repercute en la vida individual. Dicho con
sus palabras, la dialéctica marxista no ha llegado a subjetivizarse
suficientemente, no ha llegado a recoger suficientemente el desarrollo de
los sujetos que viven dentro de ese marco objetivo que el marxismo ha trazado,
descubierto y reconstruido de forma no superable. Entonces la misión
de su nuevo pensamiento va a ser asumir ese saber que él considera
insuperable en lo objetivo y completarlo mediante una dialéctica de
la subjetividad, por hablar con sus palabras, rellenando lo que en su opinión
falta en el marxismo de atención a la individualidad humana.
Esto lo explica y lo expone, no precisamente con las
palabras así un poco neutras filosóficamente que yo he usado,
sino que lo hace adoptando el léxico marxista y, por decir aunque
sea brevemente su formulación, según él, en esta larga
fase marxista de su pensamiento, el existencialismo es la ideología
que articula o que organiza para esta época el Saber. El Saber sería
el marxismo, pero el saber es un horizonte objetivo que el sujeto humano
no puede vivir directamente en su vida, necesita que una instancia intermedia
entre el saber y su práctica cotidiana le organice, le oriente, y eso
es el existencialismo, piensa él.
Esta noción de ideología es una noción
que le viene del marxismo. En parte es una noción ligeramente peyorativa,
no muy positiva, pero no necesariamente. En las varias tradiciones marxistas,
hay distintos conceptos de ideología, unos más peyorativos que
otros. El concepto de ideología que recoge Sartre es el que ve la
ideología como el plano en el cual se resuelven los conflictos materiales,
los conflictos reales. Dicho de otro modo, como el plano en el cual las personas
nos hacemos conscientes nuestros problemas reales. Nos equivoquemos o no.
Esa consciencia puede ser acertada o no, pero en todo caso es la única
que tenemos para entender qué nos pasa. En ese sentido pues de semisaber
auxiliar, dice Sartre, que el existencialismo es la ideología que
el Saber, o sea, que el marxismo necesita para esta época.
Esa fase marxista de Sartre en la que, como en las fases
anteriores, tiene también mucho que ver la historia externa, la historia
política, económica y social de Francia y de Europa, culmina
el año 68 [...] El año 68 se produce, con un largo prólogo
que venía aproximadamente desde el 67, en las Universidades norteamericanas
desde el 66 incluso, una oleada de movimientos de rebeldía, resistencia,
incluso de intentos revolucionarios, en el mundo estudiantil y el juvenil
en general, empezando por Norteamérica, siguiendo luego por Francia,
Alemania e Italia y, con menos fuerza, en Inglaterra también. Ese movimiento
juvenil, y principalmente estudiantil, se expresa a sí mismo en forma
marxista, construyendo así el momento de mayor influencia, al
menos visible o superficial, del marxismo en la Europa occidental del siglo
XX. Pero además coincide con unos movimientos obreros de mucha
importancia. Se pasa a menudo por alto al hablar de lo que ocurrió
el año 68 que ese año se produjo en Francia la huelga obrera
más importante del siglo XX, diez millones de obreros en huelga, y
durante más de dos semanas. Todo eso determina una situación
en la que parecían cuajar muchas esperanzas, por usar el lenguaje de
Sartre, presentes desde antiguo en la tradición marxista. Sartre traza
entonces una evolución dentro de su marxismo hacia lo que podríamos
llamar la extrema izquierda marxista.
La mucha esperanza, el mucho potencial de esperanza
acumulado en esas semanas de los meses de mayo y junio de 1968, explica el
que la desilusión al fracasar aquel movimiento, en todo o en parte,
esto es una cosa que tendrán decir los historiadores, fuera una desilusión
causante de mucho pesimismo. Se puede decir que ya entonces, en el otoño
o en el invierno del 68, Sartre ha empezado a entrar en la última fase
de su pensamiento que no es una fase marxista, no es tampoco resueltamente
o explícitamente antimarxista, pero del último Sartre no se
puede decir, filosóficamente hablando, que haya sido un marxista, ni
filosóficamente ni sociológicamente.
3. Ruptura (1980b).
De todos modos la esperanza de ahora, la esperanza de
la que habla como concepto central en esta entrevista [con Paul Víctor,
su secretario], en esta manifestación última de su filosofar,
es otra. No es la misma esperanza que él dice que le nació el
año 45 -o en la Resistencia, un poco antes del 45.
La primera, la que desde entonces le duró hasta
aproximadamente el año 70, era una esperanza revolucionaria, esperanza
en la transformación real del mundo social y, consiguientemente, confianza
en factores sociales identificados en mayor o menor medida como agentes posibles
de ese cambio revolucionario; señaladamente, el movimiento obrero,
con el que siempre tuvo una relación de amor-odio muy interesante:
de crítica pero coincidencia, después rectificación,
vuelta a coincidir, a lo largo de muchos años; aproximadamente, desde
poco después de 45 hasta el 70 con el grueso del movimiento obrero,
e incluso luego con pequeñas fracciones sindicales o políticas.
En cambio, esta esperanza final, como tendremos ocasión de ejemplificar
si es necesario, no es esperanza en un cambio revolucionario ni próximo
ni lejano, ni siquiera previsible. Es una esperanza compatible, como dice
él, con una tranquila desesperación, con lo cual aquel
sentimiento que resulta que cuando tanto habló de él en la juventud
no lo tenía, lo tiene al final, acompañado además contradictoriamente
-en una contradicción y una tensión muy interesantes- de la
esperanza.
Para los que sean aficionados a la literatura marxista
esto les puede recordar la obra de Bloch, principalmente el libro titulado
El principio esperanza, pero hay muy poco en común si hay algo, quizá
nada -yo tiendo a creer que nada-, entre la idea de esperanza de Bloch que
conserva como horizonte un cambio social básico (social, moral, cultural)
y esta esperanza tranquilamente desesperada del último Sartre. Por
de pronto, mientras que Bloch es un filósofo de tradición marxista,
el último Sartre, después de su período marxista, es
un filósofo en ruptura muy abierta, muy clara, y muy explícita
con el marxismo, marxismo que entiende ahora, curiosamente, no como lo había
entendido en su período de marxismo existencialista, sino de un modo
más bien como lo entienden los filósofos académicos conservadores,
de un modo hegeliano y determinista, entendiendo el marxismo como una filosofía
de la historia economicista y determinista, no como él lo había
entendido en la fase anterior. Y, sobre todo, entendiéndolo como saber.
Esto sí que es permanente. Sartre siempre ha entendido el marxismo
como "teoría', es decir, no como ese complicado elemento que es en
la cultura moderna, mixto de práctica, de teoría, de ciencia,
de ideal, con sus ribetes religiosos o teológicos o teleológicos,
y su evidente contextura ética, de principio de acción, sino
que siempre lo ha entendido como Saber. Esto incluso en la fase existencialista,
porque, precisamente en la fase de marxismo existencialista, lo que el existencialismo
aportaba, según Sartre, al marxismo era la acción, la acción
subjetiva, lo individual, mientras que el marxismo estaba visto como una
filosofía de la historia, siempre, como un saber, como "el horizonte
del saber de la época", decía él con un aparente optimismo
marxista que ni los marxistas de tradición más ortodoxa se
atreven siempre a tener.
V. La última entrevista.
1. Alta nobleza moral (1980c)
[...] Aquí como es bueno que discutamos, me permitiría
discrepar un poco del tono en que Luis Cuéllar [SLA: otro de los participantes
en la mesa redonda] se ha referido a esa especie de cinismo con el que Sartre
dice que él nunca sintió desesperación ni angustia. A
mí esas cosas de la entrevista final (6) me parecen de una alta nobleza
moral y filosófica. Primero, porque no todo el mundo por viejo que
sea tiene el coraje de decir esas cosas de sí mismo, como las dice
él, de hacer de su propio pensamiento y de su propia vida una revisión
como la que hace tan tremenda en esta entrevista, y segundo, porque la verdad
es que con eso, con esa declaración de que él no sintió
nunca conceptos que eran centrales en su obra juvenil, yo tengo la sospecha
de que Sartre está poniendo de manifiesto algo que ocurre en casi
todos los filósofos, incluso en los grandes filósofos, y no
sólo en los de tipo literario y romántico como Sartre, sino
incluso en los de tipo más analítico y cientificista. El filósofo
joven tiene una especie de, como decirlo, de demagogia involuntaria, por
la cual hace formulaciones en las que veinte años después no
cree, pero que se mantienen porque su obra juvenil suele hacerse célebre
y esto vale, repito, no sólo para un filósofo de este tipo
pasional, como Sartre, vale incluso para cientificistas y analíticos
como el célebre filósofo austroinglés Popper, cuya obra
más célebre, La lógica de la investigación
científica, (7) contiene afirmaciones que en la segunda, tercera, cuarta
y quinta ediciones están anuladas en nota a pie de página, pero
el texto célebre sigue siendo el texto principal que está arriba.
Este último Sartre revisa no sólo algunos
conceptos fundamentales de su primera fase, como este de desesperación
o de angustia, introduciendo incluso conceptos contrapuestos como el de esperanza,
aunque habla de una esperanza desesperada o de una serena desesperación,
para calificar o describir su posición de vejez, sino que revisa también
su fase marxista. Es una revisión, como era de esperar en una entrevista
periodística no sistemática, es una revisión que es más
bien una pérdida de esperanza en las perspectivas de la izquierda
marxista tal como existe hoy. Por lo que hace a su pensamiento ético
y social, se refugia Sartre, aquí al final, en estos últimos
meses de su vida, en una idea muy genérica de la izquierda y se propone
entonces la tarea, para rehacer su pensamiento social y ético, que
es la base de todo de su pensamiento siempre, se propone la tarea de empezar
a buscar de nuevo el principio de la izquierda, qué es el principio
de la izquierda, por lo que debe entenderse sin duda un principio moral.
Sartre ha muerto, desde este punto de vista, en una forma
filosóficamente muy joven, planteándose una nueva tarea en el
mes de enero de este año y muriendo en febrero, o a principios de
marzo, lo que quiere decir que yo mismo al hacer el resumen de su último
pensamiento filosófico y social no tengo más remedio que acabar
también como el romance del conde Arnaldos, en suspensión, sin
decir adónde iba.
2. Revisiones (1980b) (8)
[...] esa entrevista es, dicho del modo más general,
una revisión de su pensamiento y en parte también de su práctica,
aunque con consciencia de continuidad. Lo primero, que es una revisión,
se comprende en el hecho de que constantemente está aludiendo a que
"lo que acaba de decir no lo decía entonces", entendiendo por 'entonces'
otras épocas de su producción filosófica, en la cual,
dicho sea muy brevemente y sin mayor justificación, se pueden distinguir
tres grandes épocas, aparte de la de aprendizaje: la época que
propiamente se llama existencialismo, que dura hasta aproximadamente los
años cuarenta, la guerra mundial, existencialismo digamos "puro"; luego,
una larga época de un existencialismo teñido de marxismo, o
marxismo existencialista, como se le quiera llamar, que dura desde la segunda
guerra mundial, es decir, desde los años 39-45 hasta alrededor del
año 70, y una tercera fase, la última década, que es
el punto de vista desde el cual él hace esa revisión.
Revisión, por de pronto, de lo que podríamos
llamar "el modo de hacer del filósofo joven”, el irse de la lengua
por así decirlo, del filósofo joven muy influido por los términos,
conceptos, en que se ha educado, que repite en forma extremada, a veces muy
dogmática, incluso sin creer en ellos. Por ejemplo, su interlocutor,
que es su secretario, Paul Victor, hace alusión en un momento dado
de la entrevista a lo importante que era el concepto de "desesperación”
en el existencialismo, y entonces Sartre contesta: nunca estuve desesperado,
lo que pasa es que como estaba de moda Kierkegaard, en cuyo pensamiento sí
que la desesperación es de primera importancia, construí escritos
y páginas y páginas sobre la desesperación que no sé
lo que es.
Esto es un fenómeno muy común y no necesariamente
malo. Es muy frecuente encontrar en los filósofos de importancia, sobre
todo en las épocas o en las formulaciones de su primera edad, una
cierta demagogia, por así decirlo. Una afirmación de sus ideas-base,
de sus ideas-fuerza, mucho más categórica de lo que va a ser
luego el caso en su madurez. Esto se puede encontrar no sólo en filósofos
con un filosofar tirando a romántico, como el de los existencialistas,
sino incluso en filósofos logicistas del tipo de Popper, cuyas formulaciones
de juventud, incluso conservadas en sus libros maduros, están contradichas
a pie de página diez años después o, por lo menos, limadas.
Ésa es la primera revisión, la de las expresiones extremadas
de su juventud filosófica.
Luego hay otra revisión por omisión, por
así decirlo. En su primera época, y también en la segunda,
en la marxistizante, Sartre ha sido un filósofo muy especulativo, muy
deseoso de construir sistemáticamente grandes conjuntos de pensamiento,
bajo títulos tan importantes como por ejemplo El Ser y la Nada, o,
en la segunda época, la Crítica de la razón dialéctica.
Este punto de vista de filósofo clásico que construye una gran
obra sistemática está ausente en la tercera fase. Aquí
hay una revisión en mi opinión implícita. En esa última
fase de su vida no intenta una visión sistemática general sino
penetraciones. Todo lo centrales que se quieran, todo lo profundas que se
quieran, pero sin ninguna presentación sistemático-académica.
Y después de estas dos revisiones así genéricas,
hay revisión de puntos muy concretos. Por un orden que me parece más
o menos objetivo, creo que la más importante es la revisión
del tema de la esperanza, el contrapuesto a la desesperación.
VI. La esperanza desesperada (1980b)
[...] a mí me parece que la clave de esta
contradictoria esperanza en la desesperación tranquila o serena es
la revisión que hace de su anterior moral. No es que hubiera en Sartre
una moral explícita. Al contrario, se echaba mucho a faltar en un autor
que se había hecho célebre con una primera gran obra, El Ser
y la Nada, que era un análisis fenomenológico, como se dice...
de la consciencia humana, se podía esperar que la prolongación
de su obra hubiera sido una antropología o una ética, una moral,
que nunca publicó en forma sistemática, en cambio, sí
que una tendencia en ética, en moral y en antropología eso estaba
presente. Pues bien, ahora hay una revisión bastante drástica
de lo que fue su moral implícita. Por ejemplo, ahora, en esta entrevista
final, presenta como un factor decisivo positivamente, como un buen factor,
el más destacado y esencial de la consciencia humana, la seriedad cuando
en El Ser y la Nada se decía que el espíritu de seriedad era
el origen de la mala consciencia, de la falsa consciencia y de la mala consciencia,
de la mala fe. Distingue, dice que "hay que pensar también en otro
espíritu de seriedad que es el que fundamenta la moral en la consciencia
de la obligación”. Paul Victor, su interlocutor y secretario, en este
momento no se puede frenar y le dice: pero tú todo eso habrías
dicho que era mala fe burguesa hace treinta años. Y Sartre dice: “sí,
sí, habría dicho esa burrada”, con la palabra “burrada” del
traductor, sotisse, tontería....
Podría hacerse aquí, todo filósofo
debería hacer aquí, pero no lo hace ninguno, sino cambiarían
mucho las facultades de filosofía, por lo menos las secciones de filosofía,
debería hacer, sin embargo, todo filósofo aquí una reflexión
autocrítica muy seria. El método filosófico, fenomenológico,
con el cual Sartre describe ahora el campo de la consciencia y descubre en
él un espíritu de seriedad bueno, en vez del malo que había
descubierto en otras épocas, es el mismo de entonces, la descripción
fenomenológica. Dicho de otro modo, lo que los filósofos llaman
método permite las mayores arbitrariedades, a diferencia de lo que
llama método un físico o un... iba a decir un lingüista,
pero los últimos lingüistas son filósofos y muy arbitrarios,
pues un físico o, digamos, un historiador, para no limitarme a ciencias
de la naturaleza. Ellos cuando dicen 'método' dicen algo cuya aplicación
pueden controlar sus colegas. En cambio, el filósofo usa el método,
por ejemplo el fenomenológico, de tal modo que en una misma vida de
filósofo puede dar resultados contrapuestos sin que se sienta desautorizado
en su método.
Esa revisión que le lleva a situar la conciencia
de la obligación, y con ella la moral, en el centro de su nuevo pensamiento
es la clave digo de la contradictoria esperanza desesperada. Es desesperada
por la situación del mundo, sigue siendo esperanza porque la moral
es obligación, como si dijéramos “porque hay obligación
de esperar”. Una obligación que él describe más analíticamente,
dando a la palabra “obligación” un sentido muy objetivo. Diciendo que
puesto que los hombres actúan, puesto que los seres humanos obran,
en eso va implícito algo así como una esperanza objetiva, aunque
no se vaya a cumplir la finalidad de la acción, pero si actúan
no pueden decir que la esperanza no sea un centro de su consciencia, en este
sentido un tanto teórico y objetivante de la idea de esperanza, por
eso digo que la revisión de la moral en base a la idea de obligación
da la clave de esa esperanza serenamente desesperada.
Pero puesto que es desesperada, la realización
de esa esperanza no es ya, puesto que es desesperada, práctica. No
puede ser una esperanza revolucionaria. Es una esperanza, como suele decirse
en filosofía, escatológica, mesiánica, por eso los judíos
se convierten para Sartre -el pueblo, la tradición judía, con
la idea del Mesías y del final de los tiempos, y la idea judeocristiana
del Juicio Final, no en vano he aludido inicialmente al Juicio Final- se convierte,
para el último Sartre, en una instancia de mucho interés. Mientras
que en su anterior época para él los judíos y el problema
judío era sólo el problema del antisemitismo, explicar el misterio
por el cual unos europeos cultivados habían sido capaces de matar
a seis millones de seres sólo, al menos en su consciencia, en el plano
consciente, por su inspiración antisemita, ahora en cambio el tema
judío se le convierte en el sucedáneo, en el sustituto de la
anterior motivación revolucionaria. A una esperanza revolucionaria,
a una esperanza en la práctica, se sustituye una esperanza escatológica,
una esperanza mesiánica, la cual es compatible con la desesperación
sobre este mundo. Y ésa es la nueva esperanza sartriana, la esperanza
digamos de un rebelde, no de un revolucionario, de uno que está disconforme,
está en contra, pero no piensa que haya ninguna posibilidad de cambio
sustantivo, de cambio cualitativo.
Desde esta perspectiva, el análisis de la situación
por Sartre, que siempre ha sido muy importante para él, cambia bastante
y adquiere tintes muy oscuros.
VII. De la izquierda (1980b).
Con eso entramos en el segundo capítulo de su
filosofía. Si hasta ahora hacíamos su filosofía especulativa,
ahora entramos en su filosofía práctica, moral, política,
social, en la que él siempre ha entrado a través de lo que
llamaba "moral de la situación", descripción de la situación
en la que tiene que actuarse, esa esperanza desesperada en este caso, y es
una situación, en su opinión, muy negra. Lo que él identifica
con la "moralidad", que es la izquierda, como dice vagamente, ya no
el movimiento obrero o ideas socialistas, o marxistas, sino la izquierda,
lo que él identifica con la moralidad que es la izquierda, no sólo
está en crisis sino que ha desaparecido, en su opinión, en su
análisis de la situación.
En este análisis, por cierto, dice algo respecto
de lo cual no hay más remedio que protestar. En un determinado momento
dice él: "hay que averiguar por qué la izquierda ha desaparecido
dejando el campo a la derecha en toda...” bueno, no dice dónde, ésta
es otra cuestión que luego tendremos que discutir, y entonces su interlocutor,
Victor, le dice: "dejan a una derecha canalla". Y entonces Sartre contesta
“Para mí la derecha es siempre canalla". Este izquierdismo metafísico
es algo con el cual al hablar de Sartre uno, que es de izquierda, como lo
soy yo, no tiene más remedio que mostrar su desacuerdo. Eso es una
injusticia especulativa absolutamente inadmisible, eso es convertir los conceptos
de izquierda y derecha en entidades metafísicas. Entonces resulta que
la derecha siempre es canalla, cosa en primer lugar absurda y en segundo lugar
calumniosa, si se me permite la expresión, a menos que uno convierta
la idea de derecha sólo en la idea, sin ninguna referencia a los cuerpos
sociales. Claro que en la tradición marxista toda una línea
de pensamiento social no se puede caracterizar por su perversión o
bondad, hay que caracterizarla por su contenido social; derecha, desde una
posición marxista, no es lo malo, sino lo que sostiene, apoya e intenta
perpetuar unas determinadas relaciones de producción con su cultura
correspondiente, las cuales producen tales o cuales males, eso es otra cuestión,
pero que no se pueden atribuir directamente ni siquiera a la ideología,
mucho menos al bloque. Esto le lleva a perder la historia de la izquierda,
a perder la historia de la izquierda en serio, porque en la historia de la
izquierda moderna, claro que está la crítica de una izquierda
del XVIII y del XIX por una derecha de entonces; quiero decir: están
autores como Carlyle, como los críticos de derecha, por así
decirlo, del capitalismo naciente.
Nunca se insistirá lo suficiente para desprenderse
de estas nociones burguesas de derecha e izquierda, en las que al final cae
Sartre, siempre los ha tenido un poco, en que entre las primeras lecturas
que construyen el pensamiento comunista de Marx está precisamente la
lectura de algunos autores que hoy no dudaríamos en calificar de derecha
de la época. Por ejemplo, Von Stein, etc.
Esto no es sólo un paréntesis. Tiene el
interés general de que nos indica hasta qué punto es digamos
ya metafísico, trascendental, por encima del nivel de la experiencia,
el pensamiento incluso social de este último Sartre. Los términos
'izquierda', 'derecha', que tanto sorprenden -cómo es que un pensador
con rigor e importante puede usar términos tan vagos- se explican porque
está en realidad llevados a un terreno no vago sino trascendental.
Son términos morales ya. No son términos propiamente políticos.
Por eso puede usar tan desconsideradamente epítetos morales.
Este plano tan trascendental y tan escatológico,
tan de final de los tiempos, tan sin esperanza práctica, es claro que
le impone un rechazo de los programas, de las intenciones políticas
y de los partidos políticos. Todo culmina con una visión de
extremado pesimismo [...] con la que termina la entrevista y su pensamiento
social. Todo ello, como he insinuado antes, de un extremado particularismo.
Eso de que "ha muerto la izquierda", aunque sea una expresión exagerada,
se puede entender para Francia, si se sustituye 'muerto' por 'derrotado',
por ejemplo. Pero, qué sentido tiene si uno piensa que el mundo está
poblado también no sólo de parisienses, sino de mil millones
de chinos, por ejemplo, de seiscientos y pico de entre hindúes e indochinos,
de bantúes, de americanos, de sudamericanos, de australianos. El particularismo,
que es un rasgo muy característico de la cultura filosófica
francesa de siempre, en el caso de esta entrevista última de Sartre
es impresionante. La izquierda resulta que ha empezado en 1792, quiere decirse,
con la Convención, con aquellos pocos centenares de hombres que iniciaron
la Convención habría nacido eso que es la esperanza serenamente
desesperada.
VIII. Aislamiento (1980b)
Este particularismo no sólo es geográfico
y cultural, es también temático. El último Sartre hace
filosofía general, sobre la que hemos hablado al principio, y hace
filosofía social, sobre la que muy brevemente he hablado ahora, social
y política. En cambio, no se puede encontrar en él los temas
no teóricos, pero sí de acuciante presencia empírica,
en que ahora pensamos muchos cuando hablamos de problemas de filosofía
general y de problemas de filosofía social. Por ejemplo, problemática
ecológica o problemática de la vida cotidiana. De esta última
aparece algo porque siempre el existencialismo fue sensible a ella; de lo
primero nada, absolutamente nada. Hay, quizá como precio de la
extremada honradez y autonomía de su pensamiento, un particularismo
que llega a aislarse, en este último Sartre. Es verdad que el aislarse
puede ser fácilmente tentación, palabra que él mismo
usa, para una consciencia que vive la esperanza como obligación ontológica
y en cambio vive la empiria con desesperación. Es verdad que el aislarse
puede ser una respuesta a esto, el aislarse incluso intelectualmente, pero
tengo la impresión de que eso se enmarca en un fenómeno bastante
más general que estamos viviendo. A saber, el desligarse muy visible,
y ya ni siquiera paulatino sino acelerado, de grandes grupos de intelectuales
respecto de otras capas de población y clases sociales, entender las
cuales y comunicarse con las cuales había sido precisamente una motivación
muy importante en el mundo intelectual en la época de mayor predicamento
de Sartre. Lo que él llamó engagement, compromiso.
Hay, en toda Europa por lo menos, y también en
América, una cierta tendencia del intelectual de estos últimos
cinco o seis años a considerarse decepcionado por su intento de entrar
en comunicación y hasta insertarse en las actividades de otras clases
sociales -generalmente la obrera entre los intelectuales de izquierda- que
se traduce por una reafirmación que, en los intelectuales más
jóvenes que Sartre, en algunos de ellos toma la apariencia ya abierta
de una afirmación del intelectual incluso a veces como clase -en la
obra de Gouldner, por ejemplo- y si no como clase, otras veces como instancia
juez. Entre nosotros Aranguren está diciendo eso todos los días.
En Sartre no se llega a tanto. A él, que ha protagonizado
la idea de que el intelectual tenía que comprometerse entre las clases
en pugna, le era difícil llegar a tanto, pero me parece que en ese
camino a lo que él llega es a un aislamiento bastante trágico
al final, éste de la esperanza serenamente desesperada.
IX. Sartre y Simone de Beauvoir (1980c).
A mí me parece que, en un plano filosófico,
Simone de Beauvoir no ha influido nada en Sartre, que la relación ha
sido, sobre todo al comienzo, más bien inversa, que al comienzo de
la relación entre Sartre y Simone de Beauvoir hay demasiado peso de
Sartre. Lo principal de Simone de Beauvoir que, en mi opinión, es
la investigación que luego tomó forma de libro en El segundo
sexo es independiente de Sartre en gran parte, salvo en el uso de categorías
filosóficas que hasta creo que no son esenciales en el libro de Simone
de Beauvoir.
Esto obliga a hacer una pequeña indiscreción,
que es pensar un poco en esa pareja como pareja, no como pareja de intelectuales
sino como pareja, porque me parece que en eso está la explicación
de la exterioridad intelectual entre los dos. Y son una pareja que, desde
bastante pronto, se ha organizado en una forma no corriente entre parejas,
viviendo casi constantemente cada uno por su cuenta, salvo quizá al
final. Simone de Beauvoir ha hecho de lazarillo en los meses de ceguera de
Sartre. Le ha acompañado, le ha llevado, le ha protegido mucho, pero
yo creo que lo difícil que es encontrar entre sus obras puntos de contacto
tiene que ver con la preocupación por mantener cada uno su libertad,
el hecho que han vivido una forma de pareja rarísima, con mucha distancia
el uno del otro. Todavía en la época en que murió la
madre de Simone de Beauvoir, cuando Simone de Beauvoir escribió aquella
especie de informe sobre la muerte de su madre que se titula Una muerte muy
dulce (está traducido, no demasiado bien), todavía ahí,
por algunos momentos en que ella transcribe una conversación con Sartre,
nota uno que Sartre le llama de vous, la habla de usted [...].
En algo se parecen. Los dos son autores de mucha importancia,
cada uno en su asunto. El segundo sexo de Simone de Beauvoir ha sido de gran
importancia para la reflexión sobre los problemas de la mujer y del
feminismo, pero, al igual que en la obra literaria, e incluso que en la filosófica,
con un cierto y curioso anacronismo. El segundo sexo subraya sobre todo la
constelación de subordinación, de dependencia, de inseguridad,
de la mujer en esta cultura y es todavía muy pobre en lo que ya estaba
rebrotando en cambio en otros ambientes, a saber, en la reivindicación
feminista abierta que en El segundo sexo, en mi opinión, es pobre.
De modo que yo creo que se explica en la biografía
de los dos y en los ideales que presidieran esa biografía, lo difícil
que es encontrar puntos de contacto en su obra, salvo similitudes así,
muy globales, como eso de que son, a la vez, autores muy creativos, con mucha
influencia espiritual y cultural, y, sin embargo, un poco anticuados los dos,
en su manera de plantear problemas.
La verdad es que hay que reconocer que una respuesta
satisfactoria no hemos dado ni Cuéllar ni yo. Pero lo que intento
es justificarnos con la sospecha de que no hay una respuesta satisfactoria
en la obra, sino si acaso en cómo entendieron ellos su convivencia.
X. Sartre y Camus (1980c) (9)
Me gustaría pensarlo así y que eso era
posible no me cabe duda de ello, pero no puedo pasar por alto, en este momento,
el trasfondo no filosófico de lo que les oponía. Había
una cosa muy dramática. Camus era un pied noir, Camus era un francés
de Argelia. Esto en momentos de tensión política tan intensa
como son aquellos en los que se debate la constitución de una nación,
la proyección imperial de otra, era muy difícilmente salvable,
era de mucha gravedad. Y luego estaba, además, sus discrepancias en
cuando a política interna francesa. No en un plano filosófico.
Esto no es argumento suficiente, ninguno de los dos hechos,
para negar la posibilidad de lo que ha dicho Luis Cuéllar. Claro que
eso era posible y, además, el único progreso así un poco
serio, indiscutible, de la Humanidad consistiría en realizar posibilidades
así. Pero no sé qué habría ocurrido si hubieran
siguiendo viviendo, si hubiera seguido viviendo Camus, porque estaban en
vísperas de dramas públicos tremendos en Francia, en los que
era posible incluso que se hubieran apasionado todavía más,
cada uno en su posición.
Posible era. Y deseable desde luego (10).
XI. Dialéctica de continuidad y discontinuidad (1980c)
Creo que habría que distinguir con dos criterios
de distinción. Uno, en el tiempo. El último Sartre dice explícitamente
que había querido introducir el concepto de esperanza desde los tiempos
de la resistencia. Lo que pasa es que la verdad, por muy atento lector de
Sartre que uno haya sido, ha tenido que esperar a lo que se lo dijera él
para descubrirlo, por lo menos yo, porque no se veía mucho. Pero hay
que ir con cautela. Es verdad que su práctica, su conducta y su interés
por el marxismo indicaban, evidentemente, si no que estuviera en ejercicio
una esperanza definida, y muy global, por lo menos sí una idea distinta
de la que se podía pensar leyendo El Ser y la Nada, de la posibilidad
de dotar de sentido a la conducta. Por lo menos esto, digamos para no precipitarnos
en señalarle incoherencias. En el momento en que crea Les Temps Modernes,
con una decisión de intervención muy intensa en la vida espiritual
francesa, y luego, desde luego y sobre todo [...] en el momento en que se
considera a sí mismo marxista, es decir, incluido en una tradición
que supone un programa, un proyecto, y un proyecto colectivo, social, en ese
momento al menos tiene que estar pensando que, lo que pedantemente los filósofos
llaman, “la dación de sentido”, el dar sentido a la conducta, no es
sólo un asunto de decisión individual, sino que también
debe tener, al menos, una fundamentación de posibilidad en el mundo
real, en el mundo objetivo.
Todo esto era realmente, para una lector de Sartre
de hasta el año 30, muy inverosímil, porque Sartre es entre
otras cosas un pensador, por ejemplo, con escasísima o nula sensibilidad
e interés por las cuestiones de filosofía de la naturaleza.
La naturaleza no aparece en Sartre. La única naturaleza que aparece
es la humana en sentido metafísico, no en un sentido empírico,
ni siquiera antropológico, no hablemos ya de la naturaleza no humana.
Todo esto es de verdad sorprendente para un lector que
se hubiera quedado a principios de los años 30 siguiendo a Sartre.
¿Nos autoriza a hablar de auténtica contradicción en
su desarrollo? Si se me permite una fórmula breve, porque estoy hablando
demasiado rato, aunque sea una fórmula un poquitín mágica
y sacramental, me parece que como en cualquier filósofo importante
hay una dialéctica de continuidad y discontinuidad en el desarrollo
de su pensamiento. Lo mismo que en el caso de Marx, que protagonizó
la larga, tediosa y a última hora inútil polémica de
los años sesenta sobre si hay un Marx o dos o tres. Por supuesto, cada
uno de nosotros es muchos a lo largo de su vida y, tal vez incluso en cada
momento, en cada corte instantáneo, pero también es posible
reconstruir la vida mental, creo yo, de cualquier filósofo importante
o menos importante, la de Sartre estoy convencido, de acuerdo con esa dialéctica
de la continuidad y la discontinuidad que nos permite articular, a la vez,
cambios importantes, pero que quizá no nos permita hablar de auténtica
autocontradicción o autonegación, porque, podría muy
bien ser que él hubiera visto en el marxismo, en el tipo de esperanza
marxista, una esperanza limitada, no trascendente, abonada en su caso, en
su evolución -esto habría que documentarlo con más detalle
pero, vamos, lo digo con convicción- por resultados de la antropología
empírica y de la psicología que le hacen ver que en la constitución
del individuo humano operan muchas instancias colectivas, muchas instancias
sociales, y que él pensara que no estaba contradiciéndose porque
estaba haciendo una apuesta, por usar un viejo término de la filosofía
francesa, una apuesta que no prometía un gran premio, no prometía
un premio gordo de la lotería metafísica sino sólo a
lo sumo un premio histórico. Dicho de otro modo, que fuera posible
construir el paso de Sartre, de su nihilismo, o presumible nihilismo inicial,
desde su existencialismo de El Ser y la Nada, al marxismo que desde luego
no es un nihilismo, a través de un concepto como, por ejemplo, el
de esperanza trágica que no es expresión que haya dicho él,
pero que sí que lo han dicho otros y relacionados con él, a
propósito precisamente del tipo de optimismo estrictamente histórico
de la tradición marxista.
En cualquier caso, sin negarme a rajatabla a admitir
contradicciones en el desarrollo de Sartre, creo que se puede reconstruir
este desarrollo con esa dialecticidad entre continuidad y discontinuidad,
cosas que se pierden, que se recuperan en otra versión, y que en todo
caso quedan dentro del marco de la cismundaneidad, de este mundo. Sartre
ha sido extremadamente pobre en sensibilidad cosmológica y religiosa.
Al lado de él, Jaspers o Heidegger disponen de órganos importantísimos
para captar las dos cosas, el plano cosmológico y el plano religioso.
Sartre, en mi opinión, ha sido muy pobre en los dos y no lo digo condenatoriamente
ni juzgando. Me parece que se puede documentar. Ni tiene sensibilidad ni pensamiento
cosmológico ni lo tiene religioso. Estoy usando ahora la palabra “religión”
ahora no en el sentido teológico, sino en el sentido más bien
ético de lo que se solía llamar tradicionalmente la virtud
de religión, como temple, como sensibilidad, como religación.
XII. Necrológica (1980, 3-4)
Intentemos ser lo menos corvinos posible al honrar al filósofo muerto.
Evitemos los trenos de los cuervos rojos, repitiendo el recuerdo de que Sartre
ha dicho que el marxismo es el horizonte del saber de nuestra época.
No nos refocilemos, como los cuervos negros (o cuervos propiamente dichos),
saboreando la ruptura final del filósofo con el PCF y acaso con el
marxismo (sobre eso ya habrá impreso a estas alturas la redacción
cultural de El País algún millón de caracteres). Intentemos
sólo acompañarle en su muerte.
El “psicoanálisis existencial” de Sartre fue su
réplica de discípulo rebelde a la “analítica existencial”
heideggeriana. Pese al innegable paralelismo -a veces calco-, Sartre no plagia
nunca a su odiado inspirador: parece pensar que la clave, al menos, del instrumental
fenomenológico heideggeriano es de validez universal y que, por consiguiente,
está a disposición obligada de todo el que pretenda adentrarse
filosóficamente en la existencia. Pero desde el primer arranque de
su verdadero filosofar (que es el posterior a su encuentro con el de Heidegger
(11), Sartre está separándose del otro. Mientras que la analítica
existencial heideggeriana quiere ser una fundamentación de la ontología,
una propedéutica hacia la cuestión “¿por qué el
Ser, y no más bien la Nada?”, el psico-análisis existencialista
sartriano busca una desembocadura empírica o normativa. La existencia
de Heidegger es el ser de un ente al que nunca se le reconoce un nombre que
se encuentre en la sistemática zoológica; la existencia de Sartre
es de modo explícito la del ser humano. Lo fundamentado habría
de ser, entonces, una filosofía del ser humano.
En las dos analíticas ocupa la muerte un lugar
central y ejerce una función eminentemente filosófica: ella
es el fundamento último de la posibilidad del conocimiento “propio”
o “auténtico”. Esta doctrina es mucho menos visible en Sartre que en
Heidegger, porque Sartre era por entonces muy pobre en religiosidad y Heidegger
fue siempre muy rico en ella. Pero Sartre oculta en este punto, pues el saber
sartriano mas crítico y resolutivo en su fase más dilatada,
aquel saber que se expresa poéticamente en la frase “el hombre es
una pasión inútil” no puede tener otro fundamento que el “existencial”
ser-hacia-la-muerte.
Ninguna de las dos analíticas cumplió su
promesa. Heidegger no escribió nunca la prometida segunda parte de
El ser y el tiempo, ni tampoco una ontología; al difuminarse el hilo
de la analítica existencial, Heidegger fue precipitado hacia la imponente
teología en blanco de su última época. Sartre no desarrolló
la antropología empírica ni la ética que se podían
esperar de su analítica. En vez de eso, creyó ver en el marxismo
algo tan enorme que ni el mismo Zdanov se habría atrevido a mandar
escribirlo: el Saber de la época, Saber del que su propio existencialismo
sería sólo una articulación ideológica posible.
Esta convicción y, más tarde, abandonada ya semejante noción
del marxismo, la persistente creencia en el “progreso” moral por obra de algo
vago llamado “la izquierda” robustecieron su tendencia espontánea a
la intervención política directa.
No se puede esperar de esa vida mucha reflexión
sobre la muerte ni mucha contemplación de la muerte. De joven, en El
Ser y la Nada, había rehuido intencionalmente el reconocer la central
función gnoseológica de la muerte en su antropología
filosófica. De viejo “activista” veló, ciertamente, la muerte
de otros (muchos no dejaremos nunca de agradecerle infinitamente su ridícula
visita a los muros de la cárcel de Stammheim (12), pero es poco verosímil
que proyectara la suya.
Heidegger murió a la espera del “nuevo dios” o
la “nueva epifanía” del Ser para la humanidad. Sartre os ha sugerido
hasta el final -y aun esto sólo de paso- que su muerte acabaría
una pasión nunca enfriada, pero siempre sabedora de su inanidad. Desde
esa muerte se tiene que haber visto con un enfoque de claridad tajante la
aporía del pensar subjetivista, sin verdadera Naturaleza, y el milagro
trágico del activismo sin creencia material, del activismo que se podría
llamar “transcendental”.
XIII. De la vida y del juzgar (1980b)
A mí me gustaría también
decir algo a propósito de esta intervención, sin que con esto
quiera decir que esto sea una réplica. No estoy seguro de que pensaras
eso. Pero lo que quiero decir es lo siguiente: aquí nos hemos reunido
para reflexionar sobre una persona recién muerta, muerta hace poco.
Deberíamos desprendernos de la actitud de jueces.
Dicho sea de paso, la idea de que la vida de Sartre y
su obra es un fracaso a él le parecería naturalísima,
porque desde joven está sosteniendo que toda vida humana es un fracaso.
Le parecería una confirmación espléndida de su pensamiento.
Y en una versión de sentido común de su frase, todas las personas
razonables tenemos que estar de acuerdo. Eso primero, pero, sobre todo, lo
más decente que se puede hacer sobre un autor recientemente muerto,
cuando la que se le considera es en su muerte, es meditar sobre él,
no juzgarle. Aprender de él, no ponerse a juzgar.
Y una última observación. En el supuesto
de que uno no crea que toda vida humana es un fracaso, como Sartre, tal como
está las cosas en nuestra cultura, el de éxito no es precisamente
un concepto que me parezca de mucho interés ni nada entusiasmante para
seguir adelante. Prefiero un fracasado honrado, claro y sin opresión
ni agresión.
Todo esto me ha suscitado la idea del fracaso de Sartre.
No creo que tú estuvieras pensando lo contrario y no lo entiendo como
réplica, pero creo que estábamos obligados a decirlo.
Cuando se analiza si hay una contradicción o no, no es para juzgar,
es para aprender de eso.
Referencias
1. Manuel Sacristán (1954), “Personalismo”, mientras tanto
nº 63, otoño 1995.
2. M. Sacristán (1958), “Filosofía”, Papeles de filosofía.
Barcelona, Icaria 1984.
3. M. Sacristán (1968), “Corrientes principales del pensamiento filosófico”,
Enciclopedia Labor, vol. X.
4. M. Sacristán (1980a) “En la muerte de Jean-Paul Sartre, con un
recuerdo de Heidegger”, mientras tanto nº 3, marzo-abril 1980
5. M. Sacristán (1980b): “Sartre desde el final”. Conferencia impartida
el 29 de abril de 1980 en la Facultad de Derecho de la Universidad de
Barcelona. Trascripción SLA..
6. M. Sacristán (1980c), “Homenaje a Jean-Paul Sartre”. ICE (UB y
UAB).
Notas SLA.
1) La voz “Personalismo” fue editada, posteriormente, en un número
de homenaje coordinado por Francisco Fernández Buey de la revista mientras
tanto nº 63, otoño 1995, pp. 47-54. Está anunciada
su reimpresión en M. Sacristán, Lecturas de filosofía
moderna y contemporánea. Trotta, Madrid (en prensa), edición
y presentación de Albert Domingo Curto. Véase, igualmente, la
presentación de Laureano Bonet, “Manuel Sacristán, Simone Weil
y el personalismo: unos textos inéditos”, mientras tanto, nº
63, pp. 29-46.
2) Sacristán dirigió la traducción castellana de la
Historia de la Filosofía del padre Copleston, que Ariel editó
en 1974. El mismo tradujo el volumen VI.
3) Escribió Sacristán una entrada sobre la noción de
“Libertad” para la citada Enciclopedia temática que Pinilla de las
Heras conservó entre sus papeles (E. Pinilla de las Heras, En menos
de la libertad. Anthropos, Barcelona, 1989). Ha sido editada posteriormente
en mientras tanto y Albert Domingo Curto la ha recogido en M. Sacristán,
Lecturas de filosofía moderna y contemporánea, op. cit. La voz
se inicia del modo siguiente: “El problema de la libertad presenta dos tipos
de planteamientos que responden a dos concepciones distintas de la misma.
En una primera experiencia de la libertad puede ésta, en efecto, darse
como mera facultad de elección entre dos o más posibilidades,
encontrándose el espíritu del que elige en un estado de indiferencia
ante todas y cada una de ellas. Esta es la libertad de la indeterminación
o indiferencia, el libre albedrío. Pero junto a la descrita se da otra
experiencia de la libertad como el asentimiento total a exigencias que brotan
de lo más profundo de nosotros mismos. Se trata de la libertad en
sentido metafísico”.
Años más tarde, en el coloquio de una mesa
redonda “Sobre el estalinismo” celebrada el 23 de febrero de 1978, que contó
también con la participación de Manuel Vázquez
Montalbán, Sacristán se expresó en los términos
siguientes sobre libertad y tradición marxista (M. Sacristán,
Seis conferencias, El Viejo Topo, Barcelona, 2005): “(...) una tercera cuestión
me parece que queda coleando, que es que el desprecio a las libertades formales.
Creer que esto es una cosa de izquierda y revolucionaria es una de tantas
deformaciones ideológicas estalinianas, viene del período de
Stalin. En el período de Stalin se han recortado las libertades individuales
de los ciudadanos soviéticos, no por izquierdismo sino por derechismo
abierto. La primera limitación, la limitación todavía
visible en vida de Lenin, el año 1921, en el X Congreso, en marzo
de 21, es una limitación de libertades que sirve para tapar el aplastamiento
de la insurrección de Kronstadt y la introducción de la NEP,
es decir, sin juzgar ahora que fueron buenas o malas medidas, a lo mejor
eran óptimas, yo no soy ningún economista competente, a lo
mejor eran necesidades indiscutibles, pero dejando aparte su valor técnico,
desde el punto de vista político, eran un enorme bandazo a la derecha.
Para dar un enorme bandazo a la derecha es para lo que ha recortado el poder
soviético las libertades, entendámonos, porque cuando un poder
es él de izquierda no va a recortar libertades de sus propios ciudadanos
para seguir su camino, el camino previsto por su propia izquierda. Las recorta
para irse a la derecha.
La identificación de recorte de libertades con
izquierda es una falsedad histórica en el movimiento comunista. Esto
para empezar. Y la verdad, el poso de ideología estaliniana hasta dónde
tiene que haber calado para que sea posible hablar de la palabra “libertad”
despectivamente. Eso es monstruoso, eso es más o menos, supongo que
si yo fuera teólogo - aunque me divierta estar con teólogos
no lo soy-, pues diría que eso es uno de esos pecados contra el Espíritu
Santo, porque tratar despectivamente la libertad es llamar mal al bien.
La libertad, primero, ni es derechas ni se puede despreciar “ [la cursiva
es mía].
4) Esta intervención se produjo dentro de una mesa redonda que, como
se dijo, estaba organizada por los ICE de la UB y UAB de Barcelona.
El esquema seguido por Sacristán puede consultarse en el fondo Sacristán
de Reserva de la Universidad de Barcelona (RUB-FMSL). Fue el siguiente:
“I. Introducción. De su primer existencialismo
salía una “ética de la situación”
II. La fase marxista:
1. La convicción sobre el “Saber de la época”.
El marxismo es el saber de la época porque explica su génesis
y su vida.
2. Crítica: La insuficiencia actual del materialismo
dialéctico. La insuficiente subjetivización de la dialéctica.
El existencialismo ha sido una ideología del sujeto, llenando la laguna.
3. Situación.
4. Concreción- ejemplificación en “proyecto”:
Heidegger sobre proyecto. El “primer Sartre” en eso. Ahora. La
última nota ya anuncia novedad metodológica.
5. El problema del método: Verstehen corregido.
6. La ausencia de ciencia.
III. La última fase.
1. La revisión de visión.
2. La “izquierda”: El principio del progreso.
-La recusación del partido. - La predicción del “movimiento
de masas” -68 -La ambigüedad marxismo/PC -Visión general,
con marxismo incluido -Particularismo a veces grotesco -Final
de rendición.”
5) En la anterior, o mejor, en una de las últimas planificaciones
educativas españolas de los estudios secundarios, el C.O.U., el curso
de orientación universitaria, era, como es sabido, casi el último
eslabón antes de la entrada a la Universidad. Faltaban las denominadas,
sin escándalo oficial ni crítico, “pruebas de selectividad”.
6) A esa entrevista de Sartre con su secretario, con Paul Victor, seudónimo
de un dirigente estudiantil del movimiento del 68, se refería también
Sacristán en su intervención en los términos siguientes:
“La entrevista [...] en la que va contando a su secretario Paul Victor que
de joven, en realidad, él no sintió la desesperación
ni sintió la angustia, en esa misma entrevista que podéis encontrar
en la colección del diario El País, en los números que
van del 17 de abril al 27 de abril, se encuentra una versión de su
última posición filosófica y social que tiene muchísimo
interés a pesar de ser un texto prácticamente periodístico,
a pesar de estar bastante mal traducido al castellano -un periódico
tan distinguido como El País, en este caso no se ha lucido nada, la
traducción es a menudo oscura-, sin embargo, yo creo que va a ser,
o que tiene mucha probabilidad de ser, el documento más importante
de la ultimísima época de Sartre, porque a menos que salgan
inéditos de importancia, cosa difícil puesto que llevaba tiempo
ciego y no estaba acostumbrado a dictar, pues va a resultar el testimonio
más completo de su revisión.”
7) En RUB-FMSL pueden encontrarse detalladas anotaciones de Sacristán
sobre esta obra central del Popper epistemólogo. Sobre este punto,
véase. S. López Arnal y Pere de la Fuente, “Una aproximación
a las observaciones de Manuel Sacristán sobre La lógica de la
investigación científica”. En: S. López Arnal y otros
(eds), Popper/Kuhn: ecos de un debate. Montesinos, Barcelona 2003,
pp. 379-414.
8) Sacristán, junto con Ricard Salvat, intervino poco después
del fallecimiento de Sartre en una mesa redonda en la Facultad de Derecho
de la Universidad de Barcelona. El esquema de su intervención, que
él mismo tituló “Sartre desde el final”, puede consultarse en
RUB-FMSL. Sigue el siguiente esquema:
“Propuesta de mirar el pensamiento de Sartre desde su
final. Como en cierta tradición moderna del Juicio Final.
- Justificada porque lo ha hecho así el mismo
Sartre, en su entrevista, de marzo, que seguramente hemos leído muchos.
-Lo que aligera la información.
I. Revisión.
1. La consciencia de revisión. 1.1. Aunque
con consciencia de continuidad
2. Revisión del hacer del filósofo
joven.
2.1. "Demagogia" y moda en el filósofo.
3. Revisión por omisión: la del sistematismo
filosófico especulativo, o pseudociencia, pseudopoesía.
4 Revisión sobre la esperanza.
4.1. Declaración e historia de la esperanza de
Sartre.
4.2. Pero la de ahora es otra esperanza.
4.2.1. La primera (1945-1970) es la del revolucionario no hegeliano ni kantiano.
4.2.2. La de ahora es contradictoriamente compatible con una “tranquila desesperación”.
4. 3. Ninguna relación con Bloch. Este principio sartriano de la
esperanza implica una revisión recusatoria del marxismo.
4.3.1. Entendido de modo hegeliano y economicista.
4.3.2. Y, sobre todo, como Saber.
4.4. La clave (no solución) de la esperanza desesperada está
en la
5. Revisión sobre la moral.
5.1. Revisión sobre l'esprit de sérieux.
5.2. La moral.
5.2.1. Revisión explícita.
5.2.2. Fundamento nuevo de la moral: la obligación.
5.2.2.1. Sigue siendo "fenomenólogo”.
5.2.2.1.1. Arbitrariedad de los métodos filosóficos.
5.2.3. Realización: no revolucionaria-realista, sino escatológica-mesiánica.
5.3. La nueva esperanza sartriana es de rebelde.
5.3.1. Como se confirma por el hecho de que no hay perspectiva (desesperación
tranquila).
5.3.2. Savater.
II. El análisis de la situación.
1. Siempre tan importante para Sartre, se basa ahora
en la cuestión de
2. “La izquierda”.
2.1. El "principio".
2.1.1. Moral.
2.1.2. Convicción del "Progreso".
2.2. El escatológico mesianismo impone recusación de la 'intención"
(programas) y, por lo tanto, del "partido".
2.3. La predicción del "movimiento de masas”.
2.3.1. 68.
2.4. Visión general hasta el pesimismo
de V, con V, 3.
. 2.5. Notar el particularismo.
III. Intento de entenderlo.
1. El particularismo es tal vez doble.
1.1. Excluye a los bantúes.
1.2. Pero también nuevos problemas reales, de apariencia
intelectualmente trivial.
1.2.1. Ideologismo intelectualista.
1.2.1.1. Como, por lo demás, el odio a los partidos, el asco a la
gente media.
2. De ahí podría haber salido una unión
con la intelectualidad ascendente.
3. Pero Sartre es un intelectual que ha vivido otras
experiencias. Tendría que ser más joven -para construir con
optimismo una hegemonía- de los intelectuales. (Paramio). De aquí
la escatología, en vez del reformismo magnilocuente de los intelectuales
rebeldes.”
9) En el coloquio del debate, Luis Cuéllar preguntó directamente
a Sacristán su opinión sobre la posibilidad de que entre Sartre
y Camus no se hubiera producido la ruptura que, de hecho, se produjo: “¿Qué
hubiera dicho Camus si hubiera podido dialogar con el Sartre que se hacia
marxista? ¿Hubiesen roto su amistad, aunque sus lenguajes hubiesen
sido distintos? Se me aparece a la luz de lo que acabas de decir que
se habrían podido quizás entender o, por lo menos, no terminar
tan como terminaron. ¿Qué opinas tú?”
10) En su reseña para Laye de: Simone Weil, La Connaissance surnaturelle
(ahora en Papeles de filosofía,pp. 473-474), hacía Sacristán
un elogioso comentario sobre el trabajo de editor de Camus: ”Esta vez [S.
Weil, El conocimiento sobrenatural], los cuadernos están íntegramente
impresos. Albert Camus, como director de la “Collection Espoir”, de la casa
Gallimard, tiene el honor de ser hasta ahora el único editor de Simone
Weil que no se ha sentido sujeto a doctorales responsabilidades, de esas que
ponen la tijera en la mano. Camus es el único editor de S.W. para el
que no se planteará nunca el problema de si fue o no honrado: ahí
está el texto. Gracias a él tenemos, seguro, el contenido de
ocho cuadernos de Simone. No podemos decir lo mismo ni de una sola cuartilla
más, excepto L´Enracinement. [Echar raíces] (...)
Tal vez en premio a su honradez le ha sido concedido a Camus hacer el hallazgo
del texto que juzgo decisivo para la comprensión de Simone Weil, por
razones que en otra ocasión espero exponer. Camus encontró “deux
pages... détachés, au milieu d´un cahier, sans rapport
direct avec les notes prises à cet endroit [dos páginas separadas...,
en medio de un cuaderno, sin relación directa con las notas tomadas
en este lugar]”. Entonces las puso de prólogo al volumen: su clarividencia
fue grande”.
Entre los papeles de RUB-FMSL puede verse esta breve
anotación de Sacristán, de 1965, sobre un fragmento de La
peste: “Camus, La Peste, cap I: “Ils se croyaient libres et personne
ne sera jamais libre tant qu´il y aura des flèaux ”. La expresión
más crasa que conozco de la mistificación del asunto en la
filosofía contemporánea.”
11) Sacristán presentó su tesis doctoral sobre la gnoseología
de Heidegger en 1959. Ha sido reeditada en 1996 por Crítica: Las
ideas gnoseológicas de Heidegger, con un magnífico prólogo
de Francisco Fernández Buey. En Papeles de filosofía. Panfletos
y materiales II pueden verse diversas aproximaciones de Sacristán
a la obra del ex-rector de Friburgo.
En un texto de 1980, generosamente sin duda, señalaba
Sacristán: “Filósofo alemán nacido en Messkirch (Baden)
el 26 de setiembre de 1899 y murió el 26 de marzo de 1976 en su lugar
natal. Es el filósofo más influyente de Europa en los primeros
años posteriores a la segunda guerra mundial y ya antes, por lo que
hace a los círculos profesionales... Su vinculación con el poder
nazi -en favor del cual pronunció su célebre discurso rectoral-
se refleja en algunas de sus obras, más en la forma de una coincidencia
de talante -con manifestaciones como la glorificación del “pueblo
del Centro” o la apología de “la íntima verdad y grandeza del
nacionalsocialismo”- que en una fundamentación ideológica. El
nazismo buscó ésta en personajes no comparables con Heidegger,
como el mediocre Rosenberg. Por lo demás, el rectorado de Heidegger
no llegó a durar 11 meses, pues ya en 1934 el filósofo dimitió
para no ser responsable de la destitución de los decanos de Friburgo
que no eran nazis... Cuando, ya distanciados, se consideran los escasos incidentes
políticos de la vida de Heidegger, se tiene la impresión de
que este pensador grande y profundo, muy solitario y retraído, tuvo
la desgracia de que sus pocas alusiones al acontecer cultural y político
aparecieran en sus obras como añadidos gratuitos difícilmente
justificables, o hasta turbadoramente relacionados con circunstancias anecdóticas:
escritas, en definitiva, pro tempore, como ha señalado el crítico
y expositor De Waehlens. Así, por ejemplo, a raíz de la derrota
del nazismo Heidegger parece descubrir repentinamente una necesidad de “dialogar”
con el marxismo, en su Carta sobre el Humanismo (1974).”
12) En los coloquios de las dos intervenciones citadas, Sacristán
hizo referencia a esta visita de Sartre a la cárcel de Stammheim, donde
estaban encarcelados miembros del grupo Baader-Meinhof, en los términos
siguientes:
“A. Yo nunca he dicho que haya renunciado a la práctica,
porque la del rebelde es también una práctica y precisamente
pocas cosas se pueden agradecer más al viejo Sartre como aquella visita
a Stammheim, a la cárcel donde estaban todavía vivos los últimos
del grupo dirigente de la Fracción del Ejército Rojo, y no me
lo olvido. Lo que pienso, a título de interpretación mía,
para explicarme esto de la esperanza desesperada, lo que pienso es que ésa
es más -debe serlo, si está la clave en donde he dicho- una
práctica rebelde, desesperada, que una práctica revolucionaria
en sentido clásico, es decir, inserta en un plan de transformación,
inserta en una intención, como dice él, que ahora ya condena
como cosa que en última instancia resulta contraproducente.
Ahora, por encima de esta interpretación que yo
haga, siempre queda en pie que el contexto en mi opinión del Sartre
final es contradictorio, y que, por tanto, la última palabra, si de
verdad se quiere tener una última palabra de él, no es mi interpretación
sino tu pregunta. Si de verdad hablamos sólo de Sartre, el punto final
es tu pregunta: ¿cómo ha podido hacer así? En cambio,
si hablamos de Sartre para seguir adelante, aprender de él, aprender
con él y seguir nosotros, yo ofrecería la interpretación
que he dado: un paso de la práctica revolucionaria a la práctica
rebelde que es la clave de que esa esperanza sea desesperada. No es esperanza
en la propia acción, ni en la acción de los semejantes, sino,
si acaso, una esperanza sin nombre, una esperanza escatológica, en
un más allá de la historia sobre el cual no se puede actuar
con intenciones.
B. “Eso ha hecho él, generalmente. Ricard Salvat,
al hablar de su teatro, se ha referido a eso precisamente como una empresa
en la que ha tenido que pagar algo, el buscar una gran resonancia. Él
lo ha hecho siempre, igual cuando lo hacía según líneas
de tradición revolucionaria marxista que cuando al final, con desesperación,
pues ha hecho esas cosas a veces aparentemente absurdas, que conmovían
por su casi ridiculez, como eso de ir con Croissant, con el abogado de algunos
de los presos de Stuttgart, a visitar la cárcel, pero en verdad poco
pudo hacer. Nada, estar allí dejarse fotografiar, buscándose
la fama de demagogo, de querer figurar, pero eso también es una práctica.
En tu sentido, también es un protagonismo. Incluso se le ha reprochado
que excesivo.
Según como se mire. Se le ha reprochado que precisamente
al final ha hecho demasiado exhibicionismo. Según como se mire. Por
ejemplo, se ha hecho la comparación, todos las comparaciones son odiosas,
pero se ha hecho, y se puede repetir, con Russell. Russell, que ha sido también
un gran filósofo del siglo, ha sido un animador y una figura de primer
plano, si quieres, en el movimiento pacifista inglés, europeo y mundial,
pero nunca se dejó fotografiar solo, como Sartre, delante de la cárcel
de Stuttgart-Stammheim. Russell bajaba a la calle y se sentaba con estudiantes,
con amas de cosa, en el suelo, mezclado con ellos. Era imposible hacer una
fotografía de protagonista de Russell. Russell estaba allí con
ochenta años, con ochenta y dos. Todo el mundo sabía que estaba
allí pero no se le podía ver solo. En cambio, las fotos de
Sartre adecuadas para hacer un monumento ecuestre eso abundan por docenas.
Eso es verdad. Es un hecho. No creo yo que hubiera una renuncia a influir
y a ser protagonista, ni hasta el final.”