Ecología y socialismo
Michael Löwy
Traducción: Andrés
Lund Medina
Cuando el tema es ecología y socialismo, lo primero a considerar es
hasta qué punto la razón capitalista está llevando a
nuestro pequeño planeta -y los seres vivos que lo habitan- a una situación
catastrófica desde el punto de vista del medio ambiente, de las condiciones
de supervivencia de la vida humana y de la vida en general.
Se aproxima un desastre de proporciones todavía incalculables y las
señales de eso son ya visibles.
Hoy se están produciendo tempestades tropicales que ya asolaron regiones
de los Estados Unidos. Especialistas en el tema plantean la posibilidad de
que esos desastres llamados naturales tengan relación con el recalentamiento
del planeta y de las aguas oceánicas.
Los dramáticos resultados del desequilibrio ecológico provocado
por la lógica destructiva de la acumulación capitalista son
evidentes ahora, y los sufriremos todavía más dentro de dos,
diez, cincuenta años. No es una cuestión para dentro de un
siglo, ni siquiera a treinta años, es para ahora; por lo tanto requiere
una urgente respuesta política, ética y humana.
¿Cómo está enfrentando esos problemas la oligarquía
dominante?
Su respuesta es lamentable. Los sectores ecológicamente más
avanzados del capital internacional –la burguesía europea y otros,
como los japoneses– llegaron a un acuerdo para encarar el problema que consideraban
de mayor urgencia, que es el del efecto invernadero: el llamado Protocolo
de Kyoto.
De aquí a unos años, ese efecto invernadero va a provocar el
derretimiento de las zonas glaciales, con lo que se va a elevar el nivel
del mar, llevando a hundirse bajo el mar a varias ciudades costeras.
Este es un escenario bastante probable, y puede estar comenzando ahora mismo,
con el ejemplo más conocido de la tragedia de Nueva Orleáns.
La respuesta de los capitalistas más conscientes, más abiertos
a la cuestión ecológica, se resume en el Protocolo de Kyoto,
que es absolutamente insuficiente. El Protocolo de Kyoto busca, eventualmente,
estabilizar el efecto invernadero para dentro de 10 ó 15 años,
con base en un mecanismo absurdo llamado “mercado de los derechos de contaminar”.
Los países más ricos siguen contaminando el mundo, pero basados
en la posibilidad de comprar de los países más pobres el derecho
de contaminar lo que ellos no utilizan. Transforman el derecho de polución
en mercadería. De este modo, las naciones continúan contaminando:
tanto cuanto puedan o estén dispuestos a pagar. Eso es lo más
avanzado que la elite dominante consiguió producir. Ese acuerdo mínimo,
vacío, fallido, es perfectamente incapaz de responder al problema:
los Estados Unidos, que son el país más contaminador del mundo,
se niegan a firmarlo y, mientras tanto, siguen desarrollando su economía
con la lógica de la destrucción y de la contaminación.
El Ecosocialismo
Necesitamos pensar en soluciones radicales para ese problema. La solución
de Kyoto es absolutamente insuficiente y rechazada por los Estados Unidos.
Si vamos a pensar en términos de soluciones radicales, necesitamos
pensar en la cuestión del socialismo. Por eso existe un movimiento,
una idea, un programa, que es el ecosocialismo.
El ecosocialismo parte de algunas ideas fundamentales de Marx sobre la lógica
del capital y de algunos de los descubrimientos, avances y conquistas científicas
del movimiento ecológico y de la ciencia ecológica. Marx no
había planteado todavía la cuestión de la ecología
en su análisis porque, en su época, la cuestión era
muy poco evidente. Pero él afirma, en El Capital, que el sistema capitalista
agota las fuerzas del trabajador y las fuerzas de la Tierra. Traza un paralelo
entre el agotamiento del trabajador y el agotamiento del planeta. Por lo
tanto, el desarrollo del capitalismo acaba con la naturaleza.
Las actuales fuentes de energía del capitalismo son nocivas y peligrosas;
lo que es peligroso para el medio ambiente, también lo es para la
humanidad: ya sean las energías fósiles, en particular el petróleo
que se va a acabar dentro de a algunas décadas -y se sabe matemáticamente
que se va a acabar-, ya sea la energía atómica, que es una
falsa alternativa, pues la basura nuclear es un problema gigantesco, muy
peligroso, y que nadie consigue resolver. Entonces, la transformación
revolucionaria de las fuerzas productivas pasa por la cuestión de
las nuevas fuentes de energía, por las llamadas fuentes de energía
renovables. En lugar del petróleo contaminador y de la energía
nuclear devastadora, se necesita buscar energías renovables, como
la energía solar. Pero ella no les interesa a los capitalistas.
Porque es gratuita, es difícil de vender, no es mercancía.
El capitalismo no se interesa por la energía solar, no invierte en
su desarrollo.
Obviamente, desde el punto de vista socialista, es absolutamente prioritaria
la investigación científica y el desarrollo tecnológico
de la energía solar. No es la única pero, con seguridad, tendrá
un papel central en el proceso de transformación radical del proyecto
ecosocialista.
Por eso, algunos viejos socialistas relacionan directamente nuestra utopía
revolucionaria, el socialismo, el comunismo, con el Sol, con la energía
solar. Esa expresión de “comunismo solar” ya aparece en algunos trabajos
de ecosocialistas. Habría una especie de profunda afinidad entre la
energía solar y el proyecto comunista.
Los balances negativos
Otro tema que debe ser examinado es el balance negativo de lo que fue, a
partir de la visión ecológica, la experiencia del llamado “socialismo
real” de la Unión Soviética y otros estados burocráticos.
Desde el punto de vista de transformación del aparato productivo,
que avanzó muy poco, los resultados fueron enormes catástrofes
ecológicas. Esa experiencia es un camino que nosotros no debemos seguir.
Otro balance negativo es el del reformismo verde. Los partidos verdes que
se formaron en los años sesenta y setenta, al principio con cierta
perspectiva radical, terminaron casi todos, entrando en gobiernos de centroizquierda
y convirtiéndose al social-liberalismo.
Las soluciones que se requieren no pasan por una reforma ecológica
aquí o allá; eso no resuelve ninguno de los problemas. El balance
de ese ecoreformismo verde es, por tanto, bastante decepcionante.
Necesitamos enarbolar esa utopía revolucionaria, esa posibilidad que
es el ecosocialismo, que es el comunismo solar. La probabilidad de una transformación
radical de la sociedad implica la expropiación del Capital. Pero quedarse
sólo en la expropiación de los capitalistas no enfrentará
la cuestión del medio ambiente.
La perspectiva ecológica comprendida, en su radicalidad, como la propia
perspectiva socialista, implica la superación del capitalismo, la
posibilidad de una sociedad más humana, justa, igualitaria, democrática
y capaz de establecer una relación armoniosa de los seres humanos
entre sí y con el medio ambiente, con la naturaleza.
No basta con plantear ese objetivo, esa utopía revolucionaria. Hay
que comenzar a construir ese futuro desde ahora. Es necesario participar
en todas las luchas, inclusive de las más modestas; como, por ejemplo,
la de una comunidad que se defiende contra una empresa contaminadora; o la
defensa de una parte de la naturaleza que esté amenazada por un proyecto
comercial destructivo.
Es importante ir construyendo la relación entre las luchas sociales
y las ambientales, pues ellas tienden a concordar, unidas alrededor de objetivos
comunes. Por ejemplo, las comunidades indígenas o campesinas que enfrentan
a las multinacionales libran un combate antiimperialista, pero también
social y ecológico. La lucha por los transportes colectivos modernos
y gratuitos es un combate para avanzar en la solución del problema
de la contaminación del aire. Conquistar una red de transportes públicos
gratuitos significa que la circulación de automóviles va a
disminuir, que la polución será menor, que el aire se tornará
más respirable.
Necesitamos percibir cómo, en la práctica, con esa perspectiva
radical, las batallas diarias se van combinando, convergiendo, articulando.
Hoy el ecosocialismo es no sólo el trabajo de pensadores o revistas
especializadas, está presente en los movimientos sociales; aunque
algunos de ellos no se llamen ecologistas o socialistas, está presente
en el espíritu, en la radicalidad, en la dinámica de los movimientos
sociales, en particular en naciones del Tercer Mundo como la India, los países
africanos y los latinoamericanos.
Pero algunos ideólogos de la ecología plantean falsos problemas.
Por ejemplo, que la degradación del medio ambiente es culpa de nuestro
consumismo, que cada uno de nosotros consume demasiado, que es necesario
reducir el consumo para proteger al medio ambiente. Eso responsabiliza a
los individuos y redime al sistema. Es verdad que el consumo de los individuos
es un problema, pero el consumo del sistema capitalista, del militarismo
capitalista, de la lógica de acumulación del capital es mucho
mayor. Entonces, en lugar de pregonar la auto-limitación individual,
es necesario llamar a la organización para luchar contra el sistema
capitalista; esa debe ser nuestra respuesta.
Otra visión equivocada es aquella que declara que la culpa es del
ser humano, que mediante el antropocentrismo y el humanismo, se puso en el
centro y despreció a los otros seres vivos. Creo que esta concepción
causa falsos problemas. Porque es de interés de la humanidad, de la
supervivencia de los seres humanos, de los hombres y de las mujeres, preservar
el medio del cual dependen inevitablemente. No se trata de contraponer la
supervivencia humana a las de las otras especies, se trata de entender que
ellas son inseparables y que nuestra supervivencia como seres humanos, depende
de que se salvaguarde el equilibrio ecológico y la diversidad de las
especies; por tanto, desde el ecosocialismo estaríamos hablando de
un humanismo biocentrista.