Michael Löwy
2001. Traducción: Massimo
Modonesi
El capital es una formidable máquina de reificación (cosificación).
Después de la Gran transformación de la que habla Karl Polanyi,
es decir, después de que la economía capitalista de mercado
se ha autonomizado, de que se ha –por decirlo así– “desatorado”,
ésta funciona únicamente según sus propias leyes, las
leyes impersonales de la ganancia y de la acumulación. Ésta
supone, subraya Polanyi, “la transformación de la sustancia natural
y humana de la sociedad en mercancías”, gracias a un dispositivo,
el mercado autorregulador, que tiende inevitablemente a “romper las relaciones
humanas y... a aniquilar el hábitat natural del hombre”.
Se trata de un sistema despiadado, que lanza a los individuos de los estratos
desfavorecidos “bajo las ruedas mortíferas del progreso, ese carro
de Jagannâth”.
Max Weber ya había detectado en forma notable la lógica “cosificada”
del capital en su gran obra Economía y Sociedad: “La reificación
(Versachlichung) de la economía fundada sobre la base de la socialización
del mercado sigue absolutamente su propia legalidad objetiva (sachlichen)...
El universo reificado (versachlichte Kosmos) del capitalismo no deja ningún
lugar a la orientación caritativa...” Weber deduce de esto que la
economía capitalista es estructuralmente incompatible con los criterios
éticos: “en contraste con las otras formas de dominación, la
dominación económica del capital, por el hecho de su carácter
impersonal, no podría ser regulada éticamente... La competencia,
el mercado, el mercado de trabajo, el mercado monetario, remiten a consideraciones
objetivas, ni éticas ni antiéticas, simplemente no-éticas...
comandan el comportamiento en el punto decisivo e introducen instancias impersonales
entre los seres humanos involucrados.” En su estilo neutral y no comprometido,
Weber indica lo esencial: el capital es, por esencia, “no-ético”.
En la raíz de esta incompatibilidad se encuentra el fenómeno
de la cuantificación. Inspirado por la Rechenhaftigkeit -el espíritu
del cálculo racional al que se refiere Weber- el capital es una formidable
máquina de cuantificación. Reconoce solamente el cálculo
de las pérdidas y las ganancias, las cifras de la producción,
la medida de los precios, de los costos y los beneficios. Somete a la economía,
a la sociedad y a la vida humana a la dominación del valor de cambio
de la mercancía y, de su expresión más abstracta, el
dinero. Estos valores cuantitativos, que se miden en 10, 100, 1.000 ó
1.000.000, no conocen ni lo justo ni lo injusto, ni el bien ni el mal: disuelven
y destruyen los valores cualitativos y, en particular, los valores éticos.
Entre los dos hay “antipatía”, en el sentido antiguo, alquímico,
del término: falta de afinidad entre dos sustancias.
Hoy, este reino total –de hecho, totalitario– del valor mercantil, del
valor cuantitativo, del dinero, de la finanza capitalista, llegó
a un grado sin precedentes en la historia humana. Sin embargo, la lógica
del sistema había ya sido víctima de una crítica lúcida
del capitalismo desde 1847: “Llegó finalmente un tiempo en donde todo
lo que los hombres habían guardado como inalienable se volvió
objeto de intercambio, de tráfico y podía ser alienado. Es
el tiempo en el que las cosas mismas que hasta este momento eran comunicadas
pero nunca intercambiadas, nunca vendidas, adquiridas pero no compradas –virtud,
amor, opinión, ciencia, conciencia, etcétera–, el tiempo en
el cual todo pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción
general, de la venalidad universal en el cual, para hablar en términos
de la economía política, cada cosa, moral o física,
transformándose en valor venal, es llevada al mercado para ser apreciada
en su más justo valor.”(Marx)
Las primeras reacciones, no solamente obreras, sino también campesinas
y populares contra la mercantilización capitalista han ocurrido en
el nombre de ciertos valores sociales, ciertas necesidades sociales consideradas
como más legítimas que la economía política
del capital. Estudiando estos movimientos de las multitudes, de las rebeliones
del hambre en el siglo XVIII inglés, el historiador E.P. Thompson
habla de la confrontación entre la “economía moral” de la plebe
y la economía capitalista de mercado (que encuentra en Adam Smith
su primer gran teórico). Las revueltas del hambre (en las que las
mujeres jugaban un papel principal) eran una forma de resistencia al mercado
–en el nombre de la antigua “economía moral” de las normas comunitarias
tradicionales– que tenían su propia racionalidad y que, a largo plazo,
habían salvado a los estratos populares de las hambrunas.
El socialismo moderno es el heredero de esta protesta social, de esta “economía
moral”. Quiere fundar la producción ya no sobre los criterios del
mercado y del capital –la “demanda solventable”, la rentabilidad, la ganancia,
la acumulación– sino en función de la satisfacción de
necesidades sociales, el “bien común”, la justicia social. Se trata
de valores cualitativos, irreductibles a la cuantificación mercantil
y monetaria. Rechazando el productivismo, Marx insistía en la prioridad
del ser de los individuos –la plena realización de sus potencialidades
humanas– por sobre el tener, la posesión de bienes. Para él,
la primera necesidad social, la más imperativa, y la que abría
las puertas del “Reino de la Libertad” era el tiempo libre, la reducción
de la jornada de trabajo, la realización de los individuos en el juego,
el estudio, la actividad ciudadana, la creación artística,
el amor.
Entre estas necesidades hay una que toma una importancia siempre más
decisiva hoy día –y que Marx no había tomado suficientemente
en cuenta (salvo en algunos pasajes aislados) en su obra–: la necesidad
de salvaguardar el entorno natural, la necesidad de un aire respirable,
de agua potable, de alimentación libre de venenos químicos
o de radiaciones nucleares. Una necesidad que se identifica, tendencialmente,
con el imperativo mismo de la supervivencia de la especie humana en este
planeta, en el cual el equilibrio ecológico está seriamente
amenazado por las consecuencias catastróficas –efecto invernadero,
destrucción de la capa de ozono, peligro nuclear– de la expansión
infinita del productivismo capitalista.
El socialismo y la ecología comparten entonces valores sociales
cualitativos, irreductibles al mercado. Comparten también una rebelión
contra “la Gran transformación”, contra la autonomización
reificada de la economía en relación con las sociedades y
un deseo de “reubicar” a la economía en un entorno social y natural.
Sin embargo, esta convergencia no es posible sino a condición de
que los marxistas sometan a un análisis crítico su concepción
tradicional de las “fuerzas productivas” –regresaremos a este punto– y que
los ecologistas rompan con la ilusión de una “economía de
mercado” limpia. Esta doble operación es la obra de una corriente,
el ecosocialismo, que logró la síntesis entre las dos aproximaciones.
¿Qué es entonces el ecosocialismo? Se trata de una corriente
de pensamiento y de acción ecológica que integra los aportes
fundamentales del marxismo, liberándose de las escorias productivistas;
una corriente que entendió que la lógica del mercado capitalista
y de la ganancia –así como la del autoritarismo tecnoburocrático
de las difuntas “democracias populares”– son incompatibles con la defensa
del medio ambiente. En fin, una corriente que, criticando la ideología
de las corrientes dominantes del movimiento obrero, sabe que los trabajadores
y sus organizaciones son una fuerza esencial para toda transformación
radical del sistema.
El ecosocialismo se desarrolló –a partir de las investigaciones
de algunos pioneros rusos de final del siglo XIX e inicio del XX (Serge
Podolinsky, Vladimir Vernadsky)– sobretodo en el curso de los últimos
25 años, gracias a los trabajos de pensadores de la talla de Manuel
Sacristán, Raymond Williams, André Gorz (en sus primeros escritos),
así como las importantes contribuciones de James O'Connor, Barry
Commoner, Juan Martinez Allier, Francisco Fernández Buey, Jean-Paul
Déléage, Elmar Altvater, Frieder Otto Wolf, Joel Kovel y muchos
otros.
Esta corriente está lejos de ser políticamente homogénea.
Sin embargo, la mayor parte de sus representantes comparte ciertos temas
comunes. En ruptura con la ideología productivista del progreso –en
su forma capitalista y/o burocrática (léase “socialista real”)–
y opuesta a la expansión al infinito de un modo de producción
y de consumo destructor del medio ambiente, representa en el movimiento ecológico
la tendencia más avanzada, más sensible a los intereses de
los trabajadores y los pueblos del sur, la que entendió la imposibilidad
de un “desarrollo sostenible” en el marco de la economía capitalista
de mercado.
¿Cuáles podrían ser los principales elementos de una
ética ecosocialista, que se oponga radicalmente a la lógica
destructora y “no-ética” (Weber) de la rentabilidad capitalista y
del mercado total, este sistema de “venalidad universal” (Marx)? Avanzaré
aquí algunas hipótesis, algunos puntos de partida para la
discusión.
En primer lugar, se trata a mi parecer de una ética social: no es
una ética de comportamientos individuales, no apunta a culpabilizar
las personas, promover el ascetismo o la autolimitación. Es importante
que los individuos sean educados en el respeto del medio ambiente y el rechazo
del desperdicio; sin embargo, el verdadero nudo está en otra parte:
el cambio de las estructuras económicas y sociales capitalistas-mercantiles,
el establecimiento de un nuevo paradigma de la producción y la distribución,
fundado, como lo hemos visto más arriba, en la consideración
de las necesidades sociales, –en particular, la necesidad esencial de vivir
en un medio natural no degradado. Un cambio que exige a actores sociales,
movimientos sociales, organizaciones ecológicas, partidos políticos
y no solamente individuos de buena voluntad.
Esta ética es una ética humanista. Vivir en armonía
con la naturaleza, proteger a las especies amenazadas son valores humanos
–así como la destrucción, por la medicina, de las formas vivas
que agreden la vida humana (microbios, virus, parásitos). El mosco
anophel, portador de la fiebre amarilla, no tiene el mismo “derecho a la
vida” que los niños del Tercer Mundo amenazados por esta enfermedad:
para salvar a estos últimos, es éticamente legítimo
erradicar, en ciertas regiones, la primera...
La crisis ecológica, amenazando el equilibrio natural del medio
ambiente, pone en peligro no solamente la fauna y la flora, sino también
y sobretodo la salud, las condiciones de vida, la supervivencia misma de
nuestra especie. Ninguna necesidad entonces de hacer la guerra al humanismo
o al “antropocentrismo” para ver en la defensa de la biodiversidad o de
las especies animales en vía de desaparición, una exigencia
ética y política El combate para salvar el medio ambiente,
que es necesariamente el combate para un cambio de civilización, es
un imperativo humanista, relativo no solamente a tal o cual clase social,
sino al conjunto de los individuos.
Este imperativo está relacionado con las futuras generaciones, amenazadas
con recibir en herencia un planeta inhabitable a causa de la acumulación
siempre más incontrolable de los daños al medio ambiente.
Pero, el discurso que centraba la ética ecológica fundamentalmente
en este peligro, está hoy ampliamente superado. Se trata de una cuestión
mucho más urgente relacionada directamente con las generaciones presentes:
los individuos que viven al principio del siglo XXI conocen ya las consecuencias
dramáticas de la destrucción y el envenenamiento capitalista
de la biosfera, y arriesgan encontrarse –en todo caso los jóvenes–
dentro de veinte o treinta años con verdaderas catástrofes.
Se trata también de una ética igualitaria: el modo de producción
y de consumo actual de los países capitalistas avanzados, fundado
en una lógica de acumulación ilimitada (de capital, de ganancias,
de mercancías), de desperdicio de recursos, de consumo ostentoso
y de destrucción acelerada del medio ambiente, no puede de ninguna
manera ser extendido al conjunto del planeta, bajo el riesgo de una crisis
ecológica mayor. Este sistema está entonces necesariamente
fundado en el mantenimiento y la agravación de la desigualdad estridente
entre norte y sur. El proyecto ecosocialista apunta a una redistribución
planetaria de la riqueza y a un desarrollo en común de los recursos,
gracias a un nuevo paradigma productivo.
La exigencia ético-social de la satisfacción de las necesidades
sociales no tiene sentido sino al interior de un espíritu de justicia
social, de igualdad –lo cual no quiere decir homogenización– y de
solidaridad. Implica, en última instancia, la apropiación colectiva
de los medios de producción y la distribución de bienes y servicios
“a cada uno según sus necesidades”. No tiene nada que ver con la
pretendida “equidad” liberal que quiere justificar las desigualdades sociales
en la medida en que estarían “ligadas a funciones abiertas a todos
en condiciones de igualdad equitativa de oportunidades” (Rawls); argumento
clásico de los defensores de la “libre competencia” económica
y social.
El ecosocialismo implica, de igual manera, una ética democrática:
mientras que las decisiones económicas y las elecciones productivas
queden en manos de una oligarquía de capitalistas, banqueros y tecnócratas,
o en el desaparecido sistema de las economías estatalizadas, de una
burocracia que escape a todo control democrático, no saldremos del
ciclo infernal del productivismo, de la explotación de los trabajadores
y de la destrucción del medio ambiente. La democratización
económica –que implica la socialización de las fuerzas productivas–
significa que las grandes decisiones sobre la producción y la distribución
no serán tomadas por “los mercados” o por un politburó, sino
por la sociedad misma después de un debate democrático y pluralista
en el cual se opongan las propuestas y las opciones distintas. Es la condición
necesaria para la introducción de otra lógica socioeconómica
y de otra relación con la naturaleza.
Por último, el ecosocialismo es una ética radical, en el
sentido etimológico de la palabra: una ética que se propone
ir a la raíz del mal. Las medias medidas, las semirreformas, las
conferencias de Río, los mercados de derecho de contaminación
son incapaces de aportar una solución. Se requiere de un cambio radical
de paradigma, un nuevo modelo de civilización, una transformación
revolucionaria.
Esta revolución toca a las relaciones sociales de producción
–la propiedad privada, la división del trabajo– pero también
a las fuerzas productivas. Contra cierto marxismo vulgar –que puede apoyarse
sobre algunos textos del fundador– que concibe el cambio únicamente
como supresión –en el sentido del Aufhebung hegeliano– de las relaciones
sociales capitalistas, “obstáculos al libre desarrollo de las fuerzas
productivas”, hay que poner en cuestión la estructura misma del proceso
de producción.
Para parafrasear la célebre fórmula de Marx sobre el Estado
después de la Comuna de París: los trabajadores, el pueblo,
no pueden apropiarse del aparato productivo y hacerlo simplemente funcionar
en su provecho: tienen que “romperlo” y sustituirlo con otro. Lo que quiere
decir una transformación profunda de la estructura técnica
de la producción y de las fuentes de energía –esencialmente
fósiles o nucleares– que le dan forma. Una tecnología que respete
el medio ambiente, y las energías renovables –en particular la solar–
está en el corazón del proyecto ecosocialista.
La utopía del socialismo ecológico, de un “comunismo solar”
no significa que no haya que combatir desde hoy para objetivos inmediatos
que prefiguran el porvenir y están inspirados en estos mismos valores:
- Privilegiar a los transportes públicos contra la proliferación
monstruosa de los automóviles individuales y el transporte por carretera.
- Salir de la trampa nuclear y desarrollar fuentes energéticas renovables.
- Exigir el respeto de los acuerdos de Kyoto sobre el efecto invernadero,
rechazando la mitificación del “mercado de los derechos de contaminación”.
- Luchar por una agricultura biológica, combatiendo
las multinacionales de las semillas y sus OGM.
Son solamente algunos ejemplos, se podría fácilmente extender
el listado. Encontramos estas demandas, y otras similares, entre las reivindicaciones
del movimiento internacional contra la globalización capitalista
y el neoliberalismo, que ha surgido de la conferencia “intergaláctica”
contra el neoliberalismo y por la humanidad, organizada por los zapatistas
en las montañas de Chiapas, y que reveló su fuerza de protesta
en las manifestaciones en las calles de Seattle (1999), Praga, Québec,
Niza (2000) y Génova (2001). Un movimiento que no es solamente crítico
de las monstruosas injusticias sociales producidas por el sistema, sino
que es también capaz de proponer alternativas concretas, como por
ejemplo en el Foro Social Mundial de Porto Alegre (enero de 2001).
Ese movimiento, que rechaza la mercantilización del mundo, encuentra
la inspiración moral de su rebelión y de sus propuestas en
una ética de la solidaridad inspirada en valores sociales y ecológicos
cercanos a los enunciados aquí.