¿Qué es el ecosocialismo?
Michael Löwy
Octubre 2004. Contribución
publicada en "Ecologie et socialisme", Michael Löwy coord., Syllepse,
Paris 2005. Traducción: Andrés
Lund Medina
El crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes
ciudades, del agua potable y del ambiente en general; el calentanmiento del
planeta, el principio de la fusión de los glaciales polares, la multiplicación
de catástrofes "naturales"; el principio de la destrucción de
la capa de ozono; la destrucción, a una velocidad creciente, de los
bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad
por la extinción de miles de especies; el agotamiento de tierras, su
deseritficación; la acumulación de basura, principalmente nuclear,
imposible de manejar; la multiplicación de accidentes nucleares y
la amenza de un nuevo Tchernobyl; la contaminación de la comida, las
manipulaciones genéticas, las "vacas locas", la carne con hormonas.
Todas las luces están rojas: es evidente que el curso enloquecido de
las ganancias, la lógica productivista y la mercantilización
de la civilización capitalista/industrial nos conduce a un desastre
ecológico de proporciones incalculables. No es ceder al «catastrofismo»
el constatar que la dinámica del «crecimiento» infinito
inducido por la expansión capitalista amenaza los fundamentos naturales
de la vida humana en el planeta.
(1)
¿Cómo reaccionar frente a este peligro? El socialismo y la
ecología -o por lo menos, ciertas corrientes suyas- tienen objetivos
comunes que implican un cuestionamiento de la autonomización de la
economía, del reino de la cuantificación, de la producción
como meta en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción
del universo social al cálculo de márgenes de rentabilidad y
a las necesidades de la acumulación del Capital. Ambos defienden los
valores cualitativos: el valor de uso, la satisfacción de necesidades,
la igualdad social, el resguardo de la naturaleza, el equilibrio ecológico.
Ambos conciben a la economía como una "pieza" en el ambiente: social
para el algunos, natural para otros.
Se dice, las divergencias de fondo son las que mantienen separados a los
«rojos» y a los «verdes», a los marxistas de los ecologistas.
Los activistas ecologistas acusan a Marx y Engels de productivismo. ¿Se
justifica esta imputación? Sí y no.
No, en la medida en que nadie denunció tanto como Marx la lógica
capitalista de producción por la producción, la acumulación
del Capital, riquezas y mercancías como fin en sí mismo. La
misma idea de socialismo, al contrario de la miserable falsificación
de los burócratas, es la de una producción de valores del uso,
de bienes necesarios para la satisfacción de necesidades humanas.
El objetivo supremo del progreso técnico para el socialismo de Marx
no es el crecimiento infinito de posesiones ("el tener") sino la reducción
de la jornada de trabajo, y el crecimiento del tiempo libre ("el ser").
Sí, en la medida en que a menudo en los hallazgos a Marx o Engels
(y más todavía en el marxismo ulterior) hay una tendencia a
hacer del "desarrollo de las fuerzas productivas" el vector principal del
progreso, así como una posición poco crítica hacia la
civilización industrial, principalmente en su relación destructiva
del medio ambiente.
En realidad, uno encuentra en los escritos de Marx y Engels elementos para
nutrir estas dos interpretaciones. La cuestión ecológica es,
en mi opinión, el desafío más grande para un renovación
del pensamiento marxista en el umbral del siglo XXI. Ésta exige a los
marxistas una revisión crítica profunda de su concepción
tradicional de las "fuerzas productivas", así como una ruptura radical
con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico
y económico de la civilización industrial moderna. Walter Benjamín
fue uno de los primeros marxistas en el siglo veinte que propuso este tipo
de problemas: desde 1928, en su libro Sentido único, denunciaba la
idea de dominación de la naturaleza como una "instrucción imperialista"
y propuso una nueva concepción de la técnica como "dominio de
la relación entre la naturaleza y la humanidad". Algunos años
después, en sus Tesis sobre el concepto de historia se propone enriquecer
al materialismo histórico con ideas de Fourier, ese utópico
visionario que había soñado "un trabajo que, lejos de explotar
a la naturaleza, está en condiciones de aliviarla de las criaturas
que duermen latentes en su seno."
(2)
Hoy todavía los marxismos están lejos de haber colmado sus
carencias en este terreno. Pero algunas reflexiones empiezan a atacar esta
tarea. Una pista fecunda ha sido abierta por el activista ecológico
y marxista americano James O'Connor: es necesario agregar a la primera contradicción
del capitalismo, examinada por Marx, la existente entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción, una segunda contradicción
entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción: los
trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza. Por su dinámica expansionista,
el Capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, empezando con
el ambiente natural -una posibilidad que Marx no había tenido suficientemente
en consideración.
(3)
Otro interesante acercamiento es sugerido en un reciente texto de un ecomarxista
italiano: "La fórmula según la cual se produce una transformación
de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas eficazmente destructivas,
especialmente respecto al ambiente, nos parece más conveniente y más
significante que el esquema muy conocido de la contradicción entre
fuerzas productivas (dinámicas) y relaciones de producción (que
las encadenan a las primeras). Por otra parte, esta fórmula permite
dar una fundamento crítico y no apologético al desarrollo económico,
tecnológico, científico, y por consiguiente para elaborar un
concepto de progreso 'differentié' [diferenciado] (E. Bloch).
(4)
Que sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa -los sindicatos,
partidos socialdemócratas y comunistas- permanece profundamente marcado
aún por la ideología del "progreso" y por el productivismo,
y, en ciertos casos, defiende, sin mayor cuestionamiento, la energía
nuclear o la industria automotriz. Es verdad que un principio de sensibilización
ecologista está en proceso de desarrollarse, principalmente en los
sindicatos y partidos de izquierda en los países nórdicos, en
España, en Alemania, etc.
Crisis de la civilización
La gran contribución de la ecología fue -y es de nuevo-
hacernos tomar conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia
del modo presente de producción y consumo. El crecimiento exponencial
de agresiones al ambiente, la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio
ecológico configura un escenario catastrófico que pone en cuestión
la misma supervivencia de la vida humana. Somos confrontados con una crisis
de la civilización que requiere algunos cambios radicales.
El problema es que las proposiciones avanzadas por las corrientes dominantes
de la ecología política europea son muy insuficientes o llevan
a callejones sin salida. Su principal debilidad es ignorar la necesaria conexión
entre el productivismo y el capitalismo, de conducir a la ilusión de
un "capitalismo propio" o de reformas capaces de controlar sus "excesos" (como
eco-impuestos, p.e.). Toman como pretexto la imitación, por las economías
burocráticas despóticas, del productivismo occidental, encontrando
que espalda a espalda el capitalismo y el socialismo son dos variantes del
mismo modelo - un argumento que ha perdido sus interés después
del hundimiento del pretendido "socialismo real."
Los activistas ecológicos están equivocados si ellos piensan
poder hacer la crítica de la economía marxista del capitalismo:
una ecología que no comprende la relación entre el "productivismao
y la lógica de la ganancia está condenada al fracaso -o peor,
a la recuperación por el sistema. Los ejemplos no faltan... La ausencia
de una postura anti-capitalista coherente ha conducido a la mayor parte de
los partidos verdes europeos -Francia, Alemania, Italia, Bélgica- a
volverse en simples compañeros "eco-reformistas" de la gestión
social-liberal del capitalismo en los gobiernos de centro-izquierda.
Considerando a los trabajadores como irremediablemente ganados por el productivismo,
algunos activistas ecologistas consideran un punto muerto al movimiento obrero,
y han puesto en sus banderas: "ni izquierda, ni derecha". Los ex-marxistas
convertidos a la ecología declaran apresuradamente el "adiós
a la clase obrera" (André Gorz), mientras de otros (Alain Lipietz)
insisten que es necesario salir del "rojo" –es decir, del marxismo o del socialismo-
para adherirse al "verde", al nuevo paradigma que traería una respuesta
a todos los problemas económicos y sociales.
Finalmente, en las corrientes llamadas "fundamentalistas" (o de la ecología
profunda) se llegan a esbozar, bajo el pretexto de luchar contra el antropocentrismo,
una refutación al humanismo que conduce a posiciones relativistas,
colocando a todas las especies vivientes en el mismo nivel. ¿Es necesario
considerar verdaderamente que el bacilo de Koch o el mosquito anofelises tienen
los mismos derechos a la vida que un niño enfermo de tuberculosis o
malaria?
El ecosocialismo
¿Qué es por consiguiente el ecosocialismo? Se trata de una
corriente de pensamiento y de acción ecologista que hace suyos los
principios fundamentales del marxismo -todos desembarazados del las escorias
productivistas. Para los ecosocialistas la lógica del mercado y la
ganancia, del mismo modo que en autoritarismo burocrático del supuesto
«socialismo real», es incompatible con las exigencias de la salvaguarda
del medio ambiente natural. Todos critican la ideología de las corrientes
dominantes del movimiento obrero, pero reconocen que los trabajadores y sus
organizaciones son una fuerza esencial para la transformación radical
del sistema, y para el establecimiento de una nueva sociedad, socialista y
ecológica.
El ecosocialismo se ha desarrollado durante los últimos treinta años,
gracias a trabajos de pensadores de la talla de Manual Sacristán, Raymond
Williams, Rudolf Bahro (en sus primeros escritos) y André Gorz (ibidem),
como en las preciosas contribuciones de James O'Connor, Barry Commoner, John
Bellamy Foster, Joël Kovel (EU), Juan Martinez Allier, Francisco Fernandez
Buey, Jorge Riechman (España), Jean-Paul Déléage, Jean-Marie
Harribey (Francia), Elmar Altvater, Frieder Otto Wolff (Alemania), y muchos
otros, que se han expresado en una red de revistas tales como: Capitalism,
Nature and Socialism, Ecologia Politica, etc.
Esta corriente está lejos de ser políticamente homogénea,
pero la mayoría de sus representantes comparten ciertos temas comunes.
En ruptura con el productivismo de la ideología del progreso -en su
forma capitalista o burocrática- y en oposición a la expansión
infinita de un modo de producción y consumo destructor de la naturaleza,
ellos representan una tentativa original para articular las ideas de un socialismo
marxista con las adquisiciones de la crítica ecológica.
James O'Connor define como ecosocialistas las teorías y movimientos
que intentan subordinar el valor de cambio al valor de uso, mientras organizan
la producción según las necesidades sociales y los requisitos
para la protección del medio ambiente natural. Su meta, un socialismo
ecológico, sería una sociedad racional fundada ecológicamente
en el control democrático, la igualdad social y el predominio del valor
del uso.
(5)
Yo agregaría que esta sociedad supone la propiedad colectiva de los
medios de la producción, una planificación democrática
que permita a la sociedad definir metas de producción e inversiones,
así como una nueva estructura de la fuerza productiva tecnológica.
El razonamiento ecosocialista reposa sobre dos argumentos esenciales:
1) El modo de producción y de consumo actual de
los países desarrollados, fundados sobre la lógica de la acumulación
ilimitada del Capital, de ganancias, de mercancías, de despilfarro
de recursos, de consumos ostentosos y de destrucción acelerada del
medio ambiente, no puede de ningún modo ser extendido en el conjunto
del planeta, sino bajo la idea de una importante crisis ecológica;
según cálculos recientes, si se generalizara al conjunto de
la población mundial el consumo medio de energía de USA, las
reservas actuales de petróleo se agotarían en diecinueve años.
(6)
Este sistema está, por tanto, necesariamente fundado en el mantenimiento
y el agravamiento de las escandalosas injusticias entre el Norte y el Sur.
2) En este estado de cosas, la continuación del
«progreso» capitalista y la expansión de la civilización
fundada sobre la economía de mercado, que funciona bajo una forma brutalmente
inequitativa, amenaza directamente, a mediano plazo, (toda previsión
sería azarosa), la supervivencia misma de la especie humana. El cuidado
de la naturaleza es por tanto un imperativo humanista.
La racionalidad limitada del mercado sistema capitalista, con sus cálculos
inmediatistas de pérdidas y ganancias, es intrínsecamente contradictorio
con una racionalidad ecológica que toma en cuenta la temporalidad de
los ciclos naturales largos. No se trata de oponer los «males»
capitalistas ecocidas con los «buenos» capitalistas verdes: es
el sistema mismo, fundado en una despiadad competencia, en las exigencias
de rentabilidad, en el curso de las altas tasas de ganancias, que es destructivo
de los equilibrios naturales.
El pretendido «capitalismo verde» es sólo una maniobra
publicitaria, una etiqueta puesta para vender una mercancía, o, en
el mejor de casos, una iniciativa local equivalente a una gota de agua en
la tierra árida del desierto capitalista.
Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomización cosificada
de la economía, acendrada a través de neoliberalismo, se pone
en juego el futuro que es, para los ecosocialistas, la puesta en acción
de la "economía moral", en el sentido que dio E.P. Thompson a este
término, es decir, una política económica fundada sobre
criterios no-monetarios y extra-económicos: en otros términos,
la "reintricación" de lo económico en el ecológico, lo
social y lo político.
(7)
Las reformas parciales son completamente insuficientes: es necesario reemplazar
la micro-racionalidad de la ganancia por una macro-racionalidad social y ecológica,
lo que requiere un cambio real de civilización.
(8)
Ello es imposible sin una reorientación tecnológica profunda
y apuntando al reemplazo de las fuentes actuales de energía por otras,
no-contaminantes y renovables, como la energía eólica o la solar.
(9)
La primera cuestión planteada es, entonces, sobre el control de los
medios de producción, y sobre todo por las decisiones de inversión
y mutación tecnológica ; de modo que deben quitarse de los bancos
y de las empresas capitalistas esos medios y esas decisiones para volverse
bienes comunes de la sociedad. Ciertamente, el cambio radical no sólo
involucra la producción, sino también al consumo. Sin embargo,
el problema de la civilización burgués/industrial no es -como
pretenden a menudo a los activistas ecológicos- «el consumo
excesivo» de la población, y la solución no es un «limitación»
general del consumo, fundamentalmente en los países capitalistas avanzados.
Es el tipo del consumo actual, fundado en el desperdicio y la ostentación,
la alienación mercantil, la obsesión pr acumular, lo que debe
ponerse en cuestión.
Una reorganización en su conjunto del modo de producción y
consumo es necesaria, fundada sobre criterios exteriores a los del mercado
capitalista: en las necesidades reales de la población (no necesariamente
en las solventes) y la salvaguarda del medio ambiente. En otros términos,
una economía de transición al socialismo, "re-ajustada" (como
diría Karl Polanyi) en el medio ambiente social y natural, porque está
fundada en la opción democrática de prioridades y inversiones
decididas por la población -y no por leyes del mercado o por un politiburó
omnisciente. Todavía en de otros términos, una planificación
democrática local, nacional, y, tarde o temprano, internacional, definiendo:
1) qué productos deben subvencionarse o tener una distribución
gratuita ; 2) qué opciones energéticas deben, ser permitidas,
aunque ellas no sean, en primer tiempo, las «rentables»; 3) cómo
reorganizar el sistema de transportes, según criterios sociales y
ecológicos; 4) qué medidas se toman para reparar, lo más
rápidamente posible, los gigantescos daños al medio ambiente
dejados «en herencia» por el capitalismo. Y así en adelante...
Esta transición no sólo manejaría a un nuevo modo de
producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino
también un modo de vida alternativo, una nueva civilización,
ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos
de consumo artificialmente inducidos por la publicidad, y de la producción
al infinito de mercancías que dañan el medio ambiente (¡el
automóvil individual!).
¿Utopía? En el sentido etimológico («ningún
lugar»), sin duda. Pero si no creemos más , como Hegel, que "todo
lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real", ¿cómo
pensar una racionalidad sustancial sin hacerse llamar utopía? La utopía
es indispensable en el cambio social, con tal de que se funde en las contradicciones
de la realidad y en los movimientos sociales reales. Este es el caso del ecosocialismo,
que propone una estrategia de alianza entre los "rojos y los verdes" –no
en el sentido político estrecho de los partidos socialdemócratas
y de los partidos verdes, sino en un sentido más amplio, es decir,
entre el movimiento obrero y el movimiento ambientalista -y de solidaridad
con los oprimidos y explotados del Sur.
Esta alianza implica que la ecología renuncia a las tentaciones del
naturalismo anti-humanista y abandona su pretensión de reempazar la
crítica de la economía política. Esta convergencia también
implica que el marxismo se desembaraza de su productivismo, sustituyendo el
esquema mecanicista de la oposición entre el desarrollo de las fuerzas
productivas y relaciones de producción que las limitan, por la idea,
mucho más fecunda, de una transformación de las fuerzas potencialmente
productivas como fuerzas efectivamente destructivas.
(10)
Dinámica de cambio
La utopía revolucionaria de un socialismo verde o de un comunismo
solar no significa que uno no debe actuar desde hoy mismo. Pero no tener ilusiones
sobre la posibilidad de "ecologizar" al capitalismo no significa que no debe
comprometerse con el combate por reformas inmediatas. Por ejemplo, algunas
formas de ecoimpuestos pueden ser útiles, a condición de que
sean portadores de una lógica social igualitaria (hacer pagar a los
contaminadores y no a los consumidores), y que se quite de encima el mito
de un cálculo económico del "precio de mercado" por el daño
ecológico: esa es una variable incomensurable desde el punto de vista
monetario. Tenemos necesidad desesperadamente de ganar tiempo, de luchar
inmediatamente por la prohibición del CFCS que destruye la capa de
ozono, por una prohibición de los OGM, por una severa limitación
de los gases responsables del efecto invernadero, por privilegiar a los transportes
públicos por encima del uso del automóvil individualista, contaminante
y anti-social.
(11)
La trampa que nos amenaza en esta tierra es ver nuestras reivindicaciones
tomadas positivamente en cuenta, pero vaciándolas de su contenido.
Un caso ejemplar son los «Acuerdos de Kyoto» sobre el cambio climático,
en los que se previó una reducción mínima del 5% en
relación a 1990 –lo que es demasiado poco para para tener resultados
efectivos- en la emisión de gases responsables del calentamiento global
del planeta. Como se sabe, EU, principal fuerza responsable de la emisión
de gases, se rehusó obstinadamente a firmar esos Acuerdos; en cambio,
Europa, Japón y Canadá, sí firmaron dichos Acuerdos,
pero reordenando sus términos –con el famoso «mercado de derechos
de emisión», o el reconocimiento del supuestamente «bien
del carbono»-, que todavía reduce más el alcance, ya
muy limitado, de estos Acuerdos. En lugar de los intereses a largo plazo
de la humanidad, predominaron aquellos que, a simple vista, son los de la
multinacional del petróleo y el complejo industrial del automóvil.
(12)
La lucha por las reformas eco-sociales puede ser portadora de una dinámica
de cambio, de "transición" entre las demandas mínimas y el programa
máximo, a condición de que rechace los argumentos y las presiones
de los intereses dominantes, de apelar a las reglas del mercado, la competitividad
o la "modernización". Algunas demandas inmediatas ya son, o puede
volverse rápidamente, el lugar de una convergencia entre los movimientos
sociales y los movimientos ecologistas, entre sindicalistas y conservacionista,
entre rojos y verdes:
- La promoción del transporte pública -trenes,
metros, camiones, tranvías-, bien organizado y gratuito, como alternativa
a los embotellamientos y la contaminación de ciudades y campos gracias
al uso del automóvil individual y al sistema de caminos y ttransporte.
- La lucha contra el sistema de la deuda y los "ajustes
ultra-neo-liberales" impuesto por el FMI y el Banco Mundial a los países
del Sur, con consecuencias sociales y ecológicas dramáticas:
el desempleo masivo, la destrucción de las protecciones sociales y
de las culturas vivientes, las destrucción de los recursos naturales
por la exportación.
- La defensa de la salud pública contra la polución
del aire, del agua (mantos acuíferos) o de la comida, por la avaricia
de las grandes empresas capitalistas.
- La reducción del tiempo de trabajo como respuesta
al desempleo y como visión de la sociedad que privilegia el tiempo
libre respecto a la acumulación de bienes y posesiones.
(13)
Sin embargo, en la lucha por una nueva civilización, a la vez más
humana y más respetuosa de la naturaleza, el conjunto de los movimientos
sociales emancipadores deben asociarse. Como lo dice tan bien Jorge Riechmann:
"Este proyecto no es capaz de renunciar a ninguno de los colores del arcoiris
en el cielo: ni al rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario,
ni al violeta de las luchas por la liberación de la mujer, ni al blanco
de los movimientos no violentes por la paz, ni al anti-autoritario negro de
los libertarios y anarquistas, y mucho menos al verde de la lucha por una
humanidad justa y libre sobre un planeta habitable ".
(14)
La ecología de los pobres
La ecología social ha devenido una fuerza social y política
presente sobre la tierra en la mayor parte de los países europeos,
y también, hasta cierto punto, en EU. Pero nada sería más
falso que considerar que las cuestiones ecológicas sólo preocupan
a los países del Norte –que son un lujo de las sociedades ricas. Cada
vez más se desarrollan en los países del capitalismo periférico
-el "Sur"- los movimientos sociales con una dimensión ecológica.
Estos movimientos reaccionan a un agravamiento creciente de los problemas
ecológicos de Asia, Africa y América Latina, como consecuencia
de una política deliberada de "exportación de la polución"
por los países imperialistas. Esta política, además,
tiene una "legitimación económica insuperable" -desde el punto
de vista de la economía capitalista de mercado- formulado recientemente
por un experto eminente del Banco Mundial, el Sr. Lawrence Summers: ¡los
pobres cuestan menos caros! Para citar sus propios términos: "la medición
de costos de la polución dañina a la salud depende de los rendimientos
perdidos debidos a la morbilidad y la mortalidad acrecentadas. Desde este
punto de vista, una cuantificación dada de polución dañina
a la salud deberá ser realizada en los países con los costos
más bajos es decir, en los países con los salarios más
bajos."
(15)
Una formulación cínica que revela la lógica del Capital
global mucho mejor que todos los sedantes discursos sobre el "desarrollo"
producidos por las instituciones financieras internacionales.
Se ve aparecer así en los países del Sur esos movimientos
que J. Martinez-Alier llama "la ecología de los pobres" o también
"neo-narodnismo ecológico, esto es, las movilizaciones populares en
defensa de la agricultura campesina, y del acceso comunal a los recursos naturales,
amenazados de destrucción por la expansión agresiva del mercado
(o del Estado), así como por las luchas contra el deterioro del ambiente
provocado por el intercambio desigual, la industrialización dependiente,
las manipulaciones genéticas y el desarrollo del capitalismo (los
"agro-negocios") en el campo.
A menudo, estos movimientos no se definen como ecologistas, aunque su lucha
tiene una dimensión ecológica determinante.
(16)
Va de suyo que estos movimientos no se oponen a mejoras traídas por
el progreso tecnológico: al contrario, la demanada de electricidad,
agua corriente, tubería de cloacas, y una multiplicación de
clínicas médicas, son parte de su plataforma de demandas. A
lo que ellos se niegan es a que la polución y destrucción de
su hábitat natural sea a nombre de las leyes del mercado y a imperativos
de la "expansión" capitalista.
Un texto reciente del dirigente campesino peruano Hugo Blanco expresa notablemente
el significado de esta «ecología de pobres»:
"A primera vista, el conservacionista aparece como el tipo, el tipo ligeramente
loco, para el cual el principal objetivo en la vida es prevenir la desaparición
de las ballenas azules o los osos pandas. Las gente común tienen cosas
más importantes de las cuales preocuparse, por ejemplo cómo
conseguir diariamente el pan. (...) Sin embargo, existe en Perú
un gran númerode personas que son conservacionistas. Por supuesto,
si uno les dice,"usted es ambientalista", ellos probablemente contestarán
"ecologista su hermana"... y todavía: ¿habitantes de la ciudad
de Ilo y de los pueblos circundantes, en lucha contra la polución provocada
por el Perú Del sur la Corporación Cobriza son considerados
conservacionista o no? (...) ¿Y la población del Amazonas, no
es completamente ambientalista, dispusta a morirse por defender sus bosques
contra la depredación? De la misma manera la población pobre
de Lima, cuando protesta contra la polución de las aguas".
(17)
Entre las demostraciones inombrables de "la ecología de los
pobres", un movimiento aparece como particularmente ejemplar, por su alcance
a la vez social y ecológico, local y global, rojo y verde: la lucha
de Chico Mendes y la Unión de Gentes del Bosque en defensa del Amazonas
brasileño, contra el trabajo destructor de los terratenientes y los
agro-negocios multinacionales.
Recordemos brevemente los momentos principales de esta confrontación.
Militante sindical ligado a la Central Única de Trabajadores,
partidario del nuevo movimiento representado por el socialista Partido de
los Trabajadores, Chico Mendes organizó, a principios de los años
80, ocupaciones de tierras por los campesinos que vivían de la extracción
de caucho (seringueiros) contra los latifundistas que envíaban a sus
excavadoras contra los bosques para remplazarlo por pastizales. En un segundo
momento tiene éxito organizando a los campesinos, a los obreros agrícolas,
a los seringueiros, a los sindicalistas y a las tribus indígenas -con
el apoyo de las comunidades de base de la iglesia- en la Alianza de los Pueblos
del Bosque, que hace fracasar muchas tentativas de deforestación. El
eco internacional de estas acciones le vale en 1987 el otorgamiento del Premio
Ecológico Global, aunque un poco después, en diciembre de 1988,
los latifundistas le expresan su estima por su combate y lo mandan asesinar
con sus pistoleros.
Por su articulación entre socialismo y ecología, luchas campesinas
e indígenas, supervivencia de poblaciones locales y salvaguarda del
entorno global (la protección de la última gran selva tropical),
este movimiento pudo convertirse en un ejemplo de las futuras movilizaciones
populares en el «Sur».
Un vasto movimiento
Hoy, a la vuelta del siglo veintiuno, la ecología social se volvió
uno de los ingredientes más importantes del vasto movimiento contra
la globalización capitalista neoliberal, que también está
en proceso de desarrollarse al Norte y al Sur del planeta. La masiva presencia
de activistas ambientalistas fue uno de los rasgos llamativos de la gran manifestación
de Seattle contra la Organización Mundial del Comercio en 1999. Y
en el movimiento del Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001, uno de
los actos simbólicos más fuertes del evento fue la operación
conjunta entre militantes del Movimiento Sin Tierra, de campesinos brasileños,
y activistas de la Confederación Francesa de Campesinos de José
Bové, de la destrucción de una plantación de maíz
transgénico de la multinacional Monsanto. La lucha contra la multiplicación
desenfrenada de los organismo genéticamente modificados (OGM) moviliza
en Brasil, en Francia y en otros países, no sólo al movimiento
ecológico, también al movimiento campesino, y a una parte de
la izquierda, con la simpatía de la opinión pública,
la preocupación por las consecuencias imprevisible de las manipulaciones
transgénicas en la salud pública y el ambiente natural.
La lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa
del ambiente, la resistencia a la dictadura de las multinacionales, el combate
por la ecología, todo ello está íntimamente ligado en
la reflexión y la práctica del movimiento mundial contra la
globalización del capitalismo neoliberal.
Notas
(1) Ver al respecto la excelente obra de Joel Kovel,
The Ennemy of Nature.
The end of capitalism or the end of the world?, New York, Zed Books, 2002.
(2) W.Benjamin, Sentido Unico, Paris, Lettres Nouvelles - Maurice Nadeau,
1978, p. 243 y "Tesis sobre la filosofía de la historia", en
L’homme,
le langage et la culture, Paris, Denoël, 1971, p. 190. Se puede
mencionar también al socialista austriaco Julius Dickmann, autor de
un ensayo pionero publicado en 1933 en La critique sociale: según
él, el socialismo sería el resultado no de un "desarrollo impetuoso
de las fuerzas productivas", sino sobre todo una necesidad impuesta por el
"encogimiento de la reservas naturales " dilapidadas por el Capital. El desarrollo
"irreflexivo" de las fuerzas productivas por el capitalismo mina las condiciones
mismas de la existencia del género humano. ("El verdadero límite
de la producción capitalista",
La critique sociale, n°
9, septembre 1933).
(3) James O’Connor, "La segunda contradicción del capitalismo: causas
y conssecuencias",
Actuel Marx n° 12. "L’écologie, ce matérialisme
historique", Paris, 1992, pp. 30, 36.
(4) Tiziano Bagarolo, "Encore sur marxisme et écologie",
Quatrième
Internationale, n° 44, Mai-juillet 1992, p.25.
(5) James O’Connor,
Natural Causes. Essays in Ecological Marxism,
New York, The Guilford Press, 1998, pp. 278, 331.
(6) M.Mies, "Liberacion del consumo o politizacion de la vida cotidiana",
Mientras Tanto, n° 48, Barcelona, 1992, p. 73.
(7) Cf. Daniel Bensaïd,
Marx l’intempestif, pp. 385-386, 396
y Jorge Riechman,
¿Problemas con los frenos de emergencia?,
Madrid, Editorial Revolucion, 1991, p. 15.
(8) Ver el notable ensayo de Jorge Riechman, "El socialismo puede llegar
solo en bicicleta",
Papeles de la Fundación de Investigaciones
Marxistas, Madrid, n° 6, 1996.
(9) Ciertos marxistas reivindican ya un "communismo solar": ver David Schwartzman,
"Solar Communism",
Science and Society. Special issue "Marxism and
Ecology", vol. 60 ; n° 3 1996.
(10) D.Bensaid,
Marx l’Intempestif, pp. 391, 396.
(11) Jorge Riechmann, "Necesitamos una reforma fiscal guiada por criterios
igualitarios y ecologicos", en
De la economia a la ecologia, Madrid,
Editorial Trotta, 1995, pp. 82-85.
(12) Ver el análisis esclarecedor de John Bellamy Foster, «
Ecology against Capitalism »,
Monthly Review. vol. 53, n°
5, october 2001, pp. 12-14.
(13) Ver Pierre Rousset, "Convergence de combats. L’écologique et
le social",
Rouge, 16 mai 1996, pp. 8-9.
(14) J.Riechmann, "El socialismo puede llegar solo en bicicleta", p. 57.
(15) Cf. "Let them eat pollution",
The Economist, 8 febrero 1992.
(16) J.Martinez-Alier, "Political Ecology, Distributional Conflicts, and
Economic Incommensurability",
New Left Review, n° 211, mai-juin
1995, pp. 83-84.
(17) Artículo en el cotidiano
La Republica, Lima, 6 abril
1991 (citado por Martinez-Alier, Ibid. p. 74).