Michael Löwy
2000. Traducción: Andrés
Lund Medina
La publifobia es un estado del espíritu, un arte para vivir, una
protesta social y una revuelta de la mente contra la infamia. Las notas que
siguen son algunos golpes de alfiler en la coraza del Tyranosaurus de la
publicidad.
1) PUBLICIDAD Y CAPITALISMO
La lógica de la cosificación del sistema capitalista y su
funcionamiento según los principios de "la sociedad del espectáculo"
explica los lazos profundos y estructurales entre el capitalismo y la publicidad.
¿La regulación de sus "excesos" es suficiente? Ciertamente,
uno se alegra de toda medida que pone un freno a la codicia feroz de la publicracia
y del los capitalistas, uno lucha por cada centímetro de espacio quitado
a su despliegue y de cada pedazo de servicio público salvado de las
privatizaciones. Pero nosotros soñamos -¡y no se prohibe soñar!-
con un mundo sin publicidad y sin la explotación capitalista.
En lo que me concierne, estoy convencido que la lógica del sistema
de publicidad y el del sistema capitalista está íntimamente
ligadas y que son, ambas, intrínsecamente perversas. Si el capitalismo
-principalmente bajo su forma presente neoliberal y globalizado- tiende a
la mercantilización del mundo, a la tranformación de todo lo
que existe -la tierra, el agua, el aire, las especies vivientes el cuerpo
humano, las relaciones sociales entre los individuos, el amor, la religión-
en mercancías, la publicidad sirve para vender esas mercancías,
en someter las necesidades de los individuos a las necesidades mercantiles
del Capital. Ambos sistemas participan del fetichismo de la mercancía,
de la cuantificación monetaria de todo los valores, de la lógica
de la acumulación permanente de bienes y de capitales, y de la cultura
mercantil de la "sociedad de consumo".
La publicidad es, como nos lo explican a menudo, no sólo contaminante
de los paisajes urbanos y rurales, sino también de las mentalidades;
ella se encuentra no sólo en los envases y el correo sino también
al interior de los cráneos de los individuos. Nada escapa a su influencia
disolvente: se asiste, en nuestro tiempo, a la sumisión del deporte,
la religión, la cultura, el periodismo, la literatura y la política
a la lógica de la publicidad. El estilo, el método, los argumentos,
la actitud publicitaria es omnipresente. Pero esta publicidad no es otra cosa
que una herramienta, un instrumento del Capital para disponer de sus productos,
para vender sus chapucerías, para rentabilizar sus inversiones, para
ensanchar sus márgenes de ganancia, para ganar esas partes demercado.
La publicidad no existe en el vacío: ella es una pieza esencial, un
diente de rueda indispensable en el funcionamiento del sistema capitalista
de producción y consumo. Sin el capitalismo, la publicidad no tendría
ninguna razón de ser: no podría subsistir un solo momento en
un sociedad poscapitalista. Y viceversa: un capitalismo sin publicidad sería
como una máquina sin aceite en sus engranajes.
Se dice en los anaqueles: la publicidad no existió en los países
con la economía burocráticamente planificada –países
inexistentes después de la caída del Muro de Berlín en
1989- pero ella había sido reemplazada por una propaganda política
falsa, no menos opresiva e inhumana. No es por azar que el más grande
adversario intelectual al totalitarismo soviético, el escritor inglés
George Orwell, fuera también un adversario irreductible a la publicidad
capitalista, de la cual describe, con una lucidez impresionante, los mecanismos
embrutecedores y degradantes en su novela Sigue el aspidistra volando.
Tomemos como ejemplo "las afinidades electivas" entre el capitalismo y la
publicidad política de Estados Unidos -el país capitalista por
excelencia. No sólo los candidatos en las elecciones gastan inmensas
fortunas en publicidad electoral -que significa que sólamente los ricos,
o aquéllos sostenidos por los ricos, tienen chance de ser elegidos-
sino que el estilo de sus campañas es enteramente copiado de la publicidad
comercial. Nada se parece más a una campaña de publicidad del
lanzamiento de un jabón, que el lanzamiento de un candidato a gobernador
o presidente. No se preocupa por informar a los ciudadanos de un programa
político, sino de promover una imagen, , un "look", una suerte de "marca"
política. Tampoco es por mero azar si profesionales del mercadeo (marketing)
toman a su cargo la campaña del candidato y producen el material de
publicidad requerido: carteles, programas de televisión, etc. Eso
que vemos en Esatdos Unidos, ocurre en muchos países de Europa y el
mundo, como un proceso de "americanización" de la vida política
y su transformación en competencia publicitaria.
Recordemos que las empresas capitalistas solicitan, financian y se benefician
de las campañas de publicidad, y que "patrocinan" –es un decir ya contaminado
por la publicidad-, la prensa, la televisión, las competencias deportivas
o los eventos culturales. La publicidad juega el papel de mirador, de mediador,
de sirviente celoso de los intereses del Capital. Capitalismo y publicidad
son inseparable e indisolublemente los responsables y los promotores activos
de la mercantilización del mundo, de la comercialización de
las relaciones sociales, de la moneterización de los espíritus.
Eso no quiere decir, una vez más, que sea necesario esperar por la
posible abolición del capitalismo para atacar a la publicidad. La lucha
actual para poner frenos y límites a la agresión de la publicidad,
se da de la misma manera que los adversarios del capitalismo se movilizan
para ponerle medidas -como la tasa Tobin que le impone impuestos, por ejemplo-
que frenan la codicia ilimitada del Capital. Cada pequeña victoria
es un paso en la dirección del cambio del paradigma social y un avance
en el sostenimiento de la conciencia individual.
2) ¿FILOSOFÍA PUBLICITARIA?
Gracias a Robert Redeker, la filosofía tuvo éxito en esta
tarea que parecía imposible: legitimar la publidad. Ciertamente, el
autor del punto de vista publicado por "Le Monde" del 12 de abril reconoce
algunos peligros de la actividad de la publicidad: la colonización
comercial del imaginario, la voluntad de evacuar del ser humano su complejidad
y su profundidad. Pero son algunos aspectos secundarios: el balance de la
publicidad globalmente es, bien y bonito, positivo.
Por ejemplo, negar la publicidad para "negar las ventajas de la mundialización":
de hecho, la publicidad "desterritorializa a las sociedades y a los hombres
más que cualquier otra práctica". No da ejemplos, pero se podría
adelantar éste: gracias a la publicidad de McDonalds, las diferentes
prácticas culinarias, cerradas y territoriales, fueron reemplazadas
por una sola, planetaria: ¿no es eso formidable? Los altermunidalitas
cree, ingenuamente, que su movimiento, sus Foros Sociales mundiales
son una práctica que lleva a los hombres y a las mujers más
allá de las fronteras y las culturas; sin embargo, la publicidad de
la Coca Cola -o de no importa que otro producto global- es mucho más
eficaz, ya que ella forma "una suerte de lazo universal, entre aquellos hombres
que se tienen los unos a los otros". La Coca-cola «encola» a los
humanos: ¿no es esto una evidencia? ¡Los bebedores de Coca-cola
de todos los países se unen! Podría entonces reemplazarse las
palabras a la orden del día de los manifestantes de Seattle por ésas:
"El mundo no es más que una mercancía."
Como lo muestra Redeker tan bien, los anti-publicidad son, en el fondo,
los adversarios furtivos del orden capitalista liberal. Un mundo sin la publicidad
sería un mundo "sin circulación de mercancías", sin "creatividad
industrial", para resumir, el fin del mundo (capitalista). O, como se sabe
bien, todo enemigo del sistema capitalista liberal puede ser sólo
un guerrillero del "socialismo realmente existente", ese mundo en el que
la publicidad había sido abolida a favor de la propaganda. Como lo
había sostenido Margaret Thatcher: "No hay alternativas": si uno no
quiere el Goulag, es necesario aceptar el capitalismo liberal -y por consiguiente,
la bondad de la publicidad, diente de rueda indispensable del sistema.
Otro argumento importante avanzado por el filósofo: "suscitando el
deseo, la publicidad humaniza, nos vuelve, por la misma razón, más
hombres". ¿Por qué sólo los hombres? La publicidad humaniza
también a las mujeres, mientras las muestra en las más variadas
posiciones comercial y publicitariamente convenientes: denudas o vestidas,
en cuatro patas en un prado, en el lomo de una máquina de lavar, etc.
Sólo los pesimistas del espíritu y los guerrilleros del velo
islámico podrían ver en estos bonitos ejercicios del arte de
la publicidad una degradación del cuerpo femenino y una agresión
sexista contra las mujeres.
De hecho, la lucha de los militantes anti-publicidad es una doble guerra
"contra las imágenes -reinvirtiendo los clichés de una vieja
iconoclastia- y contra los cuerpos". Su más ardiente deseo, es «cubrir
nuestras ciudades, nuestros pasadizos del metro, de un velo monocorde de tristeza.»
Algunos de esos miltantes argumentan que no tienen nada contra las imágenes,
sólo contra su manipulación comercial por la publicidad; ellos
querrían que los colores del metro sean cubiertos de pinturas, poemas
y otras formas de expresión artística –como, por ejemplo, en
el metro de la ciudad de México. No hace falta revelar que nuestro
filósofo critica el conformismo "orgulloso" de los intelectuales que
obstinadamente se niegan a reconocer la calidad estética e intelectual
de la publicidad. De todas formas, como su proyecto es utópico, sólo
hay dos posibilidades: la belleza de la publicidad en nuestras calles y nuestros
metros o "la chaqueta gris de totalitario y la tristeza rural".
En último análisis, observa Redeker, lo que motiva la publifobia
es el odio a lo brillante (lo que se está además en el título
del artículo): "que está en el cuerpo, en las ciudades y paredes
del metro". ¡Bien visto! Los adversarios de la publicidad son algunos
individuos obtusos, incapaces de asir el brillo de las interrupciones de publicidad
en las películas de la TV; o el brillo multicolorido que se encuentra
todas las mañanas en su caja de correo; o el brillo de los magníficos
espectaculares de publicidad de decenas de cuadrados de metros, que esconden
nuestros tristes paisajes, nuestros bosques grises y nuestra monótona
floresta silvestre. Es sin duda el odio a los cuerpos lo que inspira su oposición
a la publicidad que fomenta la necesidad de bebidas azucaradas y otros productos
de comida que contribuyen a la obesidad de niños y adultos. Es necesario
ser un guerrillero de las "formas más mórbidas de ascetismo"
para no ver en la publicidad, una empresa tan alegre y tan feliz, más
que una manipulación comercial insidiosa de mentes, conciencias y
deseos.
En resumen, es necesario ser uno de esos utopistas rígidos y arcaicos,
discípulos del mito primitivo del "buen salvaje", quien cree que "otro
mundo es posible", para poder imaginar que un mundo sin la agresión
publicitaria es posible.
Pienso que si las empresas publicitarias distribuyeran todos los años
un Precio a la filosofía publicitaria, ciertamente Redeker merecería
esta distinción. No veo nadie que pueda disputarle el primer lugar
en semejante competencia.
3) EL LEVIATHAN PUBLICITARIO
Para abreviar, una buena noticia: a pesar de la desafortunada coyuntura
económica y el agravante del desempleo, hay una rama de actividad
que no sólo no supo una baja sino tuvo un progreso de 4,5% en 1995
respecto al año anterior. Seguramente adivinó: se trata de
la publicidad. Nada la agita: el consumismo declina, el empleo se hace
raro, pero los gastos de publicidad en Francia no cesan de escalar.
La publicidad alcanzó en 1995 la modesta suma de 147.700.700.000
F. No, no hay un error, usted leyó bien: ciento cuarenta y siete,
coma, siete milliones de francos. Es de France Pub (grupo Havas) quien nos
lo anuncia orgullosamente, según un estudio bien documentado, del
cual "Le Monde" nos da algunas citas en su edición del 21 de marzo
de 1996.
¿Quién paga esta suma extraordinaria, muy superior a los presupuestos
de ciertos Estados europeos? ¿Quién es el multimillonario que
subvenciona, alegremente, estas sumas astronómicas? La respuesta, ay,
no tiene duda: es usted, estimado lector, soy yo, son todos los ciudadanos
franceses. Los gastos de publicidad todos, integralmente, repercuten en los
precios de las mercancías, somos nosotros quienes pagan el gasto...
La población francesa se compone de aproximadamente 60 millones de
almas, cada persona en Francia, hombre, mujer, adulto, niño o viejo
pagan en promedio dos mil quinientos francos por año por el placer
y el privilegio de consumir la publicidad. En una familia compuesta de padres
y dos niños la suma es de aproximadamente diez mil francos por año:
tanto, si no más que los impuestos. Todo pasa como si existiera, a
lado del Estado republicano -en teoría, sometido a un control democrático-
otro Estado, un "Estado en el Estado", un Leviathan, un Estado oligárquico
que no es controlado por nadie: el Estado publicitario que recobra los impuestos
indirectos en todos los consumidores, a la altura de ciento cuarenta y siete
millons de francos. El Estado republicano existe para proporcionar algunos
servicios fundamentales a los ciudadanos: el correo, la salud, los transportes
públicos. ¿Qué servicios proporciona el Estado publicitario?
Se podría fácilmente imaginar todo lo que podría hacerse
útilmente con el presupuesto extravagante del Estado publicitario:
de miles de cunas, hospitales, escuelas, albergues públicos. Un principio
de solución al problema del desempleo y la exclusión. Una ayuda
sustancial al tercer mundo.
En el mismo número de "Le Monde", fechado el 21 de marzo, se descubre
la información siguiente: el Banco Mundial, en un acceso de generosidad
sin precedentes, decidió conceder a 80 de los países más
pobres un préstamo de 110 millones de francos para cubrir en tres
años. Todo una humanidad hambreada tiene el derecho a recibir, al
menos en tres años, los gastos de publicidad solo de Francia en 1995.
¿Y qué hace el Estado publicitario, el "Leviatán-publicitario",
con su presupuesto astronómico? Nos colmo, nos inunda de su producción.
Ocupa las calles, paredes, caminos, paisajes, aires y montañas. Invade
las cajas del correo, alcobas, comedores. Se pone bajo los cortes de prensa,
las películas, la televisión, la radio. Contamina el deporte,
la canción, la política, las artes. Nos persigue, nos ataca,
de la mañana hasta noche, del lunes al domingo, de enero a diciembre,
de la cuna a la tumba, sin lpausa, sin descanso, sin vacaciones, sin la paros,
incesantemente.
¿Con qué meta? ¿A qué se debe esta actividad
febril y omnipresente? ¿Cuál es ese proyecto faraónico
que cuesta 147 millons de francos? ¿Cómo definir el inmenso
objetivo perseguido con semejante tenacidad por los oligarcas del Estado publicitario?
Se trata, simplemente, de convencernos de la superioridad intrínseca
del jabón A sobre el jabón B, del lavado de C sobre el lavado
de D, de la mostaza E sobre la mostaza F, de la pasta dentífrica G
sobre la pasta dentífrica H, del automóvil I sobre el automóvil
J, y así de anuncio en anuncio, ad infinitum, ad nauseam.
Regocijémonos: France Pub (este nombre es en sí todo un programa)
preve durante el año 1996 una nueva progresión de 3,5% de los
gastos de publicidad.
4) NEGRA INGRATITUD
He aquí una noticia interesante: el resultado de una reciente investigación
del instituto Gfk alemán sobre la actitud de los europeos que frentan
a la publicidad. Parece que para la mayoría aplastante de los españoles
(88,8%), de alemanes (83,6%) y de rusos (82,9%) hay, simplemente, demasiada
publicidad. Lo mismo sucede, más o menos (el periódico no menciona
números) la opinión de franceses, austríacos, belgas,
polacos, suizos y suecos –en resumen, la mayoría de los europeos, con
la excepción considerable de británicos. Peor: muchos de los
europeos piensan que la publicidad no sirve para nada y una mayoría
aplastante francesa (89%), belgas (87,8%), suecos, austríacos y españoles,
estima que empuja a las personas a comprar productos de los que ellos no tienen
necesidad.
Se trata, manifiestamente, de un error profundo. Como todos sabe -o deben
saber, en todo caso- la publicidad es un dispositivo esencial para el buen
funcionamiento de nuestra economía del mercado. Ella es tan indispensable
en nuestras sociedades de consumo como el aire que uno respira. Por otra parte,
ella proporciona una información preciosa a los consumidores y les
permite orientar, con conocimiento de causa, sus compras. Sin la ayuda airosamente
ofrecida por la publicidad, ¿cómo podrían las personas
escoger ellos en la infinidad de mercancías que los rodean? ¿Cómo
sabrían qué marca de pasta dentífrica protege, por ejemplo,
eficazmente contra la cariese? Sin la publicidad, el individuo se condenaría
simplemente a la ignorancia y a la perplejidad. ¿Por qué entonces
esta pasmosa ingratitud, esta ingratitud caprichosa de europeos?
Otro sondeo, más reciente aún, nos muestra que 83% de franceses
juzgan "molesta" los cortos de publicidad durante las películas u otras
transmisiones. Ignoran, esos ingratos, que sólo gracias a las generosidad
de la publicidad la totalidad de la cadena privada puede funcionar.
¿Cómo explicar tanta ingratitud, tanta mala voluntad, tanta
ignorancia de la bondad indiscutible de la publicidad? ¿Por qué
esta desconfianza, esta hostilidad sorda, este rechazo categórico hacia
una actividad tan útil para el buen funcionamiento de toda la sociedad
moderna? Misterios impenetrables de la opinión pública...
Estas cifras, que testifican un rechazo masivo y brutal, son fuente de preocupaciones.
En la actualidad, esta mayoría aplastante contra la publicidad -alrededor
del 80% de la población- permanece pasiva y desorganizada. No hace
nada, no toma ninguna iniciativa, no participa en ninguna actividad acerca
de esta cuestión. ¿Pero qué pasaría si una parte,
incluso pequeño, de esta mayoría decidiera sostener actividades
publifóbicas en los grupos conocidos por su resentimiento sistemático
y obsesivo contra toda empresa de publicidad?
La acumulación de esta masa de negra ingratitud en el traspatio de
nuestras sociedades es peligrosa. Es una masa inflamable que sería
capaz, al contacto de una chispa, de explotar. La única esperanza es
explicar pacientemente a las personas que ellos están equivocados,
que una vida sin la publicidad sería inimaginable, y que ellos deben
a la publicidad mucho de lo que hace bellas y modernas a nuestras ciudades
y nuestras autopistas, dando la vitalidad bulliciosa de nuestros programas
audiovisuales.
5) ¿POR QUÉ NO MÁS MÁSCARAS PUBLICITARIAS?
Según un reciente artículo en la prensa, «los publicistas
buscan invertir en nuevos espacios.» Por ejemplo, se preparan
colgar algunos anuncios comerciales en un cohete espacial ruso, y para cubrir
de una "película adhesiva impresa numéricamente" la fachada
del hotel Georges V, e incluso la Torre Maine Montparnasse.
Todos eso es bien bonito, y probablemente contribuirá al embellecimiento
comercial de la ciudad de París, pero uno tiene la impresión
que a los publicistas les falta imaginación: ¿por qué
ir a buscar en los espacios lejanos, cuando se tienen millones de metros cuadrados
dinexplorados, muy cerca de casa? Me refiero al inmenso espacio sin usar
-desde el punto de vista de la publicidad- que representa la cara humana.
¿Imagine qué maravilla si las caras de millones de seres humanos
-hombres y mujeres, jóvenes y viejos, o los mismos niños,
¿por qué no?- que en lugar de permanecer, como ahora, vacíos
y comercialmente inexpresivos, se cubrieran de anuncios y promociones?
El punto no es la necesidad, de inconmensurables y costosas "películas
adhesivas impresas numéricamente". Las simples máscaras serían
suficientes, máscaras publicitarias cada centímetro cuadrado
se alquilaría a una o varias marcas ansiosas de informar al público
de sus últimos productos. Estas máscaras cubrirían toda
la superficie de la cara -excepto, por supuesto, cuatro aperturas: dos para
los ojos, uno a la altura de la nariz para la respiración, y una última
para la boca. Los portadores de las máscaras de publicidad serían
generosamente retribuidos y sólo tendrían por obligación
desplegar bien su aviso de publicidad facial durante el día. Por la
tarde, en el momento de acostarse, podrían, depende de ellos, quitárselo.
Un contrato bueno y debidamente formalizado se firmaría entre la
empresa de publicidad y cada portador individual de la máscara, y
se especificarían los derechos y deberes de este último. Las
empresas tendrían a su disposición un cuerpo de inspectores
encargado de verificar si se llevan bien las máscaras durante dieciséis
horas por día, y podrían sancionar con multas a los individuos
deshonestos que no respetaran su contrato y intentaran desnudar su cara.
En un primer momento, puede preverse que sólo los desempleados, o
los miserables, aceptarían llevar esas máscaras, pero con el
tiempo, y el efecto de la moda, se puede empezar a soñar que toda una
parte de la población sería seducida por la elegancia del proceso
y por la oportunidad de ganar fácilmente algo. Además, se permitirá
a cada uno esconder, detrás de las imágenes espléndidas
y los esloganes publicitarios, sus arrugas o verrugas, sus defectos. Los
rostros no pasarían por más estados de inquietud, de angustia,
de tristeza, ya que serían siempre frescos y joviales, además
de que desplegarían algunas noticias buenas permanentemente: el último
tipo de pasta dentífrica, el último modelo de automóvil,
etc.
Y sobre todo, gracias a este método simple y aprovechable, las empresas
de publicidad pondrían fin con una situación absurda, con un
gasto insano: una inmensa superficie, de millones y millones de caras, inempleados,
abandonados, vacíos -en una palabra, inútiles.
Más que correr detrás de un cohete ruso, ¿acaso no
es más práctico, comercialmente eficaz, y económicamente
rentable, cubrir de máscaras publicitarias ese enorme espacio facial?
La palabra está en los profesionales de la "comunicación".