Michael Löwy
Traducción: Andrés
Lund Medina
Mi punto de partida será el fenómeno de «racionalización»
analizado por Max Weber. Siguiendo a Weber, distinguiremos tres aspectos,
estrechamente ligados entre sí, del proceso de «racionalización»
que caracteriza, desde la revolución industrial, a las sociedades
capitalistas modernas (y lo mismo podría decirse, en gran medida,
respecto a las difuntas burocracias del Este europeo):
1) Una Zweckrationalität, o “racionalidad-como-finalidad”,
esto es, la utilización de medios racionales para alcanzar objetivos
que nada tienen de racionales como expresión institucional ideal-típica
de la burocracia. Es lo que la Escuela de Frankfurt designa con el concepto
de «racionalidad instrumental», un tipo de razón compatible
con las más monstruosas irracionalidades sustanciales ; por ejemplo,
para citar un caso límite, la administración racional y burocrática
del genocidio. Pero, además de tales extremos, es la lógica
del funcionamiento «normal» de la economía capitalista
y de las instituciones burocráticas que han conseguido combinar, como
fue explicado por Ernest Mandel, la racionalidad parcial con la irracionalidad
global. (1)
2) Una diferenciación y autonomización de
las esferas como resultado de la separación entre lo económico,
lo social, lo político y lo cultural. La economía de mercado
se vuelve un sistema auto-regulado que nunca se encuentra “encajado” en la
sociedad (para retomar la célebre expresión de Karl Polanyi)
y escapa a cualquier control social, moral o político.
3) Una Rechenhaftigkeit, o espíritu del cálculo
racional, esto es, una tendencia general a la cuantificación. Los
valores cualitativos, éticos, sociales o naturales están condenados
a ser destruidos, degradados o neutralizados por tal cuantificación
que encuentra su expresión más directa en el dominio total
del valor de cambio de las mercancías y la monetarización de
las relaciones sociales.
Como ha sido demostrado muy bien por A. Mitzman, siguiendo la lógica
de esa «racionalización mutilada», necesariamente se rechaza
-calificado de sentimental o de “freno al progreso”– cualquier criterio incompatible
con la persecusión del lucro máximo, tal como el bienestar
de los trabajadores, o del medio ambiente planetario o incluso del futuro
humano.
Hoy, el proceso racional de “perseguir el lucro máximo” alcanza su
etapa de globalización planetária, bajo la égida de
instituciones como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la
Organización de Comercio y el G-7. Infelizmente, la Europa neoliberal
de Maastricht no escapa a tal lógica...
Los primeros críticos de ese modelo de civilización capitalista
industrial fueron los románticos: desde la segunda mitad del siglo
XVIII (Rousseau) hasta nuestros días (el historiador inglés
E. P. Thompson), el romanticismo protestó contra la cuantificación,
la mecanización y el desencantamiento del mundo, en nombre de valores
culturales, sociales, éticos precapitalistas.
La contaminación de las grandes ciudades y los estragos provocados
en el medio ambiente por el maquinismo son temas recurrentes en la cultura
romántica. Para citar un sólo ejemplo: en Tiempos difíciles,
una de las novelas preferidas de Karl Marx, Charles Dickens describe la ciudad
industrial (imaginaria) de Coketown como una “ciudad ceniza” donde «todo
opone una gran resistencia a la entrada de la naturaleza, como la salida
de gases mortíferos en el aire». Las altas chimeneas, “lanzando
al aire sus torbellinos envenenados”, escondían al cielo y al sol
de modo que, «perpetuamente, se estaba bajo un eclipse». Los
que tenían “sed de un poco de aire puro”, aquellos que deseaban ver
un paisaje verde, árboles, pájaros, una arbolada brillante
al cielo azul, estaban obligados a viajar algunos kilómetros
en tren para pasear por los campos. Por lo mismo, nadie estaba en paz: en
los terrenos baldíos, abandonados después de haber sido extraídos
toda sus riquezas, se escondían otras tantas armas mortales. (2) Si
sustituimos los “terrenos baldíos” por “deshechos tóxicos”
(o nucleares), el cuadro no ha sufrido grandes cambios desde 1854, fecha
de la publicación de esta novela...
Volver a la historia del romanticismo, a la nostalgia romántica del
paraíso perdido o las comunidades orgánicas pre-modernas asume
formas que pueden ser reaccionarias y retrógradas o bien utópicas
y revolucionarias. En este último caso, ya no se trata de un retorno
al pasado, sino de un desvío por el pasado en dirección al
futuro: para Pierre Leroux, William Morris o Herbert Marcuse –por citar apenas
tres ejemplos– la utopia futura permite reencontrar a las comunidades perdidas,
pero bajo una nueva forma que integra las conquistas de la modernidad: libertad,
igualdad, fraternidad y democracia.
El socialismo y la ecología -o, por lo menos, algunas de sus corrientes-
cada una a su manera, son los herederos de la crítica romántica.
Sus objetivos comunes implican la superación de la racionalidad instrumental,
de la autonomización de la economía, del reino de la cuanificación,
de la producción como fin en si, de la dictadura del dinero, de la
reducción del universo social al cálculo de los márgenes
de rentabilidad y de la necesidad de acumulación del capital. Tanto
el socialismo como la ecologia reivindican valores cualitativos: el valor
de uso, la satisfacción de las necesidades, la igualdad social, para
el primero ; la salvaguarda de la naturaleza y el equilíbrio ecológico
para la segunda. También conciben la economía como “encajada”
pero sin ser parte del medio ambiente social y natural. Su objetivo común
podría ser, como escribe A. Mitzman, “sustituir los actuales
valores dominantes de crecimiento económico lineal y de enriquecimiento
personal, de competitividad sin piedad y de dividir el mundo entre ganadores
y perdedores, por valores orientados hacia la armonía social y la
solidaridad, basados en el respeto por la naturaleza y al carácter
cíclico de la vida en general”.
Dicho esto, las divergencias de fondo han mantenido, hasta aquí, una
separación entre «verdes» y «rojos», entre
marxistas y ecologistas. Estos acusan a Marx y Engels de produtivismo. ¿Será
tal acusación justificada? Sí y no.
-No, en la medida en que nadie denunció la lógica capitalista
de producción por la producción tanto como Marx, la acumulación
del Capital, riquezas y mercancías como fin en sí mismo. La
misma idea de socialismo –al contrario de sus miserables burócratas
falsificadores- es el de una producción de valores del uso, de bienes
necesarios para la satisfacción de necesidades humanas. El objetivo
supremo del progreso técnico para Marx no es el crecimiento infinito
de posesiones ("el tener") sino la reducción de la jornada de trabajo,
y el crecimiento del tiempo libre ("el ser").
-Sí, en la medida en que a menudo los hallazgos a Marx o Engels (y
más todavía en el marxismo ulterior) una tendencia a hacer
del "desarrollo de las fuerzas productivas" el vector principal del progreso,
y una posición poco crítica hacia la civilización industrial,
principalmente en su relación destructiva del medio ambiente.
Desde este punto de vista, un "texto" canónico es el famoso Prólogo
a la Contribución a la Crítica de la Economía Política
(1859), uno de los escritos de Marx más marcado por un cierto evolucionismo,
por la filosofía del progreso, por el cientificismo (el modelo de
las ciencias de la naturaleza) y por una visión nada el problematizada
de las fuerzas productivas.
En realidad, en los escritos de Marx e Engels, se encontran elementos para
alimentar las dos interpretaciones. El texto siguiente de los Grundrisse
es un buen ejemplo de la admiración poco crítica de Marx por
la obra “civilizadora” de la producción capitalista y por su instrumentalización
brutal de la naturaleza:
"Así, por consiguiente, la producción fundada enela capital
cre apor un lado la industria universal, es decir, el sobretrabajo al mismo
tiempo que el trabajo creador de valores; por otro lado, un sistema de explotación
general de la apropiacipón de la naturaleza y del hombre (...) El
capital empieza por consiguiente a crear la sociedad burguesa y la apropiación
universal de la naturaleza y establece una red que engloba a todos los miembros
de la sociedad: tal es la gran acción civilizadora del capital.
"Se eleva a un nivel social tal que todas las sociedades anteriores aparecen
como desarrollos meramente locales de la humanidad y como una idolatría
de la naturaleza. De hecho la naturaleza se vuelve un puro objeto para el
hombre, una cosa útil. No se le reconoce ya como una fuerza. La inteligencia
teórica de la ley natural tiene todos los aspectos de la artimaña
que intenta someter la naturaleza a las necesidades humanas, sea como objeto
de consumo, sea como medio de producción". (3)
Sin embargo, Marx y Engels expresan también en un cierto número
de textos que tienen una visión más crítica de las “fuerzas
productivas”. Por ejemplo, en La ideologia alemana se encuentra lo siguiente:
"En el desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a un estadio donde
nacen las fuerzas productivas y los medios de circulación que ya no
puede ser más que nefastos en el cuadro de relaciones existentes que
no son más fuerzas productivas, sino fuerzas destructivas (la mecanización
y el dinero)." (4)
Esta idea no fue desarrollada por Marx y no es seguro que la destrucción
abordada aquí sea la de la natureza. Entre los raros textos de este
autor en que trata, explícitamente, las devastaciones provocadas por
el capital en el medio ambiente natural –así como visión dialéctica
de las contradicciones del “progreso” inducido por las fuerzass productivas
–se encuentra en El Capital, el célebre texto sobre la agricultura
capitalista:
"La producción capitalista... destruye no sólo la salud física
del obrero urbano y la vida espiritul del trabajador rural, sino que vuelve
un problema la intercambio material (Stoffwechsel) entre el hombre y la tierra,
así como la eterna condición natural de la fertilidad duradera
(dauernder) de la tierra, haciendo más difícil la restitución
de la tierra porque los ingredientes que requiere le son quitados y usados
bajo la forma de alimentos, de ropa, etc. Al transtornar las condiciones
en que este intercambio se ajusta espontáneamente, esta circulación
se ve obligada a restablecer de una manera sistemática, bajo una forma
adecuada al desarrollo humano integral y como ley reguladora de la producción
social. (...) Por otro lado, cada progreso de la agricultura capitalista
no sólo es un progreso en el arte de exlotar al trabajador, sino también
en el arte de despojar a la tierra; cada progreso en el arte para aumentar
fertilidad de ella por un tiempo, es un progreso en la ruina de sus fuentes
duraderas de fertilidad. Más un país, los Estados Unidos de
Norteamérica, por ejemplo, se desarrolla sobre la base de la gran
industria, más este proceso de destrucción se hace realidad
rápidamente. La producción capitalista desarrolla la técnica
y la combinación de los proceso de producción social mientras
va minando (untergräbt), al mismo tiempo, las dos fuentes de donde sale
toda riqueza: la tierra y el trabajador". (5)
Asimismo, en Engels, que celebra demasiado el “control” y el “dominio” humano
sobre la natureza, es posible encontrar escritos que llaman la atención,
de forma más explícita, sobre los peligros de tal actitud –veamos,
por ejemplo, el siguiente text del artículo sobre “El papel del trabajo
en la transformación del mono en hombre” (1876)
"No debemos presumir demasiado nuestras victorias humanas sobre la naturaleza.
Por cada uno de estas victorias, la naturaleza toma venganza sobre nosotros.
Es verdad que cada victoria dada, tenemos en primera instancia, los resultados
esperados, pero en segunda o tercera instancia son efectos diferentes, inesperados,
que anulan demasiado a menudo los primerso. La gente que, en Mesopotamia,
Grecia, Asia Menor y en otrsa partse, destruyeron los bosques para conseguir
tierras cultivablas, nunca imaginó que mientras los eliminaban, acababan
con los centros de colección y depósitos de humedad, poniendo
las bases para el estado desolado actual de esos países. Cuando los
italianos de los Alpes cortaron los bosques de pinos de la parte sur, tan
queridos por la parte del norte, no tenían la menor idea de que mientras
actuaban así cortaron las raíces de la industria lechera de
su región; y menos aún preveían que se privaron de ese
modo de las fuentes de agua para la mayor parte del año (...). Los
hechos nos recuerdan a cada paso que no reinamos sobre la naturaleza como
un conquistador reina sobre un pueblo extranjero, como alguien que está
fuera de la naturaleza, sino que nosotros pertenecemos a ella con nuestra
carne, nuestra sangre, nuestro cerebro, que nosotros estamos en su seno y
que todo nuestro dominio en ella reside en la ventaja que tenemos sobre el
conjunto de las otras criaturas es la de conocer sus leyes y poder servirnos
de ellas juiciosamente." (6)
No sería difícil encontrar otros ejemplos. Lo cierto es que
falta en Marx y Engels una perspectiva ecológica de conjunto. Es injustificada
actualmente su concepeción optimista del desenvovimiento ilimitado
de las fuerzas productivas -una vez eliminado el obstáculo que limita
su desarrollo, representado por las relaciones de producción capitalista
que las limitan. No sólo desde el punto de vista económico
-el riesgo del agotamiento de las materias primas-, sino también por
la amenaza de destrucción del equilibrio ecológico del planeta
por la lógica productivista del capital (y de su pálido imitador,
o seguidor, la difunta burocracia «socialista»).
Se podría concluir provisionalmente esta discusión con una
sugerencia, que me parece pertinente, adelantada por Daniel Bensaïd
en su reciente -y notable- trabajo sobre Marx: reconociendo que sería
abusivo exonerar a Marx de las ilusiones "progresistas" o "prometeicas" de
su tiempo, también lo es el presentarlo como un fanático de
la industrialización, por eso nos propone un camino más fecundo:
establecerse en las contradicciones de Marx y tomarlos en serio. La primera
de estas contradicciones es, por supuesto, ese credo productivista de ciertos
textos y la intuición de que el progreso puede ser la fuente de la
destrucción irreversible del ambiente natural. (7)
La cuestión ecológica es, en mi opinión, el gran desafío
para la renovación del pensamiento marxista en el umbral del siglo
XXI. Ella exige de los marxistas una ruptura radical con la ideología
del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico
de la civilización industrial moderna.
Walter Benjamin fue uno de los primeros marxistas del siglo veinte que volvió
a plantear este tipo de preguntas: desde 1928, en su libro Sentido Único
denunció la idea de la dominación de la naturaleza como "una
bandera imperialista" y propuso una nueva concepción de la técnica
como "el dominio de las relaciones entre la naturaleza y la humanidad". Algunos
años después, en sus Tesis sobre el concepto de historia, propone
enriquecer al materialismo histórico con las ideas de Fourier, ese
visionario utópico que había soñado «con un trabajo
que, más que explotar a la naturaleza, está en condiciones
de hacer emerger de sus profundidades las fuerzas adormecidas en su seno.»
(8)
Hoy todavía los marxismos están lejos de haber colmado sus
carencias en este terreno. Pero algunas reflexiones empiezan a atacar esta
tarea. Una pista fecunda ha sido abierta por el activista ecológico
y marxista americano James O'Connor: es necesario agregar a la primera contradicción
del del capitalismo, examinada por Marx, entre las fuerzas productivas y
las relaciones de producción, una segunda contradicción,
entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción: los
trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza. Por su dinámica expansionista,
el Capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, empezando
con el ambiente natural -una posibilidad que Marx no había tenido
suficientemente en consideración. (9)
Otra interesante acercamiento es sugerido en un reciente texto de un
"ecomarxista italiano: "La fórmula según la cual se produce
una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas
eficazmente destructivas, especialmente respecto al ambiente, nos parece
más conveniente y más significante que el esquema muy conocido
de la contradicción entre fuerzas productivas (dinámicas) y
relaciones de producción (que las encadena). Por otra parte, esta
fórmula permite dar una fundamento crítico y no apologético
al desarrollo económico, tecnológico, científico, y
por consiguiente para elaborar un concepto de progreso 'differentié'
[diferenciado] (E. Bloch). (10)
Que sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa -los sindicatos,
partidos social-demócratas y comunistas- permanece profundamente marcado
aún por la ideología del "progreso" y por el productivismo,
y, en ciertos casos, defiende, sin cuestionar más, la energía
nuclear o la industria automotriz. Es verdad que un principio de sensibilización
ecologista está en proceso de desarrollarse, notablemente en los sindicatos
y partidos de izquierda en los países nórdicos, en España,
en Alemania, etc.
La gran contribución de la ecología fue -y es de nuevo-
hacernos tomar conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia
del modo presente de producción y consumo. El crecimiento exponencial
de agresiones al ambiente, la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio
ecológico configura un escenario catastrófico que pone en cuestión
la misma supervivencia de la vida humana. Somos confrontados con una crisis
de la civilización que requiere algunos cambios radicales.
El problema es que las proposiciones avanzadas por las corrientes dominantes
de la ecología política europea son muy insuficientes o llevan
a callejones sin salida. Su principal debilidad es ignorar la necesaria conexión
entre el productivismo y el capitalismo, de conducir a la ilusión
un "capitalismo propio" o de reformas capaces de controlar sus "excesos"
(como eco-impuestos, p.e.). Toman como pretexto la imitación, por
las economías burocráticas despóticas, del productivismo
occidental, encontrando que espalda a espalda el capitalismo y el socialismo
son dos variantes del mismo modelo - un argumento que ha perdido sus interés
después del hundimiento del pretendido "socialismo real."
Los activistas ecológicos están equivocados si piensan poder
hacer la crítica de la economía marxista del capitalismo: una
ecología que no comprende la relación entre el "productivismao
y la lógica de la ganancia está condenada al fracaso -o peor,
a la recuperación por el sistema. Los ejemplos no faltan...
Considerando a los trabajadores como irremediablemente ganados por el productivismo,
algunos activistas ecologistas consideran un punto muerto al movimiento obrero,
y han puesto en sus banderas: "ni izquierda, ni derecha". Los ex-marxistas
convertidos a la ecología declaran apresuradamente el "adiós
a la clase obrera" (André Gorz), mientras de otros (Alain Lipietz)
insisten que es necesario salir del "rojo" –es decir, del marxisme o del
socialismo- para adherirse al "verde", nuevo paradigma que traería
una respuesta a todos los problemas económicos y sociales.
Finalmente, en las corrientes llamadas "fundamentalistas" (o la ecología
profunda) se llegan a esbozar, bajo el pretexto de lucha contra antropocentrismo,
una refutación al humanismo que conduce a sus posiciones relativistas
colocando a todas las especies vivientes en el mismo nivel. ¿Es necesario
considerar verdaeramente que el bacilo de Koch o el mosquito anofelises tienen
los mismos derechos a la vida que un niño enfermo de tuberculosis
o malaria?
La refutación de esas posiciones hace superior a los ecosocialistas.
Al integrar las conquistas fundamentales del marxismo –desembarazado de las
escorias productivistas-, comprenden que la lógica del mercado y del
lucro (del mismo modo que del autoritarismo tecnoburocrático de las
difuntas «democracias populares») es incompatible con las exigencias
ecológicas. Al mismo tiempo que critican la ideología de las
corrientes dominantes del movimiento obrero, ellos saben que los trabajadores
y sus organizaciones constituyen una fuerza esencial para cualquier transformación
radical del sistema.
El ecosocialismo se ha desarrollado –a partir de las investigaciones de algunos
pioneros rusos de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX (Sérgio
Podolinsky, Vladimir Vernadsky)-, sobre todo durante los últimos veinicinco
años, gracias a trabajos de pensadores de la talla de Manual Sacristán,
Raymond Williams, Rudolf Bahro (en sus primeros escritos) y André
Gorz (ibidem), como en las preciosas de contribuciones de James O'Connor,
Barry Commoner, John Bellamy Foster, Joël Kovel (EE.UU.), Juan Martinez
Allier, Francisco Fernandez Buey, Jorge Riechman (España), Jean-Paul
Déléage, Jean-Marie Harribey (Francia), Elmar Altvater, Frieder
Otto Wolff (Alemania), y muchos otros uno, que se han expresado en una red
de revistas tales como: Capitalism, Nature and Socialism, Ecologia Politica,
etc.
Esta corriente –presente en los partidos verdes, en los movimientos «rojos-verdes»,
tanto en la extrema izquierda como en el seno de la izquierda «clásica»-
está lejos de ser políticamente homogénea, pero una
mayoría de sus representantes comparte el interés por algunos
temas. En ruptura con la ideología productivista del progreso –en
su forma capitalista y/o burocrática (del «socialismo real»-
y opuesta a la expansión ilimitada de un modo de producción
y de consumo destructor del medio ambiente, representa en la esfera ecológica
a la tendencia más avanzada y más sensible a los intereses
de los trabajadores y de los pobres del Sur, donde sea que se comprenda la
imposibilidad de un «desarrollo sustentado» en los marcos de
la economía capitalista de mercado.
El razonamiento ecosocialista reposa sobre dos argumentos esenciales:
1° El modo de producción y de consumo actual de los países
desarrollados, fundados sobre la lógica de la acumulación ilimitada
(de Capital, de ganacias, de mercancías), de despilfarro de recursos,
de consumos ostensos, y de destrucción acelerada del medio ambiente,
no puede de ningún modo ser extendido en el conjunto del planeta,
sino bajo la idea de una importante crisis ecológica; según
los cálculos recientes, si se generalizara al conjunto de la población
mundial el consumo medio de energía de USA, las reservas actuales
de petróleo se agotarían en diecinueve años. (12) Este
sistema está por tanto necesariamente fundado en el mantenimiento
y el agravamiento de las escandalosas injusticias entre el Norte y el Sur.
Por otro lado, la globalización neoliberal conduce a una intensificación
cresciente de los problemas ecológicos en Ásia, África
y América Latina, como consecuencia de una política deliberada
de “exportación de la contaminación” de los países imperialistas.
Además, esta política tiene una “legitimación” económica
imbatible –desde el punto de vista de la economía capitalista
de mercado. Recientemente el especialista del Banco Mundial, Lawrence Summers,
afirmó que ¡los pobres cuestan menos! Para citarlo en sus propios
términos: “a medida que los custos de polución perjudican la
salud depende de los rendimientos perdidos por causa de enfermedad y mortalidad
acentuadas. Desde este punto de vista, determinada cantidad de polución
perjudicial a la salud debería ser realizada en los países
con costos más bajos, esto es, en países con los salarios más
bajos”. (13) Una formulación cínica que revela mucho mejor
la lógica del capital global que todos los discursos endulzados sobre
el “desarrollo” producidos por las instituciones financieras internacionales.
2° En este estado de cosas, la continuación del «progreso»
capitalista y la expansión de la civilización fundada sobre
la economía de mercado, que funciona bajo una forma brutalmente inequitativa,
amenaza directamente, a mediano plazo, (toda previsión sería
azarosa), la supervivencia misma de la especie humana. El cuidado de la naturaleza
es por tanto un imperativo humanista.
La racionalidad limitada del mercado sistema capitalista, con sus cálculos
inmediatistas de pérdidas y ganancias, es intrínsecamente contradictorio
con una racionalidad ecológica que toma en cuenta la temporalidad
de los ciclos naturales largos.
Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomización cosificada
de la economía a través de neoliberalismo, se pone en juego
el futuro que es, para el écosocialisteses, la puesta en acción
de la "economía moral", en el sentido que dio E.P. Thompson a este
término, es decir, una política económica fundado sobre
criterios no-monetarios y extra-económicos: en de otros términos,
la "reintricación" de lo económico en el ecológico,
lo social y lo político. (14)
Las reformas parciales son completamente insuficientes: es necesario reemplazar
la micro-racionalidad de la ganancia por una macro-racionalidad social y
ecológica, lo que requiere un cambio real de civilización.
(15) Ello es imposible sin una reorientación tecnológica profunda
y apuntando al reemplazo de las fuentes actuales de energía por otras,
no-contaminantes y renovabless, como la energía eólica o la
solar. (16) La primera cuestión planteada es, entonces, sobre el control
de los medios de producción, y sobre todo por las decisiones de inversión
y mutación tecnológica, que deben quitarse de los bancos y
de las empresas capitalistas para volverse bienes comunes de la sociedad.
Una reorganización en su conjunto del modo de producción y
consumo es necesario, fundada sobre criterios exteriores a los del mercado
capitalista : en las necesidades reales de la población (no necesariamente
en las solvente) y la salvaguarda del medio ambiente. En otros términos,
una economía de transición al socialismo, "re-ajustada" (como
diría Karl Polanyi) en el medio ambiente social y natural, porque
está fundada en la opción democrática de prioridades
y inversiones decididas por la población ella - y no por leyes del
mercado o por un politiburó omnisciente. Esta transición no
sólo manejaría a un nuevo modo de producción y a una
sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo
de vida alternativo, a una nueva civilización, ecosocialista, más
allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente
inducidos por la publicidad, y de la producción al infinito de mercancías
que dañan el medio ambiente (¡el automóvil individual!).
¿Utopía? En el sentido etimológico («ningún
lugar»), sin duda. ¿Pero si no creemos más , con Hegel,
que "todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real",
cómo pensar una racionalidad sustancial sin hacerse llamar utopías?
La utopía es indispensable en el cambio social, con tal de que se
funde en las contradicciones de la realidad y en los movimientos sociales
real3w. Este es el caso del ecosocialisme, que propone una estrategia de
alianza entre los "rojos y los verdes" –no en el sentido político
estrecho de los partidos social-demócratas y de los partidos verdes,
sino en un sentido más amplio, es decir, entre el movimiento obrero
y el movimiento ambientalista -y de solidaridad con los oprimidos y explotados
del Sur.
Esta alianza implica que la ecología renuncia a las tentaciones del
naturalismo anti-humanista y abandona su pretensión de reempazae la
crítica de la ecoomía política. Esta convergencia también
implica que el marxisme se desembaraza de su productivismo, sustituyendo
el esquema mecanicista de la oposición entre el desarrollo de las
fuerzas productivas y relaciones de producción que las limitan, por
la idea, mucho más fecunda, de una transformación de las fuerzas
potencialmente productivas en fuerzas efectivamente destructivas. (17)
La utopía revolucionaria de un socialismo verde o de un comunismo
solar no significa que uno no debe actuar desde hoy mismo. Pero no tener
ilusiones sobre la posibilidad de "ecologizer" al capitalismo no significa
que no debe compromoterse con el combate por reformas inmediatas. ese uno
no puede contratar la lucha para las reformas inmediatas. Por ejemplo, algunas
formas de eco-impuestos pueden ser útiles, a condición de que
sean portadores de una lógica social igualitaria (hacer pagar a los
contaminadores y no a los consumidores), y que se quite de encima el mito
de un cálculo económico del "precio de mercado" por el daño
ecológico: éste es una variable incomensurablese desde el punto
de vista monetario. Nosotros tenemos necesidad desesperadamente de ganar
tiempo, de luchar inmediatamente por la prohibición del CFCS que destruye
la capa de ozono, por una moratoria en el OGM, por una severa limitación
de los gases responsables del efecto invernadero, por privilegiar a los transportes
públicos por encima de el uso del automóvil individualista,
contaminante y anti-social. (18)
La lucha por las reformas eco-sociales puede ser portadora de una dinámica
de cambio, de "transición" entre las demandas mínimas y el
programa máximo, a condición de que rechace los argumentos
y las presiones de los intereses dominantes, de apelar a las reglas del mercado,
la competitividad o la "modernización". Algunas demandas inmediatas
ya son, o puede volverse rápidamente, el lugar de una convergencia
entre los movimientos sociales y los movimientos ecologistas, entre sindicalistas
y conservacionista, entre rojos y verde:
F la promoción del transporte pública -trenes,
metros, camiones, tranvías-, bien organizado y gratuito, como alternativa
a los embotellamientos y la contaminación de ciudades y campos gracias
al uso del automóvil individual y el sistema de caminos y ttransporte.
F La lucha contra el sistema de la deuda y los "ajustes
ultraneo-liberales" impuesto por el FMI y el Banco Mundial a los países
del Sur, con consecuencias sociales y ecológicas dramáticas:
el desempleo masivo, la destrucción de las protecciones sociales y
de las culturas vivientes, las destrucción de los recursos naturales
por la exportación.
F La defensa de la salud pública, contra la polución
del aire, del agua (mantos acuíferos) o de la comida por la avaricia
de las grandes empresas capitalistas.
F La reducción del tiempo de trabajo como respuesta
al desempleo y como visión de la sociedad que privilegia el tiempo
libre respecto a la acumulación de bienes y posesiones. (19)
Sin embargo, en la lucha por una nueva civilización, a la vez más
humana y más respetuosa de la naturaleza, el conjunto de los movimientos
sociales emancipadores deben asociarse. Como lo dice tan bien Jorge Riechmann:
"Este proyecto no es capaz de renunciar a ninguno de colores del arcoiris
en el cielo: ni el rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario,
ni al violeta de las luchas por la liberación de la mujer, ni al blanco
de los movimientos no violentes por la paz, ni al anti-autoritario negro
de los libertarios y anarquistas, y mucho menos al verde de la lucha por
una humanidadjusta y libre sobre un planeta habitable ". (20)
Esta causa es planetaria, pero Europa, donde se va a alcanzar su unidad bajo
una nueva forma, si se aleja de las restricciones neoliberales de Maastricht,
puede volverse uno de los principales laboratorios para elaborar un futuro
diferente.
Notas
Este texto fue publicado en Pós-neoliberalismo II, organizado por
Emir Sader y Pablo Gentile. Rio de Janeiro: Vozes, 1999. Traduçción
de Andrés Lund.
1 - E. Mandel, Power and money, A marxist theory of bureaucracy, Londres,
Verso, 1992, p. 182.
2 - C. Dickens, Temps difficiles, Paris, Gallimard, 1985, p. 101, 233.
3 - K. Marx, Fondements de la critique de l’économie politique, Paris,
Anthropus, 1967, p. 366-367.
4 - K. Marx, L’idéologie allemande, Paris, Éditions sociales,
p. 67-68.
5 - K. Marx, Lê Capital, Paris, Éditions sociales, tomo I, p.
360-361.
6 - F. Engels, La Dialectique de la nature, Paris, Éditions sociales,
1968, p. 180-181.
7 - D. Bensaid, Marx l’intempestif, Paris, Fayard, 1995, p. 347.
8 - W. Benjamim, Sens unique, Paris, Lettres-Maurice Nadau, 1978, p. 243;
y «Théses sur la philosophie de l’histoire», in L’Homme,
la lenguage et la culture, Paris, Denoël, 1971, p. 190. Podemos também
mencionar al socialista austriaco, Julius Dickmann, autor de un ensayo pionero
publicado en 1933 en la revista La critique sociale; según él,
el socialismo sería el resultado no de un “rápido dessarrollo
de las fuerzas productivas”, sino antes una necesidad impuesta por la “diminución
de las reservas de recursos naturales” dilapidados por el capital. El desenvolvimiento
“irreflexivo” de las fuerzas productivas por el capitalismo destruye las
propias condiciones de existencia del género humano (“El verdaero
límite de la producción capitalista”, en La critique sociale
nº 9, setembro de 1933).
9 - James O’Connor, “La seconde contradiction du capitalism: causes et conséquences”,
in Actuel Marx nº 12; y del mismo autor, L’écologie, ce matérialisme
historique, Paris, 1992, p. 30, 36.
10 - Tiziano Bagarolo, “Encore sur marxiste et écologie”, en Quatriême
Internacionale nº 44, marzo-julio de 1992, p. 25.
11 - M. Mies “Liberacion del consumo o politizacion de la vida cotidiana”,
en Mientras Tanto nº 48, Barcelona, 1992, p. 3.
12 - Cf. L. Summers, “Let them eat pollution”, en The Economist, 8 de febrero
de 1992. Otro ejemplo impresionante: en 1995, en una reunión en Ginebra,
un Grupo de Trabajo del Comité Intergubernamental sobre los Cambios
Climáticos discutía sobre un relato en que era formulada la
cuestión de saber si era “rentable” (costo-eficiencia) tomar medidas
contra el efecto del calentamiento, considerando que esos efectos se hacían
sentir, sobre todo, en los países pobres. Según esos especialistas,
el costo de uma vida en un país rico es de 100 mil dólares
(Citado en Derek Lovejoy, “Limits to Growth”, en Science and Society, “Marxism
and Ecology”, 1996, p. 274).
13 - Cf. D. Bensaïd, Marx l’intempestif, p. 385-386, 396; y Jorge Reichman,
Problemas con los frenos de emergencia, Madrid, Editorial Revolución,
1991, p. 15.
14 - Ver al respecto el notable ensayo de Jorge Reichman, “El socialismo
puede llegar solo em bicicleta”, en Papeles de la Foundation de Investigaciones
Marxistas, Madrid, nº 6, 1996.
15 - Alguns marxistas ya están hablando de un “comunismo solar”: ver
David Schwartzman, “Solar Communism”, en Science and Society, “Marxism and
Ecology”, 1996.
16 - D. Bensaïd, Marx l’intempestif, p. 391-396.
17 - J. Reichman, De la economía a la ecología, Madri, editorial
Trotta, 1995, p. 82-85.
18 - Ver Pierre Rousset, “Convergence de combats. L’écologique et
le social”, en Rouge, 16 de maio de 1996, p. 8-9.
19 - J. Reichman, “El socialismo puede llegar solo en bicicleta”, loc. cit.,
p.