Figuras del actual marxismo renovado
Daniel Bensaid y el fantasma del
comunismo
Andrés Lund
I
En su ya clásico libro Consideraciones sobre el marxismo occidental,
Perry Anderson caracterizaba a este marxismo como filosófico (reflexionando
sobre la ciencia, la cultura, la ideología, etc.), alejado de las
cuestiones económicas o políticas, académico (universitario)
y divorciado de la militancia. Después de exponer cómo surge
y se desarrolla, señalaba que el “marxismo occidental” ya había
dado todos sus frutos y que en las nuevas generaciones renacía el
interés sobre la política y la economía En esa última
parte contrastaba al “marxismo occidental” con otra tradición, la
trotskista, impugnadora tanto del estalinismo y de las burocracias como del
capitalismo en sus nuevas fases, una tradición que había producido
importantes obras históricas, políticas y económicas
(como las de Deutscher, Rosdolsky y Mandel, p.e.) y que siempre intentó
unir la teoría y la práctica revolucionarias. Después
de estos largos y oscuros años de restauración neoliberal y
resistencias aisladas, cuando resurgen movimientos anticapitalistas y el
fantasma del comunismo se asoma de nuevo, encontramos en esa tradición,
la trotskista, a casi todos los sobrevivientes del marxismo; aunque
es un marxismo crítico y autocrítico, no dogmático,
renovador y polémico, no abandona su herencia ni su proyecto revolucionario.
En este marxismo que llega así al siglo XXI destacan, entre
muchos otros, Michael Lowy, Alex Callinicos y Daniel Bensaïd.
Daniel Bensaïd (Toulouse, 1946 ) es un filósofo marxista y un
“militante” de toda la vida. A los catorce años formaba parte de las
Juventudes del Partido Comunista de Francia; a los veinte años lo
expulsan de ellas por sus posiciones antiestalinistas. A los veintidós
años lo encontramos impulsando el Mayo del 68 desde la propia Universidad
de Nanterre, al lado de “Dany (Cohn-Bendit) el rojo”, participando en la
dirección de la Juventud Comunista Revolucionaria, prohibida con todos
los grupúsculos subversivos cuando se sofocó la rebelión
estudiantil de ese año extraordinario. En 1969 participa en la formación
de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), que actualmente es, quizás,
el grupo político de la izquierda anticapitalista más importante
de Europa. Formando parte de la dirección de la LCR y de la IV Internacional
desde entonces, Daniel Bensaïd ha desarrollado un marxismo militante
y renovador, crítico y autocrítico, que sobrevivió al
colapso del marxismo ortodoxo (estalinista y ligado al socialismo irreal)
y del marxismo occidental.
En ese mismo 1968, Daniel Bensaïd escribe y publica con Henri Weber
un anecdótico, analítico y encendido libro: Mayo 68: un
ensayo general. Para los autores se trataba, desde luego, del Ensayo
general de la Revolución socialista. En ese libro se presentaban a
sí mismos y a sus camaradas, como “una nueva generación de
militantes revolucionarios”, decepcionada tanto del capitalismo occidental
como de la socialdemocracia y de los partidos estalinistas. Descreída
de los valores del mundo burgués, esta generación buscaba sus
modelos en las luchas revolucionarias del tercer mundo, en Vietnam y en el
Che Guevara, aunque no dejaba de nutrirse del radicalismo juvenil y estudiantil
que recorría Europa. Por eso su juvenil libro parodiaba ya las primeras
líneas del Manifiesto Comunista: “Un fantasma vuelve a cernirse sobre
el mundo capitalista: el fantasma de los grupúsculos.”
II
Daniel Cohn-Bendit, por cierto, también escribió y publicó
en 1968 su propio libro: El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil
del comunismo. Entre el anarquismo y la crítica al marxismo de
Socialismo o Barbarie (de Castoriadis y Lefort), el autor relata la
experiencia de Mayo del 68 para terminar criticando, por igual, al estalinismo
y al “bolchevismo” (representado por Lenin y Trotsky). Años después,
este Dany, “verde” y “anticomunista visceral”, se declaraba un “antiguo izquierdista”
que ya no tenía la ambición de “cambiar el mundo”: soñaba,
en todo caso, con “arreglar la sociedad, no con transformarla”, como lo declaró
en una serie televisiva, que él ideó y condujo a mediados de
los ochenta, cuyo título, muy emblemático, fue: La revolución
y nosotros, que la quisimos tanto (también publicada en libro). Unos
cuantos años después, cuando los Verdes llegaron a gobernar
con los “socialistas”, Cohn-Bendit ya no recordaba con nostalgia una revolución
anticapitalista que había querido tanto, sino que justificaba abiertamente
a la sociedad establecida: "la inversión política no es deseable;
la gente se convence con razón de que el sistema que trabaja mejor,
es el capitalismo". La hora habría venido, para él, de "renunciar
a la autogestión por la gestión."
Mientras Daniel Bensaïd se integraba a la dirección de la LCR
y de la Cuarta Internacional, cuestionando la “contrarrevolución burocrática”
y discutiendo sobre los procesos revolucionarios en Italia, Argentina, Chile
y Portugal, muchos destacados militantes del 68 se volvían “nuevos
filósofos”, anticomunistas y de derecha, y el estructuralismo francés,
que desplazaba al marxismo en la academia, se volvía posestructuralismo
para terminar como posmodernismo. La Restauración se afianzaba y cobraba
venganza.
Los grandes Partidos Comunistas europeos occidentales (PCI, PCF y PCE) intentaron
desmarcarse del “socialismo realmente inexistente” con el eurocomunismo,
perdiendo su identidad y huyendo hacia una socialdemocracia que, también,
se encontraba en fuga de sí misma, abandonando toda referencia al
marxismo y al anticapitalismo, llegando a asumir las contrarreformas neoliberales.
El PCI, dividido, vota por abandonar su tradición anticapitalista;
el PCF se colapsa electoralmente y se subordina a un PS que pasa muy rápidamente
al liberalismo hasta asumir el neoliberalismo; el PCE es desplazado por un
PSOE cada vez más conservador que abre el camino para que la derecha
franquista regrese al poder por la vía electoral. En medio de esa
fuga se colapsa “el socialismo irreal”. Cae la URSS del colectivismo o del
capitalismo burocrático, desaparece por fin el supuesto “bloque socialista”.
Lo que podría verse como la derrota definitiva del estalinismo y la
apertura de posibilidades emancipadoras se tomó como la derrota de
toda alternativa revolucionaria al capitalismo. Después de todo, hubo
revoluciones políticas y sociales, pero de regreso al capitalismo.
Si Castoriadis, desde la izquierda, hablaba del eclipse momentáneo
del proyecto revolucionario y de una “época del conformismo
generalizado”, la derecha (liberal y conservadora) afirmaba, como lo hace
hasta nuestros días, la derrota definitiva del comunismo, proclamando
el Fin de las Ideologías, el Fin de las Utopías, y, desde luego,
el Fin de la Historia. El mundo parecía entrar en la época
del Pensamiento Único (neoliberal) -tal vez por ello, las socialdemocracias
en fuga inventaron la “Tercera Vía” sólo para justificar su
adhesión a las políticas neoliberales y a las guerras imperialistas.
III
A contracorriente y contratiempo, un marxismo disidente y militante sobrevive
y emerge de las ruinas del estalinismo y del neoliberalismo. Este marxismo
militante de Daniel Bensaïd, que por años enfrentó tanto
al estalinismo como al capitalismo, se distinguió claramente del “marxismo
ortodoxo” (que se volvió ideología de las burocracias) y del
“marxismo occidental” porque siempre ha intentando no sólo interpretar
el mundo sino transformarlo, y por ello mismo ha sido un marxismo centrado,
principalmente, en temas políticos, económicos y coyunturales,
sin dejar de ser filosófico, crítico y autocrítico,
polémico y renovador.
Es por eso que, al mismo tiempo que ha discutido la estrategia revolucionaria
al interior de la izquierda radical, se atreve a elaborar los trazos de una
democracia futura. Ha seguido las metamorfosis del imperialismo y los cambios
económicos del capitalismo actual, sin dejar de cuestionar las contrarreformas
neoliberales y su impacto laboral, la mercantilización del mundo y
la privatización de lo público, emprendiendo la defensa del
bien social y del servicio público, discutiendo estas cuestiones,
sobre todo, con la “izquierda plural”, que ya no sólo no cuestiona
al capitalismo sino que defiende al neoliberalismo. Lo mismo debate con esa
“izquierda” derechizada su justificación a las intervenciones militares
del imperialismo en el nuevo reparto del mundo como “guerras éticas”
-recordándonos que la derecha no tiene izquierda-, que critica al
gobierno de Lula. Mientras escribe sobre Walter Benjamin o hace una renovadora
relectura de un “Marx intempestivo”, discute con los ecologistas, las feministas
y los autonomistas llevando en esos debates la crítica anticapitalista
y la perspectiva comunista.
En ese trayecto de polémicas y verdaderos combates ideológicos,
Daniel Bensaïd ha renovado al propio marxismo, no sólo al cuestionar
sus dogmas y liberarlo de las lecturas deterministas y teleológicas
que, como una filosofía de la Historia universal, lo volvían
un pensamiento caduco, sino también al enriquecerlo con la “discordancia
de los tiempos”, el tiempo mesiánico de Walter Benjamin o el tiempo
social ritmado por los ciclos y crisis del Capital; al ampliarlo con las
temáticas ecológicas y feministas, democráticas y con
los debates políticos del momento, renovando su carga subversiva que
cuestiona al Capital, entendido como un poder anónimo, enajenado y
enajenante, que impulsa la mercantilización, la privatización
y la fetichización del mundo, levantando contra él “un nuevo
espíritu comunista”.
En una primera etapa, antes de 1989, el marxismo revolucionario de Bensaïd
se conecta con una tradición trotskista, abiertamente antiestalinista
y que discute cuestiones políticas inmediatas; escribe, entre otras
cosa, sobre Mayo del 68, sobre la URSS (Revolución socialista y contrarrevolución
burocrática), sobre Estrategias y partidos; colabora en un libro sobre
la revolución en Portugal, etc. Sin embargo, su marxismo no dejó
de ser impactado por el estructuralismo francés: aunque polemiza con
Althusser (y participa en un libro contra sus teorías), lo retoma
cuando empieza a desmontar la Historia universal adjudicada a Marx y la sustituye
por un proceso sin sujeto ni fines. No ignora al posestructuralismo y amplía
la cuestión del Poder con Foucault en La Revolución y el poder,
valora la crítica deconstruccionista de Derrida y los desarrollos
de Deleuze, a los cuales apela en su regreso a Marx.
IV
Casi a los cincuenta años de edad, con una sólida formación
filosófica y una vida entera militando en las filas del marxismo más
radical, Daniel Bensaïd empieza a escribir y a publicar, a partir de
1995, sus obras más importantes: aparece así su Marx intempestivo,
en la que hace una de las más significativas interpretaciones de Marx
y del marxismo. A diferencia del marxismo occidental, que terminó
renegando de la obra de Marx por encontrar en ella una Filosofía de
la Historia racionalista, determinista, economicista, dialéctica y
teleológica, Bensaïd recupera a un Marx crítico de la
Razón histórica y sociológica, que va más allá
de la positividad científica de su época.
Sartre le reprochó a Marx (sin haberlo estudiado) y al marxismo el
disolver la subjetividad en las estructuras sociales y manejar una Dialéctica
apriorista y simplificadora por determinista y economicista; después
de intentar fundamentar al marxismo fenomenológicamente (que es la
pretensión de su inacabada Crítica de la Razón Dialéctica),
en el reflujo del ‘68 declara: “hace falta otro pensamiento que tenga en
cuenta al marxismo para superarlo, para negarlo y retomarlo, envolverlo en
sí mismo. Es la condición para llegar a un verdadero socialismo”
(Situaciones IX). Althusser, por lo contrario, priorizó las
estructuras y el proceso sin sujeto ni fines, pero encontró al marxismo
infectado de historicismo y humanismo. Llega a decir que las fórmulas
de Marx en El Capital sobre la “interpretación contable de
la explotación” o las ecuaciones de Gramsci sobre la política
en sus Cuadernos de la cárcel, resultaban patéticas
e insuficientes para una verdadera teoría política. En su debate
al interior del PCF (Lo que debe cambiar en el Partido Comunista, 1978) Althusser
llega a cuestionar la mitología escatológica de la filosofía
de la historia marxista y los restos idealistas que incluso se encuentran
en El Capital; denunciaba asimismo la oscuridad del marxismo sobre
el Estado, los partidos y la política. Por su parte, el filósofo
italiano Lucio Colletti empezó demostrando que el llamado “materialismo
dialéctico” no era otra cosa que la “dialéctica de la materia”
hegeliana: metafísica idealista (El marxismo y Hegel, 1969);
defendiendo el carácter científico de El Capital y del
Materialismo Histórico, Colletti apelaba a Kant y distinguía
la “contradicción dialéctica” (metafísica) de las “oposiciones
reales”. Paralelamente, con un inigualable rigor filológico, localizó
la alienación en la base teórica de El Capital: en su
primera sección, en la relación entre trabajo abstracto y valor
(“Bernstein y el marxismo de la Segunda Internacional” de 1968, en Ideología
y Sociedad); la unión entre la teoría del valor y la alienación
era el fundamento del principio crítico del marxismo. Sin embargo,
esta construcción se vino abajo cuando Colletti descubrió que
la dialéctica metafísica estaba indisolublemente ligada a la
teoría de la alienación (“Marxismo y dialéctica”, 1974,
en La cuestión de Stalin), contaminando la base de El Capital
y de toda la construcción marxista. Deja, entonces, al marxismo por
el liberalismo para terminar apoyando a la ultraderecha neoliberal italiana.
Mientras tanto, la Escuela de Frankfurt, en manos de Habermas, dejaba de
ser Teoría Crítica cuando éste cambió el insuficiente
“paradigma de la producción” (dejando de lado el proyecto de reconstruir
al materialismo histórico) por el “paradigma de la comunicación”,
para volverse Teoría de la Acción Comunicativa, sin Dialéctica
Negativa, social-liberal y reconciliada con el capitalismo. La Escuela de
Budapest (los herederos filosóficos de Lukács) pierden la radicalidad
de “la revolución de la vida cotidiana” cuando reducen el pensamiento
de Marx a una filosofía de la historia, determinista, holista y teleológica,
abandonando las necesidades radicales por la condición posmoderna.
V
El Marx intempestivo de Bensaïd parte de que no hay un Marx original
u homogéneo y de que en su obra es posible encontrar una crítica
de la Razón histórica -que cuestiona una filosofía de
la Historia universal, a la que deconstruye y desacraliza, quitándole
su necesidad y su teleología-, una crítica de la Razón
sociológica determinsta o reduccionista, así como una crítica
de la positividad científica en tanto que apela a una “ciencia alemana”
totalizadora, insiste en el devenir y en los contratiempos, formulando leyes
tendenciales. En Marx no hay, entonces, una filosofía de la
historia sino “una teoría crítica de la lucha social y de la
transformación del mundo.” (p.22)
Para probar tal lectura, divide el libro en tres grandes partes. En la primera,
“Marx crítico de la razón histórica”, la más
interesante, rechaza la reducción del pensamiento de Marx a una Filosofía
de la Historia universal, con un Sujeto que persigue sus Fines. Apoyándose
en textos de La Ideología alemana, los Grundrisse y El Capital, en
los que cuestiona una Historia sagrada y fetichista, recupera “una nueva
escritura de la historia” que detecta historias conflictivas, en las que
interactúan diversas esferas sociales con su “desarrollo desigual
y combinado”, cruzadas por necesidades y tendencias, el azar y las elecciones
libres, abriendo o cerrando posibilidades, con saltos y regresiones. Lejos
de asumir un Tiempo lineal, único y fatal, Marx y el marxismo revolucionario
se ubican en los tiempos fracturados del presente, en la “discordancia de
los tiempos”, en los tiempos intempestivos, explosivos, inesperados, no fatales
ni deterministas, sin fin asegurado. “Marx deconstruye la noción de
Historia universal. Cada presente ofrece una pluralidad de desarrollos posibles.”
(p.67) En esa historia abierta se hace posible la elección estratégica
y la lucha, de modo que “la política prevalece sobre la historia”
(W. Benjamin). Cuando Marx dice que se abre una época de revolución
social, no hace una predicción científica sino una anticipación
histórica y política condicional; si Lenin habla de “la era
de las guerras y las revoluciones” y Trotsky de “la era de la revolución
permanente”, no hacen predicciones científicas sino apuestas políticas,
apoyados en hechos y posibilidades, en tendencias históricas pero
también en la estrategia, la decisión y la lucha. No se trata,
entonces, de fatalidades sino de posibilidades, de predicciones (que solo
pueden ser apocalípticas) sino de profecías condicionales.
El marxismo no se queda en el mesianismo de la espera -de la esperanza-,
ya que implica la profecía condicional que actúa en el presente
para atraer el futuro. Por eso, Bensaïd reivindica a un “Marx, pensador
de lo posible” (y se remite al libro de Michel Vadee), el que dentro de la
necesidad social admite los posibles contingentes y el ser en potencia, el
que formula “leyes tendenciales”, el que ve en las crisis la apertura de
posibilidades revolucionarias. Hay en Marx, en consecuencia, “una nueva apreciación
del tiempo” en donde el presente no es un eslabón de una cadena necesaria,
sino un “momento de selección de posibles”, pero un presente con su
propia temporalidad social, las de los ciclos y crisis del Capital. Más
allá del Tiempo sagrado de la Salvación (y de toda filosofía
de la historia), más allá del Tiempo abstracto de la Física
(y de todo determinismo y mecanicismo), Marx aprecia el Tiempo profano del
Capital como una temporalidad social e histórica que produce sus condiciones
presentes, las reproduce cíclicamente, mientras genera sus crisis
y las condiciones para un porvenir posible. Ese presente que es “efecto de
las rotaciones endiabladas del Capital”, también es el de la política,
el del pensar y actuar estratégicamente para, en las circunstancias
dadas, intervenir en la historia, hacer historia. "La política es
el modo de ese hacer. El sentido práctico de lo posible y el conjuro
de la utopía arrastrada en la fuga de un futuro indeterminado.” (p.120)
Por eso, con esperanza y temor, con deseo y cálculo, la política
revolucionaria hace su “apuesta aventurada” -para dar sentido y no enloquecer,
para no abandonarse a la morbidez de la crisis, para dejar de soñar
y vivir en una pesadilla. Para Bensaïd, Marx interrumpe la pesadilla
y nos despierta en el mundo del Capital, un mundo dominado por una fuerza
social enajenada y enajenante que sólo busca “valorizar el valor”
–mercantilizar y privatizar todo para producir más ganancias-,
que tiene en su base (y sus “medida miserable”) en la reducción del
trabajo concreto al trabajo abstracto, explotado y enajenado, que produce
valor (libro I de El Capital), encarnado en Mercancías, Dinero,
Medios de producción que circulan y rotan (libro II de El Capital),
que se reproduce de manera ampliada en un tiempo conflictivo (libro III de
El Capital): con pugnas salariales en la esfera productiva y con la
feroz competencia en la esfera de la circulación, da el salto mortal
que convierte a la mercancía cargada de valor y plusvalor en ganancia
monetaria, con la disputa entre los propios Capitales por el reparto de la
riqueza que ellos privatizan.
Ese es nuestro Tiempo, muy distinto al de Heidegger, sacralizado y ontologizado;
Marx nos devuelve al tiempo secularizado, profano y vulgar, de nuestro mundo
social, el de los ritmos, ciclos y crisis del Capital. En esa Temporalidad
es mejor abandonar la espera heideggeriana de la muerte o la Esperanza del
horizonte utópico de Bloch y, con Benjamin, ubicarse en un presente
jaloneado entre el pasado y el futuro, preñado de posibilidades, que
recuerda a las víctimas del pasado y espera activamente, políticamente,
su redención en un futuro mesiánico que recupere el sentido
de sus luchas. Benjamin y Marx le dan prioridad a la política sobre
la historia porque ambos profetizan la ruptura del tiempo lineal, el acontecimiento
necesariamente intempestivo e inactual de la Revolución. Con Marx,
con Benjamin, la historia es politizada y “se vuelve inteligible para
quien quiera actuar para cambiar el mundo.” (p.146)
En la segunda parte, “Marx crítico de la razón sociológica”,
aclara que Marx no hace ni lógica ni sociología de las clases
sociales: no las define ni las clasifica, las determina de manera compleja
en la totalidad concreta. Examina a las clases no como “cosas” sino como
relaciones conflictivas determinadas desde diversas perspectivas: sometidas
al ritmo del Capital, en el seno de la producción y la explotación,
pero también en la esfera de la circulación y de la reproducción
en su conjunto; determinadas y autodeterminadas, asimismo, en el plano político:
en sus luchas, en sus organizaciones, en sus representaciones políticas.
Registra, por supuesto, los cambios notables en el mundo del trabajo: la
erosión del proletariado industrial, la desconcentración de
las industrias, la flexibilización laboral, las tendencias individualizadoras
entre los trabajadores, la privatización del consumo y del tiempo
libre, la disminución de las tasas de sindicalización, el retroceso
en el sentimiento de pertenencia de clase, pero sabe que “el problema no
es de orden sociológico” sino un asunto político.
La última parte, “Marx crítico de la positividad científica”,
Bensaïd voltea las críticas al trabajo científico de Marx
para defender que hace “ciencia de otro modo” (¡una ciencia alemana!),
con “una nueva inmanencia” (totalizadora, contradictoria, concreta, uniendo
necesidad y posibilidad, abierta a las turbulencias caóticas), terminado
esta parte con una espléndida “contribución a la crítica
de la ecología política.”
VI
Cabe señalar que, mientras hace esta sorprendente reconstrucción
de un Marx intempestivo, Bensaïd critica la “miseria del historicismo”
de Popper y polemiza con el “marxismo analítico”, hace una rigurosa
deconstrucción de la Teoría de la Justicia de Rawls
(y de paso cuestiona la “comunicación racional” de Habermas), discute
con André Gorz, revisa la filosofía alemana (Spinoza, Leibnitz,
Hegel) y la crisis de la ciencia moderna, asimilando críticamente
los principios de la ecología política.
En ese mismo año de 1995, unos meses después de la publicación
de esta obra sobre Marx, sale otro libro suyo: La discordancia de los
tiempos, que conjunta ensayos sobre las crisis, las clases y la historia,
en donde ilustra la “nueva apreciación del tiempo” en esos temas.
Esta obra, dice el propio Bensaïd, “constituye, en cierto modo, el contrapunto
y el complemento” de su obra sobre Marx.
Dos años después, en 1997, publica La Apuesta melancólica,
expresión abierta de esa melancolía que ya se encontraba en
su lectura de Benjamin y de Marx. En su primera parte examina el actual "desajuste
del mundo" que provoca la globalización capitalista; insiste sobre
todo en la discordancia entre la temporalidad del Capital, regida por la
producción depredadora para la ganancia inmediata, y los tiempos biológicos
de los ecosistemas. Mientras los ritmos naturales se equilibran en siglos
o milenios, la razón económica capitalista rompe todo equilibro
buscando las ganancias rápidas e inmediatas. Sin embargo, la parte
más notable es la última, "La revolución en sus laberintos",
en la que vuelve a la profecía revolucionaria, como anticipación
condicional que apuesta a un futuro posible para conjurar lo peor. Según
Daniel Bensaïd, hay algo de profecía en toda gran aventura humana,
amorosa, estética o revolucionaria. La profecía revolucionaria
no es una predicción, sino una apuesta histórica carente de
seguridad en la victoria, que busca romper los ciclos infernales del Capital.
¿Por qué es una apuesta melancólica? –Porque todos los
revolucionarios -y Bensaïd menciona a Blanqui, Péguy, Benjamín,
Trotsky o Guevara- encarnan la conciencia del peligro; los revolucionarios
son melancólicos porque saben de la derrota o del desastre probable,
porque comprenden que no verán la victoria; negando el optimismo de
un futuro radiante que necesariamente llegará y un pesimismo paralizante,
los revolucionarios apuestan con melancolía y lucidez, luchan, se
resisten a esa derrota, a ese desastre, a este mundo.
Este regreso melancólico y lúcido en el marxismo revolucionario
de Bensaïd no lo saca de la arena de la disputa ideológica: mantiene
de manera intransigente el cuestionamiento a los “socialistas”, tanto en
su decepcionante gobierno (Lionel, ¿qué hiciste de nuestra
victoria?, 1998) como en su escandaloso apoyo a las intervenciones militares.
Si Chomsky escribió sobre “el nuevo humanismo militar”, Bensaïd
escribió los Cuentos y leyendas de la guerra ética,
publicada en 1999. Con todo, empieza a percibir El retorno de la cuestión
social, como se titula el libro que escribe con Christophe Aguiton, que
sale a la luz en 1997. En una larga entrevista publicada como libro en 1999,
Bensaïd hace el Elogio de la resistencia al aire de los tiempos.
Un cambio de aires anunciado en las huelgas francesas y el movimiento “altermundista”
le permite entrever La sonrisa del fantasma, como titula al libro que publica
en el inicio de un nuevo milenio.
VII
En esta obra, Daniel Bensaïd vuelve a presentar La sonrisa del fantasma
del comunismo, entendido éste como el movimiento real de toda
lucha emancipadora y anticapitalista, retomando como motivo al propio Manifiesto
Comunista (citándolo, haciendo referencia a partes de él,
confrontándolo con el mundo actual y desarrollándolo). El libro
es, entonces, un homenaje al Manifiesto Comunista y a su Fantasma,
pero también es una exploración, “con los ojos desengañados”,
de la época presente, actualizando de este modo un marxismo militante
y revolucionario. Por eso, el texto posee una estructura bien definida y
una lógica implacable: abre con la presentación de un supuesto
“Fantasma desvanecido” en el aire de los tiempos posmodernos, detectando
su regreso y con él, el de un marxismo liberado de dogmas e ideologías
de burócratas, como una herencia “sin dueños ni instrucciones
para el uso”; desarrolla en cuatro capítulos la Permanencia de este
Fantasma del comunismo, sus Intermitencias, sus Metamorfosis y sus Apariciones
últimas; cierra con “Una cierta sonrisa” del Fantasma comunista “porque
la historia no se termina y la eternidad no es de este mundo”. Si se examina
con más detalle la estructura y la lógica de este texto de
Baensaïd, podemos descubrir tanto el nuevo estado del capitalismo como
el “nuevo espíritu del comunismo” que anuncia el libro desde el propio
subtítulo.
NUEVO CAPITALISMO
Aunque hace referencias a un capitalismo senil, terminal, absoluto y sin
exterioridad, Daniel Bensaïd no se compromete con ninguna de esas caracterizaciones,
seguramente por la carga determinista, fatalista y hasta catastrofista que
tienen. Todo ello es ajeno al marxismo de “la discordancia de los tiempos”
que defiende, uno que concibe los tiempos fracturados y no lineales, explosivos
y no fatales, sin Fin asegurado, que en cada coyuntura se abre a lo posible
(a lo contingente, a lo potencial, a lo azaroso), a la profecía que
apuesta melancólicamente por un mundo mejor.
Sin embargo, no puede eludir señalar en esta nueva etapa del capitalismo
el peso de las contrarreformas neoliberales, que imponen la desregulación
mundial para una producción, circulación y reproducción
cada vez más ampliada y mundializada del Capital, mercantilizando
y privatizando todo mientras se escala su nivel de fusiones y concentraciones.
Con una relación de fuerzas a su favor, el Capital vuelve a su despotismo
tradicional en la producción con la flexibilización laboral
y el reforzamiento de métodos tayloristas y neofordistas, quita trabas
en su circulación con Tratados de Libre Comercio y amplía su
reproducción al imponer programas privatizadores y abiertamente anti-sociales
que desmontan al Estado benefactor y los servicios y bienes públicos
(salud, educación, vivienda), adquiriendo más velocidad en
sus desplazamientos globales gracias a las innovaciones tecnológicas
en la informática.
El nuevo ritmo del Capital transforma la esfera productiva con un trabajo
todavía más explotado y enajenado ya que ahora es flexible
(dilatando funciones y horarios), precarizado e inestable, más intenso
y sometido, presionado con salarios más bajos por la masa creciente
de desempleo; aunque con menos obreros industriales, vivimos un mundo proletarizado
bajo la barbarie del Capital.
En el terreno político emerge un Estado ligero o mínimo en
lo económico, pero reforzado con un pesado Estado penal, carcelario,
policiaco, que impone la tolerancia cero, criminaliza la miseria mientras
permite la perversa unión de la Propiedad (privada) con el Poder (público).
Con esa privatización de la vida pública, se debilita la ciudadanía
mientras se degrada la “democracia” y la política se vuelve negocio,
agudizándose su descrédito.
Se vive entonces una sociedad despolitizada, que fomenta el individualismo
anónimo y vacío o los pánicos identitarios que intentan
llenar ese vacío. Los “comunistas” ligados a la tradición estalinista
se corren, con los Verdes, hacia la socialdemocracia y la Tercera Vía,
pero esta corriente a su vez se corre hacia el liberalismo (pasando del social
al individualista), mientras este último se vuelve neoliberalismo,
plenamente fusionado con el pensamiento conservador y de derecha. Otros movimientos
impugnadores del Capital, como el feminista y el ecologista, fueron perdiendo
su filo crítico y subversivo. Al final de estos desplazamientos que
van de la izquierda al centro para llegar a la derecha, casi todas las posiciones
políticas son iguales y están subordinadas a la lógica
del Capital, aunque los movimientos altermundializadores anuncian nuevos
aires de rebelión, todavía no abiertamente anticapitalistas
y neocomunistas.
A nivel social, lo colectivo se ha pulverizado, fomentando el individualismo
estrecho y la competencia de todos contra todos (el mundo burgués
que cuestionaba el joven Marx), publicitando la “diferencia” mientras se
tiende a la homogenización del productivismo y del consumismo globalizado.
Los medios de comunicación de masas refinan sus formas de imponer
los mitos ideológicos del “nuevo espíritu del capitalismo”
mientras la filosofía posmoderna promueve la alienación desencantada;
en el discurso social se invisibiliza a las clases y las luchas de clases
en tanto se justifica el nuevo reparto del mundo del imperialismo con el
“humanismo” de las “guerras éticas” (que supuestamente defienden Derechos
Humanos).
Este nuevo capitalismo plantea ya una crisis inédita: una crisis civilizatoria,
con dos vertientes de urgente solución: la crisis social (la del nuevo
y violento reparto imperialista del mundo, la de la crisis del trabajo asalariado
y su secuela de desempleo, precariedad, la de la privatización que
asfixia la vida pública, etc.) y la crisis ecológica (la de
la ruptura de los equilibrios de los ecosistemas por la lógica depredadora
del Capital). La conciencia de esta crisis puede dar nueva vida al fantasma
del comunismo, que necesariamente debe actualizarse.
NUEVO ESPÍRITU DEL COMUNISMO
¿Qué entender, entonces, por el “nuevo espíritu del
comunismo”? Desde las primeras páginas Daniel Bensaïd traza sus
perfiles:
“Un progreso realmente humano, que propicie el florecimiento de cada uno
y que sea respetuoso de las condiciones de la reproducción de la especie,
debe ser inventado. Ante sus estragos y las desilusiones, el progreso debe
pues ser reinventado según criterios acordes con las necesidades humanas
y guardando respeto por su pertenencia a la naturaleza: el de la reducción
masiva del tiempo de trabajo forzado, lo que permitiría volver a encontrar
sentido al juego y a los placeres del cuerpo, sometidos hoy al principio
mecánico del rendimiento; el de una transformación cualitativa
de las relaciones entre el hombre y la mujer, lo que constituye la primera
experiencia simultánea de la diferencia irreductible del otro y de
la universalidad de la especie; pero significa, también, el terminar,
donde quiera que se encuentren y subsistan, las relaciones de dominio y opresión,
de modo que las mujeres y el extraño, el extranjero, no se vean más
como amenazas; ello implica el advenimiento de una humanidad realmente solidaria,
gracias a la universalización de la producción, los intercambios
y de la comunicación. En fin, el de una universalización efectiva
y solidaria de la humanidad, que prefigura el internacionalismo revolucionario.”
Por eso el “nuevo espíritu del comunismo” sigue luchando por abolir
la lógica del Capital, de la mercantilización y la privatización
de todo; está presente en los combates contra la explotación
y la enajenación, en las guerras que se libran contra el dominio imperialista.
El nuevo comunismo replantea ya la necesidad y el valor del Bien común
y del servicio público; pugna además por una vida desenajenada
del buen vivir. Actualizado para estos tiempos, el neocomunismo desarrolla
una ecología política humana, que vincula la crisis ecológica
con la social (con la lógica del Capital) y un feminismo que lucha
a la vez contra el patriarcalismo y el capitalismo.
El nuevo fantasma del comunismo busca encarnar en movimientos sociales y
partidos políticos que generen contra-poderes democráticos
pero que no evadan la búsqueda del poder político, colectivo
y democrático, para transformar el mundo y cambiar la vida. Por todo
eso, el “nuevo espíritu del comunismo” será, debe ser, intransigentemente
anticapitalista, feminista y ecologista, democratizador e internacionalista,
humanista pero profano y descreído, apostando en una historia sin
juicio final, abierta a diversos posibles.
VIII
En estos últimos años Daniel Bensaïd ha desplegado este
marxismo militante y renovador escribiendo sobre Marx (Karl Marx, los
hieroglifos de la modernidad, 2001), recordando al viejo topo que cava
y socava al capitalismo (en sus Resistencias: ensayo de topología
general, 2001), recapitulando los principios que lo guían (Los
Irreductibles: teoremas de la resistencia al aire de los tiempos, 2001)
y afirmando su tradición y herencia (Los Trotskismos, 2002).
Tomando en cuenta los atentados del 11 de septiembre, las guerras del imperio
y el movimiento altermundialista, publica en el 2003 La Nueva Internacional
contra las guerras imperialistas y la privatización del mundo
y Cambiar el mundo, descifrando el momento actual y polemizando con
Negri y Holloway, entre otros. Daniel Bensaïd sabe que es uno
de “los últimos mohicanos” y que la herencia recibida, resguardada
y enriquecida, debe ser transferida. Tal vez por eso escribe y titula su
relato autobiográfico Una lenta impaciencia (2005). Con todo,
no puede dejar de estar atento a todo lo que ocurre a su alrededor y publica
sus Fragmentos descreídos (2005), mientras dirige la revista
contratemos, interviene sobre la participación de la LCR en
las próximas elecciones y en el debate sobre la estrategia revolucionaria
en nuestros días (2006), demostrando que su marxismo está bien
vivo.