Cómo se ha escrito la Guerra Civil española
Entrevista a Carlos José
Márquez
¿Cómo consideras tú que las diferentes interpretaciones
de la Guerra Civil española influyen o determinan las tomas de posición
políticas actuales?
Esta pregunta debería enunciarse al revés. Ya que no son
las interpretaciones de la Guerra Civil las que determinan las tomas de
posición políticas o ideológicas, sino que son las
tomas de posición políticas o ideológicas las que determinan
las interpretaciones de la Guerra Civil.
En el caso de la Guerra Civil, es muy evidente que la derecha española
está haciendo buen uso de la historiografía neofranquista
o parafranquista como parte de la construcción de su identidad colectiva.
Y una identidad muy fuerte, frente a la que la izquierda partidista sólo
es capaz de ir a la contra también cuando interpreta la guerra desde
la historiografía. Creo que Paul Preston acertaba cuando dijo que
del siglo XX español se había estudiado a la izquierda y los
proyectos de reforma y de revolución, pero que era la derecha la que
lo había dominado política e ideológicamente.
¿Crees tú que ese duro pasado que significó la
Guerra Civil española es una fuente de ideologías en la vida
del español común en el presente?
Sí, sin duda, como acabo de señalar.
De las diversas interpretaciones que circulan hoy en día acerca
de la Guerra Civil española, ¿cuál crees que sea la(s)
perspectiva(s) más saludable(s)?
Desde mi propia y personal opinión, creo que la interpretación
que se está construyendo gracias al "Movimiento por la Recuperación
de la Memoria Histórica" (MRMH) es la más saludable. Y "saludable"
porque está permitiendo reconstruir la violencia estatal y paraestatal
de la derecha española durante casi 40 años. Una violencia
que no acabó con la Guerra Civil.
La derecha española tiene Paracuellos como uno de los lugares comunes
de su discurso historiográfico e incluso político, pero, ¿cuántos
progresistas españoles conocen los muchos Paracuellos que hubo en
la zona franquista? Y los que lo conocen es en gran parte gracias a la labor
del MRMH. En este sentido, su labor ha sido de verdadera salud política.
Y no considero que las acusaciones que se le han hecho de "revanchismo"
(no sólo por parte de los autores neofranquistas o parafranquistas,
sino incluso por académicos vinculados a la izquierda partidista)
se sostengan. Porque, como digo, tal "revanchismo" no puede serlo, ni por
la Historia (nunca hubo un perdón de los perseguidos durante cuatro
décadas a sus perseguidores: estos dieron una amnistía según
sus condiciones tras la muerte de Franco), ni por la historiografía
(insisto en que se trata de recuperar una historia silenciada y desconocida;
lo que tiene desde luego sentido político, pero identitario, no "revanchista").
Si el MRMH es "revanchista", también lo son los procesos de beatificación
de clérigos asesinados durante la Guerra Civil; pero en ambos casos
se trata de reafirmar identidades políticas.
Además de esta interpretación, me gustaría destacar
ciertos autores que han publicado obras que yo considero revisionistas en
un sentido historiográfico estricto. Por un lado, Michael Seidman,
que, en su libro
A ras de suelo, daba una interpretación historiográfica
desde el individualismo y el materialismo no sólo original, sino
que puede empezar a derribar muchos lugares comunes. Y tengo pendiente de
lectura el trabajo de Chris Ealham titulado
La lucha por Barcelona
sobre la conflictividad social en Barcelona desde 1895 hasta la Guerra Civil:
sólo lo he "calado", pero creo que no me va a decepcionar.
¿Crees tú que las generaciones más jóvenes
de españoles aún sufren las secuelas de la Guerra Civil española,
o estas están presentes aunque sea indirectamente?
En mi opinión, sí, las consecuencias de la Guerra Civil aún
están presentes en la sociedad y en la política españolas.
Sobre todo, para la definición de identidades colectivas: si se compara
el mapa electoral español desde 1977, habría más de
una coincidencia entre las zonas que apoyaron a cada bando después
del 18 de julio de 1936 y el apoyo actual a la izquierda o la derecha partidistas.
Para las generaciones más jóvenes, la guerra ha dejado de
ser una presencia inmediata en sus vidas, a veces por el simple hecho generacional
o biológico (no tienen ese abuelo en casa que les cuenta historias
de la guerra o la posguerra, o que calla sobre ellas y se le quieren arrancar,
por el simple hecho de que el abuelo murió o nació ya pasada
incluso la posguerra), pero sigue siendo parte de su identidad política.
Sin embargo, esa identidad, entre lo que de común se denominan "izquierdas",
se ve "contaminada" (por decirlo de algún modo) por el sentimentalismo
(del que son buen exponente ciertos novelistas), del que resulta la simplificación
política. Ahora mismo ha resurgido entre buena parte de la juventud
izquierdista la reivindicación de la república. Pero, ¿qué
república? Se ha reivindicado la fecha del 14 de abril, pero olvidándose
el proyecto reformista de parte de los republicanos de 1931 (parece de nuevo,
como opinaban muchos en 1931, que basta con poder elegir al jefe del estado
para solucionar todos los problemas sociopolíticos que hay en el
estado español), olvidándose también otros proyectos
republicanos progresistas e incluso revolucionarios (y con los que yo me
identifico), como el de los republicanos federales, o el de la "república
social" de parte de la CNT, o el de la república socialista del POUM.
Esto quiero decir cuando digo que los diversos proyectos republicanos se
han difuminado en un vago sentimentalismo, movilizándose el neo-republicanismo
bajo consignas difusas como la de la "profundización democrática"
o la de la "ruptura democrática" o la de la "unidad antifascista"
(cuando la democracia y el antifascismo son polisémicos, no se define
ni la forma concreta de la democracia ni la del antifascismo). O la del "ciudadanismo"
interclasista. Y esto lo considero como peligroso. No sólo porque
puede debilitarse la propia identidad política frente al adversario,
sino porque este neo-republicanismo puede ser instrumentalizado con facilidad.
Quizá, por grupos que poco o nada tienen que ver con ninguno de los
proyectos republicanos de 1931-1937. Y, quizá, para luchas oportunistas
que poco o nada tienen que ver con el establecimiento de un régimen
republicano en España. No en balde, los militantes de algunos de
esos grupos rompían las banderas republicanas en las manifestaciones
de la "Transición democrática", apaleando de paso a los que
las portaban por "provocadores de extrema derecha".
Me gustaría señalar, y creo que es muy importante hacerlo,
que no creo que esto sea una inevitable excepción casticista, o que
haya una necesidad de "cerrar" o de "dejar para la Historia" la Guerra Civil
(unos discursos que sirven a su vez para legitimar tomas de postura en el
debate historiográfico sobre la guerra). Las guerras civiles suelen
dejar consecuencias de larga duración en toda sociedad; no hay más
que ver los Estados Unidos, donde aún se ven las consecuencias sociopolíticas
de la Guerra de Secesión, sobre todo, en la definición de
identidades colectivas. Pero lo mismo ocurre en el Reino Unido: las guerras
civiles del siglo XVII aún alimentan identidades colectivas, no sólo
en Irlanda del Norte, con tres décadas de otra guerra civil a fines
del siglo XX, sino en Escocia, con el resurgir del nacionalismo escocés
y el establecimiento de un régimen de autogobierno. Lo mismo ocurre
en Grecia o en Italia, donde sus guerras civiles (la italiana de 1943-45,
la griega de 1945-49) han definido el régimen político y las
identidades políticas hasta la década de 1990 e incluso hasta
hoy día. Y en todos esos países el debate sobre su guerra
civil ni se ha "cerrado" ni se ha "dejado para la Historia" (o sólo
para los historiadores), sino que es un debate tanto del gran público
como de los especialistas, aunque sí se tiende a considerarlo siempre
como un momento excepcional en la Historia.
¿Cuáles fueron las dificultades, si es que las hubo, de
tipo documental o en el ámbito de los prejuicios con que te has encontrado
a lo largo de tu riguroso trabajo de documentación acerca de la Guerra
Civil española?
Al ser este ensayo de carácter bibliográfico, no tuve problemas
con el acceso a los fondos documentales. Tampoco me encontré con
prejuicios en las personas que me han ayudado a escribirlo, incluso tuve
con algunas de ellas un debate franco y leal desde posiciones historiográficas
y políticas distintas de la mía, que me han ayudado a perfilar
ciertas ideas.
Pero, con la misma franqueza, algunas de estas mismas personas me han advertido
de que el ensayo puede ser muy mal recibido por determinados personajes
del mundo académico y mediático, no sólo de la derecha,
sino de la izquierda partidista. Era algo que yo ya sabía, porque
conozco a algunos de ellos, después de años de vida académica.
Para unos y otros, en última instancia, su interpretación
de la Guerra Civil se justifica desde un punto de vista moral. Y el moralismo
historiográfico (y nombro el pecado, no el pecador) no puede aceptar
otras interpretaciones de la Historia distintas a la suya; la suya es la
única buena, la sanciona la moral, las demás son malas, las
condena la moral. Y el moralismo historiográfico, sea del signo político
que sea, no acepta que se muestren las determinaciones políticas e
históricas de las interpretaciones que establece, ni que pretendan
afirmarse otras interpretaciones asociadas a otros valores.
Ante este panorama, debo mostrar de nuevo mi reconocimiento a quienes han
aceptado que su nombre aparezca en los agradecimientos del libro. Pero también
mi reconocimiento a la Editorial Lengua de Trapo y a todas las personas
que en ella trabajan. No todas las editoriales hubieran aceptado publicar
este trabajo, ya no por prejuicios, sino por miedo a los prejuicios. A pesar
de que he intentado hacer una obra lo más rigurosa y honesta posible.