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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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François Mauriac (1885-1970) fue un
célebre escritor francés católico heterodoxo –fue
uno de los firmantes contra la ”Cruzada” militar-fascista española
junto con Jacques Maritain, George Bernanos y otros-, ingresó en
la Academia Francesa en 1933, y recibió el Premio Nobel de Literatura
en 1952. Admirador del general De Gaulle, y autor de una serie de novelas
que fueron muy apreciadas en su tiempo, y fueron muy leídas en España.
Sus notas sobre Mi vida, de Trotsky, aparecieron en su obra Memoires
interieurs (Flammarion, París, 1959.
Yo había metido la nariz en la autobiografía de Trotsky con ideas preconcebidas, y confieso que éstas no eran muy inocentes. Las coyunturas actuales de la Unión Soviética y la desintegración de Stalin me incitaron a abrir este libro voluminoso. Pues bien esta extraordinaria novela política (ya que nunca la historia fue más fabulosa me hizo descubrir un gran escritor, y creo, una obra maestra.
Un libro voluminoso, sin duda; mas de seiscientas y densas páginas. Hacía dos años que lo había llevado al campo y volvía a encontrarlo cada vez que regresaba; estaba allí, sobre la mesa, pero su extensión me desanimaba.
Llego a Malagar en medio de un torrente de papel impreso. y tan abundante es el tiempo del que dispongo que cada libro tiene una pequeña posibilidad de ser leído. No porque aquí haya más tiempo que en la ciudad. Como ningún día se diferencia del otro, esta semejanza crea una similitud entre semana y semana; en una casa de campo, las jornadas son largas y el tiempo es corto. El alumno de escuela que fuimos, y que jugó en este jardín, sigue allí, con nuestros propios hijos, que hace mucho han dejado de ser niños, y en este instante una de mis nietas es la que merodea en torno a mi sillón. ¿ Cómo establecer una diferencia entre mi estadía de hace veinte años, de diez años atrás, o la del año pasado? Aparte de los muertos nada cambió en los últimos cincuenta años, pero no es verdad que ellos se fueron muy velozmente. No volverán. Cada. habitación de esta casa está habitada por uno de ellos. Carecemos de la noción de velocidad por falta de puntos de referencia. Sabemos, pero no sentimos que estamos precipitados. . . .
Lo que da su posibilidad en el campo a los libros que llevamos en nuestras valijas es que no hay ninguno al que no podamos recurrir, como un hombre que se ahoga se aferra al primer salvavidas. Mi madre solía decir (me parece oírla) "en el campo la tristeza se apodera de uno". Sí, nos invade cuando menos la esperamos, nos aprieta la garganta y sin prevenirnos y dejándonos sin fuerza para buscar en nuestra biblioteca algún consuelo, algún moralista que pueda brindarnos razones irrefutables para no estar más tristes en el campo que en la ciudad. El primer libro que encontramos es la mejor solución porque nos desorienta y no guarda relación con lo que se parece a nuestra tristeza, si estamos tristes. Pero gracias a Dios, no es la tristeza la que en el tiempo gris de esta primavera tardía me hizo recurrir a la espesa biografía de Trotsky. La desintegración de Stalin desenmascaró en cierto modo la estatua insultada de su más ilustre víctima. Con la muerte de Trotsky el campo quedó libre ante la burocracia encarnada por Stalin: la burocracia, es decir, la Rusia eterna.
Insisto en mi convicción de que desde el punto de vista de la Europa liberal, fue una suerte que el apóstol seductor ( para los socialistas) de la revolución permanente haya sido remplazada por el horror estalinista: Rusia se convirtió en una nación poderosa, pero la Revolución ( en Europa) fue reducida a la impotencia.
Hay en Trotsky una seducción evidente. En primer término, el lector burgués siempre se sorprende de que un revolucionario conserve algún parecido con el común de los mortales. Me sentí arrebatado desde las primeras páginas como me habían arrebatado Tolstoy y Gorky. Si Trotsky no hubiera sido el militante de Ia revolución marxista habría ocupado su sitio entre esos maestros. Lo seres viven en torno suyo, nos imponen su fisonomía singular Pero sobre todo él, este niño atento y grave, abre los ojos al mundo, ¿con que extraña fijeza! Su universo es el de una pequeña explotación rural donde la injusticia social aparece poco, donde es corta a distancia entre obreros y patrones
¿Que ocurre en el interior de este niño judío educado al margen de toda religión? ¿y no es precisamente por esto que la pasión por la justicia acapara toda su energía ? Escritor nato, a medida que crece, el adolescente no se convierte en el pequeño Rastignac que todos conocemos. Ni siquiera ambiciona hacer carrera en la revolución o por ella. Simplemente, quiere cambiar el mundo.
En este niño colmado de talento, este niño siempre primero de la clase en todas las materias, ¿ qué mano misteriosa corta una tras otra las raíces del interés personal, lo desprende y finalmente lo arranca de un destino normal para precipitarlo en un destino casi siempre trágico donde las prisiones, las deportaciones, las huidas sirven de intermedio a un interminable exilio?
A medida que avanza el relato y que se
aleja la infancia, la vida personal se diluye y se confunde con la historia
de la revolución en marcha, pero sin que el héroe pierda
nunca el sentimiento del hombre que es y de eso que Trotsky, con Lenin,
es el único capaz de realizar. Se habría encogido de hombros
oyendo hoya la gente de Moscú denunciar el culto de la personalidad.
Lo que le causaba horror, en Stalin, no era el hecho de que fuera una "personalidad"
dominadora, sino que hubiera sido tan baja y tan cruel, y no otra clase
de persona.
En 1918, durante la batalla en
torno a Kazan, Trotsky denuncia el pusilánime fatalismo histórico
que, en todas las cuestiones concretas y privadas, se refieren pasivamente
a leyes generales, dejando de lado el resorte principal: el individuo vivo
y actuante.
Este Trotsky vivo y actuante
nos parece menos inhumano que su sangriento adversario. Pero después
de todo puede ser porque gracias a su autobiografía Io conocimos
cuando niño y seguimos la trayectoria de su infancia hasta reconocerlo
en el hombre implacable que no titubeará un instante en derribar,
cada vez que lo considere útil, a los socialistas revolucionarios.
Es por esta vertiente que
Trotsky se vincula con el resto de la humanidad corriente: plantea la cuestión,
se interroga ante la sangre vertida, nos da sus razones (algunas de las
cuales parecen válidas) de su implacabilidad.
"La revolución es
la revolución, escribe, porque lleva todas las contradicciones de
su desarrollo a una alternativa: la vida o la muerte."' Sí, pero
es de dicha alternativa que surgió Stalin al derrotar a Trotsky.
Es ésta la que sirvió de excusa a todas las hecatombes, y
los inocentes sacrificados sé convirtieron en aquellos penitentes
que se acusaban a sí mismos y daban la razón a sus verdugos.
Es verdad que Trotsky recusa a
priori nuestras indignaciones burguesas: a sus ojos, nosotros somos mucho
más feroces que cualquier terrorista. "Estas reflexiones, escribe
no tienen por objeto justificar el terror revolucionario. si. intentáramos
justificarlo significaría que se tiene en cuenta la opinión
de los acusadores. ¿Pero quiénes son ellos? Los organizadores
y los explotadores de la gran carnicería mundial. ¿Los nuevos
ricos que en honor de soldado desconocido queman el incienso de su cigarro
después de la cena?. ¿Los pacifistas que negaban la
guerra mientras ésta no se ha la declarado...?" ¿Es preciso
leerlo de corrido: ni un trazo que tiembla ante el objetivo?.
Hombre duro este Trotsky,
cuyo endurecimiento voluntario no destruye la secreta humanidad. Desde
el principio de su lucha contra Stalin es evidente que se trata menos de
un conflicto de intereses que de una oposición carnal, entre dos
naturalezas. Ya que en vida de Lenin, Stalin merodeó en torno de
Trotsky, lo buscó, aspiró a entrar en su círculo familiar.
"Pero, dice Trotsky, me repugnaba, por los rasgos de su carácter
que luego constituyeron su fuerza: estrechez de intereses empirismo psicología
grosera, un extraño cinismo de provinciano emancipado de muchos
prejuicios por el marxismo, pero sin remplazarlos...
Trotsky sería devorado por Stalin. El verdadero tiburón,
el tiburón auténtico, triunfó sobre aquel que conservaba
algo humano bajo sus escamas. ¡cómo se traiciona Trotsky
en ciertas encrucijadas de su vida! Por ejemplo en su cariño por
Markine, un marinero del Báltico que se había convertido
en su guardaespaldas y en el de su mujer y de sus dos hijos. Los hijos
de Trotsky adoraban a Markine. ¡Cuánto dolor cuando su padre
se entera de la muerte de Markine! "Sobre la mesita de los niños
estaba su retrato. Llevaba su gorra con las cintas que flotaban. ""Muchachos,
muchachos, mataron a Markine..." En mi presencia, dos rostros pálidos,
tensos por la crispación de un dolor repentino. El trato de Markine
con nuestros hijos era igual a igual. Les confiaba sus proyectos y los
secretos de su vida. A nuestro Serioja, que tenía nueve años,
le había contado que una mujer que él amaba profundamente
desde hacía mucho tiempo lo había abandonado. Se rioja, con
los ojos llenos de lágrimas, había confesado el secreto a
su madre..." Pero es preciso leer toda esta historia que el indómito
Trotsky concluye de este modo: ""Dos pequeños cuerpos temblaron
largo rato bajo sus mantas, en la noche calmada, cuando recibimos la siniestra
noticia. Sólo la madre escuchó sus inconsolables sollozos"'.
Cuando más pienso
más me convenzo que un Trotsky triunfante habría influido
sobre las masas socialistas de la Europa liberal y que habría atraído
todo lo que rechazó el estalinismo en una oposición irreductible:
Stalin fue, literalmente “repugnante”. Pero es por esto también
que fue el más fuerte, y los rasgos que nos brindan la imagen de
un Trotsky casi fraternal son los mismos que lo debilitaron y lo perdieron.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, julio 2004