La libertad escamoteada
Apartado II del capítulo
primero de Hacia la segunda revolución (El fracaso de la República
y la insurrección de Octubre), Gráficos Alfa, 1935
La burguesía tenía miedo a la revolución. Lo tuvo antes
del 14 de abril, y lo tuvo después. El pánico de la pequeña
burguesía tomó una forma parlamentaria. Todo debía resolverse
en el Parlamento. Los problemas eran arrancados de cuajo de la calle y del
campo para ser llevados a las Cortes. Y allí eran asfixiados. Las
Cortes Constituyentes se oponían a la revolución, eran antirrevolucionarias.
Las Cortes llevaron a cabo una obra legislativa de gran amplitud. Su actuación
fue extensa más que intensa. Las leyes aprobadas -y en su número
más que en su calidad encontraban Azaña y los suyos la justificación
de las Constituyentes- eran sucesivas puñaladas que se asestaban al
cuerpo vivo de la revolución. Fue una suerte que aquel Parlamento
se acabara antes de lo que sus diputados hubiesen deseado. De continuar algún
tiempo más, tal vez ya hubiera sido imposible reaccionar contra los
desastres que ocasionó a la revolución.
Las Constituyentes dieron a la República un basamento: la Constitución.
La Constitución de la República Española es, sin duda
alguna, la más «químicamente pura» de cuantas existen
en el mundo. Los sabios de la jurisprudencia, partiendo de la entonces agónica
Constitución de Weimar como guía, forjaron, literalmente hablando,
un verdadero monumento. La Constitución es perfecta desde el punto
de vista abstracto.
Pero dotada España de Constitución, hay que preguntarse: ¿La
Constitución española es todavía una crisálida
que necesita nuevas metamorfosis, o es más bien algo artifical que
no ha tenido vida nunca? ¿Existe, realmente, una Constitución
en España? ¿Es España una República constitucional,
democrática?
Los propios fabricantes de la Constitución del año 1931, los
Azaña, Jiménez de Asúa, Sánchez Román,
Sánchez-Albornoz, Ossorio y Gallardo, etc. ¿podrían
por ventura demostrar que vivimos bajo el signo de la Constitución?
Y esto no solamente durante el período de Lerroux-Gil Robles, sino
antes incluso. Unicamente hubo un momento de constitucionalidad verdadera
que pasó como un relámpago, y se dio, precisamente, para ayudar
al triunfo de la contrarrevolución. Fue cuando, bajo la presión
de las derechas, el gobierno de Azaña suprimió la Ley de Defensa
de la República, situación que duró justamente el tiempo
necesario para que la reacción hiciera avances decisivos hasta ganar
las elecciones de noviembre de 1933. Una vez logrado el triunfo electoral,
la Contitución dejó de existir nuevamente.
Una Constitución democrática ha de tener como objetivo asegurar
las libertades individuales y colectivas que se reconocen en sus artículos.
La Constitución deja de existir en el instante en que esa función
esencial de la Constitución no se cumple. En España, durante
Azaña, y menos después todavía, no ha habido un régimen
democrático.
La mejor Constitución democrático-burguesa es precisamente
aquella que no existe. Es decir, la de Inglaterra. Las leyes fundamentales,
base del derecho constitucional inglés, datan algunas de ellas hasta
de hace nueve siglos. Un pueblo empírico como el británico
sabe perfectamente que la Constitución jurídica importa menos
que la Constitución real, efectiva, determinada por la relación
de fuerzas. El Habeas Corpus, que es alma de la Constitución inglesa,
fue votado en 1679. Era el eco histórico, la concreción jurídica
de la gran rebelión.
Lassalle hizo aquella distinción clásica entre Constitución
real y Constitución escrita. «Es necesario, ante todo, no una
Constitución escrita, sino una Constitución real, esto es,
una modificación de las relaciones reales existentes... Hacer una
Constitución escrita es la cosa más fácil del mundo;
puede hacerse en tres días. Es lo último que hay que hacer.
Si se produce prematuramente, antes de que la revolución haya cambiado
los fundamentos del viejo orden, es falsa.»
Antes de Lassalle, nuestro Flórez Estrada había expuesto la
misma idea: «Para constituir de un modo sólido y ordenado las
sociedades humanas, antes de establecer las reformas políticas es
indispensable fijar las bases sociales».
Nuestra Constitución «liberalísima» puede servir
perfectamente a Gil Robles y a sus jesuítas, como ya se ha demostrado,
para ir escalando el Poder, y con la Constitución en la mano, destruir
la Constitución o mejor dicho: adaptar la Constitución escrita
a la Constitución real.
España, prácticamente, es un país que vive fuera de
la democracia. La democracia aquí no ha existido nunca. La República
en este sentido no ha superado a la Monarquía.
Después de promulgarse la Constitución -Constitución
de tipo pequeño burgués en un país en donde el peso
específico de la pequeña burguesía es relativamente
escaso- inmediatamente se le añade un apéndice: la Ley de Defensa
de la República que, en realidad, anula la Constitución en
todo aquello que significa una garantía de las libertades. Se vive
a merced del capricho del gobernador, del jefe de policía, del sargento
de la guardia civil. Después, esta Ley de Defensa de la República
se convierte en Ley orgánica, en Ley de Orden Público, verdadera
antítesis de la revolución.
Una Constitución democrática si se cumple constituye en gran
parte una tregua entre las fuerzas sociales que aspiran a la dirección
del Estado. Pero en período revolucionario no hay tregua posible.
La revolución es la efervescencia, la ebullición de las fuerzas
sociales. La Constitución formulada en plena marcha revolucionaria
envejece inmediatamente. En la Revolución francesa se promulgaron
las constituciones de 1791, la jacobina de 1793, la thermidorinana de 1795
y la que, finalmente, dictó Bonaparte. La primera Constitución,
aun cuando no fue tan prematura como la nuestra, al cabo de poco tiempo era
ya vieja. Sólo una Constitución móvil como la inglesa
puede tener una larga duración. Pero una Constitución «perfecta»,
impuesta en los primeros tiempos de la revolución no es, en último
término, más que un engaño que se hace a las masas revolucionarias.
A la vuelta de la esquina, un poco más allá de la Constitución
está la anti-Constitución.
Lassalle hacía remarcar, además, que, cuando la Constitución
real y la escrita no concuerdan, cuando son diferentes, surge un conflicto
irremediable; hay un malestar permanente; chocan las formas sociales y las
fórmulas jurídicas. Es un período de falso constitucionalismo,
peor aún que el mismo absolutismo. Ese es el caso presente de España.
La Constitución ha sido negada por las leyes posteriores. La Constitución
es abstracta. Lo concreto y lo temible, por lo tanto, es su negación:
la Ley de Orden Público aprobada, claro está, por el mismo
Parlamento que elaboró y votó la Constitución, y que
justifica la dictadura permanente. Las libertades democráticas pueden
dejar de existir constitucionalmente.
En este doble juego, en esta simulación jurídica -Constitución
(anverso) y Ley de Orden Público (reverso)- se ve claramente la doblez,
la hipocresía de una burguesía en crisis. Siente que el oleaje
popular pide libertad y le da una Constitución. Mas, solapadamente,
de una manera sigilosa, por detrás, sustrae lo que había prometido.
Los republicanos de 1931-1933 no han podido comprender todavía cómo
el partido jesuítico de Gil Robles ha podido aceptar la Constitución
que ellos prepararon. Y, sin embargo, la explicación es bien sencilla.
El jesuitismo intrínseco de la Constitución hacía inevitable
que Gil Robles la aceptara. Gil Robles se ha sentido atraído más
que por la tesis, por la Constitución propiamente dicha, por la antítesis,
esto es, la Ley orgánica de Orden Público.
Uno de los fundamentos del régimen democrático burgués,
en un país como España en donde existe una gran tradición
municipal, lo constituyen los Ayuntamientos. Los Ayuntamientos tienen una
base real: no son simples creaciones burocráticas. Han sobrevivido
a todas las catástrofes políticas. La rebelión de los
Ayuntamientos contribuyó al derrumbamiento de la Monarquía.
Pues bien, ¿qué queda, al cabo de cuatro años de República,
de los Municipios, elegidos democráticamente? Los más importantes,
y al frente de ellos los de Madrid y Barcelona, habían sido destituídos
y reemplazados por delegados directos del Gobierno cuando éste, constitucionalmente,
lo había creído conveniente.
Todavía la República no se ha atrevido a dar organización
democrática a las Diputaciones provinciales. Siguen regidas de una
manera arbitraria, a voluntad del último rondín de mando.
Y es que a la burguesía, en período republicano, como durante
la Monarquía, le horroriza la democracia. Huye de ella como de la
quema. La libertad, la democracia, supone la intervención creciente
de las masas populares. Es decir, supone la revolución que es, precisamente,
lo que la burguesía quiere evitar.
Miguel Maura, en un discurso pronunciado en el Parlamento, después
de las jornadas de octubre, dirigiéndose a Gil Robles le decía:
«¿Sabe su señoría cuál es la contextura
del cuerpo social español en estos instantes, como hace un año,
como hace año y medio? Se ha hecho recientemente por la Dirección
General de Seguridad una estadística curiosísima de las filiaciones
y fuerzas respectivas de las organizaciones obreras y de los partidos de
derecha. Esta estadística está hecha en los primeros meses
de 1934 y arroja las siguientes cifras: socialistas, 1.444.474 afiliados
cotizantes; sindicalistas o anarcosindicalistas, 1.577.547; comunistas, 133.266.
Fuerzas de derecha cotizantes o no, porque en las derechas no todos cotizan,
549.946. (Rumores)».
Los rumores con que fueron acogidas estas revelaciones estadísticas
hechas por un ex ministro de la Gobernación, constituían todo
un poema. En ellos estaba sintetizado el terror pánico de la burguesía
española ante una relación de fuerzas tan expresiva. ¡3.155.287
obreros organizados, a un lado; y 549.946 burgueses al otro lado!
Maura prosiguió luego aproximadamente así: «Si esas fuerzas,
hoy fraccionadas, se unen, ¿qué será de nosotros, señor
Gil Robles?» Cada uno de los que escuchaban, sin exceptuar a los republicanos
de izquierda, debió sentir interiormente una sacudida escolofriante.
Esta es la realidad. La democracia supone el contraste de esas dos fuerzas,
torrencial, potencial y arrolladora la una si puede desenvolverse, y reducida,
pero efectiva y en tensión la otra.
La burguesía llega empujada por la propia clase trabajadora al borde
de la democracia. Mas al avizorar las perspectivas, da media vuelta y huye
aterrada. Azaña y su séquito eran la burguesía llegando
hasta el umbral de la democracia. Gil Robles y su banda de jenízaros
es la burguesía retrocediendo despavorida. La Constitución
fue la primera parte de esa escena: la acción, el avance. La Ley de
Orden Público con la dictadura permanente que consiente, la segunda
parte: la reacción, el retroceso.
La Ley de orden Público permite la declaración del «estado
de alarma». La burguesía está en estado de alarma constante.
Sabe que vive sobre un volcán. Por eso ese estado de alarma constitucional
es perpetuo.
Es evidente que la burguesía española no puede sustraerse,
aunque quisiera, al fenómino general de transformación que
se opera en el mundo capitalista. La burguesía ha pasado por dos fases,
jacobina y democrática, y ahora inicia la tercera, la fascista.
El jacobinismo revolucionario de la burguesía duró en Europa
hasta la revolución francesa de 1848. Esta revolución constituyó
el límite que separa dos vertientes históricas. Hasta allí
llega la burguesía. Y desde allí parte el proletariado. La
burguesía ha sido revolucionaria, jacobina, mientras se ha tratado
de destruir los privilegios del feudalismo en beneficio suyo. Aceptó
para ello de buen grado la colaboración que la prestaba la clase trabajadora,
incipiente entonces. Pero cuando ésta, con un cierto desarrollo ya,
ha querido desempeñar su propio papel, hacer oír su voz, la
burguesía ha hecho marcha atrás, liquidando toda veleidad revolucionaria.
Si ha tenido que ir por fuerza a una revolución ha procurado asaltar
las primeras posiciones para disparar con furia contra las avanzadas revolucionarias.
Es lo que hicieron en Francia Cavaignac, en 1848, y Thiers, en 1871.
En la segunda mitad del siglo XIX se inicia la etapa democrática de
la burguesía que se extiende hasta que estalla la guerra y triunfa
la Revolución rusa. Durante medio siglo, aproximadamente, existe en
Europa, en unos países más pronunciadamente que en otros, una
tregua tácita entre la burguesía y el proletariado. El proletariado,
como se demostró en 1848 y en la Commune, no se encuentra aún
suficientemente fuerte para desplazar a la burguesía. Además,
ésta desempeña todavía una misión históricamente
progresiva. Le sigue perteneciendo la dirección del mundo.
El proletariado exige reformas políticas y económicas. El verdadero
defensor de la democracia, de la libertad es él, el movimiento obrero.
La burguesía hace concesiones políticas. Mientras pueda mantener
su indiscutible hegemonía, su autoridad absoluta en la fábrica,
en el taller, en la oficina, el patrono no pone dificultades insuperables
a conceder, políticamente, a los obreros el derecho de representación.
La burguesía, disponiendo de la fuerza económica, encuentra
fácilmente la manera de que la democracia no se vuelva contra ella.
Monopoliza, de hecho, la dirección de la democracia. En las elecciones
es ella quien triunfa. Tiene a su disposición la gran prensa, los
resortes del Poder, su avasalladora influencia económica.
La guerra mundial señala el límite máximo de la madurez
del capitalismo. La Revolución rusa es la confirmación práctica
de que el proletariado se dispone a sustituir a la burguesía. El proletariado
inicia una nueva era: la de la lucha por la conquista del Poder político
y económico.
La democracia no solamente ya no sirve al capitalismo de dique, de frontera
para impedir la invasión obrera, sino que precisamente la democracia
favorece, ayuda a ese desbordamiento. La democracia es una brecha por la
que pasa su enemigo. ¡Contra la democracia, pues! Y la burguesía
liquida rápidamente todo su pasado democrático, todas sus viejas
fórmulas liberales, y vuelve a la dictadura de sus comienzos con la
diferencia, sin embargo, que la dictadura jacobina era revolucinonaria, progresiva,
y la nueva dictadura es reaccionaria, retrógrada. Pretende impedir
la marcha ascendente de la historia.
La Revolución rusa indicó el comienzo de la revolución
proletaria mundial. La reacción contra esa corriente obrera la inauguró
el triunfo del fascismo en Italia.
La dictadura de Primo de Rivera fue la adaptación, en España,
de esa contramarcha llevada a cabo por el capitalismo. La burguesía
española, y menos que ella aún los restos del feudalismo, no
podían sostenerse en un régimen de democracia.
Durante la Monarquía fue así. En la fase republicana no puede
ser de otro modo. Democracia y burguesía son hoy términos antagónicos.
La burguesía necesita la dictadura y da voces desesperadas al fascismo
para que acuda a salvarla.