La guerra civil
De la Cerdaña al Ebro
Francisco Mill
L aventura del militant,
Laertes.
Yo soy de Alp, en la Cerdaña. Allí conocí en 1934 a
Moruny y Gironella, que habían venido al pueblo a hacer una cura.
Por ellos conocí al BOC y luego al POUM. Cuando fui a trabajar a Barcelona,
conocí a Trescents, que estaba enfermo del pecho y le aconsejé
que fuese a curarse a Alp. Le busqué pensión. Allí se
encontraba al empezar la guerra. En Alp y en Puigcerdá había
el PC y en Puigcerdá era fuerte la CNT-FAI. Regresé a mi pueblo
y con Trescents formamos una sección del POUM, a la que ingresaron
los del PC, y constituimos el comité revolucionario del pueblo. Requisamos
un local y luego un chalé en forma de castillo, propiedad de no sé
que conde, y lo transformamos en sanatorio. Formamos milicias para controlar
la frontera.
Después de mayo llegó una compañía de guardias
de asalto que ocupó nuestro local. Nos detuvieron y amenazaron para
que les dijéramos donde ocultábamos unas armas que no teníamos.
Finalmente se marcharon. Pero poco después nos detuvieron a cuatro
del pueblo y a Biscarri, de Barcelona, que se había quedado con nosotros.
Nos llevaron a la prisión de Gerona y nos dijeron que estábamos
a disposición del Tribunal Especial de Espionaje y Alta Traición.
En la cárcel había muchos de la CNT y cuando la ofensiva fascista
en Aragón, pedimos que nos mandaran al frente, pues nuestro lugar
estaba en la guerra y no en la prisión. Al día siguiente nos
pusieron en libertad. Cuando llamaron a mi quinta, la del 41, en el cuartel
de Gerona me encontré con Pallac. Me mandaron al ejército del
Ebro, con jefes todos comunistas. A mi me tocaron Tagüeña y Fusimaña
de comisario. El jefe de la compañía de ametralladoras, a la
que yo pertenecía, me encargó que enseñara a leer a
los reclutas analfabetos y me tomó de secretario.
Pero cuando tuvo lugar el proceso contra el CE del POUM en Barcelona, circularon
por el frente unas octavillas en las que, citando una resolución del
Tribunal, aparecía mi nombre. El comisario no se dio cuenta y me encargó
que fuera por las secciones a leerles a los soldaos la octavilla. Yo lo hacía,
saltándome muchas cosas (entre ellas mi nombre). Pero alguien se chivó
y me llamaron a la oficina del comisario. Tagüeña me conocía
porque tenía unos tíos en Alp y muchos veranos venía
de Madrid a pasar las vacaciones. El comisario me dijo que no comprendía
cómo podía estar a la vez en el Tribunal y en el frente y que
debía haber un error. Yo insistí en lo del error y le dije
que si fuera fascista, había tenido muchas ocasiones de pasarme al
otro bando y no lo hice. Me dio su palabra de que nada me pasaría
si le explicaba la verdad y entonces le conté lo sucedido.
Así, todo terminó bien. Pero fue suerte. Otros compañeros
no la tuvieron, o se encontraron con comisarios más fanáticos
que el mío.