Religión, ateísmo, poder
Francisco Miñarro
Ponencia de Francisco Miñarro, Coordinador de
la Federación Internacional
de Ateos (FIdA)
, presentada en las II Jornadas sobre Librepensamiento organizadas por la
Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el Teatro de las Aguas
(Madrid), el pasado 17 de junio de 2009.
Habitamos en una situación histórica y económica determinada
por el neoliberalismo y por el poder abstracto del capital. Esto ha dado
lugar a formas de autoritarismo menos evidentes que en épocas anteriores.
Aliado con este nuevo imperio está el neocristianismo, con sus diversas
ramas, ficticiamente enfrentado a un creciente fenómeno de islamización
en los centros urbanos de Europa y en las sociedades periféricas de
Asia y África. Ambos fenómenos ideológicos se basan
en la irracionalidad y en la tradición, se retroalimentan mutuamente
y mantienen a la humanidad en un ilusorio pulso de "civilizaciones".
La influencia moral que ejercen tiene claras consecuencias sobre la vida
de la población, porque finalmente operan en el campo de la actividad
política, entendida no como el conjunto de mecanismos y relaciones
que favorecen la convivencia entre individuos libres, sino, por el contrario,
en tanto que instrumento de control, de sedación y de adoctrinamiento.
El complejo religioso, tal como se presenta en sus diversas variantes, requiere
para su subsistencia de un modelo social jerárquico, y apela a la
"libertad de culto" (o a la hegemonía ideológica) para imponer
sus doctrinas y mantener sus privilegios.
Al anclarse en mitologemas, pueden prescindir de mayores explicaciones y
seguir interfiriendo en el discurso político, oponiéndose a
la racionalidad crítica que debería aplicarse en dicho contexto.
Una racionalidad que, por otra parte, sólo puede provenir de una posición
vital ajena por completo a cualquier fideísmo.
De manera que, en referencia a nuestro mundo y a nuestra cultura, la exigencia
de una moral autónoma es el punto de partida necesario para una transformación
radical de las relaciones sociales y para crear un espacio público
de libertades reales, superando así el dominio de las ideologías
religiosas o mercantiles, que reducen al ser humano a la categoría
de siervo productor, de enajenado soporte de la mercancía y de objetivo
pasivo de la manipulación y de la propaganda.
Es éste el mejor momento, pensamos, para que el ateísmo abandone
un espacio acrítico de "pura opción filosófica" para
convertirse en un potente factor de transformación social. El ateísmo
contemporáneo implica la "descristianización" y la "desislamización"
de las sociedades, el demoler mediante una crítica subversiva, punto
por punto, toda esa red de mitologemas que justifican el poder verticalizado,
la desigualdad de géneros, la explotación económica
o la reducción de la cultura a una simple pieza del intercambio mercantil.
La jerarquía y la autoridad se basan en la aplicación terrenal
de modelos celestiales. La religión es así el último
bastión de cualquier ideología de la rapiña. Ser ateo,
pues, implica un compromiso, una cierta clase de ?insurrección existencial?,
que detecte y neutralice, en la medida de lo posible, las ramificaciones
y las consecuencias de la relación Señor-esclavo. El imaginario
religioso no tiene otro objeto que la adecuación de los grupos humanos
a un sistema de esclavitud libremente aceptado.
La religión es política. Tan simple ecuación permite
establecer el principio de que la lucha contra la religión también
debería ser materia política. Y de que se abordaría
tanto desde presupuestos teóricos como desde una multitud de plataformas
de activismo práctico, en forma de pequeñas organizaciones
dotadas de coherencia interior y con estrategias claras, que incidan en reivindicaciones,
acciones y gestos capaces de romper la gramática cultural que sustenta
a la religión y a sus derivaciones. La ironía, la burla o la
sátira constituyen una excelente herramienta, dado que ponen al descubierto
el carácter superfluo y parasitario del clero, dejando en evidencia
la inanidad de su discurso ultraconservador.
La religión es engaño masivo, ficción mitológica
inspiradora de servidumbres voluntarias. El clero de todo pelaje aspira a
la restauración de un nuevo tipo de feudalismo ideológico,
dominado por la censura y por el miedo. Se da así la paradoja de una
sociedad-mercado caracterizada por la uniformización del consumo y
de sus redes de distribución, ligada a una atmósfera de revival
religioso, en la que cabe cualquier variedad de pensamiento mágico.
Plantear una exigencia de racionalidad atea en un contexto dominado por la
restauración idealista puede parecer una tarea abocada al fracaso.
No cabe otra opción, sin embargo, que la de alertar acerca de la fase
histórica en la que nos encontramos, denunciando el presente proceso
oscurantista y examinando cómo las corporaciones religiosas, en su
empeño por conservar el control social, buscan y se aseguran una íntima
conexión con el poder político y económico.
¿Damos quizá demasiada importancia al papel de las religiones
y de sus corporaciones? Es una crítica que se nos dirige con cierta
frecuencia. Pudiera pensarse que el proceso normal de la actual civilización
de masas desembocará en un predominio de la ética y del pensamiento
crítico, que los fantasmas de lo irracional irán perdiendo
terreno ante los descubrimientos científicos y que la lucha por los
derechos y libertades finalizará con éxito algún día.
Pero quien así piense ignorará los fundamentos tanto de la
religión como de la megamáquina social que es su producto.
Fundamentos que adquieren singularidad a partir de la psicología de
masas y de los medios y mecanismos de transmisión cultural.
El ateísmo contemporáneo no puede, entonces, limitarse a una
introspección intelectual, ni aspirar a igualarse en derechos con
los creyentes, ni obcecarse tampoco en una especie de laicismo republicano
que, en ocasiones, aspire a suplantar el papel social de lo religioso, transformándose
él mismo en religión civil. Entendido correctamente, el ateísmo
no ha de reducirse a la formulación de argumentos ateológicos.
Su propio carácter ético induce a adoptar una posición
crítica no sólo ante la religión o las filosofías
del espíritu, sino también, y principalmente, ante las elaboraciones
jurídicas, institucionales y somáticas que predominan en las
sociedades contemporáneas y que constituyen un reflejo de aquellas.
Nos referimos, especialmente, a la Familia, el Estado y la Propiedad. Tres
construcciones metafísicas. Tres ideologemas en cuyo núcleo
respira el espiritualismo y el dogma. El patriarcado, la interiorización
somática de los prejuicios sexuales, el vasallaje ante diversos grupos
de presión, el ejército, el sistema penal carcelario, la industria,
la penalización de las drogas o la organización del trabajo
asalariado conforman otras tantas figuras del orden burgués que, desde
un planteamiento radicalmente ateo, deben ser objeto de crítica y
denuncia, precisamente en tanto que manifiestan características intrínsecamente
ligadas a una interpretación metafísica del mundo.
Ésta es, suponemos, la razón de estas Jornadas sobre librepensamiento.
Denuncia y constatación. Pero también búsqueda de remedios
y alternativas, de autonomía, de herramientas de lucha. El proyecto
FIdA pretende ser un escenario de ideas, pero ante todo un mecanismo de ataque.
De ataque a los fundamentalismos, pero también de ataque a quienes
por debilidad o interés permiten su avance.
La solución pasa por un desmontaje teórico y por un "contrato"
con lo real. Nuestra propuesta de acabar con los monoteísmos, de rechazar
con igual pasión la Biblia, la Torah y el Corán -libros únicos
que no toleran a otros libros-, es la propuesta de un ateísmo post-cristiano,
contra los integrismos y a favor de las luces de la razón y de los
saberes de la filosofía más inmanente. Es hora de dar la espalda
a las ficciones y a las fábulas. Es hora de plantar cara al odio contra
la inteligencia, las mujeres, los cuerpos, los deseos, la vida.
Volver a la carne. A la libertad de los cuerpos, a la salud racionalista,
al hedonismo revolucionario, a la inmanencia como ejercicio político.
Este es el programa: la autonomía del individuo y la igualdad social.
Sin dioses. Sin amos.