Castoriadis y el regreso de lo religioso.
Auto-alteración de la sociedad y meta-norma.
Rafael Miranda Redondo
Una versión impresa del texto
apareció en LiminaR. Estudios sociales y Humanísticos
, número dedicado a La santa muerte (coordinación del numero
Mercedes Olivera), año 6, vol. VI, núm. 1. (Centro de Estudios
Superiores de México y Centroamérica. Universidad de Ciencias
y Artes de Chiapas. San Cristóbal de las Casas. Chiapas. México).
El autor es miembro del colectivo de bibliógrafos
de Cornelius Castoriadis/Agora
International
. Publicado con autorización del autor.
La disolución, en las sociedades capitalistas,
de casi todas las instancias pertenecientes a las colectividades intermediarias
significantes,
y por ese medio de toda posibilidad de identificación alternativa
para los individuos,
ha ciertamente tenido el efecto de una crispación identificatoria
respecto a las entidades de “religión”, “nación” o “raza”.
Por ese medio, ha exacerbado inmensamente la xenofobia, en el sentido
más vasto del término.
La situación no es esencialmente diferente en las sociedades
no europeas que,
golpeadas por el choque de la invasión de la modernidad
y por tanto por la pulverización de sus referentes identificatorios
tradicionales,
han reaccionado con un incremento de fanatismo religioso y/o nacional.
(CASTORIADIS, 1999, p. 195)
1.- El fenómeno religioso y el proyecto de autonomía.
La segunda mitad del siglo XX en Occidente se vio envuelta en un descrédito
de certezas antaño incuestionables. La masiva repercusión
de ese proceso se tradujo en la privatización y fue vinculada por
algunos analistas, con lo que se ha dado en llamar el
regreso de lo religioso
. Simultáneamente a las formas en que la culpa y el arrepentimiento
de los occidentales, se iban plasmando en el
deconstruccionismo, el
surgimiento de la consigna de dicho
regreso, nos ofrece la oportunidad
de retomar una reflexión profunda en torno a la génesis del
fenómeno religioso.
De entrada digamos, parafraseando a Castoriadis, que dicho
regreso
, más que una realidad, expresa un deseo por asimilar de nuevo
ser y
sentido,
origen del mundo y
origen de la institución
social. Este esfuerzo de asimilación recorrería, en el
último cuarto del siglo pasado, enteros sectores del
espectro filosófico
heredado, hasta llegar incluso a la denominada
muerte de la filosofía
y del sujeto.
De modo contrastante y desde una postura radicalmente crítica del
occidente capitalista, la vía abierta por Castoriadis, monta su hipótesis
de las dos
significaciones imaginarias sociales (SIS) (1) fundantes,
de la cultura greco occidental. Por un lado la SIS de la pseudo-racionalidad
capitalista, con sus efectos de des-socialización y de debacle ecológica,
serán objeto de una crítica radical por parte del autor (Castoriadis,
1982, 1992a, 1992b y 1992c ). Por el otro la SIS del valor de la autonomía,
será objeto de replanteamiento de un proyecto inacabado de sociedad.
Auto-nomos, ser el origen de la propia ley (2), convive en tensión
en la base de una sociedad que optó por dictar a la ciudad (3), a
la comunidad política, las leyes desde fuera. Una sociedad que optó
al tiempo por
salvar a la humanidad de sí misma, inaugurando
así esa forma de dominación, que es la filantropía
en sentido moderno. El valor de la autonomía, en contraste, SIS cuyos
orígenes germinales estarían en la
ruptura de la clausura
representada por el nacimiento de la democracia y de la filosofía
en la Atenas clásica, había sido esporádica y marginalmente
retomada en la tradición de occidente.
En el contexto de esta tradición, ahí donde el fenómeno
religioso ha sido consignado a la esfera de lo privado, principalmente en
aquellas sociedades en donde la secularización se ha enraizado, la
estadística disponible muestra que, en efecto, el
regreso de lo
religioso es inexistente. De modo paralelo en los márgenes del
mundo greco-occidental, las sociedades basadas en la pertenencia comunitaria,
sobreviven a la globalización y al aumento de la insignificancia,
en medida importante, refugiadas en la heteronomía. En estas sociedades
no se puede hablar de un
regreso porque las pertenencias religiosas
no han dejado de estar presentes en la regulación de la vida social.
Son las implicaciones de lo dicho lo que me ocupa en el presente escrito;
implicaciones que abordo según el procedimiento y el orden de exposición
siguiente.
1.1.-Procedimiento
El orden en el que desarrollo las implicaciones del llamado
regreso
de lo religioso, contempla el análisis de dos casos, ilustrativos
respecto a cómo cada uno de esos dos pueblos, el estadounidense y
el francés, viven la religión. El procedimiento que propongo
va del análisis de la pertenencia religiosa por un pueblo, a la manera
en que
el pueblo es representado por la institución de la
religión. La religiosidad en los Estados Unidos y del importante
papel que juega en la actual campaña política (2007), caso
que presento en viñeta, tiene en mi desarrollo, el carácter
de
caso testigo. Este caso testigo lo valoro a la luz de los matices
emergentes que la vieja religiosidad, particularmente en Francia, ha venido
adquiriendo en las últimas décadas. En el segundo parágrafo
profundizo respecto a la popularidad que ha cobrado, particularmente en
medios de la llamada izquierda iluminada, el pensamiento de Emmanuel Levinas.
En un tercer apartado abordo la cuestión de la representación
que de un pueblo se hace la institución religiosa. Esto me permite
introducir, con la derrota de la guerra del Peloponeso y de sus efectos
para la Atenas democrática, el origen lejano del deseo de dictar
las leyes a la comunidad política y de hacerlo desde sus fronteras.
La cercanía del efecto perverso de dicha guerra, con la esencia del
fenómeno religioso es, desde Castoriadis, inmensa. Esa cercanía
me va a permitir puntualizar sobre las éticas religiosas, como lugar
de compromiso, entre el deseo de religión y la religión como
institución social-histórica.
Un cuarto apartado está dedicado a dejar sentados los términos
en que la
clausura como sentido (4) permite soldar, en el imaginario,
el
tiempo de una sociedad; tiempo de una sociedad que se convierte
en tiempo cíclico y calendario, en repetición de lo mismo,
dando la espalda al tiempo como alteridad-alteración y al quehacer
de la sociedad como auto-creación. El
tiempo de una sociedad
sobre la base del cual, en segundo lugar, vienen socializados-fabricados
los sujetos que a esa sociedad corresponden y que, mal que bien, garantizan
su permanencia.
Tengo a la vista en esta parte esa máxima según la cual,
el elenco infinito de formaciones de compromiso en el plano de lo simbólico,
que han brindado recurso a la psique y a la sociedad para escamotear la
posibilidad de la creación-destrucción, estaría dado
por las formas inagotables de la heteronomía, la ley
dictada por
el otro. Osemos contradecir a Aristóteles, diría Castoriadis
(2006: 289), lo que la psique y la sociedad buscan y necesitan, no es el
saber sino la creencia. La ley dictada por el otro se cristaliza en las metanormas
que se sucedan, llámense “voluntad divina”, “leyes del mercado” o
“leyes de la historia”.
Los parágrafos descritos me darán el paso a lo que considero
el núcleo duro del fenómeno religioso, que trato en un quinto
apartado. Se trata de la clausura como sentido y de la condición
de
para sí que todo organismo supone. La vocación
para el ocultamiento de la alteridad de dicha clausura, apenas es verificada,
que ya se encuentra sujeta al empuje creador del imaginario radical.
En un sexto apartado, siguiendo puntualmente el itinerario referido a la
evolución del mundo greco-occidental, expondré de modo somero
las condiciones en las que la
eclesia, la asamblea, deviene la
Iglesia, la institución. En este contexto problematizaré
sirviéndome de la noción de
transferencia institucional
(5), la relación de renuncia a la propia autonomía que viene
aparejada a la aceptación de toda heteronomía. Voy a concluir
provisionalmente con un tratamiento apenas indicativo en torno a las limitantes
en el campo de la filosofía política, de la división
corriente entre sociedad civil y Estado. Tratamiento que va a permitirme
dimensionar la actual ocupación masiva del espacio público,
por la expresión de
comunitarismos de pertenencia.
Para cerrar haré un repaso del esquema castoridiano, respecto a
la división de la sociedad en tres momentos, -
oikos, agora, eclesia
-. Veremos cómo ese esquema nos ofrece una vía alterna para
entender la noción de
infrapoder y para entender -desde una
postura que concede relevancia política a la cultura-, su contundencia
respecto al proyecto de autonomía.
1.2.- Contexto de un desencanto
En la inmediata posguerra en Francia, a raíz del curso que tomaron
los eventos que se dieron durante la Guerra de Argelia (1958-1962), la cultura
política de la izquierda oficial, se vio puesta en entredicho severamente.
Ademas, en los medios críticos del estalinismo (6), se perfilaba
ya –a través de lo que, con Lourau (1974 y 1980), denominamos el
efecto analizante (7)-, un primer nivel de esclarecimiento del fenómeno
burocrático y una primera caracterización de la sociedad sovietica,
en su calidad de sociedad totalitaria.
En el contexto que rodeó la escisión (1963) del grupúsculo
de extrema izquierda Socialisme ou Barbarie, impera ya un profundo desencanto.
Este desencanto, se convertiría en emblemático durante las
tres décadas sucesivas. Jean François Lyotard (1924-1998) dio
cuenta de este estado de cosas, a través de la formulación
de su
filosofía del deseo. Al interior de ésta,
se encuentra una crítica del mundo militante; critica que equipara
a ésta cultura política con una religión. Esta crítica
traería consigo el que el leído autor se fuera alejando paulatinamente
del marxismo y del psicoanálisis.
En el origen del desacuerdo que produjo la escisión mencionada,
Lyotard acusaba de abandonar esa tradición a otros miembros de dicho
grupúsculo (Gottraux, 2002: 144; Castoriadis 2006, p. 31 y sigs.).
En particular Castoriadis (1922-1997) había sido objeto de ese reproche.
En su texto
La condition postmoderne (1979), Lyotard descarta la
posibilidad de
un universal y aboga, en contraposición,
a favor de las minorías. Es pues en este contexto, en donde
encontramos un primer estadio del denominado
regreso de lo religioso
.
Del proceso descrito se desprenderán una serie de críticas
y de tomas de posición en las que, no pocas veces, se culpaba al
occidente
diabólico de todos los males de la humanidad. Las
ideas de la ilustración y el positivismo científico, partes
fundantes de lo que Castoriadis considera (2006: p 281) una
sociedad
a la deriva, habían sido el blanco de ataques, diseñados
por autores identificados con la postura
posmoderna.
Castoriadis, por otro lado, desde un posicionamiento relativamente marginal,
orientó su reflexión crítica hacia la tradición
filosófica heredada, denominándola (2002, p. 96) una
teología racional. El determinismo, como otra
meta norma
(8) correspondiente a dicha tradición, que anunciaba ya la máxima
hegeliana
todo lo que es real es racional, lo había llevado
a reconocer, en dicha tradición, las huellas de la
clausura ante
la alteridad radical (9).
A partir de una toma de posición con la que se va a deslindar diametralmente
de la crítica posmoderna (10) Castoriadis emprende una refundación
del pensamiento respecto al fenómeno religioso. Antes de pasar a
describir esa refundación en sus pormenores, ilustremos en la viñeta
a continuación y en el parágrafo sucesivo, el material sobre
el que aplicamos los elementos de analisis.
La religión de un pueblo
En un artículo recientemente publicado por el periódico
Le Monde, Corine Lesnes (26/12/07), presenta la manera como la sociedad
estadounidense vive la religiosidad. La autora da cuenta del peso de las
cuestiones teológicas, en la actual campaña presidencial en
los Estados Unidos, tanto en el campo republicano, como en el demócrata.
La atmosfera que se describe, hace pensar en una mezcla entre el uso de
la religiosidad, como recurso de campaña en manos de políticos
profesionales astutos y expresiones de convicciones visiblemente sentidas.
El debate, que se esperaba reñido respecto a cuestiones como la guerra
en Iraq o la política económica, se ha visto eclipsado por
discusiones acaloradas sobre temas bastante insólitos, para un observador
externo. La discusión entre mormones y evangélicos, respecto,
no a la próxima reencarnación de Jesucristo, ante la cual
hay total consenso, sino respecto al estado de la Unión en donde
esa reencarnación tendrá lugar, ocupa momentos álgidos
de las reuniones públicas.
No hace falta probar que en la vida cotidiana del pueblo estadounidense,
la cuestión teológica, al menos declarativamente, está
muy presente. Desde el lema in god we trust, que acompaña los billetes
verdes, hasta las plegarias en las mega churches que reúnen decenas
de miles de feligreses, esa presencia se antoja masiva. No obstante lo anterior
y contrario a lo que pudiera pensarse, la observancia de las prácticas
religiosas en esa sociedad, va en disminución.
La fuente referida cita un estudio del Pew Research Center (11) que llama
la atención sobre el hecho de que la plegaria, como momento considerado
importante de la cotidianeidad, reporta un significativo descenso, en las
encuestas de opinión.
La misma disminución se verifica respecto al número de personas
que declaran que nunca dudan de la existencia de dios. Según ese
estudio la tendencia al aumento de la práctica religiosa que se había
registrado en los años 90, se estaría invirtiendo. Paralelamente
el número de personas que se declaran agnósticas va en aumento,
en particular entre los jóvenes, a pesar de que su porcentaje (12%)
es todavía muy reducido.
Volviendo a la campaña presidencial, en particular en el campo republicano
los candidatos han debido responder a cuestiones que, en un contexto laico,
son consideradas propias de la esfera privada. Llama la atención
aquella que se dirime respecto a la creación por dios del mundo en
6 días, hace 6 000 años. En ninguno de los dos bandos se ha
presentado ningún tipo de objeción respecto a la pertinencia
de dicho cuestionamiento. Esa sobredosis de piedad pública,
como lo cataloga el Washington Post, tiene que ver, nos lo señala
la autora del artículo en Le Monde, con las exigencias impuestas
por la presión de las bases más radicales de las comunidades
de fé que son, también, las que más se movilizan y
las que mayoritariamente se desplazan para votar.
Es cierto que los “Padres Fundadores”, inscribieron la libertad de religión
en el texto constitucional de ese país. Libertad, que en el contexto
de las sociedades secularizadas como la francesa o la mexicana (12), reconoce
sobre todo el derecho inalienable a no tener religión y a excluir
las consideraciones de orden religioso de los asuntos públicos. Libertad
entonces que, en el contexto de los debates, a lo largo del territorio de
la Unión, se entiende perfectamente compatible con la religiosidad.
Baste referir, para mostrar la relevancia de este caso, las palabras de
uno de los contendientes, Mitt Romney, respecto a esa relación: “De
la misma manera en que la religión tiene necesidad de la libertad,
la libertad tiene necesidad de la religión”.
1.3.- El salvavidas de la ética. Un aspecto del caso francés.
Al principio de este escrito me he referido al efecto analizante que la
Guerra de Argelia tuvo para sectores amplios de la izquierda francesa. Conciliar
reivindicación nacional con transformación radical de la sociedad,
había desentonado solo en un principio. Las cosas se empeoraron a
la vista de la evolución que había tenido la vanguardia del
movimiento en la ex colonia, había tenido. La interrogante consistía
en cómo ser crítico respecto a la burocratización de
esta vanguardia, sin ser identificado de inmediato con un sucio colonialista.
Ante esta disyuntiva se abrió paso, para amplios sectores de la izquierda
francesa continental, el denominado “apoyo crítico” a dictadores
“de izquierda” (Curtis, 2008: p. 1). Ese apoyo no tardaría en confluir
en la ideología tercermundista del “hombre nuevo” y en la tentación
que conlleva de sustituir al proletariado industrial -ya solo interesado
en luchar para consumir más-, por el campesinado del tercer mundo,
en un acto de clara indigencia teórica (Castoriadis, 1986: p. 130),
por decir lo menos.
En el horizonte de esta evolución dos de las grandes empresas políticas
del siglo, tuvieron un desenlace trágico, el estalinismo y el nazismo.
En medio pro capitalista, el fracaso del socialismo real se traducía,
mecánicamente, en el triunfo de la sociedad de consumo. Mientras
tanto en medios antaño combativos, particularmente en aquellos vinculados
a la cultura católica, la ausencia de un proyecto político
claro, había conducido a amplios sectores a refugiarse en el reclamo
de aquello que, genéricamente, se denomina la ética. La postura
“antisistema” (13), ya reivindicada por Stalin y Pol Pot, por solo citar
dos ejemplos tristemente celebres, se encontraba con el reclamo de la “ética”,
en un cruce de caminos. En ese cruce habían coincidido, quienes se
reconocían en la ética de la posmodernidad y aquellos que se
posicionaban frente a la metafísica occidental y el “racionalismo
falocrático”.
En esta época Castoriadis asiste y acompaña la autodisolución
(Castoriadis, 1967) del grupo y la revista Socialisme ou Barbarie. Según
sus propias palabras (Gotraux, 1997) en ese entonces, él se sumerge
en el psicoanálisis y en la filosofía. El desenlace de ese
periodo, en el que Castoriadis se hace analizar además de incursionar
en el saber psicoanalítico, será la formulación de sus
nociones de imaginario radical y de alteridad. Parte de este esfuerzo lo
va a llevar a un abordaje complejo del fenómeno religioso que nos
ocupa. De por medio en este lapso, había tenido lugar el movimiento
de 68, de cuyas enormes consecuencias, ampliamente documentadas, en particular
a la hora de su 40 aniversario, no podemos ocuparnos en este espacio.
Son estos algunos de los elementos del contexto en el que en los años
60, el filósofo francés de origen lituano, Emmanuel Levinas
(1905-1995) había pasado, como profesor de filosofía, por
varias universidades francesas (Poitiers, Nanterre y Sorbonne). Su propósito
declarado, era aquel de fundar una ética de la alteridad. Discípulo
de Husserl y de Heidegger, Levinas había criticado la filosofía
occidental –sólo preocupada, según él, por el saber
y desdeñosa respecto a la búsqueda del “bien”-, reivindicando
la relación no violenta del sí Mismo con el Otro, como vía
posible a una auténtica trascendencia. Hagamos un paréntesis
para dejar asentadas algunas de las líneas principales del pensamiento
levinasiano.
Ampliamente leído y popularizado en Francia, en la segunda mitad
del siglo XX, el pensamiento de Levinas formula que el rostro del absolutamente
otro impone la relación ética y conduce a dios. El autor desarrolla
su teoría gracias a abundantes comentarios provenientes de los Talmudes
(14), ubicando a dios por encima de la ley observada. En su obra
Totalité
et Infinie (1961), Levinas desarrolla la idea según la cual el
deber frente al Otro es incondicional y es ése el que funda la humanidad
del Hombre. Es importante notar en este punto que Levinas encuentra su fuente
de inspiración mayor en el judaísmo, como religión
ética. No obstante que esta sea su fuente de inspiración,
va a ser en los medios cristianos (15) y gracias a una cierta “desmitologización”
de dios, en donde este autor, va a encontrar mayor eco. Así pues mientras
que responder al otro es inmediatamente responder a la llamada de dios,
la ética de Levinas, como todas las éticas religiosas, trasciende
la muerte, rechaza toda violencia respecto del otro y promete al hombre
el ser, en tanto que “cara a cara” más allá de la esencia.
Al reconocer un sentido, si no mítico al menos divino en la alteridad,
el infinito como él lo llama, la ética de Levinas es incapaz
de asumir la alteridad plena. La doctrina cristiana, al profesar el
amor del prójimo, tampoco logra despojar a éste de un sentido
per se. Dicha tradición es incapaz entonces de ver al prójimo
como instancia escindida, distinta de una simple variante de lo mismo. Es
decir, de ver al prójimo como ser y simultáneamente como por-ser
y -en esa medida-, como alteridad radical. Tradición incapaz entonces,
de concebir la escisión del ser y del sujeto, manifestación
del caos y de la alteridad que lo habita, de lo sin fondo, del no sentido
en el sentido, de la muerte en la vida, del sexo en el amor, etc.,
La concepción de la alteridad que asigna un sentido al ser, ligando
por lo tanto el ser al sentido, como en Levinas, por ese acto se clausura,
es incapaz de concebir la creación no-teológica (16). Esas
concepciones al conceder sentido per se a la alteridad y al ser, niegan la
alteridad absoluta. Niegan ésta, en su calidad de emergencia de lo
radicalmente nuevo, que, per se, stricto sensu, no tiene sentido alguno. Esta
denegación obliga a quienes sostienen esa postura a poner delante a
la ética, en detrimento de la política.
La situación descrita va a dar la pauta a Castoriadis para abordar
la complejidad del fenómeno religioso. La ética como fórmula
para mediar la relación con el otro, con la alteridad del otro digamos,
es vista por Castoriadis (MI, 1996, p. 206), como temática de sustitución
del debate que supone vislumbrar un verdadero proyecto político.
Parece claro que al regreso ofensivo de dicha temática, en los últimos
30 años, subyace una reacción excesiva frente a los horrores
de la política, en la historia reciente. Al mismo tiempo, es cierto
que ese llamado sirve actualmente de recipiente en un contexto de
relativismo integral, para cualquier tipo de contenido que debe, en principio,
ser bien visto en la medida en que interpone ante sus interlocutores el
justificativo supuesto de “la ética” (17). Cierro el paréntesis.
Los elementos expuestos conducen a preguntarse, teniendo a la vista este
aspecto de la evolución de la religiosidad en Francia, ¿de
cuál ética estamos hablando? (18). Castoriadis (1996: p. 206)
nos dice que el regreso a la cuestión de la ética denota, en
todo caso, un malestar y una interrogación profunda, no asumidos.
Lo anterior se verifica, al tiempo que la política (19) sufre un
enorme descrédito. Me refiero a la política entendida como
alternativa a la violencia para dirimir diferencias, respecto a la manera
en que las instituciones deben cambiar (20). Esa política persiste
en un contexto en el que, ante los embates contemporáneos de las expresiones
de intereses particulares, por las comunidades de pertenencia, la cosa pública
y el vilipendiado, es cierto, bien común, no despiertan interés
alguno. Detengámonos a ver las implicaciones de esta pérdida
de interés y de esta privatización creciente, que conlleva
al auge de la toma de posición por la ética.
En la sociedad contemporánea crecientemente burocratizada, ante
la incompetencia de los políticos profesionales, el término
política se asocia también con prácticas de dudosa
honorabilidad. A esa situación subyace, la profunda crisis de valores
que caracteriza a una sociedad a la deriva (2006, p. 281). Valores que, en
la medida en que involucran el sentido, son significaciones imaginarias
sociales que habían mantenido a la sociedad occidental unida. Hoy
el efecto de cohesión de esas SIS, ha sido cancelado por la incapacidad
de autolimitarse que caracteriza a la matriz pseudo-racional.
En síntesis la crisis de la metafísica greco-occidental,
en tanto que clausura, “onto-theolo-logo-phallo-centrica” (Heidegger citado
por Castoriadis en MI, 1996, p. 208), viene acompañada del rechazo
aludido de la política. Rechazo de la gran política (21) que
se expresa en un repliegue masivo en el espacio de lo privado, espacio que
puede tener también el rostro de la comunidad de fe o de pertenencia,
como veremos. Repliegue respecto del cual el llamado a la “ética”
resulta particularmente funcional, en detrimento de las instancias en las
que la sociedad se auto-altera de modo explicito.
La crítica de Castoriadis a esta postura, que es considerada consubstancial
al llamado a la ética, va en el sentido de que hay en ella un supuesto
implícito que es falso, en principio. Se trata de la fantasía
de que nosotros somos individuos flotando libremente, por encima de la sociedad
y de la historia y que cuando decidimos lo hacemos de modo soberano y ubicándonos
en el campo de lo absoluto. Esa supuesta condición ética,
sustraída de la sociedad, escamotea interrogaciones tan fundamentales
como ¿Cuándo debo decir la verdad?, la respuesta a esta pregunta
es del orden de la ética pero lo es también y antes que nada
del orden de la política. No hay en este sentido ninguna regla abstracta
que nos dispense de la responsabilidad de nuestras acciones.
Las morales religiosas y casi todas las morales filosóficas, la
de Levinas incluida, desconocen u ocultan la dimensión trágica
de la existencia, es decir, son morales dichosas (MI, 1996, p. 212). Pero
cabe preguntarse, por sólo dar un ejemplo entre millones ¿qué
decir de situaciones en las que matar a alguien es la condición para
salvar a otros?, como pudo haber ocurrido durante la resistencia en contra
de los nazis, en la segunda guerra mundial.
Es cierto que en la filosofía moral de Kant -fundada sobre la libertad
y sobre la autonomía de la voluntad, opuesta a la heteronomía-,
el formalismo del actuar, aparece como regido por el universalismo. Pero
¿qué decir del “homicidio” durante los conflictos bélicos?,
¿qué decir de la bendición de las armas, durante las
guerras de los cruzados?. Estas situaciones mostrarán que la razón
de Estado, es infinitamente más fuerte que la razón práctica
y más fuerte que los diez mandamientos, no mataras, amaras a tu prójimo
como a ti mismo, etc. En este contexto ¿qué puede querer decir
la formula levinasiana ética de la alteridad? y ¿en qué
medida, la obligación de “amar al prójimo”, amar al otro,
a autrui, porque “debemos” amarlos (Castoriadis, MI, 1996, p. 121), contradice
radicalmente lo que nosotros entendemos por amor?
2.- El pueblo de una religión
Las dos situaciones ilustradas, que describen la manera como un pueblo
vive la religiosidad y en particular las implicaciones del regreso de la
ética, que acompaña la popularidad de pensamientos como el
levinasiano en Francia, nos remite desde Castoriadis a la reconsideración
del lugar social e histórico en el cual nos ubicamos. Lugar social
e histórico que necesariamente conlleva una manera particular de
posicionarse frente a la institución, sagrada en unos casos, perfectible
o incluso obsoleta en otros. Retomando la crítica de Levinas al privilegio
de la verdad en la tradición de occidente, ubicándose en el
terreno de la historia, Castoriadis argumenta que en el mundo griego clásico
el término verdad no encuentra oposición entre lo privado y
lo público, ni entre lo ético y lo político.
Las virtudes supremas del hombre son las virtudes cívicas y políticas.
Sucesivamente el nacimiento de la filantropía, la oposición
entre los ámbitos de lo político y lo ético, comienza
con la derrota de Atenas (Castoriadis, 2006, p. 288). En la teoría
-aun cuando todavía no en los hechos-, dicha oposición entre
ética y política, empieza con Platón y su condena de
la cité, la ciudad efectiva, es decir la comunidad política.
Lo que se anuncia para esa tradición, una vez acaecida la ruina
de Esparta y de Atenas, será, con los cínicos y sobre todo
los estoicos, el repliegue sobre la esfera privada. En ese sentido Aristóteles
había reflexionado ya y escrito con anterioridad, en un contexto
de crisis y disolución del mundo de la polis. Él se preguntará
si ¿es la misma cosa ser un buen hombre que ser un buen ciudadano?,
a lo que no encontrará respuesta categórica. Lo que viene
después, es un cierto olvido de esa reflexión, en la ética
de los estoicos, precisamente, hasta llegar a Roma y al propio cristianismo.
Inmenso tema. No obstante, es ya plausible, para nuestro propósito,
predecir ahí una fractura que advendrá entre el primer cristianismo
del orden del imaginario social instituyente y el cristianismo instituido
del S. IV.
Inmenso tema en particular porque es a partir de ese siglo, nos dice el
autor, que el cristianismo se institucionaliza y se convierte en religión
de estado, religión obligatoria para los habitantes del imperio.
Se institucionaliza a través de un formidable compromiso, en no pocas
veces con el apoyo del filo de la espada. Compromiso ante el cual
la ley moral nos es dada por otro, lo que marcaría que estuviéramos
ya desde entonces ante una ética heterónoma. El proceso
de institucionalización de la religión traerá consigo,
no puede ser de otra manera, la representación de un pueblo, el pueblo
de la religión de que se trate. Si seguimos el razonamiento anterior,
que se refiere al ser unitario y por tanto al ser social como siervo del
señor, ese pueblo no puede ser de otro modo más que sumido
en la aceptación incondicional de la heteronomía.
Al mismo tiempo, sabemos que dicha condición transferencial, en
ningún caso es posible al ciento por ciento. Es decir que toda tradición
viene a un cierto punto puesta, explícita o implícitamente
en tela de juicio, abriéndose por esta vía a la alteridad radical.
A este punto podemos ya recurrir a algunas de las claves que plantea la
noción de la alteridad, para analizar el fenómeno religioso
y para analizar la manera en que esa es enfrentada por cada sociedad.
En la plaza pública
de un pueblo de Bosnia Herzegovina en la Ex-Yugoslavia.
Se trata de notas necrológicas por filiación,
ver abajo a la izquierda.
(Fotografía de Rafael Miranda)
3.- Tiempo como alteridad-alteración y sentido como clausura.
Buscando desentrañar los aspectos menos visibles del fenómeno
religioso Castoriadis recurre a muchos de los desarrollos que, años
atrás, cuando abordara la cuestión del fenómeno burocrático,
le habían permitido concebir la dimensión imaginaria de la
sociedad como un ámbito
no reflejo (22).
La crítica de dicho fenómeno, ceñido a la condición
del imaginario evocada y a su inclinación por la
repetición
(23), conlleva en contraposición el paradigma de la creación
como temática ignorada por la tradición filosófica. La
creación seria la condición de lo emergente y por tanto de
aquello que define al ser y al tiempo. La sociedad en este sentido emerge
del caos como institución y es esta la que hace posible que aquella
permanezca unida. La institución, como magma de significaciones imaginarias
sociales, emerge como posicionamiento de un mundo que es El mundo y en cuyo
centro se encuentra la sociedad de que se trate, su tiempo calendario e imaginario,
su nos-otros y su los otros.
Es este
magma (24) el ámbito por excelencia, en el que se
niega el tiempo como alteridad- alteración (25), creación y
destrucción, para cada sociedad. Es el ámbito también
en el que serán concebidas la simultaneidad y la equivalencia, entre
el origen del mundo y el origen de la propia sociedad. Este posicionamiento
por parte de cada sociedad, reitero, que se presenta bajo la forma de una
clausura, aspira a recubrir el caos del que la sociedad emerge y el caos que
ella contiene y representa. Con este posicionamiento que constituye la forma
social del fenómeno religioso. Aquello que Casrtoriadis (1975: cap.
VI) encuentra en el
origen de la representación como creación
(26), facultad del imaginario radical, es inconcebible desde el punto de
vista del materialismo histórico y el positivismo científico
y de sus destinos contemporáneos respectivos. Creación inconcebible
también, como se desprende de lo dicho, para el pensamiento religioso.
Los desarrollos postmodernos en boga, referidos en páginas anteriores,
tampoco estarían en condiciones de concebir tal creación.
La unidad del ser y el sentido (27) constituyen para ellos, el impedimento
por excelencia. Las formas en las que se materializa la tradición
filosófica heredada en el mundo contemporáneo, en la ausencia
de una filosofía política verdadera o a través de su
reducción a una ciencia más, denotan la negativa implícita,
aquí el punto central de nuestro argumento, de concebir la total
destrucción. Es esa misma negativa de aceptar la extinción
completa del sentido, como correlato de la muerte, la que conlleva la imposibilidad
de aceptar la creación posible. Esta negativa es, por excelencia,
lo que caracteriza la relación entre instituyente e instituido en
la sociedad religiosa.
Que la muerte sea siempre, la muerte del otro, ilustra aquellos destinos
en los que la tradición mencionada, ha coincidido con la forma de
negar y ocultar la alteridad-alteración; forma que, de nuevo, expresa
la naturaleza del fenómeno religioso. En el plano de la dimensión
imaginaria radical, del que nos ocuparemos a continuación, como en
aquel del imaginario social, esa coincidencia se repite. La institución
entonces, salvo en un caso paradigmático, tiene que erigirse, aun
cuando sea vagamente, por encima del quehacer de los hombres concretos
y las mujeres concretas. A este punto es ya posible retomar las ideas matrices
en el pensamiento castoridiano, respecto al fenómeno religioso.
4.- El núcleo duro del fenómeno religioso
Hemos dicho, parafraseando a Castoriadis que la sociedad emerge del caos.
Emerge como un para sí, como institución social. Esta institución,
en su condición de clausura, es la que, -cuando se trata de la sociedad
heterónoma o de repetición-, garantiza a través de
la metanorma y de la fabricación del tipo antropológico que
corresponde a su institución, el ocultamiento de la alteridad y de
la perpetua auto-alteración. Paralelamente en el curso de dicha
fabricación, tiene lugar el cruce entre la institución social
específica y el imaginario radical del sujeto individual. Esquemáticamente
digamos que, el conflicto por excelencia que caracteriza la ruptura del
para-sí -ruptura operada por la emergencia de la psique humana-,
no es un conflicto entre “el individuo” y la sociedad. El verdadero conflicto
que subyace al hecho humano, es aquel entre la psique inapta a la vida y
la significación imaginaria social de individuo. El individuo, socializado-fabricado,
es ya y no puede ser más que individuo social.
Durante dicho proceso, la psique tiene que renunciar a sus objetos originales
de auto investimiento (28). La relación que prevalece entre
esos “objetos”, es la simultanea equivalencia de yo y todo, que caracteriza
la clausura de la psique en
estado monádico (29) que
no admite separación alguna, donde prevalece la completa indiferenciación.
El odio racial está fundado precisamente en aquello que la psique
experimenta respecto al sí misma como otro, el individuo social (Castoriadis,
1999, p. 186). El complemento necesario para que dicho odio se materialice,
en deseo inalienable de supresión del otro como otro, estará
dado por las significaciones imaginarias sociales. SIS históricamente
disponibles e igualmente fundadas en la clausura de la sociedad heterónoma.
SIS equivalentes, en su relación con la institución y con la
alteridad, a la que subyace al delirio antisemita, la denominada limpieza
étnica, incluida la violación como arma de guerra, la misoginia,
de Treblinka a Sarajevo a los Grandes Lagos y a Srebrenica.
Otras formas de intolerancia del otro estarán mayormente ligadas
al odio que la psique va a experimentar respecto al otro real. Castoriadis
(1975: cap. VI) refiere a Melanie Klein cuando habla de la representación
por el recién nacido del “seno malo” porque ausente y el “seno bueno”.
Se trata en este caso del otro real primordial, la madre amada-odiada. En
efecto, contrario a aquello que Freud había vaticinado al referirse
al odio del primer objeto exterior, el amor es anterior al odio. El amor
de sí, no el amor de objeto, precede a toda separación en el
caso del estado monádico de la psique, que me ocupa en estas líneas.
Este estado será roto por el proceso de socialización y tendrá
como primer resultado el transferimiento del esquema de omnipotencia (30),
de sí hacia el otro. La madre y posteriormente el padre serán
dueños y señores del sentido, le seguirán las instituciones,
la ciencia, el partido, la comunidad, el caudillo, la patria y finalmente
la Iglesia.
Es en estos términos, expuestos concentrados y esquemáticos,
que Castoriadis va a ubicar el deseo de clausura, que caracteriza a las
sociedades de repetición. Es ese deseo o incluso esa necesidad, lo
que va a inspirar la exterioridad supuesta del origen de la institución
social. Es ese deseo el que subyace, al contenido de la sublimación
a la hora de socializar a cada tipo antropológico de que se trate.
Instituciones garantes, que permiten el recubrimiento del caos que prevalece
fuera y dentro de la propia sociedad y de la alteridad-alteración,
son las mismas que hacen posible que el sujeto se oculte, a sí mismo
y de modo equivalente que oculte el caos que lo habita y el caos que él
representa. Veamos ahora, para cerrar, algunos de los efectos de lo dicho
en este parágrafo para el campo del quehacer instituyente y de la
acción social.
Cementerio de la Resistencia Francesa
en las inmediaciones de Annecy. Figuran por filiación, entre los
caídos del Plateau de Glières, al lado de los franceses, algunos
alemanes combatientes contra el nazismo, polacos y un número importante
de españoles antifranquistas.
(Fotografía de Rafael Miranda)
5. Nota sobre transferencia institucional y política.
Las nociones por medio de las cuales se aborda la cuestión de la
manera de vivir la religión por un pueblo, conlleva el modo como se
concibe a la sociedad. Nos hemos referido a la tendencia, en el contexto de
lo que Castoriadis denomina la ideología francesa, a un cierto angelismo
subyacente a la apuesta sobre la ética. En la viñeta inicial
de este escrito, nos referimos al modo como se vive la religión en
los Estados Unidos. En ese contexto subrayamos la necesidad de entender que,
cuando se nos habla de las comunidades, es necesario entender que se trata
de entidades sujetas a un proceso caracterizado por el conflicto, soterrado
si se quiere. Se nos habla no de una unidad sino de un proceso de auto-alteración,
subyacente a un tipo de relación especifica entre instituyente el
instituido. Autoalteración implícita y cubierta por un velo,
generalmente operada por líderes, como portavoces autodesignados y/o
corroborados, tácitamente, por la renuncia a la propia autonomía
por parte de sus representados (31). La versión de este proceso
en la cultura política del caudillismo –“de izquierda” o “de derecha”-
en América Latina, no obstante nos brinda un ejemplo elocuentísimo,
exige un tratamiento que excedería por mucho los límites de
la presente contribución.
Aquello que puede llamarse la transferencia institucional, ese estado regresivo
en el que la transferencia del esquema de omnipotencia encuentra recipiente,
ya no en el primer objeto externo, sino en la propia institución,
tiene una importancia capital para nuestro desarrollo. La institución
que todo lo puede, esa promesa de transferencia absoluta tan presente en
la religiosidad extrema, regresa, una y otra vez, en los momentos en los
que la sociedad ha dado la espalda a la propia facultad y al ejercicio explícito
de auto-instituirse.
De esta relación de transferencia al cien por ciento con la institución
y de sus estrechos lazos con las condiciones dadas por el estado monádico
de la psique, me he ocupado en otro espacio (Miranda, 2004). Para el propósito
presente es importante insisitir en que, para que el transferimiento del
esquema de omnipotencia de la psique, en estado original, pase de ser una
simple intolerancia del otro como otro a la necesidad improrrogable de su
supresión, la disponibilidad histórica de significaciones imaginarias,
es de primer orden. Esas significaciones son creaciones del imaginario instituyente
y salvo en el caso paradigmático que representa la sociedad autónoma
en proyecto nacida a la par de la filosofía que se sabe tal y de
la democracia, su origen es identificado con una instancia extra-social.
Esa identificación es clave para entender los destinos frustrados
de la sociedad autónoma, por obra de la ocupación masiva del
espacio publico por los comunitarismos de fe.
En el contexto de dicho nacimiento con la polis del proyecto de la sociedad
autónoma, considerada aquella como un germen y no como un modelo,
Castoriadis va a discutir la división tradicional de la sociedad,
en sociedad civil y Estado, argumentando que dicho esquema es inexacto. Existiría
para él un estado intermedio propiamente, una instancia privada-publica.
En efecto al proponernos, inspirado en la Atenas democrática, la
división entre el espacio privado -el Oikos-, el espacio privado-publico
-el Ágora- y el espacio propiamente político -la Eclesia-,
el autor nos brinda una herramienta preciada, en el cometido de descifrar
el mundo contemporáneo.
El espacio del ágora, el lugar de la confrontación de las
doxas, las opiniones, con base al principio de que “debemos respetar las leyes,
pero podemos cambiarlas”, es el lugar en donde se expresa la autonomía
y la autonomía de los otros. Es igualmente en ese espacio, en donde
se juega el contenido de la sublimación, por el cual se socializa
al tipo antropológico de la sociedad autónoma en proyecto.
Es ahí en donde se trabaja, gracias a la paideia, la formación
del filósofo ciudadano. Ahí en donde, gracias al psicoanálisis
-cuyo fin en los dos sentidos es la autonomía del sujeto-, se trabaja
por la autonomía, a partir de una autonomía que todavía
no existe.
La ocupación masiva del ágora, ése espacio público/privado
anterior al espacio propiamente político, por la expresión
de los intereses particulares de las comunidades de pertenencia que vemos
hoy, ha traído consigo un empobrecimiento mayúsculo de la cultura
política. Este empobrecimiento cuadra perfectamente, es funcional
diría yo, con el slogan del regreso de lo religioso y con el llamado
de la ética. Se trata del efecto de la privatización del individuo,
derivada de la significación del dominio pseudo-racional por un lado.
Por el otro encontramos el mimetismo identitario con la propia comunidad.
Las dos tendencias son funcionales a la de-socialización, llevada
a cabo por el sistema capitalista, que convierte al sujeto en un simple
consumidor compulsivo. Este proceso viene hoy acompañado, no casualmente,
de la presencia masiva de expertos y de líderes de comunidades de
fe. Esa tendencia cierra el círculo del despojo de la política,
como lugar de transformación explicita de las instituciones, por parte
del colectivo anónimo . La negación entonces de la sociedad
instituyente (32), la vuelta a “la ética” y el repliegue sobre el
espacio privado, por ejemplo a través del misticismo, son la otra
cara de la moneda del proceso descrito. Todo este movimiento está
permeado por el fenómeno religioso, como lo hemos analizado.
Digámoslo claro finalmente toda sociedad se auto-constituye y se
auto-altera, algunas sociedades lo hacen explícitamente, otras no.
El valor que subyace a la autoinstitución explicita es el mismo que,
por definición, nos obliga a interrogarnos radicalmente respecto a
nuestras propias instituciones. Ni solo en nombre de la universalidad, ni
solo en nombre de la
episteme. Es la
doxa, el decir y la
filia, el afecto en sentido fuerte, basado en el reconocimiento reciproco
del otro, ni más, ni igual, ni menos, sino del otro como otro, lo que
nos autoriza y nos obliga, por coherencia, a preguntarnos sobre las instituciones
propias y ajenas. El devenir como alteridad y caos, no es per se ni
inocente ni diabólico, ese debe ser enfrentado y su limitación
regulada por la pregunta ¿es esta la ley que más me conviene?
No podemos eludir esa responsabilidad. Dicha interrogación más
que del orden de la ética, es del orden de la política y del
infrapoder (33). Infrapoder que es lugar de creación de sentido nuevo,
que subyace a la instancia del poder explícito. Es ese infrapoder
la materia que emerge en el ágora, la materia del espacio privado-público,
hoy acosado por los comunitarismos y el relativismo integral. A despecho
de quienes piensan, como Mitt Romney que “como la religión tiene necesidad
de libertad, la libertad tiene necesidad de religión”, dejemoslo
claro: las certezas incuestionables, las verdades eternas y las metanormas,
que sustentan la heteronomía social, pertenecen a otro orden. En nada
se parecen al lugar de la deliberación radical y en consecuencia,
por definición y principio involuntario, van a contracorriente del
proyecto de la sociedad autónoma.
San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México-Versonnex, Francia,
02-04/ 2008
Notas
(1) Las SIS es una categoría central del modo en el que Castoriadis
entiende la cuestión de la circulación del sentido, no entre
individuo y sociedad, visto que el individuo es por naturaleza ya social,
sino la circulación de sentido entre la psique y la sociedad. Los dos
elementos de la significación son pues irreductibles el uno respecto
al otro y coexisten en su dimensión tanto individual como social en
una relación caracterizada por la tensión.
(2) En contraposición a heterónomos, “que la ley me
sea dictada por el otro”.
(3) En este contexto entiendo por ciudad la cité grecque en
francés, es decir polis en griego, diferenciándola de la traducción
de los anglosajones, city state (ciudad estado) que introduce el equivoco,
señalado por Castoriadis, según el cual se trataría ahí
de un Estado. (Vidal-Naquet 1999, p. 133).
(4) La clausura como sentido tiene en Castoriadis una importancia
capital. No obstante su fundamento primero se encuentra en el estado monádico
de la psique original, esa clausura gracias al esquema que liga, en una relación
irreductible, lo imaginario y lo social, cobra su máxima expresión
en el terreno de lo social histórico en las sociedades de repetición
o religiosas.
(5) La transferencia es desde el cuerpo conceptual del psicoanálisis
un estado regresivo por el cual el analizado en la situación analítica
revive el amor y/o el odio hacia la figura paterna depositándolo en
la persona del analista. La transferencia institucional es una extensión
de dicha regresión solo que en este caso su depositario es una institución
social: el partido, la iglesia, la empresa, la comunidad de pertenencia, la
ciencia, etc.
(6) Más allá de la simple declaración sobre la
realidad de la ex-URSS como un Estado obrero degenerado, por los partidos
trotskistas por ejemplo.
(7) Rene Lourau entiende el carácter analizante de un evento,
también como imaginario social instituyente ver la bibliografía
propuesta, a partir del momento en que ese desencadena una serie de cuestionamientos
profundos, dirigidos a instituciones que antes del evento eran incuestionables.
El modo como este autor recupera de Castoriadis la noción de institución,
es como magma de significaciones imaginarias sociales, haciendo una diferenciación
neta entre institución (la Iglesia por ejemplo) y establecimiento (la
Diócesis de x provincia)
(8) Entiendo por metanorma la “norma de normas” incuestionable y pretendidamente
dictada por una instancia extrasocial y por tanto inalcanzable: la naturaleza,
los dioses, los antepasados que ya no están, las leyes de la historia
o aquellas del mercado.
(9) Entiendo aquí por alteridad radical, la emergencia de lo
nuevo que define al tiempo, al ser y a la historia. Diferencio la alteridad,
de la simple otredad, en virtud de que ésta, no obstante se refiere
a la condición de lo otro, es menos enfática respecto a la alteración.
(10) Anotemos en relación con este punto, con el fin de disipar
un malentendido frecuente, que, contrario a lo que se piensa en medios académicos
particularmente mexicanos y españoles, para Castoriadis la idea de
un pensamiento posmoderno, es una idea ajena, por decir lo menos. En medios
allegados a Castoriadis, al referirse a la sociedad autónoma en proyecto,
se habla más bien de una segunda modernidad, basada en el valor de
la autonomía y no más en el dominio racional.
(11)
http://pewresearch.org/pubs/
(12) La libertad de culto, es prevista en Francia por la Ley -después
de un largo proceso que se inicia poco antes de la Revolución Francesa.
La separación de la iglesia Católica y el Estado se concreta
en ése país en 1880, por obra de la III eme Republique; en México
siendo presidente Benito Juárez, indígena zapoteco, son declaradas
las leyes de reforma que separan a la iglesia católica del Estado,
en 1858.
(13) Panacea en el presente del movimiento altermundialista.
(14) “Enseñanza” en hebreo moderno, recopilación de
derecho civil y religioso judío.
(15) Notemos que estas dos tradiciones son aquellas que más
han estado expuestas al proyecto de autonomía.
(16) La supuesta “creación teológica” no es claramente
una creación visto que “el mundo es creado por dios a su imagen y semejanza”.
(17) Un caso de esas acciones “irreprochables”, que recuerdan la
tristemente célebre frase de los jesuitas cuando, al hablar de las
poblaciones a las que asistían decían “mis pobres”, es el de
el Arca de Zoe. Están ahí presentes los reclamos de “la ética”
por parte de comunidades de pertenencia que como tales embisten el espacio
público. Una vez que se hizo la encuesta sobre las acciones temerarias
de esa ONG, basada en Francia, se reveló un hecho que mezcla “compasión
por los pobres”, manipulación de los “buenos deseos” de familias continentales
deseosas de adoptar a un menor, arrogancia y desprecio frente a las autoridades
de un país desastrado y prácticas de tráfico de menores
con fines de lucro. Ver en bibliografía Le Monde 06/11/07.
(18) ¿De la ética protestante? ¿De aquella posmoderna?
o ¿de aquella de la alteridad como la entiende Levinas?
(19) En tanto que un asunto de políticos profesionales y de
expertos de la totalidad.
(20) Como de hecho ocurrió en el caso de las revoluciones francesa
y americana.
(21) Sustancialmente distinta a la ocupación profesional de “los
políticos”.
(22) El imaginario en Castoriadis no es y no puede ser un reflejo
de la estructura o la expresión de quien sabe que determinismo biológico,
psíquico, histórico u otro. El imaginario para él es
una instancia no determinada sino determinante fuente de creaciones en sentido
fuerte.
(23) Uso este término como se emplea en teoría psicoanalítica,
es decir, como correlato de la pulsión, véase la compulsión
de repetición. Con el propósito de disipar eventuales confusiones,
en lo que resta de este escrito, para lectores no familiarizados con la obra
castoridiana, aclaro que, en ningún momento del desarrollo de ese pensamiento
el psicoanálisis es considerado una ciencia, una episteme o una “pseudociencia”.
El psicoanálisis es para nuestro autor y en alguna medida -a pesar
de la presión que el ambiente positivista de la época ejercía
sobre él-, también para el propio Freud, un saber no una ciencia
aunado a una práctica poietica es decir a una práctica de auto-creación.
El propio Freud utilizaba la metáfora de religión sin dios,
refiriéndose al psicoanálisis. Como veremos en adelante ese
saber, en cuanto doxa, opinión, que hace o deja de hacer sentido,
es parte fundante -con la formación del filósofo ciudadano
y con la política en sentido noble, es decir, como medio para transformar
las propias instituciones-, del proyecto de autonomía.
(24) La noción de magma para nuestro autor constituye una vía
alterna para evitar hablar de estructura, por ejemplo en lo que se refiere
a la institución por excelencia, el lenguaje. La metáfora tectónica
permite ilustrar una materia perennemente estratificada y susceptible de desbordarse
a sí misma o de hacerse solida. La institución social como
hemos dicho es para nuestro autor un magma de significaciones imaginarias
sociales.
(25) Antes que el positivismo científico la obsesión
por medir y por tanto controlar el tiempo encuentra sus orígenes en
el minucioso trabajo de los primeros relojeros suizos habitantes de las montañas
del Jura.
(26) La representación como creación en Castoriadis
es una idea que parte de la condición por excelencia de la psique
humana que logra representar el objeto en su ausencia y obtener placer de
la representación por encima e independientemente del órgano.
(27) Así como en el caso de la hermenéutica, la ciencia
de la interpretación. El supuesto falso que subyace es que el
sentido preexiste al texto y de que la comprensión equivale a la reconstrucción
– o en sentido inverso a la deconstrucción-, de la intención
original del autor. La existencia de un sentido determinado del que
hay que apropiarse o dar cuenta, es del mismo orden de cosas.
(28) La sublimación es un proceso en el cual, la monada psíquica,
originalmente clausurada, tiene que conceder sentido a objetos externos
socialmente disponibles, como condición para su ingreso en el mundo.
En otro espacio (Miranda, 2008) desarrollo las implicaciones que conlleva
una sublimación inspirada por la heteronomía en contraste con
aquella que valora la autonomía.
(29) Estado originario de la psique anterior al proceso de separación
que supone el establecimiento de un otro.
(30) El único que la psique, en la medida en que al representar
simultáneamente realiza, conoce.
(31) Esta instancia es identificada por Castoriadis como la sede en
donde radica la auto transformación soterrada de la sociedad. Ver mas
adelante la noción de infrapoder.
(32) La sociedad instituyente o el imaginario social constituye la
forma mundana de la capacidad del imaginario radical de crear nuevas formas.
Esa instancia radica en el cruce entre la institución social y el imaginario
radical y representa el lugar de la formación de compromiso entre
esas dos dimensiones del imaginario.
(33) …el poder instituyente, que es a la vez el del imaginario instituyente,
el de la sociedad instituida y el de toda la historia que encuentra en ello
su salida provisional. Es pues, en cierto sentido, el poder del campo histórico
social mismo, el poder de outi, de Nadie. (MM, 1990,Pouvoir, politique et
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