Larsson y las mujeres guerreras
Miquel Monserrat
Desde Suecia, con similitudes que posiblemente no sean casualidad, nos ha
llegado la trilogía "Millenium", de Stieg Larsson, y Aurora Boreal,
de Asa Larsson. Si la primera está siendo el éxito editorial
de la temporada literaria, la segunda empezó despacio, de forma callada,
pero también está aupándose a la lista top. Por ejemplo,
en octubre de 2009 en el Corte Inglés los tres tomos de "Millenium
" ocupaban el podium, mientras que "Aurora Boreal"
estaba en la
sexta plaza. Otra cosa a destacar es que la base fundamental de este boom
son las mujeres, y no sólo en la medida que ellas leen más
que los hombres.
Más allá de la anecdótica coincidencia entre los apellidos
de Stieg y Asa, hay líneas de fuerza comunes que atraviesan estas
obras, que no son literatura experiemental pero sí buena literatura,
especialmente en lo que se refiere a la articulación y ritmo de tramas
y emociones. Libros que todo el mundo puede leer, salvo aquellos a los que
su radicalidad libertaria enfurezca. Insertos en la tradición del
género negro que Asa y Stieg demuestran conocer bien, incluyendo,
claro está, la floreciente corriente "negra" de procedencia nórdica,
aunque, en ese sentido, Aurora Boreal me parece "más sueca" -aunque
universal- que Millenium, quizá de aire más "británico".
Y a través de esas novelas emerge la sombra siniestra del fascismo,
del fundamentalismo religioso, de la intolerancia antiabortista, de los crímenes
de Estado y del sistema patriarcal.
Hay también un encuentro "ético" en estas dos obras, con clara
marca de la violencia de odio contra las mujeres, tanto la más directa
como aquella que se expresa en múltiples formas de dominación.
El género negro es altamente sensible a "lo social" y, una vez convertida
en asunto público, no podía por menos que volverse hacia esa
masacre en masa que cada día ocurre en el mundo. Por tanto, esa temática
aparece en numerosas novelas, como por ejemplo en las del islandés
Arnaldur Indriason ("La mujer verde", "Las marismas"), y ha sido tratada
en algunas de las novelas de Donna Leon o Henning Mankell, siendo la novela
"Profundidades" de éste uno de los más logrados y sutiles alegatos
literarios contra el machismo.
Sin embargo, en las obras de Asa y Stieg Larsson hay algo más. En
primer lugar, una conexión con lo que yo llamaría la ética
del western: hay momentos en los que, por ti o por otras personas, hay que
actuar sin esperar a que nadie, individuo o institución, lo haga;
y en tales momentos quizá haya que hacer cosas inquietantes, afrontando
un riesgo ético y la amenaza de la desmesura y de la caída
en el otro lado del espejo. Esa ética ha dado paso a obras maestras
como "El hombre que mató a Liberty Valence" o "Sin perdón".
Esa ética también es la ética de gran parte de la buena
novela negra, muy evidente, por ejemplo, en John Connolly.
"- Sé que harás lo correcto, y creo que procurarás eludir
la violencia en la medida de lo posible. - ¿Y si no es posible? -
No contestó. Al fin y al cabo, sólo había una respuesta";
"Todos llevamos dentro recursos oscuros, un depósito de dolor y rabia
al que echar mano cuando surge la necesidad (...) recurrir a él tiene
un coste, y uno pierde un poco de sí mismo en cada ocasión,
una parte de aquello que uno tiene de bueno, honorable y honrado" (de
"Perfil asesino"; John Connolly, Tusquets).
No obstante, habría que resaltar que el vínculo con esa tradición
es creativo. Lo singular que hay en las dos obras que estamos comentando
es que lo que "hay que hacer" es obrado directamente por las propias víctimas
y que son mujeres, que, al hacerlo, ponen de relieve que no son "meras víctimas",
que el ser víctima es algo que les ha llegado desde fuera, desde poderes
ajenos, pero que no define su identidad. Así emergen lo que podríamos
llamar las "mujeres guerreras", lo que Stieg hace explícito en los
preámbulos a los capítulos del tercer volumen.
Ciertamente, en el género negro ha habido otras "guerreras"; por ejemplo,
la detective V.I. Warshawski, personaje de Sara Paretsky, totalmente diferente
a quienes hacen la autopsia del mal desde un impoluto laboratorio mental,
como la Miss Marple de Agatha Christie o a la Lalli de Kalpana Swaminathan,
de la que sólo he leído "Los crímenes de Ardeshir Villa",
que me ha resultado algo irritante y tramposa. Pero Warshawski, personaje
apasionante, es una "guerrera" profesional, aunque cuando pelea no lo hace
por dinero, mientras que Lisbeth Salander y Rebecka Martinsson guerrean,
con armas si es preciso, porque se les hace imprescindible. Lo hacen conscientes
de los conflictos éticos planteados, pero, una vez tomada su decisión,
no arrastran la carga de culpabilidad y angustia en que vive Charlie Parker,
el detective creado por Connolly y en el que, como en muchos personajes del
western, conviven justicia, venganza y exceso. Para ellas, lo que han tenido
que hacer es desagradable, pero necesario, y no van a vivir traumatizadas
toda su vida. Eso me recuerda al empeño con el que, en la serie Bones,
varios de los personajes atosigan a la doctora Brennan pensando que "tiene"
que estar traumatizada por haber tenido que matar a un hombre para salvar
a Booth, ante el estupor de ésta.
Las "guerreras", especialmente el personaje de Salander, han dado lugar a
interesantes polémicas, incluso en el seno del movimiento feminista,
en el que conviven visiones diferentes. Algunas voces han señalado
que el personaje de Salander es demasiado violento y, por ello, alejado de
los valores del feminismo. Donna Leon, escritora a la que valoro y cuyos
libros sigo con interés y cariño hacia sus personajes, ha hablado
con verdadera furia contra Millenium: "Todos los contactos sexuales son violentos
o fuera de límites, no hay pasión en el libro, tan sólo
pasión por violencia o por venganza". Personalmente, mi opinión
es más cercana a la de aquellas feministas que han encontrado en estas
obras un eco de sus luchas. No hay emancipación sin fuerza que se
oponga a la fuerza de la dominación. Modular esa fuerza y no convertirla
en violencia salvo cuando resulte estrictamente necesario para evitar un
mal mayor es la única guía posible. A mí me gustan Salander
y Martinsson, guerreras cuando no queda más remedio que serlo. Me
gustan porque no recurren a la fuerza para lograr un objetivo político
determinado por una ideología, lo que da lugar a barbaries, sino porque
no hay más remedio, porque deben salvarse a sí mismas, a unas
niñas o a otras mujeres. Y si lo hacen "fuera de la ley" es porque
la ley no lo hace.
Respecto a la acusación de Donna Leon, me resulta gratuita,
como si ella no hubiese leído Millenum y hablase oídas. Es
mentira que en Millenium "Todos los contactos sexuales son violentos o fuera
de límites", salvo que por "fuera de límites entienda" el sexo
lésbico o las relaciones no monogámicas, ya que, por el contrario,
uno de los rasgos notables del libro son las relaciones no-estándar
entre personas libres y que se respetan mutuamente, así como la iniciativa
sexual de las mujeres. Además, tal y como exige el relato, hay algunas
violaciones, que no deben calificarse como contactos sexuales y a las que
el libro repudia de forma evidente, como su propia razón de ser. Paradójicamente,
si repasamos los libros de Leon encontraremos que es en ellos donde apenas
aparecen contactos sexuales positivos, sustituidos por sabrosas comidas familiares
-que me encantan, por cierto- y sí bastantes circunstancias "violentas
y fuera de límites" relacionadas con el tráfico de mujeres
y otras formas criminales de abuso sexual, lo que no me parece criticable
en absoluto, aunque sí extraño a la vista de las declaraciones
sectarias de la creadora de Brunetti.
Miles de mujeres han leído o están leyendo estos libros, que
han logrado que muchísima gente esté hablando de literatura
y compartiendo esos tomos (A a B: "¿Has terminado ya el tercero? En
cuanto acabes me lo pases, que sólo me quedan 50 páginas del
segundo". C a A: "Pues en cuanto lo termines me pasas a mí el segundo").
He detectado ese entusiasmo incluso en mujeres bastante conservadoras. Y
es que la procesión va por dentro y a veces una obra literaria puede
tocar una fibra sensible mejor que un discurso político explícito.
Aunque sería deseable que también fuese libro de cabecera de
muchos hombres, no para regodearnos en nuestro progresismo sino para ver
nuestra sombra en el espejo del horror. Nunca olvidaré la inquietud
y desconcierto que me causó descubrir cuanto tenía yo en común
con el repulsivo y canalla personaje de Lars Tobiasson-Svartman (Profundidades,
Hening Mankell).
¡Un hurra por la Larsson y por el Larsson!