Consideraciones preliminares
”La Justicia Social” (Reus), 7 febrero de 1914.
Los caracteres del socialismo no son, ni pueden ser, pura y exclusivamente,
económicos. El socialismo es la más perfecta y admirable realización
del ideal pedagógico social, en armonía con el fin que a la
educación asigna Herbert Spencer: ”conducir al hombre a la vida completa”.
Desgraciadamente — decía en estos o parecidos términos en estas
columnas el compañero Morato – el principio de la lucha de clases
no nos es suficiente para resolver los múltiples y variados problemas
— que la complejidad de la vida social plantea.
El prob1ema social no es una simple cuestión de estómago. En
todo caso, el problema exclusivamente económico será el fundamental,
constituirá el alma del socialismo, sin el cual éste no tendría
razón de existir; pero no deja de representar más que un aspecto
— claro está que el más importante — de la cuestión
social, cuya solución ha de ”conducir” al hombre al pleno goce de
la vida.
He aquí por qué, después del económico, hay un
problema que atrae poderosamente mi atención, como socialista y como
hombre, como simple observador de los hechos y de los fenómenos sociales
y respondiendo a una viva inquietud espiritual: el problema nacionalista.
Persigue como fin el nacionalismo — dice Rovira y Virgili — la liberación
de los pueblos. Persigue como fin el socialismo la liberación de los
hombres.
La liberación de los pueblos y la liberación de los hombres
producen las más profundas convulsiones en los países modernos.
No habrá paz en la tierra hasta que se dé satisfacción
a esos inmensos anhelos de libertad que sienten los pueblos de nuestro siglo.
Nacionalismo y socialismo son dos términos antitéticos al parecer,
pero cuyos fines se confunden y se complementan recíprocamente, existiendo
entre ambos una íntima e indestructible conexión. Uno y otro
amenazan los cimientos mismos de la sociedad actual. Ninguna doctrina tan
revolucionaria como ellas.
Ataca el nacionalismo la organización y la estructura de los estados,
absorbentes, unitarios, centralistas, tiránicos y dominadores y combate
el socialismo el régimen capitalista, la propiedad privada y la moderna
forma de la esclavitud representada por el salario.
Si el socialismo lograra, con su esfuerzo, que se derrumbe completamente
el único poder de la burguesía, desapareciendo con él
la injusticia de la desigualdad económica de lo que despreciativamente
llamaba con razón Fourier la sociedad civilizada, el nacionalismo
conseguirá, por su acción cada día más viva y
más intensa, vencer en todos sus reductos a la burguesía arrebatándole
su fuerza y su instrumento de opresión más formidables: el
estado.
Digno es por demás el problema nacionalista de atraer la atención
nuestra. Así lo han entendido los hombres más eminentes y prestigiosos
del socialismo internacional, que se han ocupado de él con preferencia
a otros muchos, interviniendo incluso algunos de ellos, de una manera decidida,
en la acción y en la obra de los movimientos nacionalistas (el caso
de nuestro camarada flamingand, Huysmans, es ya suficientemente representativo).
En varios países, los partidos socialistas prestan al nacionalismo
su más decidida colaboración; en otros, tienen un carácter
marcadamente nacionalista.
Nadie se atreverá a negar que merece, cuando menos, esta cuestión,
por su inmensa trascendencia, que sea objeto de nuestra curiosidad y de nuestro
estudio.
En el socialismo español falta quien, desde nuestro punto de vista
doctrinal, haya hablado de este palpitante problema con la amplitud que requiere.
Este vacío vamos a llenarlo nosotros, lamentándonos de que
plumas más autorizadas que la nuestra no realicen esta misión,
desproporcionada, por su importancia y su complejidad, con la insignificancia
de nuestras facultades.
Constituye para el articulista el más vivo anhelo que alguien tome
la palabra en esta cuestión; que se discuta, que se debata, que se
conceda al problema nacionalista la importancia que indiscutiblemente merece.
Con ello me daré por suficientemente satisfecho.
Socialismo y nacionalismo
”La Justicia Social” (Reus), 28 febrero de 1914.
Calma, calma... Con los nacionalistas, no; con el nacionalismo, si
Soy un ferviente admirador de Fabra Ribas. Aprecio en lo mucho que vale su
talento, su acometividad, su actividad inagotable, su espíritu inquieto
y batallador, su inmensa y sincera fe en nuestros ideales. Sigo con profundo
interés todos los detalles de su meritísima labor periodística
y aquilato y compruebo en mi apostolado por Cataluña los óptimos
resultados que produce. Comparto con él casi todas sus opiniones sobre
la doctrina, la organización y la táctica del partido. Su obra
merece todos mis entusiasmos y todas mis simpatías. Lamento que, en
una cuestión tan trascendental como la planteada en mi primer artículo
sobre ”Socialismo y nacionalismo”, disienta, el fraternal amigo, de mi criterio.
Y, ¡válgame Dios! ¡con qué furia y con qué
denuedo arremete contra mi artículo!
Fabra es un espíritu rígido, dogmático, rectilíneo.
Si yo tuviese la afición o la manía de las filiaciones, generalmente
arbitrarias, quizá no dudaría un momento en pegarle la etiqueta
de ”guesdista”. Tiene la acometividad de Guesde, como asimismo sus concepciones
enjutas, duras como el acero. Piensa como el viejo luchador socialista, pero
no siente como Jaurès ni se compenetra con su flexibilidad de espíritu
y su exuberancia sentimental e ideológica.
Así se comprende que ante mis afirmaciones nacionalistas se revuelva
airado, alarmado por el fantástico temor de que se produzcan escisiones
en el partido.
Los comentarios que ha sugerido a Fabra Ribas mi artículo son a todas
luces apasionados, inspirados por una inconcebible obcecación.
Calma, amigo Fabra, calma... Razonemos, discutamos, oponga a los míos
otros argumentos, pero no nos apasionemos ciegamente.
Como ya anuncié en mi primer artículo, me propongo tratar el
problema nacionalista con mucha extensión, con la extensión
que, a mi juicio, merece. Me propuse estudiarlo metódicamente, con
calma y serenidad.
De intento, dejé de publicar el segundo artículo en el número
de la semana pasada, convencido de que alguien terciaría en el debate.
Fabra lo ha hecho. Aunque sólo sea por cortesía, no puedo dejar
de contestarle, alterando el orden por mi preestablecido, pero rogándole
que, hasta que dé por terminado mi estudio, se abstenga de intervenir
en la discusión.
Entonces podremos debatir largamente, con toda la amplitud que requiere el
interesantísimo problema que ha motivado mi artículo.
Ante todo, amigo cordialísimo, es preciso calmar los nervios... calma,
mucha calma...
* * *
Con un singular aplauso, Fabra afirma que el problema nacionalista no existe
para los socialistas.
A renglón seguido, sostiene ”que el nacionalismo — del cual yo hablaba
en sentido general, sin particularizar — tal como lo entienden los nacionalistas
catalanes, comparado con el socialismo, puede constituir un bonito tema de
conversación para matar el tiempo en una tertulia aburrida o para
distraer los ocios durante las vacaciones veraniegas.”
El problema nacionalista constituye una realidad viva y palipitante, a cuya
influencia no podemos sustraernos ni como socialistas ni como hombres.
Séame permitido de nuevo citar textos de nuestro común amigo
Rovira y Virgili, primera autoridad en esta materia. Dice el notable escritor
en el prólogo de su magnífica obra
Historia dels moviments
nacionalistes:
”Llena la vieja Europa (el problema nacionalista) de rumores de lucha y la
angustia con peligros crecientes y con difíciles conflictos.
Entra de lleno en el campo de la cultura, de la civilización, de la
biología de las naciones...
Es toda la arquitectura y todo el funcionamiento de los estados lo que está
en crisis. Es toda una orientación espiritual lo que camina hacia
la bancarrota...”
Para Fabra, una cosa tan viva y sustancial, un movimiento que produce las
más violentas y profundas convulsiones en los pueblos modernos, no
tiene ninguna importancia.
El partido socialista tiene un programa mínimo, en el cual están
consignados el sufragio universal, la justicia gratuita, la supresión
del presupuesto del clero, las cantinas escolares, la creación de
casas de barios y lavaderos públicos gratuitos, etc.
¿Se atreverá Fabra a afirmar que la implantación de
todas esas reformas significarían una transformación tan radical
y profunda de la sociedad actual como la que resultaría del triunfo
de los ideales nacionalistas?
No lo entienden de esta manera los socialistas de los otros países.
Y siendo así, no comprendo como Fabra y otros camaradas se empellan
en establecer una excepción cuando de España se trata.
Es copiosísima la documentación que poseo respecto a este particular.
Veamos a vuela pluma algunos casos.
* * *
En Finlandia, el año 1905, el partido socialista, en colaboración
con los demás partidos, organizó la huelga general para pedir
su autonomía. El paro duró una semana y, sin derramar ni una
gota de sangre, los finlandeses conquistaron la libertad deseada. El socialismo
realizó, en aquellas favorables circunstancias, progresos formidables.
Los 8.300 afiliados con que contaba la socialdemocracia en el año
1903, ascendieron en 1905 a 45.300 y a 80.000 en 1910.
Al ser de nuevo disuelta la Dieta por el despótico gobierno moscovita,
el Bureau Socialista Internacional publicó un manifiesto en favor
de Finlandia y en la Duma fueron los socialistas rusos los que con más
vigor protestaron del rudo golpe que acababa de asestarse a las libertades
del pueblo finlandés.
El socialismo austríaco está constituido por seis partidos:
el alemán, el checo, el polaco, el rutemio, el esloveno y el italiano.
Inspirándose en la fórmula ”Autonomía nacional y unión
internacional”, en el congreso celebrado en Briinn el año 1897 el
Partido Socialista austríaco adoptó la organización
federativa. En las elecciones de 1911, los socialistas checos (nacionalistas
a outrance) sacaron triunfantes 25 diputados y los socialistas centralistas
sólo consiguieron hacer triunfar a uno solo de sus candidatos.
De Labriola, el eminente escritor socialista, son las siguientes palabras,
que nosotros no nos atreveríamos a suscribir:
”El caso de Austria es el más fuerte argumento en favor de la tesis
según la cual los sentimientos nacionales abrazan y sobrepasan los
sentimientos sociales.”
En Polonia, nuestros camaradas defienden los principios del socialismo internacional,
pero son partidarios de la libertad de su nación.
Cuando en 1901, los alumnos de uno y otro sexo de las escuelas de Wreschen
fueron castigados por negarse a aprender el catecismo y a entonar los cánticos
en alemán, los socialistas de Polonia protestaron ruidosamente y en
el congreso celebrado en Munich el año siguiente se separaron de los
socialistas alemanes.
El caso más típico y representativo es el de Flandes, donde
el problema se reduce casi exclusivamente a una cuestión de idioma.
Es más: el nacionalismo ”flamigand” tiene un carácter marcadamente
católico, opuesto al espíritu liberal y democrático
de Valonia.
Así y todo, los socialistas flamencos son plenamente nacionalistas.
En un mitin celebrado en Amberes en 1911, nuestro eminente camarada Huysmans,
que pertenece al comité internacional del partido, abrazó al
católico Van Canvelaert, prometiendo solemnemente combatir todo gobierno
que no atendiese las aspiraciones flamencas.
Durante le mismo año se celebró en Bruselas un ciclo de conferencias
sobre el problema de Flandes.
Tomaron parte en las mismas oradores flamencos y valones. Huysmans formuló
estas categóricas afirmaciones:
”Nosotros no pedimos. exigimos. La victoria será de los flamencos.
Nosotros somos los más y contamos con la fuerza. Tenemos lo que vosotros,
los valones no tenéis: un ideal.
Somos lo que no sois vosotros: unos fanáticos.”
Y el diputado socialista valón, nuestro compañero Destrée,
era el que, después, de una manero rotunda y categórica, negaba
que existiese un alma belga y afirmaba que Bélgica no es una nación,
sino un estado político, constituido por la artificiosa agrupación
de dos pueblos, como el valón y el flamenco, completamente distintos.
En 1912, fueron los socialistas, en colaboración con los estudiantes,
los que organizaron en Sarajevo (Bosnia) una manifestación en favor
de Croacia y de Hungría, con motivo de la cual se produjeron sangrientos
disturbios.
Huelga decir que los socialistas de la Alsacia-Lorena son francamente antianexionistas.
En las elecciones de 1902 obtuvieron la mayoría en el ayuntamiento
de Mulhouse y su primer acto de gobierno consistió en la introducción
de la enseñanza obligatoria del francés en las escuelas municipales.
En Ucrania hay dos principales partidos: el moderado y el radical. El primero
se contenta con la autonomía dentro del imperio ruso y el segundo,
que defiende principios esencialmente socialistas, cree en el derrumbamiento
del estado ruso actual y en el resurgimiento de una Ucrania independiente...
¿Será necesario citar más casos? Llenaríamos
columnas y más columnas con datos, con opiniones, con documentos corroboradores
de nuestras afirmaciones.
Con lo dicho, basta por hoy.
* * *
Fabra confunde lastimosamente el nacionalismo con los nacionalistas, que
son dos cosas completamente distintas.
Sin haber ni tan siquiera mentado en mi primer artículo el nacionalismo
catalán, el distinguido escritor, con una energía y una viveza
dignas de mejor causa, arremete contra los explotadores nacionalistas, contra
las ”bastillas” de la cuenca del Ter y del alto Llobregat, contra el sistema
de delación practicado por la Lliga y la Defensa Social...
A renglón seguido, las emprende contra la izquierda catalana, a la
cual ataca duramente por su alianza con Lerroux...
Conformes, conformes en un todo con sus apreciaciones, amigo Fabra.
Como usted — y permítame reproducir lo que me dice en carta particular,
haciéndome suyas todas sus palabras — ”odio y detesto cordialmente
a esa clase media catalana que no supo hacer triunfar la Solidaridad Catalana,
que se fue al Congreso para adoptar los mismos procedimientos que los sicofantes
de las demás regiones y que en 1909 no tuvo.., riñones para
afirmarse e imponerse, contribuyendo a dirigir y encauzar un movimiento que
podía haber acabado con la guerra, con el centralismo y con la monarquía”.
Quizá por haber convivido con ella, por razón de mi procedencia
política, sienta por ella un odio y un desprecio superiores a los
de mi queridísimo amigo y compañero…
Fabra desvía la cuestión. Yo no hablé para nada ni del
nacionalismo catalán ni de los nacionalistas de Cataluña.
Ya les tocará su turno en el metódico desarrollo de mi estudio.
Observo que el artículo me resulta excesivamente extenso y que aún
queda mucho por decir. ”Todo se andará”... con paciencia y calma.
Como conclusión a lo expuesto en estas mal pergeñadas líneas,
afirmo que el socialismo es en todas partes francamente nacionalista; que
España constituye, en este sentido, una lamentable excepción
y que el problema nacionalista vive y palpita como cosa sustancial y humana,
a pesar nuestro.
Yo no relegaré nunca a segundo término el principio de la lucha
de clases, como parece desprenderse de las palabras de Fabra. Cuando me convencí
de que ”es la lucha suprema, una lucha al lado de la cual todas las otras
parecen pequeñas escaramuzas” abandoné las filas de los partidos
burgueses y me abracé a la gloriosa bandera roja de la Internacional.
¡Que conste!, pero que conste también que no comprendo que,
en nombre del internacionalismo, se combatan las justas aspiraciones de los
pueblos oprimidos, incurriendo por inconcebible paradoja, en pecado de patrioterismo.
...Que nos pongan todos los motes que quieran pero que no nos llamen españolistas...