(Madrid), n.° 37. Agosto 1934, p.
22-26.
Antecedentes de la teoría proletaria
El problema de la emancipación de las nacionalidades oprimidas, particularmente
agudizado después de la guerra imperialista de 1914-1918, que destruyó
el monstruoso imperio plurinacional austrohúngaro a cambio de la balcanización
de Europa, ofrece indiscutible interés para el movimiento obrero,
y especialmente para el de aquellos países que, como España,
lo tienen planteado de un modo tan vivo que la indiferencia ante el mismo
es completamente inadmisible. El proletariado ha de adoptar ante esta cuestión
una actitud clara y definida.
Por fortuna, gracias principalmente a la aportación valiosísima
de Lenin, cuenta con una teoría sólidamente cimentada que puede
servirle de guía insustituible para la acción. Esa teoría,
a la cual dio cima el fundador del bolchevismo, ha sido el resultado de un
prolongado proceso de elaboración, cuyos inicios hay que buscar en
la turbulenta época de los años 40 del siglo pasado y en la
reacción ante los acontecimientos que la caracterizaron, de los grandes
revolucionarios que echaron los cimientos del movimiento obrero internacional.
Las ideas de los fundadores del socialismo científico sobre los movimientos
nacionales no constituyen un cuerpo de doctrina estructurado. En realidad,
no consagraron al problema una gran atención. La época en que
vivían tenía otras exigencias. En el período de la revolución
de 1848 todo el esfuerzo se reducía a obtener la mayor concentración
posible de las fuerzas de la revolución. Por esto, Marx y Engels se
pronunciaban resueltamente, por ejemplo, contra el movimiento nacional de
los eslavos, que hacían el juego a la reacción y contribuían
activamente a ahogar el impulso revolucionario de las masas populares.
De las ideas que aparecen dispersas en sus trabajos teóricos y políticos
y en su correspondencia, que, dicho sea de paso, constituye un caudal inagotable
de enseñanzas, se desprenden, sin embargo, las líneas generales
de una actitud firme y clara. Esas premisas teóricas iniciales constituyen
la piedra angular en que reposa la doctrina que, con respecto a la cuestión
de las nacionalidades oprimidas, sustenta actualmente el marxismo revolucionario.
La idea central de Marx y Engels era la subordinación de todos los
problemas a los intereses generales de la revolución. Su actitud ante
los movimientos nacionales no podía escapar a esta norma fundamental
e inquebrantable. Así, cuando Marx preconiza la necesidad de la liberación
de Irlanda, no parte de los intereses de la nación irlandesa, sino
de los del proletariado. ”La clase obrera inglesa — decía a Kugelmann
en su carta del 29 de diciembre de 1.869 — debe no sólo ayudar a Irlanda,
sino tomar la iniciativa de la abolición del pacto de 1801 y su substitución
por una unión libre basada en el principio federal. El proletariado
inglés debe preconizar esta política, no por simpatía
hacia los irlandeses, sino porque es necesaria desde el punto de vista de
sus propios intereses. Si no lo hace así, el pueblo inglés
se convertirá en un auxiliar de las clases dominantes, porque tendrá
que obrar junto con él contra Irlanda.”
Engels, por su parte, escribía a Bernstein en 1891, con motivo de
la insurrección de Dalmacia: ”Hemos de trabajar por la emancipación
del proletariado occidental. Todo lo demás ha de subordinarse a este
fin. Por interesantes que sean los pueblos balcánicos y otros análogos,
no quiero saber nada de ellos si sus anhelos de emancipación chocan
con los intereses del proletariado. Los alsacianos también son víctimas
de la opresión. Pero si en vísperas de una revolución
que con toda evidencia se aproxima, provocan una guerra entre Francia y Alemania,
lanzan a un pueblo contra otro y con ello retrasan la revolución,
les digo: ”¡Deteneos! Tened paciencia, mientras la tenga el proletariado.
Si éste se emancipa, vosotros también seréis libres;
pero, entretanto, no toleraremos que echéis a perder la causa del
proletariado combatiente.”
La posición de Marx y Engels podía resumirse así: actitud
democrática consecuente ante el problema nacional, apoyo incondicional
a todo lo que éste tenga de progresivo y sirva los intereses generales
del proletariado. Pero, al mismo tiempo, afirmación de la unidad de
la clase explotada por encima de los intereses nacionales. Toda desviación
del democratismo consecuente, en este aspecto, lo consideraban como una desviación
burguesa y reaccionaria, y, de la misma manera, toda desviación de
los principios de la unidad del proletariado la consideraban como una manifestación
de la influencia burguesa sobre este último, como una reminiscencia
del nacionalismo burgués. Por esto reaccionaban con idéntica
energía, tanto contra los que, como Proudhon, en nombre de un internacionalismo
abstracto, consideraban que la cuestión nacional era un ”prejuicio
burgués” como contra los que subordinaban a los intereses nacionales
la causa del proletariado.
En una carta del 29 de junio de 1866, Marx, refiriéndose a Lafargue,
revolucionario de la primera categoría, que en una reunión
del Consejo General de la I Internacional había negado las nacionalidades,
decía Engels que Lafargue, sin darse cuenta de ello, entendía
por ”negación de las nacionalidades” la absorción de todas
éstas por la nación francesa. Para el inmortal autor del Capital,
este internacionalismo era una monstruosa mixtificación, completamente
inadmisible.
El principio de la unidad proletaria, de la comunidad de intereses de los
obreros de las distintas naciones, es afirmado con particular relieve ea
las siguientes líneas, que entresacamos de una carta de Engels al
líder socialdemócrata austríaco Víctor Adler:
”Hoy sabemos lo que los obreros de Bohemia de las dos nacionalidades no hacían
más que sentir: el odio entre las nacionalidades no es posible más
que bajo la dominación de los señores feudales, grandes propietarios
y capitalistas. Este odio sirve para perpetuar esta dominación. Los
obreros checos y alemanes tienen los mismos intereses comunes. Tan pronto
como la clase obrera llegue al poder, queda suprimido todo pretexto para
las querellas nacionales. Pues la clase obrera es internacional por su naturaleza
misma.”
A la luz de esta actitud dialéctica se comprenden perfectamente las
contradicciones que, a los ojos de un observador superficial, aparecían
en la posición de Marx y Engels ante los distintos problemas nacionales
planteados en Europa en la época en que vivieron. De acuerdo con esta
actitud, sostienen el derecho indiscutible de Irlanda a su emancipación
del yugo inglés, se pronuncian decididamente por la unidad y la liberación
de Italia, subrayan la inconsistencia y la inanidad histórica de un
movimiento nacional en el sur de Francia, combaten el paneslavismo como elemento
de reacción, afirman el carácter progresivo de la unidad alemana
para cambiar radicalmente de actitud cuando París proclama la Commune
en 1871 y, finalmente, se solidarizan con la lucha de Polonia por su emancipación,
sin que ello sea un obstáculo para que más tarde rectifiquen
hasta cierto punto su posición cuando surge en Rusia un movimiento
revolucionario de una cierta potencia.
Los dos grandes problemas nacionales que más agitaban a Europa a mediados
del siglo pasado eran el de Irlanda y el de Polonia. Que Marx y Engels les
dedicaran especial atención se explica perfectamente.
Hemos visto ya, por lo que a Irlanda se refiere, que preconizaban como solución
la federación libre con Inglaterra. Pero conviene tener en cuenta
que, fieles a su democratismo consecuente, consideraban al mismo tiempo completamente
indiscutible el derecho de Irlanda a la separación en el caso dé
que fuera imposible llegar a un acuerdo.
En una carta sobre el problema irlandés, dirigida en nombre del Consejo
General de la I Internacional al comité de Ginebra, Marx expone su
punto de vista con singular claridad. Por su extraordinaria importancia,
reproducimos a continuación los párrafos esenciales de dicho
documento:
”Si Inglaterra -dice Marx- es el reducto del
landlordismo
(1)
y del capitalismo europeos, el único punto desde el cual se
puede asestar un golpe decisivo a la Inglaterra oficial es Irlanda. Ante
todo, Irlanda es el reducto del landlordismo inglés. Si éste
cae en Irlanda, caerá inevitablemente en Inglaterra. En Irlanda esta
operación es cien veces más fácil, porque en dicho país
la lucha económica se concentra exclusivamente en la propiedad agraria.
Dicha lucha es, al mismo tiempo, nacional, y el pueblo es más revolucionario
y está más irritado en Irlanda que en Inglaterra. El
landlordismo
en Irlanda se halla apoyado únicamente por el ejército inglés.
En el momento en que cese la unión forzada de estos dos países,
estallará en Irlanda la revolución social, aunque sea bajo
formas anticuadas. El
landlordismo inglés perderá no
sólo una fuente considerable de sus riquezas, sino también
una fuente importantísima de su fuerza moral en calidad de representante
de la dominación de Inglaterra sobre Irlanda. De otra parte, el proletariado
inglés hace invulnerables a sus
landlord en Inglaterra mientras
deje intacto su poderío en Irlanda.
Además, la burguesía inglesa no sólo explota la miseria
irlandesa para empeorar la situación de la clase obrera en Inglaterra
mediante la emigración forzada de los indigentes irlandeses, sino
que ha dividido al proletariado en dos campos antagónicos. En todos
los grandes centros industriales de Inglaterra existe un profundo antagonismo
entre el proletariado inglés e irlandés. El obrero inglés
medio odia al irlandés como a un competidor que desprecia los salarios
y rebaja el nivel de vida. Siente por él un odio nacional y religioso...
La burguesía cultiva artificialmente este antagonismo, porque sabe
que en él radica el secreto de la conservación de su poderío.
Este antagonismo se manifiesta, asimismo, en la otra parte del Atlántico.
Expulsados de la tierra natal por los bueyes y las ovejas
(2)
), los irlandeses se trasladan a los Estados Unidos, donde constituyen una
parte considerable de la población. Su único pensamiento, su
única pasión, es el odio hacia los ingleses. Los gobiernos
inglés y norteamericano, esto es, las clases que representan, cultivan
este odio con el fin de eternizar las contradicciones internacionales, que
constituyen un obstáculo a una unión seria y honrada entre
la clase obrera de los dos paises, y, como consecuencia de ello, un obstáculo
a su emancipación común... I lan representa en la actualidad
lo que rep a, en proporciones mucho mayores, la antigua Roma. El pueblo que
esclaviza a otro, forja sus propias cadenas.
El punto de vista de la Asociación Internacional de Trabajadores sobre
la cuestión irlandesa es, por consiguiente, muy claro. Su misión
principal es acelerar la revolución social en Inglaterra. Con este
fin, hay que asestar un golpe definitivo en Irlanda.”
Ya nos perdonará el lector la extensión de este extracto en
gracia a su importancia y a la claridad insuperable con que Marx expone su
apreciación del problema irlandés. La reproducción de
estas líneas es, además, tanto más necesaria cuanto
pertenecen a un texto completamente desconocido en nuestro país y
bastan para precisar el criterio marxista respecto a los movimientos de emancipación
nacional.
Marx y Engels fundamentan su actitud ante el movimiento nacional polaco en
el papel desempeñado por este último como uno de los factores
más decisivos de la lucha contra el zarismo y por el triunfo de la
revolución. Una Polonia democrática sería, a su juicio,
el reducto de la democracia europea contra Rusia. Pero la lucha por la independencia
de la nación polaca debía estar íntimamente ligada con
la lucha general revolucionaria de las masas populares y, muy particularmente,
con la revolución rusa. La independencia de Polonia y la revolución
rusa son dos cosas que se condicionan mutuamente. En la medida en que el
movimiento polaco de emancipación nacional se convertía en
la causa de todos los pueblos oprimidos y constituía por consiguiente,
un factor progresivo, debía ser calurosamente apoyado.
Polonia, por sus condiciones sociales especiales, se convertía en
una parte revolucionaria de Rusia,
Austria y Prusia. ”Mientras nosotros, los alemanes — decía Marx—,
ayudemos a oprimir a Polonia, mientras mantengamos una parte de Polonia adscrita
a Alemania, quedamos atados a Rusia y a la política rusa y no podemos
emanciparnos, en nuestro propio país, del absolutismo feudal. La creación
de una Polonia democrática es la primera condición de la creación
de una Alemania democrática.”
En 1851, Engels había expresado sus dudas a Marx sobre la significación
histórica de Polonia, que consideraba transitoria” hasta la revolución
agraria en Rusia”
(3)
; pero, sin embargo, esto no le impide adoptar, años más tarde,
una actitud de cálida simpatía cuando Polonia se agita y no
ha despertado todavía en Rusia el movimiento revolucionario. ”La Rusia
oficial -dice en su artículo del
Volkstaat del 11 de junio
de 1874- sigue siendo el reducto y el refugio de toda la reacción
europea, y su ejército, la reserva de los demás ejércitos
de Europa que protegen el régimen social fundado en la opresión
de la clase obrera. Los primeros que chocarán con ese inmenso ejército
serán los obreros alemanes, tanto del imperio germánico como
de Austria. Mientras los rusos estén tras la espalda de la burguesía
austríaca y alemana, de los gobiernos austríaco y alemán,
el movimiento obrero alemán estará paralizado. Por esto nosotros,
los alemanes, estamos más interesados que nadie en librarnos del yugo
de la reacción y del ejército ruso. Y en esta causa no tenemos
más que un aliado seguro en todas las circunstancias. Este aliado
es el pueblo polaco... Polonia demostró en 1863 y sigue demostrando
todos los días que no es posible destruirla. Su derecho a una existencia
independiente en el seno de la familia de los pueblos europeos es indiscutible.
Pero la liberación de Polonia es particularmente necesaria para dos
pueblos: para los alemanes y para los propios rusos. El pueblo que oprime
a otro no se puede emancipar a sí mismo. La fuerza que necesita para
la opresión de los demás se vuelve, al fin y al cabo, contra
él mismo. Mientras en Polonia haya soldados rusos, no se puede esperar
ni la emancipación política ni la emancipación social
del pueblo ruso. Pero en el estado actual de Rusia es indudable que el día
que Polonia se emancipe, el movimiento será en Rusia suficientemente
fuerte para derribar el orden de cosas existente.”
La actitud de Marx y Engels ante los problemas nacionales planteados en Europa
se inspira, pues, constantemente en los intereses superiores de la causa
revolucionaria. Es una actitud que se halla tan lejos del nacionalismo burgués,
limitado, chovinista, que tiende a sustituir la lucha de clases por la unidad
nacional superior, como del internacionalismo abstracto que, inconscientemente,
sirve de tapadera a la política de opresión nacional. En la
época en que vivieron los fundadores de la teoría revolucionaria
del proletariado, los movimientos de emancipación nacional en Europa
giraban alrededor de Irlanda, Polonia y de la existencia del monstruoso imperio
austrohüngaro. La posición de Marx y Engels ante estos problemas
está subordinada a la lucha por la transformación democrática
de Europa, que halla su expresión más característica
en las revoluciones de 1848. Sólo a la luz de esta circunstancia se
podrán apreciar justamente las líneas generales de esta posición,
que, con referencia a la situación europea, y para poner fin a estas
líneas, se puede resumir así:
1º. Austria-Hungría, cuya existencia, según la expresión
de Engels, era una vergüenza y una ignominia, había de dejar
de existir, cediendo a Alemania e Italia todas las partes' de territorio
que eran necesarias a estos países para su unificación nacional.
2º. La reconstrucción de la Polonia democrática independiente
había de ser el reducto de la democracia europea contra la Rusia zarista
y la serial de la revolución rusa.
3º. La liberación de Irlanda debía de ser el golpe decisivo
contra la oligarquía burguesterrateniente de Inglaterra.