Leviatán, n.° 5. Septiembre
de 1934, p. 39-47.
El pueblo que oprime a otro no puede ser libre.
Karl Marx
Igualdad completa de derechos para todas las naciones; derecho de las
naciones a disponer libremente de sus destinos; fusión de los obreros
de todas las naciones. Éste es el programa que el marxismo y la experiencia
de Rusia y de todo el mundo enseña a los obreros.
V.I.Lenin
Planteamiento teórico del problema
La revolución social no se desarrolla en línea recta, no es
el Grand Soir con que soñaban los revolucionarios ingenuos del siglo
xix, la caída espectacular del régimen capitalista en virtud
de un acto de fuerza breve y certero y la sustitución casi automática
del viejo orden de cosas por una sociedad más justa y más humana,
surgida de la noche a la mañana, con todos los atributos de un mecanismo
perfecto y regular.
Por asombroso que parezca, en nuestros días, a pesar de la experiencia
decisiva de los últimos años, esa concepción ingenua
y falsa sobrevive todavía en la conciencia de muchos militantes del
movimiento obrero, lo cual les impulsa a rechazar todas aquellas acciones
que no persigan como fin inmediato esa ”revolución” miraculosa que
en veinticuatro horas ha de realizar la transformación catastrófica
y radical de la sociedad. Los ”revolucionarios” de esa categoría —
ni que decir tiene — reservan el mayor de los desprecios o la indiferencia
más absoluta a problemas tales como el de la emancipación de
las nacionalidades oprimidas.
Y, sin embargo, los movimientos nacionales desempeñan un papel de
primer orden en el desarrollo de la revolución democráticoburguesa,
arrastran a la lucha a masas inmensas y constituyen un factor revolucionario
poderosísimo que el proletariado no puede dejar de tener en cuenta,
sobre todo en países como el nuestro, en que dicha revolución
no ha sido realizada todavía. Volver la espalda hacia esos movimientos,
adoptar una actitud de indiferencia ante los mismos, es hacer el juego al
nacionalismo opresor y reaccionario, aunque se pretenda cubrir dicha actitud
con la capa del internacionalismo. La posición del proletariado ha
de ser, a este respecto, clara y concreta e inspirarse en el propósito
de estrechar los lazos de solidaridad entre los obreros de las distintas
naciones que forman el estado e impulsar la revolución hacia adelante.
Qué es la cuestión nacional
El fundamento económico de la nación es el desarrollo del intercambio
sobre la base de la economía capitalista. La existencia de relaciones
económicas determinadas, la comunidad de territorio, de idioma y de
cultura constituyen los rasgos característicos de la nación.
Se puede afirmar, por consiguiente, que la nación, en el verdadero
sentido de la palabra, es un producto directo de la sociedad capitalista.
Las unidades políticas y territoriales de la antigüedad y de
la edad media no eran más que naciones en germen. Los países
que no han entrado todavía en el período de desarrollo capitalista
no pueden ser considerados, propiamente, como naciones.
La burguesía tiende a constituirse en estado nacional porque es la
forma que mejor responde a sus intereses y que garantiza un mayor desarrollo
del capitalismo. Los movimientos de emancipación nacional expresan
esta tendencia, y en los estados plurinacionales, en que el poder está
ejercido por los grandes terratenientes, adquieren una amplitud y una virulencia
particulares. En este sentido, se puede decir que no representan más
que un aspecto de la lucha general contra las supervivencias feudales y por
la democracia. La historia nos demuestra, en efecto, que la lucha nacional
ha coincidido siempre con la lucha contra el feudalismo.
Cuando la creación de los grandes estados ha correspondido al desenvolvimiento
capitalista, ha constituido un hecho progresivo. Alemania, para citar sólo
uno de los casos más típicos, nos ofrece un ejemplo elocuente
de ello. Cuando la formación de los grandes estados precede al desenvolvimiento
capitalista, la unidad resultante es una unidad regresiva, despótica,
de tipo asiático, que contiene, en vez de favorecer, el desarrollo
de las fuerzas productivas. Los ejemplos más característicos
de este tipo de unidad los hallamos en los ex imperios ruso y austrohúngaro
y en España. Por ello, en estos países la lucha por la emancipación
nacional ha adquirido caracteres tan agudos y una importancia tan enorme
como factor revolucionario.
La burguesía industrial y la pequeña burguesía en la
lucha nacional
En el transcurso de las revoluciones burguesas del siglo XX, los países
capitalistas más importantes de Europa resolvieron su problema nacional;
pero éste subsistió en los estados plurinacionales que no habían
realizado todavía su revolución democraticoburguesa. En los
movimientos de emancipación nacional las distintas clases sociales
actúan con las mismas características que las distinguen en
la lucha general por las reivindicaciones democráticas, de las cuales
aquéllos no son más que un aspecto.
Los intereses de la economía capitalista impulsan a la burguesía
a luchar contra las reminiscencias feudales que constituyen un obstáculo
a su avance triunfal; pero esta lucha se desarrolla en condiciones históricas
muy distintas de las que caracterizaron a las épocas de las revoluciones
burguesas anteriores. La burguesía era entonces todavía una
fuerza progresiva, cuya consolidación coincidía con los intereses
generales de la humanidad. Hoy es una fuerza regresiva, cuya persistencia
constituye un peligro para dichos intereses, con los cuales se halla en abierta
contradicción. Entonces la burguesía realizaba su misión
histórica, con la ayuda directa de las masas obreras y campesinas,
sin la cual le hubiera sido imposible triunfar. Hoy, el proletariado tiene
una conciencia de clase incomparablemente más elevada, numéricamente
es mucho más fuerte, y si bien tiene un interés vital en resolver
los problemas fundamentales de la revolución democráticoburguesa,
considera esta revolución como etapa indispensable para seguir avanzando
en el sentido de las realizaciones de carácter socialista y no está
dispuesto a lanzarse al combate en provecho exclusivo de la dominación
burguesa. En cuanto a los campesinos, los términos del problema han
variado asimismo fundamentalmente. La cuestión de la tierra, como
es sabido, puede ser considerada como la piedra angular de la revolución
burguesa. En el período anterior, la burguesía capitalista
podía atacar, sin consecuencias para su propia dominación,
el derecho de propiedad de los grandes terratenientes, cuyo poderío
tenía interés en destruir. Hoy, ante el miedo de que ese ataque
estimule la ofensiva proletaria contra el derecho de propiedad privada en
general, se vuelve precavida, y su actitud ante el problema de la tierra
se convierte en conservadora y regresiva.
La burguesía, pues, en las circunstancias históricas actuales,
no puede resolver los problemas fundamentales de su propia revolución
y, por consiguiente, el de la emancipación nacional, y en los momentos
decisivos, cuando entran en acción grandes masas populares, aterrorizada
ante las posibles consecuencias de la misma, retrocede y se apresura a pactar
con los elementos semifeudales. En la mayor parte de los casos, esta defección
de la gran burguesía provoca una reacción popular que determina
el desplazamiento de la dirección del movimiento nacional hacia la
pequeña burguesía. Su fraseología pomposa y radical,
sus actitudes exteriormente revolucionarias, su intransigencia verbal, le
atraen la simpatía y la confianza populares. Pero las fallas fundamentales
de esa clase no tardan en manifestarse. Clase vacilante e indecisa, como
reflejo de la situación intermedia que ocupa en la economía
capitalista, su revolucionarismo se deshincha rápida y lamentablemente;
presa de pánico ante las consecuencias y las responsabilidades de
un alzamiento nacional, se agarra ansiosamente a la primera fórmula
conciliatoria que se le ofrece, y el movimiento nacional, bajo la dirección
de la pequeña burguesía, corre la misma suerte que la revolución
democrática en general.
¿Cuál debe ser la actitud del proletariado?
Queda otro factor: el proletariado. Esta clase, por su naturaleza y por la
misión que la historia le reserva, está llamada a realizar
lo que ni la gran burguesía ni la pequeña son capaces de hacer:
la revolución democráticoburguesa. Sólo él puede,
por consiguiente, resolver radicalmente el problema nacional. Pero para ello
es preciso que adopte una actitud clara y definida ante él. La tradición
del marxismo le señala, en este sentido, una orientación precisa.
Marx y Engels subrayaron repetidamente el papel progresivo de los movimientos
de emancipación nacional y, muy particularmente, la inmensa importancia
revolucionaria de la lucha de Polonia e Irlanda. La indiferencia ante esos
movimientos representaba, a su juicio, un apoyo directo al chovinismo opresor,
fuente del poder de clase de la burguesía de la nación dominante.
Por esto — afirmaba Marx—, ”la victoria del proletariado sobre la burguesía
es al mismo tiempo la victoria sobre las rivalidades nacionales que actualmente
oponen a unos pueblos contra otros. La victoria del proletariado sobre la
burguesía es al mismo tiempo la señal de la emancipación
de todas las naciones oprimidas”.
En la Internacional Socialista de antes de la guerra la cuestión nacional
fue objeto de vivos y apasionados debates. El congreso de Londres de 1896
concretó en una resolución el criterio de la mayoría
de la socialdemocracia. ”El Congreso se pronuncia — decía la mencionada
resolución — por el derecho absoluto de todas las naciones a disponer
de sus destinos y expresa su simpatía por los obreros de todos los
países que sufren actualmente el yugo del absolutismo militar o nacional.
El congreso invita a los obreros de todos estos países a entrar en
las filas de los obreros conscientes de todo el mundo, a fin de luchar junto
con ellos por la supresión del capitalismo internacional y la realización
de los objetivos perseguidos por la socialdemocracia.” El congreso, al adoptar
este punto de vista, rechazó, tanto el de los socialistas polacos
del RPS, que preconizaban la inclusión de la independencia de Polonia
en el programa de la Internacional, como el de Rosa Luxemburg, que consideraba
que la socialdemocracia nada tenía que ver con la cuestión
nacional. Esa posición fue la que fundamentalmente sostuvieron la
mayoría del ala izquierda de la Internacional y, muy particularmente,
los bolcheviques rusos, que la llevaron hasta sus últimas consecuencias
con un inflexible rigor lógico.
La posición bolchevista
Marx y Engels se habían ocupado de la cuestión sólo
de un modo episódico y accidental. Lenin nos ha legado, en cambio,
una serie de trabajos teóricos que constituyen una doctrina bien trabada,
y son una aplicación magistral del método marxista a las situaciones
históricas concretas. Resumiremos sucintamente la posición
clásica del bolchevismo, elaborada antes de la guerra y traducida
en realización práctica después de la revolución
de octubre.
Todo movimiento nacional tiene un contenido democrático que el proletariado
ha de sostener sin reservas. Una clase que combate encarnizadamente todas
las formas de opresión no puede mostrarse indiferente ante la opresión
nacional; no puede, con ningún pretexto, desentenderse del problema.
La posición seudointernacionalista, que niega el hecho nacional y
preconiza la constitución de grandes unidades, sostiene prácticamente
la absorción de las pequeñas naciones por las grandes, y, por
lo tanto, la opresión. El proletariado no puede tener más que
una actitud: apoyar el derecho indiscutible de los pueblos a disponer libremente
de sus destinos y a constituirse en estado independiente si ésta es
su voluntad. ”¡Ningún privilegio para ninguna nación,
ningún privilegio para ningún idioma! ¡Ninguna opresión,
ninguna injusticia hacia la minoría nacional! He aquí el programa
de la democracia obrera” (Lenin).
Pero el reconocimiento del derecho indiscutible a la separación no
implica, ni mucho menos, la propaganda en favor de la misma en todas las
circunstancias, ni el considerarla invariablemente corno un hecho progresivo.
El reconocimiento de este derecho disminuye los peligros de disgregación
y cimenta la solidaridad indispensable entre los trabajadores de las distintas
naciones que integran el estado. Al sotener este derecho, el proletariado
no se identifica con la burguesía nacional, que quiere subordinar
los intereses de clase a los intereses nacionales, ni con las clases privilegiadas
de la nación dominante, que quieren convertir a los obreros en cómplices
de la política de opresión nacional.
La lucha por el derecho de los pueblos a la independencia no presupone, ni
mucho menos, la disgregación de los obreros de las distintas naciones
que forman el estado, mediante la existencia de organizaciones independientes.
El bolchevismo ha sostenido siempre la necesidad primordial de la unión
de los trabajadores de dichas naciones para la lucha común por la
democracia y ha combatido acerbamente toda tendencia conducente a dar al
partido del proletariado una estructura federalista. Y así, el Partido
Bolchevique, que practicó una política nacionalitaria consecuente,
fue siempre una organización esencialmente centralista.
Esta política es la única susceptible de garantizar el derecho
absoluto de las naciones a decidir de su suerte, de destruir los chovinismos
unitario y nacionalista, de acabar con las rivalidades entre los pueblos,
de sellar la unión del proletariado y de sentar las bases sólidas
en que han de cimentarse las futuras confederaciones de pueblos libres. El
ejemplo vivo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
es la demostración práctica más elocuente de la excelencia
de dicha política. Pero este ejemplo ha venido precisamente a evidenciar
que la cuestión de las nacionalidades, como todos los problemas de
la revolución democraticoburguesa, no puede ser resuelta más
que por la revolución social y la instauración de la dictadura
del proletariado. Que no lo olviden las masas campesinas y semiproletarias
de las naciones oprimidas que abrigan todavía la esperanza en una
solución radical del problema en el marco de la democracia burguesa.
El carácter de la unidad española
Existen en España dos movimientos de emancipación nacional
de vitalidad indudable: el de Cataluña y el de Euskadi. El de Galicia,
por el momento, no es más que un balbuceo regionalista, falto del
calor de las grandes masas, y refugiado, por ello, en los cenáculos
literarios y en las academias. Para que se convierta en un movimiento nacional,
en el verdadero sentido de la palabra, le faltan las premisas económicas
necesarias. En todo caso, hoy no es todavía una realidad y, mientras
no lo sea, carece de interés para los marxistas, los cuales deben
operar siempre con hechos. De Euskadi hablaremos en otra ocasión.
Por hoy, nos limitamos a examinar someramente, aplicándole el criterio
teórico esbozado, el problema concreto de Cataluña.
España, como hemos indicado ya más arriba, pertenece a la categoría
de los estados plurinacionales, cuya formación ha precedido al desenvolvimiento
capitalista. En todos los grandes estados de Europa -como hace observar Marx
en sus luminosos estudios sobre la revolución española- las
grandes monarquías se crearon sobre las ruinas de las clases feudales,
la aristocracia y las ciudades. En los demás países, ”la monarquía
absoluta apareció como un centro de civilización, como un agente
de unidad social. Fue como un laboratorio en el cual los distintos elementos
de la sociedad se mezclaron y transformaron, hasta tal punto que les fue
posible a las ciudades sustituir su independencia medieval por la superioridad
y la dominación burguesa”
(1)
. En cambio, en España la monarquía absoluta ”hizo todo
cuanto dependió de ella para entorpecer el aumento de los intereses
sociales, que trae aparejada consigo la división natural del trabajo
y una circulación industrial múltiple, y así suprimió
la única base sobre la cual podía ser fundado un sistema unificado
de gobierno y de legislación común. He aquí por qué
la monarquía absoluta española puede ser más bien equiparada
al despotismo asiático que comparada con los otros estados europeos”
(2)
.
La poderosa inteligencia de Marx señaló magistralmente, en
estas líneas, el carácter regresivo de la unidad española,
en el cual hay que buscar la causa de su inconsciencia y de la agudeza extraordinaria
adquirida por los problemas de emancipación nacional. A la luz de
esta interpretación y de las consideraciones expuestas en la primera
parte de este estudio, aparecerán claramente los motivos por los cuales
los focos más considerables del movimiento de liberación nacional
se han concentrado, principalmente, en Cataluña y en Euskadi, es decir,
en los dos centros industriales más importantes del país.
La lucha de Cataluña por su emancipación
Si los rasgos distintivos de una nación los constituyen la existencia
de relaciones económicas determinadas, la comunidad de territorio,
de idioma y de cultura, Cataluña es indudablemente una nación.
Cataluña, cuna de una burguesía comercial poderosa, entra desde
los primeros momentos en lucha con el estado unitario español, representado
por las castas parasitarias y feudales. Y cuando, como consecuencia del descubrimiento
de América, el Mediterráneo pierde su importancia comercial
y se prohibe a los catalanes comerciar con el Nuevo Mundo, la decadencia
de la burguesía determina un colapso en el desarrollo económico
y cultural del país.
Con la aparición de la industria y de la burguesía industrial,
se acentúa el antagonismo con la oligarquía que rige los destinos
de España y se inicia el movimiento de emancipación nacional,
cuya intensidad aumenta en proporción directa con el desarrollo de
la industria. La renaixenga literaria que caracteriza los inicios del movimiento
no es más que la envoltura externa, el medio de expresión inconsciente
de ese antagonismo fundamental, que no tarda en manifestarse en toda su desnudez.
En efecto, cuando el catalanismo empieza a tomar cuerpo como movimiento político,
es para expresar las reivindicaciones de carácter económico
de la burguesía industrial. Y cuando, con la pérdida de las
colonias, Cataluña se ve privada de sus mercados más importantes
y la incapacidad de la oligarquía gobernante aparece en toda su trágica
magnitud, el catalanismo adquiere un nuevo y poderoso impulso. La protesta
de la burguesía catalana se acentúa y se precisa. En la prensa
de la época aparece reflejado el antagonismo de intereses entre la
Cataluña industrial y la España agrariofeudal. La tesis de
la burguesía catalana, expresada por uno de sus órganos más
caracterizados, el
Diario del Comercio, según un artículo
que resumimos, es la siguiente: la industria catalana necesita importar algodón,
lino, cáñamo, seda, lana, etcétera, con franquicia absoluta.
A las demás regiones les conviene, en cambio, exportar sus frutos
y sus primeras materias en las mejores condiciones posibles e importar, a
bajo precio, los artículos manufacturados. ”Esta es la verdad escueta
que, sin ambages ni rodeos, cabe expresar concisamente de esta manera: Cataluña,
económicamente, es un pueblo independiente que se basta a sí
mismo; el resto de España, salvo raras y honrosísimas excepciones,
es una colonia.”
(3)
Añádase a esto el descontento por el expedienteo, las
trabas administrativas opuestas al desarrollo económico y al establecimiento
de las industrias, y se tendrá una idea clara de los orígenes
del movimiento catalán, movimiento indudablemente progresivo frente
al estado semifeudal y despótico.
En este sentido, como hemos hecho ya observar más arriba, el movimiento
de emancipación nacional de Cataluña no es más que un
aspecto de la revolución democraticoburguesa en general, que tiende
a destruir, en interés del desarrollo de las fuerzas productivas,
las reminiscencias de carácter feudal y se distingue por los mismos
rasgos característicos. La emancipación nacional como la revolución
democrática, no es posible más que con la participación
de las masas obreras y campesinas, y esta participación, en las circunstancias
históricas presentes, presupone la lucha contra los privilegios de
la clase capitalista, el desbordamiento de los límites fijados por
la burguesía. De aquí que ésta tienda al compromiso
y a la alianza pura y simple con el poder central para aplastar el movimiento
de las masas. Así, en 1899, en uno de los momentos más graves
para el centralismo español, la burguesía catalana presta su
apoyo a Polavieja, el asesino de Rizal; en 1917, aterrorizada por la huelga
general de agosto, da dos ministros a la monarquía; en 1919-1922 colabora
directamente en la sangrienta represión ejecutada por los representantes
del poder central; en 1923 facilita el golpe de estado de Primo de Rivera,
y, finalmente, intenta apuntalar a la monarquía tambaleante participando
en su último gobierno.
La traición de la gran burguesía en el terreno de la lucha
por la emancipación nacional la desplaza -exactamente igual como en
la revolución democrática- de la dirección del movimiento.
Y entonces aparece, en primer término, la pequeña burguesía,
la cual, gracias, por una parte, a su radicalismo y a su programa demagógico
-es el caso de Maciá y de la Esquerra Republicana de Catalunya- y,
por otra, a la ausencia de un gran partido proletario, consigue arrastrar
tras de sí a las grandes masas populares. Pero la pequeña burguesía
manifiesta desde el primer momento las vacilaciones y la indecisión
propias de una clase incapaz, por su propia naturaleza económica,
de desempeñar un papel independiente. Llevada del impulso inicial,
proclama la República catalana, para batirse en retirada dos días
después y contentarse con un Estatuto que establece una autonomía
limitadísima. Y cuando los campesinos obligan al Parlamento catalán
a consagrar de derecho — mediante la ley de Contratos de Cultivo — lo que
habían ya conquistado de hecho, adopta una actitud de rebeldía
frente al poder central, que se transforma progresivamente en actitud defensiva
y se transformará indefectiblemente en una claudicación o en
un compromiso equívoco.
Y, sin embargo, el movimiento nacional de Cataluña, por su contenido
y por la participación de las masas populares, es, en el momento actual,
un factor revolucionario de primer orden, que contribuye poderosamente, con
el movimiento obrero, a contener el avance victorioso de la reacción.
De aquí se deduce claramente la actitud que ha de adoptar ante el
mismo el proletariado revolucionario:
l°. Sostener activamente el movimiento de emancipación nacional
de Cataluña, oponiéndose enérgicamente a toda tentativa
de ataque por parte de la reacción.
2°. Defender el derecho indiscutible de Cataluña a disponer libremente
de sus destinos, sin excluir el de separarse del estado español, si
ésta es su voluntad.
3°. Considerar la proclamación de la República catalana
como un acto de enorme trascendencia revolucionaria; y
4º. Enarbolar la bandera de la República catalana, con el fin
de desplazar de la dirección del movimiento a la pequeña burguesía
indecisa y claudicante, que prepara el terreno a la victoria de la contrarrevolución,
y hacer de la Cataluña emancipada del yugo español el primer
paso hacia la Unión de Repúblicas Socialistas de Iberia.
Notas
(1) Karl Marx.
La revolución española. Editorial Cenit,
1929, p. 78.
(2) Ibid., p. 80.
(3)
Diario del Comercio, de Barcelona, del 14 de enero de 1899.