FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Después de las elecciones del 16 de febrero

Andreu Nin

La Nueva Era, n° 2. febrero 1936

Con la victoria de la coalición obrero-republicana en las elecciones del 16 del actual, se ha logrado el fin que fundamentalmente se perseguía: cortar el paso a la reacción vaticanista, a los siniestros héroes de la represión de Octubre, y la amnistía para los treinta mil combatientes encarcelados.

No seremos ciertamente nosotros los que regateemos la importancia de esa victoria. La magnitud de lo conseguido es considerable, pero faltaríamos a nuestro deber si no pusiéramos en guardia a los trabajadores contra un optimismo irreflexivo, hijo de cándidas ilusiones democráticas, que llevaría indefectiblemente la revolución a la catástrofe.

La primera lección de la victoria

Los republicanos de izquierda se apresuran a atribuirse primordialmente el triunfo. Que no se hagan ilusiones. La victoria ha sido obtenida gracias a la participación entusiasta y activa de las masas obreras del país. Estas masas, alma del movimiento de Octubre, han expresado con su voto su voluntad inquebrantable de que se abran las cárceles y de que la revolución no dé ni un solo paso atrás. Pero la contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras que la clase obrera empujará la revolución hacia adelante.

La representación obtenida por los partidos obreros es indudablemente inferior a su fuerza real. En cambio, nadie pondrá en duda que, por lo que se refiere a los republicanos, esta representación es superior al volumen de opinión y a los efectivos con que cuentan en el país. Si después de los acontecimientos de Octubre, el Partido Socialista, que es el que ejerce la hegemonía en el movimiento obrero, hubiera sido un partido revolucionario homogéneo, la lucha se habría planteado en términos completamente distintos, y la hegemonía de la lucha contra la reacción no la habrían ejercido los partidos republicanos,
sino el proletariado.

Pero el movimiento tiene su lógica. A pesar de la ausencia de un verdadero partido socialista revolucionario, la clase obrera ha sido el factor determinante de la victoria, y esta circunstancia ha de pesar de una manera decisiva en el desenvolvimiento ulterior de la revolución, sobre todo si se tiene en cuenta que nuestro proletariado ha vivido durante estos últimos tiempos una experiencia extraordinariamente rica en enseñanzas.

La primera lección, pues, que hay que sacar de la victoria del 16 de febrero es la siguiente: el factor decisivo de la revolución es la clase obrera; la fuerza de los partidos republicanos es simplemente una fuerza de reflejo.

Eficacia de la insurrección de Octubre

Los apologistas de la democracia burguesa no dejarán de señalar el resultado de las elecciones de febrero como una prueba de la eficacia y la superioridad de los procedimientos democráticos, respecto a la lucha directa de las masas. Nada sería más erróneo que dejarse llevar por esta ilusión sembrada ya profusamente en 1931, con motivo de la proclamación pacifica de la República, como consecuencia inmediata de la victoria electoral del 12 de abril.

De la misma manera que la caída de la monarquía fue en definitiva el resultado de las grandes luchas de la clase obrera durante largos años, de un tenaz y prolongado combate, que tuvo sus etapas más características en el levantamiento de Cataluña de 1909, la huelga revolucionaria de agosto de 1917, las intensas agitaciones obreras y campesinas de 1930 y la sublevación de Jaca, la victoria electoral reciente ha sido el resultado inmediato de la insurrección de Octubre.

El argumento de los demócratas burgueses se vuelve Contra ellos mismos. Es indiscutible que si en Octubre de 1934 Cataluña y Asturias no se hubieran insurreccionado contra los poderes constituidos, es decir, si se hubiera actuado de acuerdo con la legalidad en virtud de la cual las derechas habían conseguido las mayorías en las elecciones del año anterior, la situación sería hoy completamente distinta: la reacción filofascista de Gil Robles se habría adueñado del poder, habrían desaparecido todas las esperanzas de reconquista de las libertades constitucionales, y Cataluña se habría visto obligada a renunciar a su autonomía. Es aquí donde aparece, con particular evidencia, la falsedad de la posición de aquellos, que en nombre de la defensa de las libertades constitucionales, pretenden relegar a segundo término la lucha emancipadora de la clase obrera, para diluir su acción en un bloque permanente con los partidos de la democracia burguesa. La conquista de las libertades democráticas es siempre un producto accesorio de la lucha del proletariado por la conquista del poder. Con la política de la colaboración permanente con la burguesía, no se defienden las libertades democráticas, sino que éstas son libradas al enemigo. Gracias a la colaboración, la clase obrera olvida sus fines fundamentales, desarma su fuerza combativa y se pone objetivamente al servicio de los intereses de la burguesía.

La nueva etapa democrática

La reacción ha sido aplastada en las urnas, pero la lucha continúa. Las fuerzas derrotadas el 16 de febrero no han desaparecido de la escena. Por el contrario, gracias a la política del primer bienio, que dejó intactos sus privilegios, disfrutan todavía de un enorme poderío en el país. Nuevos y encarnizados combates será preciso sostener con esas fuerzas, y la única garantía de la victoria sobre las mismas radica, no en la acción que puedan realizar los gobiernos burgueses más o menos de izquierda, sino en la lucha directa de la clase trabajadora.

No puede existir ninguna duda sobre el verdadero carácter del gobierno constituido por el señor Azaña. Por si pudiera existir alguna duda sobre el particular, la alocución radiada por el presidente del Consejo el día siguiente de tomar posesión de su cargo, bastaría para desvanecerla. El gobierno Azaña no es, por su espíritu, el gobierno a que instintivamente aspiraban las masas populares que votaron la candidatura de izquierdas, sino un gobierno de tendencia profundamente burguesa y moderada.

Las predicciones hechas por nosotros durante la campaña electoral no tardarán en verse plenamente confirmadas; la gestión de las izquierdas republicanas en el poder defraudará todavía más a las clases trabajadoras que la del primer bienio. Azaña -sus propios discursos preelectorales y especialmente el del campo de Lassarre lo demuestran- aspira a polarizar a su alrededor a todos los sectores de la burguesía, contener la revolución en los límites de una moderada política liberal. Los que esperaban una ofensiva decidida contra los restos de la España monárquica y feudal se verán cruelmente defraudados. Azaña perseguirá como fin gobernar "para todos los españoles", que es lo peor que se puede hacer en un periodo como el actual caracterizado por profundas y agudas contradicciones de clase.

En estas circunstancias, exigir de la clase obrera que renuncie a sus aspiraciones máximas -destrucción del régimen burgués y conquista del poder- en nombre de la necesidad de "consolidar" la República, es un crimen y una traición. Traducida al lenguaje real, la frase "consolidar la República" significa dar la posibilidad a la burguesía de consolidar su dominación de clase bajo la forma republicana. Este y no otro es el sentido de la política de "Frente Popular", con carácter orgánico y permanente, preconizada por el comunismo oficial.

¿Significa esto que la clase trabajadora debe lanzarse a acciones esporádicas, de carácter "putchista", a perturbar por perturbar, sin otro objeto que provocar la inconsistencia de los gobiernos republicanos? De ninguna manera. De lo que se trata es de delimitar claramente la actuación del movimiento obrero con respecto a los partidos burgueses, dándole la indispensable independencia para que pueda continuar, con las mayores garantías de eficacia, la lucha por la realización de los fines que históricamente le están confiados.

El deber del momento

Es evidente que el proceso revolucionario continúa, que la revolución no ha terminado, pero no lo es menos que el problema de la conquista del poder por el proletariado no se plantea de una manera inmediata. Al decir que no se plantea de una manera inmediata no queremos significar que se trata de un objetivo remoto, y que, por lo tanto, la clase obrera debe limitarse a una lucha de carácter meramente reformista. No. La conquista del poder es el fin al que debe subordinar toda su acción el proletariado español. La solución del problema pertenece a un provenir inmediato. Del acierto o desacierto con que
este problema sea resuelto, depende que el proceso revolucionario desemboque en la revolución socialista o en el fascismo.

Las condiciones no están maduras para que la clase obrera pueda tomar el poder hoy, pero si para que se prepare debidamente para tomarlo en breve. El deber del momento consiste, pues, en forjar las armas necesarias para la victoria: organismos capaces de agrupar a grandes masas, de realizar la unidad de acción efectiva de la clase obrera y de convertirse en órganos de poder, como lo fueron los soviets en Rusia, y un gran partido revolucionario. Esos organismos son las Alianzas obreras; a las cuales hay que incorporar las fuerzas que permanecen todavía fuera de ellas y coordinarlas en el terreno general, creando un centro directivo para todo el país. El gran partido revolucionario surgirá indefectiblemente como consecuencia del proceso de diferenciación ideológica, que se está operando en el seno del movimiento obrero español.

Pero forjar estas armas indispensables será absolutamente imposible sin una clara política de clase, sin la más completa independencia del movimiento obrero revolucionario con respecto a los partidos burgueses. Queda dicho con ello que la política del Frente Popular no responde a los intereses vitales del proletariado y de la revolución en el momento presente.

Se objetará a esto la necesidad de atraer a la pequeña burguesía. La objeción carece en absoluto de valor. Si como es fatal, los gobiernos de izquierda republicana, en esta segunda etapa, defraudan las esperanzas de las masas populares, dejan sin resolver los grandes problemas que tiene planteados el país y, como consecuencia, la pequeña burguesía sigue debatiéndose con insuperables dificultades económicas, se muestran incapaces de asegurar a ésta unas condiciones de existencia más llevaderas, las masas campesinas y pequeño burguesas, decepcionadas, se echarán en brazos de la reacción. Y en este caso, el fascismo contará con la base social de que hasta ahora había carecido.

Sólo una política clara y decidida es capaz de arrastrar a las grandes masas populares. Esta política no puede realizarla Azaña ni ningún partido político burgués o pequeño burgués, sino la clase trabajadora, que sabe lo que quiere y adónde va, y que no vacilará en atacar a fondo los intereses de las clases privilegiadas, que no gobernará "para todo el país" sino en favor de la mayoría del país y contra la minoría de explotadores.

Independencia, pues, del movimiento obrero frente a los partidos republicanos, organización, unidad sindical, Alianza Obrera, formación rápida del partido revolucionario: he aquí el deber del momento.
 

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, febrero 2002
 
 
 
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